Un punto de encuentro para las alternativas sociales

Lenin y la transición del capitalismo al socialismo

Andrea Catone

A 100 años de la muerte de Lenin consideramos útil publicar la ponencia de Andrea Catone pronunciada en la Conferencia Lenin y el siglo XX, Urbino, 13-15 de enero de 1994. Actas editadas por Riggero Giacomini y Domenico Losurdo, publicadas por La Città del Sole, Nápoles, 1997, pp. 175-215.

 

1. El concepto de transición

El término transición se vuelve equívoco e inutilizable para el análisis científico cuando se toma en su acepción literal de «estado de transición», una forma abstracta de devenir, un momento relativo en un proceso absoluto de transformación de la realidad. En este sentido, todo aparece como transición: cualquier sociedad o régimen social, debe definirse como transicional, ya que marca el paso de una forma de sociedad a otra o de una anterior a una formación socioeconómica posterior. […] Si se quiere dar al término ‘transición’ un significado que no sea indefinido, sólo se puede hablar concretamente de ‘problemas de transición’ en relación con regímenes y períodos históricos de transición de un determinado modo de producción, referible a una formación social orgánica, a otro modo de producción propio de una nueva formación social (Gerratana, 320).

Lenin, como es sabido, no dedica ningún trabajo específico a una teoría de la transición del capitalismo al socialismo. Sin embargo, el problema de la transición está constantemente presente en su horizonte, al menos desde el momento en que se concreta la posibilidad de la revolución socialista.

Más allá de los giros estratégicos (el último y quizás el más problemático es el de la NEP), ciertas constantes permanecen en su concepción de la transición.

Se caracteriza por una «infinita variedad de formas» (El desarrollo del capitalismo en Rusia, Lenin, III, 181), por una combinación de sistemas económicos opuestos, por la coexistencia conflictiva de diferentes modos de producción en la misma formación socioeconómica: «¿Qué significa, pues, la palabra transición?», se preguntaba Lenin en el 18. «¿No significa, cuando uno la aplica a la economía, que en esa sociedad concreta hay elementos, partículas, fragmentos y de capitalismo y de socialismo?». En la Rusia posrevolucionaria Lenin distingue hasta cinco tipos económico-sociales diferentes: patriarcal, producción pequeñoburguesa, capitalismo privado, capitalismo de Estado, socialismo (Sobre el infantilismo de izquierda y el espíritu pequeñoburgués, Lenin XXVII, 304-305). En la transición no se trata en absoluto de una combinación armoniosa, de un bloque cohesionado de diferentes modos de producción. «Se trata de las más diversas formas sociales, unidas en el conjunto de una peculiar forma concreta de sociedad, en la que la transición del capitalismo al comunismo se inició en presencia de simultáneas formas precapitalistas» (Gerratana, 324). El período de transición se caracteriza por una «realidad en mosaico» (Lenin, XXIX, 150-51).

Teóricamente, no cabe duda de que existe un cierto período de transición entre el capitalismo y el comunismo. No puede sino encapsular los rasgos o peculiaridades de estas dos formas de economía social. Este período de transición no puede sino ser un período de lucha entre el capitalismo agonizante y el comunismo naciente, o en otras palabras, entre el capitalismo que ha sido derrotado pero no destruido, y el comunismo que ha nacido pero que todavía es muy débil. No sólo para un marxista, sino para toda persona que esté más o menos familiarizada con la teoría de la evolución, debe ser evidente la necesidad de toda una época histórica que se distinga por los rasgos propios de los períodos de transición (Economía y política en la época de la dictadura del proletariado, Lenin, XXX, 88).

El otro punto de Lenin sobre la transición es que abarca toda una larga época caracterizada por el conflicto entre el capitalismo y el socialismo. Y es significativo que Lenin argumente esto no sólo después del giro de la NEP, sino también durante el período del ‘comunismo de guerra’, cuando gran parte del partido bolchevique parecía convencido de una rápida transición al modo de producción comunista. La transición es un «periodo de lucha entre el capitalismo agonizante y el comunismo naciente […] entre el capitalismo que ha sido derrotado pero no destruido, y el comunismo que ha nacido pero todavía es muy débil». No sólo para un marxista, sino para toda persona culta que esté más o menos familiarizada con la teoría de la evolución, debe ser evidente la necesidad de que toda una época histórica se distinga por los rasgos de los periodos de transición». Pero los diversos Longuet, MacDonald, Kautsky, Adler ‘no quieren a toda costa reconocer la necesidad de todo un período histórico de transición del capitalismo al comunismo, o bien consideran que su tarea consiste en idear planes para conciliar las dos fuerzas en lucha, en vez de dirigir la lucha de una de estas dos fuerzas’ (Lenin, XXX, 88-89). En sus Notas a la ‘Economía del período de transición’ de N. Bujarin, Lenin apoya firmemente (‘¡muy justo!) la afirmación de que ‘hay que construir el socialismo. Los actuales recursos materiales y personales son sólo el punto de partida de un desarrollo que abarca en sí mismo toda una larga época’ (CM, 287).

Pero, ¿cuáles son las características especiales de la transición socialista y cómo puede lograrse? ¿Qué papel desempeña la organización política del proletariado en estos procesos? Veremos cómo en el curso de los procesos sociales reales se refina y complica la concepción leninista de la transición.

2. Antes de Octubre: Estado y Revolución

En Estado y revolución (agosto-septiembre de 1917), se dedica explícitamente un párrafo (el segundo del capítulo quinto) a la transición del capitalismo al comunismo. Antes de la Crítica del Programa de Gotha, escribe Lenin, la cuestión fue planteada por Marx en los siguientes términos:

para lograr su emancipación, el proletariado debe derrocar a la burguesía, conquistar el poder político, establecer su dictadura revolucionaria. Ahora la cuestión se desarrolla de manera algo diferente: la transición de la sociedad capitalista, que se desarrolla en dirección al comunismo, a la sociedad comunista es imposible sin un «período político de transición», y el Estado de este período no puede ser otro que la dictadura revolucionaria del proletariado (OS 917, el subrayado es mío, AC).

El problema de la transición se aborda aquí sólo desde el punto de vista político: la dictadura del proletariado debe garantizar que la transformación revolucionaria de la sociedad capitalista en sociedad socialista no sufra el coletazo de las viejas clases explotadoras; la transformación económico-social se da por descontada. Lo más importante para Lenin en este momento es aclarar la cuestión de la democracia y la dictadura del proletariado: «democracia para la inmensa mayoría del pueblo y represión por la fuerza, es decir, exclusión de la democracia, para los explotadores, los opresores del pueblo: tal es la transformación experimentada por la democracia en la transición del capitalismo al comunismo» (OS 919-20).

Hay, sin embargo, una indicación muy precisa e interesante sobre la primera fase de la transición (a la que Lenin volvería al día siguiente de la toma del poder por los bolcheviques en Las tareas inmediatas del poder soviético): la del control de masas sobre la producción y la distribución, sobre la actividad de los funcionarios encargados de ello: «Si todos los hombres participan realmente en la gestión del Estado, el capitalismo ya no puede mantenerse. El capitalismo crea las premisas económicas para que tal participación tenga lugar: la educación general, la formación y el hábito de disciplina de millones de trabajadores.

Con tales premisas económicas, es perfectamente posible, tras derrocar a los capitalistas y funcionarios, sustituirlos inmediatamente de la noche a la mañana, –para el control de la producción y la distribución, para el registro del trabajo y los productos–, por obreros armados […] Registro y control: esto es lo esencial, lo necesario para la «puesta en marcha» y el buen funcionamiento de la sociedad comunista en su primera fase. Todos los ciudadanos se transforman aquí en asalariados del Estado, constituido por los trabajadores armados. Todos los ciudadanos se convierten en asalariados y obreros de un solo ‘cártel’ de todo el pueblo, del Estado. […] Cuando la mayoría del pueblo proceda por todas partes a este registro y control de los capitalistas (transformados entonces en asalariados) y de los señores intelectuales que aún conservarán hábitos capitalistas, este control se hará verdaderamente universal, general, nacional […]. Toda la sociedad será una gran oficina y una gran fábrica con igualdad de trabajo e igualdad de salarios. Pero esta disciplina de «fábrica», que el proletariado, habiendo derrotado a los capitalistas y derrocado a los explotadores, extenderá a toda la sociedad, no es en absoluto nuestro ideal ni nuestro objetivo final: es sólo la etapa necesaria para limpiar radicalmente la sociedad de la fealdad y las ignominias de la explotación capitalista y asegurar la marcha ulterior hacia adelante. Desde el momento en que todos los miembros de la sociedad, o al menos la inmensa mayoría de ellos, han aprendido a administrar ellos mismos el Estado, se han puesto a trabajar ellos mismos, han «organizado» su control sobre la ínfima minoría de capitalistas, sobre los señores deseosos de conservar sus hábitos capitalistas y sobre los obreros profundamente corrompidos por el capitalismo, –desde ese momento empieza a desaparecer la necesidad de toda administración […]. Cuando todo el mundo haya aprendido a administrar y administre realmente la producción social por sí mismo, cuando todo el mundo proceda a registrar y controlar a los parásitos por sí mismo […] todo intento de escapar a este registro y control ejercido por todo el pueblo se convertirá en algo tan difícil […] que la necesidad de observar las reglas simples y fundamentales de toda sociedad humana pronto se convertirá en una costumbre (OS 929-931).

