Un punto de encuentro para las alternativas sociales

Los provocadores son gente sensible

Gregorio Morán

11/02/2006 No sé si somos conscientes de que estamos metidos en uno de los líos más graves desde 1914, cuando un descapotable rodaba amablemente una mañana de verano sobre uno de los coquetos puentes que jalonan el Miljacka a su paso por Sarajevo . Excelsa comitiva porque se trataba del viaje de bodas morganáticas del Príncipe Francisco-Fernando, heredero del imperio Austrohúngaro, interrumpido porque un chaval, estudiante de no sé qué llamado Gavrilo Princep, le descerrajó un par de tiros y lo destripo. El muchacho era un independentista serbio y los muertos principescos, un heredero y su señora, Sofía, duquesa Hohenburg; ambos un desastre de la postrera generación del reino de Kakania conocido como Austrohungría. Es posible que nadie derramara una lágrima por la pareja baleada. Da lo mismo, meses más tarde empezarían a llorar por turnos y luego a coro de millones. El incidente del puente sobre el río y el audaz muchacho con la pistola en ristre inauguraba una época, y al decir de muchos historiadores competentes, el siglo XX. Acababa de empezar la Primera Guerra Mundial. Recuerdo que cuando estuve en Sarajevo, durante el período en que la ciudad estaba sitiada y masacrada por los serbios, descendientes de aquel independentista simplón que fue Gavrilo Princep, el magnicida, busqué ansioso el Puente Latino donde empezó la historia. Estábamos en 1992, con la ciudad rodeada de francotiradores, serbios como Gavrilo, pero con fusiles de mira telescópica que te liquidaban como quien caza gamos, y Sarajevo era entonces ciudad de mayoría musulmana y bosnia, por más señas, y cuando yo preguntaba por el puente que había dado lugar a la Primera Gran Guerra de la humanidad, mis anfitriones musulmanes no entendían nada. No había ni siquiera una lápida para conmemorarlo; la habían retirado los bosnios porque homenajeaba a un serbio. Fleming Rose tiene 47 años y no sufre demasiado de las meninges pese a asumir la responsabilidad del suplemento cultural del diario Jyllands Posten. Es hombre de opiniones contundentes porque su experiencia de tres años como corresponsal danés en Washington le hace admirar Estados Unidos con pasión ferviente, igual que su otra experiencia en la Rusia soviética también de corresponsal, siete años, le convence de que los islamistas son lo mismo que los bolcheviques que él conoció; dogmáticos, fanáticos y poseedores de la verdad manipulada. A él se debe una iniciativa singular que sería la que iba a generar el comienzo de esta guerra que aún no sabemos a dónde va a llegar. En su condición de jefe de la sección cultural del diario danés se encontró ante un dilema que afectaba a su conciencia. Dinamarca es un país muy restrictivo en cuanto a la emigración – no llegan a doscientos mil los musulmanes en su territorio-, relajadamente pietista en su evangelismo protestante que tanto impresionó a nuestro Unamuno que se propuso estudiar danés para entender a quien él consideraba su alga gemela, aquel hirsuto e intratable Sören Kierkegaard. Lo que afectó a Fleming Rose en su conciencia de ciudadano libre de un país pequeño que le ha costado mucho sobrevivir ante los colosos que lo rodean, eran los tres o cuatro incidentes que demostraban el miedo que les entraba a las gentes de oficios artísticos cuando debían afrontar asuntos musulmanes. Un escritor de narraciones para niños no daba con ningún osado dibujante que ilustrara un cuento sobre Mahoma, una traductora del libro de la diputada holandesa Ayaan Hirsi Ali se negaba a poner su nombre en los títulos por temor a represalias… Una reunión de los redactores del suplemento cultural dio una pista de una audacia temeraria, por más que periodísticamente fuera impecable. Se trataba de pedir a los más notables ilustradores de Dinamarca un mono sobre Mahoma. De la solicitud que se hizo a 40 respondieron afirmativamente sólo 12, número con pretensión profética en el cristianismo, por aquello de los doce apóstoles. Y ahí empezó todo. De las caricaturas mahometanas he de decir, porque las he visto, que hay de todo; mientras que la denostada imagen del Profeta con turbante dinamitero carece de la más mínima gracia, hay una genial en la que Mahoma recibe en el cielo a un puñado de fundamentalistas y les advierte que el cupo de vírgenes se ha terminado; sarcástica respuesta humorística a las huríes prometidas por tantos imanes a quienes se inmolen en actos terroristas. El humor y la religión son literalmente incompatibles. En España, la única publicación capaz de superar cualquier barrera es la menos citada, me estoy refiriendo a esa revista insólita titulada El Jueves,que en un rasgo de humor memorable aparece los miércoles, y cuya sección ¡Dios mío! es un hallazgo para cualquier creyente desinformado. Fuera de eso no hay nada que juegue con esa goma-dos inmanejable que es el humor religioso. No hay que olvidar que estamos en un país, donde las revueltas se iniciaban quemando iglesias y conventos, cosa que parecen olvidar los sesudos comentaristas del liberalismo postfranquista. Las bestialidades a las que llegaron mis paisanos asturianos durante las revoluciones de 1934 o 36 sobre monjas, curas y edificios religiosos revelan una fijación obsesiva y patológica que sólo acababa con la exasperación de la muerte; no se trataba sólo de matar curas y monjas sino además de hacerlo de tal modo que fueran actos rituales de barbarie. Excuso decir lo que luego hicieron con los mineros supervivientes las gentes de orden y comunión diaria; bastaría decir que en la cuenca minera era habitual colgar de un gancho para el despiece del ganado a los detenidos, hasta que morían, como se hacía con las reses, sólo que a las vacas se las mataba antes y a los hombres se les colgaba vivos para que expiaran sus pecados. El fanatismo no distingue credos. El humor y la religión son incompatibles por naturaleza; porque a los cristianos les parece un exceso que los musulmanes se enerven por las representaciones chistosas del Profeta, pero saldrían a la calle si algún diario dibujara una felación de María Magdalena a Cristo, o como escribía un palestino, el acoplamiento de Jesús con Juan el Evangelista. ¡Hasta ahí podíamos llegar! Nadie admite bromas sobre su religión, ¡porque es la verdadera!. No tiene ningún sentido, salvo el de la provocación, ponerse a orinar en el Muro de las Lamentaciones de Jerusalén. En este terreno aún habitamos en la Edad Media y con gran contento de las jerarquías religiosas que apuntan sus mayores temores hacia el laicismo, no a cualquier competidor gremial. Lo laico puede matar el negocio, la fe lo renueva e incluso dinamiza el ejercicio de la competencia. Por eso no extraña que fuera el imán palestino Ahmed Abu Laban, un cínico de primer orden cuyas declaraciones muestran el doble lenguaje de estos tipos que afirman vivir para consagrarse a Dios y que son incitadores al odio entre los hombres. La raza de los Rouco, esa especie de individuos torvos hoy en plena expansión, que parece nacida para amenazar, chantajear y presionar con voz meliflua y apelaciones al amor que no cataron nunca. El imán Abu Laban, al que acogió Dinamarca y no precisamente como emigrante laboral, montó una manifestación que logró reunir a más de tres mil personas en Copenhague, pero no contento con eso e imbuido de la misión que el Profeta y los dioses en sesión plenaria le habrían encomendado, presionó a los embajadores árabes en Dinamarca que en número de 11 exigieron una rectificación al Gobierno, al periódico y hasta a la sociedad. Y como el asunto no funcionó y para ganarse aún más el cielo se desplazó a los países musulmanes e inició la cruzada al revés, menester nada difícil teniendo en cuenta que cualquier musulmán, cualquier árabe en general, tiene multitud de razones para rebelarse contra Occidente. De septiembre, que se reunieron los cerebros del suplemento cultural del Hyllands Posten,hasta esta segunda semana de febrero en que estamos al borde del colapso, han pasado cinco meses, y lo que habría que diferenciar, si a estas alturas es posible, es la desvergüenza de los regímenes criminales de los países árabes y la responsabilidad no menos criminal de las potencias occidentales que los sustentan. Con esa jeta de hormigón armado que utilizan los autoenviados de los dioses, ya sean católicos o mahometanos o del Septimo Día, el imán Abu Laban afirma que siente mucho la violencia que él ha promovido. A mí me remueve los interiores escuchar a los representantes religiosos, ya sean católicos o musulmanes, defender sus creencias como ofrenda de paz entre los hombres al tiempo que animan a la liquidación del adversario. En su condición de capellanes de la muerte su impostura debería ser desenmascarada. Ahora bien, no sé qué podemos hacer cuando los provocadores se han vuelto sensibles y aseguran que ellos no querían más que amor y comprensión. No es verdad que la profesión más vieja de la humanidad sea la prostitución, antes existieron los sacerdotes y fueron ellos los que predicaron que las prostitutas les habían precedido. La solución para estos nuevos profetas de la guerra santa está en hacer como que no ves lo que no debes ver, o lo que es lo mismo para el imán Abu Laban "si nos olvidamos de los profetas y de Dios al hacer caricaturas no perderemos nuestra libertad de expresión". Sería inútil recordarle a este imán y a muchos obispos, que si nos olvidáramos de muchas cosas volveríamos a tiempos oscuros donde no queremos volver por más que a ellos les gusten. Para estos tiempos de cuaresma laica, sobre la que volveremos, les sugiero que en vez de asaltar mezquitas, iglesias o embajadas, acérquense al quiosco más cercano y compren el último número de El Jueves. Exhibe una portada emblemática: "Íbamos a dibujar a Mahoma… ¡pero nos hemos cagao!". Eso sí, llévatelo a casa, porque en público la única risa socialmente admitida para asuntos de religión es la de la hiena.

