Un punto de encuentro para las alternativas sociales

Contra la desbandada de la izquierda

José Vidal-Beneyto

JOSÉ VIDAL-BENEYTO 08/12/2007

Varios amigos me han criticado el efecto desmovilizador del análisis que he realizado en las cuatro últimas columnas sobre la regresión de la izquierda, regresión que es consecuencia del implacable desmantelamiento de las ideas y valores de progreso. Espero que esa consecuencia negativa haya sido muy limitada y que en cambio mi reflexión haya servido para poner de relieve algunas de las características para mí más perversas de la sociedad en que vivimos. En particular dominación total del individualismo posesivo, núcleo teórico capital de la derecha liberal y componente importante del social liberalismo que preside los programas económicos de los partidos que se siguen llamando socialistas y socialdemócratas y que se ha traducido en la consagración absoluta del dinero, el triunfo personal y el éxito social como únicos criterios válidos para juzgar a los seres humanos. Su consecuencia es la permanente celebración de las insignificancias de nuestros preciadísimos egos, la autoglorificación de nuestras hazañas profesionales y nuestro tan satisfactorio enclaustramiento familiar. Cada cual a lo suyo, siempre a lo suyo, sólo a lo suyo. Apostar a lo común, a lo de todos es un error que a nada conduce, revindicar lo colectivo es una perversión que acaba inevitablemente en represión y totalitarismo.

La reconquista de las posiciones de progreso no se sitúa hoy en el ámbito directamente político

A esta Vulgata del neoconservadurismo que los medios de comunicación nos venden en todas las esquinas, no se le puede ni oponer las victorias electorales de la izquierda, máxime cuando para obtenerlas habrá que haber hecho concesiones programáticas sustanciales, como la apoteosis sin restricción del social-liberalismo que llega hasta querer suprimir el impuesto sobre el patrimonio. La reconquista de las posiciones de progreso no se sitúa hoy en el ámbito directamente político y electoral, sino en el creencial y en el axiológico, en la esfera de los principios y de la ejemplaridad, para las que la coherencia entre decir y hacer, la fuerza de las ideas y la integridad de las prácticas es absolutamente determinante. Nadie puede escandalizarse de que José María Aznar haya puesto sus capacidades al servicio de las actividades especulativas del capitalismo financiero mundial, ni siquiera en su versión más abrupta, la de los fondos que se califican de basura, los hedge funds, a los que se ha vinculado con su incorporación a la Sociedad Centaurus. Ni tampoco de que Rodrigo Rato haya abandonado su posición rectora en el Fondo Monetario Internacional, tan importante para España, y se haya enrolado, evidentemente, con el único propósito de aumentar su patrimonio en el grupo Lazard, uno de los grandes especialistas mundiales en el montaje de operaciones de financiación especulativa. Pues estos comportamientos son menos incongruentes con las convicciones políticas de sus protagonistas que la función de consejo de las grandes empresas de nuestro país del antiguo ministro socialista de Economía Carlos Solchaga; y sobre todo que la práctica asesora que ejerce Felipe González, la figura más emblemática de la socialdemocracia española, para con el magnate de la comunicación Carlos Slim y uno de los hombres más ricos de América Latina así como las intervenciones que según la prensa, ha realizado a petición de éste a favor de algunos líderes políticos conservadores latinoamericanos como Vicente Fox.

Estamos, pues, en una situación que apela, por parte de la izquierda real, más que a acciones directas de política institucional, a un trabajo prepolítico que por una parte, refuerce los grupos de base y robustezca el movimiento social y, por otra, contribuya a la crítica ideológica y al lanzamiento de un nuevo frente doctrinal. Para ello hemos de apoyarnos en los autores que constituyen la vanguardia actual del pensamiento crítico galo. Entre ellos, el profundo y riguroso René Passet cuya crítica del neoliberalismo en su libro La ilusión neoliberal, Fayard 2000, o su reflexión sobre el socialismo posible en la publicación de la Fundación Jean Jaurès, La idea socialista, son hoy materiales imprescindibles. Sin olvidar el admirable La Haine de la Démocratie, La Fabrique 2005, del penetrante Jacques Rancière, la combatividad radical de Alain Badiou cuya formulación más ambiciosa la encontramos en L’être et l’évènement, Le Seuil, 1988 la iconoclastia teórica del filósofo de la ciencia Jacques Bouveresse que en su último estudio nos cura de los falsos consuelos de la fe Sur la vérité, la croyance et la foi, Agone 2007, que conjuntamente con las contribuciones de Robert Castel y de Daniel Bensaid, así como las de nuestros hermanos mayores Edgar Morin, Pierre Bourdieu, Claude Lefort, Castoriadis, etcétera, representan un utilísimo patrimonio de saberes, un impresionante corpus de teorías y propuestas.