Como puede observarse fácilmente, Lenin parece aquí excesivamente confiado en la posibilidad de que las masas, instruidas y educadas por el capitalismo, puedan fácilmente, a partir de la toma del poder político, ejercer el control sobre la producción y la distribución a gran escala, a nivel de todo un Estado (sin tener en cuenta siquiera las ineludibles relaciones económicas internacionales, la relación con el mercado mundial). Aquí se manifiesta una visión bastante simplificada de la transición. Sin embargo, Lenin está prefigurando aquí una transición al socialismo desde las sociedades desarrolladas capitalistamente (que han educado a las masas en la disciplina fabril, les han proporcionado educación, etc.). Una transición en la que el aparato técnico-productivo del capitalismo ha alcanzado un alto nivel y se ha conservado, de modo que se trata, como primera medida, de hacer inventario (registro) y control sobre él.

Aquí hay que subrayar otra cosa: no se habla de «construcción del socialismo», la transición no es todavía una construcción (como, en el período del comunismo de guerra, teorizará explícitamente Bujarin –y apoyará Lenin– con la Economía del período de transición). Aquí no se postula la construcción de una nueva base material-técnica, sino que se propone utilizar la preexistente bajo el control de las masas. Hay que señalar de nuevo que la dictadura del proletariado como poder de los trabajadores en armas no ejerce funciones de coerción extraeconómica, como se concebirá en el período del comunismo de guerra, sino que «simplemente» permite a los funcionarios del proletariado sustituir a los funcionarios del capital.

Por último, en Estado y revolución no se menciona en absoluto la cuestión de la transición en un país capitalistamente atrasado o semiatrasado. El problema de la especificidad de la transición rusa aflorará dramáticamente después de Octubre. Veremos que Lenin, en polémica con los comunistas de izquierda y bajo la presión de la emergencia económica, enfatizará repetidamente esta especificidad, exigiendo una estrategia adecuada para ella. Esta atención a la situación concreta específica será un punto fijo en la elaboración de Lenin, aunque a veces se incline, en polémica con los «pseudosocialistas» de la II Internacional, a definir las particularidades de la situación rusa como «no esenciales» (véase, por ejemplo, Economía y política en la época de la dictadura del proletariado, escrito para el segundo aniversario de la Revolución de Octubre: «La dictadura del proletariado en Rusia, en comparación con los países avanzados, debe distinguirse inevitablemente por algunas de sus peculiaridades, como consecuencia del carácter muy atrasado y pequeñoburgués de nuestro país. Pero las fuerzas fundamentales -y las formas fundamentales de la economía social- son las mismas en Rusia que en cualquier otro país capitalista, de modo que estas particularidades sólo pueden referirse a lo que no es esencial», XXX, 89).

3. El problema de la transición al socialismo en un país atrasado: la cuestión rusa

La cuestión de la transición rusa se aborda bajo la presión de la emergencia de mayo de 1918 (Sobre el infantilismo izquierdista y el espíritu pequeñoburgués). Aquí Lenin se refiere explícitamente a la cuestión rusa, a la presencia en ella de formas económicas diferenciadas, y teoriza la necesidad de que el socialismo se alíe con el capitalismo de Estado contra las formas de la pequeña producción mercantil y el capitalismo privado:

Todavía no ha habido nadie, al parecer, que, al ser interrogado sobre la economía de Rusia, haya negado el carácter transitorio de esta economía. Tampoco ningún comunista ha negado, al parecer, que la expresión «república socialista soviética» significa que el poder soviético está decidido a llevar a cabo la transición al socialismo, pero no significa en absoluto que reconozca los nuevos acuerdos económicos como socialistas. Pero, ¿qué significa entonces la palabra transición? ¿No significa, cuando se aplica a la economía, que en ese régimen concreto hay elementos, partículas, fragmentos tanto del capitalismo como del socialismo? […] Enumeremos estos elementos:

1) la economía campesina patriarcal, es decir, en gran medida natural;

2) la pequeña producción mercantil (que incluye a la mayoría de los campesinos que venden grano)

3) el capitalismo privado

4) el capitalismo de Estado

5) socialismo.

Rusia es tan grande y tan diversa que todos estos diferentes tipos económico-sociales están estrechamente entrelazados. Y ahí radica el carácter original de nuestra situación [el subrayado es mío, AC]. Pero, uno se pregunta, ¿cuáles son los elementos que predominan? Está claro que en un país de pequeños campesinos predomina, y no puede dejar de predominar, el elemento pequeñoburgués; la mayoría, de hecho la enorme mayoría de los campesinos son pequeños productores comerciantes. El caparazón del capitalismo de Estado (monopolio de cereales, empresarios y comerciantes controlados, cooperativas burguesas) es roto aquí y allá por los especuladores, y el principal objeto de la especulación son los cereales. La lucha principal tiene lugar precisamente en este terreno. […] No es el capitalismo de Estado el que lucha aquí con el socialismo, sino la pequeña burguesía más el capitalismo privado que luchan juntos, como uno solo, tanto contra el capitalismo de Estado como contra el socialismo. La pequeña burguesía se opone a toda intervención, inventario y control estatales, ya sea del Estado capitalista o del Estado socialista (Lenin, XXVII, 304-305).

Este escrito es uno de los más lúcidos y explícitos sobre la estrategia de la transición en Rusia, y está entre los más interesantes, porque comienza a abordar el problema de la «socialización socialista» real de los medios de producción, problema que será debatido durante tanto tiempo entre los críticos de izquierda de la construcción del socialismo en la URSS. Precisamente en su polémica con los comunistas de izquierda, que pedían «la socialización más decisiva», Lenin distinguió claramente entre nacionalización y socialización:

Se puede ser decisivo o indeciso sobre la nacionalización y la confiscación. Pero ninguna ‘decisión’, ni siquiera la más grande del mundo, puede ser suficiente para asegurar la transición de la nacionalización y la confiscación a la socialización: ésta es la cuestión. […] La desgracia de la «izquierda» es precisamente que no ha comprendido la verdadera esencia de la «situación actual» de la transición de la confiscación (para la que un político debe sobre todo mostrar decisión) a la socialización (para cuya aplicación se requieren otras cualidades del revolucionario). Ayer, el quid de la situación era nacionalizar, confiscar, golpear y aniquilar a la burguesía, romper el sabotaje con la mayor decisión posible. Hoy sólo los ciegos no ven que hemos nacionalizado, confiscado, golpeado y roto más de lo que hemos calculado a tiempo. Pero la socialización se distingue de la simple confiscación precisamente porque la confiscación puede llevarse a cabo sólo con ‘decisión’, sin saber calcular y distribuir justamente, mientras que la socialización sin saber hacerlo no es posible (Lenin, XXVII, 303).

En comparación con la perspectiva general de Estado y revolución, según la cual habría sido relativamente fácil lograr el control de masas sobre la economía, sobre los funcionarios de producción y distribución ex-capitalistas (entre otras cosas porque se suponía la transición a un país capitalistamente avanzado; y, en cualquier caso, no es en absoluto seguro que incluso en esa situación las cosas fueran tan fáciles), aquí Lenin debe asumir dramáticamente –como había expresado con la mayor claridad un mes antes en Las tareas inmediatas del poder soviético– el atraso de la cultura técnica, económica y productiva de las masas rusas: «Pero hemos ‘roto’ suficientemente a los saboteadores. Nos falta otra cosa: no sabemos calcular dónde colocar a tal o cual saboteador, no sabemos organizar nuestras fuerzas para el control que ejerce, digamos, un dirigente o controlador bolchevique sobre un centenar de saboteadores que vienen a trabajar para nosotros» (ibid.).