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Qué pensó Marx sobre América latina

Néstor Kohan

Un libro reciente del mexicano Arturo Chavola comenta las ideas de Marx y los marxistas sobre Latinoamérica. Néstor Kohan hace aquí una lectura crítica de sus tesis; le objeta, sobre todo, no tener en cuenta las revisiones que el Marx maduro hizo a sus análisis de juentud. Además, una entrevista con el especialista Michael Löwy.

Ante su muerte, José Martí escribió: "Ved esta gran sala. Karl Marx ha muerto. Como se puso del lado de los débiles merece honor". Así le rendía tributo, sin ser marxista, una de las máximas plumas de América latina al fundador del socialismo revolucionario. No fue la única vez que el pensamiento insumiso se entrecruzó en América con la llama libertaria inaugurada por Marx. Durante los años 20, el peruano José Carlos Mariátegui se animó a recuperar el "comunismo incaico" como antecedente de las luchas socialistas. Treinta años más tarde, Fidel Castro identificó a Martí como "el autor intelectual" de la toma del cuartel Moncada que inicia la revolución cubana. Ernesto Che Guevara, estudiando con sus combatientes en Bolivia, leyó a Lenin entremezclado con las historias de Juana Azurduy. En los 70, sus discípulos más radicales de la insurgencia argentina eligieron la bandera del Ejército de los Andes de San Martín para representar su ideología guevarista. Inscribiéndose en esa dilatada herencia, Hugo Chávez desafía hoy a los EE.UU. reivindicando a Marx, Lenin, Trotsky, Mao, el Che y Rosa Luxemburgo abrazado a Simón Bolívar. ¿Cómo entender ese sincretismo latinoamericano, donde el judío alemán Karl Marx se viste de indígena, negro, mulato, cristiano revolucionario, campesino sin tierra o piquetero? ¿Es el marxismo parte central de la cultura de la rebelión latinoamericana o es una "ideología foránea", como acostumbraban vociferar los genocidas militares de 1976? A diferencia de los primeros inmigrantes europeos, que a fines del siglo XIX tradujeron y divulgaron algunas obras de Marx y Engels, los primeros marxistas latinoamericanos utilizaron sus categorías de un modo creador. Tenía razón el investigador italiano Antonio Melis cuando caracterizó a Mariátegui como "el primer marxista de América". El peruano no sólo citó a Marx. Apeló a su pensamiento para dilucidar el problema indígena, articulando la lucha anticapitalista, el antiimperialismo y el socialismo. Enfrentando tanto el populismo nacionalista de Víctor Raúl Haya de la Torre como el incipiente stalinismo de Victorio Codovilla, Mariátegui inauguró el marxismo latinoamericano. Tradición que, hasta hoy, se opone a los esquemas eurocéntricos y a los simulacros populistas que terminan reclamando, en nombre del "movimiento nacional", el apoyo de los trabajadores a fracciones de empresarios y banqueros. Entre los fundadores, Mariátegui es el más radical, original y audaz para descifrar incógnitas que Marx no había conocido. Pero no estuvo solo. En sus polémicas contra Haya de la Torre, Mariátegui estuvo acompañado por el joven marxista cubano Julio Antonio Mella. A ese brillante binomio podrían quizás agregarse otros dos nombres: el argentino Aníbal Norberto Ponce y el chileno Luis Emilio Recabarren. A este gran elenco le sucedió, durante 30 años, el eco de los esquemas mediocres implantados por Stalin en la Unión Soviética, donde Marx no era más que una caricatura. Recién con la revolución cubana y la hegemonía de Fidel Castro y el Che Guevara, el marxismo de este continente podrá sacudirse el polvo burocrático y dogmático de las Academias de Ciencias de la URSS. No es casual que en los 60 la revolución cubana recuperara el marxismo revolucionario de los 20 (antiimperialista y anticapitalista) y los escritos menos transitados de Marx. En especial, los artículos, cartas y manuscritos tardíos donde estudia el colonialismo y las sociedades periféricas y dependientes, revisando y superando las limitaciones eurocéntricas de juventud. Sobre este horizonte se inscriben investigaciones posteriores como El marxismo en América latina (1980) de Michael Löwy; Marx y América latina (1980) de José Aricó; Una lectura latinoamericana de "El Capital" de Marx (1988) de Alberto Parisi; El último Marx y la liberación latinoamericana (1990) de Enrique Dussel y De Marx al marxismo en América latina (1999) de Adolfo Sánchez Vázquez, entre otros. Más allá de los matices, estas obras coinciden en que, en su madurez, Marx revisa sus puntos de vista frente al problema del colonialismo, el mundo periférico y los pueblos sometidos a la dominación capitalista. Y llega a dos conclusiones. Primero, no hay "progreso" para los pueblos sojuzgados mientras sigan bajo la bota imperial. Inglaterra no sólo no hizo avanzar a la India colonial —como ingenuamente había esperado el joven Marx—: la hizo retroceder. Segundo, la historia no tiene un recorrido evolutivo por etapas. No hay un centro único (Europa occidental), del cual se irradiarían, escalón por escalón, sin saltarse ninguno, las diversas etapas del desarrollo histórico para todo el orbe. Estas dos conclusiones del Marx tardío son dinamita. Lo obligaron a repensar toda su concepción histórica y política. Están presentes, por