Un punto de encuentro para las alternativas sociales

El diseño del 15-J

Salvador López Arnal

En una tertulia política que presenta Gemma Nierga en la cadena SER intervienen todos los lunes por la tarde, o casi todos los lunes, Pere Portabella, Miguel Herrero del Miñón y Santiago Carrillo.

Generalmente, la conservación muestra dos cosas. La primera, acaso la menos importante políticamente. Santiago Carrillo, a sus noventa y largos años, se mantiene con una cabeza envidiable. Sigue siendo un político con una agudeza extraordinaria. No pierde detalle. Sabe donde está el asunto central y donde están las ramas que no merecen ser transitadas y, curiosamente, es capaz de incorporar en su discurso en ocasiones temas nuevos, alejados de los asuntos usuales de la tradición política de la que formó parte durante tantos años. Desde luego, lo anterior no implica de ninguna de las maneras coincidir siempre o frecuentemente con sus posiciones.

La segunda, la más significativa. Los tres suelen estar bastante de acuerdo, demasiado de acuerdo. Actúan como señores educados de la política, es cierto. Están en un programa de radio, es cierto también. Herrero y Carrillo tienen sus años. Sin duda. Pero sus puntos de vista, cercanos como decía en muchas ocasiones, no sólo demuestran la evolución de las gentes sino apuntan también a los extraños pactos de la transición política española.

Decían: suelen estar de acuerdo. Pero no siempre. Esta vez, este lunes 11 de junio discreparon, con cuidado, con mucho cuidado en las formas, sobre el siguiente asunto.

Empezaron a hablar acerca de las elecciones legislativas del 15 de junio, las primeras del postfranquismo. Herrero del Miñón señaló que más allá del resultado estas elecciones habían sido importantes, eran muy importantes, por su limpieza democrática. Nadie discutía la bondad del resultado, todo el mundo aceptaba los datos electorales, cosa netamente singular en la historia del país donde hasta entonces, dijo Herrero sin excluir la época republicana, los resultados eran fruto de presiones, falsedades y caciquismo.

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Otra vuelta de tuerca en el desmantelamiento de los derechos laborales: la “flexiguridad”

Miguel Candel

A finales de noviembre del 2006, la Comisión Europea presentó, por boca del comisario Vladimír Špidla (digno representante de la “nueva Europa” tan grata a la extrema derecha estadounidense), un Libro Verde sobre el futuro de la legislación laboral europea: “Modernizar el derecho laboral para afrontar los retos del siglo XXI”. Como es frecuente en la literatura de inspiración anglosajona (y éste es un claro ejemplo de ello, tal como indica el recurso a sobadas expresiones polisémicas del tipo “challenges”, “retos” o “desafíos”), la idea principal del texto se ha sintetizado mediante el invento de un término artificial, calculadamente ambiguo: “flexiguridad”.

El palabro en cuestión sugiere dos ideas que el conjunto del texto trata de hacer compatibles cuando todo el mundo sabe que no lo son: flexibilidad y seguridad laboral. Si alguien tuviera el atrevimiento de formular conceptos como “tardoprontitud”, “traidolealtad” o “guarrolimpieza”, quedaría inmediatamente descalificado como embaucador o como oligofrénico. Nada de eso está ocurriendo con el señor Špidla y sus colegas, bien arropados por todos los gobiernos europeos (los de la “nueva” y los de la “vieja” Europa). Y es que, claro está, de oligofrénicos no tienen nada. Pero sí mucho de lo otro. Ahora bien, tal como fue informada Alicia en el cuento homónimo de Lewis Carroll, “no importa lo que significan las palabras: lo que importa es quién manda”.

