Un punto de encuentro para las alternativas sociales

Bolivia insurgente. El retorno del fantasma

La rebelión de los de abajo ha vuelto a ocupar el centro del escenario latinoamericano. La insurgencia boliviana continúa y profundiza una seguidilla de sublevaciones populares que se viene desarrollando desde el comienzo de la década actual. Cochabamba (2000), Buenos Aires (2001), Caracas (2002) son algunos de los hitos que marcan el nacimiento de una nueva realidad social generada a partir del hundimiento institucional y económico de un capitalismo regional desquiciado por la depredación. En cada  caso los medios de comunicación trataron de acotar el significado de esas convulsiones limitándolas a sus especificacidades nacionales o locales, pretendiendo disminuir su trascendencia. Buscaron reducir los levantamientos en Bolivia durante el año 2000 a la guerra del agua debida al descontento de la población de Cochabanba por la entrega de su suministro a una empresa privada, o bien simplificar la insurrección de diciembre de 2001 en Argentina  atribuyéndola a la reacción de los ahorristas estafados, en Venezuela al antigolpismo de las masas chavistas, en Ecuador al despertar indígena y ahora en Bolivia encasillándola como guerra del gas. La avalancha social que presenciamos es mucho más que eso, persiste a lo largo del tiempo, se extiende en el espacio latinoamericano, se radicaliza y masifica (el itinerario boliviano entre 2000 y 2003 es ilustrativo al respecto).

La región se encuentra desgarrada por dos procesos interdependientes pero antagónicos. Por una parte la dinámica elitista y desestructuradora del sistema económico y su trama político-institucional y frente a ella el ascenso, la tentativa de recomposición y sobrevivencia civilizacional de grandes masas sumergidas, mayoritariariamente urbanas o culturalmente urbanizadas, cada día más empobrecidas. La crisis (y colapsos en ciertos casos) de los modelos neoliberales ha agravado bruscamente dicho antagonismo. Se trata en consecuencia de fenómenos muy profundos, con componentes locales y regionales.

Economía y política

Exagerando la síntesis podríamos decir que el capitalismo le queda chico a las grandes mayorías populares de América Latina. Aumentan exponencialmente los excluidos y asalariados superexplotados porque la economía de mercado no se reproduce  ampliando el área de sectores sociales integrados sino estrechándola, no extiende la infraestructura educativa, sanitaria, habitacional, de transportes, etc, por el contrario la depreda, no crea nuevos empleos, destruye y degrada muchos de los existentes. No debido a un brote de irracionalidad de algunos (o muchos) malos capitalistas sino a la lógica decadente del capitalismo, sobredeterminante, global, sin lugar (o con espacios en rápida contracción) para ilusorios capitalistas serios o productivos. En la era en que la burguesía deviene lumpenburguesía el sistema económico, acaparado por redes de saqueadores (financieros, comerciales, agrarios, industriales) locales y transnacionales, no admite transformaciones positivas o solo ensaya cambios perversos (como los promovidas por el FMI)  que incrementan el pillaje.

Mientras la estructura económica aparece como un corsé que se va encogiendo al ritmo de los ajustes y las reformas estructurales, los sistemas políticos y más en general las instituciones van perdiendo legitimidad. Las democracias latinoamericanas abandonan sus últimas pretensiones de representatividad popular y quedan al descubierto como mafias, grupos restringidos de negocios más o menos criminales. Hacia comienzos de los años 90 democracia y liberalismo económico se presentaban como las dos caras del progreso, ahora el fracaso neoliberal arrastra a las democracias elitistas al pantano común de la crisis. Sanchez de Lozada fue una muestra caricatural de esa evolución. Era un hombre de los 90, cuando su barco empezó a naufragar sin remedio Bush le brindó públicamente apoyo, Kofi Anan y el Papa llamaron a la paz social (basada en la resignación de los pobres) y los nuevos presidentes progres Lula y Kirchner enviaron mediadores. Por suerte el pueblo boliviano no tuvo tiempo para escuchar los pedidos de calma del Santo Padre y siguieron peleando hasta desalojar al presidente-millonario, sin dejarle posibilidades de ejercer sus artes a los expertos en embrollos fletados a La Paz por los jefes de estado mencionados (seguramente alentados por Repsol, principal inversor en el proyecto de saqueo del gas boliviano).

Bolivia rebelde

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La descomposición

“Todas las tradiciones están gastadas, todas

las creencias anuladas, y no despunta una nueva

conciencia en las masas; es lo que yo llamo la descomposición,

es el momento mas atroz en la existencia de las sociedades”

Pierre-Joseph Proudhon

 

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¡El FMI está de fiesta!

Julio Gambina

jgambina@imfc.coop

El gobierno argentino anunció la cancelación de la deuda pública con el FMI por un monto de 9.810 millones de dólares. El pago se hará con recursos propios, provenientes de las reservas internacionales. La medida expresa la continuidad y profundización de la política que se venía aplicando en materia de endeudamiento externo desde que Néstor Kirchner asumió en mayo de 2003, privilegiando el pago a los organismos financieros internacionales. La Argentina nunca estuvo en default con estos acreedores internacionales, pues el compromiso con ellos fue siempre el riguroso pago, claro que pronunciando críticos discursos al FMI.

