Argumentos para una cultura integradora

Alicia Durán, Jorge Riechmann, Jordi Mir, Salvador López Arnal

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En marzo de 2013 se anunciaba el arranque de la construcción en pleno desierto chileno del Telescopio Europeo Extremadamente Grande (E-ELT), el complejo óptico más grande del mundo, impulsado por el Observatorio Europeo Austral (ESO); tendrá una lente de 40 metros de diámetro, e integrará sus observaciones con el ALMA, el mayor radiotelescopio del mundo. Este complejo astronómico permitirá observar las zonas más oscuras y antiguas del universo, muy cercanas al Big Bang e inaccesibles a los telescopios ópticos tradicionales. Su sistema de espejos será capaz de ver las primeras galaxias y estrellas nacidas después del Big Bang y descubrir planetas semejantes a la Tierra en sistemas solares vecinos.

En las mismas fechas se conocía que los arqueólogos del proyecto Djehuty, que llevan desde 2002 excavando en la colina Dra Abu el-Naga, en Luxor, han hallado las tumbas y ajuares del príncipe Intefmose y del dignatario Ahhotep, junto al ataúd intacto de un niño desconocido, todos personajes de finales de la dinastía XVII, con unos 3.550 años de antigüedad. Estos hallazgos pueden ayudar a entender una época poca conocida, de gran complejidad política en la que la monarquía aún no controlaba todo el territorio y comenzaba a gestarse el imperio egipcio.

Cerrando el mes, la revista Nature Climate Change pronosticaba que el aumento de temperaturas conducirá a un masivo aumento de la cobertura vegetal en el Ártico. Este reverdecimiento acelerará el calentamiento global a un ritmo mayor del esperado, avanzando hasta las playas del Océano Ártico (ya en curso de ir siendo despojado de su epíteto: Glacial), allí donde durante cientos de miles de años –plazo más largo del que resume la historia de nuestra especie— no hubo sino hielo, hielo y más hielo.

Ciencias en apariencia tan lejanas como la astronomía y la arqueología nos acercan a la ilusión de asistir al comienzo del universo que conocemos, a presenciar los primeros instantes tras el Big Bang, y también al nacimiento del imperio egipcio. En definitiva, historias, datos y conocimiento que tratan de responder a la pregunta clásica de de dónde venimos. El deshielo del Ártico nos muestra la otra cara de la moneda: el resultado del impulso depredador, del crecimiento desmedido que amenaza la existencia del planeta y sus criaturas.

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Sabemos que a mayor poder causal de un agente moral, mayor responsabilidad; y que la ciencia y la tecnología, especialmente a partir de la segunda mitad del siglo XX, han construido un tipo de poder causal sin parangón en épocas anteriores de la historia humana. Pero la asunción de responsabilidades por parte de científicos y tecnólogos deja bastante que desear. Continúa prevaleciendo la idea simplista de que “la ciencia es neutral”, y se traspasan los dilemas político-morales a “la sociedad”, quien se supone habrá de ser la que establezca límites. Lo cual podría ser un movimiento justificado si viviésemos en sociedades realmente democráticas compuestas por ciudadanas y ciudadanos cultos y participativos, y no en democracias demediadas como la nuestra.

La falta de contacto entre ciencias experimentales, ciencias sociales y humanidades, la ruptura de los puentes entre conocimientos, y la compartimentación de la Universidad que proponen los nuevos “expertos”, nos abocan a una sociedad organizada en departamentos estancos, de hombres y mujeres incompletos, fragmentados.

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En marzo de 2013, uno de nosotros (Jorge Richemann) participó en un taller de pensamiento ecológico celebrado con mínimos medios en Rentería. En cierto momento del diálogo, una joven bióloga manifestó su malestar: con apenas catorce años, decía, han separado a la gente de mi generación entre quienes estudiaban letras y quienes estudiábamos ciencias. Yo apenas sé nada de historia, decía; y amigos míos que estudiaron letras no saben nada de biología. Que la gente de mi edad seamos tan poco autónomos, se preguntaba, ¿no tendrá que ver con esa formación tan parcial, tan incompleta?

