Un punto de encuentro para las alternativas sociales

Muchísimo más que un segundo violín

Salvador López Arnal

Reseña de Michael Krätke, Friedrich Engels. El burgués que inventó el marxismo, Barcelona: Ediciones Bellaterra, 2020, traducción e introducción Àngel Fererro, 169 páginas

 

Un breve (e innecesario) apunte sobre el autor de este libro (de título poco afortunado en mi opinión), que merece ser leído y estudiado: consejero científico de la Fundación Rosa Luxemburg, de ATTAC y de la nueva edición crítica de las obras completas de Marx y Engels (MEGA), Michael Krätke, miembro también del consejo editorial de sin permiso, ha sido profesor de economía política de la Universidad de Amsterdam y de la de Lancaster. Se anuncia un nuevo libro suyo: El proyecto inacabado de Karl Marx: ¿qué hacer con El Capital en el capitalismo actual?

La composición de este Friedrich Engels: Introducción, tres capítulos, bibliografía, tres apéndices y datos biográficos. Los capítulos: 1. “Friedrich Engels o cómo un burgués inventó el marxismo”. 2. “Friedrich Engels y las grandes transformaciones del capitalismo”. 3. “Federico el grande”.

Los tres textos incorporados, probablemente artículos independientes ya publicados, presentan intersecciones de contenidos no vacías. Pero no importa. Nuevos matices, informaciones e interpretaciones que enriquecen la lectura.

La idea central de este justo y necesario homenaje al autor de La situación de la clase obrera en Inglaterra,  en el año del bicentenario de su nacimiento, se recogen en las palabras con las que Krätke abre su primera aproximación: no habría Marx sin Engels. La idea de que Engels no entendió, o no entendió bien, a Marx, cometiendo graves errores en su interpretación, es un infundio (Krätke salva a Samuel Hollander del ensordecedor coro de denigradores de Engels). Marx quedó profundamente impresionado por el texto de su joven amigo (24 años): “Esbozo de una crítica de la economía política” (1844). Lo cita varias veces en El Capital. Sin Engels, Marx no habría pasado tan rápidamente de la filosofía idealista alemana a la economía política. Sin Engels, “Marx no hubiera conocido el socialismo y el comunismo contemporáneos ni tan rápido ni tan profundamente”. Sin Engels, Marx hubiera tenido muchas más dificultades para contactar con el movimiento obrero de su época. Sin su más que amigo y compañero, “Marx habría metido la cabeza en el nuevo mundo del capitalismo industrial mucho más tarde”. Sin Engels, “el Manifiesto del Partido Comunista posiblemente jamás se hubiera escrito”. Sin Engels, nos recuerda Krätke, “Marx apenas habría conseguido en los años revolucionarios de 1848 y 1849 convertir la Nueva Gaceta Renana en el principal portavoz de los demócratas radicales”. Sin Engels, la familia Marx no hubiera podido sobrevivir en el exilio británico. Sin Engels, “Marx no hubiera tenido ningún éxito como periodista y como corresponsal del periódico con mayor tirada del mundo de la época, el New York Dialy Tribune”. Sin el compañero de Mary Burns, la principal obra de Marx no se hubiera escrito. Sin los denotados esfuerzos de Engels, no hubiera aparecido en primer libro de El Capital en septiembre de 1867, “quizás ni se hubiera publicado en vida de Marx”. Sin “Friedrich el grande” (la broma es de Krätke), hubiera sido muy, muy difícil que se hubieran publicado el segundo y el tercer libro de El Capital después del fallecimiento de Marx (que nunca ocultó su admiración por él). Sin Engels, “no hubiera existido en Europa ningún movimiento obrero socialista que, al menos en Alemania, Austria y Suiza, seguía a Marx”. Sin Engels, en definitiva, no hubiera existido la tradición político-filosófica marxista. Marx, con total seguridad, supo que Engels era mucho que un talento o un segundo e interesante violín, y sabñia bien que no hubiera llegado muy lejos sin él. Basta pensar en las referencias a la obra de Engels en su gran clásico.

Michael Krätke nos desasna del antiengelsismo que casi todos llevamos encima y da cuenta documentada de diferentes aspectos de la vida y de las más importantes aportaciones de Engels. Para abrir apetito lector, una breve selección de las enseñanzas de Krätke:

  1. Sobre Dialéctica de la Naturaleza. En 1925, nos recuerda, “apareció un libro con el título de Dialéctica de la Naturaleza, que Engels nunca escribió. Se trataba de una antología escrita por los editores a partir de fragmentos, anotaciones y manuscritos incompletos de Engels”. Engels, en su opinión, “nunca habría publicado sus manuscritos y borradores incompletos de la forma en que se hizo”. El marxismo-leninismo promocionó Dialéctica de la Naturaleza “como un clásico que había que sentar los cimientos del llamado materialismo dialéctico. Nada que ver con Engels, quien, al final de su último manuscrito, anotó: Revisar a fondo todo esto” (pp. 37-38).
  2. La edición del segundo y tercer libro de El Capital. Tras la muerte de Marx, comenta Krätke, “Engels pudo permitirse una observación más precisa del estado de la cuestión. Dedicó días y semanas enteras a examinar el legado de su amigo”. La cantidad de documentos que encontró fue de tal magnitud “que decidió prolongar el alquiler de la casa de Marx un año más parta poder ordenar con calma y cuidadosamente todos sus papeles. Creó listas y directorios con el fin de ordenar debidamente las pilas de manuscritos y apuntes existentes” (p. 41)