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Neoliberalismo y lógica formal

Salvador López Arnal

     En un breve y sustantivo artículo titulado “El mercado y la verdad neoliberal”, publicado en noviembre de 2007, el reciente premio Nacional de Literatura de Guatemala, Mario Roberto Morales (MRM) apunta un conjunto de críticas a la lógica formal, a la que asocia con la ideología del neoliberalismo e incluso con el neopositivismo lógico. Pretendo matizar, también brevemente, algunas de sus afirmaciones

     1. Afirma MRM que el movimiento de lo concreto es el movimiento de lo real, distinto del movimiento del discurso. La lógica formal es una lógica del discurso y las tautologías o los silogismos son mecanismos lingüísticos válidos para determinar la corrección o incorrección de los postulados verbales lógicos. Es por ello un error extrapolar la lógica de su campo de operatividad y aplicarla al movimiento de lo concreto, de lo social, “y dar por sentado que si una frase no responde a la corrección lógico-formal, tampoco corresponde a la veracidad factual, concreta, social”.

     Me cuesta seguir la última afirmación, creo que algunas de las explicaciones son un pelín oscuras, pero en general es muy plausible la reflexión de MRM, quien añade a continuación: “Esta es la manera de "argumentar" de los neoliberales, amparados en el neopositivismo lógico”.

No sé yo, en cambio, si todos los neoliberales están amparados por el neopositivismo lógico, incluso no sé si esta expresión tiene hoy un sentido unívoco, pero, como MRM aceptará seguramente sin dudar un instante, hay neopositivistas lógicos que no son neoliberales, empezando por los fundadores, por Carnap, Schlick o Neurath, que no eran gentes de derecha precisamente, y, además, esa misma consideración sobre las limitaciones, las grandes limitaciones, de la lógica formal es defendida hoy mismo por filósofos y lógicos que no tienen nada que ver, incluso que no tienen mucha simpatía, por el neopositivismo lógico o, más en general, por la filosofía analítica. No creo que Tariq Ali, Mike Davis o Francisco Fernández Buey, por poner sólo tres ejemplos, reconocidos y admirados marxistas, tuvieran mucho que objetar a esa posición sobre el estrecho ámbito de la logicidad formal.

2. Por eso, añade MRM, sin que se entienda muy bien el uso de este “por eso”, siempre enarbolan una lógica bipolar de corrección-incorrección lógico-formal. Si MRM se refiere con este bipolar a los valores semánticos de las proposiciones, no siempre lo que prima es esa concepción. Las lógicas multivaloradas refutan esa precipitada conclusión y la consideración de varios niveles de corrección e incorrección estudiada por ramas de las lógicas no clásicas transitan por el mismo sendero.

3. De ello, sigue afirmando MRM, extraen los neoliberales nociones de veracidad y falsedad, razón y necedad en la esfera de lo social, lo político y lo económico. Quien no entra en esa esfera, está errado, concluye.