Esta aguda conciencia de mutilación debería ser más frecuente en una época de especialización tan extrema y descompensada como la nuestra. La ciencia y la tecnología han avanzado diversificando y especializando las disciplinas, pero este proceder ha entrañado una pérdida de perspectiva global e integradora. Nos falta muchas veces la capacidad para intuir y reconocer las conexiones intrínsecas entre las cosas. Nos centramos tan intensamente en cada parte que las relaciones con las otras partes y con el todo se vuelven inexistentes, o casi. El proceder analítico-reductivo en ciencia ha permitido realizar enormes progresos: y hemos de insistir en que no hay nada malo, en principio, en reducir las totalidades a sus partes constituyentes con el fin de comprenderlas mejor. El problema surge cuando, al final de ese proceder, somos incapaces de reintegrar las piezas del rompecabezas en una figura coherente.

En paralelo, nos hemos hecho cada vez más conscientes de la interdependencia de los múltiples problemas socio-ecológicos a los que hacemos frente, lo cual empuja también a esa nueva integración. Urge pues encontrar vías para la desfragmentación y la recomposición de los saberes, con una perspectiva sistémica, integradora y capaz de aprovechar toda la riqueza de la colaboración transdisciplinar. La necesidad de “científicos naturales amigos del filosofar y humanistas científicamente informados”, como decía Paco Fernández Buey, debería resultar obvia para la mayoría de la sociedad, tal como intuitivamente se lo resultaba a aquella joven bióloga. Pero ¿es así de hecho? ¿O más bien quienes dominan en esta sociedad llamada a veces “del conocimiento” tienen un fundado interés en evitar las interconexiones y fecundaciones mutuas más allá de los tabiques disciplinares, de donde podría nacer un pensamiento integrador y crítico mucho menos acomodaticio, mucho menos respetuoso del actual (des)orden social que el que todavía prevalece entre las mayorías?

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La publicación póstuma de este libro inacabado de Paco Fernández Buey supone una excelente ocasión para revisar su tarea intelectual en torno a la filosofía de la ciencia y la construcción del concepto de “tercera cultura”, con lo que implica de diálogo necesario, obligatorio, entre las ciencias experimentales, las ciencias sociales y las humanidades.

Quizá se trate de la peor conocida entre las aportaciones del pensador palentino recriado en Barcelona, aunque sea una temática imprescindible para entender el siglo XXI. Porque no se puede imaginar la sociedad industrial sin entender cómo se crea la ciencia, sin comprender y evaluar el impacto de la tecnología en nuestra vida diaria, sin valorar las promesas y los peligros de la ciencia y la tecnología, eso que los sociólogos llaman “tecnociencia”. No parece conveniente ser socióloga y no tener noción sobre cómo funciona una tableta o un móvil. Como no es de recibo que las investigadoras, los científicos y los tecnólogos sean incapaces de mirar más allá del microscopio, aferrados a la falsa idea de la neutralidad de la ciencia. Como apuntaba Hans Jonas, a más capacidad de incidir sobre la naturaleza y la sociedad y de transformarlas, mayor es la responsabilidad de quienes generan conocimiento y lo convierten en tecnología. De ahí la necesidad imperiosa del diálogo entre ciencias experimentales, ciencias sociales y humanidades como distintas perspectivas de los saberes humanos y el conocimiento universal.

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Entremos en materia y empecemos con un ejemplo. Para muchas personas ignorar que Picasso pintó el Gernika es imperdonable: una prueba lamentable de ignorancia. Pero creer, afirmar o escribir que debemos a Galileo la demostración de la redondez de la Tierra, o desconocer quiénes eran Copérnico, Kepler o Pasteur no serían errores esenciales sino mero descuido, tontería disculpable.

