Polvo rojo: la transición al capitalismo en China (III): Fronteras: condiciones internas en los años 60-80

Chuang (colectivo comunista chino crítico)

El colectivo comunista chino Chuang está publicando en la revista de mismo título una serie de artículos sobre la historia contemporánea económica china. De momento llevan publicadas las dos primeras secciones de las tres previstas, respectivamente en los números 1 (2016 y 2019) y 2 (2019) de la revista. En los últimos meses hemos publicado la primera serie “Sorgo y acero: el régimen socialista de desarrollo y la forja de China” en seis entradas -recopilado también en forma de libro–  y publicamos ahora la segunda, con cinco entradas. Recordamos que en la primera estudian lo que los autores denominan “régimen socialista de desarrollo” que datan aproximadamente entre la creación de la República Popular en 1949 y principios de los años 70, cuando consideran que se produce la transición al capitalismo. En esta segunda parte, “Polvo rojo” veremos lo que consideran la transición al capitalismo, entre los años 70 y el inicio del nuevo milenio. Este será el esquema de publicación:

Polvo rojo: la transición al capitalismo en China

I. Introducción
II. Parte 1. La Cuenca del Pacífico
III. Parte 2. Fronteras
IV. Parte 3. Sinosfera
V.  Parte 4. De hierro a óxido

 

Visión general: líneas de falla

Estas crisis internacionales crearían pronto una abertura para la incorporación de China a los circuitos globales de acumulación. Pero esto solo sería posible después de que se abriesen finalmente toda una serie de profundas líneas de falla atravesando tanto el régimen de desarrollo como el bloque socialista en general, lanzando a China a una alianza con el campo contrario durante la Guerra Fría. En esta sección, detallaremos la naturaleza de estas crisis constituyentes y explicaremos cómo, exactamente, un régimen de desarrollo que había frenado la transición al capitalismo pudo finalmente convertirse en un vehículo para esa misma transición. Profundizaremos en las pruebas que detallan estas crisis y los diversos intentos improvisados para solucionarlas, y en varios puntos puede ser fácil perder de vista la imagen teórica general. Pero estas cuestiones mayores son en realidad el núcleo de la historia.

La cuestión central de estos problemas teóricos es la transición desde sociedades preexistentes al modo capitalista de producción. Más abajo, destacamos la naturaleza del sistema capitalista (para enmarcar adecuadamente lo que supone esta transición), y los diversos mecanismos que apuntalaron el proceso. Nuestro marco procede específicamente de la visión de Marx de la lógica del capital y de diversos debates entre los estudiosos posteriores conocedores de Marx respecto a la historia del capitalismo, especialmente el “Debate Brenner” sobre las raíces agrarias del capital en Inglaterra. Más en general, para entender la naturaleza del cambio en los sistemas industriales (que es a la vez puntuado y gradual) sacamos varias herramientas importantes del intento de teorizar el cambio sistémico a gran escala dentro de la teoría evolucionista, específicamente tal como fue desarrollada por Stephen Jay Gould. Este texto no pretende, sin embargo, ser un relato académico, sino una narrativa legible que destaca más los procesos históricos que teorías sobre ellos. No planteamos esta narrativa, por tanto, en el lenguaje metahistórico de voces académicas incorpóreas debatiendo entre sí. Aunque obviamente instruidos por estas discusiones, los nombres y egos de todos los eruditos quedan confinados a los pies de nota, donde pueden quedar adecuadamente subordinados a las masas de gentes que en realidad hicieron la historia, más que aquellos que simplemente hablan de ella.

La historia de la transición es compleja, pero las tendencias principales pueden ser identificadas retrospectivamente. Más abajo, analizaremos los detalles del anquilosamiento del régimen de desarrollo, y explicaremos los primeros movimientos hacia la reforma como respuestas improvisadas a esta crisis social y económica más profunda. Un elemento central de esta historia será el problema del estancamiento de la producción agrícola y el lento crecimiento de la industria rural después del Gran Salto. Los movimientos para modernizar la agricultura, aplicar tecnologías de la nueva revolución verde y canalizar la mano de obra rural excedente a actividades de la industria ligera empezaron a enlazarse entre sí en una dinámica autorreafirmante que tendió a una creciente comercialización y mayor dependencia de los insumos externos, lo que abriría la puerta a vínculos económicos con el mundo capitalista. Todo esto ocurría, mientras tanto, en medio de la crisis más profunda dentro del bloque socialista. A medida que crecían las tensiones entre China y la Unión Soviética, el régimen de desarrollo perdía su fuente más importante de importaciones y formación técnica, justo cuando se encontraba al borde de la guerra en todos los frentes. Esto llevó a un periodo de aislamiento que exacerbó la autarquía y anquilosamiento del régimen de desarrollo tardío, profundizando en última instancia la crisis y forzando al estado a buscar en otra parte insumos externos clave. Fue en este contexto en el que tuvo lugar el acercamiento diplomático entre China y los Estados Unidos, haciendo girar el curso de la Guerra Fría y estableciendo las bases para una posible (pero en ese momento lejos de ser algo asegurado) entrada de China en la economía capitalista.

Aunque los principales sucesos de esta historia son bastante claros, usaremos un enfoque distinto para relatarlos. Destacamos, en primer lugar y principalmente, que las decisiones y las estrategias políticas de los hombres de estado básicamente siguen a condiciones históricas más fundamentales, producidas por dinámicas de sistema, entre las que se incluyen la inercia, por un lado, y el impulso de las masas populares, por otro. Los grandes líderes no son los autores de la historia, sino que simplemente anotan y ofrecen correcciones menores. De la misma forma que hemos defendido, por tanto, que la era socialsta no era la “China de Mao”, mantenemos que el periodo de transición de nunca manera perteneció a Deng Xiaoping. La “Reforma y Apertura” (改革开放) nunca fue una estrategia sistemática para la mercadización [marketization]. De hecho, no fue nunca una estrategia coherente. Su narrativa como tal surgió años más tarde, como una historia de celebración para defender el mandato del estado. En realidad, fue un proceso azaroso e improvisado, totalmente contingente y a menudo extremadamente incontrolado. Esto también implica que la transición no podía haber sido el resultado de una “traición” llevada a cabo por una facción dentro del partido. Aunque dicha conspiración hubiera existido, la balcanización de la producción y el anquilosamiento de la maquinaria del estado hubieran garantizado que nunca hubiera podido llevarse a cabo. Por el contrario, todas las grandes reformas tendieron a ser sellos oficiales despúes de que sucediesen los hechos dados a experimentos mucho más locales.

En segundo lugar, mantenemos que el régimen de desarrollo de China no fue capaz de fundirse como un verdadero modo de producción, ni era un  “estado capitalista” o un país “burocrático capitalista”. El intento de adornar el capitalismo con adjetivos es simplemente una pantalla de humo que oscurece una pobre comprensión de su dinámica fundamental. Y el régimen socialista de desarrollo no era capitalista. Quienes defienden que el resultado final de la transición prueba de alguna manera la esencia capitalista preexistente de la era socialista hacen una extraña presunción lógica que sería difícilmente tolerada en cualquier disciplina fuera de la teología: mezclar el resultado final de un proceso con sus formas precedentes, como si el germen de la especie humana estuviese presente en la aurora de la vida. Por el contrario, ofrecemos una teoría sobre cómo el régimen de desarrollo que no era un modo de producción se rompió lentamente, superado por las dinámicas autorreforzadas de la mercadización que se fusionaría finalmente en un modo de producción regido por la ley del valor.

Finalmente, ni proclamamos que el capitalismo sea un producto totalmente nacional, generado por las energías emprendedoras liberadas del campesinado, ni un sistema totalmente invasivo, impuesto a China por una alianza entre burócratas locales y la burguesía internacional. Es verdad que la ley del valor había empezado su gestación en el campo chino, y específicamente dentro de la industria rural. En las ciudades, ya había tomado forma un proto-proletariado, e incluso las mayores empresas de propiedad estatal habían empezado a comercializar algunos de sus productos y, lo que es más importante, a subcontratar trabajo a empresas industriales urbanas y rurales más pequeñas operando principalmente dentro del mercado. Pero también existían fuertes fuerzas que no eran de mercado, protegiendo a la agricultura y defendiendo los privilegios del sector industrial estatal hasta bien entrado el nuevo milenio. El desarrollo de esta ley del valor doméstica solo podía ser completado por la incursión simultánea de la economía global bajo la forma de equipamiento de capital importado, aumentando el déficit del estado, y las nuevas zonas abiertas para la exportación. Esta economía exportadora y las redes de capital que lo dirigían son el tema de la siguiente sección.

La geografía de la acumulación capitalista

Las condiciones generales descritas arriba convergerían pronto con un crisis interna en el régimen de desarrollo chino. Antes de describir esta crisis interna, sin embargo, será útil describir las leyes del movimiento que determinan la geografía de la producción bajo el capitalismo. La acumulación compuesta de valor va acompañada de la expansión espacial. A nivel abstracto, la lógica básica de la producción capitalista ha tenido, desde su comienzo, un carácter global: se ha orientado como si fuese un sistema global, aunque su infraestructura productiva real estuviese delimitada geográficamente. Pero la subsunción de la Cuenca asiática del Pacífico, empezada en Japón y completada con la transición en China, vería por primera vez a la mayor parte de la población mundial sujeta al dominio directo del capital.

Aunque a menudo se formula en abstracto, poniendo el énfasis en su capacidad para remodelar y domar la cultura, la sociedad y el mundo no humano, la comunidad material de capital se define, primero y principalmente, por su capacidad de remodelar el territorio para adaptarse a sus necesidades. Por un lado, esto supone la destrucción sistemática de la economía de subsistencia no orientada al mercado, y el mantenimiento perpetuo de diversos sistemas aparentemente extraeconómicos que impiden que esta economía de subsistencia llege a volver ser posible de nuevo. De entre estos, la ley de la propiedad es el más obvio, pero es igualmente importante el “elemento histórico y moral” que entra en la determinación del valor de la fuerza de trabajo, señalando los diversos modos en que la comunidad material reestructura los componentes fundamentales de la existencia humana, domando de esta manera a la humanidad de acuerdo con el imperativo inhumano de acumulación.

Por otro lado, sin embargo, la expansión de la comunidad material también supone la construcción de tipos de territorios completamente nuevos, como los complejos logísticos que definieron el cambio del capital a lo largo de la Cuenca del Pacífico. El carácter exacto de estos complejos territorial-industriales ha cambiado con cada onda expansiva, pero su característica definidora es la de la desigualdad espacial. La producción capitalista se define por la extrema concentración geográfica de la industria. Unido a la destrucción y continuo impedimento de formas alternativas de subsistencia, esto da como resultado una rápida urbanización, en la que las ciudades se separan de sus límites históricos de clima, geografía y fertilidad del suelo. El archipiélago de infraestructura logística que rodea la Cuenca del Pacífico fue por tanto una especie de vanguardia de la producción global capitalista, empujada hacia el este por la disminución de la rentabilidad de la economía mundial y por cálculos geopolíticos de los Estados Unidos, como poder hegemónico reinante encargado de enfrentarse a esta crisis. Como explicamos anteriormente, la importación de bienes de capital avanzados desde los EEUU, Europa y, más tarde, Japón dispararon una serie de booms económicos en la región facilitados por los gastos durante tiempos de guerra en una serie de conflictos anticomunistas. Aunque muchas de estas guerras se perdieron (como en Indochina) o acabaron en tablas (como en Corea), serían finalmente sus efectos económicos colaterales los que romperían la división entre los bloques capitalista y socialista.

El campo en el régimen socialista de desarrollo

Volviendo a la situación interior, será útil empezar por revisar las condiciones generales del régimen socialista de desarrollo tal como las dejamos al final de “Sorgo y acero”. Este régimen no era un modo de producción porque nunca desarrolló una lógica interna capaz de reproducirse independientemente de una supervisión gerencial continua. Esto implicaba que no podía mantenerse por sí misma a escala social, dando como resultado la balcanización de la sociedad definida por las fronteras entre unidades de producción autárquicas. También implicaba que el régimen no podía garantizar de manera fiable su reproducción con el paso del tiempo, llevando a un rápido anquilosamiento. No obstante, en el curso de este anquilosamiento el régimen de desarrollo formó su propia estructura local de clases, definida en primer lugar por la extracción de grano desde el campo y, segundo, por la proximidad a los órganos centrales del estado. Esta estructura de clase era intrínsecamente contingente respecto al carácter del régimen de desarrollo y era por lo tanto, a la vez caótica y condenada a una rápida obsolescencia.

La división rural-urbana definía el régimen de desarrollo y estaba regulada por una alta tasa de acumulación, en la que el consumo se mantenía bajo para que las inversiones en industrias pesadas particulares pudiesen ser altas. El crecimiento del consumo se mantuvo de manera constante por debajo de la tasa de crecimiento del PIB, de manera que el porcentaje de PIB de la industria creció del 25,9 por ciento del PIB durante el Primer Plan Quinquenal (PQ), iniciado en 1953, al 43,2 por ciento a finales del Cuarto PQ en 1975.[1] Otra forma de verlo es que, aunque más del 80 por ciento de la población trabajaba en la agricultura, este sector recibió menos del 10 por ciento de inversión a lo largo de tres décadas, desde 1953 a 1985,[2] mientras el 45 por ciento fue a la industria pesada durante ese mismo periodo.[3] La agricultura alimentó a la industria. Como porcentaje del PIB, la industria ya había sobrepasado a la agricultura a finales de los 60. Esta estrategia empezaría a cambiar con las reformas de principios de los años 80, sin embargo, cuando se permitió aumentar la tasa de consumo, ralentizando el proceso de industrialización.[4] En este sentido, la relación de la industrialización con la agricultura fue bastante diferente en China de la que había sido en la Unión Soviética, que tenía una producción de grano per cápita mucho más alta en los años 20 y 30 que la que tenía China en los 50.[5] Así, mientras el estado chino intentó desarrollar rápidamente la industria pesada, la producción agrícola siguió siendo un límite mucho más severo a la industrialización. El estado tenía que aumentar tanto la parte relativa del excedente agrario como la producción agrícola total.

La reforma agraria llevada a cabo en los primeros años del régimen de desarrollo eliminó al principal consumidor rural capaz de competir con el estado por el excedente agrícola: la élite rural (entre la que se encontraban terratenientes, funcionarios locales, comerciantes y campesinos relativamente ricos). A finales de 1953 el estado puso en marcha un mecanismo para extraer este excedente. Llamado “compra y comercialización unificadas” (统购统销), el sistema suponía el completo control estatal sobre el mercado de grano, expulsando a todos los comerciantes privados. Esto fue visto como la mejor de varias opciones imperfectas en ese momento, necesario si el régimen de desarrollo quería permanercer independiente de un mercado global de posguerra firmemente en manos de los Estados Unidos. Así explicaba Chen Yun, quien participó en el primer comité de redacción del primer PQ, la lógica tras el control del estado sobre el grano en ese momento: «¿Son atajos? Sí. Pueden disminuir el entusiasmo por la producción, perseguir a gente hasta la muerte […] y provocar insurrecciones en determinadas áreas. Pero sería peor si no los pusiésemos en marcha. Eso significaría hundirse en el viejo camino de la vieja China importadora de grano».[6] Tras la aplicación del monopolio de estado, los debates políticos entre 1955 y 1980 cambiaron a la cuestión de cómo desarrollar la producción agrícola para producir un mayor excedente. De particular importancia fue cómo evitar el riesgo de reiniciar una transición local al capitalismo vía desarrollo de los mercados rurales.

El Gran Salto Adelante (GSA) de 1958-1961 fue un intento de responder a esta cuestión. La autodependencia y la movilización de la mano de obra rural excedente (centrándose particularmente en la temporada baja de trabajo, pero también de la fuerza de trabajo reproductiva ineficientemente utilizada) compensaría la falta de inversión estatal en la producción agrícola mediante la participación colectiva en la formación de capital agrícola. Mientras tanto, esto permitiría una mayor tasa de acumulación, sin arriesgarse a una resurrección de los mercados rurales. Una política de desarrollo de este tipo se basaba en una colectivización rápida a gran escala, el igualitarismo, una industrialización rural exitosa y la motivación política. En muchos de estos puntos, el intento fue un claro fracaso. Por el contrario, una política de modernización agrícola basada en una inversión más importante del estado, creando las condiciones para un cultivo científico mecanizado, a gran escala, hubiera sido otra opción. Pero esto hubiera ralentizado inicialmente el proceso de industrialización, pues la inversión estatal en agricultura hubiera sido mucho mayor, limitando los fondos disponibles para la industria pesada. Finalmente, la presión para una rápida industrialización en el contexto de una Guerra Fría a menudo caliente empujó a los líderes en la primera dirección, aunque no sin desacuerdos.

El género y la industria rural en el Gran Salto

Los cambios en la industria rural a lo largo del tiempo nos ofrecen una lente importante para observar los cambios en la economía de China en su conjunto. En la economía imperial tardía, industrias artesanas rurales como las textiles y las de fabricación de papel funcionaban generalmente como un «vínculo orgánico entre el cultivo y el procesamiento de productos agrícolas.»[7] La producción artesana unía a los hogares campesinos o “patricorporaciones” de linaje[8] con redes locales y regionales de consumidores mediante un sistema amplio de “ciudades-mercado”. La embestida de las invasiones imperialistas del siglo XIX, que vinieron acompañadas del mercado capitalista mundial y un siglo de guerras civiles, alteraron profundamente el sistema, pero no de manera terminal.

En el amanecer del régimen de desarrollo en 1949, el valor de la “producción secundaria” rural (principalmente artesanía tradicional) suponía un total de 1,16 mil millones de yuanes en precios de 1957.[9] El movimiento de reforma agraria ayudó a estas industrias a recuperarse algo e incluso crecer sobre una base familiar, con más de diez millones de campesinos trabajando a tiempo parcial en artesanías comerciales a partir de 1954, casi doblando el valor de la producción a 2,2 mil millones de yuanes. La introducción en 1953 del sistema de compra y comercialización unificado cortó este “vínculo orgánico” complementario entre el cultivo y la comercialización de productos agrícolas procesados, provocando una caída de los ingresos rurales en áreas que se habían especializado en la producción artesana.[10] Cuando el estado estableció el monopsonio sobre los productos agrícolas, las empresas de procesamiento rural quedaron inevitablemente separadas de sus suministros. Cereales, algodón, seda, cacahuetes y soja –los suministros básicos de las empresas no agrícolas– eran tomados por el estado inmediatamente después de la cosecha. De hecho, durante los años 50 el campo quedó desindustrializado.[11]

En 1955, el movimiento cooperativo empezó a organizar artesanías en “equipos de producción suplementaria” (副业生产队) bajo las cooperativas agrícolas. Al principio, el énfasis del movimiento en la agricultura dañó aún más la situación de las industrias suplementarias, pues virtualmente toda la manufactura fue tomada por empresas estatales, pero a finales de 1957 la industria rural había recuperado el valor de la producción justo por encima del de 1954, equivalente al 4,3 por ciento de la producción agrícola de ese año.[12] Más tarde, en 1958, el Gran Salto Adelante incorporó y reorganizó estos equipos de producción suplementaria en las aldeas y más de 30.000 cooperativas artesanas en las ciudades bajo “Empresas de Comuna y de Brigada” (ECB). Aquellas ECB que sobrevivieron hasta los años 80 se convertirían en “Empresas de Ciudad y Pueblo” [conocidas generalmente en la bibliografía como TVE por su anagrama en inglés “Township and Village Enterprises”]. En un primer ejemplo de exacción capitalista de instituciones socialistas, las ECB pasaría a convertirse, de un componente central de la “transición al comunismo” concebida por el GSA, a las primeras empresas privadas y un vehículo clave para la transición al capitalismo. Pero incluso antes de este parteaguas, las ECB sufrirían antes diversos cambios que reflejaban los cambios en la política económica nacional.

La creación de las ECB señaló el primer intento sistemático del estado por promover la industria rural como tal. Si la artesanía había entrelazado previamente la economía familiar campesina con los mercados locales y regionales mediante el procesamiento de los bienes agrícolas, las ECB transformaron fundamentalmente la industria rural al subordinarla a los dictados cambiantes de la política estatal –política que a su vez respondía a condiciones internacionales cambiantes–. Inicialmente, durante el GSA, esto se centró en desviar de la agricultura mano de obra rural “excedentaria” para contribuir directamente a la carrera nacional por “sobrepasar a Gran Bretaña y atrapar a los EEUU” en industrias pesadas como el acero. A esto se le unió el objetivo de establecer una alternativa autosuficiente a las importaciones de bienes de capital para la modernización agrícola, ahora que las tensiones con la URSS complicaban aún más la estrategia anterior, más convencional. Este segundo objetivo pasaría al primer plano cuando el primero fue abandonado junto con el GSA en su conjunto en 1961.[13]

En la práctica el desvío de “mano de obra excedentaria” a producción no agrícola significaba transferir básicamente a hombres jóvenes campesinos de los campos a las 7,5 millones de nuevas fábricas establecidas en 1958 y, más frecuentemente, a las colinas donde se construían carreteras, se ponían nuevas tierras en cultivo, se colocaban vías férreas y se cavaban minas y canales de riego.[14] Y para finales de 1958, las recientemente creadas ECB ya empleaban a 18 millones de personas, triplicando aproximadamente la producción en 1958 de la conseguida en 1954, y casi cinco veces más el siguiente año.[15] Como resultado, el trabajo agrícola como porcentaje del trabajo total rural cayó de entre el 90 y el 93 por ciento a principios de los años 50 al 71 por ciento en 1958.[16] Esta repentina transferencia de mano de obra masculina rural a actividades no agrícolas fue posible al sacar a las mujeres del hogar para convertirlas en la principal fuente de mano de obra agrícola, revertiendo la división de género tradicional que había dominado durante siglos, conmemorada en la frase “los hombres cultivan mientras las mujeres tejen” (男耕女织). Al principio, esta inversión se vió facilitada por la socialización de parte del trabajo reproductivo que las mujeres hubieran hecho de otra forma en casa además de cultivar. Las recién creadas “brigadas de producción” del tamaño de aldea establecieron comedores comunitarios, instalaciones para cuidar de los niños y los ancianos y «otras medidas colectivas de bienestar para emancipar a las mujeres de la monotonía de la cocina, y en breve los hombres y mujeres empezaron a recibir salarios por su trabajo, complementados con suministros gratis de productos como arroz, aceite, sal, salsa de soja, vinagre y verduras», junto con vestidos, medicinas, cuidados durante el parto e incluso peluquería gratuitos.[17]

Estos experimentos en realidad no desafiaron la division de género en el trabajo como tal, puesto que este trabajo reproductivo socializado era realizado principalmente por mujeres mayores, pero liberó a las mujeres jóvenes para dedicar más tiempo a realizar trabajo agrícola para el colectivo. Este breve acuerdo se hundió cuando golpeó la hambruna y muchas instituciones del GSA fueron desmanteladas, entre las que se encontraban tanto estas instalaciones para el trabajo reproductivo socializado como la mayor parte de las ECB. A partir de ahora, se esperaba de las mujeres jóvenes que asumiesen la doble carga del trabajo agrícola colectivo, por el que recibían menos puntos de trabajo que los hombres, y el trabajo doméstico en el hogar, ahora no remunerado e invisible. Irónicamente, por tanto, este experimento que tenía como objetivo  (en la retórica al menos) disminuir las disparidades entre los roles de género, entre la ciudad y el campo y entre la industria y la agricultura, en realidad terminó imponiendo sobre la sociedad rural por primera vez versiones modernas de estas distinciones. El objetivo socialista original de reducir y en última instancia eliminar toda disparidad de género e incluso de familia fue abandonado definitivamente: «El trabajo artesano de las mujeres, que había aportado dinero para los hogares en épocas anteriores, era ahora más invisible que nunca», y este trabajo invisible no pagado se convirtió en algo «fundacional para la estrategia de acumulación del estado».[18] A medida que la hambruna asolaba el país durante tres años a partir de 1959, los líderes centrales identificaron como causas esenciales del desastre no solo a los comedores públicos y los hornos de acero en los patios sino también el grio hacia actividades no agrícolas en general, más que a la continua confiscación del estado del grano y su exportación a la URSS incluso cuando la hambruna se había vuelto evidente. En 1960, el Octavo Comité Central empezó una serie de llamamientos a cerrar  la mayoría de las ECB existentes y a prohibir la apertura de nuevas. Su número cayó de 117.000 en 1960 a 11.000 en 1963,[19] y el porcentaje de la fuerza de trabajo nacional empleada fuera de la agricultura cayó aún más de lo que que había sido en 1957.[20] Como porcentaje del trabajo rural total, el trabajo agrícola creció del 71 por ciento en 1958 al 97 en 1962, permaneciendo entre el 96 y el 97 por ciento hasta 1973. [21] Este revés de casi una década de la industrialización rural obtuvo una articulación política estable en los “Sesenta artículos” del Décimo Pleno (“Regulaciones del trabajo de las comunas populares rurales”) de 1961-1962, que declaraban que «Los comités administrativos de comuna en general no mantendrán nuevas empresas en los próximos años». Otro anuncio del Comité Central dos años más tarde fue aún más lejos al prohibir a comunas y brigadas no solo el crear nuevas empresas sino también nuevos equipos suplementarios.[22] A pesar de sto, las ECB se recuperarían graduamente a lo largo de la década, y en 1970 estaban listas para recibir un impulso repentino –esta vez con un foco exclusivo en la modernización agrícola–.

