Francisco Fernández Buey y la perestroika (I)

Salvador López Arnal

Como no podía ser de otro, no fue la perestroika un asunto ajeno a las reflexiones político-filosóficas del autor de Conocer a Lenin y su obra. Fueron frecuentes sus incursiones en este asunto central para cualquier comunista democrático en los años noventa. Pretendo dar cuenta de las consideraciones y tesis centrales de Francisco Fernández Buey sobre esta temática. Empiezo por una nota editorial, escrita al alimón con Víctor Ríos, publicada en mientras tanto, nº 40, primavera de 1990, pp. 37-46, un escrito que, en mi opinión, pasó algo desapercibido injustamente. El texto está fechado el 8 de enero de 1990, pocos meses después de la caída del muro de Berlín y un año y medio antes de la desintegración de la Unión Soviética.

No era desde luego, comentan de entrada los colaboradores de mientras tanto, el final de la Historia en el sentido que venían dando a esta expresión el teórico Fukuyama y el práctico Departamento de Estado norteamericano. Ni era tampoco el final del comunismo marxista, respetable ideal, remarcan, “en cuyo nombre han dado su sangre, sudor y lágrimas varias generaciones de amantes de la libertad, pero, por desgracia, convertido en pseudorrealidad política y social por la imaginación calenturienta de las propagandas gemelas de la CIA y la KGB en los días aciagos de la guerra fría.” (la cursiva es mía).

Si la continuidad de la Historia peligraba, proseguían, ello era debido mayormente al arsenal de armas nucleares, químicas y biológicas que seguían existiendo y al expolio al que día a día sometían al planeta los amos de la Tierra, “sus gendarmes biocidas”. En cuanto al comunismo, admitían, no gozaba de buena salud en aquellos tiempos difíciles, pero, previsiblemente, seguiría siendo un ideal (y no sólo marxista) de aquella parte de la humanidad que “trabaja con sus manos mientras en esta Tierra haya explotación de unos hombres por otros, opresión de unos hombres por otros y alienación entrelazada con la explotación y la opresión.”

Lo que pasaba en el este de Europa era el final de una historia concreta, determinada y relativamente reciente. Era, con toda seguridad, el final de una historia que había tenido su comienzo en 1945, al final de la II Guerra Mundial, y era también, muy probablemente, el final de una historia que ya se estaba fraguando en los días en que había fallecido V. I. Lenin

el final de la ideología del “socialismo en un solo país” que -con el tiempo- acabaría engendrando aquel híbrido increíble, por innatural, que fue la ideología del “estado de todo el pueblo” injertado en el “socialismo real”.

Algunos querrían que eso fuera también el final de la historia que había empezado con la revolución de 1917 para así poder presentar ya ahora a los Romanov “con la misma ternura objetiva con la que algunos historiadores nos están presentando a la familia de Luis XVI con motivo del bicentenario de la revolución francesa”. Eran los mismos que exigían radicalismo en la condena del pasado revolucionario y, naturalmente, “moderación, prudencia y cautela ante la rectificación en curso, ante los cambios del presente”.

Y tal vez estos habrían logrado la inmejorable carambola conservadora consistente en borrar de la imaginación popular europea dos revoluciones de una sola tacada si no fuera porque “el impulso moral y la conciencia cívica” de los de abajo -en palabras recientes de Juan  Goytisolo- han vuelto a dar una orientación revolucionaria al viento del Este que sopla estos meses. De manera que lo que al principio parecía una mera rectificación política desde arriba se ha ido convirtiendo poco a poco en “revolución pasiva” y ésta, a su vez, en verdadera revolución política en Polonia, Rumania, Checoslovaquia, Bulgaria, Hungría y algunas nacionalidades de la URSS.

No era fácil indicar en aquellos momentos la dirección de los cambios pues para casi todos esos países se trataba de un proceso en marcha, aún muy reciente, “sacudido por aceleraciones bruscas e inesperadas que no sólo han sorprendido a la mayoría de los observadores occidentales sino que parecen haber rebasado también a destacados políticos y analistas del área en el que se desarrollan los acontecimientos”.