Teníamos razón cuando sosteníamos que la Argentina tenía recursos para hacer frente a las necesidades sociales postergadas. Anualmente se gastan 1.000 millones de dólares en financiar el plan de jefes y jefas de hogar para 1.700.000 personas. Ahora y en un pago se aplican recursos 10 veces más para cancelar acreencias con el FMI. Otros podrían haber sido los usos de ese dinero. Se prefirió pagar al FMI aún conociendo ampliamente las necesidades sociales insatisfechas en alimentos, salud, educación, vivienda, empleo, desarrollo local y productivo que hace a la calidad de vida deteriorada de una gran parte empobrecida del pueblo de la Argentina.

Se comunicó la medida en el mismo momento en que la Cámara de Diputados aprobaba el Presupuesto del 2006, donde se incluía una suma destinada al pago de la deuda y que ahora no tendría destino, pues el acreedor será satisfecho antes de finalizar el presente año. ¿Qué ocurrirá con esos fondos aprobados por los parlamentarios? ¿Se encargará el poder ejecutivo de su reasignación para el pago de otras acreencias, o tendrá otro destino? Más allá de los interrogantes, la realidad es que otra vez se pasa por alto la Constitución Nacional que sostiene que es el Parlamento el que debe “arreglar” la deuda.

¿Quién quería el desendeudamiento?

Desde el gobierno se pretende instalar que se trata de una medida soberana y que quita la posibilidad de condicionamiento externo a la política económica local. Nos permitimos dudar de esa reflexión, ya que curiosamente los grandes deudores del FMI siguen el mismo camino. Cuando estalla la crisis argentina en el 2001 los grandes deudores del FMI eran Rusia, Turquía, Brasil y Argentina. Salvo Turquía, los demás cancelaron la totalidad de las acreencias con el organismo internacional, con Brasil y Argentina anunciando el pago con 48 horas de diferencia. Es mucha la casualidad de “estrategias soberanas” planteadas en simultáneo. Mejor es pensar que el FMI quería bajar la exposición financiera con esos grandes deudores y en rigor, era el mandato del principal accionista del Fondo: EEUU.

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La reproducción ampliada del poder mafioso. La segunda etapa del gobierno de Kirchner.

