La multitud y la metrópoli

Toni Negri

Artículo publicado en el número 5 de la revista POSSE

1. “Generalizar” la huelga. Ha sido interesante observar, con ocasión de las luchas de la primavera y del verano del 2002 en Italia, cómo el proyecto de “generalizar” la huelga por parte de los movimientos de los precarios, de los obreros sociales, mujeres y hombres había parecido deslizarse de manera inocua e inútil a través de la “huelga general” de los trabajadores. Después de esta experiencia muchos compañeros que han participado en la lucha, han comenzado a darse cuenta que, mientras la huelga obrera “hacía daño” al patrón, la huelga social pasaba, por así decirlo, a través los pliegues de la jornada laboral global, sin hacer daño al patrón sino más bien a los trabajadores movibles flexibles. Esta constatación plantea un problema: el de comprender cómo lucha el obrero social, cómo puede concretamente destruir en el espacio metropolitano la subordinación productiva y la violencia de la explotación. Se trata de preguntarse cómo la metrópoli se presenta ante la multitud y si es correcto decir que la metrópoli es a la multitud como la fabrica fue a la clase obrera. De hecho esta hipótesis se nos presenta como problema. Ello no ha sido simplemente planteado desde las evidentes diferencias de eficacia inmediata entre luchas sociales y luchas obreras, sino también desde una cuestión mucho más pertinente y general: si la metrópoli es investida de la relación capitalista de valorización y de explotación, ¿cómo se puede, en su interior, aferrar el antagonismo de la multitud metropolitana? En los años sesenta y setenta a estos problemas, a medida que surgían en relación a las luchas de clase obrera y a las mutaciones de los estilos de vida metropolitanos, se le dieron varias respuestas, a menudo muy eficaces. Pronto las resumiremos. Aquí basta con subrayar cómo aquellas respuestas guardaban una relación externa entre la clase obrera y los otros estratos metropolitanos del trabajo asalariado y/o intelectual. Hoy el problema se presenta de manera diversa porque las varias secciones de la fuerza de trabajo se presentan en el híbrido metropolitano como relación interna e inmediatamente como multitud: un conjunto de singularidades, una multiplicidad de grupos y de subjetividades, que ponen en forma (antagonista) el espacio metropolitano.

