Crítica cinematográfica: Drive my car – Doraibu mai kâ

Antonio Ruiz

Dirección y guion: Ryusuque Hamaguchi. Japón. 179 minutos. Estreno España:04/02/22

Argumento: un actor y director de teatro que es incapaz de superar conscientemente su pasado, acepta
dirigir Tio Vania en un festival de teatro en Hiroshima. Durante la preparación del montaje y la
relación del director con el equipo teatral y su chofer, una joven introvertida de clase humilde, van
surgiendo confesiones y secretos no resueltos. Como fondo, el drama de Chéjov.

Este, relativamente, joven realizador japones (44 años), nos presenta un original guion basado en una
selección de cuentos del novelista, también japones, Haruki Murakami (Hombres sin mujeres).
Básicamente la cinta nos plantea una cuestión genérica al ser humano, el como afrontar
subjetivamente los fantasmas internos producto de nuestras: vivencias, sentimientos, pasiones, y
dudas sin resolver en la conciencia. Algo tan común e intemporal en las diversas etapas históricas
sociales. En este caso es la actual.

Lo positivo, a mi entender, en este film de Hamaguchi, es conseguir unos momentos de fuerte
sensibilidad cinematográfica en escenas de cámara fija o mínimos cambio de enfoque, sobre todo
cuatro; en una mesa comiendo cuatro comensales, dentro del coche, director y la chofer donde esta
se crió, y la representación de la última escena de Tio Vania; solo por estos momentos ya vale la pena
verla. Otro acierto es que como fondo de la trama se está trabajando sobre una de las más
representativas obras de Chéjov, donde se verbalizan las escenas más básicas, de la obra de este, que
están directamente relacionadas con el tema de la película, al igual que lo estarían otras de este
dramaturgo. Las interpretaciones son muy correctas en general, teniendo en cuenta, a más, que los
principales en varios momentos han de mostrar lo que sienten con solo la expresión ante la cámara
fija.

Lo negativo, también a mi entender, son las tres horas de duración. Ya he comentado alguna vez que
no entiendo porque se da con tanta frecuencia esta situación. Lo que cuenta se puede realizar en menos
de dos horas. Hay un prologo que se puede resolver en diez o quince minutos y lo hace en cuarenta,
y al resto le sobra más de media hora, simplemente eliminando escenas (idas y venidas en coche) que
no aportan nada a la trama. Este proceder, frecuente en el cine actual, le resta calidad y coherencia.
En cine toda escena debe tener un sentido del devenir inmediato o posterior de lo que se está narrando,
de no ser así, sobra y despista, es decir: vulgariza el resultado final.

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