Municipalismo y transiciones ecosociales

José Luis Fernández Casadevante y Nerea Morán

Vivimos tiempos en los que la política se ve asediada por la espectacularización y la polarización, las disputas comunicativas y la geoestrategia, los cálculos electorales y el tacticismo coyuntural. El sistema parece incapaz de hacerse cargo institucionalmente de una cuestión tan compleja, incómoda y multidimensional como la crisis ecosocial. Ante la ceguera de los mercados, la indecisión política y el deterioro ambiental creciente, el municipalismo emerge como el principal actor colectivo capaz de intervenir de forma ágil y audaz, comportándose como la toma de tierra capaz de protegernos institucionalmente de los amenazantes síntomas de colapso.

El municipalismo opera como un espacio de encuentro y conflicto entre movimientos e instituciones; un espacio de diálogo entre cooperación social y políticas públicas, salvaguarda de derechos en proximidad y entorno de experimentación, apego a los problemas cotidianos y refugio de los impulsos utópicos, retaguardia y vanguardia de las transformaciones por venir. Este carácter híbrido, impuro y contradictorio, como la propia vida, lo hace merecedor de acoger una parte significativa de nuestras esperanzas.

Covid, crisis ecosocial y ventanas de oportunidad

Diversas investigaciones sobre estilos de vida sostenibles nos hablan de la discontinuidad de hábitos y de cómo fenómenos disruptivos que alteran el contexto cotidiano pueden ayudar a cambiar el comportamiento de las personas. En uno de estos estudios se proporcionaba a un amplio grupo de participantes una serie de consejos y herramientas para aumentar conductas sostenibles en el hogar. Aquellos que acababan de mudarse de casa resultaron ser más proclives a adoptar los cambios de una forma significativa, algo que en otros estudios también se ha detectado en relación a fenómenos como tener un hijo o lidiar con acontecimientos como un corte de carreteras que obliga a desplazarse temporalmente en transporte público.

La «ventana de oportunidad» dura unos meses, lo que apunta a la importancia de identificar los momentos de cambio en el curso de la vida si lo que se quiere es diseñar estrategias específicas para intervenir en situaciones donde habría una mayor probabilidad de éxito (crianza, ciclos educativos o laborales, jubilación, edificios de vivienda de nueva construcción, etc.); a la vez que, por otro lado, ello invita a disponer con antelación de estrategias que puedan desplegarse cuando de forma azarosa e imprevisible la realidad nos obliga a un cambio.

Igual que las personas, las ciudades deben prepararse para aprovechar las «ventanas de oportunidad». En la crisis de la covid-19, tras el dramatismo inicial y la emergencia de las redes ciudadanas de ayuda mutua para cuidar de las personas más necesitadas, muchas ciudades aprovecharon la salida de los confinamientos para impulsar un nuevo sentido común urbanístico, basado en la constatación de que salud pública, justicia social y sostenibilidad resultaban inseparables. Aquellas fuerzas municipalistas, en gobiernos que disponían de una agenda transformadora predefinida y un esbozo de modelo de ciudad alternativo que ensayar, han podido acometer transformaciones que avanzan en el desarrollo de ciudades más convivenciales, paseables, verdes y sostenibles.

París, Barcelona, Milán, Nueva York, Berlín, Ámsterdam o Portland han facilitado una ocupación masiva e intensiva del espacio público: peatonalizaciones, redes de carriles bici, ampliación de aceras y zonas caminables, rediseño de zonas de juego, espacios para la infancia, pacificación de entornos escolares, puesta en valor de zonas verdes, expansión de los procesos de renaturalización y de la agricultura urbana, mercadillos al aire libre… Estos temas pasaban a discutirse en la esfera pública, mientras la ciudad de los 15 minutos impulsada por París o las supermanzanas (superilles) de Barcelona se convertían en políticas públicas de referencia, en las que se experimentan fórmulas para resolver las necesidades de la ciudadanía en proximidad (acceso a servicios públicos, compras básicas, convivencialidad, zonas verdes…). La ecología urbana llevaba décadas reivindicando medidas de este tipo, que en algunos lugares han podido ensayarse en esta coyuntura.