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Así non

Xoán Abeleira

Fíxense vostedes niste absurdo -un absurdo perigoso-. Onte, cando aínda eramos un país pobre pero potencialmente rico, os escasos, atrasados medios de produción e os numerosos, aínda renovables recursos naturais estaban, literalmente, en maos do pobo (esa palabra que agora tanto amola ós "sociólogos", ós "filósofos" e ós "políticos"). E digo literalmente porque, aínda que moitos dos nosos paisanos non os posuían, eran iles, sen dúbida, quen manexaban a terra e o gando, o mar e o peixe, a madeira e a pedra, a la e o liño… Hoxe, en troques, cando xa somos un país disque rico pero sumido a feito noutra clase de pobreza igual ou pior, os medios de produción, crecentes e mellorados, e os recursos naturais, minguantes e esquilmados, están, mormente, en maos dunhas poucas empresas foráneas. E aquiles que durante séculos levaron sobre os seus ombros a gravísima carga de nos daren de comer e de vestir están case que a piques de se extinguiren: os "antigos" traballadores. Ata os anos setenta do pasado século, a Galiza foi unha nación practicamente labrega, mariñeira e artesá, formada por centos de milleiros de familias que, máis mal que ben, lograron sobrevivir e nos axudaron a sobrevivirmos dende sempre. E non só aportándono-lo alimento real senón tamén conservando e transmitindo o noso celme: unha lingua, unha cultura, unha historia, unhas crenzas, un espírito, en fin: a nosa maneira de sermos e de estarmos no mundo. Abofé eran pobres, moi, moi pobres, mais só nun senso material. Non por falta de medios nin de recursos -que iles coñecían e entendían millor que ninguén- senón porque aquiloutros fulanos, os menos, os nobres, os deputados, os caciques, que rexían as súas vidas preferían telos así, asoballados na miseria, pra seguiren vivindo á súa costa e virándolles as costas. O pobo galego do mar e do agro non gozaba, en efecto, de ningún dos benestares do que gozaba o das cidades, pero non porque os rexeitara senón porque endexamais ninguén fixo ren por darllos. En qué deviría aquela Galiza secular de labregos, mariñeiros e artesáns de ter daquela nas súas aldeas, nas súas parroquias escolas como Deus manda, hospitais como Deus manda, fábricas como Deus manda, luz, auga, hixiene, vías de comunicación…, en fin, todas esas cousas que dende o século XIX entendemos por "progreso"? Endexamais o saberemos. Porque endexamais, insisto, ninguén llas deu cando as precisaba. E agora que, por fin, a Galiza comeza a uliscar qué era o diaño ise do "progreso", resulta que iles, os labregos, os mariñeiros, os artesáns como tales están a desaparecer. E, canda iles, toda aquela sabedoría, esoutra clase de riqueza que entrañaba a súa Vida.Os primeiros socialistas e anarquistas pretendían mellora-la existencia das clases traballadoras, renovando, por unha banda, os medios de produción e, por outra, entregándolles os recursos naturais que iles laboraban a prol dos explotadores. Os primeiros, secasí, non deixaban de ver na concepción da existencia que tiña o pobo unha "peste" a erradicaren, e, lonxe de tentaren comprendelo e de outorgárenlle voz e voto, deviñeron en auténticos ditadores: noutros burócratas/represores que impuxeron a forza o benestar do "Estado" (ou sexa, o seu) no canto do benestar -e dende logo a liberdade- da xente. Os segundos, ai, foron perseguidos tanto polos comunistas coma polos inimigos de ambos: os ricos. Pero as brevísimas tentativas de instaurar na terra o Reino da Anarquía demostran que as súas intencións eran moi, moi distintas ás daquiles que maquinaron a "ditadura do proletariado". Medrou o Capitalismo, e, canda il, a súa relixión: o Progreso. E, por fin, chegou iste tamén á Galiza. Tarde? Non o sei. O que sei é que ise progreso, no canto de axudar a mellora-la vida dos labregos, dos mariñeiros, dos artesáns… está a acabar con todos iles. E así voltamos ó absurdo do principio. Que si, que xa hai auga, electricidade, estradas, saúde, hixiene… nas parroquias da Galiza. Por ter, mesmo teñen Internet: o summun da felicidade. Pero de que lle serven agora todos ises adiantos, cando as súas vilas e as súas aldeas están a ficar desertas? Era o minifundismo aquela maldición que nos aprendían os libros de Ciencias Sociais? Á vista dos resultados das nosas "políticas agrarias", cada vez estou máis certo de que non. Pois, que vale máis: termos millóns de familias vivindo de e elaborando os seus produtos (con medios, iso si, e recursos sabiamente renovados) ou termos unhas cantas empresas, inda por riba estranxeiras, que só pensan nos seus propios dividendos e non no benestar da nación que arrasan?O Novo Plano Acuícola que busca impoñe-la Xunta bipartita supón repetiren no noso mar os erros que xa se cometeron no noso agro. Un exemplo pra berrarmos: Corrubedo. No canto de apostaren por pequenas granxas levadas polos mariñeiros da zona, os gobernantes actuais pretenden poñer trescentos mil metros cadrados das nosas costas na bandexa dunha empresa norueguesa chamada Stolt Sea Farm, á que, por suposto, lle importa un carallo o futuro de tantísimas familias. Ben, pois que saiban que NON o permitiremos. Porque xa está ben de que todos -incluídos os intelectuais diste país, cegos e xordos perante ela- deixemos de ve-la nosa xente coma unha casa ruinosa que cómpre derrubarmos pra facermos outra que ninguén habitará.

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Qué hacer con las cenizas de Octubre

Joan Tafalla

(*)

Octubre y su impulso revolucionario aparecen hoy ante los ojos de la mayoría como las cenizas de algo irremediablemente superado. Esta realidad habla por sí sola, pero está lejos de decirlo todo1. Suponiendo que mi opinión tenga algún valor empezaré con una afirmación: no me parece prudente lanzar el niño, con el agua sucia. La mayoría de las personas que van a leer este artículo, como el autor, son “muchachos del siglo pasado”2. Hemos visto lanzar repetidas veces el niño con el agua sucia. El resultado, solo ha servido para repetidas operaciones liquidadoras de toda una cultura política. Lancemos, pues el agua sucia, y dejemos vivir al niño.

¿Podemos estar orgullosos?.