Su primera preocupación no tardó en aparecer: “¿Dónde estaban los más importantes?, ¿dónde se encontraban los manuscritos del segundo y tercer libro de El Capital?”. Gracias a Helene Demuth, la incomprendida o menospreciada, dio “Engels con el manuscrito y, con él salvaguardó el mayor tesoro de todos”.

Para Krätke, pocos marxólogos mejor informados y ubicados que él para emitir un juicio así, “quien quiera ver con ojos limpios constatará que las formulaciones de Engels coinciden en todos los casos con las intenciones de Marx”. Una de sus ilustraciones, sin duda muy sustantiva: la ley de la caída tendencial de la tasa de ganancia.

  1. Sobre el Anti-Dühring. Krätke nos recuerda que “Marx respaldó por completo el proyecto. A él pertenece todo un capítulo sobre la historia de la teoría económica”. La participación activa de Marx en el clásico engelsiano es, para quienes desprecian (que no son pocos) el trabajo de Engels, “un asunto más bien embarazoso. De ser cierto que Marx conocía el texto y estaba de acuerdo con este tipo de compendio de sus puntos de vista, que incluso apoyó activamente el proyecto, el apreciado mito de Engels, el zote que nunca entendió al genial Marx, se tambalea” (p. 49). Recordemos que en idénticos términos se manifestó entre nosotros Manuel Sacristán ya en 1964, en su prólogo para su traducción castellana del Anti-Dühring.
  2. Historicidad y autocrítica. Krätke sostiene que “Engels fue claro sobre la duración limitada de los diagnósticos científicos de su época, y así lo muestran los prólogos y nuevas ediciones y traducciones de las obras de Marx y sus propios textos, que prolíficamente escribió en sus últimos años”. No se cansó de explicar, añade, “el contexto histórico en el que surgieron los textos que más tarde fueron declarados “clásicos” y supuestamente intocables, como si se tratase de escrituras sagradas”. Engels subrayó sin avergonzarse, otro de sus grandes atributos como intelectual comprometido, “cuántas veces y con cuánta frecuencia él y Marx se habían equivocado: no nos habíamos formado aún lo suficiente, lo habíamos escrito para “aclararnos nosotros mismos”, apenas teníamos una idea y la historia nos ha contradicho en todo”. En aparente paradoja, son palabras de Krätke, “Engels inventó el marxismo y, sin embargo, no era marxista. Se puede decir que era un revisionista y que, siéndolo, estaba en buena compañía “ (p. 61).
  3. Leer a Engels en el siglo XXI. Usando expresiones de Lakatos, Krätke apunta que “las diversas exposiciones del programa de investigación conjunto -escrito en los últimos años de su vida, en no menos de cuatro intentos- son mucho más iluminadoras que los trabajos más breves de Marx”. Desde su punto de vista, “las formulaciones más avanzadas e incomprendidas de lo que más tarde se llamaría “materialismo histórico” se encuentran en Engels, no en Marx. Quien quiera saber cómo Engels vio en su vejez el programa de investigación que había redactado Marx en 1845-1846 en forma polémica, debería leer la conclusión a su escrito sobre Ludwig Feuerbach y el fin de la economía clásica alemana de 1866” (pp. 134-135). Para nuestro autor, allí se encuentra el esbozo más extenso de “la interpretación de la historia de Marx” que tenemos de los dos grandes clásicos. “Allí Engels expresó de la manera más certera en qué debería consistir la nueva dirección de la historia social positiva, empírica e histórica: en el intento de comprender “toda la historia de la sociedad” con la ayuda de la “historia del desarrollo del trabajo [como] clave”.

Consideración final: en el tercero de los textos, señala Àngel Ferrero en la introducción, “Krätke aborda la capacidad fuera de lo común de Engels para tratar un amplio abanico de temas, desde la ecología… hasta la teoría política y la evolución de la estrategia militar, un campo que puede que sorprende ver en esta lista a algunos lectores, pero en el que el autor de La situación de la clase obrera en Inglaterra fue considerado un importante e influyente en su día”. El arco de conocimiento del General parece casi inabarcable.

No hay que perderse las notas al pie de página; no son meramente indicaciones bibliográficas. Hay en ellas hipótesis y sugerencias de interés.

En mi opinión, hubiera ayudado a los lectores la inclusión de un índice nominal y conceptual.

El libro, un libro, como les decía, para releer y estudiar, también en seminarios, está dedicado a la memoria de Antoni Domènech. También esta reseña.

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