Como ha puesto en evidencia el estudio del Libro Verde por representantes de la Izquierda Unitaria Europea, junto con sindicalistas de diversos países de la Unión, en una reunión celebrada el pasado 17 de enero en Estrasburgo, el objetivo prioritario de las medidas preconizadas en el documento no es otro que desregularizar aún más las relaciones laborales en Europa. Ése es el sentido profundo de propuestas como “facilitar las transiciones en el mercado de trabajo fomentando el aprendizaje a lo largo de toda la vida y desarrollando la creatividad de la mano de obra en su conjunto”. Por si alguien duda de que la cosa va por ahí, he aquí algunas “perlas” del texto:

“Cláusulas y condiciones de trabajo demasiado proteccionistas pueden privar a los empleadores de incentivos para contratar personal en períodos de reactivación económica.” Por ello hay que “evitar el costo que implica el respeto de las normas relativas a la protección del empleo, los plazos de preaviso y los costos derivados de las cotizaciones sociales.”

En su afán pedagógico, el Libro Verde pone como ejemplo el modelo danés, que de la mano del actual gobierno conservador ha pasado de ser uno de los más avanzados en materia de derechos sociales a suprimir las indemnizaciones por despido, reducir el plazo de preaviso a cinco días, abolir el salario mínimo y suprimir los límites de la jornada laboral.

La trampa del concepto de “flexiguridad”, pues, es clara: se trata de hacer creer que la mejor (o única) manera de asegurar el empleo es que los trabajadores acepten una movilidad permanente, un constante reciclaje profesional y, en último término, se avengan a servir a empresas que no contraigan con ellos compromiso alguno, pasando a convertirse en falsos “autónomos” que carecen de lo único que puede garantizar la autonomía, a saber, unos medios de producción propios. En el límite, pues, habríamos de convertirnos todos en trabajadores “free lance”. Que en determinados oficios muy especializados sea ésa una situación hasta cierto punto ventajosa para el trabajador (que posee unos conocimientos técnicos equivalentes en último término a lo que serían unos medios de producción propios, con la ventaja añadida que supone no estar sometido a horarios de trabajo rígidos) no significa que el modelo “free lance” sea aplicable, ni mucho menos, a la generalidad de los trabajos y los trabajadores.

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Los dogmas del liberalismo y el reto republicano

Fernando Aguiar

Andrés de Francisco, Ciudadanía y democracia. Un enfoque republicano, Madrid, Los Libros de la Catarata, 2007.

           

Ciudadanía y democracia es una obra valiente porque  su autor es sincero, no se engaña ni nos engaña. De Francisco presenta una solvente crítica al neoliberalismo, por una lado, y la recuperación, por otro, de algunos de los elementos centrales de la tradición ético-política republicana (libertad, democracia, ciudadanía, virtud). Sin embargo, desde el principio nos advierte que el tronco histórico del republicanismo es antidemocrático, elitista y oligárquico (pp. 17/18). La valentía que lleva al autor a ser sincero, a no edulcorar lo que sin duda es parte de la tradición de pensamiento político que defiende,  nos pone en guardia muy pronto ante lo que se nos pueda ofrecer. A estas alturas de la historia el escepticismo es una medida necesaria de salud mental. Bien es cierto que este libro no está solo, que se enmarca en una interesante corriente de recuperación del pensamiento republicano a la que hay que prestar atención. Pero las refundaciones han sido con frecuencia más un síntoma de impotencia que de vigor teórico y político. Puesto que Andrés de Francisco revisa la tradición republicana, sin dejar de ser fiel a su historia, desde una perspectiva radicalmente democrática, nos preguntamos al iniciar la lectura de este libro si la revisión merece la pena, si consigue desembarazarse de los aspectos menos atractivos del republicanismo, si puede ser una alternativa al liberalismo e inspirar a la izquierda o hemos de buscar en otro lado. Con un estilo claro y directo, el autor desmonta los dogmas del liberalismo dogmático y teje una sólida alternativa republicana que trata de dar repuesta a esas preguntas y temores.