Sin la adquisición por parte de la vanguardia del proletariado y de las masas de esta capacidad de «calcular» y «controlar», «administrar», cualquier discurso sobre una socialización efectiva será vacío. Esta es también la diferencia fundamental entre la revolución burguesa y la revolución proletaria:

En las revoluciones burguesas, la principal tarea de las masas trabajadoras consistía en llevar a cabo la acción negativa, o destructiva, de barrer el feudalismo, la monarquía, la Edad Media. La acción positiva, o creadora, de organizar la nueva sociedad la llevaba a cabo la minoría burguesa posesiva de la población. Y ésta llevó a cabo esta tarea, a pesar de la resistencia de los obreros y campesinos, con relativa facilidad, no sólo porque la resistencia de las masas explotadas por el capital era entonces extremadamente débil, dada su dispersión y atraso, sino también porque la fuerza organizadora fundamental de la sociedad capitalista, construida anárquicamente, es el mercado nacional e internacional, que se desarrolla espontáneamente en extensión y profundidad. Por el contrario, en toda revolución socialista –y, en consecuencia, también en la revolución socialista que iniciamos en Rusia el 25 de octubre de 1917– la tarea principal del proletariado y de los campesinos pobres dirigidos por él es el trabajo positivo o creador para establecer un sistema extremadamente complejo y delicado de nuevas relaciones organizativas, que abarque la producción y distribución planificadas de los productos necesarios para la existencia de decenas de millones de hombres. Esta revolución sólo podrá realizarse con éxito si la mayoría de la población, y en primer lugar la mayoría de los trabajadores, es capaz de una actividad históricamente creadora y autónoma [el subrayado es mío, AC]. Sólo si el proletariado y los campesinos pobres son capaces de encontrar en sí mismos conciencia, fuerza ideal. abnegación y tenacidad, la victoria de la revolución socialista estará garantizada. Al crear un nuevo tipo de Estado, el Estado soviético, que ofrece a las masas trabajadoras y oprimidas la oportunidad de participar de la manera más activa en la construcción autónoma de la nueva sociedad, sólo hemos cumplido una pequeña parte de una difícil tarea. La principal dificultad se encuentra en el sector económico: realizar en todas partes el más estricto inventario y control de la producción y distribución de los productos, elevar la productividad del trabajo, socializar efectivamente la producción. […] Y toda la originalidad del momento actual, toda su dificultad reside en comprender la particularidad de la transición del período en que la tarea principal era convencer al pueblo y aplastar militarmente a los explotadores, al período en que la tarea principal es administrar (Las tareas inmediatas del poder soviético, Lenin, XXVII, 214-216).

Aprender a administrar, aprender a hacer inventario y a ejercer el control: en la primavera del 18 Lenin insiste repetidamente en esta clave. En este contexto debe leerse también su propuesta –que tanta polémica suscitaría entre los comunistas de izquierda, y no sólo entre ellos– de favorecer el fortalecimiento del capitalismo de Estado en la Rusia soviética. Comparado con una economía patriarcal y pequeñoburguesa, el capitalismo de Estado representa un enorme paso adelante, no sólo y no tanto porque sea una forma superior de capitalismo, sino porque, según Lenin, al superar la dispersión de la pequeña economía campesina y de la producción de mercancías a pequeña escala, constituye el terreno más adecuado en el que el proletariado dirigente puede aprender a tomar las riendas, a ejercer el control, a administrar. «La clase obrera, una vez que haya aprendido a defender el orden estatal contra el anarquismo pequeño propietario, una vez que haya aprendido a establecer la organización en gran escala de la producción a escala estatal, sobre la base del capitalismo de Estado, tendrá entonces –perdón por la expresión– todas las cartas en la mano, y la consolidación del socialismo estará asegurada. El capitalismo de Estado es, desde el punto de vista económico, incomparablemente superior a nuestra economía actual; […] en él no hay nada que temer del poder soviético, pues el Estado soviético es un Estado en el que está asegurado el poder de los obreros y de los campesinos pobres (Lenin, XXVII, 308).

Sin este aprendizaje, sin este aprendizaje de las masas, no será posible pasar de la nacionalización de las empresas a la «socialización de hecho», como dice Lenin. Lenin identifica así uno de los aspectos más complejos de la transición como la transformación del proletariado, durante siglos clase dominada, en clase dominante: dominar como clase no significa simplemente tener las palancas del poder estatal, sino ser capaz de organizar y dirigir la actividad económica del país. Sólo con el poder político, mediante decretos, se puede expropiar a las clases explotadoras, se puede confiscar y nacionalizar (y éstas son las primeras medidas revolucionarias que aplica el gobierno soviético), pero para socializar realmente (es decir, para que la dirección de la economía esté en manos del proletariado) la decisión política por sí sola es totalmente insuficiente.

En la primavera del 18 Lenin es por tanto consciente de que el período de transición no se reduce a la aplicación de una serie de medidas políticas y económicas por parte del Estado soviético: la cuestión más delicada es la del sujeto proletario de la transformación, de su capacidad para organizar, dirigir y administrar la economía1. En este contexto debe leerse también la insistencia de Lenin en el aumento de la productividad del trabajo, en la organización científica del trabajo (a la que se dedican varias páginas de Las tareas inmediatas, XXVII, 229-232): la reducción del tiempo de trabajo necesario es el requisito material para que la participación generalizada de las masas en la vida política del Estado soviético no sea una palabra abstracta.

No es en absoluto una coincidencia que una parte clave del ensayo sobre el infantilismo sea citada extensamente por el propio Lenin en el documento que explica el giro de la NEP, Sobre los impuestos en especie (mayo de 1921). Pero entre el verano del 18 y el otoño del 20 Lenin también compartió (y admite autocríticamente) la ilusión de una rápida transición a formas comunistas de producción y distribución.

De hecho, en este período se preveía una rápida supresión de las relaciones mercantil-monetarias. Véase, por ejemplo, el proyecto de programa del Partido Comunista Ruso de marzo de 1919:

En el campo de la distribución, el objetivo actual del poder soviético es seguir sustituyendo firmemente el comercio por una distribución planificada y organizada de los productos a escala estatal. El objetivo es organizar a toda la población en comunas de producción y consumo, capaces de distribuir todos los productos necesarios de la manera más rápida, sistemática, barata y con mayor intensidad de mano de obra, centralizando rígidamente todo el aparato de distribución. Las cooperativas son un medio intermedio para este fin. Su utilización es una tarea similar a la de los especialistas burgueses, ya que a la cabeza del aparato cooperativo que hemos heredado del capitalismo se encuentran hombres con hábitos burgueses de pensamiento y métodos de gestión económica […] Es imposible abolir el dinero inmediatamente en las primeras etapas de la transición del capitalismo al comunismo. En consecuencia, los elementos burgueses de la población siguen utilizando el papel moneda, que sigue siendo propiedad privada, que atestigua el derecho de los explotadores a procurarse los bienes sociales y a seguir utilizándolo para la especulación, el lucro y el robo de los trabajadores. Para luchar contra estas supervivencias del robo burgués, no basta con la nacionalización de los bancos. El PCR se esforzará por tomar cuanto antes las medidas más radicales para preparar la abolición del dinero [el subrayado es mío, AC], y principalmente su sustitución por libretas de ahorro, cheques, vales a corto plazo para diversos productos sociales, etc., la obligación de depositar dinero en los bancos, etc. (Lenin, XXIX, 100-101).

Sin embargo, unos meses más tarde, en su discurso al Primer Congreso de Educación Extraescolar (6-19 de mayo de 1919, en XXIX, 326) Lenin advirtió que el dinero, como forma de relaciones sociales antagónicas, permanecería bastante tiempo en el período de transición de la vieja sociedad capitalista a la nueva sociedad socialista.

Puede parecer peculiar que, en el segundo aniversario de la revolución bolchevique, Lenin excluya explícitamente que la especificidad del atraso ruso pueda desempeñar un papel esencial; pero, como se desprende del examen del texto, se trata más bien de un motivo polémico contra la crítica que los dirigentes de la II Internacional dirigían a la posibilidad de una revolución socialista en un país atrasado como Rusia, invocando así la especificidad rusa por contraste con el resto del mundo capitalista. En el otoño de 1919, en el documento de balance de dos años de revolución (Economía y política en la época de la dictadura del proletariado, 30 de octubre), al tiempo que reconocía la peculiaridad del carácter muy atrasado y pequeñoburgués de Rusia, Lenin argumentaba que las fuerzas y formas fundamentales de la economía eran las mismas que en cualquier otro país capitalista, «de modo que estas peculiaridades sólo pueden referirse a lo que no es esencial». Las formas son: capitalismo, pequeña producción mercantil, comunismo. Las fuerzas: burguesía, pequeña burguesía, proletariado. La lucha es entre «el trabajo organizado de manera comunista en sus primeros pasos, en el marco de un inmenso Estado», «contra la pequeña producción mercantil y contra el capitalismo que se ha conservado y renace sobre la base de la pequeña producción mercantil» (Lenin, XXX, 89). Lenin afirma que el trabajo en Rusia está organizado de manera comunista, ya que la propiedad privada de los medios de producción ha sido abolida y el «poder estatal proletario organiza a escala nacional la producción a gran escala en tierras y empresas estatales, distribuye el trabajo entre las distintas ramas de la economía y entre las empresas, distribuye entre los trabajadores una gran cantidad de bienes de consumo pertenecientes al Estado». Todo esto se encuentra todavía en sus primeras fases. Las grandes empresas han pasado a manos del Estado y los terratenientes han sido expropiados sin indemnización. En el campo, la organización de diversas formas de cooperativas de pequeños agricultores acaba de comenzar como transición de la agricultura mercantil a pequeña escala a la agricultura comunista. Y la pequeña explotación es una base formidable para el capitalismo (ibíd., 90). Y aquí vuelven los llamados de Lenin a la cautela en el trato con el campesinado, contra el forzamiento inadecuado del tiempo, contra la ilusión de una transición rápida.