A Paco Fernández Buey esto no le parecía ni justo ni razonable. A la misma altura que la poesía de Brecht, el Fausto de Goethe, el cine de Theo Angelopoulos o el análisis político-económico de El Capital ponía Paco conquistas culturales como el descentramiento de la Tierra como punto nodal del Universo, el establecimiento de la edad de nuestro planeta a partir de la radioactividad, o la teoría de la evolución. Todas estas aportaciones constituyen etapas decisivas en la historia de la cultura de los seres humanos, conozcamos o no sus mecanismos fundamentales; de la misma forma que podemos comentar y disfrutar de La flauta mágica de Mozart sin nunca haber estudiado solfeo.

Paco apuntaba a que las dos culturas, la humanística y la experimental, debían confluir no en una tercera cultura, sino en la cultura, es decir, en una cultura sólida, y no sólo teórica, basada en el pensamiento crítico, que era la única que nos podía permitir “ser auténticos responsables de nuestra evolución para convertirnos en ciudadanos competentes en sociedades cohesionadas y más justas”.

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Pero es difícil abordar en este tema básico, nuclear en la obra de Paco Fernández Buey, sin revisar sus materiales como filósofo de la ciencia. Especialmente su libro La ilusión del método. Ideas para un racionalismo bien temperado, un maravilloso manual de epistemología en sentido amplio (primera edición en 1991, segunda en 2004, ambas en editorial Crítica), y sus dos ensayos sobre Albert Einstein, el gran científico y también gran filósofo del siglo XX.

La ilusión del método se nutre de aquel texto seminal de Marx, desarrollándolo:

En nuestros días toda cosa parece estar preñada de su contrario. Vemos cómo la maquinaria dotada de la maravillosa fuerza de disminuir y fecundar el trabajo humano, lo mutila y devora hasta el agotamiento. Un extraño conjuro transforma las nuevas fuentes de riqueza en fuentes de miseria. Las victorias de la ciencia parecen pagarse con la pérdida de carácter. A medida que domina la naturaleza el hombre parece sometido por otros hombres o por su propia vileza. Hasta la pura luz de la ciencia parece no poder brillar sino sobre el oscuro trasfondo de la ignorancia. Todos nuestros inventos y todo nuestro progreso parece desembocar en un dotar a las fuerzas materiales de vida espiritual y en la conversión de la vida en estúpida fuerza material.

Y reflexiona sobre autores tan diversos como Newton-Smith, Einstein, o Sacristán, el Watson de la doble hélice, el Wegener de la deriva de los continentes, y Galileo, Goethe y Russell, Brecht y su amada Simone Weil. Paco Fernández Buey parte de la hermosa metáfora de Otto Neurath, cuando escribía: “Imaginemos que somos como marineros que en alta mar tienen que cambiar la forma de su embarcación para hacer frente a los destrozos de la tempestad. Para transformar la quilla de su nave tendrán que usar maderos a la deriva o tal vez tablas de la vieja estructura. No podrán, sin embargo, llevar la nave a puerto para reconstruirla de nuevo. Y mientras trabajan tendrán que permanecer sobre la vieja estructura de la nave y luchar contra el temporal, las olas desbocadas y los vientos desatados. Ése es nuestro destino como científicos”. Y diríamos que también como ciudadanos.

Y por supuesto y desde el propio título, La ilusión del método, aludía al Gramsci de los Quaderni:

Toda investigación tiene su propio método. Creer que es posible desarrollar y avanzar una investigación científica aplicando un método tipo es una extraña ilusión que tiene poco que ver con la ciencia…

Éste fue el punto de vista metodológico -y anti-metodológico – de nuestro pensador palentino: no resulta razonable pensar que es posible desarrollar una investigación científica, en todo tiempo, tema y circunstancia aplicando un método de tipo general, lo que sería EL método científico.

