Entrevista a Andrés Piqueras (y II)

Salvador López Arnal

«No hay en elaboraciones neomarxistas análisis de correlación de fuerzas ni de incidencia en ellas, tampoco estudio de fase ni de etapa del capitalismo. Por lo general, se sustentan en abstracciones sin traducción empírico-política.»

 

Andrés Piqueras es profesor titular de Sociología y Antropología Social en la Universidad Jaume I de Castellón. Entre sus numerosos libros publicados, cabe citar aquí La opción reformista. Entre el despotismo y la revolución, Capitalismo mutante. Crisis y lucha social en un sistema en degeneración, La tragedia de nuestro tiempo. La destrucción de la sociedad y la naturaleza por el capital, Las sociedades de las personas sin valor y De la decadencia de la política en el capitalismo terminal. El Viejo Topo ha publicado recientemente su último libro: De la decadencia de la política en el capitalismo terminal. Un debate crítico con los «neo» y los «post» marxismos. También con los movimientos sociales.
Andrés Piqueras Es miembro del Observatorio Internacional de la Crisis (OIC), con el que lleva tres lustros estudiando la crisis civilizatoria del capitalismo.

Nos habíamos quedado aquí. Dos de las cuestiones centrales que desarrollas en la primera parte del libro: la teoría del valor-trabajo y la ley tendencial de la caída de ganancia. ¿Por qué son tan esenciales en su interpretación de la obra de Marx y del marxismo?

Efectivamente, dedico toda la primera parte del libro a intentar explicarlo. De nuevo, intento resumir. El valor es una relación social de producción que cobra cuerpo en las mercancías, de donde resulta el nexo social elemental del que derivan las formas de ser y de conciencia en la sociedad capitalista. El valor deviene una forma de riqueza que se media a sí misma y se mide a través del gasto de (tiempo de) trabajo abstracto (un trabajo social, promedio) empleado en la producción de mercancías, y que se expresa como valor de cambio o precio. Si el trabajo concreto de cada quien genera productos para satisfacer necesidades, el trabajo abstracto produce mercancías para aumentar la ganancia de quien lo posee (y no de quien lo ejerce), una vez que aquéllas han pasado por el mercado (es decir, casi nunca esas mercancías están destinadas a quienes las producen). Mas la forma mercancía no alude sólo a los productos humanos destinados al mercado (como en otros modos de producción), sino que estructura toda la producción, distribución, consumo y, en suma, el conjunto de relaciones sociales en el capitalismo. Como quiera que las mercancías están directamente imbricadas en el valor en vez de vincularse a la riqueza material, lo importante en el capitalismo no es la generación de riqueza en cuanto que productos o bienes satisfactores de necesidades (valores de uso), sino la obtención incesante y ampliada de valor. Pero no tanto, tampoco, en sí mismo, sino como plusvalor (plusvalía), o el valor nuevo que los seres humanos generan con su trabajo y que no les es pagado.

Marx descubrió que al ir sustituyendo trabajo humano («trabajo vivo») por máquinas («trabajo muerto»), la fuente de ganancia, el plusvalor, decae necesariamente. En el libro pretendo mostrar por qué Marx acertó con esta previsión y la importancia sustancial que tiene para explicar las crisis capitalistas, así como su enfermedad crónica, de la que no puede escapar por más que la esquive: la sobreacumulación de capital (cada vez más máquinas en vez de fuerza de trabajo, para decirlo sencillamente). Y lo hago no sólo contra los teóricos clásicos y neoclásicos que la niegan, sino contra algunos «neomarxistas» que también la ponen en cuestión.

La segunda parte de tu libro está dedicada a escuelas neomarxistas que, según afirmas, han borrado de facto la praxis. ¿Por eso hablas de su carácter parcial e in-político? ¿No es un contrasentido hablar de escuelas de inspiración marxista que han abandonado la praxis política?

Para mí sí. Sin proyección política traducida en programas y/o líneas de acción y de intervención sobre la realidad, no hay marxismo. Podría haber materialismo y podría haber dialéctica, pero no marxismo. De todas formas algunos de los autodenominados neomarxismos reniegan también o del materialismo o de la dialéctica, e incluso a veces de ambos.

¿Y cuál sería tu principal crítica a los neomarxismos que analizas en tu libro?