Esfuerzos intensos de recuperación agrícola

A principios de los años 60 la situación respecto a la subsistencia era grave y se puso el foco en revitalizar la producción agrícola. Sin aumentar la inversión del estado en la agricultura, sin embargo, la única forma de incrementar la producción agrícola era intensificar los insumos de trabajo. Aunque la forma organizativa post-Salto de la comuna más flexible y el aumento de la población rural trajeron consigo un aumento de los insumos de trabajo y mayores rendimientos por hectárea, la productividad del trabajo agrícola creció muy lentamente hasta finales de los años 70, cuando la inversión del estado en agricultura finalmente empezó a aumentar significativamente. En los 60 y los 70, en otras palabras, la modernización agrícola se pospuso de nuevo como un objetivo futuro, demasiado costoso durante una época de tensiones crecientes con la Unión Soviética, cuando una industrialización rápida –y por tanto centrarse en la inversión industrial– era visto como una necesidad estratégica. A lo largo de este periodo, se intentaron varios métodos para animar a mayores inversiones de trabajo rural, tanto vía experimentación local como política estatal central. Cada una de estas formas fue en el mejor de los casos solo temporalmente exitosa, como discutimos en “Sorgo y acero”. Este proceso empezó con el estado intentando reconstruir la estructura institucional rural básica que había colapsado durante el Gran Salto Adelante.

En 1961 y 1962 se adoptó una nueva estructura de comuna. Con la rendición de cuentas a nivel de comuna durante el Salto, era difícil para cualquiera ver cómo su propio trabajo afectaba a su consumo. Las comunas tenían a decenas de miles de personas abarcando muchas aldeas. La estructura post-Salto, por el contrario, redujo la importancia de la comuna al organizar la producción. Los niveles más bajos de brigada de producción (el tamaño de un pueblo y conteniendo hasta un par de miles de personas) y el equipo de producción (normalmente entre 25 y 40 hogares) se convirtieron en el centro de la toma de decisiones sobre producción. Bajo este nuevo sistema, las comunas actuarían como una “unión” de brigadas, necesitando el acuerdo de los niveles inferiores para llevar a cabo grandes proyectos. Las brigadas serían responsables de los beneficios y pérdidas colectivos y actuarían ahora como el “propietario” básico de la tierra rural. Pero no se suponía también que las brigadas reforzasen el igualitarismo entre los equipos de producción. Las brigadas tenían que negociar con sus equipos por recursos y para llevar a cabo proyectos colectivos, y los equipos podían rechazar ofrecer mano de obra a la brigada o por encima de ella. El equipo se convirtió en el nivel básico de rendición de cuentas, planificación de la producción y formación de capital a pequeña escala, decidiendo las remuneraciones y gestionando la maquinaria agrícola. En general, esto suponía un intento por detener la rápida desintegración de las instituciones rurales que siguió al Salto. En ese momento, el cambio a los equipos como nivel básico de rendición de cuentas era visto como algo temporal. El ahora pospuesto objetivo a largo plazo de modernización agrícola implicaba un aumento en la escala de producción y organización del trabajo. En la dirección del partido se produjeron repetidamente debates sobre cuándo devolver el nivel de rendición de cuentas de vuelta a la brigada, pero no consiguieron tener efecto en la mayor parte de áreas debido a la falta de apoyo.[23]

Tras dos años de aguda disminución de la producción agrícola (1959 y 1960), la agricultura empezó de nuevo a crecer a partir de 1961, cuando los precios de compra de productos agrícolas del estado fueron elevados más de un veinte por ciento, incentivando las inversiones en trabajo. Pero desde inicios de los 60 hasta finales de los 70, se intentó un sistema tras otro de remuneración del trabajo par mantener los intensos insumos de trabajo necesarios para aumentar la producción. Sin embargo, con una fuerte política de  autosuficiencia local a lo largo de los 60 y primeros 70 a expensas de la modernización agrícola, la inversión del estado en formación de capital agrícola y tierras agrícolas siguió básicamente estancada, siendo 1964 el único año con un aumento significativo de la inversión. La moviliación de la fuerza de trabajo junto con nuevas variedades de semillas dieron como resultado tasas de crecmiento agrícola relativamente altas entre 1962 y 1966,[24] pero este crecimiento no se mantuvo a lo largo de los últimos años 60, registrándose en realidad en 1968 una disminución. Ni aumento significativamente la productividad del trabajo durante este periodo.

Popularizadas a principios-mediados de los años 60, las tecnologías nativas de revolución verde, especialmente nuevas variedades de semillas y plantas de arroz híbridas, dieron un impulso a la producción agrícola, pero también necesitaban mayores insumos químicos, especialmente fertilizantes, de los que había un suministro todavía escaso. A principios de los años 70, muchos de los beneficios iniciales de las nuevas semillas empezaron a agotarse. Fue solo mediante inversiones agrícolas del estado significativamente aumentadas que estas tecnologías empezaron realmente a producir dividendos. De manera similar, los sistemas igualitarios de remuneración habían empezado a mostrar también signos de tensión. Estudios sobre las aldeas muestran que las reuniones mensuales para decidir la remuneración mediante el uso de puntos de trabajo empezaron a ser tomadas con menos seriedad, y los puntos de trabajo que habían sido decididos por valoraciones en grupo ahora se habían convertido casi en un salario establecido pues los campesinos ya no acudían a las reuniones. Los efectos de la motivación ideológica, tan importante para el régimen de desarrollo socialista, se estaban desvaneciendo. La calidad e intensidad del trabajo sufrieron, lo mismo que los rendimientos.

La caída de las tasas de crecimiento desde finales de los 60 a principios de los 70 llevó a cambios rápidos en la política rural, al buscar el estado formas de aumentar la producción agrícola sin elevar drásticamente las inversiones estatales. Aunque la producción de productos químicos agrícolas, en particular fertilizantes, creció en los años 70, su crecimiento más agudo no se produjo hasta finales de la década. Todos estos problemas llevaron a un lento y desigual proceso de modernización agrícola en los 70, sufriendo como resultado la producción agrícola absoluta. La producción nacional de cereales creció de manera desigual de 240 millones de toneladas en 1971 a 284 millones en 1975, y luego se estancó durante los dos siguiente años.[25] No fue hasta después de la muerte de Mao en 1976 que la política agrícola tomó una dirección mucho más clara, como discutiremos más abajo, reaccionando al estancamiento de mediados de los 70.

La industria rural tras el Salto

A pesar del cierre masivo de ECB y las restricciones que el Décimo Pleno había impuesto tras la hambruna, la industria rural empezó una recuperación gradual en 1964, centrándose ahora más exclusivamente en las industrias que servían al cada vez más necesario pero todavía despriorizado objetivo de la modernización agrícola –con la idea de que las empresas rurales pudiesen interpretar este papel en lugar de las empresas estatales, que debían seguir centradas en la industria pesada–. Por un lado, esto reflejaba un reconocimiento creciente de que el simple reordenamiento de la fuerza de trabajo, combinado con la movilización ideológica, estaba perdiendo su capacidad de aumentar la producción agrícola (especialmente ahora que muchos campesinos habían perdido la fe en el partido tras el fracaso del GSA). Por otra, la importación de bienes de capital para la modernización agrícola se había vuelto casi imposible, dado el deterioro de relaciones de China con la URSS y sus aliados. El hostil ambiente  internacional también implicaba que fuese arriesgado confiarse a los pocos centros industriales existentes para esta tarea, pues colindaban la frontera con la Unión Soviética o se encontraban a lo largo de la costa, donde eran vulnerables al poder militar estadounidense. La solución que surgió fue una forma específica de industrialización rural: la combinación de (a) la estrategia de “Tercer Frente” de crear nuevas bases para la industria pesada repartidas por todas las provincias subdesarrolladas de sudoeste de China y (b) la revitalización y expansión de las ECB y empresas estatales a nivel de condado para que produjesen insumos agrícolas modernos y maquinaría, así como cemento, acero y energía. Esto último, en particular, ayudaría a crear las condiciones para la mercadización del campo, prefigurando la rápida industrialización rural de las siguientes décadas.

Esta segunda ronda de desarrollo de ECB se inicio gradualmente, a medida que desaparecían los miedos sobre la asociación de la hambruna con la promoción de la industria rural. En 1964 (el mismo año en el que se lanzó el Tercer Frente), el Comité Central formuló una política de promoción de “las cinco pequeñas industrias” (五小工业) consideradas cruciales para la modernización agrícola: energía (pequeñas minas de carbón y plantas hidroeléctricas), pequeñas fundiciones de hierro y acero, pequeñas plantas para fertilizantes, pequeñas plantas cementeras y pequeñas fábricas que produjesen maquinaria agrícola.[26] Al principio, tres de estas “cinco pequeñas” (acero, fertilizantes y cemento) estaban limitadas a empresas que operasen a nivel de condado, siendo este el nivel más bajo del aparato del estado cuyos funcionarios eran nombrados directamente por el gobierno central. Las otras dos “pequeñas industrias” podían también ser gestionadas a nivel de comuna, pero ninguna podía serlo a los niveles aún más bajos de brigada o equipo. Fue esta la primera vez desde el GSA que se autorizó a los gobiernos rurales a establecer sus propios sectores industriales independientes.[27]

No sería hasta 1970, sin embargo, que el 4º PQ pondría claramente el énfasis en los niveles de comuna y de brigada, promoviendo el desarrollo de ECB en todos los “cinco pequeños”. A este esbozo se le dio cuerpo en la Conferencia Agrícola del Norte de China de ese año y en la Conferencia Nacional de Mecanización Rural el siguiente, al declarar que «un propósito clave del desarrollo de la industria rural era promover la causa de la mecanización agrícola en un plazo de diez años y que hizo que la industria rural pudiese recibir préstamos bancarios y ayuda fiscal».[28] Ahora se insistía en que los cinco pequeños deberían funcionar según los principios de “los tres locales” (三就地): el uso de insumos locales, la producción in situ y la venta de la producción en los mercados locales. A esta dirección de la política nacional se le dio entonces impulso en algunas provincias subdesarrolladas como Hunan, que lanzó inmediatamente la campaña “Construcción de una provincia industrializada en diez años” y, en 1972, creó una oficina provincial específicamente para ayudar a las ECB.[29] A finales de ese año, las ECB habían superado a las empresas a nivel de condado para convertirse en el mayor motor de industrialización rural por toda China. El valor de la producción de los ECB creció de 9,25 mil millones de yuan en 1970 a 27,2 mil millones en 1976, con una media de un 25,7 por ciento anual.[30] En 1978, casi la mitad de la mano de obra industrial de China estaba empleada en industrias rurales a nivel de condado, comuna o brigada.[31]

Aparte de la complicada situación internacional y el problema persistente del estancamiento de la producción, otro factor que contribuyó a la expansión de ECB en torno a 1970 fue la Revolución Cultural. Las luchas de masas de 1967-1968 alteraron seriamente la producción urbana en muchas partes de China, creando demanda para ciertos bienes producidos por las ECB. Los cuadros de algunas comunas cerca de grandes ciudades tomaron la iniciativa de reorganizar la producción de las ECB para servir a los mercados urbanos cercanos cuando su propia producción quedó estrangulada por huelgas y la constante movilización política.[32] Más tarde, a partir de 1968, muchos cuadros urbanos, trabajadores y técnicos empezaron a “ser enviados” al campo, contribuyendo así al desarrollo de las ECB.[33] Mientras tanto, cambios en la estructura de la inversión local apuntalaron estos cambios. Todo esto hubiera acabado en nada, por ejemplo, si las nuevas ECB no hubiesen recibido una generosa financiación de los bancos locales –en ese momento todos ellos técnicamente sucursales del Banco Popular de China o, en algunos casos, instituciones de ahorro de cooperativas locales que no aceptaban depósitos personales–. En la prefectura de Mianyang en Sichuan, por ejemplo, «los préstamos a las industrias colectivas crecieron un 58 por ciento en 1970, y en otro 75 por ciento en 1971. Entre 1969 y 1978, el aumento total de préstamos se multiplicó por 5,7».[34] Esto a su vez fue posible por la descentralización financiera de China a principios de los años 70, que gradualmente empezó a imitar las asignaciones de mercado de fondos de inversión en algunas áreas rurales.[35]

A pesar de estos impulsos nacionales y a veces provinciales, la persistente asociación de la industria rural en general y de las ECB en particular con la hambruna detuvo su desarrollo en muchos lugares. Esto fue especialmente cierto en Sichuan y Anhui, las dos provincias más castigadas por la hambruna. No recuperaron el nivel de producción de las ECB de los años del Salto hasta tan tarde como 1978 y 1980, respectivamente.[36] En cambio, la mayor parte de las provincias recuperaron su pico de 1958 a finales de los 60, antes incluso del impulso nacional lanzado en 1970. De hecho, las empresas comunales crecieron a una media nacional del 16 por ciento entre 1962 y 1971 –aún más alta que la tasa global de crecimiento industrial del 11 por ciento de China–.[37] Esto implica que los cuadros locales estaban tomando la iniciativa de apoyar estas empresas a pesar de las restricciones del gobierno central. Hasta 1978, sin embargo, el estado oficialmente siguió prohibiendo tanto a las comunas como a las brigadas que se implicasen en la mayor parte de las industrias, y «cualquier comuna que fuese descubierta dedicándose a la industria a algo más que a una escala de comuna era penalizada.»[38] Un cuadro rural en Sichuan informa de ser castigado por iniciar un horno para ladrillos a nivel de comuna a finales de los 60, y de que se le negaron repetidamente préstamos y autorización para operar las pocas empresas de la comuna que habían sobrevivido al Gran Salto.[39] La política oficial había empezado ahora a divergir claramente de la realidad del crecimiento industrial, contribuyendo al cambio masivo en política rural que empezaría en 1978.

Clase y crisis a finales del régimen de desarrollo

A lo largo de los años 60 y 70, la distancia en el desarrollo entre China y muchos países vecinos había empezado a ampliarse. En general, tras el GSA, el régimen socialista de desarrollo solo pudo garantizar estallidos ahogados de crecimiento y mejoras marginales en las condiciones de vida en general. La educación primaria y el acceso a los recursos básicos de salud sin ninguna duda mejoraron durante este periodo, pero estas victorias fueron ganadas ante un fondo de estancamiento generalizado. Los ingresos básicamente se estancaron tanto en la ciudad como en el campo –ya sea medido en salarios, estimaciones de salarios más subsidios en formas no salariales o simplemente en consumo de calorías.[40] Mientras tanto, la urbanización se detuvo completamente. A lo largo de las dos últimas décadas de régimen de desarrollo, la población que vivía en las ciudades se mantuvo por debajo del 20 por ciento del total, para crecer solo una media del 1,4 por ciento por año después de 1960, casi enteramente debido al crecimiento natural.[41] Pero incluso esto demostró ser demasiado cuando el boom demográfico de los 50 empezó a inundar el saturado mercado laboral urbano con una nueva generación en busca de trabajo. El resultado fue una ola de despidos y programas de rusticación durante la Revolución Cultural que canalizaron aún más gente a las áreas rurales y periurbanas.

La estructura de clase del régimen de desarrollo, formada en los años 50 y endurecida a lo largo de la siguiente década, se definía por la división rural-urbano entre la clase campesina de productores de grano y la clase urbana de consumidores de grano. Los urbanitas se subdividían a su vez según su nivel de acceso al excedente de grano –que obviamente se traducía en numerosos, a menudo sustanciales privilegios aparte de simplemente comer más– ordenados vía estatus político y empleo en las empresas industriales de propiedad estatal de distinto tamaño e importancia. Pero a mediados de los años 70, la estructura de clase del régimen de desarrollo había empezado a tensionarse. La producción industrial seguía creciendo (a pesar de una leve caída en los años más tumultuosos de la Revolución Cultural), pero los retornos de este crecimiento se canalizaban a campañas de inversión aún mayores. En el campo, la expansión de la educación primaria y una mejora notable de los servicios de salud (todo ello facilitado por la rusticación de jóvenes urbanitas preparados) ayudaron a contener un descontento mayor, pero los ruralitas siguieron estando en el fondo del sistema de clases del régimen de desarrollo, con muy pocas oportunidades de movilidad ascendente. En las ciudades, el relajamiento de las restricciones en la producción auxiliar permitió que el consumo de grano y carne aumentase algo, pero los ingresos (incluidos los subsidios) se estancaron. A pesar de la autarquía generalizada y la desigualdad geográfica, el patrón general fue un aumento de la división rural-urbano durante estas décadas, en los que la clase urbana, consumidora de grano, comandaba los ingresos en algún punto entre tres y seis veces los de los ruralitas productores de grano.[42]

Mientras tanto, el mercado negro había empezado a crecer a medida que el estado se anquilosaba y la producción se militarizaba cada vez más: el ejército se había metido en la administración directa de la industria tras la agitación de 1969, y la cantidad de cuadros empezó a dispararse ya en 1965. En 1980, el número total de cuadros alcanzaría un pico de 18 millones, casi un 2 por ciento de la población total y un 4 por ciento de la fuerza laboral total.[43] En las ciudades, las subdivisiones dentro de la clase de consumidores de grano se multiplicaron junto con la corrupción, cuando cuadros e incluso muchos trabajadores estatales acapararon cupones de racionamiento, malversaron fondos de la empresa y gestionaron empresas privadas ilegales a escondidas.[44] En el fondo de esta jerarquía urbana se encontraba un creciente proto-proletariado de temporeros mal pagados, rusticados retornados, “obreros-campesinos”, “trabajadores de callejón” y aprendices, todos trabajando en empleos precarios y pequeñas empresas colectivas subcontratadas por las grandes empresas de propiedad estatal. Este proto-proletariado había crecido hasta más de diez millones en los años 70, o aproximadamente un 3 por ciento del total de la fuerza de trabajo. Esto trabajadores eran desproporcionadamente jóvenes y mujeres, y se concentraban principalmente en ciudades como Shanghai y Guangzhou, donde constituían una proporción mucho mayor.[45]

Estos últimos años del régimen de desarrollo vieron una continua descentralización y autarquía local, combinadas con el impulso inversor del Tercer Frente tras la agitación de 1969. Este impulso inversor se definía por su lógica militar aislacionista: se ponía el énfasis en la construcción de enormes proyectos industriales en las regiones montañosas de las provincias del interior de China, con el objetivo de construir una estructura industrial segura ante las incursiones militares de los EEUU a lo largo de la costa y de las incursiones soviéticas a lo largo de la frontera terrestre en el norte.[46] Aunque similar por tamaño y carácter al GSA, esta nueva explosión de desarrollo no desvió cantidades insostenibles de recursos procedentes del campo, distribuyendo en cambio la austeridad de manera más igualitaria entre toda la población. Los salarios se estancaron, los incentivos materiales (bonos, pago por pieza, etc.) se eliminaron y la naturaleza autárquica de la producción implicaba que a aquellos en empresas más grandes y  mejor equipadas o colectivos rurales en mejores zonas climáticas tendió a irles mejor que a otros. Muchas imágenes populares de la vida cotidiana durante la Revolución Cultural (y de la era socialista más en general) derivan de este periodo, cuando los incentivos materiales fueron reemplazados por recompensas ideológicas (bufandas rojas, imágenes de Mao, copias del Libro Rojo) y la escasez se resolvía con exhortaciones básicamente espirituales a sacrificarse por la construcción del socialismo.

Pero la escasez de esta época fue claramente diferente de la experimentada en el periodo inmediatamente posterior al GSA, cuando la recuperación se caracterizó por niveles comparativamente bajos de inversión. Antes del Salto, la inversión como proporción del PIB se encontraba alrededor del 25 por ciento, e inmediatamente después cayó hasta un mero 15 por ciento. Después de esto, la inversión no solo se recuperó, sino que nunca más experimentaría una depresión tan grave. A pesar de una breve caída durante la Revolución Cultural, la inversión como proporción del PIB ha experimentado un aumento secular desde el periodo post-Salto hasta hoy.[47] Continuas y amplias campañas de inversión de “gran empujón” se convertirían en una característica central del desarrollo chino, hasta bien pasada la era socialista. La necesidad de mantener estos impulsos para evitar las trampas de la absoluta escasez experimentada en los primeros años del régimen de desarrollo proporcionarían, de hecho, una justificación importante para la apertura de la economía.