Jorge Beinstein

Gradualmente el gobierno argentino se va desprendiendo de la máscara progresista y comienza a mostrar su verdadero rostro mafioso. Una sucesión de acontecimientos aparentemente sin vinculación entre si señalan el despegue de la nueva etapa oficial. Las denuncias póstumas del ex ministro de interior Gustavo Beliz daban pistas muy claras sobre los vínculos entre el Poder Ejecutivo y funcionarios de la SIDE (Secretaría de Informaciones del Estado) cuya trama se remonta a la última dictadura militar. Luego se precipitaron hechos como la acusación de Arslanián (ministro de seguridad de la Provincia de Buenos Aires) acerca del apoyo presidencial al brote neofascista encabezado por el empresario Blumberg o la impunidad judicial establecida en el caso AMIA (difícil de ser concretada sin algún tipo de guiño desde el poder). Y luego una seguidilla represiva sincronizada con una abrumadora campaña mediática digitada desde la Casa Rosada. Esto forma parte de una realidad más amplia que incluye el fracaso de la operación transversal que pretendía dotar a Kirchner de un movimiento político propio, y su consecuencia lógica: la recomposición de la alianza con las camarillas políticas tradicionales. Pero principalmente el fin de la endeble recuperación de la economía atravesada por la lógica depredadora del sistema que exige nuevas transferencias de ingresos hacia arriba lo que requiere en primer lugar la eliminación de las protestas sociales y su radicalización política. La descalificación mediática de los piqueteros y la movilización fascista de las clases altas son dos componentes imprescindibles de la estrategia represiva en curso. Es un momento decisivo para el gobierno que deberá enfrentar a una oposición de izquierda cuya onda ascendente puede ser muy grande a mediano plazo si la situamos en un contexto socioeconómico marcado por la extensión de la miseria. La profundización de este modelo de ajuste perpetuo obliga al régimen a arrojar lastre progresista, el preservativo rosado ya cumplió su cometido principal, fue muy útil para el restablecimiento de la gobernabilidad, ha llegado la hora de arrojarlo al basurero (el presidente preferiría hacerlo en cómodas cuotas). En síntesis; Kirchner con un juego propio cada vez más restringido debe cogobernar con camarillas políticas repudiadas por el grueso de la población. Y articuladas con tramas mafiosas que se extienden al conjunto del sistema bajo el monitoreo del FMI. La nueva Argentina Este cambio de imagen de la era k no es más que un instante en la larga marcha de la decadencia nacional, de la que emergen mutaciones, algunas de difícil visualización, que van conformando una nueva realidad social imponiendo su presencia más allá de la dinámica confusa de los interminables embrollos en la superficie del tembladeral. Un observador perspicaz hubiera percibido a comienzos de la década de 1940 que en nuestro país se estaban produciendo transformaciones destinadas a repercutir tarde o temprano en el escenario político. Un abanico de grupos sociales nuevos asociados a la industrialización irrumpían desbordando a la vieja sociedad oligárquica: obreros y burgueses industriales, capas medias urbanas ascendentes, se superponían, desplazaban o se combinaban con un conjunto no menos complejo proveniente del anterior ascenso económico de signo agroexportador. Se trataba de un proceso de integración al capitalismo local en crecimiento. Ahora nos encontramos ante un fenómeno de signo opuesto iniciado hace cerca de medio siglo con la Revolución Libertadora (1955), acelerado desde 1976 y dando un salto decisivo en el colapso de 2001. Lo ocurrido aquí en los años 40 empalmó con (terminó formando parte de) un gigantesco movimiento de regeneración y expansión de la economía mundial que se prolongó durante varias décadas. Uno de cuyos rasgos distintivos fue el liderazgo estatal, tanto en Occidente que devino keynesiano como en la mayor parte de la periferia; desde el estatismo nacionalista burgués de Perón o Nasser hasta el socialismo de estado de la URSS, Europa del Este o China. El mundo actual es otro, luego de casi treinta años de ascenso del parasitismo financiero y desaceleración productiva global, con numerosos estados periféricos colapsados, la desaparición de la Unión Soviética, la exclusión creciente de poblaciones en las áreas subdesarrolladas. Atravesado por el fracaso ideológico del neoliberalismo y la irrupción de formas embrionarias de re-autonomización periférica. Mientras nuestra (lumpen) burguesía local sobrevive como mafia, es posible detectar algunos fenómenos que pueden ayudarnos a construir un cuadro de situación medianamente racional del país, entre ellos me parece importante señalar cinco: Primero: agonía del peronismo Convertido en el principal sostén político del sistema, completamente vaciado de su vieja mística, reducido a su raíz burguesa en el peor sentido del término. Refugio de camarillas cada vez más alejadas del pueblo. Diciembre de 2001 las incluyó en el lapidario que-se-vayan-todos, Kirchner intentó torpemente superar el problema fabricando desde arriba una suerte de renovación transversal (más allá del Partido Justicialista que lo engendró) con náufragos de la segunda línea del sistema político. Fracasó porque los desechos humanos reclutados, sin base social significativa y aplicando la estrategia del FMI, se limitaron a entonar melodías setentistas y reproducir las prácticas mafiosas de sus viejos jefes. Que concluida la modesta aventura del presidente volvieron al estrado; Duhalde dando su visto bueno a la represión antipiquetera y Alfonsín, como de costumbre, denunciando un futuro golpe de estado de derecha contra un gobierno también de derecha. Los politicólogos suelen llamar a esto crisis de representatividad , pero es mucho más que eso, se trata de la desintegración de la política burguesa en un proceso de largo plazo, con idas y venidas, renovaciones frustradas, grandes vacíos duraderos (fenómeno institucional profundo vinculado a la declinación del estado). Segundo: ilegitimidad del poder Que incluye al fenómeno anterior extendiéndose al conjunto del régimen (jueces, policías, medios de comunicación, grandes empresarios…); el sistema de poder es visto por los de abajo como un conjunto de bandas de ladrones. Se trata de la agudización de lo ocurrido luego de 1955 cuando fue impuesto un esquema político restringido (proscripción del peronismo), que generó formas extra institucionales de oposición popular (entre ellas la lucha armada contra dictaduras militares y gobiernos civiles de escasa representatividad). La brecha fue aparentemente cerrada en 1983, pero la democracia elitista que se instauró formó parte del proceso de concentración de ingresos, degradación del estado y del tejido productivo, desnacionalización económica y desintegración social. Lo que desató a comienzos de la década actual el repudio masivo de los mecanismos institucionales en su forma colonial concreta, degradada. La breve era progre del gobierno de K no consiguió mejorar la situación, por el contrario su fracaso y sinceramiento mafioso profundiza la ilegitimidad del Poder, su separación respecto del grueso