Todo un mundo quechua por ganar

Mila de Frutos

De cómo el heterodoxo revolucionario José Carlos Mariátegui logró articular las ideas de socialismo y nación.

Las primeras impresiones percibidas al abordar la lectura de los “7 ensayos de interpretación de la realidad peruana” revelan frescura, realismo y fuerza expresiva del relato histórico-político ofrecido, cuya vocación parece consistir en la fijación de las vigas maestras para la correcta comprensión de las estructuras sociales, económicas y políticas del Perú.

Sorprende también constatar que ese proceso no se halla sometido a ningún esquema teórico predeterminado más allá de la concepción materialista de la historia, así como el empeño con que José Carlos Mariátegui evita constreñir el desarrollo histórico del Perú a una hipótesis o línea preexistente. Agrada confirmar la ausencia de cualquier dogma teórico de obligado acatamiento. El enfoque analítico empleado evoca la obstinada actitud del viejo Marx de comenzar con el estudio de la historia de los pueblos cuyas estructuras presentes pretendía desvelar. Consigue fijar un retrato realista del mundo en el que vive porque evita aplicar al proceso de revelado, correctivos tendentes a la obtención del resultado esperado. La antropología y la historia comparada ocupan, como en Marx, un lugar destacado, elementos difíciles de hallar en los marxistas contemporáneos de Mariátegui, más preocupados en aquel momento por los misterios de la praxis.

Y es que no podemos olvidar que estamos en los años veinte, que la patria de los trabajadores del mundo se encuentra peligrosamente acosada por las potencias capitalistas y que el pueblo ruso se halla profundamente pauperizado tras casi una década de guerras y revolución; de manera que el internacionalismo proletario demanda la unilateralidad de la defensa de Rusia. Y, opera, por otro lado, el fracaso de diversos intentos revolucionarios en países mucho mejor situados teóricamente que Rusia, hechos que exigen la reelaboración teórica de una praxis tan colosal y determinante. Sin embargo, también es cierto que, junto a estos importantísimos elementos objetivos se hallan mezclados otros factores menos épicos, tales como el sesgo eurocentrista heredado de la burguesía colonialista, con su tiranía de las razas superiores e inferiores, y una rígida ortodoxia marxista levantada a la defensiva del revisionismo instaurado por Berstein y de la traición cometida por la socialdemocracia alemana que concluye con el asesinato de los dirigentes revolucionarios Rosa Luxemburgo y Carlos Liebneck.

Mariátegui viajó por Europa y permaneció dos años en Italia, asistiendo a la fundación del emblemático Partido Comunista Italiano; y aprendió mucho del formidable movimiento obrero europeo y de sus intelectuales y teóricos. Pero también comprendió con mayor claridad que el Perú no era Europa y que necesitaba oponer al eurocentrismo hegemónico la idea de lo autóctono; y a la ortodoxia marxista unidimensional el concepto de realidad nacional: la nación quechua y el comunismo inkaico.

Los 7 ensayos constituyen la obra fundacional de una historiografía nacional peruana materialista, que logra superar una de las grandes cuestiones que la tradición marxista no había resuelto definitiva y satisfactoriamente, como es la correcta articulación de la nación y la clase social (la otra será la articulación del género y la clase), problema que había sido abordado desde un contexto europeo en que las vigorosas burguesías nacionales habían construido los estados-nación contra la clase trabajadora y contra los pueblos colonizados, apropiándose oportunistamente, a la salud de sus beneficios capitalistas, de todos los componentes culturales nacionales. Nuevamente comprende Mariátegui que América no es Europa (lo mismo que Lenin y el partido bolchevique habían comprendido en el terrero práctico que Rusia no era, ni podía ser, Inglaterra); y por este inexplorado camino de la realidad nacional logrará abrir las puertas socialistas a los movimientos de liberación nacional.  “Éste es un instante de nuestra historia en que no es posible ser efectivamente nacionalista y revolucionario sin ser socialista”, dice. ¿Por qué?

