Muchísimas más que 100 (II)
Salvador López Arnal
Reseña (2ª parte) de Mario Bunge, 100 ideas. El libro para pensar y discutir en el café, Pamploma: Laetoli, 2014, 294 páginas.
Les comentaba en la primera parte de esta aproximación que 100 ideas es un libro para leer, pensar y discutir en el café (sin mucho ruido en los alrededores), en casa, con los amigos, en un seminario, en un centro obrero-popular,…y también, desde luego, en la Academia (aunque no sea un libro estrictamente académico), un ensayo que contiene muchas más de 100 ideas y, añadía, que no era necesario presentar al autor [MB a partir de ahora] con detalle, recordando (vuelvo a hacerlo) dos de sus puntos biográficos que más relevancia tienen para mí. El primero: «Su formación humanística y política se enraizó en los barrios obreros de Buenos Aires, que recorrió de niño junto a su padre, médico y diputado socialista. A los 19 años [MB nació en 1919] fundó la Universidad Obrera Argentina [UOA], que fue clausurada en 1943 por la dictadura militar…» El segundo: «En 2011, la revista Science elaboró una lista de los científicos más influyentes de los últimos 200 años: “The Science Hall of Fame”. MB ocupaba el puesto 113 y era el único de origen hispanohablante entre los 300 primeros.»
Les decía también que no se trataba de resumir ningún artículo de los cien seleccionados ni tampoco de explicar las grandes tesis que mueven el pensamiento del autor a lo largo del libro (tarea nada sencilla por otra parte), pero sí de señalar algunas de las ideas, afirmaciones y argumentos que más me han interesado o me han llamado la atención (con críticas incluidas).
Estaba en el artículo 44. Sigo sin tanto detenimiento y dejándome muchas cosas en el tintero.
1. En «Fragmentación de las ciencias sociales» MB se pregunta si es razonable y deseable esta fragmentación conceptual e institucional que es notoria. No lo es en su opinión (tampoco en la mía). «Sugiero que no lo es, porque todas las ciencias sociales estudian lo mismo, a saber, la sociedad, aunque cada una de ellas enfoca algún sistema o aspecto particular de esa totalidad. Pero, ¿quién se ocupa de los lazos entre sistemas y propiedades de distintos tipos?» (131). Añade críticamente: la tentativa de reducir «las ciencias sociales a la biología y, en particular, a la genética es divertida, pero inverosímil. No explica las invenciones sociales (como la empresa, la seguridad social e Internet) ni la enorme diversidad y mutabilidad de organizaciones sociales, pese a la uniformidad genética basada de todos los humanos».
Su breve referencia a Marx es nueva muestra de que no siempre MB estuvo acertado en sus aproximaciones al gran clásico: «Es verdad que ha habido otros intentos de unificar los estudios sociales por vía reductiva, por ejemplo, tratando toda lo social como caso particular de lo económico. La primera tentativa de este tipo fue la de Marx, para quien la cultura y la política reflejan [MB no añadió, pero así lo pensaba: mecánicamente, en una sola dirección] las relaciones de producción.» Marx, como es sabido, no tendría ninguna objeción en considerar que la cultura no es pasiva y que a menudo inicia o puede iniciar cambios políticos y económicos.
2. «Fraude científico» es el título del siguiente artículo. No se queda corto MB en sus críticas: «De modo que quien falsifica verdades equivale al falsificador de monedas; al fabricante de autos con graves defectos que conoce pero oculta; al que vende yerbitas para tratar tumores; y al político que adultera los resultados de un sufragio. Los cuatro nos perjudican a todos. Son fraudes sociales, no meramente familiares o empresariales.» (135). Pero MB se muestra algo unilateral cuando afirma: «Los fraudes científicos no son frecuentes y ocurren casi exclusivamente (?) en la investigación biomédica». Arguye dos motivos: «Uno es que los médicos no son entrenados como científicos sino como artesanos, de modo que se autoengañan más fácilmente que los investigadores básicos. El otro motivo es que los investigadores en esa área están sometidos a una mayor presión para publicar que en cualquier otra.»