Supermanzanas (Barcelona) y ciudad de los 15 minutos (París)

La supermanzana es la suma de nueve manzanas del Ensanche barcelonés, de forma que las vías perimetrales permitan el paso en automóvil, mientras que en las interiores solo pueden circular residentes a una velocidad limitada. Intervenciones localizadas y de bajo coste, que permiten pacificar las calles y recuperar una gran cantidad de espacio público en zonas urbanísticamente compactas. Y es que, más allá de promover una movilidad sostenible, se trata también de mejorar la convivencia barrial, potenciar el reverdecimiento urbano y fortalecer el comercio local. Menos coches, más encuentros y más personas.

La ciudad de los 15 minutos se basa en las ideas de proximidad, mezcla de usos, policentrismo y movilidad no motorizada, y tiene por fin garantizar la satisfacción de necesidades en proximidad facilitando el acceso a equipamientos y servicios. Entre las actuaciones realizadas en París está la recuperación del espacio de 60.000 plazas de aparcamiento, la conversión de cruces en plazas peatonales, la creación de calles infantiles al lado de las escuelas y la estructuración de una densa malla de carriles bici; además de haber ganado espacio para zonas verdes, huertos urbanos y parques infantiles.

Ambas iniciativas arrancaron siendo experiencias piloto acotadas que, una vez validado su funcionamiento, se han expandido para impulsar un modelo de ciudad alternativo. Políticas que tímidamente van devolviendo una diversidad de usos a la ciudad, aumentan las relaciones sociales y alientan una transformación radical de los estilos de vida.

Aun con todas sus carencias y contradicciones, como el riesgo de acelerar procesos de gentrificación o la desconexión de cuestiones clave como los metabolismos económicos, las ideas y propuestas del ecourbanismo dejaron por unos momentos de ser minoritarias corrientes subterráneas. Abandonaron el restringido campo de la experimentación social y se aliaron con el urbanismo feminista para convertirse en el repositorio al que políticos y profesionales convencionales acudían en busca de inspiración.

Hace más de una década que el urbanismo táctico se venía ensayando a pequeña escala, circunscrito a la lógica experimental y gradual de introducir cambios en la ciudad para probar qué pasaba. Ahora se ha popularizado enormemente y desplegado a gran escala, debido a tres grandes ventajas sobre modelos convencionales de ejecución de proyectos: bajo coste, ágil implementación y capacidad de situar en el centro a las comunidades a las que pretende servir. Michel de Certeau sostenía que la mejor posibilidad de convertir la posición más débil en la más fuerte era dar importancia al uso habilidoso del tiempo, saber actuar en el momento preciso de forma que se amplíen las posibilidades de seguir actuando. Tras la expansión del urbanismo táctico encontramos una fórmula para intervenir de forma inesperada y sorpresiva. Cuando se carece del tiempo y la capacidad de generar un amplio consenso en torno a un proyecto de ciudad alternativo, se requieren acciones audaces y astutas que permitan alterar rápidamente la situación, tornándola más beneficiosa para quienes tienen menos poder de hacer oír sus demandas.

Lo más sorprendente es que de forma mayoritaria la ciudadanía acogió con entusiasmo estas transformaciones, evidenciando que, más allá de lo acontecido durante el confinamiento y del impacto de las prescripciones urbanísticas de las autoridades sanitarias, había un apoyo y una simpatía hacia las propuestas del ecourbanismo mayores de lo que se podía esperar. Y esto nos lleva a recordar a la politóloga alemana Elisabeth Noelle-Neumann, que teorizó sobre la conformación de la opinión pública como mecanismo de control social mediante la espiral del silencio. Las personas y colectivos que al observar su entorno social, mediado por la representación que ofrecen los medios de comunicación, perciben que sus ideas y opiniones obtienen apoyo social, se reafirman en ellas sin temor a expresarlas en público. Por el contrario, aquellas que perciben que sus ideas carecen de apoyo social se vuelven más recelosas de expresarlas abiertamente y tienden a caer en el silencio. Debido a que las primeras expresan con mayor comodidad sus puntos de vista y las pretendidas minorías se mantienen en silencio, se crea una influencia sobre la forma en que el público percibe la situación. Las posturas mayoritarias parecen tener más apoyo del que realmente tienen, mientras que las minoritarias parecen tener menos.

