Un punto de encuentro para las alternativas sociales

La obra de E.H. Carr sobre la Rusia soviética

Pepe Gutiérrez-Álvarez

          Después de pasar por una época en la que parecía cobrar vida aquella pesadilla que describía Trotsky en su inacabado Stalin, y en la que se preguntaba sobre lo que podría haber ocurrido en el caso de que once de los doce apóstoles de Jesús hubieran tomado partido por Judas, no estará de más recordar que existieron ejemplos –y existirán sin duda- de conservadores que toman partido por le comunismo y la revolución…Estoy hablando de Edward Halleath Carr (1), quien además de ser un marxista tardío puede ser justamente considerado como  uno –sino el que más- de los historiadores más exhaustivos y riguroso sobre la compulsiva historia de la Rusia Soviética, tema al que dedicó buena parte de su vida, y que apareció publicada en castellano en la segunda mitad de los años setenta, en una fase en la que autores como Carr, se imponían tanto a la escuela de falsificaciones oficialistas que comenzó a instaurarse en la URSS después de la muerte de Lenin, y a la “sovietología” dedicada a descalificar una experiencia en la que querían ver el estigma totalitario como algo inherente a su propia existencia… 

        La monumental Historia de la Rusia Soviética, a la que el célebre historiador británico dedicó aproximadamente un tercio de su larga existencia (2). La última entrega se cerró con la edición del estudio sobre las relaciones exteriores de la Rusia soviética durante los años que van desde 1926 a 1929, concluye la entrega del cuarto apartado, cuyo título general es "Bases de una economía planificada". Sobre la importancia de esta obra escribió muy tempranamente (1954). Isaac Deutscher que fue posiblemente el crítico que más influyó sobre E.H. Carr: “El mérito notable de Carr consiste en que él ha sido el primer genuino historiador del régimen soviético, Ha emprendido una tarea de enorme alcance ya gran escala (,..) Contempla la escena con la imparcialidad del que está, si no au-dessus de la melée, al menos au-delá de la mêlée. Desea dejar a sus lectores la comprensión, y él mismo investiga los hechos y las tendencias, los árboles y el bosque. Es tan austeramente concienzudo y escrupuloso como penetrante y agudo. Tiene instinto especial para ver el esquema y orden de las cosas, y presenta sus hallazgos con lucidez. Su Historia tiene que ser estimada como un logro verdaderamente notable (3) .

      La Historia del profesor Carr cobró en su momento nuevos relieves en un momento como el presente en el que con la reedición de la "guerra fría", la cuestión del comunismo y de la URSS ha recobrado sus añejas con­notaciones demoníacas, y en la que -como ya ocurrió en los años cincuenta­ una hornada de antiguos liberales izquier­distas renegados se citan a la hora de des­calificar como "muy sospechosa" una obra como la suya en la que se ve el perverso deseo de justificar la URSS, la actuación de un falso demócrata y científico a la manera de los viejos "compañeros de viaje" (cate­goría de la que formaron a veces la peor parte algunos de los anticomunistas más furibundos de la época), y lo en el mejor de los casos, de un "ingenuo optimista" ante las conquistas del sistema soviéticos. El propio Carr en una de sus contadas decla­raciones públicas ha replicado con vigor estas acusaciones y ha subrayado su tras fondo (4).

        Uno de los méritos incuestionables de Carr es de por sí la propia obra. Se trata, sin lugar a dudas, del trabajo más documentado y riguroso que se ha escrito hasta el momento sobre la formación de la URSS y su publicación marca un antes y un des­pués en una bibliografía que por su ampli­tud sobrepasa a cualquier otro aconteci­miento del siglo, y dentro de la cual el capítulo de los que merecen el olvido es muy superior a los títulos imperecederos. El mérito siguiente radica en el equilibrio ana­lítico del autor, tiene su capacidad para no ceder a más presiones que las exigidas de su propia y exhaustiva investigación. Se puede hablar en este sentido de un tour de force gigantesco no sólo por la extrema amplitud de la empresa cuya complejidad desbordó el proyecto inicial de ocho volú­menes, sino también del esquema mental de un hombre que empezó su viaje como un conservador opuesto a la utopía revolu­cionaria y lo concluyó dominando una con­cepción de la historia renovada tal como se manifiesta en su obra teórica ¿Qué es la his­toria?, que "representó en su época un valiente ataque contra las ortodoxias de la "guerra fría" y durante dos decenios ha gozado de merecido renombre por ser la crítica más radical y accesible de los su­puestos que subyacen en la práctica histó­rica ortodoxa. Es una mezcla rara de ele­gancia de viejo estilo y compromiso con el cambio revolucionario"(5).