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El hombre tranquilo

Carolina del Olmo

Minerva

John Berger me espera sentado en los escalones del vestíbulo del CBA jugando con el hijo de Marisa Camino. Me cuesta un triunfo llevármelo de allí, arrancarlo del ambiente extrañamente familiar que logra crear a su alrededor. Sin ir más lejos, el día antes, durante la concesión de la Medalla, consiguió borrar de un plumazo toda la solemnidad de este tipo de ceremonias. Berger hizo una emocionante lectura de fragmentos de su nuevo libro y, a pesar de la gran afluencia de público y de que fue una actuación seria y rebosante de amor por las cosas bien hechas, el ambiente fue casi casero: Berger le plantó un par de besos al Presidente del CBA cuando le impuso la medalla, agradeció sinceramente su colaboración a todo el personal con el que había trabajado durante el montaje de la exposición –cuyos nombres recordaba perfectamente–, y en todo momento rebosó buen humor.

Me lo llevo a un lugar tranquilo para hacer la entrevista. Nos sentamos, y veo que mira con curiosidad mi despliegue de grabadoras digitales y analógicas. Le explico que he tenido algunos problemas en el pasado y que prefiero ser precavida. Me dice que lo entiende. En cierta ocasión, lo llevaron a uno de esos cementerios de caídos en la I Guerra Mundial sembrados de pequeñas cruces blancas que abundan en Francia, con la intención de grabar material para un programa de radio. «La idea era que paseara por el cementerio yo solo y que fuera grabando lo que me venía a la cabeza mientras caminaba por entre las tumbas. Era febrero y hacía un viento y un frío espantosos, estaríamos a unos dieciocho grados bajo cero. Llegamos allí en un Jeep y el ingeniero de sonido y mi amigo, que estaba haciendo el programa, se quedaron en el coche y me dijeron “Venga. Toma el micrófono y habla cuando quieras”. Yo me fui alejando. Era un lugar encantado. A veces decía alguna cosa, otras caminaba en silencio. Continué hasta que ya no pude más. No llevaba guantes y se me estaban congelando las manos de sostener el micrófono. Volví al cabo de media hora. Ellos seguían en el coche con el motor en marcha y la calefacción encendida; me abrieron la puerta y les dije: “Sois unos cabrones” y ese tipo de cosas… Cuando ya nos alejábamos de allí, el ingeniero de sonido hizo algunas comprobaciones y descubrimos que no se había grabado nada. El frío había inutilizado la batería. En fin, tampoco fue grave; en realidad, no había mucho que decir».

En sus novelas y, en concreto, en la trilogía De sus fatigas, tanto el mundo del trabajo como la idea de unas fuerzas económicas que moldean la vida de la gente tienen una presencia fundamental, algo que llama poderosamente la atención en el panorama de la literatura actual, poblado de personajes que no parecen trabajar para vivir. ¿Se siente solo en el mundo literario contemporáneo?

No, no me siento solo, aunque lo que dice es bastante cierto. Pero hay mucha gente que está intentando crear cosas diferentes, y hay personas que, aunque pertenezcan al pasado, hicieron obras muy contemporáneas. Si entra en el estudio de un pintor y ve una reproducción de un cuadro de Velázquez colgada en la pared, puede estar segura de que para ese pintor Velázquez es su contemporáneo. En ese sentido, yo, que soy inglés, considero a Dickens un contemporáneo. Y si hablamos de Rusia, Chéjov y Gorki son mis contemporáneos. Por lo demás, en la actualidad también hay escritores con los que siento que tengo mucho en común. El primero que me viene a la mente es Eduardo Galeano. Tiene unos cuentos fantásticos: Las palabras andantes es un libro muy hermoso y muy contemporáneo. En España también tienen a Manuel Rivas, quien, por cierto, demuestra tener un gran sentido de la historia.