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Una de nosotras (Alicia Durán) estudió magisterio antes de decidirse definitivamente por la física, y recuerda su periodo de prácticas enseñando matemáticas. Tenía que introducir el concepto de división, enseñar a dividir, a niños de 8 o 9 años. Su (maravillosa) profesora de didáctica de la matemática le sugirió que presentara un problema y dejara que los chicos lo resolvieran. A la objeción “pero no saben dividir” ella contestó: “sí saben, aunque no lo saben todavía”. Y así se hizo: Alicia les puso un problema que implicaba dos divisiones y los dejó pensar. A la media hora dieron sus respuestas. Habían resuelto el problema de cinco maneras diferentes, todas correctas. A partir de ahí fue fácil explicar la forma más sencilla de hacerlo, la más funcional -pero no la más correcta, ya que todas eran correctas. Una evidencia empírica de la búsqueda vana, de la ilusión del método, una demostración de los múltiples caminos, rectos o torcidos, que conducen al conocimiento.

La ilusión del método, como señalaba Paco Fernández Buey en el prefacio del ensayo, es una reflexión histórico-crítica o crítico-filosófica sobre epistemología contemporánea. La entonces llamada nueva filosofía de la ciencia implicaba un cambio de enfoque respecto al edificio teórico normativo construido durante los años cuarenta y cincuenta del siglo XX; un cambio que suponía pasar del análisis de la estructura de las teorías científicas a la historia de la formulación de la mismas, de la filosofía de la ciencia a la sociología y política de la ciencia. Un cambio que Paco relacionaba con el aumento del interés teórico por la función social de la ciencia y con la cada día más extendida preocupación por las implicaciones del complejo científico-técnico, que “había conducido a una crisis de legitimidad de la ciencia misma o una alianza impía entre cientificismo e irracionalismo”.

Y en esa tarea de atar los dos cabos sueltos –el interés por la función social de la ciencia y el miedo por las implicaciones de la tecnociencia-, y sin caer en ninguna apología ingenua del filosofar espontáneo del científico, Paco Fernández Buey siempre eligió el filosofar del científico acerca de sus prácticas por encima de la filosofía licenciada e institucionalizada de la ciencia.

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Nuestro autor admiraba profundamente a Einstein, a quien visitó y revisitó en distintas épocas de su vida. En el prólogo de su estudio Albert Einstein. Ciencia y conciencia (Libros del Viejo Topo, Barcelona 2005), lo definía como “un científico-filósofo que sabe pensar en los problemas sustantivos de su ciencia, en las cuestiones de método, y en las derivaciones más generales de las teorías que inventa; y que ha sido, a la vez, un pensador que sabe que la ciencia es también una pieza cultural y que, sabiéndolo, anticipa lo que podríamos llamar la primera autocrítica de la ciencia en un mundo en el que la ciencia misma está mostrando su lado malo, su peor cara: la de la infatuación.” (¿Y qué sino infatuación es lo que hoy llaman “excelencia”, en la jerga de los reformadores neoliberales de la universidad española, de los que demuelen de forma acelerada el sistema nacional de I+D?).

El físico alemán era un hombre que creía que la ciencia sin epistemología resultaba primitiva, que reflexionó por su cuenta sobre los fundamentos y sobre las consecuencias de su propia teoría, y que se convirtió en un científico incómodo para la mayoría de sus colegas, así como en un filósofo incómodo para una parte sustancial de los filósofos de la ciencia, ya que extendía su reflexión a la filosofía moral y política. Un rebelde discreto, según Paco Fernández Buey, que exaltó la imaginación y la fantasía como ingredientes imprescindibles de la creación científica. Un curioso, fascinante y ambivalente rebelde del siglo XX que amó la razón y despreció el poder, apoyó a los objetores e insumisos, y aceptó con cortesía, ironía y humor los títulos honoríficos, escribiendo aquello de: “Para castigarme por mi desprecio a la autoridad, el destino me convirtió a mí mismo en una autoridad”. Un rebelde precursor de la tercera cultura, el tema de este manuscrito de Paco ahora publicado.

