Entrevista a Manuel Cañada sobre Pablo Guerrero. Porque amamos el fuego
Salvador López Arnal
«Pablo fue un buscador incansable, alguien al que nunca atrapó la rutina, “la gris costumbre”, y también fue un defensor constante de la utopía, entendida no como quimera, sino como fuerza motriz de la transformación.»
Manuel Cañada (Badajoz, 1962) es educador social. Desde muy joven ha formado parte de diversas organizaciones anticapitalistas y ha desempeñado responsabilidades de dirección en el PCE, IU y CCOO. Desde 2003 su militancia se circunscribe a los movimientos sociales, principalmente en la lucha contra el paro y la precariedad. En los últimos años se ha implicado en los Campamentos Dignidad y la Asociación 25 de Marzo.
Colabora en medios de comunicación como El Salto, Rebelión, Mundo Obrero, Espai Marx o El Viejo Topo. Es autor de La huelga más larga (2011), La dignidad, última trinchera (2017), Matilde Landa. Para huir de la muerte (2022) y Otra Extremadura (2020 y 2026). Su último libro: Pablo Guerrero. Porque amamos el fuego (El Viejo Topo, 2026). En él centramos nuestra conversación.
Enhorabuena por tu nuevo libro. ¿Quién fue Pablo Guerrero?
Un cantautor y un poeta extraordinario, que ha dejado un enorme legado musical y literario, pero también una estela de humildad, honradez, generosidad y compromiso.
¿Por qué un libro sobre él y su obra? ¿Has escrito una biografía crítica del cantautor pacense?
Porque Pablo Guerrero ha zurcido la ternura y la rebeldía, la dignidad y la belleza, como pocos; de un modo singular, que es preciso divulgar y reivindicar. El libro es un híbrido de conversaciones y aproximación biográfica, escrito desde la amistad, la admiración y también desde los ideales compartidos. No es una biografía al uso ni una crónica musical. Es un recorrido de la trayectoria personal y creativa de Pablo, sí, pero tramada con el devenir histórico del país.
«Porque amamos el fuego», subtítulo del libro, es el título de uno de sus discos más emblemáticos. ¿Qué fuego amaba Pablo Guerrero?
El título es un guiño a la «comunidad pablista» y al mismo tiempo una evocación de dos temáticas recurrentes en la obra del poeta. Por un lado, apela a la teoría de los cuatro elementos de la naturaleza. Como le gustaba recordar a Pablo, somos agua, somos minerales, somos tierra; somos aire, respiramos; y somos fuego, combustionamos. Pero, sobre todo, con esta metáfora se rememora a Prometeo, al titán de la mitología griega que se atrevió a robarle el fuego a los dioses. El fuego que amaba Pablo es el de la armonía con la naturaleza y el de la justicia social. El fuego de la vida plena y el de la revolución.
Abres el ensayo con unos (¡hermosísimos!) versos de Pablo Guerrero: «Los sueños están en los bolsillos/ de los trajes usados y los besos./ Los sueños eligen las miradas/ que en el futuro van a ser verdades». ¿Qué fue Guerrero? ¿Un cantautor o un poeta (que también fue rapsoda)? ¿El mejor letrista español, como se ha comentado en ocasiones?
Pablo ha defendido siempre el vínculo estrecho entre música y poesía, pero su vocación literaria es anterior a la musical. Ha sido un extraordinario porteador y afilador de sonidos, por decirlo con una de sus luminosas metáforas, pero es antes que nada un poeta. Lo que ocurre es que él es consciente que la actividad musical es capaz de producir una mayor incidencia colectiva. Vázquez Montalbán lo expresaba gráficamente: «¿Qué puede hacer un poema de Blas de Otero, editado en mil ejemplares, contra el discurso de los media que llega a millones de personas?». «Soy un cantante folk que intenta hacer que la música y la poesía vuelvan a estar juntas, como estuvieron en otras épocas», reflexionaba Pablo ya en 1975. Y décadas más tarde argumentará que una de las conquistas de la generación de cantautores a la que pertenece fue precisamente «diluir las fronteras entre poesía y canción». Las letras del cantautor extremeño son con frecuencia extraordinarios poemas. Luis Mendo lo resume muy bien cuando afirma que «Pablo es el mejor letrista en español. Aute y Silvio tienen letras maravillosas, pero son menos poetas».
