Dilemas del comunismo a caballo entre dos épocas

Joaquín Miras Albarrán, Joan Tafalla

“No burlarme de los actos humanos,

ni lamentarme o maldecirlos,

sino comprenderlos”

Spinoza

Las páginas de Viejo Topo acogen desde hace meses un debate político de gran importancia. A través de las opiniones, los interrogantes y las perplejidades que han expresado los diversos participantes emerge un análisis de conjunto muy aproximado sobre la verdadera situación de la izquierda española y sobre los dilemas inmediatos que se le plantean.

En el primer artículo, que tuvo la virtud de abrir el debate, Higinio Polo resumía acertadamente el estado de extenuación, previo a la entrada en barrena definitiva, de Izquierda Unida. Proponía a continuación y como alternativa que la izquierda española volviese a proponerse como proyecto principal la reorganización de un Partido Comunista, que acogiese en su seno las diversas corrientes revolucionarias o emancipadoras existentes – trotskismo, etc.- y cuyo empeño fuese constituirse en la conciencia política de los diversos movimientos sociales nacientes.

Las respuestas al artículo de Higinio Polo recordaron que el nacimiento de Izquierda Unida fue resultado del agotamiento político y el estado de postración organizativa y de fuga de cuadros y militantes de relieve en que se encontraba el PCE.

El balance de conjunto que surge  como resumen de las diversas  opiniones parciales expresadas es que las dos  organizaciones principales de la izquierda española, el PCE  e Izquierda Unida, y sus diversos homólogos en las diferentes nacionalidades se hallan en trance de descomposición y van a la deriva.

Los firmantes de este artículo estamos de acuerdo. Creemos que, si bien las dos organizaciones citadas están integradas por un número significativo de individualidades de  la izquierda de ese país –si no quizá, el mayor número absoluto de las mismas, sí el mayor número de individualidades organizadas-, ambas organizaciones, como proyectos políticos y organizativos están en una crisis terminal.

Hasta aquí la situación empírica, que es fácil de comprobar pero cuya constatación resulta muy dolorosa para quienes pertenecemos a unas determinadas generaciones  y compartimos un determinado pasado y unas vivencias. La falta de explicación plausible de lo que sucede hace más difícil que aceptemos por entero la verdad de la situación que vivimos y nos induce a limitar el análisis, tratando de salvar  las posibilidades de futuro de, al menos,  parte de lo existente. Pero lo cierto es que, como ha dicho Polo (VT, 157) vivimos un fin de etapa político. Pero no sólo de IU, decimos nosotros. Los abajo firmantes creemos que nos encontramos ante el final de la forma histórica que ha adoptado el comunismo en el siglo XX en Europa: el partido comunista de masas. Y apostamos a favor de que el comunismo, como en otras ocasiones, supere esta crisis de una forma organizativa históricamente determinada.

Tampoco es útil  buscar la causa del fracaso político que vivimos –el final de época político- en una hipotética “culpa” originaria, es decir, en el pasado. La Revolución Bolchevique, la URSS, la Tercera Internacional,  en general, el movimiento comunista internacional de siglo XX, en sus diversas corrientes, con sus luces y sus sombras, esperan aún que se realice un balance mínimamente ecuánime de su historia que dará, a no dudar, un resultado positivo. Gracias a ese esfuerzo histórico existimos nosotros, existen las libertades que nos amparan y nos permiten deliberar,  debatir en público y por escrito.  El estudio de esa experiencia, particularmente de  cómo, en lugar de la igualdad y la libertad llegó a instaurarse una sociedad desigual de clases y cómo resultó incapaz de auto reproducirse,  ayudará a la izquierda futura. Pero el balance sobre ese movimiento del siglo XX ya se puede hacer: cosa que solo sucede cuando se pertenece al pasado. De nuevo estamos de acuerdo con Polo: “…Lo relevante ahora es recoger lo mejor de nosotros mismos, examinar el pasado del movimiento comunista extrayendo una nueva sabiduría que impida la repetición de los mismos errores” ( VT, 157. Este es el intento de esta aportación al debate.

“… optimismo de la voluntad”

¿ Sobrevivirá el comunismo la transición de época a la que asistimos? Los abajo firmantes apostamos, deseamos, auguramos que sí. Conscientes de que lo hacemos desde el voluntarismo.  El comunismo entendido como el movimiento real que supera el estado de cosas existentes, sobrevivirá a la crisis irreversible de la forma partido comunista de masas europeo del siglo pasado. Esta afirmación voluntarista deberá pasar el examen de la realidad, deberá recibir la crítica de las armas. Al final de este artículo trataremos de mostrar las condiciones de posibilidad realmente existentes que hacen plausible esta afirmación.