2. Anticipaciones teóricas. Entre los estudiosos de la metrópoli (arquitectos y urbanistas), ha sido Koolhaas quien nos ha dado, de manera delirante, hacia finales de los setenta, una primera nueva imagen de la metrópoli. Aludimos, evidentemente, a Delirious New York. ¿En qué consistía la tesis central de este libro? Consistía en dar una imagen de la metrópoli que, más allá y a través de las planificaciones (siempre, de manera más o menos coherente, desarrollada), vivía todavía de dinámicas, conflictos y superposiciones potentes de estratos culturales, de formas y de estilos de vida, de una multiplicidad de hipótesis y de proyectos sobre el porvenir. Se debía mirar esta complejidad, esta microfisica de potencias desde dentro, para comprender la ciudad. New York, en particular, era el ejemplo de un extraordinario acumularse histórico y político, tecnológico y artístico, de varias formas de programación urbana. Pero no bastaba. Era necesario añadir que la metrópoli era más fuerte que lo urbano. Los intereses especulativos y las resistencias de los ciudadanos imponían y arrollaban a un tiempo, las prescripciones del poder y las utopías de los opositores. El hecho es que la metrópoli confundía y mezclaba los términos del discurso urbanístico: a partir de una cierta intensidad urbana, la metrópoli constituía nuevas categorías, era una nueva maquina proliferante. La medida se desmesuraba. Se trataba pues, a un tiempo, de dar de la metrópoli, de New York, un análisis microfísico, que fuese al encuentro ya sea de los miles y miles agentes singulares, ya sea de las formas de represión y bloqueo que la potencia de la multitud encontraba. Es así que la arquitectura de Koolhaas se eleva a través de grandes medidas de convivencia urbana, que vienen luego revueltas, mutadas y mezcladas en otras formas arquitectónicas… Es una gran narración la que la arquitectura de Koolhaas expresa, la gran narración de la destrucción de la ciudad occidental, para dar lugar a una metrópoli mestiza. No es relevante (aunque útil para comprender) que en Koolhaas el desarrollo arquitectónico sea clasificado de manera funcional a las varias técnicas de la organización del trabajo de construcción. Lo que interesa es exactamente lo contrario: también a través de una corporativización industrial de los agentes de la producción, aquí se percibe cuanto ahora ya la metrópoli se organiza sobre niveles continuos aunque distorsionados, fieles al Welfare aunque híbridos. La metrópoli es mundo común. Es el producto de todos -no voluntad general sino aleatoriedad común. Así la metrópoli se quiere imperial. Los postmodernos débiles son golpeados por Koolhaas. Koolhaas anticipa efectivamente, buscando en la genealogía de la metrópoli, una operación que en el postmoderno maduro deviene fundamental: el reconocimiento de la dimensión global como más productiva y más generosa desde el punto de vista de las figuras económicas y de los estilos de vida. Este esfuerzo critico no es solitario ni neutralizante. Al contrario produce otra critica, la confiada al movimiento real. Por ejemplo, cuando nosotros introducimos elementos diferenciales y antagonistas en el saber de la ciudad, y hacemos de éstos el motor de la construcción metropolitana, componemos también nuevos enfoques del vivir y del luchar -comunes. Todavía un ejemplo entre otros: un propósito de metrópoli y colectivización. Esta vieja palabra socialista está ciertamente ya obsoleta y totalmente superada en la consciencia de las nuevas generaciones. Pero éste no es el problema. El proyecto no es el de colectivizar sino el de reconocer y organizar el común. Un común hecho de un patrimonio riquísimo de estilos de vida, de posibilidades colectivas de comunicación y reproducción de la vida y, sobretodo, del exceso de la expresión común de la vida en los espacios metropolitanos. Disfrutamos de una segunda generación de vida metropolitana, creativa de cooperación y excedente en los valores inmateriales, relacionales, lingüísticos que produce. Esta es la metrópoli de la multitud singular y colectiva. Hay muchos postmodernos que rechazan la posibilidad de considerar la metrópoli de la multitud como espacio colectivo y singular, resistentemente común y subjetivamnte maleable y siempre nuevamente inventada. Estos rechazos sustituyen al analista por el bufón o el sicofante del poder. De hecho nosotros hemos recuperado la idea de las economías externas, de las dinámicas inmateriales, los ciclos de lucha y todo aquello que compone la multitud. New York es postmoderna, en la medida en que ha participado en todas condiciones del moderno, y ahí ha, por así decirlo, consumado en la crítica y en la prefiguración de otro: el resultado es un híbrido, el híbrido metropolitano como figura espacial y temporal de las luchas, plano de la microfísica de los poderes.

3. Metrópoli y espacio global. Es Saskia Sassen quien, antes y después de cualquier otro, nos ha enseñado a ver la metrópoli, todas las metrópolis, no solo, desde Koohlaas, como un agregado híbrido e interiormente antagonista, sino como figura homologa de la estructura general que el capitalismo ha asumido en la fase imperial. Las metrópolis expresan e individualizan el consolidarse de la jerarquía global, en sus puntos más articulados, en un complejo de formas y ejercicio de comando. Las diferencias de clase y la programación genérica en la división del trabajo ya no se hacen más entre naciones sino entre centro y periferia, en las metrópolis. Sassen va a observar los rascacielos para sacar lecciones implacables. Arriba está el que manda y abajo el que obedece; en el aislamiento de los que están más alto está la conexión con el mundo, mientras en la comunicación de los que están más abajo, están los puntos móviles, los estilos de vida y renovadas funciones de la recomposición metropolitana. Por esto nosotros debemos atravesar los espacios posibles de la metrópoli, si queremos reanudar los trazos de lucha, para descubrir los canales y las formas de conexión, los modos en que los sujetos están juntos. Sassen nos propone observar los rascacielos como estructura de la unificación imperial. Pero al mismo tiempo insinúa la sutil provocativa propuesta de imaginar los rascacielos no como un todo sino como un arriba y un abajo. Entre el arriba y el abajo corre la relación de comando, de explotación, y por tanto la posibilidad de rebelión. Los temas de Sassen son recorridos nuevamente fuertemente, en Europa, en los años noventa, cuando, con alguna dificultad, todavía sin embargo eficazmente, algunas fuerzas antagonistas han comenzado a ver en la estructura de la metrópoli reflejarse las contradicciones de la globalización. De hecho, que fuesen rascacielos o no, de todos modos el orden global restablecía un alto y un abajo en la metrópoli, que era la de una relación de explotación que se extendía sobre el horizonte interno de la sociedad urbana. Sassen mostraba los lugares y las relaciones de la explotación y disolvía la multitud devolviéndola al ejercicio disperso de actividad material. De otra parte está el comando. Blade Runner deviene una ficción científica.