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Continuando un diálogo sobre ciencia y metáfora que hilvanó con Sacristán en su última época, Paco Fernández Buey sostenía que no había que descartar el efecto benéfico del diálogo entre el científico y el “mero amigo del saber tocado de la docta ignorancia”, a la manera que el artista o el escritor dialogan con el teórico crítico. La conversación podía dar a veces “en un jardín, por decirlo en el lenguaje de los cómicos, o en la comedia de los errores”, pero había otras veces en que “por la oscilación de los lenguajes y en la búsqueda de conceptos comunes y precisos, brotan sugerencias de método, y hasta sustantivas, de no poca importancia para la ciencia misma”. De estas charlas, que pueden meternos en muchos jardines, se nutre tal idea de tercera cultura, de diálogo fructífero (incluso aquéllos que a veces vemos como verdaderos diálogos de besugos).

Cita Paco al gran humanista George Steiner:

Hasta que los estudiantes de humanidades no aprendan seriamente un poco de ciencia, hasta que la gente que estudia lenguas clásicas o literatura española no estudie también matemáticas, no estaremos preparando la mente humana para el mundo en que vivimos. Si no entendemos algo mejor el lenguaje de las ciencias no podremos entrar en los grandes debates que se avecinan. A los científicos les gustaría hablar con nosotros, pero nosotros no sabemos cómo escucharles. Este es el problema.

Steiner apunta a un problema crucial de nuestro tiempo. Si se quiere hacer algo en serio a favor de la resolución racional y razonada de algunos de los grandes asuntos socioculturales y ético-políticos controvertidos, no cabe duda de que los humanistas van “a necesitar cultura científica para superar actitudes sólo reactivas, basadas exclusivamente en tradiciones literarias”. Como tampoco cabe duda de que “los científicos y los tecnólogos necesitarán formación humanística (o sea, histórico-filosófica, metodológica, ética, deontológica) para superar el viejo cientificismo positivista que todavía tiende a considerar el progreso humano como una mera derivación del progreso científico-técnico”. Vivimos tiempos en que se venden teléfonos “inteligentes” y “libres” a gente a la que se quiere idiotizada y sumisa… ¡Más tecnología, mucha más tecnología! Que así obtendremos más justicia, más libertad real, más bienestar social, más igualdad y un mejor vivir. ¡Menudo cuento falsario, que diría León Felipe! Pero a pesar de la montaña de ejemplos que desmienten esta clase de propaganda, parecemos condenados a seguir repitiendo este alienante mantra. Paco solía recordar un comentario del periodista científico Vladimir de Semir:

Hemos de luchar activamente para evitar que consiga cuajar la tercera cultura que se nos quiere imponer, la acultura basada en lo superficial y en la mediocre uniformidad de la circulación circular de las ideas enraizada en el pensamiento único y dirigido.

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Alfred Wegener, el geólogo y meteorólogo que teoriza la deriva de los continentes y la física de las placas tectónicas, va más allá, convocando a conjugar los resultados de las diversas ciencias para desvelar los estados anteriores de nuestro planeta:

[…] todas las ciencias que se ocupan de los problemas de la tierra tienen que hacer su contribución, y solo con la reunión de todos los indicios proporcionados por ellas puede obtenerse la verdad; pero esta idea no parece estar suficientemente extendida entre todos los investigadores…

Todas las pruebas que podemos proporcionar, remataba Wegener, presentaban el carácter engañoso de las presunciones.

Solo reuniendo los datos de todas las ciencias relacionadas con el estudio del globo terrestre podemos esperar obtener la ‘verdad’, es decir, la imagen que sistematiza de la mejor manera la totalidad de los hechos conocidos y que puede, por consiguiente, pretender ser la más probable. E incluso en este caso, hemos de esperar que sea modificada en cualquier momento por nuevos conocimientos, sea cual sea la ciencia que la haya hecho posible.