ejemplo, en su correspondencia con Vera Zasulich y en otros escritos análogos. Apologista del imperio? Para los estudiosos serios constatar ese cambio de paradigma en los escritos de madurez ya constituye un lugar consensuado. Existe suficiente documentación empírica que lo prueba. Pero, a la hora de discutir a Marx, suele pasarse por alto el estudio riguroso de los documentos que hoy están al alcance de cualquier investigador. Marx sigue despertando pasiones encendidas. No es malo, siempre y cuando el ardor del corazón no nuble la vista. Tal es el caso de algunos ensayistas que, todavía hoy, se dejan llevar por su arrebato polémico. Por ejemplo, José Pablo Feinmann, en su libro Filosofía y Nación (escrito en plena euforia del populismo nacionalista entre 1970 y 1975, publicado en 1982 y reeditado en 1996) afirma con liviandad que Marx es "un pensador del imperio británico", un ingenuo apologista de la dominación colonial sobre los pueblos sometidos. Una lógica discursiva que comparte —pese a sus intenciones opuestas— el hoy neoliberal Juan José Sebreli, quien en El asedio a la modernidad (1992) caracteriza a Marx como un vulgar entusiasta de la expansión imperial. Algo que a Sebreli le servía, en los 90, para barnizar con jerga "filosófica" su apoyo a la derecha argentina y a las privatizaciones de la era menemista. Mucho más exquisito pero no menos superficial, Toni Negri en su celebrado Imperio (2000) termina aplaudiendo los escritos de Marx de 1853 sobre la dominación británica en la India. Le sirven para legitimar su actual apología de la globalización del capital, su defensa de la constitución europea, etcétera. Ni siquiera menciona la revisión que el propio Marx realizara al final de su vida de aquellos textos. Sea para rechazarlo, "defenderlo" o manipularlo, en estos casos se toma como axioma que Marx es un pensador eurocéntrico, modernista e ilustrado, y se dejan de lado sus incisivos textos tardíos, donde esa perspectiva es agudamente criticada. Después de todos ellos, ahora un académico mexicano se suma al coro de quienes quieren ver en Marx un acrítico partidario de la expansión imperial. Es el profesor Arturo Chavola, director del Instituto de Estética de la Universidad de Guadalajara, autor de La imagen de América en el marxismo (Prometeo, 2005). El libro de Chavola resulta un típico producto académico de esta época, donde el rechazo del marxismo se encubre con una terminología en apariencia neutral. Aunque su autor no lo aclara, está escrito para rendir examen en la Academia francesa. Esto tiñe muchas de sus conclusiones, de mal disimulada antipatía por el marxismo. Toda la bibliografía se cita en francés, aun cuando el idioma de Marx es el alemán y el del autor, el castellano. Hasta se citan en francés libros que sólo han sido editados en la Argentina o México, como los de Pasado y Presente. Como Feinmann, Sebreli o Negri, Chavola insiste con que Marx es un europeo que aplaude la dominación de las colonias y no entiende nada de los pueblos oprimidos. Pero mucha agua ha corrido bajo el puente. Al menos este profesor mexicano no desconoce algunos escritos tardíos de Marx. Sólo que en lugar de registrar el notable cambio de mirada del último Marx, ve en ellos la confirmación de los textos juveniles. Desconociendo la revisión que Marx emprende a partir de la creación de la Asociación Internacional de los Trabajadores (AIT), Chavola vuelve a dibujar un Marx iluminista, determinista, eurocéntrico y apologista de la burguesía europea. Y decreta cómodamente la inutilidad del marxismo para América latina. No conforme con esto, condena en forma tajante el "desarrollo nefasto" (sic) que produjo el marxismo en América. Lo curioso es que el autor reconoce explícitamente "no haber estudiado" las opiniones marxistas que han defendido las culturas latinoamericanas ni los documentos de la Internacional Comunista y sus repercusiones en este continente. ¿La ignorancia otorga derecho? Es incuestionable que el debate sobre la herencia de Marx no está saldado en América latina. Contribuyeron a que ahora haya resurgido el interés, entre otros, el Movimiento Sin Tierra, la teología de la liberación, el zapatismo, las rebeliones contra el neoliberalismo y los foros sociales mundiales. Superadas las secuelas que produjo la derrota de la revolución sandinista en los 90, la discusión sobre Marx ha regresado al centro de la escena. ¿Cómo será el marxismo del siglo XXI? Este interrogante y sus desafíos siguen abiertos. Es muy probable que la respuesta no venga de los papers académicos. N. Kohan es autor de Marx en su (Tercer) mundo y El Capital: Historia y método.

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Homenajes a Albert Soboul

Biografía

Soboul en la historia

El historiador Claude Mazauric firma una biografía científica del eminente investigador de la Revolución francesa, intelectual internacionalmente respetado. Un historiador en su tiempo. Ensayo de biografía intelectual y moral de Albert Soboul (1914-1982), seguido por las Entrevistas de Albert Soboul con Raymond Huard y Marie-Josèphe Naudin, por Claude Mazauric, prefacio de Hubert Delpont. Ediciones de Albret, Nérac, 2004, 256 páginas, 20 euros (*).