Añade también una de sus críticas a lo que llama credo posmoderno (no es el único caso): «Estas reflexiones obvias no cuadran con el credo posmoderno, según el cual no existe la verdad objetiva. Por ejemplo, Michel Foucault, Bruno Latour, Steve Woolgar y otros han afirmado que los científicos no buscan la verdad sino el poder. Pero, si así fuera, no se entiende por qué los investigadores aprecian tanto la comprobación ni por qué condenan la falsificación». (Sugerencia complementaria: si está en sus posibilidades, no se ahorren la lectura de Crítica de la nueva sociología de la ciencia, Pamplona: Laetoli, 2017 (3ª edición)., 149 páginas. ¡Más MB que nunca! Pueden ahorrarse el apéndice: «Una teoría de la referencia», que puede presentar alguna dificultad por su formalismo, sin pérdida de comprensión global).
3. «Heidegger y la política» (143-147) no es recomendable en absoluto para lectores que simpatizan con el autor de Sein und Zeit. Sus palabras finales: «En resolución, la actuación política de Heidegger cuadra con su filosofía (o pseudofilosofía). Sus ideas confusas y retrógradas ayudaron a confundir y a obrar mal a muchas personas en muchos países. Por este motivo, yo lo taché de Kulturverbrecher (delincuente intelectual) en una conferencia que pronuncié en Bonn en 1969. Pero ni en esto fue original Heidegger: fue discípulo de Friedrich Nietzsche, el máximo nihilista y gran adalid de la guerra, de la tiranía y del mito.».
En la obertura del artículo hay un curioso (y crítico) apunte sobre el filosofar de Wittgenstein: «Martin Heidegger y Ludwig Wittgenstein fueron los filósofos más famosos del siglo pasado. Pero, aunque ambos estaban fascinados por las palabras, y aunque ninguno de ellos se interesó seriamente por el conocimiento ni por la moral, tuvieron poco en común. En particular, Wittgenstein amaba la claridad al punto de no ocuparse sino de asuntos triviales.»
Añade MB por otra parte: «Además, mientras Wittgenstein no se interesó por la política y desdeñó el poder y la figuración, Heidegger se lanzó a la política y se sirvió de ella para alcanzar el rectorado de su universidad y purgarla de antinazis y judíos. Incluso presidió un famoso auto de fe en el que sus camaradas de partido quemaron miles de libros tachados de sediciosos por uno de los gobiernos más criminales de la historia». Ignoro la veracidad de mi cursiva, pero MB vuelve a incidir en su crítica en «Quema de libros» (233-235): «En el auto de fe porteño solo se quemaron libros. En esto se pareció a la quema de libros “peligrosos“ perpetrada por los nazis en la plaza de la hermosa catedral de Friburgo en 1933. Esta ceremonia purificadora fue presidida por el rector de la universidad local, recién designado personalmente por Hitler: Martin Heidegger, el famoso macaneador existencialista a quien adoran los posmodernos.»
4. En «Heroísmo» hay una referencia a Brecht que merece agradecimiento: «En resumen, quien se gana la vida matando no es héroe sino asesino. Y quien agrede un pueblo para sojuzgarlo o saquearlo no es héroe sino criminal de guerra. Pensando quizás en tales personajes siniestros, el comediógrafo [ejem, ejem] Bertolt Brecht exclamo una vez: «¡Felices los pueblos sin héroes!» (150). Curiosamente, Manuel Sacristán, colega y amigo de MB, quien por cierto se portó magníficamente con el que fuera su traductor cuando fue despedido por primera vez de la Facultad de Económicas de la UB, destacó la reflexión de Brecht en una de sus observaciones de lectura: «El mejor marxismo el de Brecht, sin moralismo, declarando buena la sociedad en la que no hay que ser héroe.»