       El propio Carr estima en el prefacio de uno de sus volúmenes que todavía queda mucho por hacer, particularmente en lo que se refiere a los problemas de la política exterior soviética ( no en vano su obra pós­tuma tiene como eje el VII Congreso del Komintern), sobre la que existe una inmensa documentación dispersa en los archivos de numerosos países (por ejem­plo, todavía se está por escribir un estudio serio sobre el papel de la URSS en la España de los años treinta), sobre todo en los soviéticos que, como es sabido, tienen bloqueado su acceso. Esto último ha obli­gado a Carr a investigar en base a un material por lo general ya conocido, proble­ma que en opinión de expertos como Isaac Deutscher, Carr ha resuelto, pudiendo afir­mar que ((es dudoso que los archivos, cuando sean abiertos, obliguen al historia­dor a revisar fundamentalmente el cuadro que ahora puede formar sobre la base de los materiales ya publicados (6). En otro de sus prefacios Carr hace constar las incon­veniencias pero también las ventajas que conlleva analizar un tiempo históricamente tan próximo: en pocas vicisitudes históricas se reflexionó tanto y tan abiertamente sobre los hechos, y nunca una dirección revolucionaria ha poseído una conciencia histórica tan extremadamente desarrollada como la tuvo la élite militante y dirigente del bolchevismo y del primer comunismo internacional.

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Siglo XX Grácil, amargo, áspero, tres anotaciones sobre una autobiografía

Rossana Rossanda

Quería la luna, de Pietro Ingrao. Retrato privado de un hombre público. De la clandestinidad antifascista a la larga militancia en el grupo dirigente comunista. De los recuerdos sobre su amada Laura a las preguntas sobre el fallecimiento del PCI.

Cuando Pietro Ingrao publicó en 1986, su primer libro de poesía (La duda de los vencedores, Ed. Mondadori) más de uno quedó confundido: cómo podía ser aquéllo; era el dirigente comunista más querido, el más firme, el seguro punto de referencia en la crisis del partido, y de repente revelaba una dimensión personal propia tumultuosa e inquietante, que pugnaba por encontrar un espacio en la forma, era como si dijese: no os pertenezco por entero a vosotros, mi comunidad política. Hoy, al volver sobre su vida, (Quería la luna, Einaudi, pp. 376, 18,75 €) aparta de sí nuevamente el icono de líder del pueblo y padre de la patria, de una pieza, el que en la sobrecubierta habla a las masas, de rostro aseverativo y mano levantada en ademán de exhortación. El icono –según dicen sus páginas-, es la cristalización forzosa de una trayectoria, interior y pública, de la cual, en el momento de hacer cuentas, se reordenan prioridades y pesos, y corre un gran riesgo de parecer vanidad. Ingrao sabe que es un hombre público, y se atiene a ello, incluso si acepta ceder algo al halago, pero sopesa sus logros y admite sus errores. Es una vida auténtica. El propio título abre un interrogante. ¿Quería lo inalcanzable o simplemente aquello que quería se ha quedado lejos? La respuesta queda en el aire. Pienso en los versos de Eluard: “Et s’il était à refaire, je referais ce chemin”. Sí, si hubiera que volver a hacerlo, volvería a recorrer este camino”. Con algo menos de ilusión o de arrogancia comunista.¿Y con qué resultado? Su actual camarada de partido, Fausto Bertinotti, no cesa de citar los versos de Kavafis en Itaca: lo importante no es el destino, sino el viaje. Pero el destino da sentido al viaje. El destino de Ingrao es que la revolución de los oprimidos contra la opresión, que está por realizarse, será distinta de como él la imaginó durante su anterior militancia y el sujeto de la misma será múltiple. Como camino, permanece, con todos sus escombros, el leninismo – estalinismo, pareja de sustantivos a los que todavía no se había enfrentado. Y la violencia