He aquí un libro que viene a punto, más de veinte años después de la desaparición del que fue y sigue siendo el faro de la historiografía de la Revolución francesa en el curso de la segunda mitad del siglo XX – el plazo que asegura la distancia necesaria para un análisis científico. Nadie mejor que Claude Mazauric, su discípulo y amigo entre los más fieles y más próximos, podía escribir lo que el subtítulo de la obra expresa perfectamente : Un ensayo de biografía intelectual y moral de Albert Soboul, con la ayuda de una documentación cuyas pruebas son publicadas en anexo, así como de notas y de memorias personales tan abundantes como precisas.

Guiado por tal compañero, el lector sigue al maestro – a quien le gustaba hacerse llamar "Mario" por sus íntimos-, los primeros tiempos de su vida argelina y en el Ardéche hasta las últimas semanas del verano de 1982. Los empeños y el destino de Soboul han sido marcados sin duda profundamente tanto por sus orígenes como por su infancia y su primera juventud. Naciendo de un padre que ha dejó algunos campos áridos en el Vivarais para hacerse colono de un pequeño dominio al otro lado del Mediterráneo, antes de ser matado cerca de Arras en noviembre de 1914, algunos meses después del nacimiento de su hijo Albert, éste sigue a su madre, de origen ardechés, en Argel, en el barrio Belcourt donde, siendo joven, él " descubre los comportamientos racistas y la brutalidad de las relaciones coloniales ". A consecuencia de la defunción de su madre con sólo ocho años, vuelve con su mayor hermana a la metrópolis, donde se hace cargo de la educación de ambos huérfanos la hermana de su padre, María, que desempeñó un papel fundamental en la formación intelectual y cultural del joven Soboul. Debido a sus aptitudes y gracias a las becas de la III República, esta joven mujer se hizo profesor, luego directora de la escuela normal de muchachas de Nîmes. Es en esta ciudad, en el liceo Alphonse-Daudet, que su sobrino, huérfano de guerra, prosigue sus estudios secundarios que le conducen luego en los cursos de dos años de preparación de Montpellier, luego del liceo Louis-le-Grand en París. Y muy más allá… Pero, además de la posibilidad ofrecida a su sobrino de seguir tales estudios universitarios, María Soboul le transmitió los valores republicanos, caros por su familia y por su medio profesional.

Es, no obstante, en París, dónde se encuentra a partir de 1932, dónde Albert Soboul se vuelve comunista, después de un proceso que él mismo describe en uno de las entrevistas publicadas en este libro. Se adhiere al PCF en 1939, y continuará fiel a este empeño hasta su último soplo; ¡ cosa poco común entre los intelectuales! Claude Mazauric ilumina muy bien el sentido y las ansias de tal fidelidad: " Adherente del PCF antes de la guerra, Soboul continuará su fidelidad al partido por encima desilusiones, inicios de disidencia, crisis y recuperaciones, hasta su muerte en 1982, en ningún momento desanimado para explicar las razones profundas de este empeño jamás renegado y quien, en valor de ejemplo, profundamente marcó a muchos de sus alumnos y discípulos. " Es verdad que jamás ejerció responsabilidades políticas ni administrativas, a pesar de las proposiciones que le han sido hechas en diversas ocasiones debido a su actitud y debido a su acción en la Resistencia y más tarde.

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Totalitarismo, triste historia de un no-concepto

Vladimiro Giacché

Al igual que la guerra de Bush, también el léxico ideológico contemporáneo esta animado por la lucha entre el Bien y el Mal. Una lucha sangrienta que ve contrapuestos a nuestros aliados, el “Mercado”, la “Democracia” y la “Seguridad”, a dos enemigos mortales: el “Terrorismo”, y el “Totalitarismo” –entre ellos cómplices-, y cada vez menos distinguibles el uno del otro. Como es lógico, la execración general circunda estas dos tristes figuras. El apelativo de “Totalitario”, en particular, está decididamente entre los insultos más en boga. De “comportamiento totalitario” ha sido recientemente acusado el ministro brasileño de cultura Gilberto Gil de Caetano Veloso, en el curso de una polémica sobre la distribución de los fondos públicos. “Típica de un estado totalitario” es según Vittorio Feltri la (sacrosanta) decisión de Rifondazione Comunista de expulsar a un concejal que primero ha defendido el derecho de Di Canio (futbolista del Lazio) a hacer el saludo fascista, y después lo ha imitado a beneficio del fotógrafo de un periódico local. Y “totalitario” es, obviamente, también, todo opositor de Berlusconi que sea sorprendido pronunciando con tono de reproche las tres palabras “conflicto de intereses”. Se trata de usos grotescos del término, pero, a su modo, significativos.

Aún más significativo es el uso del término por parte del ex director de la CIA, James Woolsey: el cual ha recientemente afirmado que “una misma guerra”, contrapone hoy a los Estados Unidos a “tres movimientos totalitarios, un poco como ocurría en el segundo conflicto mundial”. Los tres “movimientos totalitarios” estarían representados por el baasismo (sunnitas iraquíes y Siria), por los “chiitas islamistas jihadistas” (apoyados por Irán y ligados al Hezbollah libanés) y por los “islamistas jihadistas de matriz sunnita” (o sea “los grupos terroristas como Al Qaeda”) (entrevista “Borsa & Finanza”, 05-11-2005). Una duda surge espontáneamente: ¿qué diablos tienen en común hoy un nacionalista árabe laico, un fundamentalista islámico chiita y uno sunnita?.

Prácticamente nada. Excepto una cosa: el hecho de oponerse a los Estados Unidos.

“Totalitario”, en definitiva, es quién se opone a Occidente, y más precisamente a los Estados Unidos de América. Nada nuevo, realmente las cosas están así desde hace más de 50 años. La fortuna del concepto de “totalitarismo” nace de hecho en la inmediata posguerra mundial, y se explica con la necesidad política de unir a los regímenes comunistas, que representaban entonces el nuevo Enemigo de Occidente, al régimen nazi apenas derrotado. A posteriori, no podemos más que constatar el pleno éxito de esta operación. Aunque, sin embargo, ha conocido diversas fases.

Fase 1: “nazismo=estalinismo” (H.Arendt)

La fortuna de esta identificación se debe en buena parte al libro Los Orígenes del Totalitarismo (Einaudi, Torino 2004) de Hannah Arendt. En este libro, aparecido en primera edición en 1951, la Arendt identifica los “sistemas nazi y estaliniano” como dos “variaciones del mismo modelo” político: un modelo que tiende al “dominio total” sobre las personas, y al “dominio global” a nivel planetario (cap. LXIV y LXI, 539,569). Los elementos esenciales del totalitarismo son la “ideología”, entendida como una clave absoluta de comprensión de la historia (racista en el primer caso, “clasista” en el segundo), el “terror” (verdadera”esencia del poder totalitario”, que golpea no solo a los opositores, sino también a los “inocentes”), y el “partido único” (curiosamente, la Arendt no cita en cambio el poder absoluto de un jefe).