La aportación del comunismo a la historia del siglo veinte es una aportación muy positiva, de la que los comunistas podemos y debemos sentirnos orgullosos. Debemos estar orgullosos de habernos opuesto, a la carnicería de la primera guerra mundial. Casi en solitario en 1914, con las más amplias masas en 1917-1918. Debemos estar orgullosos de haber contribuido a la conquista de la paz, del pan y de la tierra por parte de los campesinos rusos, en 1917. Debemos estar orgullosos de las virtudes republicanas (sencillez, austeridad, honestidad y capacidad dirigente) de personas tan diversas como Lenin, Bujarin, Gramsci, Artur London, Henry Alleg, Ho- Chi-Minh, Antonio Díaz Lourenço, Josep Serradell, Manuel López, Che …3 Debemos estar orgullosos del heroísmo de las Brigadas Internacionales y de la aportación decisiva de los comunistas a la Resistencia antifascista. Debemos estar orgullosos de nuestra propuesta de Frente Popular. Debemos estar orgullosos de Stalingrado, de Kurks y de Berlín. Debemos estar orgullosos de nuestra aportación a la lucha contra el imperialismo y el colonialismo. Debemos estar orgullosos a la consecución del estado del bienestar en Europa occidental. Debemos estar orgullosos de los avances en la liberación de la mujer en Polonia o en Afganistán, por muchos peros que puedan ponerse a esta afirmación. En España, debemos estar orgullosos de nuestro Quinto regimiento y de nuestra aportación a la defensa de la república. Debemos estar orgullosos de nuestra aportación casi solitaria durante largos años, a la lucha anti-franquista. Así se podría seguir …

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La revolución bolchevique y el tiempo que vendrá