El socialismo es la abolición de las clases. Para abolir las clases, primero es necesario derrocar a los grandes terratenientes y capitalistas. Hemos cumplido esta parte de la tarea, pero es sólo una parte y no la más difícil. Para abolir las clases es necesario, en segundo lugar, destruir la diferencia que existe entre el obrero y el campesino, hacer que todos sean obreros. Y es imposible hacerlo de la noche a la mañana. Este problema es mucho más complejo y, necesariamente, su solución requiere mucho tiempo. Es imposible resolverlo derribando una clase. Sólo puede resolverse reorganizando toda la economía social, pasando de la pequeña economía mercantil, individual y aislada, a la gran economía social. Esta transición se realiza necesariamente de forma lenta. Promulgar medidas administrativas precipitadas y descuidadas sólo serviría para hacer esta transición más lenta y difícil [el subrayado es mío, AC]. […] El proletariado […] debe separar, distinguir claramente entre el campesino trabajador y el campesino comerciante, entre el campesino trabajador y el campesino especulador. Toda la sustancia del socialismo reside en esta distinción« (ibíd., 93-4).

Incluso en el período del «comunismo de guerra», Lenin insiste en la longitud del camino por recorrer, en la complejidad de la transición. Como escribe en La gran iniciativa: «Nos encontramos en una etapa en la que ‘sólo se están dando los primeros pasos hacia la transición del capitalismo al comunismo’ (como dice, muy correctamente, el programa del partido)» (Lenin, XXIX, 390). Y es precisamente contra las ilusiones de atajos fáciles contra lo que Lenin advierte en este documento: la abolición de la diferencia entre la ciudad y el campo, entre los trabajadores manuales y los intelectuales, es un trabajo largo.

Para lograrlo se requiere un enorme progreso en el desarrollo de las fuerzas productivas; se requiere vencer la resistencia (a menudo pasiva y particularmente tenaz y difícil de vencer) de los numerosos remanentes de la producción a pequeña escala; se requiere vencer la inmensa fuerza del hábito y la inercia relacionada con esos remanentes. La afirmación de que todos los trabajadores serían igualmente capaces de realizar este trabajo sería una frase vacía o la ilusión de un socialista antediluviano y premarxista, porque esta capacidad no es espontánea, sino que se desarrolla históricamente, y sólo se desarrolla a partir de las condiciones materiales de la producción capitalista a gran escala. […] Sólo el estudio concreto de las relaciones particulares entre la clase que ha conquistado el poder político, es decir, el proletariado, y toda la masa no proletaria y semiproletaria de la población trabajadora, puede dar la solución adecuada a este problema. Además, estas relaciones no se forman en un ambiente imaginario y armonioso, ‘ideal’, sino en la atmósfera real de la resistencia frenética y multiforme de la burguesía» (ibíd., 385-6).

Lenin es plenamente consciente de que

no se puede vencer en el terreno económico como en el militar. El libre comercio no puede ganarse mediante el entusiasmo y la abnegación. Se necesita un largo trabajo, hay que conquistar el terreno palmo a palmo, se necesitan las fuerzas organizadoras del proletariado. […] En la medida en que hemos resuelto y resolveremos con éxito la primera y más sencilla de las tareas, la represión de los explotadores que pretenden abiertamente derrocar el poder soviético, se plantea el segundo problema, más complejo: organizar las fuerzas del proletariado, aprender a ser buenos organizadores. Es necesario organizar el trabajo de una manera nueva, crear nuevas formas de participación laboral y de sumisión a la disciplina laboral. Incluso el capitalismo tardó décadas en resolver este problema (Discurso en el III Congreso Sindical, 8 de abril de 1920, XXX, 459).

4. 1920 Lenin y Bujarin: dos concepciones de la transición comparadas

La economía del período de transición es la última obra escrita por N. Bujarin como teórico del comunismo de izquierdas. El libro fue publicado en mayo de 1920, concebido como la parte teórica de un estudio en dos volúmenes sobre el «proceso de transformación de la sociedad capitalista en sociedad comunista» (el segundo volumen, concebido como una obra descriptiva concreta sobre la economía rusa contemporánea, nunca llegó a aparecer)2. Bujarin intenta una reordenación teórica de toda la cuestión de la transformación de la economía y la sociedad tras el colapso de la Gran Guerra Imperialista: al tiempo que «fotografía» la situación rusa del comunismo de guerra en muchos aspectos, el libro pasa a examinar la cuestión de la transición en todos los países capitalistas y semicapitalistas del mundo contemporáneo. El texto de Bujarin, dividido en 11 capítulos, parte del análisis de la estructura del capitalismo mundial para llegar al proceso de la revolución mundial y al sistema mundial del comunismo. Las notas de Lenin nos permiten constatar los consensos y desacuerdos con los análisis y propuestas de Bujarin.

Lenin anotó este libro pocos días después de su publicación para hacer una reseña para la Academia Comunista3. Estas anotaciones son valiosas, pues nos permiten –a falta de una obra orgánica de Lenin sobre la transición– deducir cuál era el punto de vista de Lenin unos meses antes del giro de la NEP, que marcó un profundo cambio de perspectiva.

Sobre la estructuración del capitalismo contemporáneo Lenin objeta a Bujarin que no en todas partes del mundo son ya dominantes las relaciones de producción capitalistas (CM 274). Y mientras que para Bujarin la estructura del capitalismo contemporáneo es tal que las organizaciones capitalistas colectivas, los «trusts del capitalismo de Estado», actúan como sujetos de la economía, para Lenin no se puede limitar sólo a éstas. La divergencia más profunda se produce en torno al papel desempeñado por el capital financiero: Lenin objeta a Bujarin que no ha destruido la anarquía de la producción dentro de los grandes países capitalistas. Bujarin juega mucho con la contraposición anarquía/organización dentro de un marco teórico bogdanoviano (la Tectología, o ciencia de la organización), que hace de la cuestión de la organización el factor principal del desarrollo social. Piensa en términos de «capitalismo organizado», de superación de la irracionalidad del capitalismo: «la economía capitalista se ha transformado de un sistema irracional en una organización racional» (CM 275).

Pero lo que sobre todo debe señalarse en el libro de Bujarin, ya que condiciona todo su planteamiento posterior de la transición, es la creencia de que la gran guerra imperialista y la inmediata posguerra marcaron la fase final del capitalismo, el colapso del sistema capitalista (éste es el título del capítulo 3, y Lenin no se opone a ello), ahora incapaz de desarrollar las fuerzas productivas en el viejo cascarón: «La colisión entre las diferentes partes del sistema capitalista mundial, que expresaba el conflicto entre el aumento de las fuerzas productivas de este sistema y su estructura productiva anárquica, era […] un conflicto de confianzas del capitalismo de Estado. La necesidad objetiva que la historia ha puesto a la orden del día es la necesidad de organizar una economía mundial, es decir, de transformar un sistema económico mundial asubjetivo en un sujeto económico, en una organización que funcione de forma planificada, en ‘una unidad teleológica’, en un sistema organizado» (CM 280). El esquema interpretativo de Bujarin no cambia: se trata de pasar de procesos espontáneos e impersonales a procesos dirigidos según un fin y según un plan, del desorden a la organización.

Lenin no cuestiona la idea del derrumbe del capitalismo, compartida entonces por gran parte del movimiento comunista internacional, pero es mucho más cauto: interviene con sus anotaciones para mitigar el exceso de confianza de Bujarin sobre la desintegración de la economía europea: «La situación concreta de la economía de Europa en los años 1918-1920 muestra claramente que este período de desintegración ha comenzado y que no hay indicios de un renacimiento del viejo sistema de relaciones de producción. Quien prueba demasiado no prueba nada», comenta Lenin (CM 282). Y cuando Bujarin concluye que «no es posible restaurar el viejo sistema capitalista», Lenin observa, a su vez: «esto depende de la medida en que el proletariado ‘sobre la base de las relaciones en disolución’ […] sepa cómo hacer que se disuelvan completamente» (CM 284). Más adelante desafía a Bujarin con la idea de que la imposibilidad de la restauración de las relaciones de producción capitalistas puede demostrarse teóricamente (CM 287). Sin embargo, comparte con él la idea de que «la fuerza extraordinaria del conflicto es un índice bastante preciso del grado de desarrollo capitalista y la expresión trágica de la incompatibilidad absoluta del desarrollo ulterior de las fuerzas productivas bajo el caparazón de las relaciones de producción capitalistas» (CM 287).