de la población, al mismo tiempo que relegitima las más diversas formas de oposición, en especial las que se colocan fuera del sistema. Tercero: debilidad cultural de las clases altas Luego del fin del triunfalismo neoliberal (privatista, individualista, pronorteamericano), la elitización social no encuentra un discurso ideológico que la justifique. El neoliberalismo de los años 90 prometía prosperidad para todos aunque con sacrificios iniciales ineludibles (Menem: ‘estamos mal pero vamos bien’), el sistema actual donde se acelera la desigualdad y la miseria de millones de personas carece de ilusiones. Solo le queda el exabrupto neofascista, el manotazo defensivo de los privilegios fundado en la cultura del apartheid. Los medios de comunicación pueden producir golpes de efecto eficaces, pero al poco tiempo pierden influencia bajo el peso de la realidad. El caso Blumberg es ilustrativo, la campaña mediática exigiendo mano dura contra el delito amalgamándolo con la delincuencia social y desde allí con la rebeldía de los pobres, terminó por chocar contra hechos evidentes como la asociación entre crimen organizado y mafia policial-judicial o la trama delictiva de políticos y empresarios exitosos. Además las clases altas movilizadas (incluido Blumberg) no pueden evitar sus exaltaciones reaccionarias ahuyentando a numerosos seguidores, finalmente la cruzada apareció como le que realmente era: un ensayo de consenso social para el disciplinamiento represivo de los de abajo. La instauración de una cultura de apartheid, de segregación policial-judicial de los excluidos, que eventualmente podría reemplazar al neoliberalismo como discurso legitimador del sistema, enfrenta problemas de difícil solución. El principal de ellos es la crisis desarticuladora de la vieja integración social cuya dinámica no se ha detenido empujando a crecientes sectores medios y bajos hacia la oposición al régimen. Otro escollo no menos importante es la podredumbre del Estado a la que es necesario agregar el caos gansteril de las élites económicas. Distinta ha sido la situación en Europa occidental luego de la crisis de los años 1970 donde un amplio espectro de clases privilegiadas relativamente estables constituyeron la base del neofascismo de apartheid contra trabajadores provenientes de la periferia y otros grupos reprimidos. Cuarto: presencia de la izquierda Aparece desafiante, por primera vez luego de un largo ostracismo, con cada vez más extendida inserción en los sectores sumergidos (hasta hace poco coto cerrado del peronismo) y también creciendo en ciertos segmentos las capas medias empobrecidas. La irrupción piquetera ha sido hasta ahora su expresión más destacada ganando la calle y en el centro de los conflictos sociales, relegando a las burocracias sindicales. En un primer momento el fenómeno fue subestimado, sobre todo por la dirigencia peronista que había congelado la vieja imagen de la izquierda marginal implantada en la pequeña burguesía. Pero también fue mal interpretado por el progresismo que compartía los prejuicios peronistas a los que agregaba teorizaciones perversas acerca de la inevitable fascistización del conjunto de las clases medias arruinadas y otras predicciones derrotistas por el estilo. Para sorpresa del establishment la izquierda protagoniza el descontento popular pasando a constituir un auténtico hecho maldito: no se institucionaliza como lo desearían los manipuladores del sistema, volcando toda su energía en una interminable carrera desde el llano hasta su banalización burguesa. Carece de capacidad para institucionalizarse porque emerge como un movimiento de rechazo al capitalismo subdesarrollado, realmente existente, y no como la pretensión históricamente imposible de integración al mismo. Es inepta para competir en el terreno de la politiquería del régimen pero (recientemente) demostró su habilidad para echar raíces entre los de abajo a través de una multiplicación incesante de organizaciones, tendencias y facciones de todo tamaño y de muy variadas orientaciones teóricas. Es su forma específica, plural, de crecer y consolidarse. Detrás de esa apariencia caótica se van gestando de manera irregular embriones de articulación estratégica. Los políticos tradicionales deberían recordar la definición de Hipólito Irigoyen:’todo taller de forja se parece a un mundo que se derrumba’. Quinto: extrema fragilidad económica Componente esencial del sistema, superendeudado, dependiente de superávits comerciales inciertos basados en el aplastamiento de las importaciones (es decir del mercado interno) y de la obtención de grandes superávits fiscales gracias a fuertes presiones tributarias directas o indirectas contra las clases medias y bajas, devaluaciones, y sobre todo salarios superbajos y masas crecientes de excluidos. Con un contexto regional turbulento y formando parte de un imperio acosado por sus fracasos militares y económicos. Con ese horizonte a la vista no es posible estabilizar el esquema de superexplotación impuesto desde 2002, los pagos de deuda externa y los superbeneficios de las empresas privatizadas, los bancos y los grandes exportadores reducen a cero la perspectiva de un crecimiento durable y por consiguiente de bloqueo o reversión de la desintegración social. Ello torna ilusorios los proyectos de gobernabilidad en el largo plazo incluidos los de carácter elitista-autoritario porque todos ellos carecen entre otras cosas de una retaguardia económica mínimamente estable, lo que anticipa la reproducción al infinito de peleas salvajes por el reparto del botín al interior de las clases dominantes y el rebrote inevitable de rebeldías en las masas sumergidas. La historia continúa En última instancia el futuro de la decadencia (es decir de la continuidad del régimen) depende del desarrollo del antisistema, de la izquierda pensada como desarrollo insurgente, como catalizador de una posible avalancha de los pobres. Esa eventualidad le quita el sueño al poder, que oscila entre la disuasión más o menos legal (judicialización y aislamiento mediático de las organizaciones populares) y la represión salvaje. Sabiendo que la ruptura cultural de diciembre de 2001 esta viva, se reproduce (misteriosamente) y aguarda una nueva oportunidad para expresarse. Esto lleva a la reflexión sobre los caminos de la revolución necesaria, de la liquidación de un régimen que no admite reformas, cuyo nivel de podredumbre hace descartar cualquier ilusión de cambio desde el interior de la institucionalidad colonial. Por ahora el gobierno se dedica a hacer buena letra represiva y a garantizar la rapiña, aunque tratando de reducir al máximo el costo político de sus decisiones. Kirchner sabe (o debería saber) que su margen de maniobra se va agotando, si no endurece su política tal como lo exigen el FMI, los grandes grupos económicos, la derecha caníbal; será descartado por la mafia que lo engendró, aunque si lo hace desatará la bronca del pueblo, lo que a su vez lo convertirá en un objeto inservible en el juego de las clases dominantes que no dudará ni un instante en arrojarlo a las fieras (su amigo Alfonsin le puede contar experiencias muy esclarecedoras). Un verdadero círculo vicioso.