4. Anticipaciones históricas. Pero las metrópolis de los rascacielos y del Impero otros las perciben sobretodo como lugares de lucha, que pueden revelar aspectos comunes y sobretodo pueden encarnar formaciones y organizaciones de resistencia y de subversión. El ejemplo que inmediatamente viene a la mente, a este propósito, es el de las luchas parisinas del invierno del ’95-’96. Estas luchas vienen recordadas porque en aquella ocasión los proyectos de privatización de los transportes públicos parisinos fueron rechazadas, no sólo por los sindicatos, sino por las luchas conjuntas de gran parte de la población metropolitana. Estas luchas, sin embargo, no habrían alcanzado nunca la intensidad y la importancia que tuvieron si no fuesen estado atravesadas, y ya primero de algún modo prefiguradas, por las luchas de los sans-papiers, sans-logement, sans-travail etc… Vale decir que el máximo de la complejidad metropolitana abre vías de fuga a toda la povertà urbana: es aquí que la metrópoli, también aquella imperial, se despierta al antagonismo. En los años setenta estos desarrollos y estos antagonismos habían sido anticipados: en Alemania, en los EE.UU., en Italia. El gran pasaje desde el frente de lucha de la fabrica a la metrópoli, de la clase a la multitud, ha sido visto y organizado, teóricamente y prácticamente, desde muchísimas vanguardias. “Tomemos la ciudad” era una parola d’ordine italiana, insistente, importante, arrolladora. Palabras similares atravesaron las Bürger-initiativen alemanas, pero también las experiencias de los okupas en casi todas las metrópolis europeas. Los obreros fabriles se reconocían en este desarrollo, mientras las dirigencias sindicales y las de los partidos del movimiento obrero lo ignoraron. La huelga del billete en los transportes, las ocupaciones masivas de casas, la toma de los barrios para organizar el tiempo libre y la seguridad de los trabajadores contra la policía y los recaudadores fiscales, etc… , en definitiva la toma de zonas de la ciudad, fue un proyecto (per)seguido con mucha atención. Estas zonas se llamaban entonces “bases rojas”, aunque frecuentemente no eran lugares, sino espacios urbanos, sitios de opinión publica. Alguna vez también sucedía que eran decididamente no-lugares: eran manifestaciones de masa que en movimiento recorrían y ocupaban plazas y territorios. Así la metrópoli comenzó a ser reconstruida por una alianza extraña: obreros de fabrica y proletarios metropolitanos. Aquí comenzamos a ver cuánto fue potente esta alianza. Junto a estas experiencias políticas estaba también otro y más amplio experimento teórico. Se comenzaba efectivamente, desde el inicio de los años setenta, a ver cómo la metrópoli no fuera sólo invadida por la mundialización a partir de la cima de los rascacielos, sino también como fuera así constituida desde las transformaciones del trabajo que estaban realizándose. Alberto Magnaghi, y sus compañeros, publicaron en los años setenta, una formidable revista (Quaderni del territorio) que mostraba, a cada número de manera más convincente, como el capital estaba invistiendo la ciudad, transformando cada vía en un flujo productivo de mercancías. La fábrica se encontraba, por tanto, en y sobre la sociedad: esto era evidente. Pero también era evidente que este investimento productivo de la ciudad modificaba radicalmente la lucha de clases.