Sin embargo, será muy tardíamente cuando Pablo Guerrero comience a publicar libros de poemas. El primer poemario como tal que él incluirá en la Poesía Completa –editada en 2023– será Los dioses hablan por boca de los vecinos, que se publicó en 1999, cuando ya tenía 53 años. Pero después Pablo, una vez abierta la espita, escribirá nada menos que otros 17 libros de poemas.
Guerrero nació en Esparragosa de Lares, en Badajoz. ¿Su amor por Extremadura ha sido una de las causas desencadenantes de su obra? ¿Es «Extremadura», una de sus grandes canciones, el mejor y más auténtico himno que se ha escrito de la región, un gran canto a su tierra y a sus gentes?
Extremadura es para Pablo Guerrero raíz, fuente de conciencia y paisaje, las tres cosas. Es, en un primer momento, en el «tiempo de golondrinas y yuntas» el manantial del folklore y de la cultura campesina. Es la tierra natal del asombro, donde se fragua el poeta. Pero será también la escuela de experiencia y conciencia, donde madurará su rebeldía frente a la explotación y el caciquismo. Y en su obra poética especialmente constituirá el paraíso perdido, el paisaje a la vez agreste y amable, «la luz de lino que tan calladamente nos regala la luna».
La canción Extremadura tiene la gran virtud de resumir en cinco breves estrofas las encrucijadas históricas de nuestra tierra. La resignación ante el sufrimiento que no encuentra cauce, la identidad campesina y el pecado original del latifundio, la herida que no cesa de la emigración, la historia manipulada que quema –la patraña mítica de los conquistadores– y, por último, la necesidad imperiosa de liberarse de tantos siglos de opresión.
¿Cuál ha sido la relación de Pablo Guerrero con la ciudadanía trabajadora extremeña y española a lo largo de los años?
La del compromiso constante. Sin estridencias, sin histrionismo, pero con una firmeza insobornable. Pablo empezó cantando las fatigas y la «voz sin eco» de los campesinos y después la de los trabajadores emigrantes en Alemania o en Madrid, las vidas «de piedra despedida, de piedra golpeada, de piedra sola y dura», y la alienación de las ciudades, que nos atrapan en su red de consumismo, burocracia y expropiación del tiempo. Pablo no ha dejado nunca de reivindicar a «los excluidos por siempre de todos los convites». Estuvo donde la papa quema durante el franquismo y la transición, desoyó los cantos de sirena del felipismo y se involucró también en el 15M y en los movimientos contestatarios, desde el ecologismo a las mareas en defensa de lo público.
Pablo rezumaba generosidad. Como nos recuerda Antonio Crespo Massieu, practicaba una entrega sin condiciones que le hacía «ofrecerse a cualquier causa justa que lo reclamara como algo natural, para ayudar a luchas y espacios “grandes” o “pequeños” sin focos, ni alardes mediáticos».
En su último poemario, El oro en la balanza, plasmó ese vínculo en un hermoso poema titulado Como si nada, cuyos primeros versos dicen así: «A los de abajo fue lo mejor de mí mismo,/ sobre ellos cayeron mis ofrendas mayores,/ los logros obtenidos los obtuve con ellos,/ para ellos escribo hasta quedar exhausto».
Guerrero nació el 18 de octubre de 1946. Unos 30 años de su vida bajo el franquismo. ¿Marcó su obra? ¿Fue Guerrero un poeta-cantautor antifranquista, un cantante del pueblo, como lo fueron Raimon, Mikel Laboa, Patxi Andión o Adolfo Celdrán, por ejemplo?
Marcó su obra, claro, como no podía ser de otra manera. La idea del poeta o del artista que crea al margen de la realidad social en la que vive es una fantasía impostora, una argucia de distinción a la medida de quienes conciben la cultura como una excelsa propiedad privada, solo al alcance de letra-heridos. Poesía e historia, canción e historia, son indesligables, por mucha levitación que se le ponga. «El cantautor es un ser histórico, es un producto de un tiempo y de un país, un embajador de un mundo de dolor y de caminos», declaraba Pablo Guerrero en una entrevista en los setenta.