Tal vez el ejemplo más notable de lo señalado fuera el caso de Alexander Dubcek, el líder de la primavera de Praga de 1968 y en aquellos momentos presidente provisional del parlamento checoslovaco. Hacía poco más de un año, con ocasión de su nombramiento como doctor honoris causa por la Universidad de Bolonia, Dubcek había pronunciado un discurso tono elegíaco que no hacía presagiar ningún próximo cambio importante en su país.

El que fuera secretario general del PCCh justificaba en aquel momento la soledad del político resistente adoptando como divisa unas palabras (excelentes según los autores) de Francisco de Asís:

Dame, Señor, la humildad necesaria para soportar las cosas que no puedo cambiar, el valor suficiente para cambiar las cosas que se han de cambiar y la inteligencia debida para distinguir entre las cosas que uno puede cambiar y las que no se pueden cambiar.

No era el de Dubcek el único caso de dirigente político con experiencia que de improviso quedaba rebasado por la aceleración del ritmo histórico en los países del Este de Europa.  Miklós Vásárhelyi, uno de los principales colaboradores de Imre Nagy en Hungría durante el período de 1953 a 1956 y conocido dirigente en aquel entonces de la Asociación de Demócratas Libres, había subrayado en la primavera de 1989, en una entrevista concedida A sinistra, “que la rapidez, la espontaneidad y, por tanto, el carácter impredecible estaban siendo rasgos del proceso que se desarrollaba en su país”. Sin embargo, a juzgar por lo que había manifestado en aquella entrevista, tampoco el colaborador de Nagy “podía sospechar siquiera el giro iniciado por el partido obrero socialista húngaro a partir de este mismo otoño”.

Por supuesto, no era motivo de descrédito el no haber previsto los acontecimientos en curso.

¿Quién -allí o aquí- iba a imaginar hace sólo unos meses que el sistema de partido único se hundiría o se cuestionaría en los países del Pacto de Varsovia a través de un proceso pacífico y cívico que, por el momento, no tiene más excepción que la que Rumanía? ¿Quién iba a pensar que el año 1990 empezaría sin muro de Berlín y señalado por la preparación de elecciones libres en la mayoría de aquellos países? Si a algo invita la constatación del carácter imprevisto de los hechos no es precisamente a desmerecer a aquellas personas que, como Dubcek y  Vásárhelyi, adelantaron con su sacrificio conceptos e ideas que hoy finalmente parecen ser aceptados ya por la mayoría de sus conciudadanos.

Esa constatación invitaba a que reflexionen aquellos otros que creían disponer del método o de la técnica siempre adecuados para la predicción y la prognosis histórico-social. Por una ironía del destino las cosas más imprevistas habían ocurrido allí donde “los provectos teólogos del materialismo histórico-dialéctico se jactaban de dominar los recovecos de la historia pasada y la plana linealidad de la historia futura desde las doradas cumbres abismales de una Teoría sin igual.” Pero la fábula, añadían

tal vez valga también para los demás, pues no en balde ha sido precisamente en aquellos países de cuyos dirigentes se jaleaba no hace mucho en Occidente la independencia de criterio -China y Rumanía- donde se han vuelto las armas contra el pueblo y se ha derramado la sangre de los que en la calle exigían cambios.

Pese a las cautelas que hubiera que adoptar en tales condiciones, había sin embargo al menos tres aspectos que los autores querían subrayar. El primero: la importancia de la perestroika soviética para el conjunto de los cambios que se estaban produciendo en los países del Este. El segundo: la veracidad y la dignidad con que, en general, dirigentes y dirigidos están haciendo frente en esos mismos países (y en aquellos momentos) a un pasado reciente que había marcado a varias generaciones con la implantación institucional de la mentira. El tercero: la diversidad de los procesos en curso según los países, diversidad que tenía mucho que ver con factores históricos y geopolíticos, pero que, en cualquier caso, desmentía la apresurada visión del Este europeo como un “bloque” satelizado por la URSS, de la que dependería, además, el destino del conjunto de los países que aún conformaban formalmente el Pacto de Varsovia (disuelto, como se recuerda, muy poco después; no, en cambio, la alianza atlántica).

