Erich Hackl: el cronista comprometido

Pep Traverso

“No fue culpa nuestra que de pronto ya no estuvieran.                                                            Nuestra culpa fue no preguntar dónde estaban.”                                                                         

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El narrador (1936)

Walter Benjamin

EL NARRADOR (Der Enzähler) se escribió en París alrededor de 1936. Con el título de «Le narrateur. Réflexions à propos de l’oeuvre de Nicolas Leskov» aparece en W. Benjamin, Écrits français, Gallimard, 1991. Aquel mismo año aparecieron también en Suiza sus Personajes Alemanes que podemos leer en castellano con prólogo de José María Valverde.

El tema de fondo es la extinción de todo un género literario, del arte de narrar, consecuencia de la desaparición de aquello que era su núcleo central, lo que le daba vida, la capacidad de intercambiar experiencias entre los seres humanos.

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José Saramago. Ateo pesimista y genio lúdico

Maud Vergnol

José Saramago. Ateo pesimista y genio lúdico

“La Biblia es un manual de malas costumbres que tiene una influencia muy grande sobre nuestra cultura. Sin la Biblia, seríamos otros, probablemente mejores”

Maud Vergnol. Publicado en l’Humanité en español

Desde su infancia en el seno de una familia de campesinos sin tierra hasta el Premio Nobel de literatura, la trayectoria del escritor portugués José Saramago es excepcional. A los 87 años, continúa combatiendo la apatía intelectual. La literatura no le ha sido servida en bandeja de plata. “Yo no he sido educado en medio de libros, he tenido que ir a buscarlos”, señala José Saramago, que recuerda, a menudo, sus raíces bereberes y su infancia modesta. El escritor nació en 1922 en una pequeña localidad del centro de Portugal, en el seno de una familia de campesinos “sin tierra” analfabetos. Hacer estudios no era factible. Adolescente, abandona el instituto para seguir la formación de cerrajero, aunque soñando con llegar a ser escritor. Ávido de lecturas, frecuenta la biblioteca de Lisboa. Auténtico autodidacta, escribe muy pronto y publica, sin éxito, una primera novela a los 25 años. Diseñador industrial, corrector, encargado de producción en una editorial, más tarde periodista, solo será a los 58 años cuando se dedique definitivamente a la literatura, después de haber participado activamente en 1974, en la Revolución de los Claveles. “Me dije: es el momento, ahora o nunca de saber si puedes ser lo que crees que eres, un escritor”.

Aunque llega tarde a la escena literaria portuguesa, Saramago se impone en ella durante los años 80, publicando “Alzado del suelo”, una novela épica sobre la revuelta de los campesinos pobres, que despierta la memoria colectiva de un pueblo machacado por más de treinta años de dictadura. Siguen, en menos de cinco años, tres novelas mayores: “Memorial de Convento”, “El año de la muerte de Ricardo Reis” y “La balsa de piedra”. Obras que revisan con una ironía volteriana los mitos de la historia portuguesa. Genio lúdico que no duda en recurrir a lo fantástico, el estilo, el “estilo Saramago”, es torrencial, de una rara riqueza sonora, liberado por una puntuación reducida al mínimo indispensable. Sin embargo su obra está lejos de lograr consenso, no tanto por sus cualidades literarias como por razones políticas. “El evangelio según Jesucristo”, publicado en 1991, suscita un escándalo nacional. El escritor realiza aquí el retrato de un dios cansado del pueblo hebreo, que decide, gracias a la intervención de Jesús, extender su influencia al mundo entero. Pero resulta que Jesús se rebela, se une con una prostituta llamada María Magdalena… y rechaza morir para fundar una nueva religión. Una insolencia herética muy pasoliniana que ocasiona una protesta airada de sus compatriotas católicos. El gobierno le acusa de “atentar contra el patrimonio religioso de los portugueses” y censura el libro sin ningún proceso.

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Las Cenizas de Gramsci

Pier Paolo Pasolini

No es de mayo este impuro aire que el oscuro cementerio extranjero hace aún más oscuro, o lo ilumina con ciegas claridades…este cielo de babas sobre techos amarillentos que en semicírculos inmensos velan las curvas del Tíber, los turquesas montes del Lacio… Expande una mortal paz, desamorada como nuestros destinos entre las viejas murallas el otoñal mayo. En él está el gris del mundoel fin del decenio en el que nos aparece entre las inmundicias concluido el profundo e ingenuo esfuerzo de rehacer la vida, el silencio, putrefacto e infecundo… Tú joven, en aquel mayo en que el error significaba aún la vida, en aquel mayo italiano que a la vida agregaba al menos ardor, por lo menos despreocupado e impuramente sano de nuestros padres-no padre, pero humilde hermano- con tu flaca mano dibujabas el ideal que ilumina (pero no para nosotros: tú muerto, y nosotros muertos igualmente, contigo, en el húmedo jardín) este silencio. No puedes, lo ves? que descansar en este lugar extraño, aún confinado. Tedio patricio te rodea. Y desteñido sólo te llega algún golpe de martillo de los talleres del Testaccio aquietado en el atardecer entre miserables techos, desnudos montones de lata, hierros viejos, donde canta inútilmente un muchachón que concluye su jornada, mientras alrededor la lluvia cesa

Entre los dos mundos, la tregua en la cual no estamos…elecciones, abandonos, otros sonidos no tienen que éstos del jardín acongojado

y noble, en el que el tenaz engaño alentaba la vida, queda en la muerte. Los círculos de los sarcófagos no hacen más

que mostrar la sobreviviente suerte de gente laica de laicas inscripciones en estas grises piedras, cortas

e imponentes. Aún de pasiones sin freno sin escándalo han ardido los huesos de los poderosos de naciones

más grandes: silban, casi nunca desaparecidas las ironías de los príncipes, de los pederastas cuyos cuerpos están en las urnas esparcidos

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Si los tiburones fueran hombres

Bertold Brecht

 

 

Brech, Bertold

-Si los tiburones fueran hombres –preguntó al señor K la hija pequeña de su patrona–, se portarían mejor con los pececitos?

-Claro que sí –respondió el señor K–. Si los tiburones fueran hombres, harían construir en el mar cajas enormes para los pececitos, con toda clase de alimentos en su interior, tanto plantas como materias animales. Se preocuparían de que las cajas tuvieran siempre agua fresca y adoptarían todo tipo de medidas sanitarias. Si, por ejemplo, un pececito se lastimase una aleta, en seguida se la vendarían de modo que el pececito no se les muriera prematuramente a los tiburones.

Para que los pececitos no se pusieran tristes habría, de cuando en cuando, grandes fiestas acuáticas, pues los pececitos alegres tienen mejor sabor que los tristes. También habría escuelas en el interior de las cajas. En esas escuelas se enseñaría a los pececitos a entrar en las fauces de los tiburones. Estos necesitarían tener nociones de geografía para localizar mejor a los grandes tiburones, que andan por ahí holgazaneando. Lo principal sería, naturalmente, la formación moral de los pececitos. Se les enseñaría que no hay nada más grande ni más hermoso para un pececito que sacrificarse con alegría; también se les enseñaría a tener fe en los tiburones, y a creerles cuando les dijesen que ellos ya se ocupan de forjarles un hermoso porvenir. Se les daría a entender que ese porvenir que se les auguraba sólo estaría asegurado si aprendían a obedecer. Los pececillos deberían guardarse bien de las bajas pasiones, así como de cualquier inclinación materialista, egoísta o marxista. Si algún pececillo mostrase semejantes tendencias, sus compañeros deberían comunicarlo inmediatamente a los tiburones.

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