El imperio inkaico había levantado una estructura económica socialista, a la que Mariátegui denomina comunismo agrario, tomando en cuenta que es colectiva la propiedad de la tierra, que es colectiva la propiedad del agua, de los bosques y de los pastos, y que el trabajo se desarrolla de modo comunitario y en régimen de cooperación. Es una fórmula comunista que no puede ser negada por la existencia de la estructura autocrática del imperio, si aplicamos, afirma, una mínima dosis de relativismo histórico que nos ayude a comprender que el comunismo adquiere formas diferentes según la sociedad o la civilización que lo construya. Autocracia y comunismo son conceptos antagónicos hoy, pero no lo eran en el siglo XIV o XV, donde no existía el concepto de libertades individuales, las cuales por otra parte no podrían tener la misma dimensión en aquella sociedad agraria de economía y propiedad socialistas, donde el robo y la herencia eran desconocidos y donde la comunidad satisfacía las necesidades y resolvía los problemas de todos sus miembros.

La conquista española interrumpe por la fuerza, aniquila ese comunismo inkaico agrario que ofrecía una existencia relativamente feliz a 10 millones de quechuas, y lo sustituye por una estructura económica con elementos feudales y esclavistas, orientada y supeditada a las necesidades de la metrópoli, a la obtención de las riquezas naturales mediante el método de los trabajos forzados y el saqueo. En tres siglos de dominio español los diez millones de quechuas se vieron reducidos a un millón. Y la revolución de la independencia no logra (ni pretende) resolver el problema de la tierra, manteniendo básicamente la estructura del latifundio. Las tierras recuperadas por la nación quechua para su régimen de comunidad, el ayllu, son insuficientes y pobres, y en muchos casos, expropiadas nuevamente por los gamonales en cuanto algún comunero se encuentra en dificultades económicas.

El recuerdo del Tawantinsuyo socialista y del esplendor incaico permanece latente en los cerros, valles y quebradas andinas. Subsiste en la memoria como paraíso robado y única esperanza de emancipación indígena. Ese recuerdo y una férrea voluntad de recuperar la dignidad y las tierras perdidas, resurgen periódicamente en forma de rebeliones o insurrecciones indígenas sofocadas en sangre, conformándose una sólida tradición revolucionaria del campesinado indígena en la que podría germinar fácilmente el moderno anhelo revolucionario, y suplir de ese modo la delgadez del proletariado industrial peruano, propiciando el salto desde una realidad semicolonial al socialismo.

Aunque no se encuentran alusiones al levantamiento tupamaro en los 7 ensayos, es obvio que la concepción mariateguista del proceso histórico, no podía ser ajena a una ofensiva tan extensa y paradigmática contra el dominio español como la lucha encabezada por Túpac Amaru, siendo como fue, un movimiento que incluso anticipa o preludia ciertos elementos de su análisis político, dada la envergadura del componente de liberación nacional que contiene y la magnitud continental que alcanzó.

Se había ido formando a lo largo del siglo XVIII una cierta conciencia nacional entre las comunidades indígenas que reivindicaban lo autóctono mientras crecía el desprestigio del poder colonial y la resistencia. Hasta que por fin despunta un desafío que cristaliza en la mayor insurrección indígena conocida en América Latina contra el dominio español, contra la mita (obligación de trabajar gratuitamente en las minas, a veces durante la vida entera, lejos del ayllu), contra los obrajes (trabajos obligatorios en fábricas textiles), contra la avaricia de los corregidores, contra la esclavitud de la raza negra y contra la marginación de indios, mestizos, mulatos, negros y zambos, que tenían vetado el acceso a la enseñanza, a los empleos públicos, al sacerdocio, al ejército e incluso a montar a caballo. También perseguía este movimiento la expulsión de los criollos europeos, salvo los sacerdotes, que es tanto como aspirar a la independencia. Un conde de Alba y virrey del Perú nos brinda un amargo y gráfico testimonio, revelador del tipo de explotación indígena colonial: “las piedras de Potosí y sus minerales están bañadas con sangre de indios, y si se exprimiera el dinero que de ellos se saca habría de brotar más sangre que plata”.