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El Republicanismo, una Tradición Política Histórica

-A propósito del 14 de abril, día de la República-

PRESENTACIÓN a cargo de Joaquín Miras Albarrán coordinador del monográfico

La presente colección de textos apareció en el número del mes de abril de la revista El Viejo Topo. Su propósito es dar razón de los fundamentos intelectuales, históricos, del pensamiento republicanista. Los autores de los textos que vienen a continuación creemos que esta tarea resulta inaplazable, porque el republicanismo se ha convertido en un concepto de moda y uso para tantos antiguos entusiastas acérrimos del liberalismo, que, tras el agotamiento ideológico y el descrédito de este pensamiento, como consecuencia de los catastróficos resultados consiguientes a su aplicación desde los años 70 –aún no su derrota política-, buscan cómo acomodar en otros odres los mismos mostos.

El republicanismo no es un pensamiento abstracto, que se postula a partir de la definición de teoremas sobre la justicia, la libertad, etc., traídos a la luz por actuales geómetras de las ciencias políticas. El republicanismo, como podrá comprobar el lector, es una tradición histórica de pensamiento, originaria del Mediterráneo clásico -Grecia, Roma- que se articula en torno a conceptos nacidos de las luchas sociales en ese momento, y que, a lo largo del tiempo, en diversos contextos genéticos concretos, desde los problemas históricos propios de cada uno, han dado origen a diversas opiniones públicas deliberativas, han ido inspirando distintos movimientos políticos. Los tres conceptos, históricos, matriciales del republicanismo son, en primer lugar, el de la Libertad republicana, esto es, entendida como no dominación del individuo por parte de ningún otro individuo, lo cual implica la independencia económica como base previa irrenunciable. En segundo lugar, la comunidad social como asunto público, político, prioritario –res publica- para todos los ciudadanos, pues de él depende la suerte de cada individuo, y las posibilidades de su autodesarrollo o autodeterminación individual. En tercer lugar, la soberanía política entendida como exigencia plena de participación por parte de la ciudadanía, sin delegación, en la deliberación política y en la elaboración de las leyes.

Este conjunto de ideas, de origen histórico, se ha transformado, a lo largo de la propia historia, en una tradición de pensamiento, al convertirse en núcleo de pensamiento inspirador de diversos filosofares praxeológicos internos a los diversos movimientos cívico políticos que se han inspirado en él.

Los diversos textos que componen este monográfico desarrollan las ideas que hemos resumido en esta presentación.

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Reflexiones marginales sobre el significado económico-político de la Constitución Europea actual, y de la futura

Diego Guerrero Jiménez

http://pc1406.cps.ucm.es

Enero de 2005

[1. Introducción, p. 1; 2. La CE, entre la política y la economía, y la lucha competitiva mundial, p. 2; 3. El poder constituyente europeo, p. 9; 4. La Constitución Europea: ¿mercado o democracia?, p. 12; 5. La constitución europea del futuro, p. 15; Referencias, p. 19]

Aunque este breve artículo tiene que ver con la Constitución Europea (CE), en él no se van a comentar las declaraciones y prescripciones que la misma contiene, ni siquiera aquellos de sus artículos que recogen las normas de mayor contenido económico. En realidad, este artículo podría haberse escrito sin haber leído siquiera esta Ley de leyes que están a punto de aprobar los ciudadanos de la Unión Europea (UE).

Lo único que se pretende hacer es calibrar el alcance histórico de este importante paso en la construcción político-económica mundial desde un punto de vista mucho más general y sistémico, sobre todo en relación con lo que dicho paso supone y supondrá en la debatible marcha del capitalismo en dirección hacia el comunismo.

No hará falta por consiguiente entrar en el detalle de los derechos y deberes de contenido económico que quedarán garantizados o meramente recogidos en la CE, ni en el recuento de los órganos e instituciones que se encargarán de poner en práctica las diferentes actuaciones de política económica, ni en el tipo de relaciones que existirán entre ellos, etcétera, porque partiremos del supuesto de que, aunque muy novedosa por el ámbito de vigencia de esta nueva norma, desde el punto de vista de su contenido esta Constitución no puede sino ofrecer un carácter fundamentalmente continuista, como corresponde a todas las normas supremas de que se han ido dotando los países capitalistas en los dos últimos siglos o, con mayor exactitud, desde la instauración y consolidación en ellos del régimen capitalista.

