Reseña: Religion et hérésies dans la pensée d’Antonio Gramsci (Classiques Garnier, 2025), de Marie Lucas
Cristina García
«Los hombres se sienten tan desorientados en el vasto mundo, se sienten tan a menudo zarandeados por fuerzas que desconocen, el complejo de las energías históricas es tan refinado y sutil que escapa hasta tal punto al sentido común, que en los momentos supremos solo aquel que ha sustituido la religión por otra fuerza moral consigue escapar del desastre.»
—Antonio Gramsci, “Stregoneria”, Avanti!, 4 de marzo de 1916
Fruto de la tesis doctoral de la profesora Marie Lucas, este libro ofrece un estudio histórico de los textos de Antonio Gramsci sobre religión, siempre articulados entorno a un mismo propósito: la vida de las religiones es interpretable en términos políticos, y, a la vez, las religiones integran en su propio lenguaje el devenir histórico y político. Los cuatro capítulos que forman el libro abordan, respectivamente, los artículos del joven Gramsci sobre la fe (1911-1922); las posiciones de Gramsci respecto de los católicos tradicionalistas (1922-1926); sus ideas sobre el Concordato, la Compañía de Jesús y los procesos de hegemonía católica, y, finalmente, los escritos de madurez sobre el marxismo como herejía, el sentido común popular y la propuesta de una reforma intelectual y moral.
Marie Lucas abre su estudio con una fea imagen —acorde con los tiempos—, que funciona como declaración de principios: cuando los conceptos gramscianos se convierten en recetas aplicables indistintamente a cualquier tiempo y lugar, pierden su precisión y capacidad explicativa. Se transforman en «cubiertos de plástico, que pueden llevarse a todas partes pero ni pinchan, ni cortan, y se rompen» (33).
El joven Gramsci tomó en serio los textos del filósofo alemán G.W.F. Hegel sobre la fe cristiana, recogidos en la Fenomenología del Espíritu (1807), los Principios de la Filosofía del Derecho (1820) y las Lecciones sobre la Filosofía de la Religión (1832). En ellos, Hegel discutió con las corrientes luteranas pietistas de su tiempo, que situaban en el centro de la religión una fe entendida como comunicación individual con Dios, mística e inefable, relegando a un plano secundario la vida comunitaria y política. Hegel, por su parte, reclamaba una fe religiosa capaz de cimentar una vida activa, de fortalecer vínculos comunitarios y de fomentar la participación política, pues consideraba que estas realidades no eran dimensiones independientes, sino momentos diversos e interconectados de una misma totalidad. De ahí que Hegel vinculara la solidez del Estado a la fortaleza de sus cimientos civiles y religiosos, entendiendo aquí la religión como una comunión robusta entre las gentes, fruto de un proyecto compartido que dota de sentido y organiza la vida cotidiana. A este respecto, Hegel —y Gramsci— forman parte de una tradición política que pasa por autores escolásticos como el dominico Francisco de Vitoria y los jesuitas Luis de Molina, Francisco Suárez o Juan de Mariana; tradición católica hoy sepultada bajo la protestantización general.
Partiendo de Hegel, el joven Gramsci no tuvo reparos en proponer una fe socialista, entendida como una «fuerza de espíritu sincera y fiel a un ideal […] que compromete toda la sensibilidad del creyente […] una energía y una perseverancia morales cuya fuente es inmanente» (44). Esta fe socialista no era para Gramsci una mera traducción de la fe católica, sino que reemplazaba «el Dios transcendente por la confianza en el hombre y en sus mejores energías como sola realidad espiritual» (45). En coherencia con su reflexión de madurez sobre la necesidad de una reforma intelectual y moral, Gramsci comprendía ya que el cambio revolucionario era fruto de transformaciones del ámbito cotidiano, de la organización de las relaciones y de la concepción del mundo de las personas. Gramsci creía que la sola indiferencia religiosa no llevaba necesariamente a una «liberación de los ídolos» (40). El ateo aislado, hundido en una masa social amorfa, se volvía igualmente vulnerable y manipulable, igualmente inútil para la vida política.
Según Marie Lucas, los artículos del joven Gramsci sobre la fe se fundaban en la convicción de una pronta crisis de la Iglesia católica y en la posibilidad de atraer a gran parte de sus fieles hacia una nueva religiosidad inmanente y socialista. Las trayectorias de políticos católicos como Giuseppe Speranzini (1889-1976), Enrico Tulli (m. 1942) y Guido Miglioli (1879-1954) ofrecían, en este sentido, ejemplos de intelectuales vinculados al catolicismo agrario italiano que, decepcionados con la tibieza de las jerarquías eclesiásticas y del Partido Popular respecto de las luchas campesinas, terminaron aproximándose al socialismo y al comunismo, llegando incluso a militar en el Partido Comunista. Más allá de estos líderes políticos, si la Revolución Francesa —calificada por Gramsci como una “herejía católica” (528; Q1, 4)— había sido capaz de movilizar a masas campesinas católicas, cabía pensar que un proceso semejante podía producirse de nuevo.