De lo que se trata ahora es de examinar las condiciones sociales que posibilitaron la existencia de partidos comunistas de masas y de examinar hasta que punto esas circunstancias han cambiado. Circunscribimos nuestro análisis al mundo que creemos conocer, sin extrapolar nuestras conclusiones para el mundo mundial. Creemos sin embargo que la crisis del movimiento comunista es internacional y de época y éste es el prisma que se debe adoptar para intentar reflexionar sobre el fenómeno. Creemos, también que a la hora de elucidar cuáles son sus causas resulta interesante hacer constar que no solamente han entrado en crisis irreversible la forma que adoptaron los partidos comunistas sino todos los partidos de masas, tanto los de derechas como los de izquierdas.

A mediados del siglo XX todas las corrientes políticas influyentes en Europa estaban formadas por organizaciones políticas que articulaban en su entorno una multitud de organizaciones sociales de masas, estructuradas, a su vez entre sí, formando un entramado social o civil. Así ocurría con los partidos comunistas verdaderamente influyentes, y  con los partidos socialdemócratas. Pero también sucedía con los partidos demócrata cristianos y con otras fuerzas políticas de derechas, tales como el gaullismo.

En el presente, lo único que queda de ellos, cuando no se han diluido, son agencias electorales más o  menos poderosas, cuyo éxito y vicisitudes  depende de su vinculación con los poderes que controlan los medios de comunicación y de su acceso efectivo a los órganos e instituciones  de poder en el Estado. Este es el caso, a nuestro juicio, de Izquierda Unida, y fue el del PCE.

La desaparición de los partidos de masas es asunto  de gran importancia porque implica que ha desaparecido el instrumento político que ha permitido la participación de las masas en política, es decir, el instrumento que ha hecho que existiera de una manera determinada, y limitada, pero real, la democracia: esto es, la participación del demos en política y su acceso a cotas de poder en la sociedad civil y en el estado. Por cierto con la muerte de lo partidos de masas, no sólo corre peligro el comunismo si no la propia democracia. El sufragio universal, aunque sea condición necesaria, no es condición suficiente para la existencia de la democracia.

A nuestro juicio, la desaparición del proyecto político organizativo concreto, histórico, del partido de masas ha sido el resultado de la desaparición histórica de la base social genética en la que éstos nacen. La extinción de esa base social histórica, es la que imposibilita la reproducción tanto de la forma clásica del Partido comunista como la de su variante aggiornada, Izquierda Unida.

Para aclarar algo más nuestra opinión es preciso que nos hagamos cuenta de lo que es un partido de masas.

Qué es un partido de masas

El primer partido de masas que existió en la historia fue el Partido Obrero Social Demócrata Alemán, que nació y se desarrolló durante el último cuarto del siglo XlX (1875) como resultado de la unificación de dos grupos políticos.  Resumiremos en esquema cuáles fueron sus características.

El partido socialdemócrata, que articulaba en su rededor, a través del sindicato y de múltiples asociaciones cooperativas y culturales a gran parte de la clase obrera, estaba constituido por un núcleo ilustrado de intelectuales y de obreros cultivados, que consideraban tarea suya la agitación. Por esta palabra se entendía la acción de propagación de las ideas políticas y morales  mediante cuya realización se lograría la liberación social de la humanidad, las cuales no eran asequibles espontáneamente a la conciencia de los obreros comunes, y debían ser difundidas mediante la adecuada pedagogía. Pocos decenios después, un socialdemócrata ruso definiría que esta conciencia política plena, revolucionaria, “científica”, era externa a la conciencia espontánea de la clase obrera.

El partido socialdemócrata consideraba estar en posesión de una posición política adecuada gracias a su posesión del saber científico sobre la sociedad. Según la doctrina del partido socialdemócrata, la estrategia para lograr la emancipación social consistía en alcanzar el poder del Estado –si el existente  u otro nuevo, a crear tras la ruptura previa de aquel, sería un debate interno- a través del cual se nacionalizaría la actividad productiva,  y, entre tanto, era su tarea proponer al Estado capitalista existente la adopción de medidas para la mejora de las condiciones de vida de los obreros.

En resumen, la teoría liberal de élites, el positivismo científico y el estatismo son tres rasgos primordiales,  definitorios del modelo originario del partido de masas.

Debemos decir que no siempre había sido esta la concepción política que se había desarrollado en la clase obrera europea. Y que, por tanto, este modelo se abriría paso de la mano de una determinada clase obrera, moldeada por la hegemonía  productiva y social conseguida por un determinado capitalismo, el de la gran fábrica maquinofacturera.