Un retiro sin aspavientos

A diferencia de su último trabajo de investigación, Anotaciones finiseculares (manifestolibri) en el que se interrogaba en primer lugar sobre la precarización del trabajo, Quería la luna, recorre, a partir de su propia experiencia personal cincuenta años de historia del siglo XX. Desde su infancia en el seno de una familia meridional de señores pobres, contradicción relevante, a su formación intelectual y política, ya de joven, en la (grácil) resistencia romana, y a la larga militancia en la cúpula del PCI, que se convierte en la posguerra en enfrentamiento (áspero) con la arrogancia del estamento dominante y con los campos en los que el mundo quedó dividido. Después vendrá la (amarga) división en el partido, preludio de una derrota mucho mayor, hasta la muerte de Moro.¿Por qué la muerte de Moro? Ingrao no había sido un incondicional del compromiso histórico, conocía suficientemente a la Democracia cristiana como para dudar del mismo, se lo había dicho a Berlinguer, no había sido escuchado y se había mantenido al margen. La razón es interior: desde aquel año no volverá a aceptar cargo alguno en el PCI, comenzando por la presidencia de la cámara que el partido quería encomendarle por segunda vez, después de habérsela encargado anteriormente para quitárselo de encima en la sede Botteghe Oscure. Siente “la necesidad de reflexionar sobre el fracaso de la estrategia del PCI en Italia”, sobre Europa, sobre el mundo que cambia. Quiere estudiar, investigar, comprender. Se trata de hacer política, pero ya no de “hacer de político”. Ingrao siempre ha abrigado dudas sobre la “febrilidad del hacer”, y no se ha hecho nunca ilusiones sobre lo que sea o deje de ser hacer de político. Se retira sin aspavientos. En el libro se trata esto en tan solo unos pocos, secos, renglones, antes de concluir con la figura solitaria y emblemática del Disperso de Marburgo, según el relato de Nuto Revelli. No abandonaba la militancia activa a causa de la edad; tiene en esa época alrededor de sesenta años y, por otra parte, aún no hace un par de años se incorporaba a una manifestación atravesando una Roma atascada en el sillín posterior de una moto. La dejaba a consecuencia de sus dudas, sobre las que había meditado largamente, respecto de la capacidad del partido para entender la evolución de los acontecimientos y de hacerles frente. En aquel momento se mantuvo en silencio al respecto, y en la actualidad no le achaca la responsabilidad de ello a éste o aquél. Y, a mi juicio, no porque haya llegado a la conclusión de que, desde el comienzo, el intento comunista estaba llamado a fracasar, porque su fruto estaba agusanado. En el crepúsculo de la izquierda que también fue la suya, siempre estuvo atento al despuntar de aquéllos que él ha sido el primero en llamar “los nuevos sujetos”. Pero en buena medida debe haber dejado de creer que el PCI lo comprendiese, y tampoco cree que ninguno otro lo haya entendido mejor. Vano, cuando no peligroso, debe haberle parecido el tormento padecido durante los años setenta. El adjetivo que más frecuentemente surge de su pluma ahora es “amargo”. Pero sin resentimientos. También él ha fallado, se ha equivocado. ¿En qué? En la supeditación al modo de ser del partido. Ésta le pesa mucho más que los errores de análisis y de previsión, de los cuales aquél es una causa. Si en la actualidad no propone una lectura diferente del cambio en las relaciones de fuerza, acaecido de los años sesenta en adelante, es por la complejidad del envite, no se le escapa la envergadura de la misma, y es una firme convicción suya que tan sólo un gran partido –no un totum revolutum de opiniones, sino un “intelectual colectivo”- hubiera podido hacerle frente. Pero, ni siquiera él mismo, recalca, ha podido apuntar preguntas y respuestas. Es demasiado severo consigo mismo. Muchos de nosotros sabemos que estaba mucho más atento que los otros dirigentes al cambio de las cosas, y que sobre ello ha pensado y escrito mucho. Aunque nunca se resolviera a extraer las consecuencias de ello cuando el partido no las extraía, Ingrao estuvo siempre un poco fuera y más allá de la línea del partido, pero estaba convencido de que no se hace política en solitario. Como si dentro de él resonase el brechtiano: “Camarada, no existe razón al margen de nosotros”

Tanto más cuanto existe una íntima consonancia entre su formación y la de la cúpula comunista italiana, la propia de su generación: una fuerte impronta moral antifascista, nacional – popular más que marxista, una aguda sensibilidad en favor de los oprimidos más que por los explotados, más por los vejámenes infligidos por los patrones o por el aparato represivo del estado que por el mecanismo capitalista de producción, que se le antoja abstracto, e incluso casi no humano. Humanismo contra “economicismo” es la “vía italiana”, y siempre me ha reprochado ser economicista. Este talante moral al que se ha plegado (porque se plegaba también) incluso Gramsci, y que en el debate interno, ha sido convertido inadecuadamente en la disputa entre meridionalistas nacional – populares y septentrionales – cosmopolitas, ha sido dentro del PCI, mucho más decisivo que la obediencia a la Vulgata marxista leninista de la URSS. En Ingrao se encuentra reforzado por aquel “historicismo absoluto”, que es lo contrario del determinismo (los poperianos jamás lo entendieron) y que procede del poshegelianismo filtrado a través del tamiz de Labriola y Gramsci. El descubrimiento cálido del abuelo garibaldino confluye con una Weltanschaung caracterizada por el entrelazamiento entre Risorgimento, antifascismo, democracia y opresiones del presente.

El cuerpo y la sangre del partido

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¿Hay que linchar a Lenin?

Pepe Gutiérrez-Álvarez

          El centenario del nacimiento del bolchevismo,  el cincuentenario de la muerte de Stalin (1953) o los ecos de la revolución húngara de 1956, por no hablar de las diferentes polémicas, por ejemplo en KAOS, pueden ocasiones tan buenas como cualquier otra para  volver a reconsiderar la posible vigencia de Lenin.