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El nuevo anticomunismo de la nueva derecha post-antifascista europea

Luciano Canfora

29/01/06|

"La recuperación historiográfica de una parte más o menos grande de la experiencia fascista y la consiguiente demonización martilleante de la experiencia comunista no son una operación erudita: son una operación política que pretende resultados de todo punto políticos. De lo que se trata es de destruir la noción positiva de antifascismo (concepto que asume el fascismo como mal principal), y de fundar un orden constitucional conforme a las aspiraciones de aquellos estratos que en su momento no vacilaron en avalar precisamente al fascismo como remedio"

Hace una pocas semanas, un "nuevo filósofo" francés, el exmaoísta Alain Finkielkraut, declaró, a cuenta de los disturbios vividos el pasado otoño en París, que "el antirracismo será en el siglo XXI lo que ha sido el comunismo en el siglo XX", es decir, en su opinión, una ideología totalitaria peligrosa que ha de ser combatida con todos los medios: finalmente, los inmigrantes y sus hijos "odian trabajar", y "sólo quieren dinero y ropas de marca". Pocos tomaron demasiado en serio las declaraciones de este pícaro mediático habituado, exactamente igual que sus equivalentes –"filósofos" o "historiadores"— en España y en otros países, a exhibir con dosificada astucia su nuevo extremismo oligofrénico bajo la patente de perito en legitimación de lo existente que le conceden los grandes medios de comunicación del sistema. Pero como decía Bertolt Brecht, los excesos revelan la esencia del fenómeno. En esta semana que, a propuesta del Partido Popular Europeo, se debate en el Parlamento europeo una moción de condena del "totalitarismo comunista", nos ha parecido oportuno reproducir este lúcido y analítico discurso pronunciado por el historiador Luciano Canfora en Rímini [como invitado a la tribuna de oradores durante el III Congreso del Partido de los Comunistas Italianos, celebrado en febrero de 2004] sobre el significado político del revisionismo histórico anticomunista y de la paralela reorientación de la actual derecha italiana y europea en un sentido post-antifascista.

QUERRÍA EMPEZAR recordando una verdad elemental, a saber: que la historia la escriben los vencedores. Y puesto que la larga guerra europea, y luego mundial, comenzada en 1914 y desarrollada luego en varias fases, terminó, tras varias vueltas, paces aparentes y cambios de frente, con la derrota de la Unión Soviética en 1991, es evidente que, por ahora, y por mucho tiempo aún, la historia que prevalecerá será la que escriban los enemigos de la Unión Soviética, y por ende, del antifascismo.

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Le thé au harem d’ Archiméde

Carlos M. Gutiérrez.

¿Que está pasando en Francia?

El título de este artículo, que hace referencia al de una interesante película francesa de 1984, dirigida y escrita, con tono autobiográfico, por el francés nacido en Argelia Mehdi Charef, trata de apuntar y describir la clave de los acontecimientos que están sucediendo en los últimos días en Francia.

Las conmovedoras y duras imágenes del film nos muestran la historia de dos adolescentes, uno un inmigrante de origen magrebí y el otro de origen francés, que viven y luchan en esos auténticos ghettos de marginalidad y exclusión que fueron levantados en los años sesenta-hasta un total de 750 en toda Francia-, y que algunos llaman cités, y que han sido rebautizados, de modo ciertamente eufemístico, como "zonas urbanas sensibles".

En el pasaje más impactante de la ya antigua película se nos muestra la impotencia y la rabia del muchacho inmigrante al recibir toda la burla e incomprensión de sus compañeros de clase y de su propio maestro. El chico es interpelado por su profesor a escribir en la pizarra el Teorema de Arquímedes (Le théoréme d¨Archimede). Con mano temblorosa e insegura, el joven magrebí traza sobre el tablero la frase: "Le thé au harem d’ Archimede (El té en el harén de Arquímedes). Todo un signo de falta de integración cultural y fracaso del sistema educativo, y una clara muestra de cómo el repliegue en las propias señas culturales sirve como barrera y como defensa ante un entorno que se percibe como hostil y extraño.

En un momento en el que la prensa europea está usando parecidos métodos de descalificación a los que estamos habituados por estos pagos: vándalos, delincuentes, traficantes de drogas o radicales islámicos, no está de más recordar que éste fenómeno, la exclusión y la represión de los inmigrantes, pobres, por supuesto, no es nuevo en Francia ni en el resto de Europa. Las imágenes que nos han llegado por medio de la televisión en los últimos días nos mostraban como abigarrados policías, armados hasta los dientes, efectuaban auténticas razzias en las que se apuntaba directamente contra pacíficos vecinos que estaban en sus portales, ¿en este caso está "en suspenso" el sacrosanto derecho a la propiedad privada?, ¿para los pobres no rige el derecho de inviolabilidad del domicilio?. Las imágenes eran muy claras para todo el que tenga ojos y quiera ver, los elementos que determinaban hacia donde apuntaban los agentes sus armas eran muy claros: el color de la piel y la posición en la escala social.

Cualquiera que simplemente tenga un mínimo de sensibilidad, verá claro, también, el paralelismo entre estas incursiones punitivas de los cuerpos de seguridad franceses, fuertemente penetrados de elementos fascistas y racistas, como en los casos italiano y español, y las que, hace bastante más tiempo, efectuaban las SS en los numerosos ghettos, fundamentalmente de Europa Oriental, a la caza de judíos, o también, a las más recientes expediciones de castigo que continúa llevando a cabo el ejercito israelí contra el pueblo palestino. En el caso de los ghettos de los años 40 y en el más actual del pueblo palestino existen muros en el sentido físico de la expresión, en la Francia y en la Europa actuales esos muros son seguramente, al menos, igual de infranqueables, aunque su visibilidad sea menor. Unos muros que se basan en la exclusión social y cultural, en una polarización social cada vez más acusada y en un moderno modo de exclusión espacial a través de la privatización y la precarización del transporte urbano y de la construcción de diversas barreras arquitectónicas.