 

Figura 2

 

Ruptura del bloque

A medida que el boom de la posguerra en el mundo capitalista daba paso a una larga desaceleración económica, una serie de crisis cualitativamente diferentes se extendían por todo el bloque socialista. El régimen de desarrollo de China, aunque tuvo éxito inicialmente en impedir la transición al capitalismo, solo fue capaz de coordinar la producción y la distribución mediante una fusión militarizada y ferviente, cada vez más anquilosada, de partido, estado y sociedad. En otros países socialistas, un declive similar hacía mucho que era evidente. La raíz de este declive ha sido uno de los temas más acaloradamente discutidos entre los intelectuales marxistas y las polémicas y contrapolémicas se extendieron durante casi la totalidad del pasado siglo, a menudo escritas por facciones políticas encalladas en el frío mundo que llegó tras la era insurreccional y desesperadas por tanto por cubrirse con los ropajes de revoluciones muertas hacía mucho. No hay necesidad de repetir estos debates, y nuestra investigación sobre esta cuestión por lo que se refiere a China ya ha quedado patente.[48] Sin embargo, es importante destacar, para contextualizar, que esta crisis más general del bloque socialista pasó un cierto punto de inflexión con los cambios en la política y la actividad popular que siguieron a la muerte de Stalin en 1953. Pero de la misma forma que los cambios en la política china fueron a menudo respuestas improvisadas a crisis específicas y límites locales al proyecto de desarrollo, los conflictos dentro del bloque socialista que estaban empezando a llegar a su cénit no estuvieron “causados” de ninguna forma directa por la muerte de Stalin, ni los cambios de la política de Khruschev fueron simplemente un asunto de capricho político. Por el contrario, tanto las revueltas populares que siguieron (en Alemania del Este en 1953, Hungría en 1956 y Checoslovaquia en 1968) y las reformas puestas en marcha por Khruschev fueron respuestas a profundas crisis que se habían estado gestando en países individuales y dentro de las jerarquías formadas en la URSS y en el bloque de manera más general. En cada caso, a este proceso de burocratización, revuelta, reforma y, en algunos casos, colapso, le dieron forma las condiciones locales.

Todos los países socialistas, ya fuese federados dentro de la Unión Soviética o fuera de ella, experimentarían por tanto este periodo de tumultos a su propia manera. Sin embargo, la escala global de la Guerra Fría ayudó a esculpir determinadas tendencias regionales dentro de esta crisis más amplia. Los dos mayores frente geográficos de la guerra se encontraban en Europa y a lo largo de la línea costera del Pacífico asiático, y estas fueron las áreas que experimentarían algunos de los efectos más duros.[49] En el este de Europa, tratada como un colchón militar entre el núcleo ruso de la URSS y el mundo capitalista, esto llegó bajo la forma de una rigurosa represión interna y una amplia militarización de la sociedad, justificada por la amenaza que planteaba la OTAN. Estas condiciones, combinadas con las historias difíciles de la incorporación de muchos países al bloque socialista, avivaron una serie de revueltas populares que se encontraron con más represión, un ciclo que culminaría con el derrocamiento de la mayor parte de los gobiernos nacionales en 1989. A lo largo del Pacífico, sin embargo, la crisis estuvo definida por una guerra abierta en la península de Corea y en Indochina, así como una continua guerra de guerrillas en Filipinas y conflictos repetidos a lo largo del estrecho de Taiwán. Mientra Rusia estaba aislada, de alguna manera, China no tenía ese lujo.

La continua participación activa de los Estados Unidos en conflictos militares en las fronteras con China llevó a una situación en la que los imperativos nacionales chinos habían empezado a entrar en contradicción con los de la URSS que, bajo Khruschev, había empezado a establecer el marco para una détente con los EEUU ya a finales de los años 50. Muchas de las críticas de China a la URSS en este periodo se centraron en elementos de esta détente, particularmente los intentos por reducir la proliferación de armas nucleares mediante acuerdos como el Tratado de prohibición parcial de ensayos nucleares. Para finales del Gran Salto, la URSS había cesado todo apoyo material al programa nuclear chino. A pesar de que los EEUU acababan de desplazar misiles nucleares de largo alcance a Taiwán. Pero si China ya no podía garantizarse el apoyo militar de la URSS, sus líderes podían asegurarse de que los intereses de los soviéticos y los norteamericanos no se uniesen en su contra. Poco después, una batalla artillera empezada por los chinos inició la Segunda Crisis del Estrecho de Taiwán, minando las propuestas de Khruschev para una “cooperación pacífica” y la propaganda china empezó a destacar públicamente la debilidad de Khruschev frente al imperialismo de los EEUU, aunque diplomáticos chinos buscaban privadamente asegurarse conversaciones con los EEUU con la esperanza de conseguir un reconocimiento formal (y por tanto un asiento en las Naciones Unidas, ocupado durante mucho tiempo por Taiwán).[50]

También estaba implicada en estos conflictos, sin embargo una estrategia deliberada por parte del aparato de seguridad de los EEUU de meter una cuña entre los dos principales miembros del bloque socialista. Bien conscientes de las prolongadas tensiones entre los chinos y los soviéticos, la nueva ronda de tensiones se convertiría pronto en una oportunidad para la administración Nixon de impulsar una estrategia triangular de diplomacia de Guerra Fría que buscaba disparar las cada vez más volátiles líneas de falla que hacía mucho que dividían a los dos mayores países socialistas del mundo. Durante los años 60, estas líneas de falla ya habían empezado a ceder, y una China progresivamente autárquica se encontró frente a la perspectiva de una guerra simultánea contra las dos grandes superpotencias mundiales. Al final de la Revolución Cultural, las fallas finalmente cedieron, provocando un movimiento tectónico dentro del bloque socialista que definiría finalmente la forma de la segunda mitad de la Guerra Fría.

Aunque desencadenadas por la muerte de Stalin y las políticas posteriores aplicadas por Khruschev en la URSS, todas ellas impulsadas por procesos locales de anquilosamiento, las raíces históricas de lo que acabaría siendo conocido como la “Ruptura sino-soviética” eran mucho más profundas. Desacuerdos fundamentales sobre teoría, táctica y estrategia revolucionarias habían existido entre el PCC y la Unión Soviética desde los años 20, cuando el apoyo de la Comintern a la estrategia de aliarse con el Partido Nacionalista de Chiang Kai-shek había dado como resultado un periodo desastroso de terror blanco que estuvo muy cerca de extinguir el movimiento revolucionario. Fue en estos años (empezando con la masacre de Shanghai de 1927) cuando el liderazgo del PCC había cambiado decisivamente del ala urbana ortodoxa del partido, representada por los “28 bolcheviques” educados en la Unión Soviética, a su ala de orientación campesina más populista, representada por Mao. Aun manteniendo fuertes relaciones con la URSS durante décadas de invasión extranjera guerra civil y reconstrucción, estos años de terror blanco habían asegurado tanto el giro rural del PCC como que desconfiaran de la dependencia excesiva de la guía soviética.

En cualquier caso, la ayuda soviética se había convertido en una parte integral en los primeros años del régimen de desarrollo, especialmente en el complejo industrial de Manchuria, que vio un flujo masivo de técnicos, gerentes e ingenieros rusos a principios de los 50. A medida que las tensiones se intensificaban tras 1956, este flujo de ayuda y formación se redujo a un goteo. Para finales de los años 60, se había secado completamente. Aislada tanto del bloque socialista como del capitalista, la economía nacional se volvió progresivamente autárquica. Esta situación se retrató en la propaganda interior como una forma orgullosa de autodependencia, simultáneamente anti-imperialista y opuesta al anquilosamiento burocrático de la Unión Soviética. En realidad, la autarquía iba unida a una política internacional volátil que dio como resultado el apoyo a gobiernos brutales como el de los Khemeres rojos y una serie de arriesgadas campañas militares en países vecinos como India en 1962.

La más decisiva de ellas fue el Incidente de la isla de Zhenbao en 1969, un periodo de siete meses de conflicto militar abierto (aunque no declarado) entre China y la URSS. Este conflicto esencialmente condensó la década anterior de disminución de relaciones económicas y controversia política en un símbolo único de abierta hostilidad. Su causa exacta (una disputa fronteriza por una franja de tierra en medio de un río) no era particularmente importante ni, retrospectivamente, lo fue su conclusión (quizá un centenar aproximadamente de soldados muertos por ambos lados, ninguna solución a la cuestión fronteriza y un alto el fuego no concluyente). Lo importante fue la escala que asumió la crisis, señalando claramente que había más en juego que un simple pedazo de tierra. Aunque se inició con una serie de ataques y contraataques en la isla de Zhenbao, localizada en el río Ussuri (Wusili), en la frontera oficial entre Rusia y China en el oeste de Heilongjiang, el conflicto vería pronto una escalada militar sin precedentes a lo largo de toda la frontera de 4.380 km. entre los dos países. La lucha en Heilongjiang no solo había prendido de nuevo desavenencias acumuladas en el noreste, sino que también suscitó toda una serie de problemas fronterizos latentes y tensiones étnicas en Xinjiang, colindando con las repúblicas soviéticas de Tayikistán, Kirguizistán y Kazajistán. En realidad, para empezar, la frontera nunca había quedado bien demarcada, heredando ambos regímenes revolucionarios territorios largo tiempo disputados definidos por tratados centenarios firmados por los estados zarista y Qing. El lejano oeste de China era particularmente amorfo, solo plenamente incorporado a los Qing en 1884 tras más de un siglo de guerra intermitente. Era una región étnicamente diversa en la que la mayoría de su población procedía de una variedad de tribus nómadas de la estepa turcohablantes, muchas de las cuales tenían fuertes vínculos a ambos lados de la frontera.

Cuando el incidente de la isla de Zhenbao prendió un conflicto fronterizo latente en las montañas del Pamir, en el sur de Xinjiang, en la frontera con Tayikistán, los soviéticos pudieron usar estas tensiones étnicas de larga duración en el área para su ventaja. La escalada militar a lo largo de la frontera había estado creciendo desde las fallidas conversaciones fronterizas en 1964:

En 1965 los soviéticos tenían 14 divisiones de combate a lo largo de la frontera, solo 2 de las cuales estaban preparadas para el combate; en 1969, las fuerzas soviéticas habían aumentado hasta entre 27 y 34 divisiones en las áreas fronterizas (la mitad de las cuales listas para el combate), con un total de entre 270.000 y 290.000 hombres.[51]

Junto con esto, los soviéticos amenazaron con avivar una insurrección separatista dentro de China, todo ello acompañado de la posibilidad de un conflicto nuclear. Ya en 1967, la URSS había desplegado una plataforma móvil nuclear de largo alcance en la frontera, a una distancia de ataque del naciente programa nuclear de China, que utilizaba el desierto de Lop Nur en Xinjiang para sus pruebas. Ese mismo año se produjo la detonación de la primera bomba de hidrógeno de China en Lop Nur, y en 1969 los rusos empezarían a contemplar la idea de un ataque conjunto con los EEUU para eliminar la capacidad nuclear de China. Los chinos, mientras tanto, vieron en la paridad nuclear de la Unión Soviética con los EEUU una amenaza a su seguridad nacional, ya que China era ahora dependiente de ser incluida en el “paraguas” de la disuasión soviética justo cuando las relaciones entre los dos estados se habían vuelto cada vez más volátiles. En 1968, la invasión soviética de Checoslovaquia estableció un precedente preocupante, cuando la “Doctrina Brezhnev” defendía que la URSS tenía el derecho a intervenir en otros paises socialistas si era necesario.[52]

Frente a estas amenazas, el ejército chino se volvió hacia una estrategia de “defensa activa”, definida por emboscadas a pequeña escala a lo largo de la frontera, justificadas como acciones defensivas de último recurso con el objetivo de impedir futuras agresiones.[53] Fue justo una de estas emboscadas la que inició el incidente de la isla de Zhenbao a principios de 1969. La URSS percibió los ataques como simples actos de agresión más que como un intento de disuasión defensiva –siendo la lógica misma de una “defensa activa” un símbolo de la creciente imprevisibilidad de la política militar china–. Ese mismo año llegó a su cénit la Revolución Cultural, rematada por disensiones dentro del ELP y el riesgo de una guerra civil. En primavera, el conflicto en Zhenbao había escalado hasta implicar a miles de tropas y a finales de verano una batalla de una violencia similar había tenido lugar en Tielieketi en Xinjiang, junto a la frontera con Kazajistán. Durante todo este periodo, los soviéticos habían estado amenazando con una acción nuclear contra China, y las tensiones crecientes empezaron a plantear el riesgo de la posibilidad real de un conflicto nuclear extendido por primera vez desde la conclusión de la Crisis de los Misiles en Cuba. En agosto empezaron preparativos oficiales de guerra en China, incluidas una movilización militar renovada y la formulación de planes para la evacuación masiva de las grandes ciudades.[54]

La réplica de China a la amenaza de un conflicto nuclear era una “guerra popular” llevada a cabo mediante una invasión terrestre de la Unión Soviética. Aunque tecnológicamente inferior, con solo un puñado de bombas nucleares desplegables, el grueso de la amenaza china venía del puro tamaño de su ejército, capaz de inundar la URSS y luchar en un conflicto prolongado en el país y fuera de él. Los relativamente bajos niveles de urbanización dentro de China también enmudecían la amenaza de un conflicto nuclear –con una población descentralizada, los ataques nucleares a centros urbanos clave no tendrían el mismo efecto devastador que en Europa o los Estados Unidos–. Los soviéticos no tenían un buen plan para enfrentarse a esta amenaza. Si estallaba la guerra, centros estratégicos clave en el este de Rusia se podían perder con la invasión, y el ferrocarril transiberiano ser fácilmente destruido. En un momento dado, se consideró la idea de desplegar minas nucleares a lo largo de la frontera, aunque los estrategas del ejército soviético entendieron, finalmente, que cualquier ataque nuclear importante plantearía el riesgo de la posibilidad de una guerra mundial.[55] El conflicto se resolvió de forma no concluyente, terminando tan azarosamente como había empezado.

Triángulos

Aunque la amenaza de una guerra abierta con la URSS pudo ser finalmente apagada, la militarización del régimen de desarrollo, no. El riesgo de guerra en sí mismo ofrecía una justificación para la disolución de las organizaciones de la Revolución Cultural más radicales, un proceso rematado por el uso del ejército para sofocar las batallas faccionales que estallaron en conflictos armados locales entre 1968 y 1969. Mientras tanto, para asegurar que la producción no quedase interrumpida, buena parte de la infraestructura industrial del país fue entregada a la administración militar.[56] Internamente, esto solo garantizaba más estancamiento. A nivel geopolítico, sin embargo, el resultado final de esta arriesgada política fue un acercamiento entre China y los Estados Unidos, encabezado por la administración Nixon pero buscado activamente por muchos dentro de los círculos superiores del estado chino, el más destacado de ellos, Zhou Enlai.

En el curso de la década de los 60, había quedado cada vez más claro que tanto la autarquía como el aislamiento militar eran básicamente insostenibles. El aislamiento económico llevaba a un aumento de la demanda de bienes de capital que no podían ser producidos en el país, y esta demanda animaba a la apertura de lazos diplomáticos con la esperanza de obtenterlos. Al mismo tiempo, el aislamiento había llevado al riesgo de una guerra simultánea en todos los frentes militares posibles: una guerra costera con los EEUU, una guerra terrestre en Manchuria y Asia Central con la URSS, una guerra en las montañas con India en el Himalaya (tras la guerra sinoindia de 1962) y tanto una guerra directa como indirecta con gobiernos alineados con los soviéticos en las junglas de Indochina. Estas amenazas habían llevado ya a una cambio importante en la geografía de las inversiones dentro de China, con el impulso de desarrollo del Tercer Frente centrado en grandes proyectos de infraestructura militar en las provincias menos accesibles del interior de China.[57] El simbolismo político del Tercer Frente era duro y militarista: tras la invasión japonesa, los Nacionalistas habían efectuado una retirada similar hacia el interior, convirtiendo Chongqing en la capital en tiempos de guerra y construyendo buena parte de la infraestructura básica utilizada ahora en el impulso de industrialización del Tercer Frente.

Tras el conflicto fronterizo de 1969, restablecer vínculos con la URSS era improbable. En cambio, la única salida real del aislamiento para China era acogerse a las proposiciones hechas por la administración Nixon. Este proceso fue encabezado por Zhou Enlai, un aliado de Deng Xiaoping que había sido durante mucho tiempo primer diplomático de China. Pero la apertura no se puede atribuir a una sola facción dentro del liderazgo del PCC. Primero, era más una respuesta a la creciente crisis interna que un capricho político, impulsado en particular por la demanda de bienes de capital en las industrias del petróleo y fertilizantes, ambas consideradas absolutamente esenciales para el éxito de los programas industriales de los años 70. Segundo, estaba claro, aunque tácitamente, el apoyo a esta apertura de las facciones rivales dentro del liderazgo del PCC. De hecho, los contactos diplomáticos se habían iniciado en medio de la Revolución Cultural (si bien después del pico de 1969), y si Mao o la Banda de los Cuatro se hubiesen opuesto abiertamente simplemente no podría haber sucedido. Al principio esta apertura llegó vía canales informales, empezando con el intercambio de jugadores de tenis de mesa en 1971, apoyado por Mao, en lo que más tarde se denominaría “diplomacia del ping pong”. Estas propuestas informales fueron seguidas de una serie de encuentros secretos entre Zhou y Kissinger ese mismo año.

El embargo de los EEUU contra China fue levantado a finales de 1971, y el siguiente año Nixon y Kissinger visitaron formalmente China, la primera vez que un presidente en activo de los EEUU hubiese visitado el país. Durante la visita, Nixon y Kissinger tuvieron un único y breve encuentro con Mao, durante el cual se establecieron las principales líneas de la política china. El resto de su viaje estuvo compuesto de una serie de encuentros con Zhou Enlai, intercalado con intercambios de regalos y sesiones fotográficas pintorescas, y concluyó con la publicación del Comunicado de Shanghai, hasta hoy el documento fundacional de la diplomacia bilateral sino-estadounidense. Junto con el levantamiento del embargo un año antes, el Comunicado proporcionaba los rudimentos para la política futura en la región. Aunque ambiguo en su redactado, el documento proponía la normalización de relaciones entre los dos países, declarando que los EEUU no buscaban la “hegemonía” en la región (e implícitamente que no se permitiría que la URSS buscase lo mismo, dejando abierta la posibilidad del apoyo de EEUU en futuros conflictos fronterizos), y, lo que es más importante, declaraba el reconocimiento de los EEUU del gobierno continental, incluido el respaldo a una variante de la política de “Una China”, acompañado por el compromiso a cerrar un cierto número de instalaciones militares estadounidenses en Taiwán. Con el fin del embargo y la posibilidad de una solución pacífica para el conflicto de Taiwán dejada abierta, esta ambigua declaración diplomática había abierto la puerta al crecimiento de una relación económica mucho más importante con la esfera capitalista.

En este punto, no se puede decir que hubiese ningún plan real a largo plazo de “abrir” China a grandes sumas de inversión extranjera. La intención de la administración Nixon era básicamente geopolítica, intentando meter una cuña entre los dos centros de gravedad dentro del bloque socialista. Junto con el fin de la Guerra de Vietnam, el establecimiento de esta “Diplomacia triangular” estuvo entre los mayores éxitos de la estrategia a largo plazo de la Guerra Fría de Nixon. El objetivo estratégico del acercamiento era ganar flexibilidad y ventaja en futuras interacciones con la URSS a la vez que se neutralizaba una gran amenaza potencial a los EEUU (que no tenían ningún interés en quedar atrapados en otra guerra en el Pacífico) e impedir la formación de cualquier nuevo bloque sino-soviético.[58] Desde el punto de vista doméstico, hasta la facción proreformas dentro del PCC veía esta primera diplomacia como parte de un programa extremadamente limitado de liberalización con el objetivo de resolver una serie de crisis internas inmediatas que se habían demostrado intratables dentro de las condiciones autárquicas de los años 60. Pero las reformas pretendían conservar y de hecho revitalizar el régimen de desarrollo. Simplemente, nunca hubo una estrategia a largo plazo para una transición a la economía de mercado.[59] Por el contrario, la transición fue el producto que surgió de crisis confluyentes, cuando una serie de azarosas reformas domésticas llevaron a la mercadización local y a la industrialización rural aproximadamente al mismo tiempo que la apertura diplomática convergía con el largo declive de la rentabilidad en la esfera capitalista, llevando a un máximo del comercio (a partir de los años 80) y de la inversión extranjera (a partir de los 90).

Nación, estado y familia

Aunque parezca evidente, es importante destacar que el tipo de diplomacia internacional puesta en marcha por la administración Nixon presupone naciones coherentes, y el mundo capitalista es necesariamente un mundo de estados que administran, cultivan y hacen propaganda de estas diferencias nacionales. Al final, el éxito del régimen de desarrollo en la forja del territorio continental del este de Asia culturalmente diverso y políticamente fragmentado en un estado-nación chino demostró ser el andamiaje necesario para una entrada relativamente suave en el mundo capitalista. Esta precondición no es un mero accidente geopolítico, sin embargo. La nación y el estado moderno, junto con instituciones más antiguas de poder local –la más importante de las cuales es la familia patriarcal– han demostrado una y otra vez ser esenciales para la acumulación. China no fue una excepción, y la finalización del proceso de construcción nacional, uno de los principales objetivos del régimen de desarrollo, se convertiría por tanto en un factor facilitador clave en la transición. Mientras tanto, la perpetuación de las desigualdades de género dentro del régimen de desarrollo –a pesar tanto de la propaganda a contrario y los avances reales y sustanciales comparados con la vida antes de la revolución– proporcionarían finalmente el espacio social para el crecimiento de una clase proletaria, dominada en las primeras décadas por mujeres.[60]

Es necesario aquí dar un paso atrás y considerar cómo, exactamente, el impulso abstracto de acumulación se hace carne. Aunque la más íntima lógica interna de la comunidad material de capital es orientada como si fuese un sistema plenamente global, unido con suavidad, sin obstrucciones a los circuitos fundamentales de acumulación, la realidad es que la acumulación solo se puede producir mediante la producción de valor en el mundo real, y este es un proceso intrínsecamente desorganizado, obstruido constantemente y constantemente forzado. La ley del valor no desciende del cielo. Llega cargada en las cañoneras, en olas de inflación, o como una lanza oculta tras el papel de los tratados y acuerdos de préstamo. Su condición básica es que tanto recursos como capacidad de trabajo humana, inicialmente exteriores al sistema de mercancías, estén disponibles, y así se mantengan, como mercancías. Esto significa que las áreas fuera del sistema deben ser absorbidas, pero también supone que, a pesar de crisis repetidas que expulsan trabajo fuera del proceso productivo y dejan anillos de áreas degradadas improductivas, la forma mercancía tanto de tierra como de trabajo debe mantenerse bajo cualquier medio necesario. Cuando hablamos de la subsunción de China a la comunidad material de capital, por tanto, estamos hablando tanto de un periodo histórico específico, como de la naturaleza de los mecanismos locales que ayudaron a esta transición. Pero, en muchos casos, estos son también los medios usados por el capitalismo hoy para mantener las condiciones básicas para la producción de valor.

