Tahúres, ciclos formativos, guapos y listos, y clases sociales

Salvador López Arnal

     Para Alexandre Carrodeguas

No sé si lograré ser ecuánime después de haber oído hace un instante que el nuevo ministro de Justicia de un gobierno que dice respetar la Constitución y aceptar que el Reino de España no es un Estado confesional, no escribo laico, ha aceptado su cargo ante un crucifijo y una Biblia abierta por un pasaje escogido por el propio ministro. Lo intentaré en todo caso.

Miguel Ángel Quintanilla ha escrito en Público, martes, 24 de febrero de  2009, un breve artículo en torno a guapos, listos y los ciclos formativos, estudios que él sigue llamando, a la vieja usanza, de FP.

No es fácil disentir del admirado catedrático de lógica y filosofía de la Ciencia de Salamanca, discípulo de Mario Bunge. Muchos de los que hemos tenido afición por esas disciplinas hemos aprendido y disfrutado leyéndole o escuchándole. Sea como fuere, me permito señalar dos discrepancias sobre su nota.

La primera refiere a su afirmación a la crisis, a sus responsables y a sus salidas. Lo hace en estos términos el profesor Quintanilla:

Cuando salgamos de la crisis en la que nos han metido una cuadrilla de tahúres de la economía y las finanzas, necesitaremos profesionales cualificados para desempeñar de forma eficaz competencias técnicas en la nueva economía basada en la innovación.

No sé si es un exceso de individualismo metodológico y de optimismo pero que un filósofo crítico como Quintanilla sitúe la crisis en el debe de una cuadrilla de tahúres de la economía y las finanzas, dé por presupuesto, sin más matices y con un brindis al sol y al progreso de la Historia, la salida de la situación, y hable, en los términos en que lo hace, de la nueva economía de la innovación, no deja de ser sorprendente. Dejemos aparte el optimismo político de Quintanilla y el uso impropio y muy borroso del término “innovación”, ¿la crisis está causada por el ruin comportamiento de una cuadrilla de tahúres? No se trata de negar el papel que ha jugado la codicia en el comportamiento de ejecutivos, empresas financieras, grandes corporaciones, ministerios afines, rentistas e inversiones, fundaciones dirigidas por Premios Nóbeles, familias de clase media-alta con aspiraciones, pero a estas alturas de la Historia parece obvio señalar que todo ello, o parte de ello cuanto menos, acaso lo esencial, está promocionado, ayudado, señalado, apuntado, por un sistema, por un conjunto ordenado con marcadas relaciones y funciones entre sus elementos, que podemos llamar, para seguir entendiéndose, capitalismo. No se trata de negar el papel de los individuos pero parece obvio que las estructuras, sus valores, su funcionamiento, juegan un papel crucial. Aún más, si una cuadrilla de bondadosos ejecutivos tomara por asalto y con tenacidad una de estas grandes corporaciones, e intentara, una vez tomado el poder, comportarse de forma ética, en un sentido amplio y no muy estricto del término, no creo que sea un disparate izquierdista señalar que durarían en sus cargos lo mismo que un caramelo visible a la puerta de un colegio masificado.

No niego que pueda existir una banca o una industria éticas que controle parte de sus inversiones, no me pronuncio sobre el tema, pero el sistema como tal, en su conjunto, presenta unas aristas esenciales que mueven las economías y a sus ejecutores en sentido contrario, opuesto, lo cual, claro está, no quita un ápice de responsabilidad a esa cuadrilla de tahúres de la economía y de las finanzas. Simplemente, el sistema los alimenta y el sistema se alimenta con ellos, con su sabere y su frío cálculo en las heladas aguas de un océano sin piedad. Son, digamos, el lado superior de un rectángulo perverso que Claes Andersson[1] ha descrito así:

El capitalismo nos moleculiza

Crea desconfianza entre nosotros

Oculta nuestra comunidad de intereses

Cosifica nuestra vida

Destruye nuestra solidaridad

Nos oculta nuestros genuinos valores válidos

Nos impone  necesidades artificiales

Abarrota nuestra vida de armatostes

Acentúa las abismales diferencias de ingresos y fortunas

Acumula conocimientos para una tecnocracia sobornada

Nos impide encontrar alternativas positivas

El capitalismo trabaja con eficacia

En el mundo en nuestra sociedad en nuestra corazón

No estamos en armonía con nosotros mismos

No somos felices

El sentido de culpabilidad se pega a todo lo que tocamos

No somos solidarios

Nadie nos ama

Nos odiamos nosotros mismos

Odiamos a todos los demás

¿No es eso acaso? Desde luego: no es imposible encontrar poemas de Fried, Brecht, o entre nosotros, de Jorge Riechmann o Enrique Falcón, que transiten por el mismo sendero y con compases afines.

La segunda discrepancia nos lleva al mundo de la FP, de los ciclos formativos. Quintanilla señala que somos un país bastante igualitario: el acceso a los estudios superiores no se ve inexorablemente limitado por las circunstancias económicas, geográficas y sociales de las familias de los estudiantes. Hemos logrado que cualquiera de nuestros hijos, remarca Quintanilla, pueda llegar a ser abogado, médico, ingeniero, profesor de filosofía (no dice filósofo) o aguerrido periodista (Quintanilla no explica la necesidad del adjetivo).