5. Hermosísimo artículo el que MB dedica a Rita Levi-Montalcini (151-154) y a la imperfección. (La autobiografía de la gran neuróloga italiana se titula: Elogio de la imperfección).
6. En «Incertidumbre» podemos leer la siguiente reflexión: «Una cosa es asumir un riesgo acotado, y otra muy diferente jugar al todo o nada. Sin embargo, esto último es lo que estuvieron haciendo los rivales de la Guerra Fría entre 1945 y 1989. Pusieron en jaque la supervivencia de la humanidad. Al hacerlo, crearon una incertidumbre tal que desalentó a varias generaciones, además de despilfarrar una cordillera de recursos materiales y humanos.»
El actual gobierno de Israel, añade, «está haciendo algo parecido, aunque en muchísima menor escala. Al seguir ocupando territorio palestino, compromete el futuro de la propia nación israelí, islita en un mar árabe. Y lo seguirá haciendo mientras haya políticos norteamericanos temerosos de perder el voto judío, y votantes norteamericanos dispuestos a luchar hasta el último soldado israelí.» (159).
7. En «Libertad» podemos leer pasaje sobre la transición política española (con cal y arena, con error y verdad): «Otro ejemplo: a la muerte de Franco, a los españoles les restituyeron la libertad política desde arriba, por gracia del rey don Juan Carlos y del primer ministro Adolfo Suárez [¡incluso alguien tan lúcido como MB puede escribir, inconscientemente, falsedades como de este tamaño!]. Esto les permitió reconstruir una democracia incipiente. Peo esta no alcanzó enseguida el estado adulto, porque no acabó con el caciquismo ni con la corrupción. Los caciques y los corruptos solo cambiaron de color. No se aprendió a convivir democráticamente de la noche a la mañana. Y la idea de democracia se desprestigió al punto que dos décadas después el electorado eligió libremente a los nostálgicos del franquismo» (165). Salvo error mío, creo que MB hace referencia al triunfo del PP en las elecciones legislativas de 1996.
Cierra con estas palabras sobre libertad y democracia: «No confundamos libertad negativa (de) con libertad positiva (para). La positiva implica la negativa, pero no viceversa. Y ninguna de ellas es igual a la democracia. La democracia implica la libertad, pero la recíproca es falsa. El lector tiene plena libertad de echar este libro al canasto. Pero tenga en cuenta que esta es una mera libertad negativa. Sería mejor que corrigiera mis errores. Así ejercería una libertad positiva. Y al ejercerla, aportaría su grano de arena a la construcción de la democracia, la cual, a semejanza de la catedral medieval y a diferencia de la tapera, es obra de todos y jamás se termina de construir o reparar».
8. Un apunte de «Nobleza»: «La nobleza moral no se hereda ni se compra. Se va forjando a lo largo de la vida con un tanto de bondad natural y otro de bondad aprendida. Sí, aprendida, porque la intención no basta. Para hacer el bien hay que saber hacerlo, y esto se aprende. Y se aprende solo si se está dispuesto a ser útil a alguien: noblesse obligue. Que en esto, en servir sin esperar recompensa, consiste el ser buena persona. Lo que es muchísimo más que ser incapaz de matar una mosca, condición que cumple cualquier mosca.» (175).
9. Desde un punto de vista epistemológico, «Objetividad» (175-178) es uno de los mejores artículos de 100 ideas. Una de sus reflexiones, contrarias a lugares comunes muy aceptados en algunas comunidades filosóficas dedicadas a estas temáticas: «Weber no logró defender eficazmente el ideal de la objetividad, y ello por las razones siguientes. En primer lugar, confundió tres categorías diferentes: la objetividad o el respeto por los hechos, con la neutralidad en cuestiones de valores y la imparcialidad. La primera es una categoría metodológica: “Buscarás la verdad”. Esta consigna es correcta y diable» (176)
Para MB, yo estoy con él en este punto, «la neutralidad axiológica, o sea, el abstenerse de hacer juicios de valor, no es deseable, ni siquiera posible, ya que hay valores objetivos dignos de ser protegidos, tales como la verdad, la justicia y la paz. Más aún, el científico social puede argüir que la guerra, la explotación y la opresión no son solamente inmorales, sino también nocivas a la sociedad porque aumentan las divisiones y los conflictos.»