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El comunismo condenado

Carlos Taibo

La Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa ha sido en las últimas semanas el escenario de agrias disputas sobre si convenía o no formalizar una condena de los regímenes llamados ‘comunistas’. Vaya por delante que todo me invita a concluir que hay razones sobradas para repudiar esos regímenes, protagonistas en el pasado de crímenes execrables, tanto en la URSS -y me ciño ahora al teatro europeo– como en sus satélites de la Europa central y balcánica. Agregaré, para dejar las cosas aún más claras, que me preocupan poco las discusiones relativas a si unos regímenes fueron más benignos que otros. Los crímenes deben ser condenados sean cuales sean los condicionantes comparativos que uno quiera invocar.

Aclarado lo anterior, hay que poner los puntos sobre las íes, sin embargo, en lo que se refiere a la presumible intención política y, en su caso, a la terminología comúnmente empleada por quienes están detrás de la iniciativa que nos ocupa. La tarea correspondiente reclama, como poco, cuatro precisiones que afectan a otras tantas cuestiones importantes.

La primera de ellas subraya lo que entre nosotros parece evidente: no puede colocarse en el mismo saco a los regímenes objeto de nuestro interés, por un lado, y a los partidos comunistas occidentales, por el otro. Fueren cuales fueren las dobleces de estos últimos –y las hubo, y muchas- parece fuera de discusión que configuraron instancias decisivas en la lucha contra los fascismos de entreguerras y en el derrocamiento de dictaduras de muy diverso corte.

No está de más recordar, por añadidura, que muchos de los militantes de esos partidos se dejaron la vida en ese empeño. Tampoco parece fuera de lugar la mención de que muchos comunistas disidentes se opusieron con coraje a los propios sistemas de tipo soviético.

Vaya una segunda consideración: mi percepción de siempre ha sido la que sugiere que es un craso e interesado error seguir etiquetando de ‘comunistas’ a lo que acabo de llamar, de manera más neutra, sistemas de tipo soviético. Y ello es así, en primer y marginal lugar, porque, aunque a menudo se olvide, esos sistemas rechazaron para sí la marca correspondiente: las más de las veces argüían que el comunismo era un objetivo final que se antojaba lejano. Mayor relieve tiene el hecho de que existen distancias alarmantes entre lo que una plétora de pensadores del XIX, con Marx a la cabeza, entendió que era el comunismo y la presunta concreción de éste en la Europa oriental del siglo siguiente. No nos engañemos mucho al respecto: si la idea comunista es muy anterior a los sistemas de tipo soviético -si así se quiere, es uno de los vectores siempre presentes en el pensamiento político occidental-, lo suyo es que convengamos que sobrevivirá también a esos sistemas, de la mano, acaso, de una crítica radical de lo que fueron.

Recelemos, en tercer lugar, de una palabra que aparece por doquier en estas discusiones:

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El racismo de Estado en Francia

Alain Vidal

De las leyes antiárabes a las leyes antijudías

El racismo de estado, de Jules Ferry al mariscal Petain.

El 28 de junio de 1881, Francia instituía oficialmente el racismo de Estado. Bajo la autoridad de Jules Ferry, entonces jefe de Gobierno, fue promulgado el Código del indigenismo. En aquella época, Argelia, formaba parte integrante del territorio de Francia, todos sus habitantes eran franceses. Con este Código, más de dos millones de franceses quedaron relegados "legalmente" al estatuto de sub-hombres.

Los Árabes de los tres departamentos de Argelia serán sometidos a una legislación racial. Reina desde ese momento, un estado de excepción permanente. Este Código transformó arbitrariamente al árabe, en un siervo de la gleba imponiéndole tallas y corvéas. En esa época, políticos y eminentes juristas, se elevaron contra ese "monumento de monstruosidad jurídica », pero fue en vano.

Con Jules Ferry triunfa « un principio jerárquico y racial que destruye el propio concepto de humanidad y de universalismo » proclamado en 1789. Es, sin reconocerlo, una puesta en cuestión radical de las ideas de la Revolución consideradas por los republicanos moderados como peligrosas para los intereses de la burguesía para el poder, peligrosas para la grandeza ( la "grandeur") de Francia. Digno heredero del Código Negro promulgado bajo Colbert, el Código del indigenismo hace regla de la excepción, con el fin de mantener un estado permanente de miedo en una población presuntamente culpable de todos delitos presentes y futuros. Delitos y penas instituidos son competencia directa de la administración, al margen de cualquier injerencia judicial.

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Los provocadores son gente sensible