Un imperativo fundamentalmente económico, por tanto, toma una infinidad de formas extraeconómicas, a menudo exaptadas de estructuras de poder preexistentes, y casi siempre arrastrando su propia inercia al nuevo sistema. Esto da como resultado mecanismos de opresión exceden intrínsecamente las necesidades económicas básicas del sistema en su conjunto. En China específicamente, esto incluye el funcionamiento general del estado (policía, prisiones, ley de propiedad), pero también herramientas específicas como el sistema de hukou y el dang’an (档案) –aparentemente un mero “registro” admnistrativo, pero en realidad un sistema individualizado de vigilancia supervisado por la Oficina de Seguridad Pública–. Ambos son exaptaciones que se originaron en la era socialista. De manera similar, el rol de la identidad nacional y su relación con el concepto de una cultura y etnicidad “Han” diferenciadas ha sido esencial tanto para la credibilidad general del estado como para la reivindicación violenta de dominio territorial en lugares como Xinjiang y Tíbet.[61]  Mientras tanto, la perpetuación de la familia y las grandes desigualdades de género han sido claves en la creación y mantenimiento de un sistema de clases capitalista: la mercadización del campo tomo como unidad esencial la capacidad productiva de hogares individuales –el cambio al “sistema de responsabilidad de los hogares” no hubiera sido posible sin la capacidad de movilizar la fuerza de trabajo a través de unidades familiares patriarcales. Además, el proletariado temprano en China estuvo dominado por mujeres por las desigualdades preexistentes en la asignación de puntos de trabajo rurales y en el empleo urbano, y el capital privado inicial que afluyó a lugares como el delta del río de la Perla fue movilizado mediante redes de clan.

Aunque mecanismos como estos son dependientes y en última instancia empleados al servicio de estas necesidades económicas (dentro del circuito de acumulación de valor, no son en ningún caso verdaderamente “autónomos” o “semiautónomos”), no se pueden reducir a meras causas económicas. Porque su calidad inercial les da tanto un carácter extraeconómico como un grado de consistencia interna que genera la ilusión de que el estado, nación, raza, familia, etc. son capaces de sobrevivir en su forma actual más allá de la muerte potencial de la economía. Estos mecanismos son dimensiones de lo que Marx llamaba “acumulación original”. Pero no son restos de una cierta “etapa” de la historia, como muchas interpretaciones erróneas clásicas de la acumulación “primitiva” u original nos hicieron creer.[62], ni son un método de saqueo de unos “comunes” todavía no subsumidos que de alguna manera persisten tras la transición, como es concebido en teorías que reformulan la acumulación original como “acumulación por desposesión”.[63] La acumulación original no es una simple fase en la historia –y la historia es, después de todo, una forma de vivir, una avalancha que se retuerce y tiende a sacudirse cualquier etapa que le endosen– ni es dependiente de la permanencia de una periferia (interna o externa) del sistema capitalista. Lo que quizá sea más importante, estos procesos no se definen simplemente por la desposesión. La única característica esencial de la acumulación original es el acto de establecer y mantener el marco necesario para que continue la acumulación –no el cierre de algún tipo de comunes intersticiales, sino el mantenimiento perpetuo de la comunidad material de capital, lo que supone en cambio el cierre del potencial del comunismo.[64]

Lo que esto significa para nuestros propósitos es que la creación misma del estado chino –definido por una cultura supuestamente continua y coherente del grupo étnico han– y la permanencia de la familia patriarcal eran precondiciones necesarias para una entrada relativamente suave en el sistema capitalista global. Pero la contingencia de este proceso a menudo se escamotea a la vista. Dado que China completó la transición capitalista como una nación, y como su gobierno e infraestructura familiar fue exaptado para servir a las necesidades de la acumulación continua, podemos decir que la creación de esta infraestructura en la era socialista era, de hecho, el nacimiento de mecanismos para la acumulación original, aunque el régimen de desarrollo no fuese capitalista. Esto es equivalente a defender que los estados y clanes preexistentes del Japón Tokugawa o la Prusia bajo Federico el Grande llegarían a ser esenciales para la formación de estados capitalistas, aunque sus propias economías no fuesen ni mucho menos capitalistas. Esto no significa que la misma existencia del estado-nación garantizase la transición. Estos estados pueden y han colapsado en medio de modos cambiantes de producción o enfrentados a poderes militares opuestos (como experimentó el estado chino mismo a principios de siglo), y la transición al capitalismo puede ser llevada a cabo en medio de esta balcanización, o sobre la base de un nuevo centro político –en condiciones de ausencia de estado, uno de los primeros actos de subsunción al capitalismo fue siempre cartográfico, trazando los poderes coloniales fronteras arbitrarias y definiendo naciones donde no existían antes–. El presupuesto ideológico más básico en una sociedad capitalista es la voluntad de proyectar el capitalismo hacia atrás en el pasado como si fuese tanto perpetuo como inevitable. Retratar el régimen socialista de desarrollo como si fuese de alguna manera secretamente capitalista desde siempre –o una mera etapa de acumulación primitiva abriendo vía al capitalismo– simplemente repite este procedimiento, eliminando la contingencia de la historia y reforzando el mito de la inmortalidad del capitalismo.[65]

En realidad, la creación de China como estado nación simplemente proporcionaba una apertura al sistema capitalista internacional, en el mejor de los casos predisponiendo el conjunto de resultados probables en la dirección general de la transición. Pero si China hubiese seguido en un estado de balcanización, es igualmente probable que la invasión, colonización y esclavitud por deuda hubiera dado en buena parte el mismo resultado. Los contrafácticos históricos solo pueden iluminar hasta cierto punto, sin embargo, y simplemente no hay ninguna función para escribir con tinta una vía potencial más allá del capitalismo que pudiera o no pudiera haber existido en el pasado siglo. Lo que podemos concluir es que la infraestructura de gobierno creada durante el régimen de desarrollo ayudaría, al final, a crear y mantener continuamente un sistema para la mercadización de la tierra  y la fuerza de trabajo. De manera similar, el mantenimiento de la unidad familiar reforzaría la mercadización, proletarización y el flujo hacia el interior del capital. Las vías exactas mediante las que estas características fueron exaptadas en el proceso de transición serán exploradas más abajo. Pero es importante destacar aquí que, más que un obstáculo, la existencia de un estado extenso y tradiciones filiales precapitalistas fueron mecanismos importantes para la introducción del capitalismo en el este de Asia continental.

Los límites del espíritu

Además del aislamiento geopolítico, los reformadores chinos respondían también a una ola en lento crecimiento de descontento doméstico. En parte, esto era un post-efecto del pico tumultuoso de la Revolución Cultural, pero era también un tipo nuevo de desilusión respecto al socialismo final generada por un siempre creciente periodo de austeridad unido a una alta inversión. Al principio, las nuevas formas de comunalismo casi religioso ofrecidas por el estado, codificadas en campañas como el Movimiento de Educación Socialista, tuvieron algún éxito, aunque impredecible, en racionalizar la continuación de la escasez y ofrecer el sacrificio por el proyecto socialista como su propia recompensa espiritual. Pero el espíritu siempre encuentra su límite en la carne. Muchas etnografías del periodo documentan el proceso a nivel personal: el trabajador modelo atrapado por el entusiasmo inicial de la Revolución Cultural, sacrifica los incentivos materiales introducidos tras el Gran Salto, y es recompensado con símbolos casi religiosos de patrocinio estatal, que al principio parecen tener un verdadero peso social para ellos –el cuadro de Mao está enmarcado, el libro rojo colocado en una estantería, pins y pañuelos rojos van fijados a trajes–. Pero a medida que pasan los años estos símbolos se vuelven vacíos. Copias del Libro Rojo se apilan junto a mazos de fotos de Mao, demasiadas para enmarcar. El comunalismo espiritual de la ideología del estado empieza a romperse. Hasta los trabajadores más modélicos no pueden evitar el creciente cinismo. A escala de masas, se manifiesta primero en los mercados negros, negocios ilícitos, acaparamiento, disminución del ritmo de trabajo –medidas todas para satisfacer lo material a expensas de una virtud superior–. Al final, este cinismo empieza siempre a tomar un caracter más público, y a mediados de los 70 el descontento abierto había empezado de nuevo a crecer.[66]

Se había producido también una cierta retirada desde el cénit del impulso de inversión fuertemente militarizado del Tercer Frente. Tras el incidente de Lin Biao en 1971, el miedo a un golpe militar incentivó al régimen a reducir la implicación del ejército en la producción, y los reformadores consiguieron con éxito recortes en hinchados proyectos de construcción en el oeste en favor de inversiones inmediatamente productivas canalizadas hacia las regiones costeras. Mientras tanto, las primeras reuniones con Nixon y Kissinger dieron como resultado un acuerdo para «gastar 4,3 mil millones de dólares en la importación de equipo industrial», centrándonse en «11 plantas de fertilizantes a una muy gran escala de un consorcio estadounidense-holandés».[67] El objetivo estratégico inmediato era mantener el régimen de desarrollo, no poner en práctica reformas de mercado de amplio espectro, y ciertamente no acabar plenamente incorporados a la economía capitalista global. Pero las reformas tuvieron también una dimensión táctica, con el objetivo de apaciguar el descontento latente que crecía entre la población.

En 1974 una nueva ola de acciones industriales recorrió las ciudades, más sutil que la vista a finales de los años 60, pero sin embargo lo suficientemente extendida como para señalar que muchos de los mismos problemas económicos (salarios estancados, deterioro de los servicios de bienestar) habían permanecido a pesar de la retórica de la época.[68] Quizá más importante, resurgieron críticas explícitas al regímen en este periodo, pero con buena parte de la ultraizquierda eliminada en 1969, esas críticas se fusionaron ahora con un programa más abiertamente liberal pidiendo democratización y, cada vez más, mercadización. En Guangzhou, en 1974, se pegaron una serie de carteles con grandes caracteres con las primeras declaraciones públicas del grupo Li Yizhe, una coalición laxa de jóvenes dirigentes (dirigida por Li Zhengtian, Chen Yiyang y Wang Xizhe) quienes habían estado brevemente encarcelados en el cénit de la Revolución Cultural. Aunque se quedaban cortos respecto a propuestas más radicales hechas por facciones de ultraizquierda algunos años antes, el grupo Li Yizhe articulaba una posición vagamente humanista-marxista, similar en carácter a la avanzada por los disidentes del este de Europa, y notable por su capacidad (principalmente gracias a Wan Xizhe) de justificar su visión mediante un compromiso elaborado con la teoría marxista. El que tuvo más impacto de sus ensayos, titulado «Sobre la democracia socialista y el sistema legal», era crítico con el régimen (indirecta pero muy claramente) , incluida la “nueva nobleza” de la clase burocrática, la Banda de los Cuatro y el culto a la personalidad. Junto con el fin de los arrestos masivos y de la encarcelación de disidentes, abogaba por una democratización aumentada y algunos de sus autores clave se acabarían convirtiendo en líderes del Movimiento del Muro de la Democracia de finales de los 70. Al documento Li Yizhe, Zhao Ziyang (quien más tarde se convertiría en uno de los líderes clave de China en la era de la reforma), en aquel momento secretario del Partido en Guangdong, le permitió tácticamente que se difundiese. El descontento popular fue por tanto, al menos en parte, cultivado y dirigido por algunos reformistas dentro del partido, quienes esperaban que el mensaje político contenido en estas críticas pudiese ser movilizado de una manera útil contra facciones rivales.[69]

Pero el descontento que hizo evidente el grupo Li Yizhe no era en ningún caso un producto de tales conflictos faccionales, aunque Zhao Ziyang buscase movilizarlos para fines políticos. Los autores de Li Yizhe simplemente habían empezado a formalizar su propia experiencia de la Revolución Cultural a la vez que proporcionaban un fondo teórico para muchas de las demandas que ya habían empezado a aparecer en las protestas populares. Estas protestas se contentraban en los grandes centros urbanos del país. En 1974, en el “Incidente de la montaña Baiyun”, más de cien mil obreros fabriles, soldados desmovilizados y jóvenes treparon una montaña cerca de Guangzhou, supuestamente un festival en mitad del otoño en conmemoración de sus ancestros, aunque en realidad el encuentro se convirtió en una protesta contra la burocratización y la desigualdad.[70] En el verano de 1975, una ola de huelgas no declaradas se disparó en Hangzhou y «solo se le pudo poner fin con un despliegue militar a gran escala en las fábricas con hasta 30.000 tropas.»[71] En 1976, la muerte de Zhou Enlai provocó una de las mayores explosiones de protestas desde finales de los años 60. Usando la muerte del primer ministro como justificación para reuniones públicas, activistas en ciudades de toda China planearon converger el 5 de abril, la fecha en la que en ese año caía Qingming (un día tradicional para honrar a los muertos). El movimiento 5 de abril vería la participación de jóvenes trabajadores en todo el país, gritando los muchos descontentos latentes que habían estado creciendo durante la Revolución Cultural[72].

Pero el movimiento también cristalizó estas demandas en formas nuevas. Absorbiendo algo del lenguaje y la lógica del grupo Li Yizhe, quienes protestaban empezaron a codificar sus demandas en términos de política de partido de alto nivel. Aunque eran básicamente una continuación de la serie de protestas obreras que habían empezado con la ola de huelgas de 1956 en Shanghai y continuado con el descontento de principios de la Revolución Cultural, las protestas obreras de 1976 se apartaron en cierto modo de la tradición de huelgas “economicistas” que pedían aumentos de salario, beneficios, mejores condiciones laborales y un aumento del control obrero sobre la producción.[73] En cambio, los manifestantes atacaban directamente a la dirección del partido, asociando el largo estancamiento de los salarios y los estándares de vida con la Banda de los Cuatro, la facción que había gobernado el partido desde la supresión de las revueltas a finales de los años 60. Mientras tanto, la posición de Zhou mismo, un reformador asociado con Deng Xiaoping, ayudó a trasladar este descontento en apoyo popular para la facción reformista en su sentido más amplio. El movimiento llegó a su cénit con el Incidente de Tiananmen de 1976, cuando fueron eliminadas durante la noche coronas que se habían colocado en la plaza de Tiananmen en conmemoración de Zhou  y los manifestantes fueron expulsados de la plaza. Aunque los manifestantes en su mayor parte no habían expresado un gran apoyo por ningún miembro de la facción reformista (excepto Zhou, por supuesto), medios oficiales culparon de las protestas a Deng y utilizaron los sucesos como una excusa para colocarlo bajo arresto en Guangzhou. Irónicamente, esta respuesta tuvo el efecto de presentar a los reformistas con más base popular de apoyo explícito de la que en realidad tenían.[74] Una vez los reformistas conquistaron el poder en 1978, el movimiento fue «presentado por el régimen de Deng como un acto espontáneo de masas en apoyo del difunto Zhou y su protegido Deng, y contra la Banda de los Cuatro (e implícitamente también contra Mao); se le representó sobre todo como un rechazo popular de la Revolución Cultural.»[75]  Esto a pesar de la clara continuidad con las demandas hechas por los trabajadores a lo largo de la anterior década.

A pesar de la mano dura, las huelgas continuaron durante el verano de 1976 en ciudades de toda China. La muerte de Mao se produjo en septiembre, y la ola de protestas se usó retroactivamente como justificación para expulsar a la Banda de los Cuatro, quienes para aquel momento conservaban el poder solo por el patronazgo de Mao. El cambio en el liderazgo fue de hecho popular, provocando otra movilización de masas conocida como los “tres vacíos” «lo que quería decir que las licorerías, las tiendas de fuegos artificiales e incluso las camas de hospital estaban todas vacías», en lo que fue «probablemente la mayor fiesta espontánea que el mundo haya visto nunca.»[76] A pesar del cambio en el liderazgo, sin embargo, las protestas no se apagaron simplemente. Continuando la tradición del 5 de abril, el Movimiento del Muro de la Democracia en 1978 planteó muchas de las mismas cuestiones al nuevo régimen, ahora encabezado por Deng. Los salarios y la escasez de viviendas urbanas eran problemas importantes, como lo eran la continuación de demandas de mayor democratización por parte de muchos activistas. Por primera vez, sin embargo, los manifestantes también empezaron a comparar el estado de desarrollo de China con el de los países capitalistas, incluyendo tanto a Occidente como a sus vecinos en rápido desarrollo. Con países como Corea del Sur, Taiwán, Singapur e incluso Hong Kong (todos los cuales se habían encontrado en condiciones muy similares a la de China tras la II Guerra Mundial) inmersos en un rápido desarrollo, se hizo evidente una brecha inexplicable entre China y sus vecinos. Muchos empezaron a preguntar por qué el más avanzado sistema socialista no había conseguido producir iguales o superiores retornos en nivel de vida –una pregunta que no haría más que hacerse más prominente en los años 80–.[77] Pero el movimiento del Muro de la Democracia no llegaba a las críticas radicales que se habían planteado a finales de los 60. Demandas de mayores salarios y un desarrollo más rápido se unían, en lo más extremo, con demandas de una autogestión obrera al estilo de Yugoslavia y una mercadización parcial.[78]

Aunque inicialmente comprensivo, en los primeros años de la década de los 80 el régimen de Deng temió que el descontento industrial se le fuese de las manos. En particular, el ascenso de Solidarnosc en ese mismo periodo en Polonia parecía indicar la posibilidad de sucesos similares en China si se les devolvía demasiado poder a los trabajadores y el recién instituido aparato para las elecciones en los pueblos. La respuesta del estado fue de supresión gradual, unido a concesiones económicas. La libertad de expresar quejas contra el partido fue lentamente abandonada, las “Cuatro Grandes Libertades” de jure, hablar libremente, expresar sus puntos de vista con plenitud, celebrar grandes debates y escribir carteles en grandes caracteres, fueron eliminadas de la constitución en 1980, y el derecho de huelga fue eliminado dos años más tarde. Mientras tanto, se introdujeron una serie de aumentos salariales de actualización desde 1977 a 1979, los primeros en una década, y se les dio a los trabajadores más influencia sobre algunos aspectos de la política local y la producción.[79] Este era el contexto en el que operaba el programa político reformista y estas reformas iniciales respondían directamente a las crisis que se habían formado en el curso de las décadas anteriores. Pero, en general, esta respuesta fue incompleta. Aunque los estándares de vida subieron, el problema de la burocratización no parecía más que aumentar y la élite política empezó una lenta fusión con las élites técnicas para formar una clase dirigente más y más unida. Esto validaba muchas de las críticas hechas por disidentes durante la Revolución Cultural, pero incluso estos críticos no habían previsto la verdadera importancia de lo que estaba sucediendo. A medida que se producía la mercadización y el protoproletariado crecía en número, la clase dominante que había empezado a unirse ya no era un mero grupo de élites burocráticas extrayendo una porción indebida del excedente de grano, sino que habían empezado a tomar las características de una burguesía gradualmente en formación.

Estancamiento, modernización y el retorno al hogar

Si los límites materiales a los que se enfrentaba el sector urbano del régimen socialista de desarrollo llevaron a protestas por parte de la clase obrera, también el cuello de botella de la producción agrícola llevó a la inestabilidad social tanto en las áreas urbanas como las rurales. El crecimiento de la población desde el GSA llevó a un estancamiento en la producción de grano per cápita a mediados de los años 70. El estado ya había estado extrayendo menos grano tras el GSA, temiendo una exacerbación de sus ya tensas relaciones con el campesinado. De hecho, la adquisición de grano por parte del estado fue limitada y apenas creció entre 1965 y 1978.[80] Desde 1971 hasta 1976 el estado ni siquiera adquirió suficiente grano para los consumidores urbanos.[81] Como respuesta, se instituyó el congelamiento de la contratación en 1973. Los jóvenes fueron enviados al campo, empujándolos de hecho fuera del campo de la responsabilidad del estado, siendo ahora su alimentación y vivienda proporcionados directamente por unidades de producción rurales. A pesar de esto, el déficit de grano persistió, y las importaciones se hicieron cada vez más necesarias a lo largo de los años 60 y 70.[82] De manera crucial, el cuello de botella agrícola era un estricto límite material a la tasa de acumulación, que determinaba cuánto podía invertir el estado en desarrollo industrial. Esto no eran solo problemas de sistémica asignación errónea y productividad agrícola estancada, sino que también señalaba una crisis más profunda en el corazón mismo del régimen de desarrollo. Con una intrincada estructura clientelista basada en la brecha entre la ciudad y el campo, el mantenimiento de una extracción de grano continuada era esencial para el mantenimiento del régimen de desarrollo. A medida que esta relación central empezaba a romperse, las fracturas empezarían a extenderse hacia afuera, afectando a todos los aspectos de la producción.

Como el crecimiento agrícola estancado arrastraba hacia abajo el desarrollo industrial, el estado respondió con renovados esfuerzos de modernización agrícola, incluido un “mini-Gran Salto” centrado en la producción de grano.[83] Aunque las exhortaciones políticas y llamamientos al modelo Dazhai continuaron, fue principalmente el “repentino avance” del estado en inversión agrícola, especialmente en 1978 y 1979 (casi un nueve por ciento –cerca del doble del aumento en otros sectores–[84]), lo que finalmente produjo un crecimiento real de la producción.[85] Al mismo tiempo, la tasa de acumulación creció a un inusualmente alto 34,6 por ciento en 1979.[86] Millones de trabajadores rurales y enormes nuevas inversiones estatales llevaron a casi cuatrocientos mil nuevos proyectos de construcción de capital agrícola a principios de 1977, creando nuevos campos de cultivo, mejorando viejas tierras agrícolas y construyendo nuevas infraestructuras de riego y conservación de agua.[87] Hubo nuevos fondos disponibles para la mecanización y técnicas de cultivo científicas. La modernización agrícola también implicaba un aumento en la escala de producción, que era una precondición para una mecanización con éxito. Mientras tanto, los campesinos en muchas áreas estaban experimentando con diversos sistemas de responsabilidad y valoración de tareas, lo que contrajo las tareas de producción a pequeños grupos y en unas cuantas áreas incluso a familias. En su mayor parte, sin embargo, la distribución siguió en el nivel de equipo de producción, donde se utilizaban sistemas de responsabilidad. A lo largo de finales de los 70, el partido todavía descartaba oficialmente un regreso a la agricultura familiar, aunque existía el reconocimiento de que en diferentes áreas se podían utilizar diferentes sistemas de rendición de cuentas y remuneración, y solo cuando las condiciones eran particularmente favorables debería elevarse el nivel de rendición de cuentas a la brigada, aunque este fuese el objetivo a largo plazo.

En total, estas inversiones llevaron a aumentos en la producción de grano, aumentando la producción nacional de alrededor desde 285 millones de toneladas, donde había quedado estancado durante tres años hasta 1977, a 305 millones de toneladas en 1978 (un aumento de un 8 por ciento) y 332 millones de toneladas en 1979 (otro incremento de un nueve por ciento).[88] Este aumento se produjo aunque el área total cultivada disminuyese, una tendencia que continuó hasta 1984.[89] Los precios de compra agrícola estatales subieron (22 por ciento en 1979),[90] y los impuestos sobre la producción agrícola se recortaron. El bono por encima de la cuota aumentó, y se redujo el tamaño de esta.[91] Junto con los ingresos de las industrias rurales, esto llevo a un aumento de casi un veinte por ciento del ingreso familiar rural per cápita a finales de 1978.[92] Estas reformas, por tanto, parecían apuntar a una salida del cuello de botella agrícola, y ofrecer así un vislumbre de una vía hacía adelante que podía llevar a la salvación del régimen de desarrollo en descomposición.