Higinio Polo

Mundo Obrero Cuando se cumplen noventa años desde que el reflector del crucero Aurora iluminó el Palacio de Invierno de los zares, y Lenin y Trotski dirigieron la primera revolución obrera triunfante de la modernidad, puede examinarse con perspectiva la enorme influencia histórica que ha tenido la revolución de octubre. Con esa revolución rusa nacieron los partidos comunistas, el movimiento político más vigoroso y revolucionario del siglo XX, y de ella surgió también la Internacional Comunista. La revolución bolchevique lanzó una mirada prodigiosa sobre el capitalismo realmente existente, aquel sistema burgués que había puesto a la población de cinco continentes de rodillas ante la siniestra empresa de dominación imperialista del siglo XIX de la que muchos territorios aún no se han recuperado, que había arrojado al mundo a la gran matanza de la I Guerra Mundial, que había organizado la explotación obrera y el expolio planetario y que, después, sumergió al mundo en el horror de la Segunda Guerra Mundial, aunque en ese momento el capitalismo lucharía en dos trincheras opuestas. Desde 1917, esa fértil mirada de la revolución bolchevique fue esparcida en América, con Recabarren y Luis Carlos Prestes, con Neruda y Vallejo, con Paul Robeson, Fidel Castro y el Che Guevara; en Europa, con Dolores Ibárruri y Ernst Thaelmann, el dirigente comunista alemán fusilado por orden de Hitler en el campo de concentración de Buchenwald; con Clara Zetkin y Arthur London, y en África y Asia, con Mao Tsé Tung y Ho Chi Minh, por citar arbitrariamente algunos nombres inolvidables. El sueño revolucionario fue de la mano de la defensa de la libertad, en tiempos difíciles y convulsos, y no es exagerado decir que la libertad del mundo, amenazada por la bestia nazi, fue salvada gracias al sacrificio de los millones de soviéticos que lucharon sin descanso, junto a los movimientos partisanos, hasta la trascendental victoria de mayo de 1945. Desde la Rusia revolucionaria el influjo bolchevique se esparció por el mundo y llegó a China, y al Vietnam, a Cuba, al continente africano. Después, a finales del siglo XX, la desaparición de la URSS y de los países socialistas europeos hizo que desde la derecha, y también desde parte de la izquierda, se oficiase el funeral por el comunismo, reelaborando la historia de décadas pasadas, llegando los laboratorios ideológicos del capitalismo a lanzar, para consumo popular, la gran mentira de la equiparación del fascismo con el comunismo, empeño que no han abandonado. Es comprensible que un golpe tan demoledor como el hundimiento de los países socialistas europeos, con sus luces y sombras, hiciera decir a algunos que el comunismo había muerto, pero aunque en algunos países el oportunismo político o, simplemente, la decepción, el cansancio y la derrota, hayan liquidado organizaciones y dispersado a centenares de miles de comunistas, el sordo rumor de la revolución bolchevique sigue sonando en nuestros días; a veces, apenas en un susurro; en otras, en poderosos movimientos que anuncian nuevas revoluciones. Porque el impulso por el socialismo que se inauguró con la revolución bolchevique no ha agotado su trayectoria: en nuestros días, además de los países que han resistido el vendaval contrarrevolucionario, otros como Venezuela o Bolivia, y movimientos que despuntan en Asia o en África, siguen esa estela bolchevique. Las revoluciones triunfan y fracasan, aciertan y se equivocan; a veces, incluso devoran a sus hijos, y, en otras, son traicionadas; en algunas, es cierto, en ocasiones protagonizan crímenes. También la Comuna de París, muy temprano, levantó la bandera roja de los trabajadores: fue la primera ocasión en el mundo en que se convirtió en oficial, y esa revolución, pese a su radical justicia, también cometió errores y crímenes, pero, a inicios del siglo XXI, el ejemplo de la Comuna que MacMahon y Thiers ahogaron en sangre, sigue viviendo en la memoria de los franceses. Algo parecido pasa con la revolución de octubre, de mucha mayor trascendencia histórica para el mundo. Sin embargo, pese al constante adoctrinamiento que surge de los centros de pensamiento pagados por el capital y que postula la muerte definitiva del comunismo, su influencia sigue estando presente en nuestros días. Montañas de mentiras elaboradas por ejércitos de profesionales de la difamación, de propagandistas de libros negros, siguen insistiendo en que el comunismo ha muerto, enterrando cada día el cadáver de sus militantes, fortalecidos en los últimos años por la evidencia de la desaparición de la URSS. Para esos mercenarios del capitalismo realmente existente, los comunistas siempre matan, nunca mueren, aunque la evidencia histórica nos muestre que el comunismo ha sido y sigue siendo el movimiento político más perseguido por el poder capitalista de toda la historia contemporánea. La última infamia ha sido el intento de ensuciar la memoria del Che Guevara, con ocasión del cuadragésimo aniversario de su asesinato a manos de militares al servicio de Washington. No hace falta recordar aquí los errores y tragedias del movimiento comunista: los grandes medios de comunicación siguen haciéndolo cada día. Lo relevante en nuestro tiempo es que esa ideología sigue luchando en los cinco continentes, gobernando en rincones de América Latina, en la pujante y a veces contradictoria China que sigue manteniendo el socialismo como horizonte, en el hermoso y heroico Vietnam, en populosos Estados de la India, sigue luchando en las selvas asiáticas y en las montañas del Himalaya, en los parlamentos europeos y en las huelgas obreras que no han renunciado a gestar un mundo nuevo. El imprescindible Eric Hobsbawm ha escrito que había tres cosas que ostentaban los comunistas y los diferenciaban de otros movimientos revolucionarios: el marxismo, es decir, la seguridad de transitar por caminos científicos en el combate al capitalismo y a la injusticia; el internacionalismo, la solidaridad entre los pueblos del mundo, y, finalmente, su preparación y decisión para la lucha, su entrega, su militancia, como quedó patente en todos los movimientos partisanos que lucharon contra el nazismo. Pero la historia no ahorra dificultades: Hobsbawm recuerda que el propio partido bolchevique nació bajo la persecución, que la revolución de octubre estalló en el fango y la sangre de la I Guerra Mundial, y que la Unión Soviética surgió trabajosamente en medio de la hambruna y del cerco capitalista que supuso la agresión militar de más de veinte potencias capitalistas. No ha sido muy distinta la trayectoria de otros partidos comunistas y de otras experiencias de cambio social: en España, sabemos bien que la esperanzada República de abril, y la del Frente Popular, fue ahogada en sangre por los espadones fascistas del ejército. El siglo XX ha estado marcado por la revolución bolchevique, y, pese a los insistentes anuncios que los laboratorios ideológicos del capitalismo siguen realizando sobre la desaparición del proyecto socialista, de las organizaciones comunistas, de la razón obrerista que pugnaba por construir un mundo nuevo, todo indica que, pese a las dificultades, ese proyecto continúa, porque las causas que lo hicieron nacer no han desaparecido. Si, todavía hoy, sigue siendo relevante la trilogía de la modernidad que levantó la revolución francesa, con mayor razón sigue siendo imprescindible la mirada que la revolución bolchevique lanzó sobre un sistema capitalista que ha condenado a buena parte de la población del mundo a la miseria y la explotación. Porque el capitalismo no es sólo el relativo bienestar de la población de los países capitalistas desarrollados, bienestar arrancando por las luchas obreras y populares y por el reflejo del miedo burgués ante la revolución bolchevique. El capitalismo son siglos de opresión: son las matanzas coloniales, las guerras impuestas, la explotación de los trabajadores y la casi esclavitud de millones de personas en las colonias. El capitalismo es también Auschwitz, e Hiroshima y Nagasaki, las matanzas de millones de coreanos en la guerra de 1950, el horror de los cinco millones de vietnamitas asesinados por las tropas norteamericanas en una infame guerra de agresión. Hoy, el capitalismo tiene el rostro del poder norteamericano, el único país de la historia universal que ha sido capaz de utilizar la trilogía de las armas de destrucción masiva -químicas, bacteriólogicas y nucleares- contra población civil en distintos lugares del mundo. El rostro del capitalismo es el de ese poder estadounidense que se ha convertido en el único país de la historia que ha bombardeado a poblaciones civiles inocentes en cuatro continentes del planeta: es decir, en todos, a excepción de la lejana Australia y de la deshabitada Antártida. Y hoy el capitalismo es la atroz ocupación de Iraq, y de Afganistán, las guerras preventivas, el hambre, la degradación de la vida, la destrucción de extensas zonas del planeta. Contra todo eso siguen luchando los herederos de la revolución bolchevique, soportando el fardo de sus propios errores. Ningún otro movimiento político ha sufrido una persecución tan dura y sanguinaria, ni soportado golpes tan demoledores como la desaparición de la URSS. De hecho, si comparamos su realidad actual con otros movimientos, no puede decirse que la fortaleza o debilidad actual de los comunistas salga malparada: los partidos conservadores, liberales y democristianos, creados siempre a la sombra del poder, no serían nada en el mundo sin el dinero del capitalismo que los crea y los alimenta, y, en la izquierda histórica, la socialdemocracia languidece pese a ocupar espacios de poder, mientras que los más recientes movimientos, como los verdes, han llegado ya al límite de sus posibilidades y están siendo engullidos por el sistema capitalista. Hoy, los comunistas, aunque han conquistado espacios de libertad en bastantes países, siguen siendo perseguidos en muchos otros, y continúan soportando la clandestinidad y la persecución, incluso en Europa, donde en Letonia están prohibidos, en Polonia la revancha derechista organiza una masiva caza de brujas de los protagonistas de la etapa socialista, y en la Alemania del Este soportan la persecución y la marginación en los organismos del Estado. La revolución bolchevique sólo tiene noventa años: es joven, y esa afirmación no es una paradoja, porque el comunismo sigue siendo la juventud del mundo, como escribiera Rafael Alberti. No son pequeños los retos que esperan: los hijos de la revolución de octubre deben seguir aprendiendo de sus errores, empuñando con firmeza la bandera de la libertad, de la democracia, del socialismo, de la justicia, de la dignidad. El reflector del crucero Aurora que horadó la oscuridad en la Petrogrado revolucionaria, y vio después el asedio de los nazis que se cobró las vidas de un millón de leningradenses en los días de la guerra de Hitler, seguirá iluminando los días que vendrán.