El 4 de noviembre de 1780 estalla el levantamiento encabezado por el mestizo Túpac Amaru (descendiente de un inka) con la ejecución en la plaza pública del corregidor Arriaga y la supresión de obrajes y mitas, iniciándose a continuación una marcha sobre la capital de la provincia. Con las primeras victorias tupamaras, miles y miles de indios, al grito de “ya tenemos rey inka”, se incorporan a las filas rebeldes y la sublevación se extiendo por toda la provincia del Perú y el Plata.

Micaela Bastidas compartió con José Gabriel Túpac Amaru la dirección del alzamiento y parece que su iniciativa y su energía eran incluso mayores que las de su marido. Dirigía la vida de la retaguardia y cumplía funciones de lugarteniente. Encabezó tropas indígenas y reprochó a Túpac Amaru la negativa a marchar con todo el poder rebelde sobre el Cuzco, la capital del Tawantinsuyo, tras la primera victoria indígena, comenzando incluso a reclutar soldados para encabezar esa marcha ella misma.

Pero pronto, un ejército bien armado y entrenado, de más de 17.000 soldados españoles, venció a unas huestes indígenas mal pertrechadas; y el revolucionario Túpac Amaru, Micaela Bastidas y buena parte de los hombres y mujeres de su familia fueron apresados y ejecutados en la horca o a garrote, y descuartizados por cuatro jinetes.

Pese a ser descabezada, la rebelión india continuó su lucha bajo mando de Diego Cristóbal Túpac Amaru, hermano del ajusticiado José Gabriel, que trasladó su cuartel general al Callao. Unos 40.000 indios asediaron La Paz en dos ocasiones durante 109 y 64 días respectivamente. Los ecos de la rebelión llegaron hasta Córdoba (Argentina) y la Plata, donde se formaron núcleos rebeldes capitaneados por el mestizo José Quiroga.

El 27 de enero de 1782 Diego Cristóbal Túpac Amaru firma un tratado de paz que establece el fin del reparto de los corregidores, la prohibición de la mita y los obrajes y el indulto de todos los rebeldes capturados, una genuina victoria material y moral, pero este tratado de paz fue pronto violado por las autoridades coloniales españolas y toda la familia del dirigente tupamaro perseguida y ejecutada o desterrada a cárceles de la península. Marcela Castro y Diego Cristóbal Túpac Amaru, condenados en la misma sentencia, fueron arrastrados por un caballo, colgados de la horca, descuartizados y exhibidos sus miembros en los postes de los caminos.

Tanto el feudalismo colonial como el latifundismo de los gamonales instaurado por la República, sometieron a la raza india a una profunda miseria moral y material, insuperable mediante la aplicación de medidas humanitarias, educacionales o filantrópicas porque el problema del indio hunde sus raíces en el régimen de propiedad de la tierra que la revolución de la independencia no logra (ni pretende) resolver. La clase social emergente, los gamonales, reproduce el mismo régimen de propiedad de la tierra y de servidumbre indígena, quedando por tanto incapacitada y deslegitimada para diseñar y dirigir la construcción del nuevo Perú. De manera que la reconstrucción de la nación quechua surge como alternativa viable y pareja al desarrollo de un proceso revolucionario socialista enraizando en el comunismo inkaico tradicional y vertebrado por las células de las comunidades quechuas.

Junto a estos elementos centrales, el problema del indio y el problema de la tierra, estudia Mariátegui otros factores que vienen a completar su interpretación de la realidad peruana, tales como el modelo de instrucción pública, el factor religioso, el problema de la unidad nacional y el proceso de la  literatura.