En cuanto a la parcialidad, completa MB su reflexión, contrariamente a lo que pensaba Max Weber, «no está reñida con la objetividad. Por ejemplo, la lucha eficaz por la justicia presupone un estudio previo, lo más objetivo posible de las situaciones que se consideran injustas y de los remedios consiguientes.»
10. En «Originalidad», MB define filosofar en los siguientes términos: «Filosofar es pensar problemas filosóficos, nuevos o viejos, con el ánimo de decir algo nuevo sobre los problemas que sobre otros filósofos. Por ejemplo, supongamos que me pregunten si el azar existe realmente, o no es sino el nombre que le damos a nuestra ignorancia de las causas. Para responder a esta pregunta de manera responsable no puedo limitarme a leer textos filosóficos, porque casi todos los filósofos tienen la mala costumbre de recurrir solamente a otros filósofos.» (185)
Una consideración similar, no digo idéntica. mantuvo Manuel Sacristán en su célebre texto de 1968: «Sobre el lugar de la filosofía en los estudios superiores.»
11. «Papa» en el artículo 68 y tal vez el número y aquel tiempo no generen buenas vibraciones en MB y en su filosofar. Si no fuera así, es difícil entender que alguien de su cultura, memoria y posición política de centroizquierda pueda escribir lo siguiente: «Nadie [¡nadie!] dudará de que el papa XYZ fue un hombre excepcional, sacerdote y político, filósofo y deportista, devoto y mundano, tradicionalista y moderno, serio y bromista, poaco y universal, popular y controvertido.» (191) No solo eso: «Del comienzo al fin de su reinado, XYZ obró por la paz, además de orar por ella. Denunció todas las guerras y las amenazas de guerra de su tiempo, desde el conflicto argentino-chileno y las hostilidades entre israelíes y árabes hasta la agresión norteamericana a Irak». Y añade más: «Ninguno de sus predecesores [incluye, por ejemplo, a Juan XXIII] fue un pacifista tan sincero, consecuente y elocuente como XYZ».
¿Y quién este XYZ, se preguntarán? ¡Pues nada menos que Juan Pablo II, 27 terribles años de Papado, el que fuera cardenal Wojtyła, el mismo jerarca que humilló a Ernesto Cardenal en visita a Nicaragua a mediados de los ochenta, uno de los mandatarios católicos más anticomunistas y reaccionarios de todos los tiempos, una de las lanzas más agresivas del sistema trinitario RTW (Reagan-Thatcher-Wojtyla)!
Una demostración más, por si faltara alguna entrada en la lista, de que incluso los más grandes pensadores se echan de cuando en cuando un sueñecito.
Pero no desesperen, fue un momento. MB resurge con fuerza en los artículos inmediatamente siguientes.
12. En «Positivismo y cientificismo» MB traza el siguiente dibujo: «La principal tesis del positivismo es que solo pueden conocerse los fenómenos, o sea, las apariencias. Para los positivistas no tiene (o tenía) sentido hablar de lo inobservable, tal como los átomos, la evolución o el conflicto de clases [que, por cierto, MB, como “buen marxista”, acepta]. Se niegan (o negaban) a afirmar o negar la existencia real de las cosas, incluso la realidad del mundo exterior al observador. Las únicas hipótesis que admiten (o admitían) los positivistas son generalizaciones inductivas, es decir, condensaciones de datos empíricos, tales como “todas las vacas mugen” y “los perros aúllan cuando se les pisa la cola”.» (203)
Cierra MB con el siguiente balance: «En resumen, el positivismo constipa al macaneo. Dado que el macaneo prospera en los países subdesarrollados [¿y en los “desarrollados”?], una dosis de positivismo puede parar la verborrea. Por esto lo odian los oscurantistas, no por sus limitaciones, sino porque les corta el macaneo. Este es el costado positivo del positivismo».