        Históricamente, Lenin fue  de  las  figuras  mayores del  Partenón  de  las izquierdas hasta 1989, y  actualmente duramente maltratada incluso desde la izquierda transformada, todo en aras de la “corrección política” impuesta por la restauración conservadora. Se puede decir que el derrumbamiento de sus (odiosas)  efigies se ha convertido  en uno de los emblemas de la época como daría fe (con la presencia de sus enormes estatuas erigidas tras su muerte por su instrumentalización "religiosa" efectuada por el estalinismo, ahora desguazadas a consecuencia del desplome del régimen soviético) fílmicamente La mirada de Ulises  (To Vlemma   tou Odyssea, Theo Angelopoulus, Grecia, 1995); al igual que antes, desde un ángulo muy diferente lo fueron, entre otros muchos (1), respectivamente, el retrato tan "providencial" de su llegada a la Estación de Finlandia tomado de las crónicas de John Reed desarrollado en Octubre ("Oktiabr",  S.M.  Eisenstein,  URSS,  1927, y que tanta impresión causó sobre varias generaciones o sobre mentes en principio tan excépticas como la de André Gide,  o desde un enfoque disidente su (presumible) llanto con ocasión de la intervención de los tanques rusos para  poner fin a la  "primavera  de Praga", imagen reproducida  La  Confesión  (L’Aveu,  C. Costa-Gavras,  Francia-Italia, 1979). Estas dos imágenes vistas desde la izquierda de Lenin resultarían actualmente "inaceptables" en los ámbitos del pensamiento único, no solamente en el conservador tradicional sin también en los códigos del socialiberalismo (2). 

      Al mismo tiempo en que se daban grandes pasos en la concentración de las riquezas en unas pocas manos, y se incrementaba el mal social,  se imponía una moda en la que las tentativas de alternativa al capitalismo (incluyendo las más recientes como la revolución sandinistas) aparecían como culpables de "totalitarismo", y Lenin ocupaba el lugar de Stalin, para personalizar toda la aventura revolucionaria del siglo XX, o sea no ya la deformación de un revolución, sino el carácter intrínsecamente perverso de ésta. En este tiempo "linchar" moralmente a Lenin se convirtió en una seña de identidad, no solamente de los anticomunistas sino también de buena parte de la "intelligentzia" instalada cuyo furor restauracionista llegaría hasta juzgar a los representantes de mayor del 68, de sospechosos de antiimperialismo trasnochados, cuando no sueño utópicos que (irreversiblemente) llevan al abismo totalitario.

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Mi vida, de León Trotsky, una obra de encargo

Pepe Gutiérrez-Álvarez

      Acaba de aparecer en las librerías la reedición de Mi vida de Trotsky, un ensayo autobiográfico que fue el primer libro escrito por Trotsky en su tercer (y definitivo) exilio. No fue una idea propia sino que le fuer propuesto por un editor alemán, el director de la Fischer Verlag, que viajó expresamente a Constantinopla con dicha finalidad, y supo ser lo suficientemente persuasivo para llevarse el visto bueno de Trotsky, por entonces considerado poco menos que un “caballo muerto” por Stalin, de no ser así no lo hubiera dejado marchar. Trotsky nunca había escrito nada parecido, era un escritor al que según confesión propia, le costaba mucho escribir, lo que no fue obstáculo para que en sus ya copiosas Obras (que se habían empezado a editar como tales en Moscú por la mitad de la década), figuraban toda suerte de escritos, desde el ensayo teórico hasta la historia (de 1905) pasando por los más diversos artículos sin olvidar excursiones en el ámbito biográfico entre los que cabe situar sus Perfiles del socialismo y sus trabajos sobre Lenin.   

        Pero una cosa eran aquellos retratos de los que era tan amantes y otra entrar en el suyo propio, lo que a pesar de sus confesadas reticencias tuvo empero que hacer cuando la “troika” compuesta por Zinoviev, Kamenev y un tal Stalin (con el soporte de Bujarin), comenzaron a contraponer su antiguo menchevismo con la codificación de algo llamado “marxismo-leninismo”  del que nadie había hablado seriamente en vida de Lenin. Una y otra vez tuvo que poner sobre el papel  la defensa de su actuación, y ahí están textos del alcance de Las lecciones de Octubre o de La revolución desfigurada, de manera que, por más que en aquel momento su principal obsesión pasaba por la construcción de una Oposición de Izquierda internacional, aceptó la propuesta como un desafío literario, pero también como un servicio a la causa, ofreciendo una visión alternativa a la denigratoria que se estaba forjando, y lo cierto es que el libro pasó a ser un auténtico best-seller, y el mejor arma propagandística del incipiente “trotskismo”, un concepto que por aquel entonces todavía no tendría las connotaciones que tendría solamente unos pocos años después.  

      Se puede decir pues que Mi vida sería algo así como el principio de una batalla por la verdad histórica y por una memoria revolucionaria cada vez más groseramente deformada por un escuela de falsificación estaliniana de la que, afortunadamente, ya apenas si quedan defensores. Pero también es mucho más que eso, es una obra literaria que figura entre las mejores de su género, comparable a la de verdaderos clásicos de todos los tiempos y sin apenas parangón en el terreno de la política.  Sus primeros capítulos dedicados a la infancia, al contexto familiar,  los años escolares, a los inicios de la aventura militante, su encuentro con los círculos socialistas y los obreros de Nikoláiev, su descripción de ambientes y personajes, detalles como su pasión por la lectura y por el libre debate, retratos como los del marinero Markin o Rakovsky, son verdaderamente deslumbrantes. Su autorretrato se convierte en un punto de mira desde el que ofrece una panorámica del movimiento obrero y de la revolución rusa desde los primeros pasos hasta el presente, con brillantes disquisiciones sobre su primer y segundo exilio, capítulos sobre los que Trotsky fue dejando su profunda huella, baste recordar el retrato entre analítico y costumbristas que ofreció en su opúsculo Mis peripecias en España, por no hablar de las peripecias francesas o norteamericanas, que fueron mucho más trascendentes de lo que nos dice al autor. 