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Gramsci e a sociedade civil

Carlos Nelson Coutinho

2000

(Reseña del libro de Giovanni Semeraro. Gramsci e a sociedade civil. Petrópolis, Vozes, 1999.)

Curioso destino teve o conceito de ‘sociedade civil’ no Brasil. Seu uso entre nós, tanto na Universidade quanto no jornalismo político, data da segunda metade dos anos 70, quando se acentuam os processos de corrosão da ditadura militar, causados em grande parte pela irrupção de novos movimentos sociais, entre os quais se destaca o novo sindicalismo do ABC. Não é casual que tenha sido nesse mesmo momento que Antonio Gramsci se transformou num dos mais importantes interlocutores do pensamento social brasileiro. Compreende-se assim que o termo ‘sociedade civil’, que então entrava em moda, terminasse por ser identificado – em muitos casos equivocadamente – com o conceito análogo de Gramsci, conceito que ocupa uma posição central na filosofia política do pensador marxista italiano.

No contexto da luta contra a ditadura, ‘sociedade civil’ tornou-se sinônimo de tudo aquilo que se contrapunha ao Estado ditatorial, o que era facilitado pelo fato de ‘civil’ significar também, no Brasil, o contrário de ‘militar’. Disso resultou uma primeira leitura problemática do conceito: o par conceitual sociedade civil / Estado, que forma em Gramsci uma unidade na diversidade, assumiu os traços de uma dicotomia radical, marcada ademais por uma ênfase maniqueísta. Nessa nova leitura, ao contrário do que é dito por Gramsci, tudo o que provinha da ‘sociedade civil’ era visto de modo positivo, enquanto tudo o que dizia respeito ao Estado aparecia marcado com sinal fortemente negativo.

Esse deslizamento conceitual, muitas vezes apresentado como a verdadeira teoria gramsciana, não provocou, no momento da transição, maiores estragos, embora tenha contribuído para obscurecer o caráter contraditório das forças sociais que formavam a sociedade civil brasileira, as quais, apesar dessa contraditoriedade, convergiam objetivamente na comum oposição à ditadura; esse obscurecimento, decerto, facilitou a hegemonia das forças liberais no processo de transição, que Florestan Fernandes não hesitou em chamar de ‘transação conservadora’. Mas as coisas se complicaram decisivamente quando, a partir de final dos anos 80, a ideologia neoliberal em ascensão apropriou-se daquela dicotomia maniqueísta para demonizar de vez tudo o que provém do Estado (mesmo que se trate agora de um Estado de direito) e para fazer a apologia acrítica de uma ‘sociedade civil’ despolitizada, ou seja, convertida num mítico ‘terceiro setor’ falsamente situado para além do Estado e do mercado.

