Antonio Labriola: recuperando un clásico revolucionario

Cristina García y Gerard Marín

1. Traducir a Labriola hoy

Antonio Gramsci se interrogaba, en sus Cuadernos de la cárcel, sobre la posibilidad de “traducibilidad” de la experiencia de la Revolución Rusa en Italia. Una reflexión paralela, pero quizás pasada por alto, había sido planteada extensamente ya, décadas antes, por Antonio Labriola. En sus cartas a Georges Sorel, unidas en forma de libro y tituladas Conversando de socialismo y filosofía (El Viejo Topo, 2020), Labriola respondía al filósofo francés, que expresaba en un Prefacio reciente a otras de sus obras su queja por la proliferación de los prejuicios acerca del pensamiento de Marx en Francia, todavía muy desconocido, prejuicios que engendraban objeciones desatinadas y dificultaban su arraigo y el desarrollo de los movimientos populares. «¿Cómo debo hacer -se preguntaba a su vez Labriola- para que las cosas que explico no parezcan incomprensibles, extrañas y raras a los lectores italianos? ¿Cómo salvar las distancias de las “formas y modos nacionales” del momento, manteniendo al mismo tiempo “los efectos de la insinuación, el poder de persuasión” y la fidelidad al proyecto y propósito originales?» (Carta IV)

Antonio Labriola murió un 12 de febrero de 1904. Tras más de cien años de su desaparición, resulta un autor desconocido para el grueso de la militancia de izquierdas en nuestro país. A veces, su nombre se asocia, dentro de la tradición revolucionaria, al de uno de los maestros de Antonio Gramsci, o como el acuñador del término “filosofía de la praxis” en referencia a la aportación teórica de Marx, o, quizás, como el “primer” marxista italiano. Todas ellas son etiquetas abstractas, sin contenido real, y cubiertas de polvo, como pertenecientes a un pasado alejado de las contradicciones de nuestro presente. En este sentido, la decisión de El Viejo Topo de volver a editar esta obra podría parecer de anticuario. Sin embargo, su lectura (con una nueva presentación y traducción a nuestra lengua a cargo de Nando Zamorano) convence de lo contrario; pues no sólo permite comprender la profundidad y sentido de su influencia en el pasado –y no sólo en Gramsci, sino en buena parte del marxismo del siglo XX–, sino, también, las razones de fondo de esa influencia. Razones que siguen siendo fértiles en nuestro presente, y que convierten a Labriola en un clásico. Con esta reseña queremos contribuir a mostrar, pues, la importancia y la vigencia de su aportación por sí misma: cómo, y por qué, creemos que es posible “traducir” a Labriola hoy.

2. Labriola en la tradición marxista

Uno de los aspectos en que se desarrolló la preocupación de Labriola por la comprensión adecuada del sentido y la realidad de la “obra” de Marx y Engels fue su exigencia de enmarcarla en el contexto de su realización y publicación. En el mismo momento en que se estaba “inventando” –según diría Montserrat Galcerán–, eso que se llama todavía marxismo, Labriola insistía en que, para no malinterpretar los escritos de los fundadores del materialismo histórico, era necesario relacionarlos con y explicarlos a través de sus biografías: sólo así podría ser posible considerarlos como lo que eran, “fragmentos” de una “ciencia y de una política” “en continuo desarrollo” y en relación directa con la “génesis del socialismo moderno”. Pues, a excepción de textos como El Capital o el Anti-Dühring, Marx y Engels nunca pretendieron hacer el libro, y jamás ofrecieron, como desde un pedestal, exposiciones sistemáticas de su doctrina, válidas para siempre, ni proyectos políticos acabados: fueron «críticos y polemistas no solamente en lo que escribieron, sino también en la manera de obrar […] explicaban teóricamente y ayudaban prácticamente a la nueva política que el nuevo movimiento obrero» indicaba y precisaba. (Carta III)

Y lo cierto es que, en el caso de su propia biografía y “obra” marxista, que elaboró en apenas los últimos quince años de su vida, puede decirse que Labriola siguió firmemente estas ideas: tras su largo período filosófico hegeliano, que brotó y se nutrió de la extraordinaria escuela de Nápoles, capitaneada por los hermanos Spaventa, Labriola quedó convencido de la esterilidad de las disputas propias de la academia, y enfocó por entero sus energías intelectuales hacia los movimientos populares de su país. Ofreció sus reflexiones de forma predominantemente oral, en sus clases y conferencias, o en los espacios de discusión de los movimientos políticos, donde existía la posibilidad del diálogo. Incluso puede aventurarse que la mayor parte de su producción teórica escrita mantuviera este contenido dialógico, a través de cartas, como en el caso del libro que nos ocupa. Y el resto de sus textos escritos, en gran parte derivado de esos diálogos, vería la luz en revistas y periódicos, condenados rápidamente al olvido o a la desaparición, o se acumularían en cajones, que sólo personas como Benedetto Croce, amigo próximo y apasionado alumno, le convencería algunas veces de editar. Su modestia política se unía a su concepción de la pedagogía social: su deseo de librarse «de la obligación de la prosa cerrada y concisa» se debía a que las ideas, «en el curso de una conversación o de una enseñanza sostenida con verdadera virtud didáctica, tienen siempre más eficacia intuitiva por el efecto de esta dialéctica natural, que es propia de aquellos que están tratando de buscar por sí mismos o de insinuar a los demás la verdad por primera vez.» (Carta I)