      Su edición española tiene –además- una historia propia. Apareció en la primera fase –la trotskiana de Juan Andrade- de la editorial Cenit en 1930, y la tradujo del alemán Wenceslao Roces, quien protagonizaría la segunda fase de Cenit, y plenamente estaliniana. Personaje harto complejo, Roces se adaptó tan profundamente al estalinismo que se le ha llegado a imputar (sin que nadie lo haya negado, ni tan siquiera él mismo) la responsabilidad del libelo (cuya reedición está prevista en Espuela de Plata, Sevilla, con prólogo de Pelai Pagès) titulado Espionaje en España, firmado con el seudónimo de Max Rieger y avalado por un prólogo del peor José Bergamín, que sirvió como arma propagandística en la tentativa de trasladar los “procesos de Moscú” a España, con el POUM como principal “chivo expiatorio”; todavía en 1938 se editará en Barcelona otro texto similar, La alianza del trotskismo y el fascismo contra el socialismo y la paz, esta vez con la firma de P. Lang (¿Pedro Laín?). 

       Esto significa también que la presente reedición como todas las habidas desde la muy popular de Zero-ZYX de 1972, no recoge la lectura y las correcciones que Trotsky efectuó antes de ser asesinado para la edición francesa que no llegaría a concretarse hasta 1953, en una edición de Gallimard preparada por Alfred Rosmer quien además añadió un apéndice sobre la trayectoria de Trotsky desde que redactó el prólogo (Prinkipo, 14 de septiembre de 1929) hasta su muerte, un detalle que sí incorpora la edición de Tebas de 1979 y a cargo de Jaime Pastor que también contribuyó a preparar una edición revisada de la Historia de la revolución rusa, posiblemente la siguiente reedición de este gran clásico del socialismo cuyas memorias fascinaron a personajes muy lejanos, por no decir totalmente opuestos, a su ideario, entre ellos François Mauriac (cuyo texto se puede encontrar en www.fundanin.org). De hecho, la lista de reseñas entusiastas es muy amplia, por ejemplo, hay una de Juan Carlos Mariátegui que un día de esto habrá que dar a conocer.  

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El proletariado no pertenece más que a sí mismo

Nicolás González Varela

Autodefensa, Autonomía, Solidaridad    

En torno al 1º de Mayo   

 "El 1º de mayo el proletariado no pertenece más que a sí mismo…   La calle le pertenece a ellos, a ellos solos.   Sin preocuparse de que desfilan en país enemigo,   van radiantes, sin inquietud, seguros del porvenir.   No deben compartir ese día, como los otros días de reposo,   con sus adversarios y enemigos.   Este día les pertenece, es solamente de ellos"  (J- Diner-Dénes, 1907)     ""Qué hemos dicho en nuestros discursos y en nuestros escritos?  Hemos explicado al Pueblo sus condiciones y las relaciones sociales; le hemos hecho ver los fenómenos sociales y las circunstancias y leyes bajo las cuales se desenvuelven; por medio de la investigación científica hemos probado hasta la saciedad que el sistema del salario es la causa de todas las iniquidades, iniquidades tan monstruosas que claman al cielo… Yo creo que el estado de castas y clases, el estado donde una clase vive a expensas del trabajo de otra clase (a lo cual llaman "Orden"), creo y digo que esta forma bárbara de organización social, con sus robos y asesinatos legales, está próxima a desaparecer…  Si creéis que ahorcándonos podrán contener al movimiento, este movimiento constante en que se agitan millones de hombres que viven en la miseria, los esclavos del salario… ¡Ahorcadnos!" 

(Discurso de August Spies, trabajador alemán, ante el Tribunal, 1886)     

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El cambio político (1962-1976) Materiales para una perspectiva desde abajo

Xavier Domènech Sampere

La historia social –tradicionalmente ocupada más en la historia de los de abajo que en la historia desde abajo–, se ha preocupado poco de interpretar la transición política, mientras que la historia política se ha ocupado aún menos de explicar la historia social de la transición. Y si lo primero es realmente sorprendente, ya que entre las mejores obras sobre el franquismo y el período de la transición se pueden contar las monografías de historia social, lo segundo no lo es tanto a juzgar por la calidad de la mayoría de historias políticas de la transición al uso.