Por lo que había al primer punto, no había duda de que uno de los motores, tal vez el principal, de los cambios que se estaban produciendo había sido la reorientación o refundación promovida por Mijail Gorbachov, el secretario general del PCUS, desde 1985.

En su primera formulación, en el pleno del CC del PCUS celebrado en abril de aquel año [1985], esta reestructuración o refundación fue presentada como un medio para lograr una aceleración [uskorenia] general del desarrollo económico y social del país. Para decirlo con más propiedad: en su dimensión política interna, la perestroika era, junto con la trasparencia [glasnot] informativa y la franqueza en las relaciones entre dirigentes y dirigidos, un medio para la recuperación económica entonces considerada como urgente y necesaria.

El hecho mismo de que la reestructuación o refundación fuera considerada como un medio para lograr el fin de la aceleración económica había despistado en un primer momento a no pocos analistas occidentales, que habían interpretado las intenciones de Gorbachov como una prolongación de la era brezneviana porque esta había empezado también con un proyecto de modernización científico-técnica y de aceleración económica. Pronto se hizo bien visible la diferencia. Para empezar, en el plano de las relaciones internacionales (tal como también ha destacado Rafael Poch de Feliu, el autor de La gran transición, un libro muy del gusto de los autores).

Pues desde el año 1985 la diplomacia gorbachoviana ha ido proponiendo toda una serie de medidas tendentes a la desnuclearización y a la desmilitarización con la intención de poner fin de derecho a la nueva fase de “guerra fría” que se abrió con la elección de Reagan como presidente de los EEUU de Norteamérica.

En los años transcurridos desde entonces, los nuevos dirigentes de la URSS impopulares de la perestroika no sólo habían seguido multiplicando las propuestas de desarme sino, cosa aún más importante, “las medidas unilaterales de reducción de armamentos”. Tanto era así que era ya entonces un hecho generalmente reconocido la notable disminución del gasto militar de la URSS durante este periodo. El propio Gorbachov, al abordar los problemas relacionados con el peligro armamentista y con los riesgos de crisis ecológica global, había hecho suya de manera explícita una parte sustancial del discurso que desarrollaron los grupos pacifistas independientes en toda Europa durante el lustro anterior. Esto incluía, desde el punto de vista de los miembros del consejo de redacción de mientras tanto, “la exigencia einsteiniana de una nueva forma de pensar, de un pensamiento nuevo adecuado a la era nuclear”, y la idea, también pacifista, de construir en el respeto y la tolerancia la “casa común europea” (URSS incluida). Gracias a ello algunos de los más angustiosos agobios por los que tuvo que pasar la humanidad en la primera mitad de la década de los ochenta habían cedido o haíban empezado a ceder.

Tampoco la reestructuración económica se había quedado en el proyecto de “aceleración” modernizadora de la era brezneviana.

Si aquella acabó convirtiéndose en un dejar hacer económico-social que favoreció ampliamente a la nomenklatura, multiplicó los casos de corrupción, hizo crecer el parasitismo y contribuyó a consolidar la despolitización, ya muy extendida en la población, la denominada perestroika económica de ahora está cuestionando seriamente las categorías básicas de la planificación burocrática y centralizada.

Sea cual fuere el propósito del equipo económico que había estado asesorando a Gorbachov durante este quinquenio, lo cierto era que, también en el plano interno, la perestroika había dejado de ser simple medio para acelerar las modernizaciones y estaba implicando numerosos aspectos de la vida social, política y cultural de la URSS. Más importante que todo eso: había abierto camino a un debate político como no se conocía desde los años veinte. Por el momento esa era tal vez la principal consecuencia de una “refundación” que se había iniciado con cambios de la política exterior y en la política económica estatal: el retorno de la política a la vida de los ciudadanos, subrayaban los autores.