Pablo conoció de primera mano el franquismo puro y duro: en su pueblo, durante los años 50, los vecinos estaban obligados a vestir el uniforme falangista. Sufrió el nacionalcatolicismo en el Seminario San Atón, en Badajoz. Y compartió la emergencia de la juventud antifranquista en la universidad y la irrupción del movimiento obrero y vecinal en Madrid. Pablo bebe, se empapa de todo ello y se convertirá en uno de los grandes cantautores contra la Dictadura, sin duda, compartiendo escenario decenas de veces con grandes cantautores como los que citas y con otros muchos. En el tardofranquismo y la transición los cantautores jugaron un papel de vanguardia en la lucha contra el régimen.
¿No es extraño que Pablo Guerrero participara en el festival de Benidorm en 1969? ¿Tuvo tentaciones de convertirse en un cantante comercial, tipo Jaime Morey o Nino Bravo, por ejemplo?
No es extraña su participación. Pablo había grabado su primer sencillo y la discográfica Acción, que dirigía Manolo Díaz, le propuso presentarse al festival. Era el momento en el que el folk empezaba a ser popular también en España. Por esas mismas fechas cantautores como Víctor Manuel o Labordeta trataban también de armonizar la música popular de sus comunidades con las nuevas corrientes musicales.
Lo que sí es insólito es el giro de guion que protagonizará Pablo. Tras el éxito de Amapolas y espigas en Benidorm tenía todas las cartas para seguir el camino de la música comercial, como apuntas. Pero la máquina de domar e integrar se obturó, no funcionó con él. Será una de las rupturas en su trayectoria, uno de sus quiebros inesperados. En los años siguientes romperá también con el ruralismo costumbrista y con «la Extremadura museística».
Hay muchas referencias a Antonio Machado en tu libro. ¿Bebió Pablo Guerrero de su poesía, de su obra, del compromiso de este gran poeta imprescindible?
Pablo Guerrrero fue durante toda su vida un lector insaciable de poesía. Para él, era el arte por excelencia, porque de la poesía, decía, participan todas las artes: «tiene ritmo como la danza, melodía como la música, crea espacios como la arquitectura y, sobre todo, invita a reflexionar». Y además, argumentaba, cumple el papel que han perdido las religiones, «la capacidad para satisfacer la parte espiritual que todos tenemos».
Bebió de Machado, sí, de su sobriedad y de su filantropía. Le gustaba, como al poeta andaluz, el lenguaje sencillo y pulcro, y compartía también su admiración por lo popular y el desprecio por el señoritismo. Pero Pablo bebió de otros muchos manantiales y maestros como Lorca, Blas de Otero, José Hierro, Valente, Claudio Rodríguez, la generación del 27 o los surrealistas franceses, por citar sólo algunos de los poetas que le marcarán en los años sesenta o setenta.
Guerrero dedicó una de sus canciones al gran poeta republicano Luis Cernuda: «Canción ritual que habla de España». ¿Hay influencias del autor de Donde habita el olvido en la obra de Pablo Guerrero?
Sí, muy claras. Más incluso que en el caso de Machado. La sombra de Cernuda recorre en especial el disco Porque amamos el fuego, que está atravesado por la tensión Realidad-Deseo.
¿Cuáles han sido sus principales influencias musicales? ¿Influyó en él la obra, la grandiosa obra, de Violeta Parra, y la canción francesa?
Lo que decía antes respecto de los poetas podría afirmarse de la misma manera respecto a la música. Pablo ha sido una esponja permanente. Le gustaba todo tipo de música y se dejó influir por los creadores más variados. Como le gustaba recordar, los tres guitarristas con los que había escuchado más música y que fueron más importantes en la formación de sus gustos, fueron Nacho Sáenz de Tejada, Suso Saiz y Luis Mendo.
La lista de los músicos y grupos que le han influido sería interminable. Podríamos mencionar entre los que él reconocía como más significativos los nombres de Bob Dylan, Leonard Cohen, Joan Baez, Pete Seeger, Neil Young, Joni Mitchell, James Taylor, Lou Reed, Los Beatles o los Rolling Stones. Entre los músicos europeos, le gustaban especialmente Jacques Brel, Amalia Rodrigues, José Afonso y Fabrizio de André. Y de los latinoamericanos más de su gusto podríamos destacar a Violeta Parra y Víctor Jara.