A los modelos de enseñanza fracasados (tanto el colonial, orientado a la formación de clérigos y doctores, como el de la república, orientado al impuso capitalista pero sin proceso democratizador político y económico), a estas dos fórmulas de instrucción pública fracasadas y excluyentes del campesinado indígena, opone un modelo popular surgido del enorme movimiento estudiantil por la reforma universitaria del Perú, que se extendió por toda la América Latina durante los años 1919 y 1920, cuyo producto más original fue la creación, al margen de las instituciones, de las universidades populares, a partir de núcleos de estudiantes e intelectuales que en estrecha colaboración con sectores conscientes del proletariado comienzan a difundir ideas sociales avanzadas y a estudiar las teorías marxistas y la Historia.

También es crítico Mariátegui con la ortodoxia anticlerical marxista porque considera que convierte en un nuevo dogma, en otra iglesia, el ateísmo racionalista europeo. Antes de condenar la religión inkaica, prefiere analizar las razones de una tradición tan profundamente arraigada en el alma india, y descubre que el sentimiento religioso andino está muy alejado de la concepción de los grandes monoteísmos, que es más un código moral que una creencia metafísica, se identifica con el régimen social y político de la comunidad quechua y se preocupa antes de los asuntos terrenales que del reino de los cielos. Comprueba que esta religiosidad carece de abstracciones complicadas, elude violentar los instintos y las costumbres naturales y es más propensa a la paz que a la guerra.

Parece, así, más que probable que esta original tradición, sumada a la valiente defensa que de los pueblos indígenas hicieron algunos religiosos como el padre Bartolomé de las Casas, y el recuerdo de las vivibles misiones jesuíticas, conecta y preludia fenómenos tan sorprendentes (¿o no?) como la teología de la liberación.

Las prácticas mágicas, el sentimiento panteísta y el animismo que aún hoy subsisten en los Andes, son elementos que el criollo costeño Mario Vargas Llosa se ha mostrado incapaz de comprender en su novela Lituma en los Andes, en la que ofrece una visión cruel, unilateral y despectiva de las creencias mágicas andinas, y de los diablos, pishtacos y mukis que habitan los cerros andinos (eso sí, ejemplar en cuanto a creación literaria). Pero de la sierra parece haber surgido por fin, como pronosticaba José Carlos Mariátegui, una corriente literaria indigenista de calidad, de la mano (o de la pluma) de algunos indios y mestizos como Manuel Scorza o José María Arguedas, quienes logran pulsar con maestría las persecuciones de los líderes campesinos, las revueltas indígenas, los castigos a los comuneros insolentes, las crueldades de las autoridades administrativas, la pobreza y la vida cotidiana andina, con humor, en un estilo emparentado con el realismo mágico colombiano, poniendo al servicio de la construcción nacional su novedosa originalidad creativa.

Este dualismo literario moderno es la expresión de un dualismo preexistente en toda la estructura política y social peruana, que Mariátegui consideró irresuelto, dada la  existencia de dos razas, dos lenguas, dos mentalidades, dos formas de sentir y de valorar, representadas geográficamente en la costa y en la sierra, que tiene su origen en la conquista del Perú autóctono por una raza extranjera incapaz de eliminar o absorber a la raza indígena, debiendo optar el Perú entre el indio y el gamonal para desbloquear el dilema entre revolución y decadencia.

Así describe y explica Mariátegui el Perú de los años veinte en el que vive; así interpreta el desarrollo de un proceso histórico que no pude ser reducido arbitrariamente a previsiones teóricas emanadas de realidades alejadas y distintas; así descubre el ADN social que va a determinar el carácter singular del socialismo peruano y de su proceso revolucionario desde unas estructuras sociales, económicas y políticas concretas, es decir desde una realidad peruana única; la cual exige la creación de un tipo particular de partido con raíces en la tradición propia, determina una composición específica del sujeto revolucionario peruano, demanda la unificación, un mismo proceso, de construcción nacional y de socialismo, y prescribe, finalmente, el diseño de una estrategia y unas tácticas emanadas de todos estos factores predeterminados.