Muy cercana a la que les dedicara Bensaïd. Han construido (o al menos han intentado presentarnos) un Marx sin comunismo ni revolución, sin organización ni partido, sin programa ni estrategia, un Marx abstracto y «esotérico», desprovisto de cualquier vertiente programática e incapaz de articular ni de movilizar sujetos reales colectivos. Una teoría in-política que bien proclama el apoliticismo (como hace la Nueva Crítica del Valor), bien hace propuestas que a la postre resultan inocuas para el sistema (como el «marxismo abierto», el «autonomista» o la Nueva Lectura de Marx). No hay en sus elaboraciones análisis de correlación de fuerzas ni de incidencia en ellas, tampoco estudio de fase ni de etapa del capitalismo. Están sustentadas, por lo general, en abstracciones sin traducción empírico-política o, en el mejor de los casos, se detienen en el necesario análisis de ciertos elementos nucleares del capital, pero sin ofrecer jamás una traducción política, sin dar el salto a la praxis.

Por la misma senda que la pregunta anterior: ¿por qué el populismo de izquierdas ha tenido tanto éxito en ocasiones? ¿Por qué, como afirmas, es el basamento de todos los postmarxismos?

Forma parte de la dotación in-política del capitalismo degenerativo actual, que impregna a la izquierda integrada, la izquierda del sistema. Lo explico.

El problema para las diferentes fracciones agenciales del capital fue desde el principio cómo manejar, aun continuando su pugna por el menguante beneficio, la descomposición de la civilización industrial-fosilista, la destrucción de la sociedad y la metamorfosis de las relaciones de clase. El neoliberalismo estuvo planificado desde un principio para reprimir y desactivar políticamente a la sociedad. En la medida en que, además, hace más tangible la dureza, suciedad y corrupción de la política de clase del capital, provoca crecientemente una generalizada desafección de la política y de «los políticos» (de hecho, con él se consolidaría el divorcio entre la tradición liberal y la democrática). Por eso, en cuanto que fragmentaria, por veces contradictoria e incluso conflictiva y en todo caso incompleta «revolución pasiva» de las élites, el post-neoliberalismo en el que entramos ahonda en la «in-política», y dentro de ella, en la construcción populista de la política (al igual que se sigue sirviendo del postmodernismo en el ámbito académico-cultural).

El primer paso para ello ha consistido en crear una frontera política capaz de agrupar una buena parte de las demandas sociales de un determinado momento en un campo común, y definir al mismo tiempo un enemigo al que se le sitúa al otro lado de esa frontera. En este sentido, una de las estrategias recurrentes de contención del descontento social por parte de las elites reside en lo que Marx llamó la personificación de las relaciones sociales de producción, esto es, la creación de un enemigo concreto que absuelva de la ira popular al propio Sistema. Aquí las posibilidades son abiertas: los banqueros, los políticos corruptos, las transnacionales, la «casta»… Se abren paso así las dicotomías «nosotros» / «ellos»; el «pueblo» / la «casta»; el 99% / el 1%, etc. Es de esa manera que, poco a poco, comienzan a levantarse los cimientos del neo-populismo

Que sería un populismo sin pueblo.

Exacto, un populismo sin pueblo. Un siguiente paso, según los propios Laclau y Mouffe, es que una de esas demandas, la que sea más capaz de llenar los «significantes vacíos» en que se traducen las reivindicaciones de unos y otros sectores de la población, aglutine a las restantes (en esto consiste también, aproximadamente, su noción de «hegemonía»).

Para completar el proceso, queda por definir aún el «nosotros», el «pueblo», que no puede estar ya marcado por las construcciones antagonistas del capitalismo industrial. Ahora ya sólo puede ser el resultado de la sobre-determinación hegemónica de una demanda democrática particular que colma o da sentido a un «significante vacío». Mas como quiera que el neoliberalismo no sólo ha deshecho la sociedad, sino que también ha desleído las clases, como sea que decreta el fin de la lucha de la clase trabajadora contra la clase que personifica al capital, hay que buscar una nueva «comunidad» (una vez descartadas las organizaciones políticas de clase) que sea capaz de llevar a cabo las aspiraciones individuales. El neo-pueblo (como sumatorio de individuos que buscan su asiento en la decadencia sistémica) está pensado para dejar de lado las clases, de hecho, vendrá a sustituirlas. Se posicionará contra las ideas «viejas» de la política y se levantará contra los efectos del mercado y las consecuencias visibles de la redefinición del papel del Estado como impulsor de la rapiña neoliberal contra la sociedad (precarización de los mercados laborales, destrozo de los servicios sociales, aprovechamiento creciente del trabajo no-pago, apropiación de lo público y del común, deriva de fondos públicos a empresas privadas, corrupción raizal y generalizada…). La guinda de todo ello es la necesidad de un liderazgo fuerte que guíe al neo-pueblo, lo más parecido a un líder bonapartista que articule de manera vertical (estatal) las demandas populares. Entonces, el neopopulismo necesita un vínculo directo de las masas en torno a la figura de un/a líder/esa carismático/a; lo cual permite la sustitución de un programa político estratégico por un rosario de ideas-fuerza o consignas susceptibles de dar vida a una organización de élites pero con predicado interclasista, en realidad poco democrática.