5. Policía y guerra. En los años noventa que la gran transformación de las relaciones productivas, que invisten las metrópolis, llega al limite cuantitativo, configurando una nueva fase. La recomposición capitalista de la ciudad, mejor, de la metrópoli, se da en toda la complejidad de la nueva configuración de las relaciones de fuerza en el Impero. Ha sido Mike Davis quien, primero, nos ha dado una caracterización apropiada de los fenómenos característicos de la metrópoli postmoderna. La erección de muros para limitar zonas intransitables a los pobres, la definición de espacios para ghettos donde los desesperados de la tierra pudieran/puedan hacinarse, el disciplinamiento de las líneas de circulación y de control que tuvieran orden, un preventivo análisis y practica de contención y de persecución de las eventuales interrupciones del ciclo: hoy, en la literatura imperial, cuando se habla de la continuidad entre guerra y policía global, lo que se olvida decir es que las técnicas continuas y homogéneas de guerra y policía han sido inventadas en la metrópoli. “Tolerancia cero” deviene una parola d’ordine, mejor, el dispositivo de prevención que inviste estratos sociales enteros, también ensañándose con sus opositores o excluidos individuales. El color de la raza o el credo religioso, las costumbres de vida o la diversidad de clase, vienen, de vez en vez, asumidos como elementos que definen la zona represiva en el interior de la metrópoli. La metrópoli se construye sobre estos dispositivos. Como decíamos a propósito del trabajo de la Sassen, las dimensiones espaciales, anchura y altura, de los edificios y de los espacios públicos, están completamente subordinados a la lógica del control. Dónde es esto posible: donde en cambio el capital inmobiliario determina rentas demasiado altas para poder ser sometidas a instrumentos de control directo, a través de la aplicación de procesos urbanísticos pesados, el paisaje metropolitano está cubierto por redes de control electrónico, y recorrido, y excavado, por representaciones de peligro que televisiones o helicópteros diseñan. Dentro de poco sobre cada ciudad se condensaran aquellos instrumentos automáticos de control, aéreos sin piloto, clones policíacos que los ejércitos están normalmente utilizando en las guerras. Pronto las [restricciones] y las zonas rojas se instalarán sobre la lógica de los vuelos de control: el urbanismo deberá interiorizar las formas del control a partir de una globalidad aérea, presupuesta a la libertad de desarrollar espacios y sociedad. Es evidente que, describiendo esto, nosotros exasperamos algunas líneas de tendencia que están de todos modos limitadas y representan solo una parte del desarrollo metropolitano. Efectivamente, también aquí (como en la teoría de la guerra) la enorme capacidad de desarrollar violencia por parte del poder, la así llamada asimetría total, genera respuestas adecuadas: el fantasma de David contra la realidad de Goliat. Del mismo modo la planificación del control sobre la ciudad, la “tolerancia cero”, producen nuevas formas de resistencia. La red metropolitana es continuamente interrumpida, a veces destruida, por redes de resistencia. La recomposición capitalista de la metrópoli construye trazos de recomposición por la multitud. El hecho es que, para darse, el control debe el mismo reconocerse, o hasta construir, en los esquemas transindividuales de ciudadanía. Toda la sociología urbana, desde la Escuela de Chicago hasta nuestros días, sabe que incluso dentro de un marco de individualismo extremo, los conceptos y los esquemas de interpretación deben asumir dimensiones transindividuales, casi comunitarias. Es al desarrollo de estas formas de vida que el análisis debe aplicarse. Se descubren así, en la metrópoli, espacios definidos, localizaciones determinadas de los movimientos de la multitud. Determinaciones espaciales y temporales del hábitat y del salario (consumo), diseñan de nuevo los contornos de los barrios y a caracterizar los comportamientos de las poblaciones. La guerra como legitimación del orden, la policía como instrumento del orden –estas potencias que asumen una función constituyente en la metrópoli, sustituyendo a los ciudadanos y a los movimientos- no consiguen pasar. De nuevo el análisis de la metrópoli remite aquí a la percepción del exceso de valor que es producida por la cooperación del trabajo inmaterial. La crisis de la metrópoli es, pues, desplazada mucho más adelante