La espiral del silencio se rompió y temporalmente aquello que era necesario, pero parecía políticamente imposible de realizar, se ha vuelto un horizonte más factible. Medidas que ayer parecían descabelladas hoy resultan más atractivas.

Explorar una agenda urbana que vincule justicia social y ecología

El municipalismo afronta el desafío de hacer del filo de la navaja un camino transitable. No resulta factible el despliegue de ninguna agenda ecologista que no dialogue con la agenda social, en la que destacaría el acceso a la vivienda como principal factor de exclusión urbana.

Política de vivienda (Viena)

Desde los años veinte del siglo pasado, cuando se convirtió en la primera gran ciudad europea donde gobernó la socialdemocracia, Viena ha apostado por la vivienda pública. Desde entonces su construcción ha sido una constante, y ha llevado al Ayuntamiento a ser el mayor propietario de vivienda del país y a manejar el 45% del mercado de alquiler, sumando las propiedades municipales y las de las asociaciones de vivienda de beneficio limitado. En ellas el precio no supera el 30 % de los ingresos, por lo que se convierte en la principal alternativa para la población con menores ingresos y un freno a las dinámicas especulativas.

Desde los años veinte del siglo pasado, cuando se convirtió en la primera gran ciudad europea donde gobernó la socialdemocracia, Viena ha apostado por la vivienda pública. Desde entonces su construcción ha sido una constante, y ha llevado al Ayuntamiento a ser el mayor propietario de vivienda del país y a manejar el 45% del mercado de alquiler, sumando las propiedades municipales y las de las asociaciones de vivienda de beneficio limitado. En ellas el precio no supera el 30 % de los ingresos, por lo que se convierte en la principal alternativa para la población con menores ingresos y un freno a las dinámicas especulativas.Hace falta reconectar las políticas sociales con su potencial para reforzar simultáneamente un cambio de modelo productivo y de estilos de vida; resolver problemas de forma que se enfrenten las desigualdades y se haga pedagogía sobre las cuestiones ecosociales. Fórmulas prácticas de ensayar el establecimiento de complicidades cognitivas y sinergias entre lo social y lo ambiental. Algunas políticas alimentarias municipales están comenzando a explorar esta vía, transversalizando y complementando las perspectivas de sostenibilidad, salud y justicia social. Movimientos agroecológicos y de derecho a la alimentación confluyen en iniciativas como comedores escolares saludables y sostenibles, mercados de productores o la conversión de bancos de alimentos asistenciales en centros comunitarios.

Una tarea similar a la emprendida por las remunicipalizadas empresas de energía, que están ensayando fórmulas de compaginar la lucha contra la pobreza energética con el impulso de la transición a un nuevo modelo energético renovable, descentralizado y democrático. Un enfoque susceptible de trasladarse a los servicios sociales mediante la ecologización de los espacios y actividades, así como el acompañamiento en cambios de hábitos que podrían darse, desde recursos como centros de menores, centros de mayores o los servicios de atención a domicilio.

Centros Comunitarios Alimentarios (Toronto)

Lo que una vez fue un espacio donde se suministraban los excedentes de la alimentación industrial, ahora es un próspero espacio comunitario con huerto, cocina colectiva, invernadero y un mercado de agricultores de proximidad. Una transformación guiada por una nueva política donde la calidad de vida se asocia a la calidad de los alimentos consumidos, y donde los productos que se destinan a las personas vulnerables son de calidad, frescos, ecológicos y de proximidad. En esta red de centros se ha ido definiendo un programa de actividades relacionadas con la cocina saludable o la horticultura, mediante las cuales se adquieren algunos conocimientos, pero que sobre todo sirven como espacio de socialización entre personas beneficiarias de ayuda alimentaria y otras vecinas del barrio, surgiendo inesperadas complicidades y amistades

El medioambiente se defiende económicamente: reducir y relocalizar los metabolismos urbanos

El modelo económico condiciona el modelo de ciudad, por lo que imaginar una ciudad que transite hacia la sostenibilidad y la justicia social resulta indisociable de invertir las prioridades de la economía convencional en el entorno urbano: satisfacción de necesidades frente a ánimo de lucro, territorialización y vinculación con el entorno frente a la amenaza de deslocalización, cooperación frente a competencia, rentabilidad social frente a tasa de ganancia, apuesta por el empleo y por los grupos sociales más vulnerables, atención a los cuidados y compromisos ecológicos fuertes que permitan reducir el metabolismo social y avanzar hacia su territorialización.