Se entiende: el retorno de la política como campo específico de la actividad humana en el que se manifiestan, chocan y tratan de imponerse, mediante la confrontación pública, intereses de clases y de grupos, ideas y opiniones. Y cae con ello, como ha visto lúcidamente el historiador Leónidas Batkin, la politización de todo lo divino y lo humano por orden de la superioridad, la degradación de la política que era la politización unilateral de todo comportamiento en una población profundamente despolitizada, esto es, sin más ideas políticas que las permitidas por la policía.

Había que analizar en detalle, proseguían los activistas del CANC, las luces y las sombras -que también las había- de este amplísimo fenómeno político-cultural en que se estaba convirtiéndose la perestroika. Y había que hacerlo sin olvidar algunas repercusiones internacionales que empezaban a ser patentes:

De un lado, las reticencias de los gobernantes conservadores occidentales frente al ritmo rápido con el que están sucediéndose los cambios, sin alterar ellos mismos las prácticas imperialistas ni la configuración básica de su alianza militar; de otro lado, la preocupación de los desheredados del tercer mundo que temen ahora quedarse aún más solos con su hambre y que contemplan con comprensible miedo la arrogancia con que los EEUU de Norteamérica se comporta en los albores de la nueva distensión y la hipocresía con que casi todos los países de la CEE exculpan las actividades militares del Gran Amo. Desde esta perspectiva hay que decir, hay que decirnos, que solo un impulso moral y dignificador en el Oeste como el que viene del Este podrá hacer duradera la perestroika en el plano internacional. Pues no es de creer que cuando cae la vieja defensa de la “soberanía limitada” cínicamente afirmada pueda seguir manteniéndose su antiguo exacto contrario: la imposición de la “soberanía limitada” hipócritamente consentida.

Se decía que un segundo aspecto a tener en cuenta era la veracidad con que se expresan los “refundadores”, particularmente en la URSS, lo mismo cuando se refería a cuestiones internacionales que a los problemas internos. Y así era, en efecto. Algunos de sus ejemplos:

La autocrítica respecto de la intervención en Afganistán (y la consiguiente vuelta a casa de las tropas), la consideración de la invasión de Checoslovaquia en 1968 por los ejércitos del Pacto de Varsovia como un error histórico, la valoración del nuevo curso entonces impulsado por Dubcek como un antecedente de la actual perestroika, la denuncia abierta de la corrupción de altos dirigentes del partido comunista hasta hace poco en cargos relevantes en la URSS, la RDA, Bulgaria, Hungría y Checoslovaquia, la revisión de la propia historia con ojos limpios y la rehabilitación de las víctimas del despotismo en la época de Stalin son algunos ejemplos de que la verdad histórica y la franqueza en la crítica pueden legar a ser algo más que palabras cuando se la decisión de cambiar las cosas.

Existían sin embargo, en opinión de los militantes de Izquierda Unida, varias concepciones de la perestroika, en la URSS y fuera de la URSS. La batalla que se estaba dando ya sobre el tipo de política económica a seguir en el próximo futuro, con la aparición, advertían, de defensores acérrimos del neoliberalismo más agresivo, era una muestra. Salían en ese debate las luces y las sombras de la reestructuración:

la crítica del burocratismo, pero también la loa del comunismo más descabellado; el traspaso de amplios poderes a los colectivos de trabajadores y la potenciación de la autogestión, pero también la reconsideración de la empresa como centro de la actividad económica y del espíritu empresarial como impulsor de toda economía; la invitación a restituir el poder a los soviets, pero también la tendencia a despedir a la mano de obra sobrante de las reconversiones industriales y a justificar como natural el desempleo; la exaltación del autogobierno, pero también las reticencias frente al ejercicio en concreto del derecho a la autodeterminación; la recuperación del debate político, la admisión del pluralismo y la introducción del pluripartidismo, pero también la mitifcación del “mercado libre” como panacea, con un énfasis sólo comparable al que suelen poner en ello los partidarios de las políticas reaganianas y thatcherianas [1]