Gramsci, sin embargo, pronto comprendió que tal cosa podía no ocurrir. Alejándose de lo que él mismo reconoció como un «anticlericalismo estúpido» (107), comenzó a estudiar minuciosamente las formas históricas mediante las cuales el mundo católico había respondido a la secularización del Estado liberal, y que le habían permitido adaptarse a los tiempos y conservar una amplia influencia: su prensa, sus intelectuales, sus escuelas, el papel de los laicos y su denso tejido civil. En la concepción gramsciana, el sustento del Estado emana de la sociedad civil y de la vida en común; y estas últimas habían sido, en buena medida, articuladas por la Iglesia a pesar de que no participara directamente en los órganos gubernamentales. Gramsci consideró atentamente todas estas cuestiones, contra el falso lugar común católico-tomista que situaba, y sitúa, la fe individual y la familia como pilares eternos, immutables y anteriores a cuestiones secundarias como la sociedad civil, la cultura ética, la vida política y el cambio histórico (314) —véase, por ejemplo, el artículo de Gramsci “Il Sillabo ed Hegel”, Il Grido del Popolo, 15 de enero de 1916.
A este respecto, Marie Lucas sugiere que la idea gramsciana de hegemonía comenzó a forjarse precisamente en este contexto de reflexión sobre la religión (305), coincidiendo con la beatificación y canonización del jesuita Roberto Bellarmino, exponente de la doctrina de la potestas indirecta. Según esta doctrina, la Iglesia no podía realizar acciones políticas directas como, por ejemplo, deponer príncipes, pero sí podía intervenir de forma orgánica y decisiva —“espiritual”— en la vida política de los Estados. Esta es precisamente la cuestión que vuelve a estar en juego en la encíclica de Pío XI, Non abbiamo bisogno (1931), motivada por el conflicto entre el régimen fascista italiano y la Iglesia en torno a la influencia del partido político Acción Católica y la formación de la juventud. No es casual, por tanto, que Marie Lucas señale que, a partir de 1931, Gramsci comenzase a recurrir en sus escritos al concepto de poder indirecto con mayor frecuencia que al de hegemonía (382). Poder directo y poder indirecto, vida política y vida cotidiana, Estado y sociedad civil, lejos de constituir hegemonías o totalidades diferenciadas, forman una sola.
Si bien Gramsci fue sensible a los distintos modos en que campesinos, burgueses, mujeres, obreros e intelectuales vivían el catolicismo, también consideraba que una religión compartida tendía, con mayor o menor fortuna, a articular una elaboración unitaria y una concepción total de la vida (476). Lejos de constituir un empobrecimiento intelectual, la religión representaba para Gramsci un estadio superior al mero sentido común, formado por un conjunto fragmentario e inconexo de ideas procedentes de diversas concepciones del mundo. Gramsci entendía la religión como un esfuerzo por dotar de coherencia reflexiva al sentido del mundo y a la organización de la vida cotidiana, así como por articular una participación compartida en un proyecto de vida integral. Una vez más, es en Hegel donde Gramsci encuentra una de las principales fuentes desde las que interpretar y comprender su propio mundo.
Aunque la reflexión filosófica, a diferencia del sentido común y de la religión, aspire a un mayor grado de coherencia interna y sistematicidad, toda filosofía surge en contextos históricos determinados y se nutre inevitablemente de formas concretas de sentido común y de experiencias religiosa. Como señala Costanzo Preve: solo una sociedad profundamente enajenada y escindida puede creer que la filosofía ofrece una verdad independiente de la científica, de la religiosa, de la política, etc. A este respecto, resultan especialmente sorprendentes algunas de las afirmaciones de Gramsci recogidas por Marie Lucas, entre ellas el paralelismo que establece entre el tomismo, como filosofía católica, y el «materialismo vulgar», en virtud de su común recurso a la predestinación y al determinismo histórico (478-480; Q17, 18).
Por otra parte, a Gramsci no le interesaba la filosofía entendida como un constructo intelectual elaborado por individuos excepcionales, desvinculados de la vida práctica y comunitaria. En su madurez, Gramsci afirmaba que «es religión toda filosofía en cuanto concepción del mundo que deviene fe, considerada no como una actividad teórica de creación de nuevo pensamiento sino como estimulación al hacer, actividad ético-política concreta, de creación de una nueva historia» (400, Q10, 6.5). De nuevo, es Hegel quien abre una de sus obras fundamentales, la Enciclopedia de las Ciencias Filosóficas (1830), afirmando que filosofía y religión expresan una misma verdad. Si anteriormente se ha señalado la voluntad de Gramsci de superar las fracturas entre sociedad política y sociedad civil, entre fe religiosa y vida secular, ahora esta misma voluntad se extiende hasta la relación entre religión y filosofía, quedando reunidas en una misma concepción inmanente e histórica del mundo.
Frente a los disparatados relatos de las monjas que asistieron a Gramsci en sus últimos y penosos días de encarcelamiento, según los cuales se habría convertido al catolicismo y habría pedido que le trajesen un niño Jesús en el día de Navidad para besarlo, Marie Lucas se basa en la correspondencia del pensador italiano para mostrar una realidad distinta: Gramsci se mostraba preocupado por lo que sus carceleros pudieran hacerle hacer o decir durante sus episodios de delirio y semiconsciencia. A lo largo de los últimos años de su cautiverio, Gramsci llegó a tener fe en la posibilidad de obtener la libertad al ser intercambiado por sacerdotes católicos presos en la Unión Soviética, con la mediación del Vaticano. Este intercambio, sin embargo, nunca tuvo lugar.