Esta formación en paralelo de la historia social y política tiene una explicación fundada. Y es que el paradigma explicativo de la transición cumple, a la vez que una función “científica”, una clara función normativa en la legitimación de origen del orden político actual. Lo que pasó durante las oscuras horas de la dictadura y confusos años de la transición es fuente de legitimación política para instituciones –como la monarquía o la democracia tal como la conocemos– y discursos dominantes –la moderación, el centrismo como valor clave o la retórica de la modernización– que a pesar de su aparente solidez actual se movieron desde sus inicios en una gran debilidad real. Para poderse consolidar se realizó una operación de grandes implicaciones para la memoria histórica: se convirtieron estas instituciones y retóricas en los ejes claves de la transición. Emergió así una explicación histórica en la cual las elites se convirtieron en el motor explicativo del proceso que trajo las libertades políticas en España. Y en este proceso la historia social, sino contaba cosas de una mayoría que se ve que era silenciosa –a lo cual se prestaban gustosamente algunos sociólogos– , fue expulsada de la historia política.

Pero más allá de esto, surge un problema aún más grande, un problema de cariz pre-político y pre-científico para afrontar la transición desde la historia social. El carácter genético del período de la transición ha determinado su distorsión hasta el punto de hacer imposible verlo como un período propio, autónomo con relación a su pasado y preñado de líneas de futuro. Fijémonos tan sólo en la denominación del período, transición: Acción y efecto de pasar de un modo de ser o estar a otro distinto (Diccionario de la Real Academia). La palabra misma evoca su principio, el franquismo, y su fin, la democracia, pero nada nos dice sobre el mismo; es más, se considera que la única importancia del período se deriva por lo que devino, no por lo que pasó y menos aún por lo que podía haber pasado. No deja de ser curioso que en una ciencia con tantas prevenciones contra la teleología y el presentismo, este término se haya impuesto sin merecer ni una línea de reflexión. La transición es probablemente, más que ninguna otra etapa de nuestra historia, una construcción ideológica en la que se han confundido consecuencias –la monarquía, la supervivencia de elites políticas y sociales, la moderación, el centrismo– con causas; se ha construido una línea ascendente y única de un punto de partida a un punto de llegada, vaciándola de toda aquello que no indicaba su rectitud; y, en el proceso, el paradigma dominante ha eliminado, o ha subsumido como meras anécdotas, gran parte de las experiencias de la generación que la protagonizó en la memoria publicada, confundida a menudo con la memoria colectiva.

La necesidad de presentar la transición como un gran acto de reconciliación de las “dos” Españas nos ha llevado a una necesaria reinterpretación-deformación de nuestro pasado. Toda noción de conflicto colectivo, de lucha de fuerzas e imposiciones, fue abandonada para explicar el pasado y presente de España. Si la transición había sido posible fue desde el libre convencimiento racional de las partes –se diría que desde la república de las ideas puras, donde la realidad no llega a manchar–, régimen y oposición, que evolucionando a lo largo del tiempo habrían abandonado los maximalismos anteriores. El régimen vio en la llegada de un nuevo jefe de estado de talante demócrata contrastado la necesidad de avanzar hacia una democracia moderna; y la oposición abandonó las posiciones rupturistas desde la comprensión de su futilidad y aceptó el necesario entendimiento con unas autoridades con voluntad democrática, yendo hacia el pacto entorno a la ruptura pactada. Este es el núcleo central de la teoría o teorías de la transición, extremadamente reducido al intentar insertar en las elites de dos actores sociales (régimen y oposición) la complejidad de fenómenos que llevaron la democracia a España. Con el paso del tiempo, se han visto las limitaciones explicativas de este paradigma y se han establecido tres modelos que permiten ampliar sus prestaciones, uno se atrevería a decir que con un poco de zilitione. No es que la historia social haya establecido un nuevo modelo para reconceptualizar la transición, sino que, a la inversa, la historia política –o al menos las presunciones que la apoyan– ha asaltado la historia social del período, no sin cierta perplejidad por parte de los historiadores que provienen de esta tradición. Así se ha intentado, sin tocar el núcleo central del paradigma de la transición, establecer como mínimo tres modelos explicativos, y un cuarto posible que se empieza a vislumbrar en el horizonte, que aquí sólo mencionaremos brevemente, dado que no es nuestra intención realizar un artículo historiográfico. A) La transición por modernización económica[1]: según ésta, la triada mercado capitalista, Mercado Común y democracia es inseparable para explicar el cambio político. El desarrollo del mercado capitalista habría integrado en una solidaridad casi mecánica –en el sentido durkheimniano del concepto– lo que en la república era una convivencia imposible entre clases sociales. La demostración de esta integración, y su mayor garantía, era el anhelo de la gran mayoría de la población de entrar en el Mercado Común, como plasmación madura de una realidad que se empezaba a vivir en España. Y como resultado de todo lo anterior habría llegado la democracia. B) La transición por omisión del sujeto social[2]: en este caso se postularía que la máxima contribución que hicieron los sujetos sociales, los de abajo se entiende, al cambio político, fue precisamente no hacer nada. Ante la amenaza que la movilización obrera podía suponer para la llegada de la democracia, su principal virtud radicó en su capacidad de autocontrol. C) La transición de los de abajo es igual a los de arriba[3]: según esta muy reciente línea de interpretación, no sólo la “mayoría silenciosa” quería una transición tal como finalmente se dio –resguardo último de la legitimidad de toda teoría de la transición, y de la transición misma–, sino que los movimientos antifranquistas contenían en su seno y aspiraciones los mismos preceptos. D) Todo fue una cuestión de giro lingüístico[4]: esta última línea no reproduce, tiempo al tiempo, los análisis propios del giro lingüístico que han hecho furor en otros campos de la historia, pero mantiene algunos parecidos con ella: la centralidad del problema del lenguaje en la explicación del devenir histórico. De hecho esta línea, si es que de momento se puede catalogar ya como tal, emerge como consecuencia necesaria de todas las anteriores: si lo central que hizo la oposición y el régimen fue olvidarse –o echar al olvido– de un pasado tortuoso y establecer el consenso como valor supremo de la dinámica política, necesariamente lo realmente significativo para el cambio político de la historia de los movimientos de oposición no son sus luchas, ni las consecuencias de las mismas que en si no llevaron a nada, sino cómo aprendieron el “lenguaje de la democracia” que les enseñó a comportarse de una forma diferente a como lo habían hecho en el pasado. Ni que decir tiene que en absoluto estas líneas son contradictorias, ya que emergen del mismo tronco común, si acaso algunas podrán ser elaboradas –y algunas realmente lo son con brillantez– con más fortuna que otras.