Comentas que Pablo y Aute estaban muy hermanados. ¿Hay huellas de Aute en la obra musical de Pablo (y a la inversa)?
Sin duda. Hoy que te amo, una de las más hermosas canciones de amor que se han escrito nunca, suena en la voz de Aute como una composición suya. Y a la inversa, la letra de La belleza, compuesta por Aute, podría haberla rubricado palabra por palabra Pablo Guerrero. Comparten una concepción musical que es intimista y al tiempo popular, ambos estaban tocados por la varita mágica de Leonard Cohen.
¿Qué hizo que una canción como «A cántaros», compuesta si no ando errado en 1972, fuera (¡lo sigue siendo!) una canción imprescindible para muchos de nosotros (yo la sigo oyendo en mi cabeza con frecuencia)?
Fundamentalmente que conectó con un ansia de cambio social y que lo hizo de una forma poética. A veces lo más eficaz no es lo explícito, sino la metáfora que deja el significado abierto. Es un himno a la libertad, que sintetiza la esperanza y la promesa de resistencia, pero lo hace desde la sencillez y la autenticidad, no desde el panfleto.
¿Qué significó para Pablo Guerrero su actuación en el Olympia de París en 1975?
Supuso un salto sustancial y, de hecho, fue a partir de esta actuación cuando se planteó la posibilidad de profesionalizarse, de dedicarse en exclusiva a la música, pues hasta entonces era maestro de primaria.
¿Cómo vivió Pablo Guerrero los años de la transición? ¿Una nueva etapa en su obra musical?
La vivió como una etapa de militancia cultural, entregado al afán colectivo, pateándose de arriba a abajo el país. Después de la transición sufrió, como otros cantautores, una etapa de desencanto y desorientación. Y a partir de ahí, de la escisión de «la generación bífida» y de la crisis de los cantautores, empezó un largo proceso de investigación y experimentación, en la que buscó caminos nuevos, intentando escapar a la petrificación de las etiquetas y a los moldes típicos de la canción de autor. En estrecha colaboración con músicos como Suso Saíz, La Orquesta de las Nubes, Cristina Lliso o Esclarecidos, Pablo estudió y experimentó con nuevos formatos musicales, desde la música étnica al jazz, además de ahondar en el conocimiento del flamenco, y adentrarse en lo que se conoce como New age.
Hubo unos años en los que la obra, las canciones de los cantautores no fueron muy consideradas por nosotros. El país estaba en otras coordenadas, la movida arrasó con muchas cosas. ¿Cómo vivió Guerrero esos tiempos nada apacibles?
Los años 80 y 90 fueron años de plomo para los cantautores. El poder dictó su jubilación, especialmente tras el fraude del referéndum de la OTAN. Basta con recordar el veto a Javier Krahe y su canción Cuervo ingenuo. Ahora tocaba amnesia histórica, exaltación de la «transición modélica», la Bodeguilla de la Moncloa y ganar todo el dinero que se pudiera, siguiendo la doctrina Solchaga. La Movida fue, en general y salvo honrosas excepciones, un movimiento vestido de contracultural, pero plenamente funcional a los nuevos tiempos decretados por el poder.
Pablo recibió la irrupción de La Movida sin hostilidad, con el respeto y el estoicismo que le caracterizaba, incluso con ironía. Admiraba a algunos músicos como Antonio Vega, pero, como he apuntado antes él seguía su propio rumbo, buscando caminos y sonoridades nuevas.
Recoges en el libro un artículo de Ignacio Sáenz de Tejada de 13 de mayo de 1992: «Perseguidor de imposibles». ¿Eso fue Pablo Guerrero?
Pablo fue un buscador incansable, sí. Alguien al que nunca atrapó la rutina, «la gris costumbre». Que le cogía ojeriza a sus canciones cuando triunfaban, que huía de la repetición. Y también fue un defensor constante de la utopía, entendida no como quimera, sino como fuerza motriz de la transformación. «Me acerco al horizonte y ya no está./ Huye como rebaño de gacelas sorprendidas./ Siempre está allí el horizonte, en el lugar exacto a donde/ no se llega.», escribe en un poema de El porteador de sonidos, en versos en los que parece resonar Eduardo Galeano. Los sueños son posibles, dirá una de las canciones de las que no se cansó nunca. La utopía que nos alienta, los sueños soñados despiertos que constituyen el saber y el motor de la esperanza de la que hablara Ernst Bloch, estará siempre bien presente en nuestro poeta.