 

¿Cuáles serían tus principales críticas a lo que llamas feminismo «post»? ¿Incluyes la obra de Silvia Federici en ese feminismo?

Claro, de hecho la pongo de ejemplo. Lo cual no va contra su gran obra teórica en numerosos aspectos. Lo que me preocupa son las propuestas prácticas, el engarce de la teoría con la capacidad de transformación del mundo, esto es, la praxis. Brillan aquí por su ausencia los programas, las estrategias, los análisis (una vez más) de correlación de fuerzas, los pasos a dar inmediatos, mediatos y a largo plazo. De todo ello carece también buena parte del feminismo hoy, el feminismo no marxista.

Lo mismo te pregunto sobre el decrecentismo de orientación socialista. Por ejemplo, ¿no te parecen convincentes los argumentos esgrimidos por uno de sus máximos defensores en España, el muy activo e incansable amigo Jorge Riechmann?

Por supuesto que «decrecer» en ciertos aspectos es del todo necesario, ahora bien, en qué, en razón de qué, con qué objetivos finales, cómo lo hacemos. Gran parte del ecologismo hoy se ha hecho amoroso, buenista, comparte la ingenuidad de pensar que los fundamentos del capitalismo pueden invertirse o revertirse, y que la dictadura de la tasa de ganancia es susceptible de dejar de funcionar para salvar a la Tierra, al tiempo que el capitalismo puede continuar existiendo. Por eso ya no nos habla tampoco de revolución política y social ni de luchas de clase, nada de suma de masas organizadas con programas políticos altersistémicos, tomas de poder, etc. No, lo que proponen, como digo en el libro siguiendo a Alfredo Apilánez, es una suerte de transición tranquila y serena hacia la «sociedad convivencial». Claro, con esas premisas vemos hacia dónde está yendo hoy de verdad el Sistema.

En cuanto a Jorge, tengo un gran respeto por su trabajo. El problema es que, como tantos otros en su campo, ha ido dejando aparcada la Política para sustituirla por algo parecido a la prédica (y lo digo como crítica fraterna). A veces, escuchando a muchos de estos autores y activistas me da la impresión de estar asistiendo a admoniciones o a sermones desde los púlpitos. Todo parece resumirse en adquirir conciencia, hacer contrición, centrarnos en conseguir «revoluciones personales» y en esperar que los poderes se conviertan al «decrecentismo», como el Imperio romano se convirtió al cristianismo. Y ciertamente que por ese camino al final habrá decrecimiento, pero será en forma de catástrofe.

No creo que Jorge haya ido dejando aparcada la política. Me dejo mil preguntas más en el archivo. ¿Algo más que quieres añadir?

Sí. La grave encrucijada civilizatoria que atravesamos, con sus enormes desafíos ecológico-climáticos, económico-demográficos y sociales, no puede enfrentarse a partir de los principios básicos del modo de producción capitalista (competencia, individualismo, dictadura de la tasa de ganancia, intereses cortoplacistas, expolio de la riqueza social y natural, desigualdad crecientemente abismal, guerra permanente…), sino solamente a través de la cooperación, la mancomunidad y la planificación.

Ninguna de ellas puede darse a escala satisfactoria en un modo de producción basado en la feroz competencia entre intereses privados y en la toma de decisiones por parte de cada capital particular. La cohesión social, imprescindible para aquellos objetivos, tampoco se puede lograr sin nivelación de las partes. Esto es, sin al menos un considerable grado de igualdad social tanto local como mundial.

Tales condiciones sólo tienen alguna posibilidad de alcanzarse a través de un modo de producción en el que los medios de producción y vida estén socializados; donde se pueda planificar, por tanto, a partir del interés común y para el bien común. Quizá, ciertamente, la clásica máxima de «Socialismo o Barbarie» vaya teniendo que ir dejando paso a otra aún más perentoria, la de «Revolución o Extinción».

Gracias por tu tiempo y por el libro. Remarco: «Revolución o extinción».

 

Fuente: El Viejo Topo, julio-agosto de 2022.

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