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La Segunda República, proyecto del pueblo

Carlos Gutiérrez

Cuando el 14 de abril de 1931 las elecciones municipales traen la victoria de la izquierda, y las clases populares, de modo masivo, salen a las calles e imponen la instauración del régimen republicano no nos encontramos ante un hecho aislado, casual o ante un “golpe de fortuna” para los intereses de nuestro pueblo, sino que estamos ante un triunfo que se ha ido fraguando en un largo proceso de luchas y de construcción de unos valores y de un proyecto alternativo de sociedad. Todo el siguiente período reflejará, de modo muy evidente, la pugna entre la mayoría social –los trabajadores, los campesinos, y capas progresistas de la pequeña burguesía-, y la minoría, la oligarquía propietaria y sus organizaciones políticas y sociales.

Desde el primer momento, las capas populares se verán impelidas a una lucha sin cuartel para que esa naciente república sea capaz de llevar a cabo las tareas que se encontraban inscritas en el código, aún no plasmado, político y programático, que habían ido elaborando durante un largo período de la historia de nuestro país. Las fuerzas de la reacción, agotado su caudal de legitimidad por la degeneración del régimen monárquico, decidieron que no era nada inteligente oponerse al cambio y que, al contrario, era mejor tratar de navegar sobre él y convertirlo en un producto desnaturalizado  que nada tuviese que ver con el auténtico republicanismo. Su objetivo es que el cambio sirviese, cambiando eso sí, la forma de estado, para no cambiar nada.

Una república, ¿sin republicanos?

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“Para Robespierre, “la economía política popular” significa que el poder económico debe ser reglamentado por la política y la política es la «propiedad” común del pueblo”. Entrevista con Florence Gauthier.

Joan Tafalla

Conocí la obra de Florence Gauthier a principios de los año 90 del siglo pasado, en el curso sobre la revolución Francesa que dictaba Irene Castells en la Autónoma de Bellaterra. Irene Castells me hizo descubrir la aportación decisiva de Gauthier a los debates y a la renovación de la historiografía de la Revolución. Paralelamente, y asistiendo al seminario de filosofía política que dirige Joaquín Miras desde hace más de quince años, conocí la aportación de Florence a la renovación de un republicanismo democrático y social[1]. La cosa me llevó a leer su obras[2] y a traducir al catalán su esencial artículo “Crítica del concepto de revolución burguesa aplicado a las revoluciones de los derechos del hombre y del ciudadano del siglo XVIII”[3]. Dediqué el verano de 2005 a traducir su antología de Robespierre, notable porque al contrario de otras antologías, Gauthier destaca en la misma el pensamiento social del Incorruptible, así como aquellos elementos que le muestran como expresión del movimiento social y no ajeno e incluso divergente del mismo como ha querido algún historiador del siglo XX[4]. En el marco de una investigación en curso sobre el movimiento popular francés en revolución, hice a Florence Gauthier en Paris ( julio de 2006), una larga entrevista de carácter historiográfico que se publicará en otra ocasión y quedó pendiente este cuestionario para una entrevista más, por decirlo así, política sobre Robespierre. Lo habíamos dejado para el próximo verano, pero la ocasión de este monográfico de El Viejo Topo sobre republicanismo nos ha permitido a ambos retomar el proyecto.

Entrevista a cargo de Joan Tafalla.

Joan Tafalla.- Robespierre es el único gran hombre de la Revolución que no cuenta con ningún nombre de calle en París. Después de la Ocupación, con el gobierno surgido de la resistencia hubo una tentativa que no fructificó, y hasta ahora. ¿ Cuál es la razón de este hecho?

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Una reflexión republicana sobre el Estado

Andrés de Francisco

Febrero de 2007

Hay miedo al Estado. Lo hay en la tradición liberal,  y lo hay en la izquierda socialista. La tradición liberal teme al Estado porque hereda dicho Estado como una estructura despótica de poder construida en el antiguo régimen por las monarquías absolutas. La izquierda socialista teme al Estado porque lo concibe como un aparato de dominación de clase del que la sociedad sólo se emancipará cuando logre resolver los conflictos ligados a su estructura clasista de dominación social.