Sin embargo, estas políticas de modernización agrícola también contribuyeron significativamente a mayores déficits, llevando a la revocación de las políticas de mini-Gran Salto de 1978-1979. Fueron estos déficits más que cualquier otra cosa los que dieron como resultado la vuelta a la producción familiar a principios de 1980. El déficit se convirtió en un problema para el partido en el centro en 1979, cuando un pequeño excedente estatal se convirtió en un déficit del 20 por ciento seguido por un déficit del 17 por ciento el siguiente año,[93] sin llegar a un acuerdo sobre cuánto o cómo recortar los gastos estatales en ese momento. Los déficits se agravaron con una inflación creciente. El problema del déficit, del que se echaba la culpa principalmente a las inversiones agrícolas y a la subida de los precios de compra, llevó a un debate sobre el cambio a “sistemas de responsabilidad familiar” [SRF, HRS por sus siglas en inglés, household responsibility systems] para recortar los costes para el estado de la modernización agrícola. Como nuevo primer ministro, Zhao Ziyang declaró en marzo de 1980: «la carga sobre el país es demasiado pesada, es una carga que no nos podemos permitir.»[94] Él abogaba por que a las áreas rurales que dependían del estado para su alimentación se les permitiese cambiar a contratos de producción a familias (包产到户). Estas políticas consiguieron pronto el apoyo de Deng Xiaoping, quien declaró el siguiente mes que la inversión estatal podía ser reducida si la producción se contrataba a hogares campesinos.[95] La inversión del estado en agricultura cayó aproximadamente un 10 por ciento en 1980 y casi un 44 por ciento en 1981, llevando a una caída de la producción de grano de 332 millones de toneladas en 1979 a 320 y 325 millones de toneladas en 1980 y 1981.[96] La tasa de acumulación se redujo de su pico de 1979 del 34,6 por ciento.[97]

La principal preocupación de los líderes del partido en el cambio al contrato a los hogares era por tanto la carga de la modernización agrícola sobre los ingresos estatales, y de hecho el regreso a la agricultura familiar fue un regreso a la agricultura de baja inversión que había caracterizado la agricultura desde los años 50 hasta mediados de los 70. La alta inversión en modernización agrícola de finales de los años 70 fue una breve anomalía. Para finales de 1980, el catorce por ciento de los equipos de producción habían cambiado a SRF.[98] Pero hizo falta otro año para que los SRF fuesen recomendados oficialmente para todas las áreas rurales, sin importar lo bien que funcionase localmente el sistema colectivo.[99] Para ese momento, cerca de la mitad de los equipos de producción habían cambiado al SRF, con el estado central presionando a las provincias para que transformasen la organización de la producción agrícola. Inicialmente, este regreso a la agricultura familiar fue visto como una medida temporal para enfrentarse al déficit estatal. Fue una suspensión temporal de la preocupación por la desigualdad rural, que permitiría un aumento único de la producción ya que estimulaba los incentivos para la intensificación del trabajo campesino sin necesidad de la inversión de recursos del estado necesarios para una política a largo plazo de modernización agrícola. El giro hacia el SRF fue finalmente por tanto un producto de una contradicción intrínseca a los métodos del régimen de desarrollo de asignación de bienes de capital –el intento de modernizar a través de inversiones masivas del estado en déficits generados por la agricultura, lo que podía causar peligrosas presiones inflacionistas y estrangular los fondos disponibles para otros proyectos industriales–. Pero estas asignaciones de capital no podían ser simplemente devueltas, pues se habían encarnado en grandes desembolsos en plantas y equipo. No hubo, por tanto, un regreso al cuello de botella pre-déficit. El giro al SRF se entendió por tanto como la opción disponible más fácil, si no la única, para mantener a raya las inestabilidades estructurales generadas por el déficit.

En el largo plazo, esto constituyó el principio de la descolectivización, y para finales de 1983, el 98 por ciento de los equipos de producción habían hecho el cambio.[100] Mientras tanto, la descolectivización de la producción fue acompañada de una descolectivización de la administración rural. Las funciones institucionales de la comuna fueron reemplazadas por el gobierno de ciudad (乡), y el nivel de brigada fue reemplazado por el liderazgo de aldea (村). El principal modelo de producción adoptado fue el dabaogan (大包干) o “gran contrato de gestión” por el que la tierra seguía siendo propiedad del colectivo aldeano, pero los hogares podían producir lo que quisiesen sobre la tierra contratada siempre que produjesen cultivos para cubrir la cuota de equipo para el estado.[101] Los equipos de producción ya no gestionaban la producción agrícola bajo este sistema. Una consecuencia inmediata de todo esto fue que la desigualdad dentro de las aldeas y entre regiones aumentó. Bajo este nuevo sistema, lo bien que le fuese a un hogar en comparación a otros en la misma aldea tenía mucho que ver con el tamaño y constitución de la familia. Un factor mayor del éxito económico, sin embargo, tenía que ver con la localización de la aldea y las conexiones de la familia con los líderes locales. En áreas más cerca de la costa y de ciudades más prósperas, la nueva libertad para vender en el mercado productos diversificados por encima de la cuota permitió aumentos de los ingresos de algunos campesinos, pero también llevó a una mayor desigualdad local. Esta desigualdad dentro de la aldea se reflejaba en la desigualdad entre aldeas, cuando los campesinos en regiones menos accesibles del interior lejos de las ciudades tenían menos oportunidades de beneficiarse del mismo sistema.

Muchos contratos entre hogares y el colectivo originalmente fueron solo por tres años, pero la extensión del contrato aumentó rápidamente a 15 años para incentivar la reniversión en la tierra. Inicialmente, la producción agrícola aumentó entre 1980 y 1984, especialmente por un mayor uso de fertilizantes y el aumento de incentivos a añadir insumos de trabajo. Para el estado, los beneficios a corto plazo del nuevo sistema valieron la pena al disminuir la carga financiera (las inversiones agrícolas siguieron bajas) aunque la modernización agrícola también se ralentizó. Pero los precios de los alimentos urbanos siguieron todavía subsidiados, permaneciendo por debajo de los precios rurales de compra a lo largo de los años 80, y por tanto generando todavía un déficit. De hecho, el aumento de la producción agrícola resultante impelió a más reformas de mercado, teniendo como objetivo ahora los sistemas de compra y comercialización y de cuota.Sin un fuerte sistema colectivo para hacer cumplir las cuotas, muchos hogares empezaron a ignorarlas completamente, produciendo en su lugar cultivos para el mercado.[102] Mientras tanto, el sistema unificado de compra y comercialización que había sido diseñado para gestionar la escasez de excedente agrícola se enfrentaba ahora al nuevo problema de un exceso de producción, ya que el estado había garantizado la compra de cualquier magnitud de grano.[103] Esto animaba a mayores reformas de mercado en la compra de grano, puesto que la compra garantizada se volvió extremadamente costosa a medida que aumentaba la producción. Los subsidios del estado a los productos agrarios crecieron hasta un 18 por ciento del total de gastos del estado en 1981, y disminuyeron solo ligeramente hasta el 14 por ciento en 1984. Como respuesta, los bonos por encima de la cuota fueron eliminados para productos agrícolas clave entre 1983 y 1985, instituyendo un único sistema de precios. Los precios garantizados fueron entonces reemplazados con precios negociados, de manera que el estado pudiera responder a un mercado cambiante. Finalmente, en enero de 1985, el estado intentó terminar completamente con el sistema de cuotas para la mayor parte de los productos agrícolas, en lugar de influir en la producción mediante contratos y compras de mercado, estabilizados mediante un precio suelo.[104]  Con el fin del sistema de cuotas, la garantía del estado de adquirir ciertos productos agrícolas también desapareció.[105]

Estas reformas tenían como objetivo reemplazar la compra planificada estatal con adquisición en el mercado. Pero fuerzas estructurales igualmente fuertes seguían empujando en la dirección opuesta, pues cualquier reducción de los subsidios de los precios alimentarios urbanos hubiera conducido al descontento urbano, erosionando la frágil credibilidad de los reformistas. El fin de los precios garantizados no se aplicó plenamente, por tanto, y una caída en la producción de grano en 1985 forzó al estado a pagar precios más altos de mercado, aumentando de nuevo los costes de los subsidios alimentarios.[106] Los intentos de mercantilizar completamente los precios agrícolas entraron en bucle en un patrón que se repetiría durante el periodo de reforma: el alto costo de los subsidios alimentarios para el presupuesto estatal le forzaba a seguir comprando y en algunos casos a reformas de precios de mercado, y esto reducía la producción de grano, retirándose el estado de las reformas como respuesta, normalmente subiendo de nuevo el coste de los subsidios. Pero más allá de la producción de grano, costes más altos del forraje para animales y otros insumos agrícolas (en concreto fertilizantes y pesticidas) ayudaron a empujar más fuerza laboral rural hacia la industria rural y a hacer crecer los mercados para productos agrícolas complementarios, como verduras.[107] De este modo, la mercadización avanzó en general, a pesar de ciclos de reforma y retirada. Mientras tanto, una contradicción clave a lo largo de todo el proceso fue la cuestión de cómo reducir la carga financiera para el estado causada por los subsidios alimentarios sin subir tanto los precios de los alimentos urbanos que la inflación llevase a la protesta urbana. Como sería evidente en las protestas de Tiananmen de 1989, el estado fracasó en este aspecto. Fue solo mediante la represión del movimiento que el estado pudo finalmente atravesar esta contradicción, mercadizando finalmente los productos agrícolas.

La edad de oro de la industria rural

A medida que la producción agrícola avanzaba escalonadamente hacia el mercado, la industria rural experimentaba un renacimiento. El Tercer Pleno de 1978 actuó como sanción oficial para desarrollos locales que ya hacía mucho que estaban en marcha, marcando un quinto punto de inflexión para la industria rural (tras el movimiento cooperativo, el Gran Salto Adelante, las medidas drásticas post-Salto y el resurgimiento de finales de los 60 centrado en la modernización agrícola). Además de proporcionar a las ECB reducciones y exenciones de impuestos, el pleno no solo hizo un llamamiento a que las empresas colectivas rurales hiciesen todo el procesamiento de los productos agrícolas “en los que fuese adecuado su procesamiento rural”, sino que también recomendó que las fábricas urbanas enviasen partes de sus componentes de procesamiento a las ECB y «ayudasen a equipar a estas últimas con el equipamiento y la tecnología necesarios.»[108] Las restricciones de principios de los años 60 impuestas tras la hambruna fueron finalmente levantadas, permitiendo tanto a las comunas como a las brigadas gestionar empresas de cualquier industria excepto las cuatro reservadas al estado: textil de algodón, tabaco, armamento y ciertos tipos de hierro y acero.[109] Pero incluso estas restricciones se aplicaron con las habituales excepciones locales, pues se permitieron diferentes tipos de industrias de hierro y acero a diferentes escalas, y hubo ejemplo claros de empresas textiles de algodón en Wenzhou en ese mismo periodo que no eran estatales.

En general, estas reformas facilitaron la formación gradual de redes regionales entrelazando empresas rurales colectivas (pronto renombradas “Empresas de Ciudad y Pueblo”, o ECP [TVE por sus siglas en inglés (Township-and-Village Enterprises)] como suministradoras de componentes para empresas urbanas de propiedad estatal –un modelo conocido como el “nexo EPE-ECP”, que terminaría interpretando un papel importante en la transición al capitalismo para lugares como Shanghai. Pero primero, se seguía esperando que las ECB se centrasen en la tarea de facilitar la modernización agrícola, ahora unido a un resurgimiento y expansión oficiales del principal rol tradicional de la industria rural, que en realidad nunca había desaparecido completamente: el procesamiento de productos agrícolas. Esta función se volvió particularmente importante cuando el sistema de compra y comercialización unificado dio paso gradualmente a mercados privados.  A medida que las empresas colectivas rurales empezaban gradualmente a tomar vida propia en respuesta a la combinación de mercadización parcial, descolectivización agraria, aumento de la productividad y descentralización financiera, el Tercer Pleno fue seguido por una serie de nuevas políticas promocionando las ECB. El resultado fue un aumento del valor de su producción a una tasa anual de crecimiento entre el trece y el diecinueve por ciento entre 1980 y 1983.[110] Aunque seguía mostrando un robusto crecimiento, este era más lento que la media de crecimiento del 25,7 por ciento entre 1970 y 1976. Este crecimiento más lento, a pesar del aumento de los incentivos, se debió probablemente a aún mayores incentivos para la agricultura durante estos años. El crecimiento de las ECB despegaría verdaderamente en 1984 debido a la combinación de aún más incentivos políticos introducidos ese año y la disminución de los incentivos en la agricultura, incluidos precios de compra más bajos.

Para la industria rural, por tanto, la década se puede dividir en dos etapas. Los primeros años, entre 1978 y 1983, vieron a las ECB empezar a experimentar con una variedad de estructuras de propiedad, acuerdos financieros y relaciones de empleo. A pesar del nombre oficial de “Empresas de Comuna y Brigada”, muchas eran en realidad propiedad de equipos de producción (la unidad administrativa más pequeña, por debajo del nivel de brigada) o incluso hogares individuales, o alguna combinación de propietarios individuales y colectivos. En 1981 un equipo de investigadores extranjeros observó que las ECB eran «creadas conjuntamente por hogares o grupos de individuos o por hogares en combinación con equipos, brigadas o comunas; empresas creadas conjuntamente por equipos o brigadas de la misma o diferentes comunas, y empresas creadas conjuntamente por la comuna en combinación con empresas estatales.»[111] Esto demuestra tanto la tendencia hacia la empresa privada, que se volvería finalmente predominante, como la aparente diversidad de posibilidades económicas, en contraste con lo que ahora parece haber sido una marcha inevitable hacia el capitalismo. Esta diversidad de final abierto daría pronto lugar a un enorme debate político en China y en el extranjero sobre las posibilidades de un “socialismo de mercado”, en el que la naturaleza experimental de las ECB/ECP interpretaría un papel central.

Ya a principios de los 80, sin embargo, eran visibles signos de dónde terminarían en realidad tales experimentos. Aunque la legalidad de estas estructuras de propiedad estaba todavía en una zona gris, una vez una ECB había obtenido su registro se convertía en elegible para una ayuda estatal considerable, incluidos préstamos (del gobierno, bancos o empresas estatales para los que las ECB producían componentes) y la asignación de técnicos. Estos técnicos no eran miembros de la empresa “colectiva” y eran por tanto esencialmente trabajadores asalariados –aunque la política central estaba todavía a años lejos de permitir a empresas privadas contratar trabajadores asalariados, fuera de las cuatro ZEE (Zonas Económicas Especiales) que habían abierto justo el año anterior.[112] Desde el punto de vista financiero, las relaciones también estaban cambiando, cuando, de facto, se volvió común que los propietarios de las acciones conjuntas fuesen los receptores de estos préstamos, y se fuese reduciendo el requerimiento previo de que las ECB entregasen casi todos sus beneficios a la comuna o brigada para la financiación de bienes y servicios públicos. Por ejemplo, una “corporación conjunta” a nivel de comuna en Sichuan creada en 1980 era responsable de gestionar veintiocho empresas, la mayor parte de las cuales eran anteriormente ECB independientes. La corporación inicialmente «repartió acciones libres de costo a las aldeas (anteriormente brigadas) y cooperativas (anteriormente equipos) de las que había surgido», y más tarde vendió nuevas acciones para financiar la inversión. Cualquiera podía comercializarlas, incluidas aldeas e individuos. Aunque en 1981 los accionistas privados suponían solo un uno por ciento del capital de esta corporación, «que un individuo pueda en principio adquirir acciones en una empresa colectiva en China representa un sorprendente cambio de política.»[113] Esto también señalaba el crecimiento de nuevas desigualdades sustanciales: una corporación a nivel de brigada en otra parte de Sichuan gestionaba cuatro empresas. Tras unos cuantos años de desarrollo y reorganización, veinticinco de los 201 hogares que comprendían aquellos cinco equipos no poseían acciones, sesenta y tantos tenían diez acciones cada uno, y uno poseía veinte acciones. Los observadores concluyeron que «las nuevas formas de organización de la empresa, y los métodos usados para financiarlas, podían llevar bastante rápidamente al surgimiento en el campo de una clase de “capitalistas de centavo [penny capitalist]».[114]

Como de costumbre, el estado se apresuró ahora a ponerse al día con las iniciativas locales que surgían como champiñones, esperando darles una dirección. Esto inició la segunda fase del renacimiento industrial rural de la década, marcada por un crecimiento mucho más rápido. El primer día de 1984, el Comité Central publicó una «Circular sobre el trabajo agrícola», haciendo un llamamiento a los gobiernos de todos los niveles a «animar a los campesinos a invertir o comprar acciones de todo tipo de empresas», y a «animar a colectivos y campesinos a unir sus fondos y establecer conjuntamente diversos tipos de empresas.»[115] Unos meses más tarde, otra circular del partido cambió el término oficial de ECB a “Empresas de Ciudad y Pueblo” (乡镇企业), a partir de ahora, ECP) porque para entonces casi todas las comunas habían sido reorganizadas en ciudades y las brigadas en pueblos y habían surgido muchas empresas a nivel de equipo, familia y hogares conjuntos en las áreas rurales, por lo que se necesitaba una categoría más inclusiva.[116] La circular también anunciaba que las ECP deberían recibir el mismo tratamiento que las EPE (Empresas de Propiedad Estatal), incluida la ayuda estatal. El número de ECP oficialmente reconocidas se multiplicó por diez entre 1983 y 1985, más que doblando su empleo y aumentando el valor de su producción en un 270 por ciento.[117] Esto puede atribuirse en parte a la inclusión de empresas ya existentes dentro de la nueva categoría de ECP, pero el sector siguió creciendo más rápidamente que antes, incrementándose el número de empresas en un cincuenta por ciento en 1986-1988, y aumentando el empleo el 27 por ciento durante el mismo periodo, dándoles un valor de producción en 1989 ocho veces más alto que el de 1983.[118] Entre estas ECP, las empresas privadas crecieron más rápidamente que las colectivas, los servicios más rápido que la industria, y aquellas en regiones “económicamente retrasadas” más rápidamente que aquellas en “avanzadas”.[119]

Estas empresas habían empezado a formarse sin el fomento o la supervisión del estado, pero el reconocimiento oficial y el acceso a la ayuda del estado aceleraron el proceso. ¿Por qué el estado liberalizó y promovió repentinamente esta variedad de empresas rurales en ese momento? ¿Y por qué las empresas rurales individuales y colectivas respondieron tan activamente, especialmente después de 1984? Como se ha discutido más arriba, los incentivos a los campesinos para que invirtiesen en agricultura empezaron a caer después de 1984 con la caída de los precios de compra, el aumento del coste de los insumos, la disminución de la fertilidad del suelo y el aumento de oportunidades para otros tipos de trabajo, incluidas la migración y la industria rural. La decisión cada vez más común de “dejar el suelo sin abandonar la aldea” (离土不离乡), como se denominó en ese momento al tomar un empleo en la industria rural, se convertiría finalmente en un problema para el estado, pero al principio no era visto como una amenaza a la seguridad alimentaria o un motivo de inflación. Los empleados de las ECB/ECP se esperaba que siguiesen cultivando su tierra descolectivizada en su tiempo libre, y la continuada modernización agrícola realizada por alguna de estas empresas disminuiría la cantidad de trabajo necesario a la vez que simultáneamente aumentaba la productividad agraria, generando un excedente de trabajo agrario para el que el estado por otra parte necesitaría crear empleos. La promoción de una industria rural orientada al consumidor era coherente con el cambio del estado hacia una estrategia de más crecimiento dirigido por el consumo y el aumento del papel de la industria ligera frente a la pesada, como lo era la promoción de empresas rurales manufacturando componentes y procesando materiales para empresas estatales, en la medida que estas últimas estaban produciendo bienes de consumo. La escasez de bienes de consumo en China tras décadas de “economía de la escasez” implicaba que hubiese multitud de oportunidades de mercado para que ambos tipos de empresa rural creciesen rápidamente en los años 80-90, cuando el consumo urbano creció más rápido que nunca antes.[120]

Mientras los límites inmediatos a los que se enfrentaba el sector agrícola fomentaron el desarrollo de las ECP, estas empresas a su vez crearon nuevas dinámicas y problemas para la economía. Al producir bienes de consumo, al proporcionar insumos para EPE y al generar ingresos disponibles para los ruralitas, ayudaron a estimular el consumo, pero esto a su vez contribuyó a la inflación que llevó al descontento urbano a finales de los 80 y forzó al estado a hacer ajustes en su estrategia económica. Mientras tanto, a nivel local, lo cambios políticos que lo acompañaban incentivaron a los cuadros rurales a ayudar a crear y apoyar estas empresas. La descentralización fiscal forzó a los cuadros a diseñar nuevas formas de generación de ingresos, y les permitió embolsarse una gran parte de ellos, legalmente o no –la corrupción en este aspecto se convirtió en una de las razones para que el estado central se moviese más tarde hacia la privatización de las ECP colectivas a mediados de los 90–. La valoración de cuadros para la promoción de su carrera cambió de las medidas ideológicas a puramente económicas como las ventas y el empleo, a lo que las ECP contribuyeron más que la agricultura por sí sola. Quizá lo más importante, fue de la explosión de una nueva variedad de ECB en 1978 de donde nació la primera tanda de empresas privadas de China y empezaron cautelosamente a experimentar con nuevas estructuras de propiedad y empleo, haciéndolo con más audacia la segunda tanda después de 1984.  Y por extensión, algunas de estas se convertirían también en las primeras empresas privadas fuera de las ZEE en recibir inversión extranjera y producir para la exportación.