Esto no implica que, por otro lado, Labriola no considerara de idéntica importancia para la comprensión del proyecto de Marx y Engels un riguroso conocimiento “textual” de toda su obra escrita en relación con la política. Al contrario: en las páginas de Conversando de socialismo y filosofía puede observarse su insistencia en la necesidad de disponer ampliamente de una edición completa y crítica, «acompañada en cada caso de prefacios explicativos, de índices de referencia, de notas y de indicaciones» de esas obras, para que ellas pudieran hablar “directamente” a quienes desearan leerlas. Y de hacerlo, además, a un precio asequible a la mayoría de los lectores. Sus reflexiones sobre la traducibilidad debían también entenderse en este sentido. Y es que, a finales del siglo XIX, la disponibilidad de las obras de Marx y Engels era mínima, y textos como La sagrada familia o Miseria de la filosofía, conocidos sólo de oídas, tomaban en general un halo “mítico”. Este hecho causaba que las vulgarizaciones y manipulaciones de pensadores malintencionados o simplemente ignorantes que se decían seguidores del marxismo pudieran campar a sus anchas.

La lucha filosófica en concreto contra estas malinterpretaciones ocupa, de hecho, buena parte de las reflexiones de Labriola en Conversando de socialismo y filosofía: a lo largo de sus páginas, por ejemplo, atacó a aquellos que, constatando la ausencia de respuestas del marxismo a ciertos aspectos de la realidad, pretendían «completar a Marx con tal o cual cosa», o conciliarle con «tal o cual filósofo»[1], hecho que acababa produciendo un cuerpo de pensamiento incoherente; o bien, denunció profusamente el darwinismo vulgar, cuya noción de la ciencia y la evolución había penetrado en el seno del marxismo y transformado el materialismo histórico en una doctrina que rechazaba la filosofía y concebía el mundo humano de forma económicamente determinista. (Carta V)

Las razones de la desaparición de Labriola de la tradición popular marxista y socialista, pese a su lectura por parte de las grandes personalidades del movimiento –Plekhanov, Lenin, Trotsky– y los intentos puntuales de revivir parte de sus ideas o proyecto –Lukács, Korsch, Gramsci, Kosík–, de hecho, pueden relacionarse directamente con todas estas problemáticas. Pues, en general, en el marxismo del siglo XX, que Labriola sólo pudo vivir en sus albores, se hicieron hegemónicas las tendencias que él criticó. Por un lado, los textos de Marx y Engels fueron en muchas ocasiones publicados de forma selectiva, de acuerdo con las intenciones políticas del editor (algo que Engels, por otro lado, ya había denunciado antes de morir, en 1895), cuando no directamente manipulados[2]. Además, se olvidó la necesidad de considerar la génesis de las opiniones de Marx y Engels, que se tendieron a interpretar como la última palabra acerca de todos los hechos incluso en sus pasos más circunstanciales. Por otro lado, las concepciones deterministas del marxismo, que de diverso modo conducían mecánicamente a la revolución y la superación del capitalismo, se hicieron imperantes al menos hasta la implosión de la URSS, cuando quedaron definitivamente claras para la mayoría sus fallas explicativas. En tal marco, las propuestas de Labriola debían ser, por la fuerza, no ya aborrecibles o inservibles, sino directamente incomprensibles.

Antonio Gramsci o Costanzo Preve explicaron posteriormente con precisión este devenir. Escribiría el primero, por ejemplo, en los Cuadernos: «la misma filosofía de la praxis tiende a convertirse en una ideología en el sentido peyorativo, es decir, en un sistema dogmático, de verdades absolutas y eternas […]. Parece que hay que buscar una de las razones históricas en el hecho de que la filosofía de la práctica ha tenido que aliarse con tendencias ajenas para combatir los residuos del mundo precapitalista en las masas populares, especialmente en el terreno religioso. […] Está todavía atravesando su fase popular». Y este último, en su artículo titulado “Sobre el concepto de comunismo”: «El marxismo es hijo de la contra-revolución que siguió a la carnicería de la Comuna de París (1871). […] Esto explica por qué, en presencia de una contra-revolución en acto, el código marxista se haya refugiado por compensación en un modelo positivista de revolución en potencia». Labriola mismo, sin embargo, pudo explicar ya esto al referirse al “germen mítico” actuante en el lenguaje, o al “optimismo y pesimismo”[3], que relacionó a su vez con la necesidad religiosa. (Cartas V y VIII) Más allá: en su penetrante reflexión para encontrar las razones de la formación y evolución del cristianismo[4] (Carta IX), y para vencer las apelaciones ingenuas de su tiempo a volver a la “verdadera” comunidad cristiana primitiva, podemos encontrar, creemos, una anticipación y crítica de lo que será luego no sólo el estalinismo sino también la condena simplista, inmediatamente tras la muerte de Stalin en 1953, de sus “deformaciones”, condena que atacaba los productos sin atender a (o proceder a una crítica de) las causas, que se mantendrían varias décadas más.