Pero, lamentablemente, el concepto de realidad nacional, sobre el que después una multitud de movimientos revolucionarios soberanistas van a ser teorizados y construidos en clave socialista (como Cuba, Vietnam, China, Nicaragua o Euskadi) resultaba heterodoxo, extraño y ajeno a los postulados manejados por la corriente hegemónica de la Internacional Comunista (a la que estaba adscrito el socialismo peruano pese a sus discrepancias teóricas). Donde Mariátegui veía y argumentaba un extenso proceso histórico nacional (una realidad peruana), la Internacional veía sólo un país semicolonial que debía seguir metódicamente la línea correcta de la descolonización, desarrollo del capitalismo, formación del proletariado industrial y revolución socialista. Ignoraba la Komintern que el capitalismo no impulsaba el progreso y la riqueza de los países colonizados porque venía de la mano del imperialismo, y éste esparcía sus prendas más genuinas de atraso, dependencia, subordinación, empobrecimiento y destrucción de las estructuras económicas nacionales. Y el salto directo al socialismo desde una realidad semicolonial y semifeudal no pudo ser comprendido en aquel momento por la Internacional Comunista.

Donde Mariátegui proponía un sujeto revolucionario en el que integrar, junto al minúsculo proletariado, un magnífico campesinado indígena de larga tradición revolucionaria y tendencia al comunismo, la Komintern veía sólo un proletariado exiguo a la espera de un probable y futuro desarrollo capitalista.

La Internacional había llamado a la formación de partidos obreros monolíticos con dirigentes y cuadros fuertemente proletarizados, escindiéndose de los reformistas partidos socialdemócratas, y de nombre comunista, pero lo que era una necesidad y una estrategia correcta para Europa se desvelaba erróneo para un país que no contaba todavía con un partido al estilo de la II Internacional ni con una mínima estructuración de la clase obrera, por lo que el socialismo peruano demandaba una praxis más realista,  optando por la construcción de un partido revolucionario de masas, integrado por obreros, campesinos, artesanos e intelectuales de izquierda, con rasgos propios, gestado lentamente, y de nombre socialista, denominación asociada en el Perú a la Tercera y no a la Segunda Internacional, a diferencia de Europa y algunos países latinoamericanos con un mayor desarrollo de la clase obrera.

El Partido Socialista del Perú fue fundado en 1928 vinculándose a la III Internacional. Se definía adscrito al marxismo revolucionario y rechazaba taxativamente el reformismo de la II Internacional, domesticada por los estados burgueses e incapacitada, por tanto, para dirigir el proceso de construcción del socialismo. El programa político aprobado por este Partido intentaba conjugar pragmáticamente la estrategia insurreccional a largo plazo con el realismo más elemental de los objetivos tácticos concretos, y lograba articular la defensa de lo nacional y la necesidad del internacionalismo.

Una revista social, Amauta, dirigida por José Carlos Mariátegui, se convirtió en el órgano de expresión espontáneo de una generación de trabajadores, estudiantes e intelectuales peruanos cuya razón existencial y destino histórico se circunscribía a la gestación acompasada del partido de la revolución peruana. No era una revista de agitación coyuntural o de respuestas tácticas a los problemas inmediatos, sino de pensamiento crítico estratégico, de análisis marxista y de reconstrucción de la Historia indo-americana, pero junto a estos elementos teóricos no faltaban aportes complementarios de tipo poético, artístico y cultural. La revista Amauta era diseñada en los imprevisibles debates surgidos de la tertulia que cada tarde tenía lugar en la casa de José Carlos Mariátegui entre las seis y las ocho, que convocaba a personas del ámbito estudiantil, obrero o intelectual sin cita previa ni orden del día. Esta dinámica y bien estructurada revista política y cultural logró cimentar, vertebrar y ensanchar una conciencia de clase bien fundamentada, preámbulo del instrumento, dos años después, de la emancipación nacional: el partido comunista.

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