Hablas en el libro de la poética de Pablo Guerrero: «La belleza subversiva». ¿Qué poética es esa?
Es Pablo quien defendía así su razón poética. «Creo que la belleza es subversiva y ayuda a compartir la vida, por encima de modas y de cargas de tipo ideológico», declaraba. Su poesía es al tiempo sagrada y solidaria, aúna la conexión con la naturaleza, la celebración de la vida y la contemplación con el compromiso social, «funde en llama viva lo exterior y lo interior», como dice Santos Domínguez. Es una poesía cercana, «de la mirada y el susurro», que nace de la extraordinaria capacidad para «oír la música del mundo», en palabras de Diego Doncel. Una poesía que se asienta en la sencillez, en el amor a lo pequeño, a lo cotidiano. Pienso que la riqueza de la poesía de Pablo Guerrero está todavía por descubrir.
¿Ha influido Pablo Guerrero en las nuevas generaciones de cantautores y poetas?
En las nuevas generaciones de cantautores, sin duda alguna. Y en las nuevas generaciones de poetas no ha influido tanto –todavía– porque su obra no es apenas conocida, está clandestinizada, ha sido ninguneada por la crítica y la corporación académica. Cantautores como Ismael Serrano, Javier Álvarez, Javier Bergia, Fran Espinosa, Javier Ruibal, Javier Batanero, Pedro Guerra, Manuel Cuesta, Clara Ballesteros, Javier Maroto, María José Hernández, Marwan, Quique González, Acetre, Marta Espinosa o Alfonso Gardi, entre otros muchos, han mostrado en diversas ocasiones su apego y devoción por la obra de Pablo Guerrero. La participación de Rozalén o Depedro en su último disco son otras muestras del afecto que le profesan los más jóvenes.
Sé que la pregunta es de difícil respuesta, pero ahí va: ¿nos puedes recomendar tres discos esenciales de Pablo Guerrero?
Recomendaré, si me lo permites, cuatro en lugar de tres. Pablo es un creador poliédrico, inagotable, y estas cuatro referencias pueden ser una aproximación a distintas etapas de su trayectoria. El primero de los discos que recomendaría es Pablo Guerrero en el Olympia (1975). No sólo por la repercusión que alcanzó, sino por la magia, por la serenidad, por la autenticidad que transmite. El directo lo hace todavía más transparente, captura el deslumbramiento y la esperanza colectiva con más fuerza. El segundo disco sería Toda la vida es ahora. En él está el Pablo pensador, el Pablo zen, el lobo sin dueño que se escapa de las añagazas del poder y de la estafa del 92. El tercer disco que destacaría es Plata, publicado en 2005, una maravilla, una ceremonia dedicada al amor, en la que resuena el Pablo más Cohen, el poeta de la calma, meciendo olas de vida noche adentro. Y por último, Mundos de andar por casa, un disco editado en 2017, otra joya, en la que se aprecia al Pablo de la locura amable, al cantor de la belleza cotidiana, de las posesiones mínimas y los días soleados.
¿Hemos sido justos con su obra? ¿La hemos valorado suficientemente? ¿Ha habitado en nosotros el olvido?
Creo que su obra ha sufrido un olvido sangrante y también, en no pocas ocasiones, el ostracismo de la industria musical, de los medios de comunicación y de las instituciones. Con frecuencia se le ha liquidado con la etiqueta de cantautor-protesta de la transición, despreciando el enorme caudal creativo producido con posterioridad, nada menos que otros 12 discos y 18 poemarios. Este libro pretende ser un revulsivo, un tábano contra ese olvido cómplice y una invitación a correr los visillos del ninguneo y descubrir la densidad y belleza de la obra de Pablo.
Pues creo que lo has conseguido, que ayudas –¡y de qué manera!– a correr esos visillos del ninguneo de los que hablas. ¿Quieres añadir algo más?
Gracias por tu generosidad y por contribuir a difundir la voz limpia y comprometida del poeta. Pablo siempre.
Fuente: El Viejo Topo, julio-agosto de 2026.