Embora o belo livro que o leitor tem em mãos não assuma essa problemática como tema central, ela constitui certamente o pano de fundo e o motivo inspirador da instigante pesquisa que nele desenvolve. O objetivo central deste livro consiste precisamente no resgate do verdadeiro conceito gramsciano de ‘sociedade civil’, revelado aqui em toda a sua densidade política. Com efeito, na visão de Gramsci, ‘sociedade civil’ é uma arena privilegiada da luta de classe, uma esfera do ser social onde se dá uma intensa luta pela hegemonia; e, precisamente por isso, ela não é o ‘outro’ do Estado, mas – juntamente com a ‘sociedade política’ ou o ‘Estado-coerção’ – um dos seus inelimináveis momentos constitutivos. Para Gramsci, como Semeraro nos mostra muito bem, nem tudo o que faz parte da sociedade civil é ‘bom’ (ela pode, por exemplo, ser hegemonizada pela direita) e nem tudo o que provém do Estado é ‘mau’ (ele pode expressar demandas universalistas que se originam nas lutas das classes subalternas). Somente uma concreta análise histórica da correlação de forças presente em cada momento pode definir, do ângulo das classes subalternas, a função e as potencialidades positivas ou negativas tanto da sociedade civil como do Estado.

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¿Quién teme a la renta básica de ciudadanía?

Antoni Domènech, Daniel Raventós

Quien se tome la molestia de leer el diario de sesiones de las Cortes, fácilmente advertirá un vivo contraste, de forma y de fondo, en los argumentos cruzados. Joan Tardà (ERC) y Carme García (IU-ICV) expusieron con solidez y sobriedad algunas de las razones que en los últimos 20 años se han ido debatiendo en distintos medios académicos y en muchos foros sociales. Del otro lado, y como si no hubiera tenido lugar esa amplia discusión internacional (con la participación, entre muchos otros, de algunos premios Nobel de Economía y de reconocidos filósofos), piruetas verbales escurriles y pseudocríticas que no se avilanta a esgrimir ya nadie que conserve intacto el sentido del autorrespeto intelectual. Principalmente, ésta: "¡La gente no trabajaría!".

¡Como si no hubiera ya en la sociedad actual gentes que viven opíparamente de renta, sin que a los esforzados paladines del sudor en la frente les entre el menor arrebato justiciero! ¡Y como si en la distribución funcional de los ingresos en el Reino de España la parte de la masa salarial no hubiera retrocedido, año tras año, en el producto social global, mientras la parte de las rentas y los beneficios empresariales no dejaba de crecer! Además, trabajo asalariado no es coextensivo con "trabajo". Existen otros dos tipos de trabajo: el doméstico y el voluntario. Se calla por sabido que esos trabajos no remunerados son importantísimos en la creación de riqueza y bienestar social, queden o no registrados en el PIB.

Yendo al trabajo remunerado, hay muchas razones para suponer que una RB no provocaría una secessio plebis, una retirada masiva del mercado laboral. Por lo pronto, lo que los más buscan en el trabajo es, junto a ciertos ingresos, reconocimiento social; sentirse útiles, incluso cierta autorrealización. Y aun si la gente no persiguiera sino remuneración, el deseo de obtener mayores ingresos deriva de muchos factores de índole social y cultural; que no se extinga ese deseo ni con salarios altos, permite suponer su persistencia bajo una RB que, aun garantizando una existencia digna, quedaría muy lejos del lujo. Además, el mercado laboral "de calidad" es hoy cada vez más raquítico, y excluye a buena parte de la población. Que algunas personas abandonaran sus empleos basura para dedicar unos años a formarse, a colaborar con organizaciones dedicadas a la solidaridad o a emprender algún proyecto personal, no debería verse como algo a priori preocupante. Al contrario: liberaría a mucha gente de la presión de encontrar una ocupación a cualquier precio, lo que obligaría a los empresarios a ofrecer condiciones más atractivas para algunos empleos.

La realización de horas extraordinarias por parte de muchos trabajadores y el desempeño de actividades remuneradas por parte de personas jubiladas anticipadamente son dos contundentes realidades que destruyen la presunción de que la RB traería consigo la drástica contracción de la oferta de trabajo asalariado. Son legión los trabajadores que, habiendo aceptado las jubilaciones anticipadas ofrecidas por muchas grandes empresas para reducir plantilla, realizan, pese a contar a veces con buenos ingresos, trabajos remunerados. Si, pues, muchos trabajadores hacen horas extraordinarias y buena parte de los (pre)jubilados siguen desempeñando tareas remuneradas, nada invita a pensar que con una RB ocurriría lo contrario.

Varios estudios empíricos y de simulación arrojan alguna luz sobre el asunto. Algunos modelos de simulación (presentados en distintos congresos de la Basic Income Earth Network) predicen sólo una pequeña retirada del mercado de trabajo por parte de algunos trabajadores con empleos mal pagados y desagradables. (Material interesante al respecto, en www.redrentabasica.org). Otros muestran que el estímulo para aceptar un empleo por parte de quienes hoy cobran prestaciones sociales sería mucho mayor con una RB. Los temores catastrofistas ante una sociedad de vagos y ociosos no encuentran apoyo en lo que hoy se sabe y se puede razonablemente conjeturar.