En un contexto de crisis ecosocial la hiperespecialización productiva en el sector servicios supone una enorme vulnerabilidad, a pesar de que los indicadores centrados en medir intercambios monetarios, como el PIB, nos devuelvan una imagen de la fortaleza económica de las ciudades. El antropólogo de la ciencia Bruno Latour sostiene que, de forma paradójica, cuanto más socialmente construido es un hecho más «verdadero» se vuelve y más difícil resulta refutarlo. Abandonar este terraplanismo económico implicaría incorporar a los sistemas de evaluación de las políticas públicas indicadores más complejos y aplicar indicadores biofísicos que permitan saber cómo se comportan realmente en relación a los factores críticos de la sostenibilidad (huella ecológica, reducción de emisiones, reducción de consumos…).

La mayoría de las ciudades no disponen de herramientas para medir las cuestiones que realmente importan si queremos evaluar la calidad de vida urbana. Hace una década la New Economics Foundation desarrolló un indicador alternativo llamado Happy City Index. Una herramienta asumida por decenas de ciudades en el Reino Unido, que cruza sesenta indicadores estadísticos abordando cuestiones como la vivienda, la salud, el transporte, la accesibilidad y el diseño inclusivo, la calidad en el empleo o el acceso a zonas verdes, así como los estilos de vida (teniendo en cuenta elementos como el aislamiento social o la vida activa). Una forma de disponer de información que permita cuantificar objetivos y medir avances en los temas que realmente preocupan a sus habitantes.

La economista Kate Raworth ha propuesto la economía del donut (o de la rosquilla), que plantea la definición de un suelo de necesidades que deben ser satisfechas universalmente, y por debajo del cual no es posible una vida digna (ingresos, educación, sanidad, alimentación, energía, igualdad de género…), al tiempo que ha de reconocerse la existencia de un techo marcado por los límites ambientales, que no podemos superar si queremos construir sistemas socioeconómicos perdurables (acidificación de océanos, clima, usos del suelo, agua…). El espacio seguro y justo para la humanidad se situaría entre esos umbrales: cualquier apuesta por una transición ecosocial implica reacomodar nuestras sociedades entre ese suelo social y el techo ambiental.

Tras la pandemia, y como inspiración para orientar el proceso de recuperación, las ciudades de Portland y Ámsterdam han asumido la economía del donut como marco de referencia para vertebrar sus políticas públicas y reorientar su funcionamiento de una forma integral. Para aterrizar la propuesta y volverla más funcional a la realidad están desarrollando una serie de metodologías e indicadores sumamente interesantes. Todavía no han logrado que esta mirada sea transversal y tenga poder para condicionar la coherencia del conjunto de las políticas públicas bajo un enfoque integrador: ahí está el gran desafío.

La principal herramienta de que disponen los gobiernos locales para apoyar el desarrollo de otros modelos económicos más inclusivos, innovadores y resilientes es la compra pública. Hasta una quinta parte de la actividad económica general estaría directamente relacionada con los bienes y servicios que contratan o consumen los gobiernos locales. Cuando en los criterios de contratación se va más allá de minimizar gasto y presupuesto, incorporando criterios ambientales y sociales, se puede tener un impacto significativo y ejemplarizante: apoyando buenas prácticas ambientales, reduciendo la huella de carbono, premiando las buenas condiciones laborales, apostando por las pequeñas empresas frente a las grandes corporaciones y apoyando la economía social mediante el compromiso con el cooperativismo como propuesta económica y modelo empresarial alternativo.