Gregorio Morán

11/02/2006 No sé si somos conscientes de que estamos metidos en uno de los líos más graves desde 1914, cuando un descapotable rodaba amablemente una mañana de verano sobre uno de los coquetos puentes que jalonan el Miljacka a su paso por Sarajevo . Excelsa comitiva porque se trataba del viaje de bodas morganáticas del Príncipe Francisco-Fernando, heredero del imperio Austrohúngaro, interrumpido porque un chaval, estudiante de no sé qué llamado Gavrilo Princep, le descerrajó un par de tiros y lo destripo. El muchacho era un independentista serbio y los muertos principescos, un heredero y su señora, Sofía, duquesa Hohenburg; ambos un desastre de la postrera generación del reino de Kakania conocido como Austrohungría. Es posible que nadie derramara una lágrima por la pareja baleada. Da lo mismo, meses más tarde empezarían a llorar por turnos y luego a coro de millones. El incidente del puente sobre el río y el audaz muchacho con la pistola en ristre inauguraba una época, y al decir de muchos historiadores competentes, el siglo XX. Acababa de empezar la Primera Guerra Mundial. Recuerdo que cuando estuve en Sarajevo, durante el período en que la ciudad estaba sitiada y masacrada por los serbios, descendientes de aquel independentista simplón que fue Gavrilo Princep, el magnicida, busqué ansioso el Puente Latino donde empezó la historia. Estábamos en 1992, con la ciudad rodeada de francotiradores, serbios como Gavrilo, pero con fusiles de mira telescópica que te liquidaban como quien caza gamos, y Sarajevo era entonces ciudad de mayoría musulmana y bosnia, por más señas, y cuando yo preguntaba por el puente que había dado lugar a la Primera Gran Guerra de la humanidad, mis anfitriones musulmanes no entendían nada. No había ni siquiera una lápida para conmemorarlo; la habían retirado los bosnios porque homenajeaba a un serbio. Fleming Rose tiene 47 años y no sufre demasiado de las meninges pese a asumir la responsabilidad del suplemento cultural del diario Jyllands Posten. Es hombre de opiniones contundentes porque su experiencia de tres años como corresponsal danés en Washington le hace admirar Estados Unidos con pasión ferviente, igual que su otra experiencia en la Rusia soviética también de corresponsal, siete años, le convence de que los islamistas son lo mismo que los bolcheviques que él conoció; dogmáticos, fanáticos y poseedores de la verdad manipulada. A él se debe una iniciativa singular que sería la que iba a generar el comienzo de esta guerra que aún no sabemos a dónde va a llegar. En su condición de jefe de la sección cultural del diario danés se encontró ante un dilema que afectaba a su conciencia. Dinamarca es un país muy restrictivo en cuanto a la emigración – no llegan a doscientos mil los musulmanes en su territorio-, relajadamente pietista en su evangelismo protestante que tanto impresionó a nuestro Unamuno que se propuso estudiar danés para entender a quien él consideraba su alga gemela, aquel hirsuto e intratable Sören Kierkegaard. Lo que afectó a Fleming Rose en su conciencia de ciudadano libre de un país pequeño que le ha costado mucho sobrevivir ante los colosos que lo rodean, eran los tres o cuatro incidentes que demostraban el miedo que les entraba a las gentes de oficios artísticos cuando debían afrontar asuntos musulmanes. Un escritor de narraciones para niños no daba con ningún osado dibujante que ilustrara un cuento sobre Mahoma, una traductora del libro de la diputada holandesa Ayaan Hirsi Ali se negaba a poner su nombre en los títulos por temor a represalias… Una reunión de los redactores del suplemento cultural dio una pista de una audacia temeraria, por más que periodísticamente fuera impecable. Se trataba de pedir a los más notables ilustradores de Dinamarca un mono sobre Mahoma. De la solicitud que se hizo a 40 respondieron afirmativamente sólo 12, número con pretensión profética en el cristianismo, por aquello de los doce apóstoles. Y ahí empezó todo. De las caricaturas mahometanas he de decir, porque las he visto, que hay de todo; mientras que la denostada imagen del Profeta con turbante dinamitero carece de la más mínima gracia, hay una genial en la que Mahoma recibe en el cielo a un puñado de fundamentalistas y les advierte que el cupo de vírgenes se ha terminado; sarcástica respuesta humorística a las huríes prometidas por tantos imanes a quienes se inmolen en actos terroristas. El humor y la religión son literalmente incompatibles. En España, la única publicación capaz de superar cualquier barrera es la menos citada, me estoy refiriendo a esa revista insólita titulada El Jueves,que en un rasgo de humor memorable aparece los miércoles, y cuya sección ¡Dios mío! es un hallazgo para cualquier creyente desinformado. Fuera de eso no hay nada que juegue con esa goma-dos inmanejable que es el humor religioso. No hay que olvidar que estamos en un país, donde las revueltas se iniciaban quemando iglesias y conventos, cosa que parecen olvidar los sesudos comentaristas del liberalismo postfranquista. Las bestialidades a las que llegaron mis paisanos asturianos durante las revoluciones de 1934 o 36 sobre monjas, curas y edificios religiosos revelan una fijación obsesiva y patológica que sólo acababa con la exasperación de la muerte; no se trataba sólo de matar curas y monjas sino además de hacerlo de tal modo que fueran actos rituales de barbarie. Excuso decir lo que luego hicieron con los mineros supervivientes las gentes de orden y comunión diaria; bastaría decir que en la cuenca minera era habitual colgar de un gancho para el despiece del ganado a los detenidos, hasta que morían, como se hacía con las reses, sólo que a las vacas se las mataba antes y a los hombres se les colgaba vivos para que expiaran sus pecados. El fanatismo no distingue credos. El humor y la religión son incompatibles por naturaleza; porque a los cristianos les parece un exceso que los musulmanes se enerven por las representaciones chistosas del Profeta, pero saldrían a la calle si algún diario dibujara una felación de María Magdalena a Cristo, o como escribía un palestino, el acoplamiento de Jesús con Juan el Evangelista. ¡Hasta ahí podíamos llegar! Nadie admite bromas sobre su religión, ¡porque es la verdadera!. No tiene ningún sentido, salvo el de la provocación, ponerse a orinar en el Muro de las Lamentaciones de Jerusalén. En este terreno aún habitamos en la Edad Media y con gran contento de las jerarquías religiosas que apuntan sus mayores temores hacia el laicismo, no a cualquier competidor gremial. Lo laico puede matar el negocio, la fe lo renueva e incluso dinamiza el ejercicio de la competencia. Por eso no extraña que fuera el imán palestino Ahmed Abu Laban, un cínico de primer orden cuyas declaraciones muestran el doble lenguaje de estos tipos que afirman vivir para consagrarse a Dios y que son incitadores al odio entre los hombres. La raza de los Rouco, esa especie de individuos torvos hoy en plena expansión, que parece nacida para amenazar, chantajear y presionar con voz meliflua y apelaciones al amor que no cataron nunca. El imán Abu Laban, al que acogió Dinamarca y no precisamente como emigrante laboral, montó una manifestación que logró reunir a más de tres mil personas en Copenhague, pero no contento con eso e imbuido de la misión que el Profeta y los dioses en sesión plenaria le habrían encomendado, presionó a los embajadores árabes en Dinamarca que en número de 11 exigieron una rectificación al Gobierno, al periódico y hasta a la sociedad. Y como el asunto no funcionó y para ganarse aún más el cielo se desplazó a los países musulmanes e inició la cruzada al revés, menester nada difícil teniendo en cuenta que cualquier musulmán, cualquier árabe en general, tiene multitud de razones para rebelarse contra Occidente. De septiembre, que se reunieron los cerebros del suplemento cultural del Hyllands Posten,hasta esta segunda semana de febrero en que estamos al borde del colapso, han pasado cinco meses, y lo que habría que diferenciar, si a estas alturas es posible, es la desvergüenza de los regímenes criminales de los países árabes y la responsabilidad no menos criminal de las potencias occidentales que los sustentan. Con esa jeta de hormigón armado que utilizan los autoenviados de los dioses, ya sean católicos o mahometanos o del Septimo Día, el imán Abu Laban afirma que siente mucho la violencia que él ha promovido. A mí me remueve los interiores escuchar a los representantes religiosos, ya sean católicos o musulmanes, defender sus creencias como ofrenda de paz entre los hombres al tiempo que animan a la liquidación del adversario. En su condición de capellanes de la muerte su impostura debería ser desenmascarada. Ahora bien, no sé qué podemos hacer cuando los provocadores se han vuelto sensibles y aseguran que ellos no querían más que amor y comprensión. No es verdad que la profesión más vieja de la humanidad sea la prostitución, antes existieron los sacerdotes y fueron ellos los que predicaron que las prostitutas les habían precedido. La solución para estos nuevos profetas de la guerra santa está en hacer como que no ves lo que no debes ver, o lo que es lo mismo para el imán Abu Laban "si nos olvidamos de los profetas y de Dios al hacer caricaturas no perderemos nuestra libertad de expresión". Sería inútil recordarle a este imán y a muchos obispos, que si nos olvidáramos de muchas cosas volveríamos a tiempos oscuros donde no queremos volver por más que a ellos les gusten. Para estos tiempos de cuaresma laica, sobre la que volveremos, les sugiero que en vez de asaltar mezquitas, iglesias o embajadas, acérquense al quiosco más cercano y compren el último número de El Jueves. Exhibe una portada emblemática: "Íbamos a dibujar a Mahoma… ¡pero nos hemos cagao!". Eso sí, llévatelo a casa, porque en público la única risa socialmente admitida para asuntos de religión es la de la hiena.