Aparece de nuevo en estas palabras del geofísico alemán, la idea de la ciencia y el conocimiento como construcciones colectivas; quehacer compartido que ha de reconocer su carácter global, interconectado y sistémico. Al conocer e interpretar la naturaleza debemos ser capaces de valorar el todo y cada una de sus partes, para ser capaces de modificarla sin herir de muerte su estructura, ni a ninguna de sus criaturas. Ciencia como conocimiento vivo, dispuesto a validarse y reinventarse cada día.

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“Desconocer que la cultura científica es parte esencial de lo que llamamos cultura (en cualquier acepción seria de la palabra) y despreciar la base naturalista y evolutiva de las ciencias contemporáneas equivale en última instancia, y en las condiciones actuales, a renunciar al sentido noble (griego, aristotélico) de la política, definida como participación activa de la ciudadanía en los asuntos de la polis socialmente organizada.” Paco Fernández Buey defendía la necesidad de incorporar la cultura científica a la discusión ética, jurídica y política. Y subrayaba que sin cultura científica, sin la máxima cultura científica de la seamos capaces, no había posibilidad de intervención razonable en el debate público sobre la mayoría de las cuestiones que importan a las comunidades. Pues la ciencia, en sentido amplio, es ya parte sustancial de nuestras vidas.

La mayoría de las discusiones públicas relevantes, ético-políticas o ético-jurídicas, requieren el máximo conocimiento posible del estado de la cuestión de las ciencias naturales: biología, genética, neurología, ecología, física nuclear, termodinámica. Y concretaba Paco con ejemplos significativos.

Para orientarse en los debates sobre la actual crisis ecológica, la posibilidad de un desarrollo sostenible, el uso de los recursos fósiles o las energías renovables, necesitamos comprender los principios de la termodinámica, la idea de entropía y la flecha del tiempo, como ya mostraron Barry Commoner, José Manuel Naredo y Manuel Sacristán. Y para entender la necesidad de una ética medioambiental no antropocéntrica ayuda conocer la teoría de la evolución, como demuestra el paleontólogo Stephen J. Gould.

Para empezar a combatir con argumentos racionales el racismo y la xenofobia ayuda, y mucho, el conocimiento de la genética de poblaciones. Para repensar lo que habitualmente se llama “alma” y “conciencia”, base de la sensibilidad moral de los seres humanos y objeto durante mucho tiempo de la atención exclusiva de la religión y de la filosofía (aquello que Ramón y Cajal había llamado “las misteriosas mariposas del alma”), ayudan las reflexiones de Francis Crick sobre la estructura neuronal del cerebro.

En todo ello, Paco Fernández Buey aboga por un enfoque naturalista dentro de un contexto evolucionista y sistémico, pero conservando al mismo tiempo la autonomía de un filosofar que se quiere filosofía mundana o pública, lejos de las viejas tentaciones de construcción de sistemas metafísicos omnicomprensivos.

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Pero para transitar este camino de doble vía, resulta también evidente que los científicos necesitan formación humanística. Porque la ciencia sin más no genera conciencia ético-política; del conocimiento científico no se deriva directamente una conciencia ciudadana crítica. Como clásicamente sentenció Einstein, no se puede demostrar científicamente que no haya que exterminar a la humanidad. Las ciencias de la naturaleza y de la vida dicen poco sobre las razones que mueven al ser humano a pasar de la teoría a la decisión de actuar en favor la eliminación de las armas de destrucción masiva, la conservación del medio ambiente, la sustentabilidad del modo de producir y de vivir, el respeto a la diversidad o la protección de los animales no humanos.