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Europa y el Imperio

Toni Negri

Prefacio   1. Descripción del texto Estos escritos sobre Europa, esto es, sobre diversos aspectos del proceso de la unidad europea, han sido redactados a partir de la segunda mitad de la década de 1990. Son escritos de carácter bastante distinto, a veces análisis o intervenciones ocasionales, en otros casos reflexiones ligadas a determinados acontecimientos (la invasión de los albaneses sobre las costas de La Puglia, la guerra de Kosovo, la segunda guerra iraquí, las diversas etapas del debate sobre la construcción de la unidad europea, las discusiones políticas que, entre Francia e Italia, tuve oportunidad de seguir a partir del fatídico 1989 soviético). Los que aquí se recogen no son todos los escritos que redacté en la década de 1990 sobre el tema de Europa. Hay otros que no he podido encontrar y que formaban parte de la literatura de movimiento, algunas veces conservados en forma de grabación, pero de la que no existe texto escrito. Se podrá advertir que esta reflexión, en sus diversos momentos, presenta desequilibrios e incertidumbres, idas y venidas: para quienes han luchado en el movimiento comunista, no fue fácil volver a Europa. Pudimos volver de lleno a ésta a través del movimiento global, sólo después de Seattle. Pero cuando volvimos, como se podrá comprobar leyendo estos textos, fuimos capaces de hacerlo con un cierto entusiasmo. Me hubiera gustado añadir a los textos aquí recogidos el prefacio del libro Lenta Ginestra[1] <cid:part1.05030203.08060602@sindominio.net>, cuyo título es «Leopardi europeo». El editor considero que suponía añadir una carga inútil al texto. A mí me parecía, por el contrario, que podía constituir una metáfora interesante: se trataba de la tenaz esperanza de una nueva sociedad civil, propuesta fuera del recuerdo de la derrota de la Revolución francesa, el dispositivo de un nuevo sujeto político dentro de la construcción de un nuevo espacio de liberación… Y tal vez una referencia a Leopardi podría haber resultado útil a su vez para indicarnos la manera de responder a todos los «euroescépticos»: se trata sobre todo de los viejos mentores del socialismo «que tiene una patria» (nosotros, por el contrario, estamos de parte de los comunistas que «no tienen patria»). Con respecto a los burgueses de su tiempo, Leopardi albergaba nuestro mismo desprecio y la tomaba con los grunf-grunf italo-escépticos de aquella época. El hecho es que todavía no logro entender –tal vez porque he atravesado todas las fases de construcción del discurso europeo– cómo es posible negarse a ser al mismo tiempo comunistas y federalistas europeos. Europa es una ocasión interesante para volver a poner en juego, en el interior de la globalización, aquellas subjetividades fuertes que ya se han alzado dentro de una historia de liberación, y para proponer una innovación tanto del espacio político como de los dispositivos democráticos. 2. Motivos biográficos de europeismo He sido siempre europeísta y un federalista convencido. Reproduzco aquí, en el apéndice, un artículo de 1955 (tenía 20 años); se trata de un comentario de la propuesta europeísta de Emmanuel Mounier: un artículo bastante ingenuo, pero convencido de que la Europa unida era necesaria y de que no habría podido llegar a la unidad de no haber sido socialista. Un año después, en 1956, coincidiendo con la insurrección húngara y con el informe Kruschev sobre las atrocidades del estalinismo, entré en el movimiento obrero, persiguiendo un sueño de justicia y con la convicción de que el capitalismo debía ser destruido. Aún no era marxista; era, por así decirlo, un comunista ingenuo y espontáneo… y ya europeísta. He seguido siendo europeísta a través de todo el recorrido posterior por el marxismo. ¿Por qué? ¿Fue acaso para mí, aquel ser europeísta, una ilusión de provinciano? No, el europeismo señalaba y construía un espacio de libertad, precisamente fuera y contra la provincia italiana (y también de la del socialismo y/o el estalinismo). Europa representaba un signo de eficiencia productiva, de madurez de los espíritus, de modernización cultural… Cuando cumplí quince años comencé a recorrer Europa haciendo autostop, de aquí para allá. A los veinte años Europa ya se había convertido para mí en un verdadero terreno de ciudadanía intelectual. Era un cuerpo común, una experiencia de libertad. El aprendizaje universitario, la emancipación sexual, la aventura… Y luego las experiencias musicales, deportivas, tan distintas de las que permitía la provincia italiana… Y más tarde, cada vez más, la complejidad cultural, las complicaciones del aprendizaje, el placer del mestizaje lingüístico y corpóreo… un conocimiento distinto. Atravesar Europa, conocer cada uno de sus aspectos territoriales y culturales, sus universidades, ya no era entonces, en la década de 1950, internacionalismo: era algo distinto, una experiencia cultural y política que se plegaba sobre sí misma y miraba desde dentro la experiencia común de los europeos, tanto en las deshonrosas tragedias locales como en el espíritu que desde el Humanismo determinara la fortuna del continente. ¡Abajo la patria y muerte de la burguesía! Siempre en Europa se realiza la paradójica transvaloración de los valores que considera europeo a aquel que, más allá del color de la piel o de la miseria del explotado, consigue estremecerse, transformar la memoria de la supervivencia y de la explotación en arma de ataque y de hegemonía. En la década de 1950, Europa se presentó a mis ojos como dispositivo antifascista y anticapitalista. No se trataba de un pequeño fascismo, ni de una pequeña explotación, sino de los profundos y terribles del odio de lo universal y de la destrucción de lo humano… Fue en Europa donde comprendí el valor de la Resistencia, de la antifascista y de la clase, de la guerra civil contra el terror de la burguesía. Me acuerdo de los primeros amigos europeos que me hablaron de Auschwitz como símbolo de la Europa que fue. Pero también de aquellos que me hablaron de Europa como territorio de la clase obrera en lucha. Son contradicciones que un muchacho de veinte años construye en sí mismo como tensión irrefrenable para vivir una vida. Las luchas de la clase obrera han formado Europa. Ahora, reflexionando en mi madurez sobre la que fuera mi percepción de Europa, la Comuna de 1871 enlaza directamente con la revolución de 1917, con el «otoño caliente» italiano de 1969 y con las luchas parisinas de 1995-1996… En esta sucesión, los derechos de los trabajadores se han extendido y han construido el esqueleto, la estructura, el cuerpo de los derechos de todos los ciudadanos. Europa se ha tornado en construcción de libertad. Pero pasemos al hoy: aquí ya no se trata de recuerdos, sino de experiencias directas, que la memoria no contradice. En efecto, cuando se da la globalización, Europa se presenta como formidable testigo de una libertad que ofrece a los demás continentes apoyo y símbolos de resistencia y de alternativa. En la globalización, Europa se torna en un espacio de resistencia. Por supuesto, si es cierto cuanto hemos dicho hasta ahora, la resistencia no es un concepto negativo: por el contrario, recupera todos los caracteres de libertad y los dispositivos de construcción de derecho cuya constitución a través de nuestros cuerpos hemos comprobado y sentido hasta este momento. 3. A propósito de resistencia Llegado un cierto punto, en la historia italiana y europea empezaron a hablar de Europa los hombres de la «tercera vía», los Rosselli, los Spinelli… «Tercera vía» quería decir la libertad más el socialismo… Eran pasiones también de los mejores resistentes socialistas y comunistas, Emilio Lussu y otros hablaban de ello… Por lo demás, encontramos un patriotismo europeo como el de Giustizia e Libertà ampliamente difundido en la conciencia intelectual y moral de los europeos de la postguerra. Es un intento, a veces desesperado pero a la larga ganador, de mantener unidos comunismo y libertad. Desde el Vittorini del Politecnico a los Panzieri y los Fortini de los Quaderni Rossi, y luego progresivamente en las sucesivas y repetidas crisis del PCI, encontramos esta consigna que muchos tacharon de ilusión. El socialismo y la libertad podían caminar juntos, en Europa. Los que abandonaban el PCI, pero sin convertirse en traidores ni refugiarse en el inmundo regazo de la derecha, siguieron considerando Europa como un espacio deseante de libertad y justicia. No pretendo hacer una historia sagrada, tan sólo trato de leer la perspectiva de una «tercera vía» siempre derrotada… en Italia, en Europa. Aquellos que no han vivido esta experiencia en el fondo del alma, puede decirse que han vendido su alma al diablo. Ahora bien, ya no hay «tercera vía», porque una de las dos posibilidades que la historia nos presentara ha dejado de existir. Giustizia e libertà continuó resistiendo en solitario, sola contra el capitalismo y sola contra la socialdemocracia, que no es sino una alternativa mistificada de gestión del primero. Aquella resistencia derrotada resurge, decimos, contra la Razón de Estado de derecha y de izquierda. Europa es el sueño de una cosa esperada, de justicia y de libertad. 1968 hizo verdad este sueño, lo hizo concreto. En los años posteriores a 1968, las luchas de los obreros y de los estudiantes en Europa hicieron global esta apertura de programa. Y, cuando la larguísima guerra civil europea de la modernidad entre católicos y protestantes primero, y luego entre liberales y comunistas, entre occidentales y orientales, y otras tantas que podríamos citar, ha terminado; cuando ya no son dos sino uno el que manda y la alternativa significa reconstruir el dos y ya no sencillamente experimentar una «tercera vía»: pues bien, nosotros, comunistas y europeístas, sentimos representar la continuidad de la resistencia y la reconstrucción de un nuevo proyecto de transformación finalmente más allá de la guerra civil europea, por una Europa de las libertades. Por esta razón los movimientos antiglobales, releyendo su propia historia a la luz de estos acontecimientos, se proclaman hoy europeístas. Europeístas fuertes, constituyentes, que asumen la responsabilidad de lo nuevo y de la esperanza, y al mismo tiempo denuncian, combaten y destruyen todo resurgimiento fascista de la Patria y del Estado.