            Aquí defenderé una versión republicano-democrática del Estado fuerte. El republicanismo –la tradición republicana- es una filosofía política de la libertad. El republicanismo democrático  aspira a extender esa libertad a los pobres, a  los trabajadores, a los desfavorecidos, a los humildes  y a hacer de ellos ciudadanos igualmente libres. Argumentaré que ello pasa por fortalecer el Estado y darle una determinada orientación. Comoquiera que un Estado fuerte representa una potencial amenaza de despotismo, argumentaré que un Estado fuerte es republicanamente posible sólo en la medida en que el gobierno de ese Estado es un gobierno democráticamente controlado, contestable y participado.

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La República desde abajo. El republicanismo más allá de Pi y Margall (1873).

Lluís Ferran Toledano

El destronamiento de la reina Isabel II en 1868 abrió un conjunto de expectativas políticas y sociales que fue más lejos de lo que algunos conspiradores hubieran deseado. Ello es debido a la gran movilización popular y su participación en un rico tejido de asociaciones, y del impacto del sufragio universal. Una cosa es que el régimen no alterase la noción de propiedad burguesa y otra que la actitud defensiva de los sectores conservadores y ultramontanos no tuviese una base real, basada en el miedo a la Constitución de 1869 y las nuevas reglas del juego que imponía. En cierto modo, el conjunto de experiencias republicanas preparó el consenso entre los partidarios del orden en los años venideros. El republicanismo federal liderado por Francesc Pi y Margall y la cantonal (1873), deben tenerse en cuenta como uno de los hitos más importantes de los procesos de cambio “desde abajo” de toda nuestra historia contemporánea. Un ensayo teórico y práctico de soberanía individual y de democracia con pocos intermediarios. Se ha venido insistiendo demasiado en los aspectos doctrinales del ideario de Pi o en la fragmentación interna del republicanismo. Esta visión tradicional se debe sustituir por otra que ponga el acento en la calidad de las propuestas de mejora social lanzadas por los cantonales o en las experiencias cotidianas de conflicto. En suma, republicanizar la historia de la República.

Ciertamente, para una buena parte de Cataluña, el País Valenciano o Andalucía, la noticia de la proclamación de la República el día 11 de Febrero no fue sino un hecho gratamente esperado. En realidad, el régimen nacía lleno de incertidumbres. Como han señalado los clásicos C.A. Hennesy o J. Termes, se trató de un relevo en el gobierno pero sin un paralelo cambio constitucional. Un gobierno de transacción, de mayoría republicana, que debía de convivir con una asamblea donde se invertían los términos, con una filiación mayoritaria radical. Los objetivos del primer gobierno consistieron en controlar la situación política y mantener el orden público por encima de cualquier otro proyecto. Quizás no se ha señalado suficientemente el carácter no deseado de la evolución política durante 1873, la revuelta federal y cantonal. Esta experiencia no ha ocupado en la memoria democrática española el lugar que ha podido tener la Commune de París en la cultura política francesa y europea. A ello han contribuido diversos factores, sin duda, pero también el deseo de los republicanos posibilistas seguidores de Emilio Castelar -responsable del giro conservador que anticipó el golpe de estado de Pavía-, obsesionados en distanciarse de los federales y acercarse al contra-modelo de orden, eficacia y conservación representado por la III República francesa.