El núcleo de la teoría de la transición de Bujarin, derivada de la idea del colapso del capitalismo (y de la «instantánea» de la situación rusa y europea en la inmediata posguerra), es que este colapso, y la revolución proletaria que lo acompaña, conducen inevitablemente a una mayor reducción de las fuerzas productivas: puesto que «las fuerzas productivas existen confundidas con las relaciones de producción en un sistema dado de organización social del trabajo», la disolución del aparato debe ir acompañada inevitablemente de una mayor reducción de las fuerzas productivas. Por lo tanto, «sobre la base de las viejas relaciones en disolución, no es posible ningún renacimiento de la industria como sueñan los utopistas del capitalismo. La única salida es que los eslabones más bajos del sistema, la fuerza productiva fundamental de la sociedad capitalista, la clase obrera, asuma una posición dominante en la organización del trabajo social». En otras palabras, «la construcción del comunismo es la condición previa para el renacimiento de la sociedad». «El pensamiento central de todo el libro», escribió Bujarin en el 21, «es que durante el periodo de transición el aparato laboral de la sociedad se desintegra inevitablemente, que la reorganización presupone la desorganización y que, por lo tanto, el colapso temporal de las fuerzas productivas es una ley implícita de la revolución» (Cohen, 97).

La transición del capitalismo moribundo al comunismo se convierte así esencialmente en una acción de construcción de nuevas relaciones económico-sociales junto con la construcción-reconstrucción de fuerzas productivas material-técnicas. El concepto de construcción (que acabará imponiéndose en la concepción del comunismo soviético) implica un plan-proyecto consciente, la dirección para la ejecución del plan, con la consiguiente organización de materiales, recursos, hombres: es, en cierto sentido, una operación de ingeniería social. Sin embargo, no implica necesariamente clases, lucha de clases, contradicciones antagónicas o no antagónicas. Implica la existencia de un modelo teleológicamente predeterminado.

Esta idea dista mucho de aquella concepción de la transición del capitalismo al comunismo a la que Marx había aludido en algunos de sus pasajes (en particular en el Libro III de El Capital), según la cual la transición al comunismo no implicaba como momento necesario la caída vertical del nivel de desarrollo de las fuerzas productivas (de ahí la hipótesis segundonacionalista de que la madurez del desarrollo de las fuerzas productivas era necesaria para la transición al socialismo). Por el contrario, la caída de la base material-técnica conduciría a una generalización de la miseria. Como escribe Cohen, «Bujarin rechazó el supuesto marxista tradicional de que el socialismo casi alcanza su plena madurez en el regazo del viejo orden» (Cohen 98): mientras que «el capitalismo se construyó a sí mismo», «el socialismo como sistema organizado lo construye el proletariado como sujeto colectivo organizado». Si el proceso del origen del capitalismo fue espontáneo, el proceso de edificación del comunismo es en alto grado un proceso consciente, es decir, organizado» (Bujarin, 68).

Bujarin subraya así la destrucción y el hundimiento de las fuerzas productivas. Significa: a) destrucción pura y simple de la base técnico-productiva, máquinas, etc. (no es inevitable ni necesario); b) disolución de los vínculos socioeconómicos que garantizaban el funcionamiento del sistema. Éstos son la columna vertebral del sistema y Bujarin está convencido de que ya no pueden restablecerse: sólo una nueva organización consciente podrá poner de nuevo en marcha la producción, sólo nexos no mercantiles y no capitalistas. En el esquema de Bujarin, la guerra interimperialista es también la autodestrucción del capitalismo (incapaz de organizarse como sistema mundial) y el requisito previo para la transición-construcción. Como señala Cohen, esto permite a Bujarin eludir la cuestión del atraso ruso (Cohen, 98).

Aún más interesante es la discusión de los «presupuestos generales de la edificación comunista» (cap. IV). Bujarin   argumenta, retomando la idea de Estado y revolución, que no es posible trasladar el viejo aparato a nuevas vías ( Bujarin 59). «La conquista del poder estatal por el proletariado es la destrucción del sistema estatal burgués y la organización de un nuevo sistema estatal, en el que los elementos del viejo que ha ido a la ruina son en parte destruidos, en parte retomados en nuevas combinaciones, en un nexo de nuevo tipo» (CM 282). Por otra parte, como ya había observado Marx en la Crítica del Programa de Gotha, «la nueva sociedad no puede surgir de repente como un deus ex machina. Sus elementos crecen en el seno de la vieja sociedad […] La cuestión debe plantearse así: ¿qué tipo de relaciones de producción de la sociedad capitalista pueden ser en general la base de la nueva estructura productiva?». (Bujarin, 60). A esta pregunta Bujarin responde que no es suficiente referirse sólo al nivel de centralización y concentración del capital, porque en el proceso revolucionario el aparato centralizado se disuelve y no puede servir en su totalidad como base de la nueva sociedad. Bujarin ve la plena madurez de las relaciones de producción comunistas dentro de la sociedad capitalista en el sistema de cooperación que está incrustado en las relaciones de producción de los trabajadores, que une a los hombres atomizados en una clase revolucionaria, en el proletariado ( Bujarin , 63): si el capitalismo está maduro para el capitalismo de Estado, también lo está para el comunismo ( Bujarin , 64). La madurez del capitalismo para Bujarin no está tanto en el aparato material-técnico, sino en el grado de socialización del trabajo. En resumen, «en la disolución de las clases sociales técnico-productivas se preserva generalmente la unidad del proletariado, que encarna de hecho y sobre todo la base material de la nueva sociedad. Este elemento decisivo y fundamental sólo se desintegra a veces en el curso de la revolución. Por el contrario, se vuelve extraordinariamente compacto, se reeduca y se organiza». La revolución rusa, «con su proletariado relativamente débil que, sin embargo, demostró ser una reserva verdaderamente inagotable de energía organizativa» es una «prueba empírica» de ello: «la probabilidad matemática del socialismo en tales condiciones se transforma en fiabilidad práctica» (CM 286). Basándose en la experiencia de la revolución rusa, Bujarin asume al proletariado como un sujeto notablemente cohesionado y virtuoso, la verdadera gran fuerza productiva capaz de reconstruir el lazo social, de regenerar la sociedad.

«Hay que renunciar, sin embargo, por completo –continúa Bucharin– a pensar que la condición inevitable del mantenimiento y desarrollo del nuevo sistema, es decir, el progreso de las fuerzas productivas […] comenzará a realizarse al principio de la convulsión. Hay que construir el socialismo. Los recursos materiales y personales actuales son sólo el punto de partida de un desarrollo que abarca en sí mismo toda una larga época« ( Bujarin , 66).

Lenin está básicamente de acuerdo con las tesis de Bujarin, con la excepción de observaciones terminológicas y alguna advertencia contra el exceso de confianza de Bujarin en la imposibilidad de una reanudación de las relaciones capitalistas. Subraya con un «¡muy justo!» el pasaje en el que Bujarin habla de la construcción socialista como un proceso que abarca toda una época muy larga (CM 287). De hecho, desde sus primeros discursos tras la toma del poder por los bolcheviques, Lenin no había hecho más que advertir contra las ilusiones de una transformación rápida e indolora, subrayando que la toma del poder era sólo el primer paso de una larga transición.

Con la toma del poder por el proletariado, sus organizaciones de lucha también se transforman dialécticamente: «En las condiciones dadas tenemos ante nosotros, en primer lugar, un cambio dialéctico en las funciones de las organizaciones obreras. Está perfectamente claro que con el cambio en las relaciones de poder esto no puede suceder de otro modo, ya que la clase obrera, que ha tomado el poder del Estado en sus propias manos, debe inevitablemente convertirse también en la fuerza que interviene como organizadora de la producción». Así, los soviets de diputados obreros se transforman de instrumento de lucha por el poder en instrumento de poder; los sindicatos, de instrumento de lucha contra los empresarios en uno de los órganos de administración de la producción; las cooperativas, de instrumento de lucha contra el intermediario comercial en una de las organizaciones del aparato estatal de distribución; los comités de fábrica y de taller (Betriebsraete en Alemania, workers committees y shop stewards committees en Inglaterra), de órganos de lucha obrera contra los empresarios en el lugar de trabajo se convierten en células subsidiarias de la administración de toda la producción. Bujarin asigna al «partido de la revolución comunista» la función de «spiritus rector de la acción proletaria» (CM 288-9). Bujarin defiende la necesidad de la nacionalización de los sindicatos y de todas las organizaciones de masas del proletariado: «Las células más pequeñas del aparato obrero deben transformarse en la columna vertebral del proceso general de organización, dirigido de manera planificada y conducido por la razón colectiva de la clase obrera que encuentra su encarnación material en la organización suprema y omnicomprensiva, en su aparato estatal».