4. Contra la Convención, por la Constituyente Ha habido mucha prudencia en los movimientos, a lo largo de toda la década de 1990 y al principio del nuevo siglo. Sin embargo, ahora la suerte está echada: un manifiesto por la Europa unida, que no respalde el proceso de neutralización del ansia de libertad de las multitudes, dentro y contra el Imperio y, por lo tanto, por una Europa libre y comunista –pues bien, ese manifiesto comienza a vivir en las conciencias. Frente a éste, se ha presentado una Convención que castra, desde el punto de vista de las elites de los gobiernos y de los Estados-nación, el trabajo de los movimientos para construir un demos revoltoso, un pueblo jacobino europeo. Escribiremos entonces, en las luchas, un Manifiesto contra la Convención: éste es el producto necesario del optimismo de una razón que sabe que el movimiento es potente, así como de una medida exacta de la ferocidad destructiva del adversario (pesimismo de la voluntad). Así, pues, Constituyente contra Convención. Una constituyente que recoja la Europa de las multitudes, una constituyente federalista, contra todos los fetiches fascistas e identitarios. No una Europa de las Patrias, porque Verdún y el Piave masacraron semejante ilusión; no una Europa de los Pueblos (Habermas y Derrida deberían aprender a reconocer en los movimientos, antiglobales y por la paz, ya no matrices populares sino rizomas multitudinarios): en definitiva, lo que queremos, lo que podemos, es una Europa de la democracia absoluta. La Constituyente se forma en torno a una voluntad federalista que no conecta impotentes y represivos Estados-nación, sino que descubre la convergencia singular de las multitudes europeas, poniendo de manifiesto sus deseos, exaltando sus tensiones, satisfaciendo sus exigencias, organizando su potencia. ¿Qué constitución europea queremos? Una Constitución contra la guerra, contra el trabajo asalariado y el beneficio, contra la representación liberal y la delegación –una Constitución por la paz, por la renta de ciudadanía y la distribución igual de la riqueza, por la expresión multilateral y multiniveles de las multitudes… Sin embargo, el problema no consiste tan sólo en obligar a las elites a doblar la cerviz y a que hojeen nuestros Cahiers de doléances –no, el problema consiste en hacer que surja la potencia constituyente de las multitudes. Aquí, en Europa, la Constituyente es ya imperial, es capaz de definir un modo de vida y una organización del trabajo para la sociedad europea, considerando la globalización como una perspectiva que ya vivimos en nuestra conciencia. La Constitución de Europa es capaz de hablar al globo. Julio de 2003

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“Festung-Europa: Notas sobre la constitución europea”

Nicolás González Varela

“Desobediencia es mi palabra favorita”

(Philip Marlowe)

Proemio

La hipótesis de una “guerra global permanente” (GGP) tiene una ventaja y muchas hipotecas ocultas. La ventaja es obvia: es un concepto altamente comprensible, una etiqueta de fácil explicación, harto evidente y fácil de digerir. A esta facilidad semántica se le contrapone problemas diríamos de introspección nacional: queda constreñida a un “revival” de la vieja categoría “militarismo” del siglo XIX, donde el peso excesivo recaía sobre la esfera de la política externa, dando por consabido o supuesto las determinantes internas, sistémicas, la lucha de clases en la propia nación. Quiero abordar el tema de la Constitución europea en sentido inverso, pensando la GGP como la primacía de la política interna, como el desarrollo larvado de figuras de la lucha de clases (pasadas y futuras), como presunciones de guerra civil y dominio de clase. La constitución entendida como sistema de mediaciones y equilibrio entre el capital y el poder obrero coagula niveles de violencia al mismo que diseña nuevas figuras de comando político que tendrán profunda incidencia en la morfología de la lucha de clases.

Europa. Historia conceptual de una ideología:

El proyecto de unidad europea El anhelo de unidad europea es más antiguo que la corona de Carlomagno, decía clarividente Jünger en 1944, el nacional-bolchevique amigo de Heidegger, pero nunca ha sido tan apremiante y ardiente como en nuestro tiempo. Europa es una suerte de enigma, un enigma que arrastra desde su propio nombre equívoco. Euro, el antiguo viento del sudoeste, hijo de Eos y de Tifón. Europa, mitológica heroína oriental que termina nombrando y renombrando un apéndice geográfico, la joven amada por Zeus e hija de Agenor, rey de Fenicia; la seducida y montada en un toro, tal como se puede ver en una antigua metopa del templo de Seminonte. Europa, una metáfora semítica del espacio entre el Atlántico y los Urales, una región que los antiguos relacionaban con el sol poniente al norte de la Hélade, la Grecia clásica, tal como la nombraban Esquilo y Eurípides.

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¿1905 en Bolivia? Ahora es cuando…

Colectivo Nuevo Proyecto Histórico

Discusión sobre el significado de la insurrección en Bolivia. Apuntes y dudas, sugerencias y un disparador para la discusión en el área autónoma. A modo de introducción:

El Colectivo Nuevo Proyecto Histórico (NPH) ha tratado de realizar algunas conclusiones práctico-teóricas de la revolución en marcha en Bolivia. Pretendemos extraer conclusiones activistas, líneas tácticas militantes, performances constituyentes. Debido a nuestra exterioridad a los hechos, somos bárbaros que observan el naufragio desde la playa, nos guiamos por fuentes secundarias, estadísticas frías, testimonios o notas periodísticas. No queremos repetir la parodia de muchos articulistas o publireportajes con aires de tesis hegelianas que repiten con signo cambiado las conclusiones de los "media". Lo nuestro es esto: humildes indicios, generalizaciones precarias, hipótesis de combate que deberán contrastarse con la realidad.