Relocalizar la economía (Preston)

Este municipio británico seleccionó en 2013 seis instituciones municipales y analizó su política de compras y proveedores. El resultado fue un gasto total de más de 750 millones de libras, de las cuales solo el 5 % se gastó en empresas con sede en el municipio y un 39 % en la región. Desde entonces están trabajando en relocalizar la economía mediante una carta de adquisiciones colaborativas para fomentar el uso de proveedores locales, identificar nichos potenciales de actividad para que puedan asumirlos empresas locales y promover/ financiar la creación de empresas cooperativas relacionadas con la transición ecosocial. Esto ha desembocado en la creación de una red que agrupa a las cooperativas de trabajo, consumo, vivienda, energía, educativas, de servicios digitales… El resultado es que han logrado retener en el municipio el 15 % y en la región el 65 % del gasto público, generando más de cuatro mil nuevos empleos y decenas de empresas cooperativas

La remunicipalización se sitúa como otra prioridad para el municipalismo, y un terreno en el que evidenciar rupturas con los modelos de gestión precedentes sobre recursos estratégicos (como ha ocurrido con el agua en París; la energía en Hamburgo, Berlín, Barcelona o Cádiz; el transporte público y otros servicios en Londres…). Además de la eficiencia económica, las empresas públicas ofrecen la posibilidad de experimentar formas innovadoras de gestión con una mayor participación de consumidores y trabajadores, son más transparentes, tienen una vocación de servicio público frente a la lógica mercantil, y disponen de mayor capacidad para desarrollar proyectos estratégicos a largo plazo (que permitan grandes inversiones o cambios de modelo que incorporen la variable medioambiental de forma rigurosa).

Un sistema socioeconómico alternativo no se improvisa, ni es fruto de automatismos teóricos o de voluntariosos esfuerzos activistas, sino que exige implantarse a lo largo de un periodo prolongado de tiempo para que se pruebe su consistencia y su viabilidad. Asentar desde el municipalismo los cimientos de otra economía urbana implicaría desplegar medidas proactivas y coordinadas: fiscalidad, redistribución y salarios indirectos vía equipamientos colectivos o servicios públicos, compra pública, remunicipalizaciones y generación de ecosistemas cooperativos.

Renaturalización urbana

Las ciudades suponen una superficie planetaria muy limitada, por lo que reverdecerlas no va a cambiar de forma sustancial la insostenibilidad global. No obstante, la renaturalización y la agricultura urbana quizá muestran su importancia como detonadores imprescindibles de cambios culturales: prácticas capaces de promover una nueva sensibilidad, trasladar imágenes alternativas sobre el futuro urbano, mostrar potencialidades y predisponer a la gente a asumir transformaciones de mayor envergadura.

La renaturalización debería ser una política transversal, que acompañe y complemente a otras de adaptación al cambio climático, movilidad, salud, educación, empleo…, generando impactos positivos no solo en la protección y aumento de la biodiversidad o en la visibilización y adecuación urbana a los ciclos naturales, sino también en la salud, el bienestar, la cohesión social y otros aspectos de la calidad de vida. Democratizar el acceso a espacios renaturalizados es una medida de justicia ambiental, especialmente en los barrios populares, ya que por motivos de edad, salud o económicos, su población puede tener dificultades para desplazarse a disfrutar del contacto con la naturaleza.

Parque Nacional Urbano (Londres)

Partiendo de una campaña ciudadana que ha durado una década, Londres se ha convertido oficialmente en 2019 en el primer Parque Nacional Urbano del mundo. Un 40 % de la superficie de la ciudad es un espacio verde (parques, huertos, granjas urbanas…) o azul (río y canales), un enorme patrimonio natural que necesitaba visibilizarse, ponerse en valor, protegerse y aumentar en la medida de lo posible. Más allá de su impacto comunicativo a la hora de hacer visible y accesible el espacio natural urbano y su biodiversidad, más allá del compromiso institucional con la renaturalización o de la capacidad para involucrar a la ciudadanía en campañas ambientales, el mayor logro de este proyecto es, indiscutiblemente, el de ofrecer un nuevo relato para la ciudad. Una narrativa que ayuda a reescribir la forma en que sus habitantes la conciben y explican, se relacionan con su paisaje natural o despliegan capacidades para intervenir sobre el entorno. Actualmente existe una red mundial de ciudades trabajando por diseminar esta idea a lo largo y ancho del planeta.

Junto a las microintervenciones se requieren también actuaciones estructurantes, que delimiten y atraviesen el espacio urbanizado, dando soporte a una red de espacios verdes y azules a distintas escalas: desde anillos y corredores urbanos y periurbanos a azoteas y patios renaturalizados. Conviene destacar que actuaciones como la gestión hídrica sostenible y la renaturalización de ríos y costas son un seguro frente a los eventos climáticos extremos, pero para adaptarnos al cambio climático hace falta además una acción decidida para revertir la artificialización y la presión sobre los ecosistemas.