En este artículo intentaremos ofrecer, en sintonía con las interpretaciones que han venido desarrollando autores como S. Balfour[5] o Carme Molinero y Pere Ysàs[6], entre otros, materiales interpretativos –basados en investigaciones realizadas para la área metropolitana de Barcelona, con lo que ya se comprueban todos sus alcances y límites– que pueden ayudar a entender de una forma diferente la relación de los movimientos sociales, específicamente el movimiento obrero[7], con el cambio político. Partimos de la presunción que esta relación va más allá del corto período donde ha sido encerrado por el paradigma de la transición y que tiene mucho que decir sobre el marco real en que se realizó. Se pueden delimitar, como mínimo, tres grandes períodos de esta relación: A) Un primera etapa que se iniciará con el renacimiento que vivirán los movimientos sociales, y especialmente el movimiento obrero, durante la década de los sesenta. Fue en este momento cuando una renovada acción colectiva habría hecho inviable la continuidad del régimen a largo plazo y redefinido los espacios y las posibilidades de la acción política bajo el franquismo. B) Un segundo momento, como etapa diferenciada y autónoma –en el sentido de un marco de acciones alternativas abiertas por la especificidad del período aunque construidas con los materiales del pasado reciente– que se iniciaría con la muerte de Franco y se cerraría con el referéndum para la reforma política. Es en este corto espacio de tiempo donde el movimiento obrero tendrá un papel activo, crucial, en el devenir de la historia española. C) Habrá aún un tercer momento, en el cual, una vez determinado el modelo de transición, el movimiento obrero dejó de tener una influencia determinante en el proceso político y de hecho su propia conformación pasó a ser más consecuencia que causa del mismo. La(s) teoría(s) de la transición han privilegiado el tercer momento en detrimento del primero y el segundo. Esto, que se entiende por su funcionalidad dentro de la propia teoría, ya que es la etapa de consenso, ha eliminado las etapa más activas de la relación entre movimientos sociales y cambio político. Las reflexiones que presentamos aquí, por el contrario, nos hablan del primer y segundo momento de esta relación.

Pequeños grandes cambios

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La encuesta obrera

Maximilien Rubel

Destinado a poner en marcha una vasta encuesta sobre la situación obrera en las ciudades y campos franceses, el Cuestionario redactado por Marx en 1880 se proponía recoger una masa de materiales con el fin de compilar una serie de monografías especiales para las diversas categorías, a reunir después en un volumen [1] . Lo que distingue esencialmente esta encuesta de otras que se habían realizado con anterioridad en Francia era su carácter de clase: los obreros eran exortados a describir en primera persona y por sus propios fines su situación económica y social [2] . En un preámbulo Marx insiste fuertemente sobre el aspecto revolucionario y auto educativo de la iniciativa, subrayando que solamente los obreros pueden “describir con total conocimiento de causa, los males que les afectan: […] únicamente ellos, y no salvadores providenciales, pueden aplicar enérgicos remedios a las miserias sociales de las que sufren” [3] .

Las primeras encuestas dirigidas en Francia por iniciativa de las instituciones académicas o del estado estaban, como mucho, impregnadas de espíritu filantrópico: algunas estaban dirigidas contra las tentativas de mutua asistencia de los obreros y contra las teorías socialistas en general, a las que oponían la beneficencia y la caridad de iniciativa clerical o patronal; otras, embebidas de maltusianismo se limitaban a criticar los efectos desastrosos de la industrialización creciente, aconsejando la moderación a los patronos y la calma a los obreros [4] . En su preámbulo, Marx denuncia la actitud inhumana de la burguesía francesa, que tiene todas las razones para temer una encuesta imparcial y sistemática sobre “las infamias de la explotación capitalista”; se desea que el gobierno republicano “ imite al gobierno monárquico de Inglaterra” que no ha temido nombrar comissiones especiales y inspectores de fábrica encargados de indagar “sobre los hechos y fechorías de la explotación capitalista”. Mientras no se producían estas medidas oficiales, los obreros habrían procedido ellos mismos a la edición de Cahiers du travail: “la primera labor que se impone a la democracia socialista para preparar la renovación social”.

