Un punto de encuentro para las alternativas sociales

Lejos de la historia, una operación mediática: Comunismo, las falsificaciones de un » libro negro «

Gil Perrault

EL MUNDO DIPLOMÁTICO ¦ Diciembre de 1997 ¦ Páginas 22 y 23

http://www.monde-diplomatique.fr/1997/12/PERRAULT/9660

EL balance de los " crímenes del comunismo » establecido por el historiador francés Stéphane Courtois en su " Libro negro " suena como una requisitoria. El autor levanta un paralelo escandaloso entre comunismo y nazismo e invoca la idea de un tribunal de Nuremberg para juzgar a los responsables. Que importa para que las cifras citadas sean manipuladas, incluso falsas, o que varios coautores se hayan disociado de Stéphane Courtois, numerosos periodistas, sin haberse tomado el trabajo de leer el libro, lo elogiaron hasta el ditirambo.

Mucho tiempo después, las cifras continúan siendo aproximadas y abastecen sólo un orden de dimensiones. Para la represión de Sétif (1945), las estimaciones van de 6 000 a 45 000 muertos. En el Madagascar (1947), habrían habido 80 000 víctimas. En Indochina (1946-1954), las cifras varían según las fuentes a de 800 000 a 2 millones de muertos, y en Argelia 1954-1962 de 300 000 a 1 millón. Incluso sin tener en cuenta Túnez y Marruecos, y absteniéndose de evocar las responsabilidades francesas en catástrofes más recientes, como el genocidio ruandés, esta contabilidad siniestra atestigua que, en proporción a su población, Francia se coloca en el pelotón de cabeza de los países masacradores de la segunda parte del siglo.

Francia perseveró con tanta obstinación que el observador podría deducir de ello que el crimen estaba ontológicamente vinculado al sistema político vigente. Porque es precisa hablar de crimen. La represión desarrollada durante dos décadas en dos continentes presenta las características del crimen contra la humanidad tal como es definido por el nuevo Código Penal francés: « práctica masiva y sistemática de ejecuciones sumarias, de secuestros de personas seguidos de su desaparición, de la tortura o de actos inhumanos (…) »

La única organización política de importancia que se levantó contra este encadenamiento tan cruel como imbécil fue el Partido comunista francés (PCF). La memoria de sus veteranos está poblada de memorias de una lucha difícil llevada en una soledad casi absoluta. François Bayrou, heredero político de una democracia cristiana implicada más que cualquier otra formación en la represión colonialista, pasaba tranquilamente ente ese pasado y sin asumir responsabilidades inoportunas, cuando blandía, en la cámara, El Libro negro del comunismo contra el lado opuesto del hemiciclo. La memoria también puede ser de geometría variable.

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Un relato corto

Eduardo Galeano

Hacía pocos años que había terminado la guerra de España y la cruz y la espada reinaban sobre las ruinas de la República. Uno de los vencidos, un obrero anarquista, recién salido de la cárcel, buscaba trabajo. En vano revolvía cielo y tierra. No había trabajo para un rojo. Todos le ponían mala cara, se encogían de hombros o le daban la espalda. Con nadie se entendía, nadie lo escuchaba. El vino era el único amigo que le quedaba. Por las noches, ante los platos vacíos, soportaba sin decir nada los reproches de su esposa beata, mujer de misa diaria, mientras el hijo, un niño pequeño, le recitaba el catecismo.

Mucho tiempo después, Josep Verdura, hijo de aquel obrero maldito, me lo contó. Me lo contó en Barcelona cuando yo llegué al exilio. Me lo contó: el era un niño desesperado que quería salvar a su padre de la condenación eterna y el muy ateo, el muy tozudo, no entendía razones

– Pero papá – le dijo Josep llorando – Si Dios no existe, ¿quien hizo el mundo?

– Tonto – dijo el obrero, cabizbajo, casi en secreto – Tonto. Al mundo lo hicimos nosotros, los albañiles.

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Homenajes a Albert Soboul

Biografía

Soboul en la historia

El historiador Claude Mazauric firma una biografía científica del eminente investigador de la Revolución francesa, intelectual internacionalmente respetado. Un historiador en su tiempo. Ensayo de biografía intelectual y moral de Albert Soboul (1914-1982), seguido por las Entrevistas de Albert Soboul con Raymond Huard y Marie-Josèphe Naudin, por Claude Mazauric, prefacio de Hubert Delpont. Ediciones de Albret, Nérac, 2004, 256 páginas, 20 euros (*).