Los textos de los más relevantes intelectuales orgánicos del movimiento democrático revolucionario europeo del periodo anterior, Marx y Engels, son buena prueba de ello. Citemos brevemente:

a.- Sobre el Estatismo.

La componente estatista de la socialdemocracia alemana provenía del grupo de Lassalle. Precisamente cuando se constituía el nuevo partido socialdemócrata,  Marx, que había recibido los textos congresuales, redactaba la Crítica al programa de Gotha. En este texto, entre otras cosas, rechazaba que la clase obrera se planteara reclamar del Estado la asunción de reivindicaciones sociales, tales como la escuela estatal. Establecía una diferencia entre estatal y público, y consideraba la publicidad, ejemplificada con  referencias a la tradición democrática anglosajona, y en la que la comunidad social dirige y controla directamente los servicios e instituciones políticas, como el proyecto democrático revolucionario. Para Marx una clase obrera que confiaba al Estado la solución de sus necesidades es una clase obrera que muestra no estar en condiciones de gobernar la sociedad. El mismo proyecto político democrático y antiestatista se desarrolla en el texto de 1891 redactado por Engels para intervenir en la organización del congreso socialdemócrata alemán que se celebraría en Erfurth.

b.- Sobre la organización política  de la izquierda. La experiencia político organizativa de la clase obrera revolucionaria de 1840, es recogida  y resumida por Marx en una obra de 1846, Miseria de  la Filosofía. En ella se expone cómo alcanza la clase explotada la conciencia política plena, revolucionaria, a la luz de la experiencia de la clase obrera francesa. Según este texto, la conciencia política revolucionaria es resultado de la autoorganización directa de las individualidades obreras en las organizaciones políticas de base, a partir de las cuales, sin intervención de aristocracia intelectual alguna, los explotados desarrollan su experiencia política. No es cierto que Marx y Engels y la generación de revolucionarios en la que se formaron, no tuvieran una concepción teórica clara sobre el papel de la organización política. Lo que sucedía era simplemente que esta concepción de Marx y Engels no consistía en constituir una institución de vanguardia cuyo papel fuera guiar desde el exterior la conciencia de las masas, sino en articular una organización horizontal y abierta que generase el auto desarrollo de las individualidades participantes, mediante la creación de un nuevo ámbito de experiencia directa de las mismas.

c.- Sobre el estatuto epistemológico conferido a la conciencia política revolucionaria.  A tenor de lo resumido, para los intelectuales que recogen la experiencia de la clase obrera de los años cuarenta, el pensamiento político democrático  revolucionario es el resultado de la experiencia individual de explotación, la cual induce  a quien la siente a la organización política; así se genera una nueva experiencia individual, que se  amplía y mejora mediante la deliberación política pública permanente entre los individuos dentro de la red de micro organizaciones políticas –eminentemente horizontales- que compone el movimiento democrático de esos. A ese tipo de pensamiento resultado de la experiencia y de la deliberación pública directa le llaman “consciencia” política; No “ciencia”. La conciencia política revolucionaria es una posibilidad  que se desarrolla a partir del pensamiento cotidiano, “natural”, inherente a cada individuo. La “conciencia” posee pues, un estatuto epistemológica de filosofar praxeológico y es, en esto,  análoga a la idea de razón natural ilustrada, común a todos los seres humanos, y a la doxa –opinión común- en la que se basaba la deliberación política de la democracia clásica. El desarrollo de la conciencia se le confía a la experiencia vital de cada individuo. Es por tanto, radicalmente antropomórfica. Lo contrario de la ciencia, que trata de romper con los límites antropomórficos. La ciencia puede ser instrumentada por la conciencia, pero no la sustituye. La concepción que considera que la política “correcta” es fruto de la ciencia –ciencias políticas, conciencia externa-, es, al menos en el plano intelectual, auto contradictoria con la idea de la democracia: la política correcta sólo puede ser elaborada  por las élites de especialistas que han accedido previamente a ese saber epistémico especializado.

Qué clase obrera era la de la Revolución de 1848

Como podemos comprobar, las dos concepciones políticas que hemos comparado, la de la socialdemocracia y los partidos de masas, y la de la clase obrera democrático revolucionaria de 1840 a 1848 son opuestas por completo. Conviene examinar, dentro los límites de un artículo, que diferencias en las condiciones sociales de desarrollo alimentaban esa oposición.