La transición bajo la dictadura del proletariado es, pues, también un proceso reconstructivo de la organización económica, del nexo social: en el esquema de Bujarin , la transición coincide con dos tareas: a) reconstrucción de la economía destruida por la inevitable crisis capitalista que desembocó en la guerra imperialista; b) reconstrucción de la misma sobre nuevas bases: «En este marco, las tareas que se plantean al proletariado, en general, son formalmente… las mismas que las de la burguesía…: economización de todos los recursos, su explotación planificada, la mayor centralización posible. El agotamiento, resultado de la guerra y de la ruptura de la continuidad del proceso de producción en el período de disolución, exige desde el punto de vista de la técnica socio-organizativa precisamente el paso a las relaciones de producción socialistas» (CM 287). Bujarin insiste: el propio capitalismo se vio empujado a organizarse por la recesión de los medios de producción, y esta organización en una economía no capitalista se acentúa. El proceso de trabajo no puede ser llevado adelante por la burguesía. Este es un motivo recurrente de la inmediata posguerra: la revolución socialista nació de la crisis burguesa que estalló en la guerra imperialista: la transición es, pues, la reconstrucción de la economía sobre nuevas bases. Pero esto es muy diferente de la hipótesis marxiana del periodo de transición.

El capítulo sobre la relación ciudad-campo en el proceso de transformación social merece especial atención, ya que aquí se teoriza explícitamente la necesidad de la coerción extraeconómica contra el campesinado. Bujarin subraya que «una peculiaridad de la estructura económica de la agricultura es la extraordinaria variedad de tipos económicos que reflejan el grado relativamente bajo de socialización del trabajo»: gran economía capitalista basada en el asalariado; economía capitalista-campesina (kulak) que también emplea a asalariados y vive de ellos; economía campesino-obrera que no explota a ningún asalariado; economía parroquial de semiproletarios. El capitalismo, para que la economía agraria forme parte del capitalismo de Estado, ha estatizado las grandes unidades de producción y ha regulado indirectamente el proceso de producción a través del proceso de circulación. Ahora bien, el colapso del sistema del capitalismo de Estado, al haber iniciado la disolución de las relaciones en la industria, conlleva también el colapso de este sistema en la economía agraria ( Bujarin 81-87). La ruptura revolucionaria exige inicialmente la separación de la ciudad y el campo. La economía se divide entre la ciudad hambrienta y el campo, que dispone de un considerable excedente productivo. El renacimiento de la industria en la forma socialista es la condición previa para una incorporación más o menos rápida del campo al proceso organizativo, pero el renacimiento de la industria está condicionado por la entrada de medios vitales a cualquier precio, y aquí es donde entra en juego la coacción (confiscación, impuestos en especie u otras formas) (CM 293). Esta coerción estatal es económicamente indispensable, subraya Lenin, corrigiendo el término «económicamente fundada» empleado por Bucharin, cuya conclusión apoya enfáticamente: «Aquí la coerción estatal no es ‘pura violencia’ del tipo duhringiano, y es por tanto un factor que procede a lo largo de la línea principal del proceso económico general» (CM 293).

Y del libro de Bujarin, Lenin elogia especialmente el capítulo sobre la coerción extraeconómica en el período de transición (cap. X): «En la época de transición del capitalismo al comunismo, la clase revolucionaria creadora de la nueva sociedad es el proletariado. Su poder estatal, su dictadura, el Estado soviético sirve de factor de destrucción de las viejas relaciones económicas y de creación de las nuevas […] Por otra parte, esta misma violencia concentrada en parte también se vuelve hacia dentro, siendo un factor de autoorganización obrera y de autodisciplina coercitiva». «La coerción, sin embargo, no se limita a los límites de las antiguas clases dominantes y sus grupos afines. En el período de transición se aplica –en otras formas– incluso a los propios trabajadores, incluso a la propia clase dominante» (CM 315-316). Y de nuevo: «en el período de transición la actividad autónoma de la clase obrera existe junto a la coerción establecida por la clase obrera como clase para sí misma hacia todas sus partes. La coerción proletaria en todas sus formas […] es […] un método de elaboración de la humanidad comunista a partir del material humano de la época capitalista» (CM 320).

El sujeto principal de la transformación es, en la teoría de Bujarin, el Estado dirigido por el proletariado, que utiliza la coerción para acelerar la transformación económica. Es un sujeto consciente y organizado. La estatalización es un paso importante en la transición de una economía anárquica a una economía «organizada» dirigida según un plan. Para Bujarin, la estatalización de las empresas bajo la dictadura del proletariado no puede identificarse en modo alguno con el capitalismo de Estado, ya que el proletariado está a la cabeza del Estado.

«El comunismo ya no es una forma del período de transición, sino su realización. Se trata de una estructura sin clases, no estatal, que se construye en todas sus partes de manera armoniosa […] la dictadura del proletariado ‘madura’ en el camino hacia el comunismo y desaparece simultáneamente con la organización estatal de la sociedad. La transición del capitalismo al socialismo tiene lugar mediante la fuerza concentrada del proletariado, la palanca de la dictadura del proletariado. El sistema de medidas por el que se lleva a cabo esta transición suele designarse con el término socialización», término que Bujarin reconoce impreciso (es preferible la expropiación de los expropiadores), por el que entiende la transferencia de los medios de producción a manos del proletariado organizado como clase dominante. La forma concreta fundamental de esta transferencia en el período de transición, en el que «el sujeto administrador es la clase obrera constituida en poder del Estado», es la estatalización o nacionalización, que Bujarin distingue radicalmente de la nacionalización burguesa ( Bujarin, 120-122)

Por último, en el período de transición, las categorías abstractas que Marx utilizó en relación con la sociedad capitalista –mercancía, valor, precio, beneficio, salario– ya no son adecuadas ( Bujarin 137): las categorías económicas –repite Bujarin con el Marx de Miseria de la filosofía– son expresiones teóricas históricas, no tienen carácter de perpetuidad. «Es un craso error metodológico trasladar el análisis abstractamente teórico del capitalismo puro al análisis del período de transición con sus formas extremadamente cambiantes, con su dinámica, por así decirlo, principista» (CM 317). La mercancía, en la medida en que desaparece la irracionalidad del proceso de producción, es decir, en la medida en que un regulador social consciente toma el relevo de la espontaneidad, se transforma en producto y pierde su carácter de mercancía; el valor, como categoría del sistema mercantil capitalista en su equilibrio, no se adecua en absoluto al período de transición, donde en una medida considerable desaparece la producción de mercancías, donde no hay equilibrio; «en el sistema de la dictadura proletaria el obrero recibe una ración social de trabajo y no un salario». «Del mismo modo, desaparece tanto la categoría de ganancia como la de plusvalía, ya que hablamos de nuevos ciclos de producción. Sin embargo, en la medida en que sigue existiendo un ‘mercado libre’, se tiene la especulación, etc., se tiene la ganancia especulativa, cuyas leyes de movimiento se determinan de manera diferente que en el sistema capitalista normal. Aquí actúa la situación de monopolio del vendedor, que hace que las masas productivas de otras esferas se unan a él» (CM 313).

En sus notas Lenin parece estar muy de acuerdo con esta idea de la transformación de las categorías económicas, en particular con respecto a la categoría del salario.

La evaluación general de Lenin del libro de Bujarin se expresa sucintamente con el dicho popular: «una cucharada de brea en un tarro de miel». La «brea» es la filosofía ecléctica e idealista de Bogdánov, de la que, «con una ingenuidad casi infantil», Bujarin extrajo terminología. «De ahí una serie precisamente de inexactitudes teóricas (¿por qué entonces pretender dar una ‘teoría general‘?), de refritos científicos, de nobles tonterías académicas. […] Cuando el autor se destaca personalmente, dice cosas muy buenas, de forma amena y sin pedantería. Pero cuando, imitando ciegamente los ‘términos’ bogdanovianos (que en realidad no son ‘términos‘ en absoluto, sino errores filosóficos) al principio de su libro […] a veces baja la cabeza y luego se cae y se levanta de nuevo, resulta pedante, fuera de propósito» (CM 325). Los principales puntos teóricos que Lenin plantea a Bujarin se refieren a:

A) La concepción de la dialéctica: «el antagonismo y las contradicciones no son en absoluto la misma cosa. Los primeros desaparecerán, las segundas permanecerán en el socialismo» (CM 262).

B) La terminología «organizacionista» (y los conceptos que la sustentan) que Bujarin toma de Bogdánov. Cuando Bujarin escribe: «la dictadura del proletariado va inevitablemente acompañada de una lucha oculta o más o menos abierta entre la tendencia organizadora del proletariado y la tendencia anárquico-mercantil del campesinado», Lenin señala: «habría que decir: entre la tendencia socialista del proletariado y la tendencia capitalista-mercantil del campesinado. Introducir aquí la palabra organización es una inexactitud teórica, un retroceso de Karl Marx a Louis Blanc» (CM 292).