El mercado en la concha del estado

También en las ciudades estaban en marcha reformas industriales. La incorporación del continente al mercado global no fue inicialmente un proceso de reducción al máximo de las industrias nacionalizadas en nombre de la reforma. Un desmantelamiento directo así de la estructura de clases de la era socialista no era ni deseable ni posible, dadas las intrincadas redes de dependencia y clientelismo que se encontraban fusionadas en ella. Por el contrario, la producción del sector planificado en su mayor parte se mantuvo en los niveles de la pre-reforma, y en muchos casos en realidad creció ligeramente. En las primeras etapas, hasta los reformadores más radicales dentro del partido todavía pensaban que el masivo sector de propiedad estatal seguiría siendo el núcleo de la economía, aplicándose la mercadización principalmente a disminuir los costes externos sufridos por grandes empresas industriales y a aumentar la productividad agrícola. Pero la inversión fijada por el estado se fue lenta y parcialmente reorientando de las industrias pesadas a las ligeras y de los bienes de producción a los de consumo, vivienda y servicios, junto con la renovación de las plantas y los equipamientos existentes. La inversión total fijada por el estado cayó en los primeros años de reforma, en parte por los crecientes déficits estatales, alcanzando un punto mínimo en 1981 para recuperarse ligeramente a mediados de los 80. Su composición también cambió: la inversión en nueva producción cayó de aproximadamente la mitad del total en 1978 a una media de alrededor de un tercio desde 1980 hasta 1988. De esta nueva producción, la inversión en textil y procesamiento de alimentos saltó del siete por ciento de formación de capital en 1978 al 13,5 por ciento en 1981 y 1982, y para finales de los 80, grandes proporciones eran gastadas en fondos de renovación, que eran a menudo controlados por gobiernos locales y empresas más pequeñas.[121]

Otro cambio significativo, sin embargo, fue la canalización de recursos totalmente fuera de la producción para enfrentarse a la crisis urbana que había acompañado a la maduración de la generación del baby boom, empeorada por el retorno de muchos rusticados. La vivienda dobló la proporción de la inversión fijada por el estado entre 1978 y 1982, aunque siguió siendo una pequeña fracción del total. Mientras tanto, «una gran parte de los beneficios retenidos de las empresas fueron a la construcción de viviendas durante esos años: quizá el 60% del total de viviendas urbanas fue financiado por fondos empresariales.»[122] Eso era en sí mismo un símbolo de la creciente descentralización de la inversión, volcándose más dinero en empresas existentes y gobiernos locales, a los que se les daba entonces más poder para asignar esos fondos. Se les permitió a las EPE conservar una parte mayor de sus beneficios totales y se les dio el control del exceso de producción respecto a sus objetivos obligatorios de producción, buena parte del cual era liquidado mediante “transacciones semi-de mercado descentralizadas” que se habían encontrado durante mucho tiempo en algún lugar entre el plan y el mercado negro de la última época socialista. Estas transacciones, incluidas el trueque y las compras de mercado, eran ahora actívamente promovidas por el régimen.[123] Como esto añadía flexibilidad y conocimiento local a la economía planificada, este cambio fue apoyado por los reformadores. Como apoyaba la jerarquía existente de EPE y asignaba más fondos para ser usados en actualizaciones técnicas, fue también apoyado por los conservadores. Como no hubo grandes despidos en este periodo, el cambio de inversión fue también apoyado por los trabajadores mismos de las empresas. Su posición en la jerarquía de clase del régimen socialista de desarrollo no fue desafiado de ninguna forma sustancial –mientras los ingresos aumentaron rápidamente para los ruralitas, la parte de los trabajadores urbanos no disminuyó, y de hecho creció ligeramente en los años posteriores a 1978.[124]

Pero mientras se mantenía al sector estatal, el cambio en la inversión total y el crecimiento de la producción rural había empezado a provocar cambios importantes en la composición de la producción total industrial. En general, las EPE disminuirían en importancia en las siguientes décadas, cuando la mayor parte de la producción total era producida por ECP en el curso de los años 80, a los que se unieron en los 90 empresas privadas de propiedad nacional, empresas familiares, empresas de propiedad extranjera y empresas híbridas (véase la figura 3, las últimas categorías se dividen entre “Privadas” y “Otras”). En 1992, las EPE estaban produciendo menos de la mitad de la producción total, mientras las ECP rurales se encontraban justo por debajo de un tercio. En 1996, las empresas de propiedad privada nacional y familiares habían crecido hasta un diecinueve por ciento, mientras las empresas de inversión exterior suponían aproximadamente un doce por ciento.[125]

 

Figura 3

El cincuenta por ciento retenido por las EPE urbanas es, sin embargo, una cifra engañosa, pues estas empresas habían sufrido más de una década de una lenta transformación, creciendo hasta parecerse más a sus más plenamente mercadizados competidores rurales y ZEE. Más allá de las cantidades fijas de bienes asignados por el plan, se permitía operar abiertamente a un mercado gris de materiales industriales, creando finalmente un sistema de precios de doble vía vinculado al ya vibrante mercado rural, con las ECP en su núcleo. El comercio total y las industrias de camiones fueron desregulados y se les dio más margen a las empresas para contratar trabajadores temporales y asalariados que componían el creciente proto-proletariado.[126] Al mismo tiempo, los salarios de los trabajadores formalmente empleados por EPE se volvieron más dependientes de tarifas por pieza y bonos, aunque los fondos no salariales de bienestar crecieron.[127] El problema del desempleo urbano se abordó, en parte, con la eliminación del monopolio comercial estatal, permitiendo una expansión y diversificación masivas del comercio y la venta al por menor. Las llamadas “compañías de servicios laborales”, en su mayor parte operando en tiendas al por menor y catering, empezaron a absorber «entre uno y dos millones de trabajadores entrando en el mercado anualmente» a partir de 1979. Junto con estos colectivos, «algo más de un millón de vendedores ambulantes habían entrado en el negocio en áreas urbanas» a finales de 1982.[128] Estas tendencias fueron especialmente fuertes en ciudades costeras como Shanghai y Guangzhou, que empezaron a recuperar su dominio histórico en este comercio a pequeña escala y producción industrial ligera.

Todo esto permitió que cada vez más parte de la producción total fuese asignada por el mercado, aunque casi todas las grandes empresas siguieran todavía formalmente nacionalizadas y todavía contribuyesen al estado con sus objetivos de producción ordenados por el plan. Mientras tanto, las EPE empezaron a depender cada vez más de la porción de mercado de sus transacciones, y por tanto se encontraron en competición con otras EPE en la misma industria así como con ECP recién fundadas y firmas extranjeras.[129] Esta competición fue estimulada aún más por la redundancia de la estructura industrial autárquica de la era socialista, que había buscado crear cadenas de suministro completas en cada provincia. Hasta la inversión estatal (ahora con una media de alrededor del 20% del PNB) dependía cada vez más de los fondos retenidos de las propias firmas, más que de asignaciones centralmente presupuestadas –y las empresas, en colaboración con los gobiernos locales, tomaban decisiones sobre dónde invertir estos fondos en términos tradicionalmente competitivos, pues las inversiones provechosas retornaban más fondos retenidos, lo que suponía mejores salarios, mayores bonos  y más sobornos para gestores y cuadros. Esto se formalizaría finalmente mediante una política de “responsabilidad por los propios beneficios y pérdidas” (自负盈亏), reconociendo esencialmente que la competición entre empresas era ahora una parte esencial del sistema industrial.[130]

Las ECP como vehículos de internacionalización

Las ECP interpretaron un papel crucial no solo en el surgimiento de relaciones capitalistas internamente, sino también en la reintegración de China en la economía global, convirtiéndose rápidamente en el sector clave vinculando áreas rurales con comercio exterior. En 1985, las ECP estaban ganando 2,38 mil millones de dólares estadounidenses en comercio exterior, suponiendo el 4,5 por ciento de los ingresos por exportación de China. Esto creció rápidamente hasta los 12,5 mil millones de dólares en 1990, el 20,8 por ciento de los ingresos totales por exportación, comparado con solo aproximadamente un 4 por ciento para las empresas de nivel de condado ese año.[131]  En parte, esto se debió a que los productos básicos y las mercancías de industria ligera que se producían en empresas rurales coincidían con la demanda global. Al mismo tiempo, ocupaban un nicho regional: China todavía no podía competir con productos intensivos en capital procedentes de Japón y los “Cuatro Tigres”, pero podía competir sin problema con otros manufactureros en ascenso (en su mayoría en el sudesde de Asia) en los mercados más intensivos en trabajo. Al mismo tiempo, este momento coincidió con dos importantes cambios en la política nacional, ambos buscando ponerse al día con desarrollos ya en marcha localmente: la descentralización del control sobre el comercio exterior y la Estrategia Costera de Desarrollo, que ponía presión sobre funcionarios locales en áreas costeras para promover exportaciones dentro de sus jurisdicciones. Las ECP orientadas a la exportación en las áreas costeras ya habían estado desarrollándose más rápidamente que en ninguna otra parte, debido a la simple proximidad geográfica con las rutas marítimas globales. Una vez la política central también empujaba en esta dirección, surgió un modelo costero distintivo de desarrollo de ECP que se haría más pronunciado en el Guangdong del delta del río de la Perla.

Fue en Guangdong donde se dieron los primeros pasos hacia la internacionalización de la economía rural ya en 1978. Aparte de albergar tres de las cuatro ZEE originales (creadas en 1980), los funcionarios locales de toda la provincia empezaron a reorientar en general primero la agricultura y luego la industria rural hacia los mercados de Hong Kong.[132] Se animó a los campesinos a cambiar del grano, que tenía como objetivo restaurar la seguridad alimentaria de China, a la producción de fruta, pescado, aves y cerdo para los ricos consumidores de la colonia. Poco después, los gobiernos locales empezaron a firmar acuerdos con los capitalistas de Hong Kong para el suministro de equipamientos para las ECB a cambio de sus productos industriales. En 1981, la Guangdong rural ya era tan dependiente de las exportaciones a Hong Kong que cuando la colonia se vio afectada por una recesión en los EEUU en esa época, la economía de Guangdong también se vio sacudida. Más tarde, en 1984, el primer ministro Zhao Ziyang puso el sello oficial al proceso al hacer un llamamiento a la promoción del modelo de Guangdong en toda China, empezando con varias “bases exportadoras rurales” en la costa. Zhao destacaba que la producción debería ser completamente transformada de acuerdo con las prerrogativas del comercio exterior: «No se trata de que plantes lo que quieras, proceses lo que quieras y luego dejes disponible para la exportación lo que te sobre. Al contrario, tu plantas y procesas en función del mercado internacional».[133] Tres años más tarde, Zhao empezó a presionar para que las ECP tuviesen un papel más importante en el comercio exterior de China porque, en contraste con las empresas estatales, las ECP estaban «gestionadas con flexibilidad y eran capaces de adaptarde a los cambios de mercado», convirtiéndolas, en «la nueva fuerza de impacto para el desarrollo de industrias con uso intensivo de trabajo». y «el establecimiento de una economía orientada a la exportación».[134] Al fin y al cabo, Zhao no estaba ordenando necesariamente un plan de dirección estatal para una mercadización a nivel nacional, sino declarando simplemente lo que ya se había convertido en un hecho evidente sobre el terreno.

El desarrollo de las ECP en general y de su comercio exterior en particular no fue por tanto simplemente la iniciativa espontánea de campesinos emprendedores a los que finalmente se les permitió actuar como quisiesen, sino que fue impulsado también por una serie de cambios de política central, proyectos de gobiernos locales y “viejas técnicas de movilización” como «cuotas, puntos de prueba que reciben un tratamiento favorable y modelos en la prensa que debían ser emulados, todo lo cual politizaba las decisiones económicas» –todo ello buscando dar una dirección a dinámicas locales que habían surgido caóticamente en respuestas a reformas anteriores aparentemente menores.[135] Estos “puntos de prueba” estaban pensados en teoría para que sirviesen como lugares piloto para prácticas experimentales que, si tenían éxito, pudiesen ser luego adoptadas en otras partes. Pero en realidad ayudaron a dar forma a la nueva geografía de China de desarrollo desigual. Aquellos puntos de prueba que recibieron el tratamiento más favorable, como Shenzhen, tendieron a convertirse en nuevos centros de ECP orientadas a la exportación surtidas con fuerza de trabajo de otras áreas rurales –cuya propia industrialización, ya menos favorecida por la geografía y el estado, tendría que soportar aún más golpes por los siguientes desarrollos económicos y políticos–. Por ejemplo, a Shenzhen se le permitió conservar todas las divisas que consiguiese de sus exportaciones, y la provincia de Guangdong en su conjunto pudo conservar entre el treinta y el cien por ciento (dependiendo del producto) mientras la ya baja tasa de retención de Sichuan de un veinticino por ciento fue reducida al veintiuno en 1988. Este favoritismo sugiere una espiral donde, en un contexto de creciente dependencia del comercio internacional, el simple hecho de tener un puerto de acceso también aumentaba el peso político de líderes de las áreas costeras, quienes podían más tarde dar forma a la política estatal a su favor. Las ECP orientadas a la exportación de Guangdong prosperaron por tanto a expensas de varias regiones interiores a las que «se les ofrecían precios mejores que por mercancías exportables producidas en sus propias provincias.»[136]

Diversificación regional de la industria rural

A finales de los años 80, los académicos y el estado empezaron a promover tres experiencias regionales de industrialización rural (entre una docena identificadas) como modelos para ser emulados a nivel nacional: el modelo Sunan (sur de Jiangsu), el modelo Wenzhou y el modelo del delta del río de la Perla (DRP). Se distinguían principalmente por sus estructuras de propiedad: el modelo Sunan se centraba en la propiedad colectiva en los tres niveles de aldea, xiang y zhen (las dos últimas traducibles como “ciudad” y derivadas de las anteriores comunas), el modelo Wenzhou se centraba en la propiedad familiar, y el modelo DRP en una combinación de cinco tipos conocidos como “avanzar conduciendo sobre cinco ruedas” (五个轮子一起转), añadiendo empresas a nivel de condado a las otras cuatro (hogar, aldea, xiang y zhen). Como era costumbre en la toma de decisiones políticas de la época, no eran “modelos” puramente intelectuales o políticos, sino más bien observacionales: la política en general buscaba ponerse al día con las dinámicas locales que tendían a sobrepasarla rápidamente. Los tres modelos, por tanto, fueron nombrados según las localidades donde habían surgido, y el debate no era simplemente sobre los beneficios abstractos que ofrecía cada uno, sino más bien sobre los resultados empíricos que se podían observar en estos tres lugares “experimentales”. Vale la pena examinar esto brevemente para demostrar lo diversa y abierta a nuevas posbilidades que aparecía la economía China durante este periodo optimista de transición, y cómo esta variación regional terminó dando forma a la geografía económica desigual del país tras la subsunción bajo una ley del valor más unificada a finales de los 90.

Además de las diferentes estructuras de propiedad destacadas en el discurso político contemporáneo, por tanto, cada uno de estos modelos era inseparable de su propio régimen de producción regional: el uso de trabajo y capital local por parte de las empresas de Sunan para manufacturar bienes de consumo y componentes industriales para empresas estatales cercanas que producían aparatos y electrodomésticos (bicicletas, neveras, etc.) para el mercado interior, el uso de trabajo y capital familiar para manufacturar bienes de consumo de industria ligera (vestidos, zapatos, etc.) para el mercado doméstico, y el uso inicialmente de trabajo local pero progresivamente de trabajo migrante y capital extranjero en las empresas del DRP para manufacturar una variedad de productos para la exportación. Las ECP en otras partes de China que se encontraban con condiciones similares se parecían a uno de estos modelos de una forma u otra. Aquellas en la costa de Fujian, especialmente su ZEE en Xiamen y el cercano condado de Jinjiang, se parecían a las del DRP, diferenciandose en que la mayor parte del capital inicial vino de Taiwán en lugar de Hong Kong, y que las empresas mixtas-familiares predominaban sobre las colectivas. De manera similar, muchas ECP en los viejos centros industriales de Shanghai y Tianjin se parecían a las de Sunan, y es probable que hubiese empresas familiares orientadas hacia el mercado doméstico por toda China (como aquellas en Wenzhou), pero la sospecha oficial todavía viva sobre la empresa privada en algunos locales forzó a muchas de estas a disfrazarse como colectivas hasta el giro de la política nacional a mediados de los 90.[137]

Algunos observadores han subrayado un cuarto “modelo Pingding” en referencia al condado de Pingding en la provincia nortecentral de Shanxi. Aparentemente nunca fue promovido por el gobierno como algo a ser emulado en otras partes, pero patrones similares se pueden encontrar en zonas montañosas del norte y oeste de China.[138] Como el modelo Sunan, suponía empresas colectivas que utilizaban trabajo y capital local  para producir bienes para el mercado interior, incluidos insumos para el uso industrial en empresas urbanas, pero aquí la producción se centraba en la extracción de recursos (minería, canteras, madera) y el procesamiento (metalurgia, materiales de construcción, serrerías) favorecidos por estas localizaciones montañosas de estas ECP. Este modelo es el que mostró más continuidad con “las cinco pequeñas industrias” de principios de los años 70, solo que ahora el objetivo principal no era usar estos materiales localmente para la modernización agrícola sino hacer dinero vendiéndolos a empresas urbanas para su uso industrial.

Las diversas industrias en Pingding mismo (entre las que se incluyen la fundición de hierro, las canteras de caliza y la producción de materiales de construcción) se centraban en la minería de carbón,[139] y aproximadamente un ochenta por ciento de las ECP en las provincias ricas en carbón del noroeste, sudoeste, China central y norte eran minas de carbón, aunque a nivel nacional tales minas solo fuesen tres de mil ECP.[140] Los colectivos rurales habían empezado a minar el carbón ya durante el Gran Salto Adelante, y este sector fue promocionado como uno de los “cinco pequeños” en 1964, pero para 1978 solo un quince por ciento del carbón de China era producido por ECB, siendo el resto prerrogativas de EPE. Con la serie de cambios políticos introducidos más arriba, la minería rural de carbón creció exponencialmente en los 80, suministrando el 49 por ciento del carbón de China en 1995, procedente de 73.000 minas. El sector pudo crecer particularmente rápido en respuesta a la escasez endémica de carbón de China y la incapacidad del estado de financiar EPE suficientes como para seguir el ritmo del constante crecimiento de la demanda de energía. Para mediados de los 90, las minas ECP habían terminado con la historia de la escasez de carbón de China,  representando el 73,5 por ciento del aumento de la producción total durante los anteriores diecisiete años.[141]

Esto e industrias relacionadas también transformaron profundamente las áreas rurales donde se desarrollaron, enriqueciéndolas pero provocando también una grave contaminación e incontable lesiones y muertes, y haciendo que la economía local fuese dependiente de un sector que sería en su mayor parte cerrado a finales de los 90. El contado de Shenmu, Shaanxi, por ejemplo, pasó de ser un “condado pobre clave” (重点贫困县) sin suficiente electricidad para sus usos mínimos a mediados de los 80 a un próspero exportador de electricidad a finales de los 90. El ochenta y cinco por ciento de los ingresos del gobierno del condado se derivaban de unas doscientas minas de carbón ECP, empleando a cerca de 20.000 de sus 350.000 residentes rurales, pagándoles aproximadamente el doble de lo que ganarían en la agricultura, pero todavía muy lejos de lo que las EPE pagaban a sus trabajadores.[142] Fueron estos bajos salarios y mucho más precarias condiciones de empleo los que ayudaron a las minas de carbón ECP a prosperar, junto con su falta de desembolso en medidas de seguridad, recuperación de la tierra, protección medioambiental y obligaciones sociales, en contraste con los requerimientos a las EPE.[143] Aunque las minas eran nominalmente colectivas, muchas eran en realidad gestionadas como empresas privadas por sus administradores, quienes eran a menudo funcionarios o incluso cuadros de las minas de carbón EPE.[144]

Ascenso y caída del nexo EPE-ECP

El éxito de la industrialización cada vez más privatizada en Wenzhou y el DRP terminó en urbanización o “ciudadización” (城镇化), a medida que el medio ambiente se contaminaba y la agricultura era abandonada –frustrando las esperanzas de los izquierdistas de los años 90, quienes veían a las ECP como la forja una vía alternativa colectivista que superaría la división rural-urbano.[145] Vale la pena explorar aquí el modelo Sunan con cierta profundidad, sin embargo, porque muestra una vía alternativa de desarrollo real que prosperó brevemente desde finales de los años 80 hasta mediados de los 90, hasta que la combinación de fuerzas de mercado y políticas estatales llevaron a su colapso. Aunque parece improbable que un mero ajuste de política pudiera haber alterado esta vía o convertido el modelo en una alternativa nacional al de inversión extranjera y centrado en la exportación que definió los años 2000, mirar más de cerca esta experiencia ayuda a destacar las otras por contraste, a la vez que muestra parte de la base material para un extendido optimismo sobre un “socialismo de mercado” pluralista que caracterizó a los primeros años 90. Finalmente, el ascenso y caída de este régimen de producción regional fue una de las vías mediante las que se establecieron las condiciones para el posterior boom de la industria privada a principios de los 2000, a medida que se formaba en este sector público un enorme stock de capital fijo, personal formado, relaciones e infraestructura que luego fueron volcados en el mercado.

La introducción de la economía de doble vía permitió una explosión repentina de demanda de consumo que duraría una decada. Esto suponía que las EPE pudiesen vender bienes de consumo a precios altos, pero la escasez también afectaba a muchos de los materiales para producir estos bienes: aunque las EPE que producían materiales eran en cierta manera incentivadas a expandir su producción para vender aquella por encima de la cuota, llevó varios años que esta expansión se pusiese al día con la demanda, así que los precios de los materiales también eran altos. Los gestores de EPE respondieron usando sus relaciones personales (o creando nuevas) con los funcionarios locales en el campo circundante para crear nuevas ECP diseñadas especialmente para producir los materiales que necesitaban a precios más bajos que aquellos vendidos por otras EPE. Finalmente este nexo se extendió hasta externalizar componentes e incluso productos finales previamente hechos directamente dentro de las EPE –no solo para recortar gastos, sino también para expandir la producción en formas todavía limitadas por el papeleo burocrático, el control del estado sobre el uso de terreno urbano, etc. Era mucho más fácil para el gestor de una EPE tener un amigo en el campo que abriese una nueva fábrica que obtener el terreno y los permisos necesarios para hacerlo directamente en la ciudad. En general, por tanto, el nexo EPE-ECP era un conjunto de relaciones en las que las EPE de una ciudad dada externalizaban la manufactura de componentes industriales a empresas colectivas en el campo circundante, que la EPE apoyaba concediéndole préstamos, donándole equipamiento y enviando técnicos para formar al personal de la ECP.  Esto beneficiaba a las EPE al facilitar la expansión de la produccion con un coste mínimo (a menudo imposible de otra forma debido a regulaciones de la economía planificada), a las ciudades y pueblos al proporcionar nuevas fuentes de ingreso (en principio compartidas con todos los residentes como dividendos en las empresas colectivas)  y a los empleados de las ECP al proporcionar empleos industriales a residentes rurales que no podían optar a posiciones en empresas urbanas.

El nexo predominaba en Sunan, gran parte de la región más amplia de Jiangnan de la que Sunan forma parte (incluyendo también Shanghai y el norte de Zhejiang), y las periferias de Tianjin y unos pocos más bastiones de empresas estatales que consiguieron adaptarse a la economía de mercado e incluso prosperar, aunque solo fuese durante unos pocos años desde finales de los años 80 hasta mediados de los 90.[146]  Como se ha dicho más arriba, sin embargo, el término “modelo Sunan” se refiere en su uso normal principalmente a su estructura de propiedad colectiva, lo que extiende el periodo antes y después del apogeo del nexo EPE-ECP, y que también incluye ECP manufactureras de bienes de consumo como opuestas a componentes industriales para empresas estatales cercanas. En el área del gran Shanghai, este tipo de nexo tuvo tanto éxito para las ECP que aumentaron brevemente los ingresos de los ruralitas tanto o quizá más que los de los urbanitas a finales de los años 80 y principios de los 90.[147]  Este escenario fue posible por la convergencia de los ante mencionados cambios políticos que promovían la formación de ECP (y las dos décadas anteriores de modernización que convirtieron a muchos ruralitas en “excedentes” del trabajo agrícola), la mercadización parcial única de estas regiones en ese momento (en contraste con la más completa mercadización de las ZEE), la presencia allí de EPE relativamente robustas y dinámicas, y el cambio en la estrategia económica nacional de promoción de la industria ligera para el consumo doméstico. Ese cambio creó un incentivo para que las EPE orientadas al consumo se expandiesen a un ritmo sin precedentes, y por supuesto esta expansión orientada al mercado solo fue posible por la simultánea descentralización de la gestión y la relajación de los monopolios estatales sobre la producción de muchos bienes.