La intención profunda que se puede deducir del cuestionario es la de suscitar en los obreros mismos una clara conciencia sobre su condición de seres alienados en la sociedad capitalista y, aún más – como deja entender el preámbulo en una frase lapidaria-, de persuadirlos de ser “la clase a la que pertenece el porvenir”. La encuesta no se debería limitar a la pura información y documentación estadística, aunque las preguntas se refiriesen a los detalles más pequeños de la condición social del trabajador. Los Cahiers du travail no debían parecerse a los Cahiers de doléances del tercer estado, si no constituir, al contrario, una condena sin reservas de un régimen social y económico en el que los obreros no podían esperar ningún remedio sustancial a sus condiciones de vida.

Brevemente, el cuestionario era al propio tiempo, instrumento de educación socialista y estímulo para una acción política que tuviera un fin creativo: la realización del socialismo. El documento estaba dividido en cuatro puntos:

1. Estructura de la empresa y condiciones de seguridad ( preguntas 1-29).

2. Horario de trabajo; trabajo infantil ( preguntas 30-45).

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Cuestionario para una encuesta obrera (1880)

Presentación

Ningún gobierno ( monárquico o republicano burgués) ha osado emprender una encuesta seria sobre la situación de la clase obrera francesa. Pero, en revancha, ¡cuántas encuestas sobre las crisis agrícolas, financieras, industriales, comerciales, políticas!

Las infamias de la explotación capitalista reveladas por la encuesta oficial del gobierno inglés; las consecuencias legales que estas revelaciones han producido (limitación de la jornada de trabajo a diez horas, leyes sobre el trabajo de las mujers y de losniños, etc.) han hecho a la burguesía francesa aún más temerosa de los peligros que podría representar una encuesta imparcial y sistemática.

Esperando que podamos obligar al gobierno republicano a imitar al gobierno monárquico de Inglaterra, a abrir una vasta encuesta sobre los hechos y desgracias de la explotación capitalista, vamos, con los débiles medios de los que disponemos, a intentar iniciar una por nuestra parte. Esperamos ser apoyados, en nuestro trabajo, por todos los obreros de la ciudades y campos, que comprenden que únicamente ellos pueden describir con conocimiento de causa los males que soportan; que únicamente ellos, y no salvadores providenciales, pueden aplicar enérgicamente remedio a las miserias sociales que sufren; contamos también con los socialistas de todas las escuelas que, deseando una reforma social, deben querer un conocimiento exacto y positivo de las condiciones en las que trabaja y se mueve la clase obrera, la clase a quien pertenece el provenir.

Estos Cuadernos del trabajo son la tarea primera que se impone a la democracia socialista para preparar la renovación social.

Las cien preguntas que siguen son las más importantes. Loas respuestas deben llevar le numero de orden de la pregunta. No es preciso responder a todas las preguntas; pero recomendamos responder de la forma más abundante y detallada posible. El nombre de la obrera o del obrero que responde no será publicado, a menos que sea autorizado de forma expresa; pero se nos debe facilitar, así como su dirección, para que podemos comunicar con él.

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Hace falta una reconstruccion global

Stéphane Beaud, Michel Pialoux

Encuesta a los obreros de Peugeot de Sochaux

Con los artículos que estamos presentando queremos comenzar una reflexión sobre cuáles son hoy las tareas que se le plantean a la clase trabajadora para lograr recomponer su conciencia de clase y sus instituciones, en la perspectiva de volver a proponerse como sujeto capaz de liderar la transformación social.

Es preciso partir de reconocer los cambios estructurales que ha sufrido. Se trata de una "nueva clase trabajadora", caracterizada -esencialmente- por una nueva relación laboral (marcada por la desocupación y la exclusión). Como también las pérdidas subjetivas, la autocompresión como clase, y la falta de toda perspectiva que vaya más allá del orden capitalista existente.

Del primero queremos señalar, que lo hemos tomado gentilmente de la revista marxista revolucionaria francesa Carrè Rouge, en el que François Chesnais escribió una reseña del libro Retour sur la condition ouvrière*, sobre los cambios en las vidas de los obreros –y sus familias– que trabajan en Peugeot y las fábricas subtratantes, en la región de Sochaux-Monbéliard, Francia, durante los últimos 15 años. El siguiente es un extracto de esa reseña.

El método de investigación y sus implicancias

Entrevistas individuales llevadas a cabo de manera continua durante un período largo, cuatro años como mínimo, o mucho más largo –en ciertos casos de más de quince– con los obreros de Peugeot es el método de investigación aplicado por los autores. Y se los volvió a entrevistar en diferentes ocasiones de su vida y su actividad: como militantes (en los locales sindicales, en las reuniones de los comités de huelga durante el conflicto de 1989), o como ciudadano en las fiestas de la FCPC de la escuela o del colegio de sus hijos e incluso en su vida familiar.

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