6. Construir la huelga metropolitana. Me cuentan que en Sevilla, cuando la “huelga generalizada” se puso en marcha -fue una huelga de 24 horas- por la noche, en todos los barrios, se formaron rondas que a partir de la medianoche bloqueaban los transportes, cerraban las boites de nuit, comunicaban a la ciudad la urgencia de la lucha. Y esto ha transcurrido, con una movilización general sobre el territorio metropolitano, concentrada por la tarde en las grandes manifestaciones de masa, durante toda la jornada. He aquí un buen ejemplo de gestión de la huelga generalizada. Es una huelga metropolitano en la cual se encuentran, durante las 24 horas de la jornada laboral, las varias formas del trabajo social. Sin embargo, todo esto, este formidable movimiento político, no parece suficiente para caracterizar la “huelga generalizada”. Tenemos necesidad de un ahondamiento más amplio, de un análisis especifico de todo pasaje y/o movimiento de recomposición, de todo momento de lucha que pueda confluir en la construcción de la huelga social. ¿Porque decimos esto? Porque consideramos la huelga metropolitana como forma especifica de recomposición de la multitud en la metrópoli. La huelga metropolitano no es la socialización de la huelga obrera: es una nueva forma de contrapoder. Cómo actúe en el tiempo y en el espacio, no lo sabemos todavía. Lo que sabemos es que no será una sociología funcionalista, una de esas que pone conjuntamente las varias formas de la recomposición social del trabajo bajo el control capitalista, para poder diseñar la huelga metropolitana. El encuentro, el choque, y el moverse adelante de los varios estratos de la multitud metropolitana no pueden efectivamente ser indicados sino como construcciones (en las luchas) de movimientos de potencia. Pero. ¿sobre qué el movimiento deviene capacidad de potencia desplegada? Para nosotros la respuesta no alude ciertamente a la toma Palacio de invierno. Las revueltas metropolitanas no se proponen el problema de sustituir al gobierno: expresan nuevas formas de democracia, esquemas destruidos respecto a aquellos del control de la metrópoli. La revuelta metropolitana es siempre una refundación de ciudad.

7. Reconstruir la metrópoli. La “huelga generalizada” debe pues contener en sí misma el “delirante” proyecto de reconstruir la metrópoli. ¿Qué quiere decir reconstruir la metrópoli? Significa descubrir el común, construir proximidad metropolitana. Tenemos dos figuras que son absolutamente indicativas de este proyecto puestas a los términos extremos de una escala de comunidad: son el bombero y el inmigrado. El bombero representa el común como seguridad, como recurso en caso de peligro, como constructor de la imaginación común de los niños; el inmigrado es el hombre necesario para dar color a la metrópoli más allá de dar sentido a la solidaridad. El bombero es el peligro y el inmigrado es la esperanza. El bombero es la inseguridad y el inmigrado y el porvenir. Cuando nosotros pensamos en la metrópoli la pensamos como una comunidad física que es riqueza y producción de comunidad cultural. Nada, como la metrópoli, indica mejor y más el diseño de un desarrollo sostenible, síntesis de ecología y producción, en fin, cuadro biopolítico. Hoy, precisamente en este periodo, estamos soportando el peso de una serie de viejos esquemas, innobles cuanto impotentes, de la socialdemocracia, que nos dicen que la metrópoli puede reproducirse solo si en ella son introducidos los amortiguadores sociales que sirven para monetizar (y eventualmente para reparar) las recaídas dramáticas del desarrollo capitalista. Políticos y sindicatos corruptos están tratando sobre los amortiguadores… Nosotros pensamos que la metrópoli es un recurso, una recurso excepcional y excesivo, también cuando la ciudad está constituida por favelas, por chabolas, por el caos. A la metrópoli no le pueden ser impuestos ni esquemas de orden, prefigurados por un control omnipotente (desde la tierra o desde el cielo a través de la guerra y la policía), ni estructuras de neutralización (represión, amortiguamiento, etc.) que se pretenden internas al tejido social. La metrópoli es libre. La libertad de la metrópoli nace en la construcción y reconstrucción que cada día ella opera sobre sí misma y de sí misma; la “huelga general” se inserta en este marco. Ello es la prolongación, mejor la manifestación, es decir la revelación, de cuanto vive en lo profundo de la ciudad. Probablemente en Sevilla la “huelga generalizada” ha sido también esto, el descubrimiento de esa otra sociedad que vive en la metrópoli durante todo el tiempo de la jornada laboral. Nosotros no sabemos si las cosas son verdaderamente así: lo que sin embargo nos interesa subrayar es que la “huelga generalizada” es una especie de exploración radical de la vida de la metrópoli, de su estructura productiva, de su común.

Traducción: PB

Digitalización: Colectivo NPH

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