No es la única, desde luego, pero una de las medidas más antisociales que se recuerdan por estos lugares donde han vivido, trabajado, paseado y luchado Salvat Papasseit, Companys, Durruti, Puig Antich y López Raimundo, es la supresión de los estudios nocturnos de bachillerato en los institutos públicos de Catalunya. La medida no la ha tomado la derecha conservadora catalanista o la otra, la nacionalista españolista. La ha tomado el señor Maragall, conseller de Educación, con el apoyo implícito del gobierno al que pertenece presidido por el honorable Montilla, gobierno en el participan, sin desgarro de vestiduras hasta la fecha por el tema, ERC y ICV-EUiA. Como era previsible, los “partidos de la oposición” están mudos. El resto, en sede parlamentaria, es silencio.
El conseller, en su habitual tono de comandante en plaza, además de mentir públicamente sobre la finalidad de la medida y su comunicación a los centros, ha amenazado veladamente a los institutos “no autorizados por la Autoridad” que siguen prematriculando a estudiantes interesados en primero de bachillerato nocturno para el curso 2008-2009.
En el momento en que escribo, de la supresión total del nocturno se ha pasado a su supresión en la mitad de los centros públicos catalanes. Una bala guardada en la recámara: si hay silencio, acabamos ya con el nocturno; si hay protestas, nos hacemos los flexibles, damos muestra de reflexión y cintura y realizamos la operación deconstructora en tres o cuatro años. El tiempo dirá cuando tenemos que dar el toque definitivo.
Para los estudiantes afectados, queda los estudios telemáticos (¡qué barbaridad pedagógica defendida por un conseller de educación que probablemente jamás haya estudiado nada telemáticamente!), ir a estudiar a otras localidades (con la correspondiente inversión de tiempo que ello comporta en alumnado que no siempre dispone de él) o iniciar otro tipo de estudios, ciclos formativos, por ejemplo, probablemente una de las estrategias ocultadas de esta perversión antisocial. Y si no lo primero, ni lo segundo ni lo tercero, pues ya se sabe: carne de cañón obrera sin especialización. Total, para qué, si se ganan lo mismo: entre 700 y 900 euros.
En el ámbito del profesorado -de quien el conseller ha dicho en palabras para consumo interno de su partido (PSC-PSOE), que son básicamente un grupo de vagos (no ha añadido maleantes hasta estos momentos)- la medida implicará desplazamientos, no de los profesores que hasta ahora han trabajado en nocturno, no siempre por voluntad propia sino por la necesaria distribución horaria del centro, sino del profesorado que ha legado a los institutos en los últimos años y que tienen, en general, una situación menos estable.
La medida, se mire como se quiera mirar, presentada públicamente como racionalización (neoliberal) de la inversión pública, es una agresión al ideario de la izquierda y a cualquier sensibilidad política que no haya claudicado definitivamente. No es condición suficiente ni necesaria, pero para todos aquellos que han estudiado en nocturno, para todos aquellos que hemos podido estudiar en horario nocturno mientras trabajábamos (cosa que, desde luego, nunca ha necesitado hacer el señor conseller ni la mayoría de sus coleguillas gubernamentales), es un dislate imperdonable que, además, y aquí no debería habitar el olvido, no merece perdón sea cual sea la evolución de la situación. Pedir, exigir la dimisión forzada (la voluntaria en alguien que lleva más de 30 años en el ámbito público y con coche oficial es un utopismo ingenuo) del conseller de Educación es una medida de racionalidad pública absolutamente necesaria. La comunidad educativa debería no reconocer la autoridad de este conseller antisocial y obrar en consecuencia.
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