La clase obrera que desarrolló el proyecto revolucionario de 1848 (en concreto, la clase obrera francesa) estaba constituida en su núcleo central  por obreros artesanos, que luchaban por defender el control sobre la actividad productiva que tenían tradicionalmente, y por sostener la autonomía de la cultura material que ordenaba la reproducción de su vida cotidiana, y que dependía de un  tejido social procedente de la comunidad tradicional, no creado por el capitalismo. La cultura normativa de la economía moral era la herencia civilizatoria autónoma, heredada por esta clase obrera. La sociedad civil cotidiana auto controlada por los trabajadores poseía un enorme espesor.

La experiencia de control sobre la totalidad del proceso productivo, que incluía la posesión de la totalidad de saberes técnicos y teóricos que interviene en la producción, la experiencia de su protagonismo sobre la vida civil desde las organizaciones culturales denominadas gremios (no confundir con un sindicato) y demás organizaciones que constituían el entramado que sostenía y reproducía la sociedad civil, hizo que, el instrumento político que desarrollaron estuviese constituido, según la mejor tradición jacobina, por una multitud de asociaciones horizontalmente relacionadas entre sí. Que no existiese en su interior una división del trabajo que confiriese a una burocracia propia las tareas de dirección  y que el liderazgo del movimiento fuese múltiple y difuso, no por que la valía de esos individuos (Blanqui, Harney, Leroux, Marx, Engels…) fuera escasa, sino por el protagonismo que ejercía la multitud en el movimiento democrático.

Cuando se abrió paso en el movimiento la necesidad de elaborar alternativas políticas a la sociedad capitalista, el proyecto político alternativo fué pensado, no como una delegación de funciones y tareas en el Estado, sino como la asunción de la actividad social  por la propia sociedad civil: la república democrática de los trabajadores. Cuanto más poderoso era el control que ejercían los trabajadores sobre la propia actividad, más radical era el proyecto político deseado. Así, estudios empíricos revelan que eran los maestros artesanos, propietarios de los talleres, más que los oficiales, los que se decantaban dentro de movimiento democrático por el comunismo o propiedad común de los medios de producción.

La clase obrera histórica del partido de masas

Desde pronto los pensadores orgánicos del capital preconizaron que la manera de dominar y someter a los trabajadores era expropiarles de su control sobre el conocimiento que sirve para concebir y ejecutar  la producción y del consiguiente protagonismo y control sobre la actividad productiva. Ya Ure en el primer tercio del siglo XlX, proponía a la clase burguesa desarrollar la lucha de clases desde este frente para descoyuntar el poder obrero y domar así a los explotados. Marx citaría una y otra vez los textos de este intelectual capitalista y les daría mucha importancia.

Desde los años cincuenta los estudios de Marx sobre el desarrollo del capital muestran cómo éste evolucionaba en la línea conscientemente auto propuesta: con la maquinofactura de máquina compuesta se desarrolla, en el nuevo centro de trabajo, la fábrica,  la separación de las tareas de investigación y diseño, y de organización general de la ejecución, que se centralizan y concentran. Verdaderamente las máquinas, en su mayoría, seguían necesitando de trabajadores cualificados artesanalmente, pero éstos ya no dominaban los saberes que organizaban la totalidad del proceso productivo; este saber  quedaba en manos del ingeniero, del químico. Esta tendencia  centralizadora se desarrollaría durante la segunda mitad del siglo XlX y sería analizada y sistematizada por Taylo a principios del siglo XX

Desde fines de siglo XlX, y a principios del siglo XX, la organización técnica del trabajo desarrollaría una nueva fase, hoy denominada Fordismo, y que consistía en la descomposición del trabajo en pasos mínimos, muy triviales y simples, cada uno de los cuales era encomendado a una máquina, con lo que la conducción del trabajo de la máquina no requería calificación alguna y podía ser encomendado a cualquier individuo semianalfabeto o analfabeto integral, recién venido del campo o de la emigración: aquella figura social que Taylor se atrevió a llamar el “gorila amaestrado”, y Negri denominó “obrero masa”.

Paralelamente a la trivialización de los procesos productivos,  los saltos dados por la química posibilitaron la entrada de la industria pesada en la fabricación de artículos para la vida cotidiana. La cultura material cotidiana era invadida por el capital y dejaba de estar bajo control de las organizaciones civiles populares.

El centro de encuentro, de auto identificación, de  lucha, y de dignificación personal, para los asalariados de nuevo tipo, era el interior de la propia fábrica (o la reunión de los trabajadores de la fábrica a la salida del centro de trabajo). Los partidos comunistas de masas europeos estaban asentados sobre la base de grandes células de empresa. Los  sindicatos enraizaban en la clase obrera a través de grandes secciones sindicales. En esos organismos sociales y políticos la clase obrera fordista elaboraba su experiencia social y de lucha sindical y política, tejía su identidad de clase, como se decía entonces, “tomaba conciencia”. Era, una conciencia de clase que surgía de su propia experiencia de trabajo, marcada por la división entre trabajo manual y trabajo intelectual: unos proyectan, diseñan, ordenan, otros ejecutan. Las organizaciones obreras reprodujeron ese esquema y marcaron con ello toda una cultura política y toda una época.