El sexenio fue uno de los momentos propicios para replantear las reclamaciones populares de reforma agraria. Durante aquellos años se incrementaron en toda España las huelgas de colonos, la ocupación de dehesas y la destrucción de cercas, las talas de árboles, los pasquines amenazadores, el incendio de pajares y de pastos, y un sin fin de situaciones herederas de una larga tradición de protesta. Un indicio que el régimen fue lejos en el terreno social -al margen de la ley de protección del trabajo de menores del 24 de julio, o los debates sobre la abolición de la esclavitud-, fue la repercusión que tuvo entre los conservadores el artículo adicional de la ley de 20 de agosto relativa a la redención del foro gallego, la rabassa morta catalana, o el treudo aragonés. Éste último, de manera ambigua, abría la posibilidad de la redención del censo enfitéutico. Observadores venidos de Barcelona oyeron cómo las gentes reunidas en cafés y tabernas creían que “la tierra no era de nadie y que los frutos eran de todos”. Sintomáticamente, un antiguo amigo de Prim, Enric Climent, rico hacendado del Ampurdán y ex gobernador civil de Girona, lamentaba que los colonos se creían con el derecho de no pagar sus obligaciones y, por esta razón, era “imposible que la gente honrada y de alguna posición se adhiera a la República”.

En realidad, el frente antirrepublicano era muy amplio, abarcaba desde el carlismo hasta el liberalismo progresista y radical. Quizás sorprenda saber que personalidades carlistas habían depositado esperanzas en una República que precipitase una reacción favorable a su causa. Unos planteamientos que recordaban la necesaria expiación social anunciada por el escritor y político Juan Donoso Cortés. En palabras del general navarro Joaquín Elío a su rey: “Tal vez, Señor, no es muy cristiano lo que voy a decir, pero considero necesario para la buena curación de España un poco de 93 o un poco de República”. Por su lado, para el sector liberal y progresista el problema central fue también el control del ejército. Un análisis calcado al efectuado por escritores y periodistas conservadores. Víctor Balaguer, quizás el principal dirigente progresista del principado, recibió diversas cartas que reclamaban urgentemente una dictadura militar, y ello antes que Pi y Margall fuese nombrado presidente. Uno de los amigos de Balaguer, Francisco Burgadas, le decía que “los catalanes todos, sin distinción de partidos, estamos hartos de derechos individuales”. Otro de sus corresponsales le avisaba que en Barcelona “recorren nuestras calles una o dos músicas celebrando la proclamación de la República Federal (…) Nuestra situación es triste y crítica, pues hoy ya no es la República Federal la que aclaman, sino la Federal Social”.

Una de las principales manifestaciones de la republicanización de la vida política fue la transformación radical de los cuerpos armados. Lejos de aplazar el cambio (primero ganar la guerra y después proclamar la federal), la revuelta militar republicana fue la forma principal de canalizar los proyectos republicanos más avanzados. También, como hemos visto, fue el objeto principal de los ataques conservadores, acobardados por la dimensión que había tomado el cambio desde abajo. La guerra carlista y el largo conflicto cubano fueron el terreno forzado por las circunstancias en el cual se desarrolló la federal. Sería un error considerar la guerra solo como un elemento disuasivo del proyecto republicano, y no como el elemento que catalizó las políticas republicanas. En ciertos momentos, el conflicto bélico y los batallones republicanos conducidos por diputados “en misión” fueron los únicos instrumentos reales de cambio. La contraposición entre cantonal y federal, desde este punto de vista, no tiene razón de ser, si lo que se pretende es no devaluar la intensidad de la movilización federal.

El decreto de disolución del ejército regular y su conversión en uno de voluntarios, realizado por la diputación de Barcelona el 10 de marzo, contagiaría no sólo el distrito catalán, sino otros colindantes. El ejército no desapareció formalmente, pero ni la composición ni el funcionamiento interno de los cuerpos, ni el comportamiento público de los soldados fue el mismo que en tiempos de la monarquía. A pesar de ello, también hubo oficiales, pocos, comprometidos con el nuevo orden republicano. Un capitán del regimiento de caballería de Alcántara, Francisco Araque, se dirigió a los soldados del cuartel de las atarazanas de Barcelona diciéndoles que ya no eran militares “sino ciudadanos”, y a continuación quemó las antiguas ordenanzas porque que ya no servían. Los soldados vestían garibaldinas, gorros frigios y se ponían galones al margen de la uniformidad. Lucían cabellos descuidados y largas barbas, y ostentaban con orgullo escarapelas republicanas. Nos servirá como ejemplo el comportamiento de la columna mandada por el coronel Miguel Vega. Sus soldados pasaban las noches en las tabernas gritando vivas a la federal y ¡fuera listas y abajo los entorchados del general que es un tirano! Y todo ello lo amenizaban con canciones ofensivas al clero, la música de la Marsellesa y el himno de los puritanos. Este era un paisaje habitual en la revuelta y suministró la imagen más radical de los republicanos, unido a otro elemento simbólico, el petróleo, importado de la Commune, y que también sirvió para estigmatizar la célebre huelga y sublevación de Alcoy del mes julio. Con pesar, el diario conservador madrileño La Epoca, reprodujo una carta del por entonces gobernador militar de Girona, Arsenio Martínez Campos, donde afirmaba que “sin Ejército no hay nacionalidad posible en estos tiempos”.