3. El marxismo de Labriola, o la apertura creativa

Frente a las nombradas derivas del siglo XX, la aportación al marxismo realizada por Labriola manifestó lúcidas peculiaridades. Como punto de partida, su excelente formación hegeliana le permitió –aun sin haber podido tener, ni mucho menos, un acceso exhaustivo a las obras de Marx y Engels[5]– perfilar rápidamente una concepción propia del materialismo histórico, unitaria e independiente[6]. Y esta nada podía compartir con aquellas interpretaciones que asociaban al materialismo histórico esquemas dogmáticos sobre la historia o principios científicos inalterables, o que fijaban lo escrito por Marx y Engels para la eternidad. Al contrario, el carácter coherente de la interpretación de Labriola del materialismo histórico se basaba en la comprensión de ser un «método genético inherente a las cosas», inmanente al propio modo de generarse de la realidad concreta, y en no postular fundamentos ajenos al devenir orgánico de la historia. Un método, por lo tanto, consciente de contener en sí la necesidad de su propio cambio, de su apertura. Por eso, Labriola podía reconocer sin ninguna dificultad, a lo largo de Conversando de socialismo y filosofía, «los errores de previsión y cálculo» en que hubieran podido incurrir ocasionalmente Marx y Engels, o bien la inmadurez filosófica de obras de juventud como La sagrada familia[7], o afirmar los límites de Marx como historiador, que otros debían continuar y superar. Pues, de hecho, para Labriola, a finales del siglo XIX, el materialismo histórico se encontraba todavía en su fase inicial. Sus continuadores debían llevar a cabo una tarea creativa, luchando por desencorsetar el marxismo de sus fijaciones. Esa es la tarea que desempeñó Antonio Labriola.

En concreto, el marxismo de Labriola contiene tres elementos fundamentales, que, sin embargo, puntualizaba, no son compartimentos separados y estancos, ni partes diferenciadas de un todo, sino aspectos o momentos de una totalidad simultánea e indivisible: filosofía de la praxis, crítica de la economía política y organización política popular.

El primero de estos momentos es el de la filosofía de la praxis, que Labriola considera el “núcleo” o la “esencia” del materialismo histórico. Este consiste propiamente en la comprensión de que la realidad, de la que forman parte el hombre y el mundo, no es una mera materia dada ni tampoco el reino independiente de las ideas, sino la actividad histórica social concreta, de la que la misma filosofía es parte: «La naturaleza, es decir, la evolución histórica del hombre (y diciendo de praxis, bajo este aspecto de totalidad, se intenta eliminar la vulgar oposición entre práctica y teoría; porque, en otros términos, la historia es la historia del trabajo, y como, por un lado, en el trabajo así integralmente comprendido está comprendido el desarrollo respectivamente proporcionado y proporcional de las aptitudes mentales y de las aptitudes activas, así, por otra parte, en el concepto de la historia del trabajo está comprendida la forma siempre social del trabajo mismo, y las variaciones de esta forma), el hombre histórico […] es siempre social». (Carta III)

El segundo de los momentos, la crítica de la economía política, no debe ser confundido con la construcción de una nueva ciencia económica marxista. Para Labriola, y para Marx en El Capital, la noción de crítica de la economía política se corresponde con la comprensión profunda de las relaciones sociales capitalistas, rechazando la visión naturalizadora de la sociedad propia de la economía política burguesa y exponiendo a la luz del día las contradicciones y los entresijos de la realidad social imperante y en constante reproducción.

El tercero y último de los momentos, el de la organización política popular, está relacionado directamente con el modo de obrar cotidiano de los marxistas, para quienes la política debe ser comprendida desde una óptica no vanguardista ni utópica. Esta debe consistir, más bien, en la participación orgánica dentro de los movimientos populares existentes, y en su acompañamiento aportando conocimientos, reflexiones y capacidad de acción democrática. Así, en distintas Cartas: «el socialismo tiene su verdadero fundamento solo en la condición actual de la sociedad capitalista, en lo que puedan querer y hacer el proletariado y el resto del pueblo llano.» Por eso, como ya hemos visto antes en esta reseña, Marx y Engels «explicaban teóricamente y ayudaban prácticamente a la nueva política que el nuevo movimiento obrero» indicaba y precisaba «como una necesidad actual de la historia».