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Reflexiones marginales sobre el significado económico-político de la Constitución Europea actual, y de la futura

Diego Guerrero Jiménez

http://pc1406.cps.ucm.es

Enero de 2005

[1. Introducción, p. 1; 2. La CE, entre la política y la economía, y la lucha competitiva mundial, p. 2; 3. El poder constituyente europeo, p. 9; 4. La Constitución Europea: ¿mercado o democracia?, p. 12; 5. La constitución europea del futuro, p. 15; Referencias, p. 19]

Aunque este breve artículo tiene que ver con la Constitución Europea (CE), en él no se van a comentar las declaraciones y prescripciones que la misma contiene, ni siquiera aquellos de sus artículos que recogen las normas de mayor contenido económico. En realidad, este artículo podría haberse escrito sin haber leído siquiera esta Ley de leyes que están a punto de aprobar los ciudadanos de la Unión Europea (UE).

Lo único que se pretende hacer es calibrar el alcance histórico de este importante paso en la construcción político-económica mundial desde un punto de vista mucho más general y sistémico, sobre todo en relación con lo que dicho paso supone y supondrá en la debatible marcha del capitalismo en dirección hacia el comunismo.

No hará falta por consiguiente entrar en el detalle de los derechos y deberes de contenido económico que quedarán garantizados o meramente recogidos en la CE, ni en el recuento de los órganos e instituciones que se encargarán de poner en práctica las diferentes actuaciones de política económica, ni en el tipo de relaciones que existirán entre ellos, etcétera, porque partiremos del supuesto de que, aunque muy novedosa por el ámbito de vigencia de esta nueva norma, desde el punto de vista de su contenido esta Constitución no puede sino ofrecer un carácter fundamentalmente continuista, como corresponde a todas las normas supremas de que se han ido dotando los países capitalistas en los dos últimos siglos o, con mayor exactitud, desde la instauración y consolidación en ellos del régimen capitalista.

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