A la hora de pensar posibles alternativas al dominio capitalista sobre la fábrica y en general, sobre la producción, la propia experiencia de impotencia en el control del proceso productivo inducía a la clase obrera a aceptar diversas fórmulas (de la redistribución a la nacionalización) en las que siempre la intervención del Estado era el elemento invariable.

Los obreros conscientes ( o sea los militantes) confiaron la dirección a personas más o menos cualificadas, tanto en lo inmediato – el funcionario sindical de base capaz de interpretar las normativas legales- como en el ámbito político general: delegación en representantes sin poder controlar sus decisiones. Ese era el origen de la burocracia política y sindical  y de la clase política del partido de masas. La nomenclatura, la aparición de cargos dirigentes ungidos de un aura, de una indiscutibilidad y de un  ritual análogos a la del Pontificado Romano está en estas carencias de la clase obrera del siglo XX.          El sentimiento ideológico de que es “ciencia” lo que se teoriza como alternativa política, porque es incomprensible e indiscutible (donde “ciencia” es igual a “misterio religioso”) nace de aquí.

Hubo excepciones: los consejos obreros. Nos referimos tanto los que surgieron en la Rusia revolucionaria, a no confundir con los soviets y que fueron liquidados tempranamente ya durante el “comunismo de guerra”, así como los consejos obreros de Turín cuya experiencia fue estimulada y analizada por un comunista tan “diferente” como Gramsci, o los de la Alemania revolucionaria de los años 18 y 19, o la experiencia sindical de los IWW de los USA, o los consejos de la revolución catalana del 36-37, que algunos afirman que están en la base de la posteriormente fallida autogestión yugoeslava. No hay espacio (y quizás conocimiento suficiente por parte de los autores) para analizar estas excepciones. Posiblemente se trate de las últimas resurgencias del obrero poseedor del conjunto del proceso de producción, del obrero artesano capaz de sustituir al capitalista cuando éste por las razones que sea ( habitualmente un proceso revolucionario) deja un vacío de poder en la fábrica. El fordismo, finalmente, ganó la batalla. Y las organizaciones obreras de masas ( partido-sindicato) acompañaron ese triunfo, transformándose en las únicas alternativas organizativas mayoritarias.

Fin del capitalismo  taylorfordista de fábrica: fin el partido de masas

“…puestos a la tarea de despertar el factor subjetivo, no podemos renovar y continuar los años veinte, sino que hemos de partir desde la base  de un comienzo nuevo, con todas las experiencias que poseemos sobre el movimiento obrero anterior  y sobre el marxismo de los tiempos precedentes… no nos encontramos ahora en los años veinte del siglo XX, sino en cierto modo en los comienzos del siglo XlX, tras la Revolución Francesa, cuando comenzaba a formarse lentamente el movimiento obrero”.

Georg Luckács. En 1966, a sus 71 años.

Tanto lo queda del PCE, como de IU ( y de sus variantes catalanas: EUIA, PCC y PSUC) en España como el PCF o el antiguo PCI ( en sus dos ramas PDS y PRC) son restos del naufragio de esas organizaciones de masas. En un mundo que ha cambiado absolutamente, continúan impregnados de esa cultura obrera fordista. Lo mismo pasa con los grandes sindicatos: su afiliación esencial está en la clase obrera fija, masculina, mayor de 45 años, perteneciente a grandes empresas o al sector público. O sea, están basados en una especie en extinción. Esa es, más allá de las criticables y denunciables renuncias de las direcciones, la base de su baja afiliación. Sus prioridades esenciales, al margen del voluntarismo que puedan poner en dar servicios a sectores nuevos, están basados en esa realidad y es difícil que puedan salirse de ella.

