Sobre el drama sureño

Cristina García

El drama sureño (también llamado southern gothic) es un subgénero literario y cinematográfico que floreció durante el siglo XX, como bien indica su nombre, en la mitad sur de Estados Unidos. Heredero de la derrota militar y moral del Sur, retrata las confrontaciones y cambios sociales que transformaron para siempre el mundo. Heredero, también, de la novela gótica inglesa y americana, hace suyo el lenguaje del pánico y la ansiedad irracional; si bien es cierto que en Estados Unidos no existían viejos castillos, sí que había plantaciones en quiebra y deterioradas mansiones que no eran, bajo ningún concepto, edénicos jardines agrarios.

La lista de escritores es tan extensa como imprescindible: el maestro Tennessee Williams; el Nobel William Faulkner; la también premiada Harper Lee; la primera mujer negra en recibir un Nobel Toni Morrison; la prolífica Flannery O’Connor; incluso los cuentos de la lúcida ama de casa Shirley Jackson. Hay muchos más, y todos ellos son, todavía hoy, una lección narrativa de elegancia, realismo y crudeza; también lo son por lo que respecta al arte de registrar los cambios en la vida cotidiana como correlato de cambios universales, y exponerlos a la luz del día.

“Siempre que me preguntan por qué los escritores sureños en particular tendemos a escribir sobre monstruos yo digo que es porque aún tenemos la capacidad de reconocerlos. Para poder reconocer un monstruo necesitas tener una concepción del hombre en su totalidad”, escribía Flannery O’Connor, máxima exponente del llamado southern grotesque. Atmósferas angustiantes y misteriosas, siempre con un punto de cercanía y familiaridad; personajes que se lanzan a la aventura y a la ruptura de cualquier vínculo antiguo, otros que no aceptan los cambios del mundo (algunos por reaccionarios y otros por lucidez), también los hay que se caracterizan por su inocencia y desorientación, personalidades a veces necias, a veces símbolo de impotencia frente a un mundo que les pasa por encima.

Y es que, en el drama sureño, los personajes deben decidir gravemente si obrar bien o mal, pero se trata de un bien y un mal contradictorios y en redefinición, disputados por voluntades y proyectos distintos. Plantaciones vendidas a magnates, ganado enfermo y alcoholismo, violencia racista, puritanismo, furia masculina frente a la miseria y mujeres desequilibradas, descapotables en la niebla y mansiones en ruinas, soledad y familias enfrentadas, son algunos de los escenarios habituales con los que el drama sureño desafía al sueño americano, evidenciando los costes y los extravíos del progreso.

Entre tanta perdición, también quedan espacios para el amor sincero – correspondido o no -, para la honestidad – con consecuencias trágicas o salvadoras – y para la dignidad de aquellos pocos que defienden, a contracorriente, formas de vida familiar sencillas y reconciliadas.

Tal y como se ha mencionado anteriormente, la literatura del drama sureño inspiró a directores cinematográficos, produciendo grandes clásicos como Matar a un ruiseñor (1962), Piel de serpiente (1960), La rosa tatuada (1955), Un tranvía llamado deseo (1951), La gata sobre el tejado de zinc (1958), La noche de la iguana (1964), Dulce pájaro de juventud (1962) o Largo y cálido verano (1958). A continuación, dos breves reseñas de filmes clasificados como dramas sureños, con Paul Newman como nexo conductor.

Hud (1963) de Martin Ritt

Durante la gran depresión, un jugador de fútbol americano llamado Martin Ritt decidió dedicarse al mundo de la creación teatral, pues éste le permitía comprender mejor el mundo y expresar mejor sus sentimientos y reflexiones. A finales de los años 50, pasada la caza de brujas en Hollywood, Ritt, que había mantenido estrechas relaciones con el Partido Comunista, comenzó una notable carrera como director cinematográfico.

La premiada Hud parte de un ambiente doméstico: todo el ganado de una granja familiar debe ser sacrificado por enfermedad, destino al que el padre (Homer), un hombre sencillo pero con un gran sentido de la responsabilidad, se somete sin vacilaciones. El hijo, llamado Hud (encarnado magistralmente por Paul Newman), es un joven que tiene como prioridades vitales pasear en su descapotable, seducir y acosar a mujeres y beber en fiestas hasta perder el control. Tratando sin éxito de convencer a su padre para que venda el ganado antes de que lleguen los veterinarios estatales, su principal objetivo consistirá en barrer a su progenitor para poder vender la granja a los empresarios que buscan petróleo bajo la tierra. Y en mitad de esta lucha entre lo viejo y lo nuevo, dos personas: la criada, Alma Brown (representada por la ganadora del Óscar a la mejor actriz principal y de otros premios por dicho papel, Patricia Neal), una mujer lúcidamente víctima pero que sabe cuidar y querer todavía, y el sobrino adolescente, Lon, que se debate entre las admiraciones contradictorias sentidas hacia su primo Hud y hacia su tío Homer.

La encarnizada lucha familiar queda servida, dispuesta con un distinguido blanco y negro y un guión extraído del novelista Larry McCurthy, en el que aparecen proféticas intervenciones como esta:

“A ti no te importa la gente, Hud, no te importa en absoluto. Tienes encanto, y eso hace que los jóvenes quieran ser como tú. Es una pena porque tú no valoras nada, no respetas nada. No controlas tus apetitos en absoluto. Vives solo para ti mismo. Eso te convierte en alguien con quien no se puede convivir. Poco a poco, la faz del país cambia debido a los hombres a los que admiramos. Pronto llegará el día en el que tendrás que decidir qué está bien y qué no.”

El efecto de los rayos gamma sobre las margaritas (1972) de Paul Newman

Diez años después de actuar como protagonista en Hud, Paul Newman vuelca todo su bagaje de drama sureño dirigiendo El efecto de los rayos gamma sobre las margaritas, a partir de una novela de Paul Zinder (ganadora del premio Pulitzer). Se trata de una película de opresiva vida familiar, deslumbrantemente conducida por las actuaciones de la gran Joanne Woodward (esposa de Newman y mejor interpretación femenina en el Festival de Cannes) y de las niñas Nell Newman y Roberta Wallach.

En este caso, los conflictos ya no son los de la primera mitad del siglo XX. La película está rodada en color, dentro de una caótica casa unifamiliar con televisores y comida en conserva.

Una madre abandonada por su marido, histérica y sin más ingresos económicos que los de la exasperante venta telefónica y los que le proporciona alquilar una habitación a ancianos moribundos, siente en sus carnes cómo se desvanece la guapa animadora con promesas de amor y de vida acomodada que fue alguna vez. Sus hijas representan las dos posibilidades: una de ellas reproduce las aspiraciones maternas, no sin horror, y la otra representa una especie de freak, desaliñada y disciplinada en su obsesión por el estudio de las ciencias naturales, hecho que le hará merecer constantes menosprecios por parte de su madre y su hermana mayor.

Sin ninguna intención de desvelar el final de esta historia de miseria y supervivencia, con toques agudos de humor y también de esperanza, no tiene pérdida el último discurso que nos regalará la pequeña niña científica sobre las mutaciones producidas en su cultivo de margaritas. Algunas de esas mutaciones serán impresionantes, otras aberrantes, todas bien reales y producto nuestro.

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