C) La ausencia de especificación histórica: Bujarin habla de una «teoría general del proceso de transformación», y Lenin: «¿Qué es eso? ¿’general? à la Spencer?» (CM 273)

D) La extinción de la economía política. Cuando Bujarin escribe que «el fin de la sociedad capitalista será también el fin de la economía política», Lenin señala: «Esto no es cierto. Incluso en el comunismo puro no existe al menos la relación I v + m con II c ? y acumulación ?» (CM 274).

E) Las evaluaciones demasiado perentorias de Bujarin sobre la imposibilidad de un resurgimiento del capitalismo (CM 282, 287).

F) La propensión de Bujarin a ver el capitalismo de Estado como «capitalismo organizado», que logra superar la anarquía de la producción. Para Lenin se trata de un grave error teórico.

Pero en general, en mayo de 1920, Lenin parece compartir esencialmente la perspectiva de Bujarin sobre la transición. Más allá de la crítica al ‘bogdanovismo’ latente en Bujarin, la posición de Lenin es muy cercana a la de Bujarin en algunos aspectos esenciales:

(a) el socialismo se construye esencialmente mediante la estatalización de las empresas y la propiedad;

b) la coerción extraeconómica hacia el campo es esencial para alimentar la recuperación en la ciudad y acelerar el establecimiento de medidas socialistas; la tarea principal se confía a la coerción que el proletariado gobernante ejerce también hacia sus propios miembros, coerción que se combina con la educación, que en cualquier caso es siempre educación desde arriba, imposición; se presta poca atención a la cuestión del consenso, la revolución cultural, las etapas de la transición

c) en el período de transición, el peso de las relaciones mercantil-monetarias se reduce y ciertas categorías económicas identificadas por Marx para el período del capitalismo ya no son adecuadas;

d) la transición como construcción del socialismo es un proceso a largo plazo4;

e) la situación rusa no es particularmente diferente de la de otros países occidentales, no se trata de la revolución en un país atrasado; en polémica con Kautsky y los mencheviques, Lenin ya había argumentado esto en el artículo para el segundo aniversario de la revolución bolchevique, Economía y política en la época de la dictadura del proletariado; la cuestión de las dificultades de la transición en un país atrasado parece haber sido evacuada;

f) el proletariado ruso se toma como modelo, se supone que puede mantenerse intacto y tal vez aumentar su fuerza incluso en un régimen de colapso económico (algo sobre lo que Lenin pronto cambiaría de opinión).

Cabe destacar el papel económico que la dictadura del proletariado asigna a la coerción. Bujarin lo teoriza de la manera más clara, dando de nuevo un salto desde la Crítica del Programa de Gotha y Estado y Revolución: allí la dictadura era necesaria para impedir el retorno de las viejas clases derrocadas, no para construir nuevas relaciones económicas. Existe el riesgo de caer en una concepción de la omnipotencia del político (que caracteriza algunos aspectos del comunismo de guerra). Sin embargo, Lenin advirtió en 1918 que «el socialismo no se establece por decreto». Y es que la concepción bogdanoviana de la organización y la construcción, de la ingeniería social, acaba por considerar a los hombres y a las clases como objetos, como partes de un sistema mecánico, incapaces de una dinámica propia y de una dialéctica social, para la que cuenta simplemente la cantidad racional de fuerza organizada que puede emplearse. La crítica de Lenin al bogdanovismo y un enfoque dialéctico correcto son, pues, fundamentales para abordar la cuestión de la transición y para cuestionar la ilusión de la omnipotencia del poder político. En el modelo bujariniano de transición, las clases y la dialéctica social, aunque se mencionan, no actúan como sujetos. Esto oscurece el aspecto más complejo y difícil de la transición, que parece descansar enteramente en la acción coercitiva de los órganos del poder proletario.

5. 1921-1923. Kto pobedit? – Especificidad y complejidad de la transición

Pero, como hemos visto, incluso en el período del comunismo de guerra, Lenin nunca abandona su conciencia de la complejidad del proceso de transición al socialismo, piensa en términos de dialéctica social, nunca en términos de sustitución de elementos mecánicos e inertes dentro de un sistema. También se opone a las malas generalizaciones:

La tarea más difícil en las transiciones y cambios en la vida social es calcular la especificidad de cada transición [el subrayado es mío, AC]. Cómo deben luchar los socialistas en la sociedad capitalista no es una tarea difícil y hace tiempo que está resuelta. Cómo concebir el desarrollo de la sociedad socialista tampoco es difícil. Esta tarea también está resuelta. Pero cómo realizar en la práctica la transición del viejo y ampliamente conocido capitalismo al nuevo y aún no nacido socialismo, que no tiene una base sólida, es la tarea más difícil [sub. mío]. Esta transición durará muchos años en el mejor de los casos. Dentro de este período, nuestra política se desarrollará en una serie de transiciones aún más pequeñas. Y toda la dificultad de la tarea que descansa sobre nosotros, toda la dificultad de la política y todo el arte de la política consiste en considerar las tareas específicas de cada una de estas transiciones.

Gran atención por parte de Lenin, por tanto, a la especificidad y complejidad de la tarea, para la que no puede utilizar fórmulas generales, los principios del comunismo, como dice explícitamente; aquí debemos llegar a la especificidad de estas condiciones de transición del capitalismo al comunismo, de la economía de guerra a la economía de paz. La transición para Lenin es, pues, un proceso largo y complejo, y atento a la particularidad. Incluso en las notas al libro de Bujarin aprueba esta atención a la particularidad: «es un craso error metodológico transferir el análisis abstractamente teórico del capitalismo puro al análisis del período de transición con sus formas extremadamente cambiantes, con su dinámica, por así decirlo, de principio» (CM 317).

Si leemos los discursos de Lenin desde el «punto de inflexión» del invierno-primavera del 21 en adelante (la política de concesiones al capital extranjero, el impuesto en especie, la NEP) emerge claramente la capacidad y determinación del dirigente revolucionario para hablar con extrema franqueza a los cuadros y a las masas (cf. los discursos grabados en disco para ser difundidos incluso entre las masas analfabetas): declarar explícitamente que era necesario –debido a las condiciones externas internas e internacionales– retroceder (mientras que la cultura política soviética posterior hablaba siempre de avances, de progreso) permitía estratégicamente no confundir una situación de emergencia con el socialismo y permitía no perder de vista el objetivo final a alcanzar, por el que también se retrocedía. La grandeza de Lenin radica en esta confianza en la acción revolucionaria de la verdad, en dirigirse explícitamente a las masas, en no moverse por las vías de la doble verdad (para los pocos conscientes y para las masas ingenuas necesitadas de opio o de iconos). Esta incapacidad de considerar a las masas todavía niños a los que engañar se perdió posteriormente y se construyó una ideología del «socialismo real» que fue un autoengaño para los propios dirigentes.

Con el giro de la NEP la especificidad de la situación rusa pasó a primer plano: «éramos y seguimos siendo un país de pequeños campesinos y la transición al comunismo es infinitamente más difícil para nosotros de lo que sería en cualquier otra condición» (Lenin, XXXI, 483). Es, pues, la relación con el campesinado lo que hay que recuperar restableciendo el intercambio de mercancías: «En primer lugar se sitúa el intercambio de mercancías, como palanca esencial de la NEP. Sin el establecimiento de un intercambio sistemático de mercancías o productos entre la industria y la agricultura, son imposibles unas relaciones adecuadas entre el proletariado y el campesinado y la creación de una forma plenamente estable de alianza económica entre estas dos clases para el período de transición del capitalismo al socialismo» (X Conferencia del PCR(b), mayo de 1921, XXXII, 410).

El punto de inflexión de la NEP y el reconocimiento del error del comunismo de guerra se explican muy clara y agudamente en un discurso de octubre de 1921, La nueva política económica y las tareas de los centros de formación política: «Nuestra política económica anterior […] suponía imprudentemente que pasaríamos directamente de la vieja economía rusa a la producción y distribución estatales sobre bases comunistas. El error fue a principios del 18 pensar que habría un período de edificación pacífica. En parte bajo la influencia de los problemas militares que nos habían sobrevenido y de la situación aparentemente desesperada en que se encontraba la república al final de la guerra imperialista, bajo la influencia de ésta y de otras numerosas circunstancias, cometimos el error de querer pasar directamente a la producción y distribución sobre bases comunistas. Decidimos que los campesinos nos proporcionarían el pan necesario mediante el sistema de levas y nosotros lo distribuiríamos a las fábricas y plantas, logrando así la producción y distribución sobre bases comunistas» (Lenin, XXXIII, 48). Este plan contrastaba –continuaba Lenin– «con lo que habíamos escrito antes sobre la transición del capitalismo al socialismo. Pues creíamos que sin un período de inventario y control socialistas era imposible ascender ni siquiera al peldaño más bajo del comunismo». En la literatura teórica, a partir de 1918, cuando surgió el problema de la toma del poder y fue explicado por los bolcheviques a todo el pueblo, se decía claramente que es necesario un largo y complicado período de transición desde la sociedad capitalista (tanto más largo cuanto menos desarrollada esté esa sociedad), de transición mediante el inventario socialista y el control socialista, para alcanzar al menos el umbral de la sociedad comunista« (Lenin, XXXIII, 48, el subrayado es mío). La fiebre de la guerra civil hizo olvidar todo esto. «En el frente económico, con el intento de pasar al comunismo, sufrimos en la primavera de 1921 una derrota más grave que todas las sufridas a manos de Kolchak». «El sistema de exacciones en el campo, este método directamente comunista de tratar los problemas de construcción en las ciudades, obstaculizó el progreso de las fuerzas productivas. No hay que contar con pasar directamente al comunismo; hay que construir sobre la base del interés propio del campesino; hay que construir cada rama importante de la economía nacional sobre la base del interés propio: la discusión debe ser colectiva, pero la responsabilidad individual» (ibid., 55).