La tendencia a la desaparición en Europa de la fábrica taylorfordista, que hemos presenciado en los últimos veinte años, comporta la del segmento social de los asalariados que han constituido la columna vertebral del movimiento obrero organizado y la base orgánica y de militancia de los partidos de masas. Desaparece la cultura de fábrica que dotaba de identidad a millones de individuos,  que se auto reconocían no por sus modos de vida fuera del centro de trabajo, pues habían sido abandonados al capitalismo del consumo, sino por la experiencia solidaria constituida en cultura, y también por la disciplina que la fábrica desarrollaba en ellos. A pesar de la actividad política, su conciencia  no alcanzó   a asociar el concepto de trabajador explotado-consciencia social- y el de ciudadano –poder único que es la fuente de la soberanía legítima de la sociedad. El “obrero fordista” no poseyó nunca los conceptos operativos, generados a partir de su experiencia de poder, en las relaciones de producción, que rompieran con la hegemonía capitalista y les permitiesen concebir en concreto y aspirar a la superioridad política, a la hegemonía.

En estos años de paso al postfordismo, los partidos de masas, faltos de su base tradicional, se vaciaron rápidamente. Carecían de  relación orgánica privilegiada con un amplio segmento de población organizado en su entorno, cuyas necesidades y aspiraciones eran canalizadas a través de  la organización política en una simbiosis funcional. Las instituciones políticas, perdida su base entraban en el funanbulismo. Trataban de hacerse con una nueva clientela, a partir de las experiencias de poder municipal, con la que no sostenían relaciones orgánicas, que no poseía una identidad fruto de su organización, de sus luchas, de su experiencia común consiguiente, que los homogeneizara y construyera como sujeto colectivo. Las relaciones de subordinación clientelar no crean ni conciencia ni organización. Dependen del partido que esté en el poder y cuando la gestión municipal, por mor del neoliberalismo, se transforma en el reparto de la miseria, las fidelidades pueden cambiar de la noche a la mañana. Véase el caso de la caída libre en que ha entrado la “banlieu rouge” de Paris.

Así las cosas, comenzaba la competencia en el mercado libre por el voto… Nada tan grotesco como el guerrero apache que finaliza sus días actuando en el circo: hace el indio.

Al llegar aquí, hemos cumplido con el objetivo que nos habíamos propuesto: explicar por qué ni el PCE tradicional, a la francesa o a la Togliatti, ni su nueva versión IU, tienen viabilidad. Es por ello por lo que no nos convence, desde el respeto a la opinión de Higinio Polo su propuesta de cerrar IU y volver a presentar el PCE a las elecciones. Aunque sea un PCE producto de una reformulación y de una unidad en que cupieran todos los pedazos de la diáspora comunista, dotados de unas reglas del juego internas transparentes y democráticas. Lo que no sería poco, pero sí sería, a  nuestro modo de ver, claramente insuficiente.

Tampoco nos convence la opinión común, a pesar de los matices, de Monereo y Ferran Gallego en sentido de mantener un PCE- fundación de debates que sea el alma ilustrada y la mala conciencia de una IU que ya no será un movimiento socio-político, sino, como mucho, una agencia electoral. No nos sirve, puesto que ambos instrumentos organizativos no pueden nunca ser, elementos motores de la lucha de clases y de la generación de experiencia y por ende de conciencia. Más bien fungen, por un lado IU como elemento cooptador de élites procedentes de movimientos sociales viejos o nuevos hacia la gestión del sistema y hacia su integración en el Estado, y el PCE-fundación como un elemento de conexión entre la vieja experiencia del partido de masas y la nueva de oficina electoral. Dicho sea esto último, siendo muy indulgentes con la realidad.

Esta alternativa nos podría servir, si en los que realmente comandan ambas organizaciones, hubiera la voluntad de transformar, por una parte a IU en el movimiento político-social que proclama ser desde hace 15 años y al PCE en el intelectual colectivo y orgànico del proceso de reconstitución de proletarido en clase tras las últimas derrotas y dispersiones. Intelectual colectivo y orgànico quiere decir debate y análisis organización de las experiencias de clase, e intervención en los movimientos sociales. La práctica inmediatamente pasada, la práctica actual  y la previsible de ambas organziaciones no transitan por estos caminos.

¿Sobrevivirá el comunismo a la desaparición de los partidos comunistas de masas?

“¿Porqué miro el cambio de rueda

con  impaciencia?”

B. Brecht

Lo hemos dicho al principio: los abajo firmantes apostamos y deseamos que así sea. Pero los deseos no siempre se cumplen. En este apartado final, trataremos de mostrar, brevemente, las condiciones sociales que harían plausible este deseo. Para ello quizá sea útil seguir el consejo marxiano de no “… sacar la poesía del pasado, sino solamente del porvenir…” y tratar de no empezar nuestra tarea “… antes de despojarnos de toda veneración supersticiosa por el pasado”.

El proletariado postfordista, ¿ cómo es? ¿En qué condiciones se desarrolla, se socializa, construye su identidad, si es que lo hace? El espacio disponible nos permite sólo unas pinceladas.