Otra objeción apuntaba a los "terribles costos" de la RB. Si, como el terrateniente que ante el debate sobre la reforma agraria de la II República, dijo castizamente: "Estoy de acuerdo con esta reforma, porque entre lo que tengo y lo que me van a dar…", se pensara que en la RB todo suma, resultaría hasta inteligible la protesta farisaica ante los "terribles costos" de su implantación. Un banquero recibiría la RB igual que un mendigo, en efecto. Mas el banquero, en todo modelo de financiación serio, pagaría mucho más de lo que recibiría como RB. En un estudio econométrico que también se mencionó en el debate parlamentario (La Renda Bàsica de Ciutadania. Una proposta viable per a Catalunya, Fundació Jaume Bofill, 2005) se muestra que es perfectamente posible financiar una RB de 5.414 euros anuales para los adultos y de 2.707 para los menores mediante una reforma a fondo del IRPF.

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O pensador hegemônico

Michael Löwy, Guido Liguori, Sérgio Paulo Rouanet

1999

O material publicado pela Folha de S. Paulo, reproduzido abaixo, compreende a entrevista de Carlos Nelson Coutinho, realizada por Maurício Santana Dias; depoimentos de expressivos intelectuais brasileiros; e três artigos especiais, assinados por Michael Löwy, Guido Liguori e Sérgio Paulo Rouanet

———————————–1. ENTREVISTA – Carlos Nelson Coutinho ———————————–

No dia 8 de novembro de 1926, o deputado e secretário-geral do PCI (Partido Comunista Italiano), Antonio Gramsci (1891-1937), foi preso pelas forças de Mussolini. Dois anos mais tarde, em seu julgamento, o promotor teria afirmado: "É preciso impedir que esse cérebro funcione por 20 anos". Gramsci foi então condenado a uma pena pouco maior que essa, da qual cumpriu mais de dez anos. No cárcere, entre 29 e 35, produziu uma das mais importantes obras de reflexão política do século.

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Georg Lukacs y el estalinismo

Nicolas Tertulian

Artículo publicado en la revista “Les Temps Modernes” bajo el título de “Georg Lukacs y el estalinismo” y firmado por Nicolas Tertulian.

Pocos son hoy en día los que evocando la lucha de los intelectuales contra los regímenes totalitarios del Este, hagan referencia a alguna otra forma de oposición que no sea la de los disidentes. El mérito de estos hombres de gran coraje, que de Andrei Sajarov a Vaclav Havel y de Leszek Kolakowski a Alexandre Solshenitsin, han adquirido una legítima audiencia, no debe sin embargo, hacer olvidar por un reflejo anticomunista, comprensible pero no obstante simplificador, el hecho de que la contestación comenzó en el interior mismo del sistema, y que intelectuales marxistas como Bertold Brecht, Ernst Bloch o Georg Lukacs han denunciado con vigor las prácticas stalinianas y el “socialismo de cuartel”. El contenido y la finalidad de sus críticas eran evidentemente diferentes de las de los disidentes: deseaban la reforma radical de esas sociedades, su reconstrucción sobre bases auténticamente socialistas y no la restauración del capitalismo.

En 1958, Ernst Bloch le confiaba amargamente a su amigo Joachim Schumacher, que él mismo y sus discípulos habían sido objeto de una represión brutal en la RDA. En su carta, remitida por prudencia desde Austria, le explicaba a su interlocutor que su crítica contra la “Satrapen-Misswirtschaft” (desastrosa economía de sátrapa) había sido tolerada durante un cierto tiempo y bien que mal aceptada, pero desde la aparición del movimiento contestatario húngaro, -el círculo Petöfi comienza a reunirse en 1956-, la situación cambió completamente. Vejaciones y prohibiciones se sucedieron. Prohibición de enseñar, prohibición de publicar el tercer volumen del libro “Principio Esperanza”. Bloch describía la situación con una fórmula lapidaria: <Man brauchte einen deutschen Lukács…> (sin traducción en el artículo).

Se tenía necesidad de un Lukács alemán en la RDA de Walter Ulbricht, quien temía la posibilidad de que el espíritu del círculo Petöfi, del cual Lukács había sido uno de los animadores, pudiese propagarse. Y en la buena tradición staliniana, había promovido un sonado proceso, destinado a prevenir cualquier veleidad que pusiera en cuestión los métodos del poder establecido. Los principales inculpados de este proceso habían sido Wolfgang Harich y Walter Janka.

Gracias a las obras publicadas esos últimos años por Walter Janka, viejo comunista, viejo combatiente de la guerra civil española y, en el momento de su arresto en 1956, director de la gran editorial de Berlín, Aufbau-Verlag, podemos hacernos una idea más clara de las repercusiones que el papel jugado por Lukacs en el levantamiento húngaro, tuvieron sobre el establishment alemán oriental.

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