La Caverna de Platón

Frei Betto

En el libro 7º de La República Platón cuenta que Sócrates propuso a sus oyentes que imaginaran un grupo de prisioneros encadenados en una caverna, sin poder moverse nunca. Afuera hay una hoguera, cuyas llamas proyectan dentro de la caverna las sombras de quien pasa delante de la entrada. Los prisioneros, que nunca pueden volverse hacia el mundo exterior, creen que las sombras y el eco de sus voces son reales.

El capitalismo, en sus inicios producía en función de las necesidades humanas. No se invertía en algo que el consumidor juzgara innecesario. La superproducción inventó la publicidad para invertir el proceso: ya no es el consumidor quien busca el producto, es el producto quien se impone al consumidor.

El avance tecnológico y los diseñadores fomentan la mercancía descartable. No basta con tener una radio; es necesario tener la radio más nueva, de líneas atractivas, menor formato, capaz de funcionar con pilas. De ese modo, gracias a la publicidad, lo superfluo se convierte en necesario.

En esta su fase neoliberal, en pleno auge de la posmodernidad, el capitalismo introdujo el mercado como supremo paradigma. Si en el período medieval el paradigma fue geocéntrico, y la fe figuraba como reina del saber; si en el período moderno el paradigma antropocéntrico hizo que la fe cediese su lugar a la razón; ahora el mercado no se interesa por la persona religiosa o racional, se interesa por la consumista. Y cuanta menos razón más emoción, lo que lleva al consumidor a contemplar embebido un nuevo computador o los vehículos expuestos en el Salón del Automóvil. Así el capitalismo llega a nuestro inconsciente.

Ahora bien, de espaldas a la concretez de la existencia e indiferentes a su historicidad, tomamos las sombras por realidades. El sentido de la vida se traspasa de la fe (corazón) y de los ideales (razón) para centrarse en los objetos poseídos. Se vive en función de los bienes finitos. Hasta para el joven habitante de una favela el zapato tenis de marca es más importante que la escolaridad y que la formación profesional.

La persona es lo que se tiene y se ostenta, no los valores y propósitos que asume. Las apariencias cuentan más que el ser, y aunque no sea cierto, tiene el socorro milagroso de la mercadotecnia para convencernos de que hace bien a la salud la bebida de soda que descalcifica, imprime seducción la cerveza que alcoholiza, da status el carro lujoso. ¡Y hasta merece la pena votar al político desvergonzado revestido de ética!

Si los bienes finitos superan a los infinitos, y el deseo converge hacia el absurdo y no hacia el Absoluto, no es de extrañar que las frustraciones sean proporcionales a las ambiciones. Todos envidian el alpinismo de sus ídolos incensados por los medios de comunicación, aunque de ellos sólo conozcamos las sombras proyectadas en la pantalla de la televisión y de las revistas, pues estamos irremediablemente de espaldas a la puerta de la calle, convencidos de que el personaje representado por aquellos que exhiben fama, poder y riqueza es más real que sus mismas personas. (Traducción de J.L.Burguet)

– Frei Betto es escritor, autor de “Tipos típicos”, entre otros libros.

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