La formas del trabajo han cambiado de forma radical y tienden a hacerlo cada vez más. Alguna de estas formas son más tecnificadas, exigen una fuerza de trabajo más culta que produce más plusvalía y a la que se explota de forma tanto o más acusada que en el pasado. Otras formas del trabajo exigen una fuerza de trabajo dispuesta a cualquier empleo, a cualquier horario, a cualquier forma de contrato. La universalidad de la escolarización hace que las nuevas generaciones se debatan entre el espejismo de ver bastantes hijos de trabajadores en la universidad y el fracaso escolar de amplísimas capas que lanza a partes importantes de la juventud al abismo de la rabia, de la marginación. En ambo casos, el paro y la precariedad serán el signo bajo el cual estos jóvenes harán su experiencia de socialización, y construirán su identidad. El neoliberalismo deconstruye preventivamente la clase tras haberle roto la columna vertebral con las grandes reestucturaciones y desindustrialización de los años ochenta y noventa. La corrosión del carácter implícita en las nuevas formas de tele trabajo o en la movilidad permanente geográfica, funcional y contractual en el sector servicios, también conspiran contra la reconstitución del proletariado en clase.

Las grandes empresa fordistas desaparecen, reducen su tamaño y/o cambian de paradigma de la producción. La división internacional del trabajo facilita la dispersión de los diversos segmentos de la producción, la reducción de los costes del trabajo utilizando la competencia internacional entre los diversos segmentos nacionales de la clase obrera en el mercado de trabajo internacional. En las grandes empresas industriales, la transición del fordismo al toyotismo se realiza de forma paralela a la liquidación de la generación obrera protagonista de las grandes luchas de los sesenta / setenta vía las reducciones de plantilla o los contratos- relevo. Tras esos procesos, quedan plantillas más reducidas, más jóvenes, con mayor formación escolar y técnica y menor memoria de clase, obligadas al trabajo cooperativo, a la toma de decisiones en equipo y a la asunción de responsabilidades por mor de las diversas formas del toyotismo. Las deslocalizaciones, las externalizaciones, las subcontratas, la temporalidad contractual y la multiplicación de los turnos de trabajo, vienen a complicar aún más la posibilidad de unificar a la clase. El traspaso de la memoria històrica de clase se transforma en prácticamente imposible

El proceso  de fragmentación de la clase a golpes de reforma laboral y gracias al crecimiento de la precariedad condiciona duramente el proceso. Asistimos al pase de la sociedad del pleno empleo a la sociedad precaria. Este modelo de sociedad busca la disponibilidad y la flexibilidad total de la fuerza de trabajo, la desregulación y la individualización totales de la relaciones laborales así como la desaparición de los sindicatos como portadores del conflicto social.

Por otra parte, las corrientes migratorias son utilizadas de forma consciente con la finalidad de hacer crecer el ejército industrial de reserva, de agudizar la competencia interna en la fuerza de trabajo disponible en cada estado, alimentando las contradiciones internas de la clase con un discurso racista. Si sumamos este fenómeno al del fracaso escolar al que hemos aludido más arriba, a la descomposición de la familia tradicional, cuyo papel educativo no puede ser suplido por una escuela sin medios, encontaremos bases para el crecimiento del racismo y del fascismo en nuestras conurbaciones

Muchos trabajadores poseen una formación muy superior a la que sería requisito para su trabajo. Un segmento de trabajadores, gracias a las nuevas tecnologías han adquirido mayor control sobre la actividad que ejercen. Diversos tratadistas (Piore, Sabel, Revelli, Negri, Trentin, Coriat, etc. ) muestran que las nuevas tecnologías punta rompen  con la lógica del control y de la subsunción real del trabajo al capital, y abren un  nuevo frente a la lucha de clases. Son trabajadores cuyas tecnologías exigen de la permanente activación de la concepción y la ejecución, al estilo de los antiguos artesanos de mediados de los años cuarenta del siglo XIX que dieron nombre a su movimiento: comunismo.

Si es cierto que la diferenciación por segmentos se ha acrecentado con respecto a la homogeneidad del periodo fordista, en el que con todo existían diferencias que no se supieron comprender ni resolver adecuadamente, no es menos cierto, que tras la homogeneización civilizatoria generada por el capitalismo del consumo, en el periodo anterior, estas diferencias son muy relativas, y más si tenemos en cuenta las verdaderas diferencias que existían entre los diversos segmentos que, mediante la organización, y la deliberación política pública hicieron posible la constitución de la clase obrera (Making classe) en clase en el siglo XIX, como nos mostró  Thompson.