En Shanghai, donde este tipo de nexo está mejor documentado, los bienes de consumo clave producidos por EPE eran bicicletas, neveras, máquinas de coser, motocicletas y automóviles. Para finales de los 80, empresas colectivas en el campo circundante estaban produciendo componentes para todas estas industrias. Las EPE de Shanghai habían empezado a subcontratar a ECB incluso antes de 1978, pero no se convirtió en una práctica común hasta los años 80, cuando el sistema de nexo tomó forma rápidamente.[148] En parte, esto era así porque la economía de Shanghai seguía estando resguardada de los experimentos con inversión extranjera y una mercadización más a fondo que la que se estaba llevando a cabo en el DRP y otros lugares porque la municipalidad era la fuente de ingresos más importante del estado, proporcionando una sexta parte del total de lo recibido por el gobierno central –el setenta por ciento derivado de los beneficios de las EPE de Shanghai–.[149] En 1988, el 31,2 por ciento de la producción industrial suburbana de Shanghai era producida por 1.446 empresas mixtas (联营企业) entre EPE y ECP, lo que era defendido por el estado local como “unificación urbano-rural”.[150] Por ejemplo, una EPE de neveras para el hogar, una importante fuente de ingresos para el gobierno de Shanghai, aumentó su producción anual de 10.000 unidades en 1985 a 850.000 en 1996, creciendo su fuerza de trabajo de 557 a 2.740. Para 1997 había desarrollado una base de proveedores de 76 subcontratistas, 41 de los cuales eran ECP. También había ayudado a su proveedor de compresores (el componente más importante para fabricar neveras) a desarrollar su propia base de subcontratistas. Al principio la EPE había importado la mayor parte de sus compresores de Japón, pero a lo largo de esta década localizó el 70 por ciento de su suministro, recortando costes en un 45 por ciento. Durante la misma década, la fábrica de compresores local había aumentado su producción anual de 100.000 a 900.000 unidades. Lo había hecho principalmente ayudando a establecerse a sesenta subcontratistas, la mitad de los cuales eran ECP.[151]

Estas redes se extendieron tan rápidamente y luego se contrajeron tan repentinamente en parte debido a la “economía de escasez” durante décadas, que perpetuaba la ilusión de que las EPE pudieran expandirse continuamente sin llegar a saturar nunca la demanda del consumo. Para cuando se hizo evidente que las condiciones habían cambiado ahora a una “economía del exceso”, ya era demasiado tarde. En este caso, la transición de una economía planificada a una de mercado se entiende mejor como dos cambios en el periodo de unos diez años: (a) de economía planificada a mixta o de “doble vía” (双轨制) a partir de 1984, y (b) de doble vía a economía de mercado a mediados de los 90. En la economía de doble vía de finales de los 80 a principios de los 90, el apogeo del nexo, «las EPE no sintieron la competencia del mercado hasta varios años más tarde, cuando la capacidad productiva alcanzó y sobrepasó la demada.»[152] A partir de 1984, un conjunto de políticas estatales restringieron permanentemente el alcance de la economía planificada. Cualquier cosa que las EPE produjesen más allá de ese alcance podía por tanto ser vendida fuera de los canales burocráticos, quedándose los vendedores con el beneficio. De la misma manera que el régimen socialista (planeado como transcion al comunismo) generó brevemente la ilusión de que era un sistema estable capaz de reproducirse sin un final previsible, también la economía de doble vía creo una sensación generalizada de que era un sistema económico plenamente formado por derecho propio, con su propio conjunto de instituciones. La creencia de que el socialismo era lo suficientemente estable como para resistir estas grandes reformas había cegado a muchos participantes de la plena extensión de una transición que finalmente tomaría vida propia. De la misma forma, la aparente salud de la economía de doble vía cegó a muchos gestores de EPE y ECP de su gradual subsunción bajo la ley del valor.Un resultado de esto fue que los gerentes de estas empresas seguían tomando decisiones que solo tenían sentido en el contexto de una economía de escasez, restos de décadas de planificación orientada hacia la industria pesada, la infraestructura básica y la producción militar. Bajo condiciones en las que las reglas y señales de la emergente economía de mercado cambiaban rápidamente, los gerentes de estas EPE y ECP desarrollaron todo un portafolio de prácticas de negocio que temporalmente tenían sentido en una economía de doble vía, pero contribuyeron en última instancia a su muerte: dependencia de las relaciones personales con burócratas cuyas oficinas estaban siendo reorganizadas o cerradas, diseño de ECP alrededor de la producción de componentes específicos para la venta a una EPE particular, y el problema más básico de continuar expandiendo la producción mucho más allá de lo que los mercados podían absorber. Cuando los precios empezaron a caer a mediados de los 90, las EPE (a las que todavía no se les permitía despedir a trabajadores) empezaron a dedicarse en desbandada a recortar costos reduciendo el número de pedidos de los proveedores locales y cambiando a componentes más baratos de nuevas ECP que estaban apareciendo de repente en ciudades más lejanas. La racionalidad de mercado reemplazó la ética de la lealtad personal que los gerentes de ECP locales habían dado por asegurada. Para 1999, entre el sesenta y el setenta por ciento de las ECP locales subcontratistas de seis industrias clave habían cerrado en los condados rurales de Shanghai.[153] Esto arrasó la economía de estos condados, descubriendo un estudio centenares de miles de trabajadores despedidos en todas las ciudades que investigó.[154]

Esta devastación volcó un stock enorme de trabajadores experimentados y maquinaria en la economía privada. Muchas de estas fábricas fueron adquiridas por sus gerentes, a menudo en asociación con capital de otras zonas de China o el extranjero, y reestructuradas según los más puros principios de mercado. Los trabajadores locales fueron arrojados a la competición con nuevos emigrantes de áreas más pobres. En otros casos, el equipamiento en estas fábricas ahora difuntas era comprado por empresas privadas de otras zonas y despachado. Como discutiremos con más detalle más abajo, nacionalmente, la mayor parte de las ECP colectivas fueron cerradas o privatizadas desde mediados a finales de los años 90, pero esto ocurrió en último lugar en Shanghai y Sunan. Esto muestra que las ECP tenían más éxito que en otras partes en términos puramente económicos, y que eran más importantes para el estado (porque ayudaban a las EPE a generar fuentes de ingresos cruciales), por lo que no fueron forzadas a la privatización –al principio–. No fue hasta que las EPE cavaron su propia tumba al expandirse más allá de la capacidad del país de consumir sus productos que las ECP dependientes de ellas entraron en bancarrota y fueron o directamente privatizadas o tuvieron que saldar su equipamiento a empresas privadas existentes. Esta no es una historia típica de ascenso y caída de empresas rurales colectivas, pero el resultado final fue el mismo. Esto ilustra tanto la diversidad de experiencias económicas que caracterizaron diferentes partes de China en los aparentemente fluidos años 80-90, y su colapso final bajo la presión de la ley del valor.

La gestación de valor

Ya a mediados de los 80, la producción nacional había empezado a responder a presiones que se parecían cada vez más a los dictados de la acumulacion de valor. Estas presiones no estaban plenamente desarrolladas, pues muchas ECP no acabarían enteramente mercadizadas hasta mediados de los 90, pero la forma de valor había empezado claramente su gestación tanto en el campo como en las ZEE. Este fue un punto definitivo en la transición al capitalismo, a pesar de que la propiedad siguió siendo nominalmente pública (más allá de las fronteras de unas pocas ZEE). Esto se puede entender de manera algo laxa como el surgimiento de dos sistemas de valor, inicialmente separados y mutuamente subdesarrollados, que se fusionarían durante el cambio de siglo. El primero era nacional, apoyado por el crecimiento de la industria rural y conducido principalmente por dinámicas locales, como la nueva estructura de incentivos condicionada por el sistema de responsabilidad familiar. El segundo fue internacional, marcando no solo la gestación de una forma valor, sino la intrusión en la zona continental del sistema global de acumulación dominante. En los años 90, los dos empezarían a vincularse, cada uno de ellos complementando al otro para condicionar una ola de sucesivos programas de mercadización que facilitaron el vínculo entre la forma valor nacional en desarrollo y los dictados reinantes de la economía global.

A riesgo de distraernos de nuestra narrativa principal, es importante clarificar qué entendemos por “transición capitalista” con algo de detalle teórico. El valor en sí es una especie de categoría espectral que sin embargo toma una forma material en la escala social: es una “abstracción real”, en el sentido que el acto de intercambiar mercancías plantea su equivalencia, y por tanto implica retroactivamente el caracter amorfo de un trabajo abstracto, general, que se puede materializar en una diversidad de mercancías y que requiere el surgimiento de una mercancía dinero abstracta, general, para materializar esta equivalencia.[155] La idea marxista de valor, por tanto, no se basa en ningún acto subjetivo de valoración –esta es, quizá, la mayor diferencia entre la crítica de la economía política de Marx y todas las formas de ciencia económica–. El valor no está en absoluto definido por consumidores individuales que “valoran” un bien sobre otro, aunque esto sea una causa aproximativa importante en la esfera de la circulación.[156] Se entiende mejor como un proceso emergente, guiado por una lógica estilo máquina que hace uso de los humanos y de todo tipo de sistemas no humanos como materia prima y mecanismos de transmisión para su expansión. Este proceso, como opuesto a “valores” individuales, genera una “forma valor”.[157] La forma valor es una propiedad emergente de la producción capitalista, que luego impulsa de acuerdo con su lógica interna básica: la producción capitalista se emprende no para atender a las necesidades humanas sino para aumentar la tasa de valor, encarnada en mercancías. Para que se produzca valor en el sentido capitalista, sin embargo, el trabajo también debe ser una mercancía comercializable, definida por su capacidad de producir un valor superior al salario, que se materializa solo cuando el valor producido (bajo la forma de mercancías) es vendido con éxito en el mercado. Este valor materializado toma entonces la forma de capital dinero, cuyo grueso es canalizado entonces de vuelta a la producción como inversión. La función de la inversión es en última instancia producir aún mayores cantidades de valor, y en el nivel de la empresa esta función está señalada (aunque a menudo no en alguna forma lineal simple) por el beneficio. Por tanto, el mercado de inversión se define por diferenciales en la tasa de beneficio entre empresas e industrias.

La competición vía mercado, por tanto, interpreta un papel vital en tres etapas de este proceso. Primero, está la necesidad de un mercado general del trabajo, garantizando que se pueda producir valor excedente superior al salario. No todos los trabajadores tienen que ser plenamente dependientes del salario, pero el mercado salarial debe ser lo suficientemente dominante como para ejercer una fuerza inercial que garantice que más y más trabajadores tenderán a hacerse dependientes del salario, directa o indirectamente. De manera similar, el mercado salarial debe ser lo suficientemente dominante para generar un tirón gravitacional de aquellos fuera el él –por ejemplo, campesinos que subsistan principalmente de su propia tierra y que comercien el excedente en el mercado están comerciando a precios de mercado definidos al final por el coste del trabajo y su proporción respecto al capital.[158] Segundo, la necesidad de un mercado general de mercancías para los bienes producidos. De nuevo, no es necesario que todos los bienes estén mercantilizados, pero hay una tendencia general a que este mercado aumente constantemente su alcance, arrastrando más productos hacia el intercambio en el mercado y por tanto transformándolos en mercancías. Esta transformación también supone la incorporación de estos bienes a la tecnoesfera capitalista, donde el proceso de producción tiende a hacerse más desagregado y automatizado con el tiempo. Finalmente, la necesidad de un mercado de capital: tanto el capital dinero como el capital fijo deben ser comercializables y sujetos a la competición del mercado, haciendo la inversión receptiva a la tasa de beneficio.

Tomadas conjuntamente, estas fuerzas de mercado generan una forma de valor que tiende a aumentar las fuerzas productivas en general. Esto sucede debido tanto a la fuerza inercial que expande la producción en términos absolutos –por ejemplo, cuando se abren más fábricas, más trabajadores entran en la fuerza de trabajo– como en términos relativos, mediante el aumento de la productividad por trabajador. La competencia dirige esta expansión en ambas formas. Para permanecer en el negocio, las empresas indivuales deben vencer en la competencia con otros ya sea encontrando nuevos mercados (en nuevas mercancías o simplemente en nuevas regiones) y expandiendo la producción para atenderlos, o revolucionando sus capacidades existentes para producir mayores cantidades de bienes con menos trabajo. Por supuesto, las dos no son excluyentes, y en ambos aspectos los primeros que entran toman mayores riesgos y consiguen mayores recompensas si tienen éxito. Cuando le siguen otros, el mercado se estabiliza en sus nuevos y aumentados tamaño y alcance. Para la economía en general, el valor total se ha expandido. Esta expansión es dependiente de la rápida disponibilidad de una fuerza de trabajo cuyo trabajo pueda ser comprado por un salario que deje suficiente espacio para el beneficio y de la capacidad de las empresas de comercializar bienes terminados en los mercados de mercancías, materializando así el valor creado en el proceso de producción.

Desde finales de los años 70 en adelante, todos estos mercados dentro de la economía china eran al menos parcialmente incompletos. En los primeros años de reforma, la única producción que se pudiera decir que generase valor en el sentido capitalista estaba teniendo lugar en la esfera aislada de las ZEE, para ser comercializada en el mercado global. Pero en el curso de los años 80, el ascenso del mercado nacional vería la formación parcial de una forma valor distinta, aunque en germen, operando dentro del caparazón de la economía planificada. Fuera de las ZEE, la producción por valor era más dominante en las áreas rurales con grandes cantidades de ECP, y particularmente (aunque no exclusivamente) en aquellas industrias adyacentes a ZEE que se habían llegado a vincular de alguna manera al menos al proceso de exportación. Pero las políticas de bienestar de la era socialista limitaban el tamaño de la población dependiente del salario, particularmente entre aquellos con hukou urbano. En el campo, los trabajadores liberados del trabajo agrícola por el aumento de la productividad proporcionaban un mercado de trabajo listo para la producción en ECP. En la esfera urbana, este proceso siguió incompleto, creciendo la parte de trabajadores proto-proletarios, especialmente en las ciudades costeras, pero a menudo pocos comparado con los trabajadores más plenamente incorporados en el “tazón de arroz de hierro” del bienestar basado en la empresa de la época socialista. Sin embargo, la creciente mercadización aumentó la inflación y empezó a cambiar el caracter de la subistencia, haciendo que más bienes se convirtiesen en necesidades sociales. Esto incentivó aún más la entrada en el mercado de trabajo, especialmente entre el campesinado.

Mientras tanto, el capital estaba sujeto solo indirectamente a las fuerzas del mercado, como demuestra el relativamente bajo número de cierres de fábricas en el periodo. Se permitía que las empresas experimentasen las ventajas de la competencia de mercado, pero seguían estando aisladas de sus desventajas (por ejemplo, la bancarrota y la absorción por competidores más capaces). En cualquier caso, esta exposición parcial a las fuerzas de mercado llevó a las EPE a centrasse en el crecimiento de la productividad, en lugar de expandir simplemente sus lotes estatales de consumo de recursos, como había sido el caso en la era socialista. Una porción creciente de los ingresos retenidos se canalizaron así de vuelta a las empresas bajo la forma de nueva maquinaria, equipamiento y formación. En general, en los años 90, «los fondos empresariales [habían] reemplazado las asignaciones del estado como la fuente principal de financiación para investigación y desarrollo.»[159]  Mientras las ECP y las empresas privadas más pequeñas tendieron a la producción intensiva en trabajo, las EPE eran intensivas en capital, con una productividad laboral marcadamente más alta. El proceso total de transformación tecnológica tendía a aumentar la presión competitiva, y esto garantizaba que la velocidad de la mercadización aumentase.

Al principio, el ala más radical de los disidentes de la era socialista que quedaban, como Li Zhengtian y Wang Xizhe del grupo Li Yizhe, había imaginado que las reformas económicas podían ser combinadas con el aumento del alcance del control obrero para crear un sistema cooperativo de empresas coordinadas por mercados democráticamente regulados, no capitalistas.[160] De manera similar, el partido volvió a los debates de los años 50 sobre la “ley socialista del valor”. Surgió una nueva interpretación de “mercado socialista” en la que el mercado podía coexistir con la propiedad estatal en una forma que impedía la transición al capitalismo. Como el mercado era visto como un simple mecanismo para administrar la circulación de bienes, se suponía que la producción podía seguir siendo socialista en tanto en cuanto fuese nominalmente poseída y administrada por el estado –ya estuviese encarnado en el comité de pueblo, el gobierno municipal o una autoridad planificadora central–. Esto supuso que, junto con el aumento de la autonomía de la empresa y la eficiencia económica, los economistas empezaran a discutir la idea de “beneficio socialista” y el regreso intencionado de la ley de valor, pero no imaginaron que esto llevase necesariamente a la rehabilitación del capitalismo.[161]

Tanto los disidentes como los reformadores en el poder, sin embargo, tendían a mezclar propiedad formal con las realidades de las operaciones cotidianas. Un sistema capitalista está fundado de hecho sobre la propiedad privada, pero es igualmente importante la tendencia a que esta base misma de propiedad privada sea socavada por el alcance social en expansión de la producción. Por encima de esto, la propiedad como práctica social es históricamente específica: la distinción entre formas antiguas y modernas de propiedad privada se basa en la localización de la propiedad capitalista dentro de un mercado definido por la ley del valor. Es este contexto el que también asegura que la escala de producción tienda a aumentar, de manera que la propiedad privada de producción se erosiona gradualmente por formas más complejas de administración que tienden a abarcar un espacio más grande de sociedad.

Por un lado, esto supone la propiedad privada de los medios de producción por parte de los capitalistas, quienes reclaman el derecho a administrar el valor excedente generado por el proceso de producción. Pero la clave aquí está no tanto en la propiedad nominal como en la propiedad específica de mercancías comercializables. Bajo el capitalismo, en contraste con otros modos de producción, la propiedad es básicamente fungible, pues la forma mercancía impone la contingencia en su estructura básica. La propiedad, por tanto, se convierte en la administración de mercancías, y nada más profundo. Esto también implica que muchos estilos distintos de propiedad y administración pueden coexistir dentro de un sistema capitalista, siempre y cuando no amenacen la forma mercancía y el impulso hacia la acumulación de valor que lo define. Además, hay una tendencia secular a que la escala y la extensión de la producción aumente, y esto exige que la administración se haga más compleja. La propiedad le sigue, haciéndose más social (vía empresas que cotizan en bolsa, la transformación de fondos de pensiones en inversiones en el mercado de acciones, subsidios estatales pagados a la industria, etc.) y en muchos casos más monopolista. Mientras tanto, las empresas de propiedad estatal son relativamente comunes, como lo son las cooperativas obreras y los pequeños negocios. El capitalismo por tanto se acomoda a una vasta diversidad de métodos para la administración de la producción. Absolutamente ninguna de estas formas de propiedad, incluida la propiedad estatal, puede ser considerada de alguna manera “menos” capitalista que otras. De hecho, todo el marco de definición es aquí el culpable, por lo que el intento de resumir el capitalismo a partir de unidades microeconómicas equivale a un intento de distinguir el agua del hielo contando sus moléculas.

Es la función de las empresas dentro el movimiento general de producción social, más que su propiedad nominal o método de administración, lo que define su inclusión dentro de una economía capitalista. Pero si definimos la función de las empresas individuales en relación al entorno de producción, ¿cómo entendemos su función cuando este entorno está en transición? En esta situación, el carácter y función de las empresas individuales tiene una dimensión añadida: contribuyendo, entorpeciendo o influyendo de otra forma en la dirección del cambio. Todas las economías que transicionan al capitalismo tienden a incluir un conjunto de viejas formas de propiedad, administración y trabajo que se van convirtiendo lentamente en el sistema de acumulación de valor mayor y sujetas progresivamente a los requerimientos de este sistema. Las colonias de países capitalistas, por ejemplo, fueron sin ninguna ambigüedad parte del mercado capitalista global, aunque utilizaron el trabajo de esclavos, coolies y servidumbre por contrato. En tales situaciones, las unidades productivas individuales se encuentran en una especie de ecotono –el espacio en el que se reúnen ecosistemas de producción distintos–. Algunos métodos de producción se extinguieron, pero otros se adaptaron. Y muchas de estas formas arcaicas son por tanto exaptadas en el sistema capitalista –a veces como simples accidentes de la historia, pero a menudo porque demuestran ser igual o más eficientes para garantizar la acumulación de valor en una época determinada que formas ya existentes de organización–. La cuestión clave en un periodo de transición, por tanto, no es cómo son poseídos y gestionados exactamente los lugares de producción, sino cómo operan en relación a las mayores presiones del crecimiento compuesto y la transformación tecnológica intensiva que definen una economía capitalista.

A medida que estas diversas formas de relación de mercado empezaron a arraigar en China, ganaron su propia inercia independiente de las intenciones de los reformadores. El mercado de mercancías, el mercado de trabajo y el mercado de capital se desarrollaron a diferente ritmo, pero el crecimiento en uno tendía a iniciar, cultivar y reforzar el crecimiento en los otros. A principios de los años 80, el mercado de mercancías se estaba desarrollando rápidamente, el mercado de trabajo seguía limitado y el mercado de capital era casi inexistente. La ley de valor se limitaba principalmente a la ZEE. A finales de la década, sin embargo, el mercado de mercancías era omnipresente, y había empezado a estimular el crecimiento del mercado de trabajo y a facilitar la transformación de la propiedad de las ECP en algo parecido a una corporación por acciones con base local. Al mismo tiempo, el crecimiento del mercado de mercancías y la disponibilidd de trabajo contratado transformó lentamente los métodos de producción incluso dentro de las EPE. La capacidad de externalizar operaciones de bajo orden a empresas más pequeñas, combinado con cambios técnicos que aumentaron la productividad crearían pronto una abundancia de plantas y equipamientos obsoletos, así como de fuerza de trabajo innecesaria. Una ley del valor nacional había empezado a tomar forma, pero era todavía geográficamente limitada e internamente incompleta. Era también un proceso político tumultuoso, en el que la volatilidad económica generaba revueltas populares que amenazaban la estabilidad de la transición.

