Barcelona: Diagonal, 527
10 de diciembre de 2008, 11 horas, homenaje a Manuel Sacristán
Barcelona, enero de 1984. Estaba matriculado en un curso de doctorado que impartía Daniel Quesada sobre “Semántica lógica”. Manuel García-Carpintero, uno de los más grandes filósofos analíticos que ha dado este país, también participaba en él. Junto con Ramon Cirera y Fina Pizarro entre otros. Acabamos la sesión algo tarde aquel día, hacia las 14:30. Fui al buscar el autobús, el 7, a la Diagonal. Me dejaba cerca de casa después de un recorrido de unos 50 minutos. Al subir vi a Manuel Sacristán, acompañado de su segunda esposa, Mª Ángeles Lizón. No me atreví a saludarlo, no quería importunarle. Él me reconoció. Trabajé durante 12 años en un banco y, lo confieso con rubor, usé algunas veces horas sindicales en mis últimos años para ir a sus clases, a las que asistí sin matricularme durante tres o cuatro cursos. Fue, pues, Sacristán quien se levantó, me saludó amablemente y me preguntó cómo me iban las cosas. Balbuceé alguna respuesta incomprensible, le hablé del curso de Quesada, le comenté que había seguido otro curso con él hacía dos años sobre La estructura de las revoluciones científicas, el mismo año en que él había impartido un seminario, al que también asistí, sobre Kuhn y su clásico de historia y epistemología de la ciencia. Le comenté que también seguía otro curso con Mosterín sobre metrización de conceptos sociales. Se interesó por él. Poco pude decirle, su parada se acercaba. Me dio la mano y ambos se bajaron poco después. Su casa, en Diagonal 527, no les quedaba lejos.
Nos había hablado en una ocasión de ella en sus clases de Metodología de las ciencias del curso 1981-1982, a propósito de Roszak, de la deshumanización de las ciudades y de la racionalidad (o no) de ciertas aproximaciones críticas a la tecnociencia contemporánea y a la misma civilización capitalista contemporánea. Tomando pie en apuntes (que Sacristán aconsejaba no tomar) y en trascripciones de las clases de ese curso, la cosa fue del siguiente modo.
Esa casa, en la que yo nunca estuve, lo sé por amigos, discípulos, familiares y compañeros de Sacristán, esa casa en la que vivían Giulia Adinolfi, Vera Sacristán y Manuel Sacristán, fue un activo y muy visitado polo político-cultural en la Barcelona en los años setenta y ochenta.
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