Ahora bien, lo más interesante de esta lúcida y despiadada autocrítica de Lenin es la problematización de la victoria del proletariado en la larga y compleja lucha entre el capitalismo y el socialismo en el período de transición. Kto pobedit?, ¿quién ganará?, se pregunta Lenin con realismo. El resultado de la transición no es una conclusión inevitable, depende de cómo se afronte la lucha; también depende de cómo se resuelva una cuestión que ocupará cada vez más la mente de Lenin en sus últimos años: la de la educación política y la lucha cultural. Lenin advierte en conclusión que «el problema cultural no puede resolverse tan rápidamente como los problemas político y militar. […] En la guerra es posible vencer en pocos meses, pero en el plano cultural no es posible vencer en tan poco tiempo […] Y los resultados de la educación política no pueden medirse sólo por el progreso económico» (ibíd., 64).

Como hemos visto, Lenin inscribe su visión de la transición en la objetividad de las condiciones heredadas de la sociedad capitalista: «Sabemos que nada llueve del cielo, sabemos que el comunismo surge del capitalismo, que sólo a partir de sus vestigios puede construirse el comunismo. Son malos, es cierto, pero no hay otros» (marzo de 1920). Lejos de concebir la transición como una sustitución relativamente rápida de un nuevo orden económico-social por el anterior (era un error, escribió en octubre de 1921, pensar en una transición directa al comunismo), Lenin la ve como un proceso largo y contradictorio, un proceso con varias etapas, o más bien, caracterizado por una serie de transiciones. Y cuanto más largo es el período, menos desarrollada está la sociedad. Puede decirse que en Lenin hay –frente al mecanicismo, el mesianismo y el «sustitucionismo»– una fuerte conciencia de la duración, la dificultad y la complejidad del proceso de transición (su lucha por la dialéctica contra las deformaciones de Bogdanov y Bujarin, su relectura de Hegel, los Cuadernos filosóficos: todo nos dice que está en contra de cualquier simplificación). Por otra parte, hay en Lenin, si no apenas esbozado, un estudio de las formas económicas y sociales de la transición.

El capitalismo de Estado (que Lenin no concibe, sin embargo, a la manera tradicional de la propiedad estatal de los medios de producción, sino sobre todo en forma de concesiones hechas por el poder soviético al capital extranjero para que invierta en Rusia) es un paso adelante respecto a la pequeña producción mercantil y puede, bajo el control del poder político del proletariado, constituir una etapa de la transición, a condición de que las masas sean educadas en el inventario y el control, a través de la cual se realiza un momento importante de la educación política y técnica de las masas, elemento esencial de la transición. Es importante señalar que para Lenin (contrariamente a lo que se afirmaría más tarde en la vulgata de los manuales de economía política del socialismo real) la nacionalización (o más bien la estatización) de los medios de producción, no se identifica en absoluto con su socialización efectiva en manos del proletariado, sino que es sólo una condición, el primer paso para que ésta tenga lugar.

Durante el período de transición del capitalismo al socialismo es inevitable la existencia de clases y de lucha de clases, que –escribió Lenin en 1922 en polémica con Trotsky sobre el papel de los sindicatos en el poder soviético– debe ser reconocida abiertamente y no reprimida con medidas coercitivas.

El papel de la dirección subjetiva, consciente y organizada de los comunistas en el proceso de transición es fundamental. Sin embargo, esto no significa que sólo puedan ser los comunistas -son una gota en un mar- quienes construyan el socialismo (marzo de 1922). Deben ser capaces de dirigir, con gran cautela, la alianza del proletariado con el campesinado.

La serie de transiciones que Lenin prevé tienen lugar en diferentes «campos» (relaciones jurídicas e institucionales, relaciones económicas, relaciones sociales, cultura, formación de una mentalidad, aprendizaje por parte de las masas de la capacidad técnica y política para gestionar la empresa y la economía en su conjunto) y proceden con plazos históricos específicos para cada «campo». La transición no puede definirse como concluida basándose únicamente en el factor económico; la transformación, la revolución cultural parece ser fundamental (véase uno de sus últimos escritos, Nuestra revolución. A propósito de las notas de Sujanov, enero de 1923).

A la pregunta de si se había iniciado o no un proceso de transición al socialismo en la Rusia soviética, sólo se puede responder afirmativamente: la historia de los primeros años del poder soviético no confirma en absoluto la tesis de C. Bettelheim de que Octubre no fue más que una «revolución capitalista», que instauró inmediatamente el capitalismo de Estado (Bettelheim, 14).

A la pregunta de cuándo y por qué se estancó la transición en la URSS, la respuesta es mucho más difícil, ya que requiere que contemplemos seriamente 70 años de historia soviética. Sin embargo, si concebimos –con Lenin– la transición como un proceso de varias etapas que tiene lugar en diferentes campos, puede decirse –en contraste con una concepción bastante simplificadora del «bloque de transición« (debida, según la teoría trotskista, a la llegada de Stalin al poder; o según la teoría maoísta, al «revisionismo» del XX Congreso del PCUS en 1956)– que se produjeron diferentes «bloques de transición» en diferentes campos, no simultáneamente, sino en diferentes períodos y etapas.

Referencias bibliográficas

BETTELHEIM C., Les luttes de classes en URSS – 3ème période, tome I, Seuil/Maspero, París, 1982.

BUCHARIN N., Economia del periodo di trasformazione , Jaca Book, Milán, 1971

COHEN S. F., Bucharin e la rivoluzione bolscevica, Feltrinelli, Milán, 1975.

GERRATANA V., Ricerche di storia del marxismo, Editori Riuniti, Roma, 1972

LENIN V. I., Opere in 45 vols., Editori Riuniti, Roma, 1954-1972 (indicado en el texto siguiendo el número del vol. de Lenin en números romanos, seguido directamente por el número de la página)

LENIN V. I., Opere scelte, Editori Riuniti, Roma, 1965 (indicado con OS, seguido del número de página)

LENIN V. I., Annotazioni al libro di Bucharin sull’economia del periodo di transizione, in «Critica marxista», 1967, n. 4–5 (indicado en el texto por CM seguido del número de página).

Notas

1 En el período más agudo del comunismo de guerra, sin embargo, señalando el libro ya mencionado de Bujarin, La economía del período de transición, Lenin parece aceptar la idea de un proletariado ruso ya bien y verdaderamente formado para las tareas propias de una clase económicamente dominante (cf. CM, 286).

2 Véase S. F. Cohen, Bucharin e la rivoluzione bolscevica, Feltrinelli, Milán, 1975, p. 95. El título original del libro de Bujarin es Ekonomika perechodnogo perioda. Čast’ pervaja: obščaja teorija transformacionnogo processa, Moskva, 1920. En italiano hay una traducción –a veces incomprensible– realizada sobre la edición alemana Oekonomik der Transformationsperiode de 1922: Economia del periodo di trasformazione, Jaka Book, Milán, 1971. Es singular cómo el título de la traducción alemana elimina la noción de transición para asumir inmediatamente la de transformación.

3 Las notas marginales de Lenin a La economía del periodo de transición –disponibles en la traducción italiana de G. Garritano en Critica Marxista 1967, núm. 4-5, pp. 271-326 (las citas de este texto se indicarán a continuación con CM seguido directamente del número de página)– fueron publicadas en Moscú en 1932 por el Instituto Marx-Engels-Lenin. El texto fue preparado para la imprenta por G. Tikhomirnov bajo la dirección de V. Adoratsky.

4 Aunque a este respecto hay una considerable ambigüedad en Bujarin, ya que, partiendo del postulado del equilibrio, admite que la transición, como fase de no-equilibrio, no puede durar mucho tiempo: «el período de tiempo que consideramos no representa una magnitud bastante larga […] en el análisis del período de transición son inadmisibles toda una serie de simplificaciones metodológicas, que en cambio son concebibles bajo la condición de la existencia de un sistema de producción consolidado» ( Bujarin, 145).

Fuente: Marx XXI, 21-1-2024 (https://www.marx21.it/storia-teoria-e-scienza/marxismo/lenin-e-la-transizione-dal-capitalismo-al-socialismo/)

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