¿Un 1905 constituyente y abierto a las posibilidades de una revolución desde abajo? ¿Otro abril de 1952, cuando un levantamiento popular fracturó primero y destruyó después al Ejército, abriendo el camino a la nacionalización de las minas, la reforma agraria y el voto universal? ¿Ensayo general constituyente u obertura de una nueva maniobra burguesa? ¡Si cae el "Gringo" (Gonzalo Sánchez de Lozada) qué hacemos! ¿Quién será Presidente de Bolivia?: ¿Felipe Quispe? ¿Evo Morales? ¿Jaime Solares? ¿Los tres se unirán? ¿Qué pasará con el Parlamento o lo cerramos? ¿Cómo se refundará el país? ¿El nuevo gobierno cómo sacará de la crisis a Bolivia? ¿Crisis del capitalismo boliviano o combatimos el pelele del FMI? ¿La toma del poder debe ser por vía armada o pacífica? ¿Asamblea Constituyente o seguimos la sucesión de la Constitución burguesa? ¿Una transición con el modelo estabilizador de Duhalde como en Argentina? ¿Paramos o seguimos? Esas son algunas preguntas urgentes y desesperadas que se escucharon insistentemente en el concurrido Ampliado Nacional de Emergencia de la Central Obrera Boliviana (COB), que se realizó el 3 de octubre en la joven y empobrecida ciudad proletaria de El Alto. Indica como síntoma algo que se repitió en la experiencia argentina: contra el "Capital-Parlamentarismo" no sirven ni las viejas táctica ni las viejas fórmulas alquimistas de la vieja izquierda.

En está coyuntura revolucionaria e insurreccional, como en Argentina, los "tradicionales partidos de izquierda" de Bolivia prácticamente desaparecieron, con sus esquemas, citas y ortodoxia oxidada.

Este gran acto histórico de las masas estuvo precedido por dos levantamientos y semi-insurrecciones que fueron de mayor a menor: la guerra de la coca (enero, 2003) y el febrero rojo (febrero, 2003). En todo ellos las características fueron similares a las de diciembre del 2001 en Argentina: a la hora de hacer el balance, todos los dirigentes sindicales y militantes de partidos de la vieja izquierda revelaron que fueron "sorprendidos" por los sucesivos levantamientos sociales, que sumados dan una cifra de más de 140 muertos.

El máximo líder del MAS, el mediático Morales, el dirigente de la Coordinadora del Agua, Olivera, el ejecutivo nacional del magisterio urbano, Aliaga, y el representante de las Centrales Obreras Departamentales (CODes) del país, Torrico, reconocieron "autocríticamente" que ninguna de las organizaciones a su mando ni la progubernamental Central Obrera Boliviana (COB) coordinaron acciones para dirigir este movimiento.

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Bolivia insurgente. El retorno del fantasma

La rebelión de los de abajo ha vuelto a ocupar el centro del escenario latinoamericano. La insurgencia boliviana continúa y profundiza una seguidilla de sublevaciones populares que se viene desarrollando desde el comienzo de la década actual. Cochabamba (2000), Buenos Aires (2001), Caracas (2002) son algunos de los hitos que marcan el nacimiento de una nueva realidad social generada a partir del hundimiento institucional y económico de un capitalismo regional desquiciado por la depredación. En cada  caso los medios de comunicación trataron de acotar el significado de esas convulsiones limitándolas a sus especificacidades nacionales o locales, pretendiendo disminuir su trascendencia. Buscaron reducir los levantamientos en Bolivia durante el año 2000 a la guerra del agua debida al descontento de la población de Cochabanba por la entrega de su suministro a una empresa privada, o bien simplificar la insurrección de diciembre de 2001 en Argentina  atribuyéndola a la reacción de los ahorristas estafados, en Venezuela al antigolpismo de las masas chavistas, en Ecuador al despertar indígena y ahora en Bolivia encasillándola como guerra del gas. La avalancha social que presenciamos es mucho más que eso, persiste a lo largo del tiempo, se extiende en el espacio latinoamericano, se radicaliza y masifica (el itinerario boliviano entre 2000 y 2003 es ilustrativo al respecto).

La región se encuentra desgarrada por dos procesos interdependientes pero antagónicos. Por una parte la dinámica elitista y desestructuradora del sistema económico y su trama político-institucional y frente a ella el ascenso, la tentativa de recomposición y sobrevivencia civilizacional de grandes masas sumergidas, mayoritariariamente urbanas o culturalmente urbanizadas, cada día más empobrecidas. La crisis (y colapsos en ciertos casos) de los modelos neoliberales ha agravado bruscamente dicho antagonismo. Se trata en consecuencia de fenómenos muy profundos, con componentes locales y regionales.

Economía y política

Exagerando la síntesis podríamos decir que el capitalismo le queda chico a las grandes mayorías populares de América Latina. Aumentan exponencialmente los excluidos y asalariados superexplotados porque la economía de mercado no se reproduce  ampliando el área de sectores sociales integrados sino estrechándola, no extiende la infraestructura educativa, sanitaria, habitacional, de transportes, etc, por el contrario la depreda, no crea nuevos empleos, destruye y degrada muchos de los existentes. No debido a un brote de irracionalidad de algunos (o muchos) malos capitalistas sino a la lógica decadente del capitalismo, sobredeterminante, global, sin lugar (o con espacios en rápida contracción) para ilusorios capitalistas serios o productivos. En la era en que la burguesía deviene lumpenburguesía el sistema económico, acaparado por redes de saqueadores (financieros, comerciales, agrarios, industriales) locales y transnacionales, no admite transformaciones positivas o solo ensaya cambios perversos (como los promovidas por el FMI)  que incrementan el pillaje.

Mientras la estructura económica aparece como un corsé que se va encogiendo al ritmo de los ajustes y las reformas estructurales, los sistemas políticos y más en general las instituciones van perdiendo legitimidad. Las democracias latinoamericanas abandonan sus últimas pretensiones de representatividad popular y quedan al descubierto como mafias, grupos restringidos de negocios más o menos criminales. Hacia comienzos de los años 90 democracia y liberalismo económico se presentaban como las dos caras del progreso, ahora el fracaso neoliberal arrastra a las democracias elitistas al pantano común de la crisis. Sanchez de Lozada fue una muestra caricatural de esa evolución. Era un hombre de los 90, cuando su barco empezó a naufragar sin remedio Bush le brindó públicamente apoyo, Kofi Anan y el Papa llamaron a la paz social (basada en la resignación de los pobres) y los nuevos presidentes progres Lula y Kirchner enviaron mediadores. Por suerte el pueblo boliviano no tuvo tiempo para escuchar los pedidos de calma del Santo Padre y siguieron peleando hasta desalojar al presidente-millonario, sin dejarle posibilidades de ejercer sus artes a los expertos en embrollos fletados a La Paz por los jefes de estado mencionados (seguramente alentados por Repsol, principal inversor en el proyecto de saqueo del gas boliviano).

Bolivia rebelde

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