No podíamos olvidarnos tampoco, sostenían los autores, que los cambios se estaban produciendo en los distintos países del Este europeo a través de caminos que no siempre coincidían y con orientaciones que sin duda estaban condicionadas por las diferencias nacionales. Había, también, rasgos comunes que se repetían en estos procesos y que permitían ver la situación, superficialmente, como un movimiento unitario en concordancia con la perestroika soviética:

la insatisfacción ante la deplorable situación económica de la mayoría de las poblaciones del área, la aspiración a la democracia política y, consiguientemente, la crítica al sistema de partido único, la reafirmación de la conciencia de la identidad nacional en pueblos separados a consecuencia de la guerra y en etnias enteras obligadas a emigrar por razones económico-políticas, la asimilación apresurada de hábitos y valores occidentales que los nuevos medios internacionales de comunicación han contribuido a difundir con una rapidez inusitada. La lista no es cerrada. Seguramente no son ésas las únicas características comunes que generan parecidas protestas y aspiraciones desde los Urales hasta la puerta de Brandeburgo.

También era verdad que había que estudiar con más detalle cuáles eran las prioridades según los países, cuáles eran las expectativas principales de sus gentes.

Pero mientras tanto, proseguían, destacaban en una primera aproximación las diferencias que particularizan los distintos procesos; diferencias respecto de la situación económico-social de partida, sobre la forma en que se estaba reestructurando la economía, sobre los métodos seguidos para lograr la  democratización política y acerca del tipo de organización social para estados que eran casi todos ellos estados plurinacionales. Esas diferencias estaban condicionando la relación con

la perestroika soviética o habían contribuido a que determinado país se viera mayormente condicionado por ella.

Así hay países -como la RDA y Bulgaria- para los que la profundización de la perestroika ha tenido un papel decisivo a la hora de sustituir a los grupos dirigentes, mientras que en otros -Checoslovaquia, Hungría- aquella solo ha contribuido a acelerar procesos que estaban ya en marcha y que tenían detrás una larga historia de luchas, o a ratificar situaciones en las que la oposición política había sido ya reconocida formalmente y se tendía al pacto social (Polonia).

Estaba aún por ver la función que la perestroika había tenido en las más reciente rebelión que había acabado con el régimen de Nicolai Ceaucescu en Rumanía, aunque según todos los indicios, en opinión de Fernández Buey y Víctor Ríos, también allí parecía haber sido esencial, material o idealmente, para las fueras que habían puesto fin a la tiranía.

También los caminos recorridos en la resistencia contra el sistema unipartidista y en la lucha en favor del único socialismo digno de este nombre, esto es, el socialismo pluripartidista, condicionaban ya entonces -y aún condicionarían más en el próximo futuro- las orientaciones políticas y económicas que se imponían en cada uno de esos países. Los caminos habían sido varios y muy distintos:

Desde la larga, dura, continuada presión sindical, desde abajo, de los polacos, favorecida por la solidez de las creencias religiosas y -como ahora se sabe ya muy bien- por el dinero del Vaticano hasta la intuitiva y apresurada formación de un comité de salvación nacional para acabar con el despotismo y llenar el vacío de poder en el país del conde Drácula; desde el lento trabajo de todo de los compatriotas de Kafka y del valeroso soldado Schwejk para minar los cimientos de un régimen mantenido por la fuerza de los tanques (y que acaba con la curiosa reconversión de los mismos que mandaban a Dubcek y Havel a la cárcel o al destierro votando solemnemente a estos como presidente de la República y del parlamento) hasta la “revolución pasiva” que los húngaros llaman “tercera revolución”, con el inesperado cambio de nombre y de programa del partido en el poder sin conceder apenas tiempo a organizarse a la oposición política alternativa; desde la lucha de los búlgaros contra las corrupciones de sus antiguos dirigentes hasta lo más inesperado de todo: el final del muro de Berlín, anunciado por dirigentes de los que sólo se esperaban afeites y retoques, un final procedido y seguido por grandes manifestaciones masivas como hacía tiempo que no se recordaban en Alemania.