El “bastante” sirve para mucho, nos suele librar de críticas. Pero de que el acceso a los estudios superiores no se vea “inexorablemente” limitado por las circunstancias que señala Quintanilla, no se infiere que seamos un país “bastante igualitario”. Los porcentajes de estudios universitarios en las clases sociales, y en grupos sociales con fuerte arista cultural, no nos aproximan ni de lejos, hoy por hoy, y sin menospreciar lo conseguido, a un concepto aceptable de real igualdad de oportunidades si los comparamos con la población universitaria de las capas trabajadoras.

No es ese, en todo caso, el punto central del artículo. Quintanilla defiende otra tesis: nuestro sistema de enseñanza ha sido durante demasiado tiempo sesgadamente academicista y ya va siendo hora que en él se incorporen visiones más prácticas. Nuestra sociedad –informa, valora y critica Quintanilla- sigue viendo la formación profesional como una segunda opción indeseable. Esta situación, anuncia el antiguo director general, tiene que acabar.

No señalaré que muchas personas que afirman tal consideración con la boca grande tienden a afirmar lo contrario con la pequeña cuando los implicados son hijos, sobrinos o familiares próximos. No creo que esta inconsistencia teórico-práctica esté en el debe de Quntanilla. No diré nada en contra de los ciclos formativos entre otras razones porque yo soy profesor de ciclos y mi hijo, con esfuerzo admirable, es muy probable que consiga seguir uno de esos ciclos. Pero es obvio que este llamamiento a la enseñanza práctica, a este alejamiento de los estudios académicos universitarios, que tiene ya su historia en nuestro país, está consiguiendo resultados especialmente en grupos sociales obreros o poco favorecidos y toca muy poco, cuando no resbala, en sectores sociales con mentes de clase, que llevan a sus hijos  a escuelas privadas o concertadas (y en algún caso públicas), que tienen buenas redes sociales, y que siguen aspirando a que sus hijos e hijas sean médicos, abogados, economistas, financieros no tahúres e ingenieros superiores, eso sí con algún master y doctorado en alguna universidad usamericana (o española americanizada). Por ejemplo, el president de la Generealitat, un antiguo trabajador, de origen popular, no aspira a que sus hijos sigan ningún ciclo formativo.

La enseñanza de ciclos tienen varios inconvenientes conocidos. Hay excesiva dependencia de esos estudios con las empresas y sus necesidades coyunturales; se obliga a los alumnos a una asignatura práctica que consiste en realizar unas 300 horas lectivas en centros productivos (unos cuatro meses, 4 horas diarias) teóricamente para aprender, en muchos casos para trabajar gratuitamente para el empresario, con el efecto acaso no buscado, u olvidado, de que la atención por los ciclos, en muchos casos por exigencias de las patronales españolas que no quieen gastarse un duro ni un euro en aprendizajes formativos, está descuidando lo esencial: la instrucción básica, el pensamiento crítico, el saber a qué atenernos, que tiene sus primeras notas en la enseñanza secundaria obligatoria que es un auténtico cuello de botella, necesitado de más recursos, más profesores, una amplísima reducción de la ratio de alumnos por clase, de asesoramiento adecuado y, sobre todo, de tratamiento desigual de situaciones muy desiguales. Es imposible formar a alumnos de 15 nacionalidades en grupos de 33 alumnos, con 23 situaciones diferenciadas. Están en clase, están en los institutos; su formación, su instrucción, el poder seguir la explicación es otra cosa.

Por lo demás, y eso es acaso significativo, hace unos 30 años, cuando yo empecé a dar clases en una ciudad del extrarradio barcelonés, Santa Coloma de Gramenet, mi instituto, el único de la ciudad, llegó a formar a unos 130 alumnos de COU que alcanzaban la Universidad en su gran mayoría. La clase obrera, sus jóvenes y no tan jóvenes, es cierto, era una clase distinta, más organizada, más politizada, más rebelde, menos precarizada (la multitud es una categoría insulsa e impolítica de Negri), con muchísimas más pulsión cultural, con intereses múltiples, menos americanizada. Hoy, treinta años más tarde, la siguiente generación, después de la apuesta pública por los ciclos formativos, entre los ocho institutos de la ciudad no generamos esa misma cantidad de universitarios. Un porcentaje de los alumnos siguen cursos de ciclos de grados medio y, posteriormente, de grado superior. Sólo en muy pocos casos se prosigue el sendero universitario.

Es cierto, pues, hay que dignificar la FP. Hay que hacerlo, hay que seguir haciéndolo. Pero sin olvidar la necesidad de una enseñanza obligatoria que instruya realmente y que los ciclos no sólo sean para los guapos y listos de la clase obrera y de grupos afines. Para los otros listos y guapos, o acaso para feos menos listos, pero de clases aposentadas, ya está la Universidad, modificada, por supuesto, con planes made in Bolonia y ciudades con espíritu afín. Los tentáculos del capital y sus valores no se detienen a las puertas de los templos.

 

[1] Claes Andersson, Los estragos del tiempo. Selección, traducción y prólogo de Francisco J. Uriz. Cosmopoética, Córdoba, 2008

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