El costado negativo del positivismo, añade, el fenomenismo que heredó de Hume, Kant, Comte y Mach, «es un freno para la ciencia. Pero es fácil detectarlo y eliminarlo. De este modo se rescata el realismo, o sea, la tesis de que el universo existe de por sí y puede conocerse aproximadamente.»
13. En «Predestinación», MB acusa a Marx, injustamente y sin matices, de haberse inventado el mito de la predestinación social y, en particular económica. Según MB, Marx creía (como si Marx hubiera creído siempre lo mismo) en la inevitabilidad del capitalismo y de la revolución proletaria (206).
14. «Problemas inversos» (214-218) es un artículo novedoso, no hay duda de su interés. «Los problemas inversos son tan difíciles que el tema se realizó recién en 2002, y los primeros tratados sobre el tema se cuentan con los dedos de la mano y aparecieron también recientemente. He aquí, pues, todo un campo casi virgen, el éxito de cuya exploración no puede garantizarse porque no hay recetas generales para abordar los problemas en cuestión».
15. MB abre así su artículo sobre «Pseudociencias» (224-227): «Una pseudociencia es un montón de macanas (sandeces) que se venden como ciencia. Ejemplos: alquimia, astrología, caracteriología, comunismo científico, creacionismo científico (recientemente rebautizado como “diseño inteligente”), grafología, memética, ovnilogía, parapsicología, psicoanálisis». Mezcla, de nuevo, «teorías» que no deberían ser mezcladas. ¿Qué tienen que ver el marxismo o el psicoanálisis con la astrología?
Tampoco son de recibo algunos pasajes de sus palabras de cierre: «Las pseudociencias son como las pesadillas: se desvanecen cuando se las examina a la luz de la ciencia. Pero mientras tanto infectan la cultura y algunas de ellas son de gran provecho pecuniario para sus cultores. Por ejemplo, un psicoanalista latinoamericano puede ganar en un día lo que su compatriota científico gana en un mes. Lo que refuta el refrán No es otro todo lo que reluce.» (Para una aproximación crítica más documentada: «Psicoanálisis a un siglo de distancia» (227-233), el artículo siguiente, uno de los más extensos: «La popularidad del psicoanálisis entre los escribidores posmodernos se explica en parte porque no exige conocimientos científicos. Y en parte también porque los posmodernos, como los filósofos hermenéuticos y los practicantes de las “ciencias ocultas”, sospechan que todo es símbolo de alguna otra cosa. Sin embargo, incluso Freud admitió que, a veces, un cigarro es un cigarro»).
16. «Racionalidad» (235-237) finaliza con pregunta y enmendando a Aristóteles: «En resumen, no siempre somos animales racionales, como creía Aristóteles; a veces nos dejamos llevar por pasiones, miedos irracionales o mentiras. Somos, pues, racionales a medias. Somos racionales cuando nos conviene o cuando reflexionamos sobre la base de información suficiente y verídica. No lo somos cuando nos engañamos a nosotros mismos, cuando somos presas del miedo o de la codicia o cuando nos ciega la publicidad comercial, política o ideológica. Que seamos más racionales que irracionales depende no solo de las circunstancias sino también del esfuerzo que pongamos en alcanzar la máxima racionalidad, que es la máxima humanidad. ¿No tengo razón?». Creo que sí, que MR tiene razón en este caso.
Ya es suficiente, me he excedido. No les doy más la murga.
En resumen: para disfrutar de un buen filosofar periodístico (¡no son, claro está, los ochos volúmenes del Tratado!), para aprender de nuevas perspectivas de análisis y de nuevas temáticas, para oír y disfrutar de mil melodías y para introducirse en el singular, corajudo y siempre documentado filosofar de MB 100 ideas es un libro que ni pintado.