Notas

[1] Erik Brodsgaard & Rutten, K. From Accelerated Accumulation to Socialist Market Economy in China, Brill, 2017, p. 4.
[2] Sun Laixiang, Aggregate Behaviour of Investment in China, 1953-96: An Analysis of Investment Hunger and Fluctuation, Palgrave, 2001, pp. 209-210.
[3] Ibid.
[4] No obstante, el crecimiento dirigido por la inversión ha sido la norma tanto antes como durante el periodo de reforma, en el que las inversiones en manufacturas siguieron siendo una parte del PIB extremadamente alta comparada con otros países.
[5] Anthony Tang, “Agriculture in the Industrialization of Communist China and the Soviet Union,” Journal of Farm Economics 49(5), 1967: pp. 1118-1134.
[6] Brown, p. 35.
[7] Barry Naughton, The Chinese Economy: Transitions and Growth, MIT Press, 2007, p. 272 y capítulo 2. Véase también Richard von Glahn, The Economic History of China: From Antiquity to the Nineteenth Century, Cambridge University Press, 2016, capítulos 7 y 8.
[8] Hill Gates, China’s Motor: A Thousand Years of Petty Capitalism, Cornell University Press, 1996, p. 29.
[9] William A. Byrd and Qingsong Lin, China’s Rural Industry: Structure, Development, and Reform, Oxford University Press, 1990, p. 9.
[10] “Sorgo y acero” p. 79.
[11] Naughton 2007, p. 272.
[12] Byrd y Lin 1990, p. 9.
[13] Un tercer objetivo inicial, abandonado más tarde junto con el primero, era ayudar a hacer que las nuevas “comunas populares” agrarias fuesen más autosuficientes como parte de la “transición al comunismo” al aumentar su capacidad de producir no solo acero y grano para los soldados de China y los trabajadores urbanos, sino también bienes de consumo para su uso en el campo. No es soprendente que este último objetivo se utilizase más como retórica que en la realidad como algo a destacar más después de que los dos primeros objetivos de desarrollo nacional hubiesen sido conseguidos, pero esto no ha impedido más tarde a los ideólogos promercado citar su fracaso como una lección contra la temeridad de la política utópica.
[14] Carl Riskin, China’s Political Economy: The Quest for Development Since 1949, Oxford University Press, 1987, pp. 125-126. Para un relato detallado de cómo resultó esto en una comuna de Sichuan véase Stephen Endicott, Red Earth: Revolution in a Chinese Village, I. B. Tauris, 1988, capítulo 6.
[15] Byrd & Lin 1990, p. 10.
[16] Dong, Qi y Murakami, Tomoaki and Nakashima, Yasuhiro, “The Recalculation of the Agricultural Labor Forces in China” (July 14, 2015). Available at SSRN: https://ssrn.com/abstract=2630513 or http://dx.doi.org/10.2139/ssrn.2630513, p. 11-12.
[17] Endicott 1988, pp. 52 & 57.
[18]  “Sorgo y acero,” p. 80, y Gail Hershatter, The Gender of Memory: Rural Women and China’s Collective Past, University of California Press, 2011, pp. 138 y 265.
[19] Chenggang Xu y Xiaobo Zhang, The Evolution of Chinese Entrepreneurial Firms: Township-Village Enterprises Revisited, International Food Policy Research Institute, 2009, p. 2.
[20] Chris Bramall, Chinese Economic Development, Routledge, 2009, p. 269.
[21] Dong, Murakami, y Nakashima 2015, pp. 11-12.
[22] Chris Bramall, The Industrialization of Rural China, Oxford University Press, 2007, p. 9.
[23] Anita Chan, Richard Madsen y Jonathan Unger, Chen Village: Revolution to Globalization, University of California Press, 2009; David Zweig, Agrarian Radicalism in China, 1968-1981, Harvard University Press, 1989, pp. 56-57.
[24] Dali L. Yang, Calamity and Reform in China, Stanford University Press, 1996, p. 105; Kenneth R. Walker, Food Grain Procurement and Consumption in China, Cambridge University Press, 1984.
[25] Joshua Eisenman, Red China’s Green Revolution: Technological Innovation, Institutional Change, and Economic Development Under the Commune, Columbia University Press, 2018, p. 262.
[26] J. L. Enos, “Commune- and Brigade-Run Industries in Rural China,” en Institutional Reform and Economic Development in the Chinese Countryside, editado por Keith Griffin, M.E. Sharpe, 1984, pp. 240-241.
[27] Bramall 2007, p. 19.
[28] Ibid., p. 21.
[29] Ibid.
[30] Byrd & Lin 1990, p. 10.
[31] Bramall 2009, p. 270.
[32] Ibid.
[33] Bramall 2007, p. 21.
[34] Ibid.
[35] Bramall 2009, p. 269.
[36] Bramall 2007, p. 22.
[37] Ibid., p. 23; Bramall 2009, p. 270.
[38] Enos 1984, p. 241.
[39] Endicott 1988, p. 88.
[40] Mark Selden, The Political Economy of Chinese Development, M.E. Sharpe 1993, pp.174-175
[41] Kam Wing Chan, “Fundamentals of China’s Urbanization and Policy,” The China Review, Volumen 10, Nº 1, Primavera 2010, pp.63-94
[42]El rango de esta cifra se debe en buena parte a la cuestión de si se deben incluir o no los subsidios en la medida. Si se comparan solo los salarios nominales, la diferencia entre los ingresos rurales y urbanos se situa entre 2 y 4:1, pero si se incluyen los subsidios (y nosotros defendemos que debe hacerse) la diferencia real en “ingresos” como medida de la capacidad de consumo total se situa más cerca de 5 o 6:1. Para una revisión de las diferentes medidas véase Selden 1991. p. 170
[43] Wu 2014, p.25, Figura 1
[44] Michael Frazier, The Making of the Chinese Industrial Workplace: State, Revolution and Labor Management, Cambridge University Press, 2002. p.255
[45] Selden 1993, p.175
[46] Naughton 2007, pp.74-76
[47] Véase la Figura 2 arriba, así como Naughton 2007, p.57, Figura 3.1. Los datos de Naughton terminan en 2004, pero se pueden comparar con la medición del Banco Mundial de la Formación de Capital Bruto como parte del PIB, disponible en : <http://data.worldbank.org/indicator/NE.GDI.TOTL.ZS?locations=CN>
[48] Es igualmente importante destacar que escribimos específicamente acerca de China, y nuestras conclusiones sobre la naturaleza del régimen de desarrollo no se pueden transferir simplemente de manera indiscriminada a otros países en el bloque socialista. Esto, no obstante, es lo que han hecho exactamente muchos estudiosos, solo que al revés, usando sus conclusione sobre la URSS para predeterminar su visión de China u otros países socialistas. No debería ser necesario decir, sin embargo, que la experiencia histórica de países tan diversos como Yugoslavia, Vietnam, Cuba y Tanzania, aunque todos ellos “socialistas”, habrá creado crisis locales distintas enraizadas en condiciones locales, y cada uno de ellos por tanto tenía una posición única en relación a las crisis del bloque socialista en general. Para nuestras conclusiones sobre China, véase “Sorgo y acero”.
[49] Las guerras por delegación en Asia, África y Oriente Medio eran también, por supuesto, efectos de la Guerra Fría, pero eran una dimensión de su carácter global, solo vagamente unidas en frentes geográficos –y el fracaso en estos territorios no amenazaba la seguridad fundamental de China y la URSS, de lejos las dos mayores potencias socialistas–.
[50] Lorenz Luthi, “Chapter 3: Mao’s Challenges, 1985,” The Sino-Soviet Split: Cold War in the Communist World, Princeton University Press, 2008.
[51] Michael S. Gerson, “The Sino-Soviet Border Conflict: Deterrence, Escalation, and the Threat of Nuclear War in 1969,” Center for Naval Analyses, Noviembre 2010. p.16
[52] Ibid, pp.16-20
[53] Andrew Scobell, China’s Use of Military Force: Beyond the Great Wall and the Long March, Cambridge University Press, 2003. p. 15
[54] Bovingdon 2010, pp.39-45
[55] Ibid, pp.44-45
[56] Véase: Yiching Wu, The Cultural Revolution at the Margins: Chinese Socialism in Crisis, Harvard University Press, 2014.
[57] Véase Naughton 2007.
[58] Doug Bandow, “A Nixon Strategy to Break the Russia-China Axis,”  The National Interest, 4 January 2017. <http://nationalinterest.org/blog/the-skeptics/nixon-strategy-break-the-russia-china-axis-18946?page=show>
[59] Véase: Barry Naughton, Growing out of the Plan: Chinese Economic Reform (1978-1993), Cambridge University Press, 1996.
[60] La evolución de la cuestión de género bajo el régimen de desarrollo (y hasta hoy) es un tema que merece una investigación mucho más centrada, algo que esperamos explorar en el futuro. Baste decir aquí que la visión inicial de la total abolición del matrimonio hacía mucho que había sido abandonada en los años 70, y el partido de hecho ayudaba a reformar y controlar la familia, de forma que personas que rechazaban casarse eran a veces castigados. Para más sobre esto, véase: Margery Wolf and Roxane Witke (Eds.), Women in Chinese Society, Stanford University Press, 1975; Tani E. Barlow, The Question of Women in Chinese Feminism, Duke University Press, 2004; Hershatter 2011.
[61] Aún no hemos discutido los sucesos en  el Tibet con detalle, pero para Xinjiang, véase nuestro artículo en este número [de su página web]: Adam Hunerven, “Spirit Breaking.”
[62] Esta visión de “etapas” históricas dentro, antes y después del capitalismo se convirtió en una característica central de muchas escuelas de marxismo tras la muerte de Marx. En sus propios escritos, el concepto es a menudo secundario y no particularmente bien desarrollado. Pero determinar la “etapa” nacional de desarrollo era un gran foco de debates en la estrategia revolucionaria en lugares como Rusia, China y Japón en las primeras décadas del siglo XX, llevando también a distorsiones como la teoría de Preobrazhensky de la “acumulación socialista primitiva”, justificando la colectivización violenta en el campo.
[63] Esta posición fue popularizada inicialmente por David Harvey, y es hoy el postulado teórico central de muchos programas políticos basados en la defensa, recuperación o expansión de supuestos “comunes”.
[64] Para más sobre la teoría de acumulación original como un proceso continuo, véase el trabajo de Werner Bonefield, particularmente el capítulo 4 de su Critical Theory and the Critique of Political Economy, Bloomsbury, 2014.
[65] “Sorgo y acero” y su concepto de “régimen socialista de desarrollo” eran críticas implícitas de las diversas teorías según las cuales todos estos régimenes eran simples variaciones de capitalismo (ya sea “capitalismo de estado”, “capitalismo burocrático”, la descripción de Bordiga de la URSS como simple “capitalismo ruso”, o el concepto de Aufheben de “la deformación de valor”). Más que resumir estos debates, simplemente queríamos presentar nuestra propia visión de la experiencia específicamente china, y el artículo de hecho era el resultado de unos diez años de combate con estas teorías. Varios lectores han dado por descontado que esta presentación reflejaba una falta de familiaridad con tales teorías, pero nuestro relato no pretende abordar los muchos otros regímenes que se llamaron a sí mismos “socialistas”. Un puñado de obras han intentado ocuparse de China directamente (en concreto los trabajos de Loren Goldner y Elliot Lu) y les remitimos a estos. Pero muy pocos fueron formulados con China en su mente y, al final, mantenemos que no se puede entender la historia china estudiando la rusa.
[66] Sobre estas tendencias en los 70, véase la sección cuarta de “Sorgo y acero” y el capítulo 7 de Cultural Revolution at the Margins de Yiching Wu.
[67] Naughton 2007, p.77
[68] Jackie Sheehan, Chinese Workers: A New History, Routledge, 1998. pp.144-145
[69] Anita Chan, Stanley Rosen y Jonathan Unger, Eds., On Socialist Democracy and the Chinese Legal System, Routledge 1985. pp.1-20
[70] Chan et. al. 1985, p.9 y Sheehan 1998, p.146
[71] Sheehan 1998, p.146
[72] ibid, pp.146-149
[73] Para más detalles sobre la historia del “economicismo” tanto como un aspecto de la protesta obrera en la era socialista y como un término utilizado para desacreditar la agitación, véase:: Sheehan 1998 y Wu 2014.
[74] Sheehan, pp.148-151
[75] Ibid, p.150
[76] Ibid, p.154
[77] ibid, pp.160-163
[78] Esto era particularmente prominente en el trabajo de teóricos como Wang Xizhe. Véase: Chan et. al. 1998.
[79] Sheehan, p.155, p.167 y pp.192-193
[80] Dali Yang, Calamity, 108.
[81] Ibid., p. 123.
[82] Ibid., p. 108.
[83] Zweig 1989, p. 71.
[84] Frederick C. Teiwes y Warren Sun, Paradoxes of Post-Mao Rural Reform: Initial Steps Toward a New Chinese Countryside, 1976-1981, Routledge, 2015, pp. 203-204.
[85] Véase también Sun Laixiang 2001.
[86] Griffin y Griffin en Griffin ed. 1984, p. 211.
[87] Zweig 1989, p. 71; también Rural Capital Construction numbers—China Data tables.
[88] CIA, “China Provincial Grain Production,” 1982, <https://www.cia.gov/library/readingroom/docs/CIA-RDP83B00227R000100070005-7.pdf>; Teiwes y Sun 2015, p. 203; Zweig 1989, p. 71.
[89] Li, Yuxuan, Weifeng Zhang, Lin Ma, Liang Wu, Jianbo Shen, William J. Davies, Oene Oenema, Fusuo Zhang, y Zhengxia Dou. “An Analysis of China’s Grain Production: Looking Back and Looking Forward.” Food and Energy Security 3, no. 1 (1 de marzo, 2014): 19–32. <https://doi.org/10.1002/fes3.41>.
[90] Teiwes y Sun 2015, p. 203.
[91] Sicular, Terry. “Grain Pricing: A Key Link in Chinese Economic Policy.” Modern China 14(4), 1988:, p. 486.
[92] Teiwes y Sun 2015,, p. 119.
[93] Sicular, “Grain Pricing,” 1988, p. 478.
[94] Teiwes y Sun 2015, pp. 150-151.
[95] Ibid., p. 152.
[96] Ibid., p. 203.
[97] Adjit Ghose en Griffin ed. 1984, p. 211; Teiwes y Sun 2015, p. 151.
[98] Teiwes y Sun 2015,  p. 163.
[99] Así, aunque no es una sorpresa la difusión del sistema de responsabilidad familiar en una provincia menos desarrollada como Guizhou, también se extendió en áreas donde la economía colectiva funcionaba mucho mejor, como Guangzhou. La velocidad con la que fue adoptada provincialmente, sin embargo, fue muy variada. Véase Teiwes y Sun 2015, pp. 159-164.
[100] Jonathan Unger, The Transformation of Rural China, M.E. Sharpe, 2002, p. 102.
[101] Ibid., p. 100.
[102] Sicular, “Grain Pricing,” 1988, p. 469.
[103] Ibid., p. 470.
[104] Sicular, Terry. “Agricultural Planning and Pricing in the Post-Mao Period.” The China Quarterly, no. 116, 1988: p. 694.
[105] Sicular, “Grain Pricing,” 1988, pp. 470-473.
[106] Sicular, “Agricultural Planning,” 1988, pp. 695-696.
[107] Ibid., p. 696-697.
[108] Bird & Lin 1990, p. 10. Según Enos (1984, p. 225), ya era común que las ECB hicieran ambas cosas (procesar productos agrícolas y producir componentes industriales para empresas estatales) tan pronto como en 1975. Como no era recomendado oficialmente, y en muchos casos estaba prohibido y restringido hasta 1978, esta observación puede tomarse como otra evidencia de la iniciativa local con la que la política oficial se veía forzada a ponerse al día –como la reorientación de algunas ECB hacia mercados de consumo urbano interrumpida en 1967-1968, mencionada más arriba.
[109] Enos 1984, p. 241.
[110] Byrd & Lin 1990, p. 11.
[111] Griffin y Griffin, en Griffin ed. 1984, p. 216.
[112] Ibid., p. 217.
[113] Ibid.
[114] Ibid. p.218.
[115] Byrd & Lin 1990, p. 11.
[116] En consonancia, Byrd & Lin traducen xiangzhen qiye como “empresas rurales no estatales,” pero nosotros hemos decidido conservar el más común “Empresas de Ciudad y Pueblo”, a no ser que parezca que nos estamos refiriendo a algo más. Téngase en cuenta que esta categoría también incluye empresas cuyo propietario eran equipos de producción y cualquier otra combinación de colectivo rural o propietarios individuales bajo el nivel de gobierno de condado –como las ECB habían llegado a abarcar de forma no oficial a principios de los 80. No sería hasta mediados de la década de los 90 que las empresas privadas rurales fueron oficialmente contrastadas con las colectivas –ahora la forma preferida de propiedad, considerando que las colectivas era más probable que se hiciesen ineficientes, nepotistas, etc.
[117] David Zweig, “Internationalizing China’s countryside: the political economy of exports from rural industry,” The China Quarterly 128, 1991, p. 719.
[118] Ibid.
[119] Byrd & Lin 1990, p. 11.
[120] Daniel Buck, Constructing China’s Capitalism: Shanghai and the Nexus of Urban-Rural Industries, Palgrave Macmillan, 2012. Esto se discute con más detalle debajo, en la sección sobre el nexo EPE-ECP.
[121] Naughton 1996, pp.80-82, Figure 2.2
[122] Ibid, p.82
[123] Gary H. Jefferson y Thomas G. Rawski, “Enterprise Reform in Chinese Industry,” en Ross Garnatu y Yiping Huang, eds., Growth Without Miracles: Readings on the Chinese Economy in the Era of Reform, Oxford University Press 2001. p.246.
[124] Naughton 1996, p.83
[125] Naughton 2007, p.300, table 13.1
[126] Jefferson y Rawski 2001, p.247
[127] Naughton 1996, pp.101-103
[128] Ibid, pp.117-119
[129] Jefferson y Rawski, 2001, p.249
[130] Naughton 1996, p.106, Figure 3.2
[131] Zweig 1991, p. 717-718.
[132] Ibid., p. 721.
[133] Citado en ibid., p. 721-722.
[134] Citado en ibid., p. 722.
[135] Ibid., p. 727.
[136] Ibid., p. 734.
[137] Bramall 2007, pp. 60-70; Buck 2012, pp. 13-15; Lin 1997, p. 127.
[138] Bramall 2007, pp. 64-65.
[139] Ibid.
[140] Rui 2004, pp. 2-3.
[141] Ibid., p. 4.
[142] Ibid., p. 6.
[143] Ibid., p. 7.
[144] A las cuatro de arriba, se podrían condensar varios otros patrones de industria rural en un quinto para describir aquellas partes de China central y occidental cuyas ECP siguieron siendo predominantemente colectivas, usando trabajo y capital local para procesar productos agrícolas y manufacturar insumos agrícolas y bienes de consumo para el mercado doméstico. Como el patrón Pingding, no fue nunca promovido oficialmente como un modelo nacional, y en su mayor parte se desmoronó en el impulso nacional de privatización de industrias colectivas a finales de la década de los 90, aunque unos pocos colectivos siguieron y consiguieron sobrevivir encontrando su nicho de mercado. Un ejemplo destacado es la aldea de Nanjie en Henan, que ha sido defendida por muchos izquierdistas como el último bastión del socialismo chino y un modelo alternativo a la empresa capitalista. Sin embargo, su éxito ha sido posible solo por el generoso apoyo del Banco Agrícola de China y la explotación de trabajadores no locales, que suponen dos tercios de la fuerza de trabajo y hacen buena parte del trabajo manual para las veintitantas empresas de la aldea sin disfrutar de ninguno de los beneficios disfrutados por los aldeanos. Véase el número 1 de China Left Review, 2008.
[145] Para una visión general de estas discusiones políticas de la década de los 90 sobre las ECP, véase el capítulo 3 de Alexander Day, The Peasant in Postsocialist China, Cambridge University Press, 2013.
[146] Buena parte de esta sección está extraída de Buck 2012, fuente del término “nexo EPE-ECP.”
[147] Buck 2012, p. 187.
[148] Ibid. p. 26.
[149] Ibid., p. 14.
[150] Ibid., p. 27.
[151] Ibid.
[152] Ibid., p. 81
[153] Estas industrias eran máquinas de coser, bicicletas, motocicletas, automóviles, neveras e instrumentos de medida. Ibid. p. 5 y 132.
[154] Ibid., p. 191.
[155] El concepto de “abstracción real” es central en el método de Marx y el reconocimiento más claro de esto se le concede normalmente a la obra de Alfres Shon-Rethel de 1977 Intellectual and Manual Labor. Esta misma popularidad en las camarillas marxistas de finales del siglo XX, sin embargo, llevaron a un mal uso extremo, guiado por las modas temporales de la alta filosofía. En años recientes han surgido varios intentos de recentrar el concepto en términos clasicamente marxistas. Un buen resumen contemporáneo del uso de abstracciones reales de Marx y su conexión con el proceso de intercambio se puede encontrar en: Ray Brassier, ‘Concrete-in-Thought, Concrete-in-Act: Marx, Materialism and the Exchange Abstraction’ in Crisis and Critique, Vol. 5, No.1, 2018.
[156] Sin embargo, este ha sido un punto polémico en algunas escuelas de marxismo. Véase, por ejemplo: Elena Louisa Lange, “Failed Abstraction: The Problem of Uno Kōzō’s Reading of Marx’s Theory of the Value Form”, Historical Materialism 22.1, Brill, Leiden, pp. 1–31.
[157] Para más detalles sobre esto la escuela de “teoría de la forma valor” se ha vuelto lo suficientemente coherente en los estudios anglófonos como para ser un punto de referencia distintivo. Esta es una categoría amplia, sin embargo, incluyendo la obra temprana de Isaak Rubin, the Neue MarxLektüre in Germany, así como el trabajo de ciertas corrientes teóricas ultraizquierdistas francófonas y anglófonas. Una buena fuente entre muchas esla obra de Michael Heinrich An Introduction to the Three Volumes of Marx’s Capital, Monthly Review Press, 2012.
[158] Naturalmente han existido históricamente otros tipos de intercambio de mercado, siendo los más relevantes aquí los extensos mercados principalmente rurales que dominaron el territorio continental del este de Asia desde la época medieval hasta los Qing. La producción para estos mercados estaba dominada por formas artesanas de trabajo, generalmente llevadas a cabo por campesinos de subsistencia vendiendo el excedente de bienes agrícolas o productos hechos en casa. Para la inmensa mayoría de la población, la subsistencia era un asunto de producción agrícola local, más que de salario. Se puede defender que hubo uno o dos periodos, durante los Song del Sur y los primeros Ming, en los que las relaciones locales de mercado empezaron a extenderse a la agricultura, liberando una parte substancial de la fuerza de trabajo para la producción por salario en centros urbanos y abirendo por tanto un potencial para la transición al capitalismo. Para nuestro propósito, podemos simplemente notar que esta transición nunca se produjo. No hubo tradición “capitalista” nacional anterior a los últimos Qing. Para una visión general de este debate y una explicación de cómo funcionaban los mercados en la zona continental del este de Asia precapitalista, véase Richard Von Glahn, The Economic History of China: From Antiquity to the Nineteenth Century, Cambridge University Press, 2016.
[159] Jefferson y Rawski, 2001, p.252
[160] Esta visión estuvo modelada sobre la experiencia de Yugoslavia, y al nivel teórico tiene un parecido sustancial con el anarquismo de Pierre Joseph Proudhon. Véase: Sheehan, 1998, pp.144-145.
[161] Naughton 1996, p.98

Traducción de Carlos Valmaseda

Fuente: http://chuangcn.org/journal/two/red-dust/borders/

Un comentario en “Polvo rojo: la transición al capitalismo en China (III): Fronteras: condiciones internas en los años 60-80

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