Si en este cambio de fase, sostenían los autores, acabarían imponiéndose las ideas neoliberales de Walesa, de Kuron, de Gavril Popov, de Nicolai Chmeliov y de tantas otros o triunfaría, por el contrario, el programa socialista renovado que parece haber inspirado la perestroika soviética en sus inicios, era algo que se empezaría a saber ese mismo año de 1990: “las elecciones previstas en todos esos países para los próximos meses serán, sin duda, un primer indicio de la profundidad de los cambios que se quieren, de las expectativas y propósitos de las gentes y de las fuerzas políticas en presencia”. En todo caso una cosa estaba ya clara desde entonces: “las distintas perestroikas han puesto las condiciones de posibilidad para un debate plural acerca de las grandes opciones económico-sociales que se discuten también en los países del capitalismo tardío”.

Los cambios en la Europa del Este tendían a aproximar, por tanto, las condiciones políticas básicas para el gran debate del fin de siglo. Un debate que no sería sólo teórico. En él, por primera vez desde la época de Stalin, la izquierda de la Europa occidental -comunistas, socialistas, alternativos, libertarios, radicales- podía enlazar con los anticapitalistas del Este de Europa “sin la duda que entonces conducía al silencio, sin la conciencia desgraciada y el disgusto que producían la identificación del socialismo con el despotismo”. Caía el velo ideológico, las diferencias y las contraposiciones de intereses entre las clases y grupos sociales volverían a verse con más claridad a partir de ahora. Lo cual, en opinión de los miembros del consejo de redacción de la revista que había sido fundada y dirigida por Manuel Sacristán, “era un motivo para el optimismo de todos aquellos que en la larga lucha por el socialismo sólo conocieron sacrificios ante la opresión y la explotación”.

Las sombras que lo hacían sombrío no venían de ahí, en su opinión. Venían de la observación de los obstáculos que aún tendrían que vencer las perestroikas de los países del este de Europa, donde la glasnot tenía todavía que superar a la glasnot (“¡siempre la exageración de la “transparencia”! ¿Por qué antes bastaba con la “claridad”?”) para convertirse en aquello tan simple que era la libertad de palabra; pero sobre todo, añadían, las sombras venían del otro lado: de la prepotencia con que el capitalismo contemplaba los cambios en la Europa del Este, de la euforia con que proclamaba la superioridad absoluta del mercado y de la sumisión con la que las antiguas socialdemocracias se plegaban a los intereses del gran capital [la cursiva es mía].

Era en circunstancias así, al caer los velos ideológicos y manifestarse en toda su crudeza las viejas y nuevas desigualdades sociales, cuando socialistas y comunistas que no tenían nada de qué arrepentirse, debían sentirse orgullosos de la propia identidad. Caía un modelo muchas veces criticado por socialistas y comunistas con independencia de criterio desde hacía mucho tiempo, desde hacía cincuenta años. No era momento para someterse resignadamente (como de hecho ha ocurrido) a la nueva ideología del capital que trataba de vender a dólar los ladrillos del muro de Berlín a los hijos de los que lo construyeron.

Seguirá siendo difícil llamarse comunista en estos tiempos sin reivindicar simultáneamente y con toda franqueza, la rehabilitación de todos aquellos que pagaron on sus vidas la valentía de adelantarse a denunciar lo que ahora ce con el aplauso de todo. Por lo demás, ¿en qué época y en qué país no fue difícil llamarse comunista y ejercer de tal, cumplir con los actos lo que se dice de palabra? Aun con sombrío optimismo, puede afirmarse que tal vez no hubo otro momento mejor para volver a empezar, allí y aquí.

Por eso no era posible compartir la actividad de quienes, al final de esta historia, pretendían dejar caer el propio nombre para acercarse al socialiberalismo. La opinión de Francisco Fernández Buey y Víctor Ríos era otra muy distinta:

Después de las perestroikas, después de la lección que llega del Este de Europa, son ellos, los restos de las viejas socialdemocracia europeas, los que tienen que empezar a cambiar. Y hacerse más libres.

Veremos la semana que viene una nueva aproximación al tema del autor de Marx (sin ismos) y Leyendo a Gramsci.

 

Notas

1) Los autores recomendaban el artículo de J. M. Chauvier en Le Monde Diplomarique, octubre de 1989, y André Catone en A Sinitra, 3 de abril de 1989.

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