De la transición al poder constituyente
Futur Anterieur, nº 2, L´Harmattan, Paris, 1990, pp. 38-53
1. El comunismo como objetivo mínimo
A partir del Bersteindebatte, tanto la tradición revolucionaria como la reformista han considerado siempre el socialismo como un periodo de transición entre el capitalismo y el comunismo ( o, según la terminología socialdemócrata, el pos capitalismo) y, por lo tanto, como un concepto independiente el primero y del segundo. Que los socialdemócratas hayan abandonado enseguida el terreno de la utopía para reconocerse como simples administradores de la modernización capitalista es un problema, pero se convierte en el nuestro desde que, por un juego de manos, esta transición que todos llamaban socialismo es hoy definida como comunismo. La responsabilidad mayor de esta banalización de la utopía proviene sin duda de las ideologías del estalinismo y de los políticos del “futuro radiante”. Lo cual no altera en absoluto nuestro deprecio por los que en la actualidad celebran unánimemente el fin del comunismo, transformándolo en apología del estado actual de cosas.Pero volvamos a nuestra distinción. Ni el Marx de La comuna de París, ni el Lenin de El estado y la revolución, han considerado el nunca socialismo como una época histórica: lo han concebido como un periodo de transición, corto y poderoso que hacía realidad la extinción del aparato de poder. El comunismo vivía ya en la transición, como su motor, no como un ideal, sino como una subjetividad activa y eficaz –que se enfrentaba con el conjunto de las condiciones de producción y reproducción capitalistas, reapropiándose de ellas, y podía con esta condición destruirlas y superarlas. El comunismo, en tanto que proceso de liberaciones definía como el movimiento real que destruye el estado de cosas actual.
Durante los años treinta el grupo dirigente soviético consideró el socialismo como una actividad productiva que crea, cueste lo que cueste, las bases materiales de una sociedad en competición con el ritmo de su propio desarrollo y el de los países capitalistas A partir de este momento, el socialismo no se identifica tanto con la superación del sistema del capital del trabajo asalariado como con una alternativa socioeconómica, al capitalismo. En el socialismo, según esa teoría sobreviven ciertos elementos del capitalismo: ahora bien, uno de los dos, el Estado, se encuentra exacerbado en las formas autoritarias extremas; el otro, el mercado, se halla ahogado y eliminado como criterio microeconómico del cálculo del valor. Tanto la posición luxemburguista, que insistía en el proceso democrático, creativo, antiestatal, de la transición, como la trotskista, cuya crítica se refería a la totalidad de las relaciones de explotación en el mercado mundial, fueron destruidas. Lo que ha tenido como consecuencia en el primer caso, la atrofia, después la asfixia mortal del intercambio político; en el segundo el estrangulamiento del socialismo en el interior del mercado mundial, o la imposibilidad de recuperar mediante líneas interiores el impetuoso desarrollo de la lucha de clases antifascista y revolucionaria que en el curso de diferentes épocas se ha desencadenado a escala mundial. Y por más que se insista –y nosotros mismo estamos profundamente convencidos de ello- sobre el alma revolucionaria de la reforma gorvachoviana, verdaderamente no parece que la Unión Soviética pueda recuperar ya esta función hegemónica en la lucha de clases que la revolución de 1917 le había asignado.
La Plaza Roja ha dejado de ser, desde hace mucho tiempo, y a través de innumerables tragedias, el punto de referencia de los comunistas. Dicho esto, el comunismo vive.Vive allí donde la explotación persiste. Constituye la única respuesta al anticapitalismo natural de las masas. O más bien, cuanto más se reproduce el capitalismo, más se extiende y enraíza dl deseo del comunismo –determinando, por un lado, las condiciones de producción colectiva, por otro, una irresistible voluntad colectiva de reapropiarse libremente de las mismas-. El que, en la orgía actual de anticomunismo, crea sinceramente que la explotación y la voluntad subversiva han desaparecido no puede sino evidenciar su ceguera. Ha llegado por lo tanto el momento de volver a repensar la transición comunista como algo que se constituye -como pensaban los clásicos del marxismo- en el seno del desarrollo capitalista. Desde los años sesenta, a corrientes críticas del marxismo occidental habían trabajado en ese sentido, sin ilusiones respecto a la Plaza Roja y al socialismo de la pobreza. El comunismo, como objetivo mínimo, constituye desde entonces el único tema de la ciencia política de la y transición. Sobre este punto se han acumulado una enorme cantidad de experiencias y conocimientos. El método es materialista: sumergir el análisis en el modo de producción actual, reconstruir las contradicciones que se anuncian, bajo figuras siempre nuevas, entre éste y los procesos los sujetos productivos, criticar la modernidad y sus consecuencias trabajar en la recomposición de las subjetividades colectivas y sus redes de comunicativas, transformar el conocimiento en voluntad consecuente. Nos encontramos, pues, ante una serie de prerrequisitos del comunismo que viven en nuestras sociedades y que han alcanzado u nivel de madurez sin presentes. Y si la palabra “prerrequisito” asusta e insinúa la sospecha de que confrontáosla realidad con un ideal, don´t wory: Nuestra única teleología es la que extraemos del dicho marxismo “es la anatomía del hombre la que explica la del mono”.
2. La irreversibilidad de las conquistas obreras
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