Paco Fernández Buey cita una declaración autocrítica del genetista francés Albert Jacquard:

Gracias a la biología, yo, el genetista, creía ayudar a la gente a que viese las cosas más claramente, diciéndoles: vosotros habláis de raza, pero ¿qué es eso en realidad? Y acto seguido les demostraba que el concepto de raza no se puede definir sin caer en arbitrariedades y ambigüedades […] En otras palabras: que el concepto de raza carece de fundamento y, consiguientemente, el racismo debe desaparecer. Hace unos años yo habría aceptado de buen grado que, una vez hecha esta afirmación, mi trabajo como científico y como ciudadano había concluido. Hoy no pienso así, pues aunque no haya razas la existencia del racismo es indudable.

Decía Paco Fernández Buey que el humanista de nuestra época no tenía por qué ser un científico en sentido estricto (ni seguramente podía serlo), pero tampoco tenía por qué ser la contrafigura del científico natural o “el Jeremías, siempre quejoso ante las potenciales implicaciones negativas de tal o cual descubrimiento científico o de tal o cual innovación tecno-científica”. Si se limitaba a ser esa contrafigura, el humanista tenía todas las de perder. Según Paco, el humanista de nuestra época podría ser también un amigo de la ciencia, como lo eran, a veces, “los críticos literarios o artísticos, equilibrados y razonables, de los narradores, de los pintores y de los músicos”. Pero eso exige reciprocidad. La manera de entender la reciprocidad entre la cultura humanista y la cultura científica, y la asunción compartida del ignoramos e ignoraremos (tal como fue formulada en 1872 por el fisiólogo alemán Emil du Bois-Reymond), eran dos factores esenciales para perfilar el tipo de tercera cultura que se necesitaba al empezar el siglo XXI.

Si hemos de aspirar en el siglo XXI a una tercera cultura, a otra cultura, y a una ciencia con conciencia, el éxito de esta aspiración depende tanto de la capacidad de propiciar el diálogo entre filósofos y científicos como de la habilidad y precisión de la comunicación científica a la hora de encontrar las metáforas adecuadas para hacer saber al público en general lo que la ciencia ha llegado a saber sobre el universo, la evolución, los genes, la mente humana o las relaciones sociales.

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A menudo, en los últimos decenios, se ha subrayado el papel enormemente ambivalente de la ciencia: posibilita una tecnología que es simultáneamente productiva y destructiva, redentora y aniquiladora. La ciencia es a la vez lo mejor que tenemos desde el punto de vista epistemológico, y lo más peligroso que ha inventado el ser humano desde la perspectiva ético-política -según ha recalcado Paco Fernández Buey, recogiendo la línea de sociología y política de la ciencia que Manuel Sacristán desarrolló en la última década de su vida, 1975-1985.

Si ignoramos e ignoraremos, lo razonable es pedir tiempo para pasar del saber al hacer, y atender al principio de precaución; así como revisar a Hans Jonas y su llamada a una nueva ética de la responsabilidad, que apunta hacia nuestro compromiso con el futuro. Sobre lo que es urgente y necesario, lo mejor es hablar, comentar y dialogar. Como decía Paco:

[…] atrévete a saber porque el saber científico, que es falible, provisional y casi siempre probabilista, cuando no sólo plausible, ayuda en las decisiones que conducen al hacer. Ayuda también a la intervención razonable de los humanistas en las controversias públicas del cambio de siglo. Aunque por lo general esta ayuda se produzca por vía negativa: indicándonos lo que no podemos hacer o lo que no nos conviene hacer. Como escribió Nicolás Maquiavelo: ‘Conocer los caminos que conducen al infierno para evitarlos’.

Este prólogo, escrito a ocho manos de una física reconvertida a la química, dos matemáticos amantes de la filosofía y un humanista militante, es un intento de demostrar la anchura y altura del pensamiento de Paco; y es también un compromiso de contribuir a ese necesario diálogo entre culturas que se expresa en este libro que hoy ve la luz. Si no somos capaces de cumplirlo, que Paco y la historia nos lo demanden.

Madrid, Barcelona, primavera fría y lluviosa de 2013

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