Crítica cinematográfica: A Land Imagined (Singapur, 2018)

Cristina García González

“This is the dead land/here the stone images are raised” –escribía proféticamente el poeta T. S. Eliot en 1941. Sus ojos no habían podido ver aún las toneladas de arena que serían transportadas desde Malasia o Indonesia hasta la isla de Singapur, ni los rascacielos financieros elevándose allí donde una vez hubo canoas de pesca y hutongs.

La película A Land Imagined comienza con un recorrido por las entrañas de la bestia: la industria litoral de Singapur, uno de los proyectos de ingeniería más ambiciosos de la humanidad. Gracias a estas infraestructuras y a la explotación salvaje del trabajo de miles de hombres, la isla ha aumentado su territorio en un 22% durante los últimos 60 años, metro a metro de arena comprada. Las consecuencias inmediatas de tal labor colosal son: reducción o desaparición de las islas cercanas suministradoras de arena (más de 300 millones de metros cúbicos anuales de suelo vendido), destrucción total de las reservas de pesca y corales, o bloqueo de importantes ríos de la isla. “Recuerdo que todo esto era mar hace 30 años”, dice un personaje. “¿Quién recuerda cómo era esto hace 30 años?”

El film se desarrolla a partir de la figura de Lok, un policía que investiga la repentina desaparición de un trabajador chino en las playas de Singapur. Enseguida descubrirá otra desaparición sospechosa, esta vez de un obrero bengalí. Siguiendo los últimos pasos de estos hombres, Lok se adentra en la asfixia de sus vidas: dormitorios compartidos sofocantes y ruidosos, un capataz cruel que confisca pasaportes, un permanente goteo de accidentes laborales, jornadas de trabajo interminables y la distracción única de un cibercafé de madrugada, comandado por una joven aburrida, y el consuelo de sus videojuegos. Al otro lado, el skyline de rascacielos millonarios y los aviones que aterrizan sobre una sofisticada pista que se abre paso por el océano.

A Land Imagined es una película sobre el terrible trabajo tras los milagros económicos y arquitectónicos de Singapur. Bajo la tierra de las playas artificiales y lujosas hay vidas sacrificadas. El crecimiento económico no conoce límites, como tampoco parecen conocerlo el crecimiento territorial de la isla, la sed de trabajo humano prácticamente esclavo, o el misterioso mundo de internet y videojuegos al cual se entregan los obreros de madrugada. Esta falta de límites se plasma en la fotografía del film, encadenando encuadres de neón y barrocos paisajes industriales en un movimiento de cámara angustiante y sinuoso, que mezcla el pasado, el presente y el futuro en un purgatorio de presencias volátiles –combinación equilibrada del estilo de Wong Kar Way con el de David Lynch y con un toque de nuevo cine negro.

El joven director Yeo Siew Hua mereció, por A Land Imagined, el premio a la mejor película en el festival de Locarno de 2018. No es habitual hallar cine de Singapur, y de tanta fuerza crítica, entre los grandes premios anuales, hecho tal vez relacionado con la sensibilidad de Jia Zhangke, director chino de cine alternativo y presidente del jurado en Locarno. Todo parece apuntar a que Yeo Siew Hua tiene un largo y fructífero camino por delante en el arte de rodar historias sobre el devenir de nuestro mundo.

 

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