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La democracia, nombre de un movimiento

Joaquín Miras Albarrán

 

El republicanismo es una tradición praxeológica del pensamiento político. Surge históricamente de las luchas por someter a la deliberación y al poder públicos los asuntos –las cosas, las rei- de interés común para la sociedad.

Los textos de los clásicos muestran que la primera idea orientadora de la tradición republicana es el reconocimiento de la prioridad ontológica de la sociedad sobre el individuo. Según frase célebre de Aristóteles, el ser humano es animal cívico, político social1.El individuo humano es un ser de naturaleza plástica o indeterminada, cuyo proyecto biológico requiere ser asistido permanentemente en su desarrollo por la comunidad y ser completado mediante la interiorización de saberes y pautas culturales –hábitos, costumbres desarrollo de habilidades, técnicas, etc. elaborados por las generaciones anteriores-, para que a su vez el individuo pueda habérselas con la vida y manejarse útilmente para sí y para la comunidad.

Libertad y felicidad del ciudadano

Ni el orden social es resultado de una ley natural prescrita por la naturaleza para el ser humano, ni el individuo humano posee una naturaleza, previa a su construcción como individuo por la sociedad. En consecuencia la libertad y la felicidad no dependen de la actividad privada de cada individuo, sino del orden civil establecido. Son asunto político: son el asunto político primordial. La existencia de un orden político tiene como fin garantizar la libertad y la felicidad, esto es, el fin del estado – de la política- es instaurar la eticidad, y por ello resulta imprescindible.

Libertad: en la tradición republicana es libre el individuo que no está sometido a la voluntad de otro. No es libre quien depende de la voluntad ajena para sustentarse, pues deberá someterse a sus decisiones, tiene amo. Por ello la república debe garantizar en primer lugar que cada individuo sea dueño de los medios que le permitan subsistir sin enajenarse – asalariarse o venderse-, sin someterse a dominación.

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Público y privado. Republicanismo y feminismo académico

María Julia Bertomeu, Antoni Domènech

El feminismo académico contemporáneo es un movimiento amplio y heterogéneo, con grandes aciertos, obvio es decirlo, y algunos desaciertos, a veces, grandes también. Una parte muy importante de sus aciertos tiene que ver con la recuperación de la centralidad institucional de la “familia” para la reflexión política.

Familia y filosofía política

La filosofía política como disciplina académica se ha interesado en el último siglo sobre todo por cuestiones relacionadas con el Estado y las relaciones del Estado con la Sociedad Civil (ciudadanía, partidos políticos, justicia distributiva, etc.). Lo que resulta un tanto sorprendente, habida cuenta de la importancia de la Familia en toda la tradición filosófico-política occidental. El primer libro de la Política de Aristóteles está dedicado al oikos; y una de las consecuencias más perversas, según Aristóteles, de la democracia plebeya ática sería su subversión de la institución familiar, dando el mando a las mujeres (gyneycokratía): un tema recuperado por el contrarrevolucionario Bonald a comienzos del siglo XIX para ajustar cuentas con la democracia plebeya robespierreana:

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