Modelo de ciudad alternativo y ordenamiento territorial biorregional

El municipalismo está llamado a esbozar un modelo alternativo, ofreciendo una visión de conjunto sobre la ciudad que trascienda los proyectos concretos o sectoriales y permita dotar de mayor sentido a las estrategias de transformación que se van implementando. Imágenes y narrativas capaces de describir cómo serían los asentamientos humanos a los que aspiramos, teniendo en cuenta las limitaciones ambientales.

Imaginación política y realismo ecológico serían las claves desde las que abordar un esfuerzo colectivo y participativo capaz de democratizar la construcción de escenarios de futuro esperanzadores. Un impulso utópico arraigado en experiencias comunitarias y políticas públicas que muestran soluciones reales, creíbles y en las que la ciudadanía pueda verse comprometida. El municipalismo debe apoyar esta experimentación social y apoyarse en ella, pues la capacidad de tales iniciativas para generar aprendizajes relevantes será directamente proporcional a la escala espacial, temporal y la ambición que tengan. Toda experiencia innovadora exige de un tamaño y una duración mínima para que puedan evidenciarse las transformaciones, generar cambios de tendencia y que los impactos sean mensurables.

Oficina de Imaginación Cívica (Bolonia)

Partiendo del famoso «Reglamento de colaboración pública entre los ciudadanos y la ciudad para el cuidado y regeneración de los bienes comunes urbanos», se ha avanzado en otros procesos participativos estables y sostenidos en el tiempo. La Oficina supone un trabajo orientado a descentralizar esta tarea, conformando un centro de innovación y colaboración permanente en cada distrito. Un espacio de encuentro y cooperación entre instituciones, tejido asociativo, cooperativas, universidad y otras entidades, cuya finalidad es impulsar proyectos compartidos. Desde 2016 se han estimulado centenares de iniciativas: huertos comunitarios, bibliotecas de herramientas, recuperación de edificios abandonados para convertirlos en centros comunitarios, murales… Una oficina municipal dedicada a alimentar la imaginación ciudadana, moldear los sueños de forma colectiva y ayudar a cimentarlos en la realidad local.

Un modelo alternativo de ciudad debe asumir la necesidad de pensar un municipalismo no localista. La ciudad no puede ser el único objeto y objetivo de la reorganización que implican las transiciones ecosociales, pues nos constriñe a pensar desde una forma reduccionista que se convierte en una trampa. La escala local debe combinarse con la biorregión, concebida como la unidad de complejidad mínima para planificar las transiciones. El concepto de biorregión nos invita a considerar como escala mínima de intervención el espacio singular delimitado por características geográficas, ecológicas y sociales en el que se producen los procesos que permiten el desarrollo en una relación de equilibrio y colaboración de la ciudad con su medio. Una escala adecuada para repensar la autonomía energética, alimentaria y económica, así como la adaptación ecológica de las actividades productivas, rompiendo la separación conceptual entre espacios rurales y urbanos y redescubriendo sus relaciones de interdependencia. Las ciudades están llamadas a liderar un proceso de descentralización, redistribución geográfica del poder y sustitución de la mirada urbanocéntrica por otra más integral a la hora de planificar y gobernar el territorio.

El municipalismo es el peón en el ajedrez de la arquitectura institucional. Hay quienes lo contemplan como la pieza destinada al sacrificio permanente, pero otros vemos en su avanzar pausado las potencialidades para convertirse en la figura más valiosa y determinante a la hora de revolucionar el tablero de la política. Un peón aislado trasmite tristeza, pero varios bien desplegados y trabajando en red nos permiten imaginar jugadas vencedoras. Nos toca mover pieza.

Fuente: Publica.net (https://lapublica.net/es/articulo/municipalismo-y-transiciones-ecosociales/)

Un comentario en «Municipalismo y transiciones ecosociales»

  • el 12 julio, 2022 a las 4:45 am
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    El “MUNICIPIO” como tal lo concibe la Europa además de decadente no mira al futuro, creo más en los sovieticos y en las comunas como organización de las ciudades, es un problema a discutir y depende mucho del modo de producción y de la propiedad de los medios de producción.

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