Desde el 1 de enero de 1994, conocemos formas de resistencia y de rebelión a nivel mundial que auguran un futuro para el comunismo ( quizás no tanto para lo partidos herederos o restos del naufragio de los partidos comunistas). Chiapas, el MST, Corea  del Sur, Indonesia, Francia en el 95, Italia… La movilización antiglobalización neoliberal con Seattle, Praga, Niza, Barcelona, Génova… la movilización antiguerra imperialista en Afganistán. Sin embargo, al menos en Europa, aún son patrimonio de una vanguardia amplia y,  salvo en Francia, aún no afectan a las entrañas del sistema productivo, a la sala de máquinas del capitalismo, allí donde el sistema ejerce su hegemonía. Allí donde, en primer lugar, debe reconstituirse la subjetividad revolucionaria.

Las futuras formas de organización política del comunismo seran fruto del conjunto de individualidades que participen en el proceso constituyente de la nueva subjetividad revolucionaria. En definitiva, en la re-constitución del proletariado en clase para sí, para decir lo mismo con otro utillaje conceptual. Cada individualidad, cada grupo social aportará su opinión fundamentada en su experiencia vital, que, por ello, es absolutamente verdadera. Esta reconstitución deberá basarse en la deliberación pública, en la libertad de palabra y de opinión, en el espíritu cooperativo, en la ausencia de autoritarismo…  En fin, en la democracia como fundamento organizador de la futura clase obrera constituida en demos.

En resumen, los abajo firmantes creemos que si bien las condiciones son difíciles, existe base suficiente y amplia para la reconstitución de los trabajadores en clase, para quepueda prender una opción comunista en el siglo que hemos empezado.

Pero, ¿ y en el interín?

Pero bueno, pensarán algunos lectores lo que empezó como una polémica sobre la conveniencia de presentar un cartel electoral u otro se ha tranformado en otra cosa. ¿Qué solución práctica nos proponen estos escribanos?

Ciertamente no era otra la intención de los abajo firmantes: cambiar de tercio. Entrar en lo práctico. Reconocer que no hay posibilidad de que ni IU, ni EuiA, ni el PCE, el PCC o el PSUC tengan espacio electoral sin que previamente se haya dado una periodo importante de reconstitución de subjetividad transformadora. Que las rentas electorales de las luchas de los sesenta/ setenta se han acabado o les queda sólo un ciclo lectoral para llegar a su fin. Que ser pragmático no es nada práctico. Dicho en otras palabras: que continuar debatiendo hasta la saciedad el cartel electoral no habiendo espacio socio- político no solo no sirve de nada: es el camino más corto haca la desaparición.

¿Que hacer en el interín? Volverá a inquirir el pragmático. Si la pregunta trata de encontrar una respuestra en el terreno de la fórmula electoral, confesamos inmediatamente nuestra incompetencia. No sabemos, en la actual situación qué cartel electoral sea el más útil. Como excusa para nuestra incompetencia quizá podamos aducir que no creemos que haya nadie que lo sepa. Mal de muchos… Quizá una prudencia elemental consista en no tocar nada, en  preservar lo que hay ( IU), en espera/preparación/ organización de un nuevo ciclo de luchas, de un despertar de la subjetividad.

Ahora bien, mientras el espacio electoral se reduce progresivamente en el camino de la desaparición, ¿ qué se puede hacer para hacer para tender puentes entre el viejo comunismo del siglo XX y el neocomunismo que viene y vendrá en el presente siglo? Quizás cuatro o cinco cosas elementales: reconocer que el terreno privilegiado de la política no es el estado ni las instituciones si no la sociedad civil; invertir todos los esfuerzos en el desarrollo de sociedad civil alternativa, en movimientos sociales de constestación al sistema y no en los de integración en el mismo; hacer encuesta militante ( como en Italia) sobre la nueva composición de la clase obrera; conservar e innovar el patrimonio teórico; difundirlo entre las nuevas generaciones; renovar el concepto de democracia, de política, de estato y de revolución; practicar fuera ( en los movimientos sociales y en las instituciones donde aún estamos) y en el interior de las organizaciones ( IU. PCE, PSUC, PCC; sindicatos…) la democracia participativa , abandonando la prácticas de delegación que crean, indefectiblemente las burocracias con intereses corporativos, al margen, e incluso contra, el proyecto dela reconstitución la autonomia del sujeto.

Y paciencia, mucha paciencia. Quien no la tenga tiene dos caminos : el de casa y el de la tercera via. Sencillo, simple… Si todo lo demás ya lo hemos practicado con los resultados que podemos apreciar, , ¿por qué no le damos una oportunidad al sentido común?

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