4. Labriola y las luchas del presente

Tras más de cien años de ausencia, y en un mundo muy distinto tanto por lo que respecta a la situación de los trabajadores y de los movimientos populares como al estado de desarrollo del marxismo, sus críticas e ideas siguen resultando de interés. Si bien actualmente, y desde hace años, se ha estado trabajando en la segunda edición de las obras completas de Marx y Engels (conocida como MEGA2), que presenta un panorama bibliográfico muy distinto del tradicional, todavía aparecen ediciones sin actualizaciones críticas (por ejemplo, de La ideología alemana[8]). Se sigue comprendiendo la obra de Marx y Engels como palabra sagrada, al margen de su contexto genético, o, incluso, se mantiene su desconocimiento y la proliferación de prejuicios al respecto. Algunos siguen viendo la URSS, incluso años después de su fin, con nostalgia acrítica, o aspiran a corregir sus errores con la vuelta a un método previo, verdaderamente científico. Y en los movimientos y partidos políticos, no dejamos de asistir al espectáculo de “charlatanes” acreditados que parecen haber sido hechos únicamente para dirigir, y que se pasean por los platós de televisión con pedestales portátiles bajo el brazo desde los que marcan las líneas a seguir.

Por todo eso, Antonio Labriola sigue manteniendo, a día de hoy, la fuerza de una “comadrona” socrática, democrática, valiosa porque supone un modelo de apertura creativa en el pensamiento y el proyecto marxistas, que exige que toda obra, incluida la suya, sea integrada y criticada, no repetida ni completada; continuada con fuerza propia e independencia, utilizada como abono para el presente. Nos anima a comprendernos a nosotros mismos como creatividad operante, en unidad con el mundo, y a dejar atrás discusiones bizantinas alejadas de la realidad o contaminadas por el vanguardismo de la academia o de las élites políticas. Contra toda nueva muestra de optimismo o pesimismo, cuando oímos hablar, por enésima vez, del colapso (por “catapún”, como Bebel) y el fin ineluctables del capitalismo –y hasta se nos dan fechas del mismo–, podemos acabar, con Labriola: «ya es hora de decir y repetir a cada momento que necesitamos práctica».

Notas

[1]  Algo que luego criticarán también Karl Korsch, en Marxismo y filosofía (1923), o Karel Kosík en distintas de sus obras de finales de los años 50 y de principios de los 60.
[2] El caso de La Ideología alemana, ese manuscrito roído por los ratones en que se había “fijado” la orientación del materialismo histórico, texto que Labriola quiso pero no pudo leer (Carta VI), es tal vez el más conocido: publicado en 1932 por David Riazanov, sólo estudios posteriores han demostrado hasta qué punto fue transformado para lograr la apariencia coherente de un libro.
[3] Y aquí pueden verse las raíces de la reflexión del mismo Gramsci sobre pesimismo y optimismo en los Cuadernos, entre otras.
[4] En palabras de Labriola, «de ser una secta democrática de gentes que esperaban el reino de Dios compenetrados del espíritu santo», a «un catolicismo organizado, tanto en el sentido de la ortodoxia, como en el de una jerárquica coordinación semipolítica de muchísimos, no ya santos, sino simples hombres».
[5] Entre muchos otros, Labriola no pudo leer textos como La ideologia alemana (1845), ya mencionado, los Cuadernos de París (1844) o los Grundrisse (1857-8), publicados todos después de su muerte. Textos que, dicho sea de paso, otros autores necesitaron, a lo largo del siglo XX, para poder alejarse paulatinamente de las rigideces en que había caído el materialismo dialéctico.
[6] En cierto paso de los Cuadernos, Gramsci diría que «al afirmar que la filosofía de la práctica es independiente de toda otra corriente filosófica, es autosuficiente, [Labriola] resulta ser el único que ha intentado construir científicamente la filosofía de la práctica.»
[7] «Libro […] [que] no es verdaderamente importante sino en lo que nos muestra cómo Marx y Engels, libertados del escolasticismo hegeliano, se desprenden poco a poco del humanitarismo de Feuerbach y, mientras se encaminaban hacia lo que fue después su doctrina propia, estaban aún en cierta medida impregnados de este socialismo verdadero, cuya sátira han escrito ellos mismos en el Manifiesto.» (Carta I).
[8] En este sentido, debemos mencionar de nuevo a Nando Zamorano, cuya traducción y edición, junto con el ingente trabajo detrás de ellas, nos ha regalado generosamente, dedicando a ellas su tiempo libre.

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