He aquí un libro que viene a punto, más de veinte años después de la desaparición del que fue y sigue siendo el faro de la historiografía de la Revolución francesa en el curso de la segunda mitad del siglo XX – el plazo que asegura la distancia necesaria para un análisis científico. Nadie mejor que Claude Mazauric, su discípulo y amigo entre los más fieles y más próximos, podía escribir lo que el subtítulo de la obra expresa perfectamente : Un ensayo de biografía intelectual y moral de Albert Soboul, con la ayuda de una documentación cuyas pruebas son publicadas en anexo, así como de notas y de memorias personales tan abundantes como precisas.

Guiado por tal compañero, el lector sigue al maestro – a quien le gustaba hacerse llamar "Mario" por sus íntimos-, los primeros tiempos de su vida argelina y en el Ardéche hasta las últimas semanas del verano de 1982. Los empeños y el destino de Soboul han sido marcados sin duda profundamente tanto por sus orígenes como por su infancia y su primera juventud. Naciendo de un padre que ha dejó algunos campos áridos en el Vivarais para hacerse colono de un pequeño dominio al otro lado del Mediterráneo, antes de ser matado cerca de Arras en noviembre de 1914, algunos meses después del nacimiento de su hijo Albert, éste sigue a su madre, de origen ardechés, en Argel, en el barrio Belcourt donde, siendo joven, él " descubre los comportamientos racistas y la brutalidad de las relaciones coloniales ". A consecuencia de la defunción de su madre con sólo ocho años, vuelve con su mayor hermana a la metrópolis, donde se hace cargo de la educación de ambos huérfanos la hermana de su padre, María, que desempeñó un papel fundamental en la formación intelectual y cultural del joven Soboul. Debido a sus aptitudes y gracias a las becas de la III República, esta joven mujer se hizo profesor, luego directora de la escuela normal de muchachas de Nîmes. Es en esta ciudad, en el liceo Alphonse-Daudet, que su sobrino, huérfano de guerra, prosigue sus estudios secundarios que le conducen luego en los cursos de dos años de preparación de Montpellier, luego del liceo Louis-le-Grand en París. Y muy más allá… Pero, además de la posibilidad ofrecida a su sobrino de seguir tales estudios universitarios, María Soboul le transmitió los valores republicanos, caros por su familia y por su medio profesional.

Es, no obstante, en París, dónde se encuentra a partir de 1932, dónde Albert Soboul se vuelve comunista, después de un proceso que él mismo describe en uno de las entrevistas publicadas en este libro. Se adhiere al PCF en 1939, y continuará fiel a este empeño hasta su último soplo; ¡ cosa poco común entre los intelectuales! Claude Mazauric ilumina muy bien el sentido y las ansias de tal fidelidad: " Adherente del PCF antes de la guerra, Soboul continuará su fidelidad al partido por encima desilusiones, inicios de disidencia, crisis y recuperaciones, hasta su muerte en 1982, en ningún momento desanimado para explicar las razones profundas de este empeño jamás renegado y quien, en valor de ejemplo, profundamente marcó a muchos de sus alumnos y discípulos. " Es verdad que jamás ejerció responsabilidades políticas ni administrativas, a pesar de las proposiciones que le han sido hechas en diversas ocasiones debido a su actitud y debido a su acción en la Resistencia y más tarde.

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El liberalismo igualitario de los jacobinos

Jean-Pierre Gross

Los jacobinos no elegían entre la libertad y la igualdad. Afirmaban una gracias a la otra, y unían una a la otra con el cemento de la fraternidad. Preocupados a la vez por no “alarmar a la propiedad” y no “ofender a la justicia”, juzgaban que la prosperidad de los ricos jamás debía contradecir la subsistencia de los pobres. Hoy, incluso esta moderación, aparece de nuevo revolucionaria…

Destacar el ideal igualitario de los jacobinos es un lugar común. Discípulos de Rousseau, se aplicaron a erradicar las desigualdades heredadas del Antiguo Régimen: si 1789 consagró la igualdad ante la ley, 1793 debía inaugurar la era de la igualdad real. Pero destacar, al mismo tiempo, el liberalismo de los jacobinos, discípulos de Montesquieu, parece una paradoja. ¿Acaso libertad e igualdad no son, a priori, incompatibles? Cuanto más libertad existe, la competencia tiende a engendrar más desigualdades e, inversamente, si se desea impulsar la igualdad, se tiende a caer en una limitación de la libertad, al redistribuir riqueza o ventajas. Por esto Montesquieu, en su proyecto de sociedad, se esforzó en dosificar estos dos ingredientes, siendo la libertad para él más deseable que la igualdad, y la desigualdad un mal menor frente al despotismo. A este dilema filosófico se agrega la problemática histórica del Terror. ¿Los autores modernos no nos han señalado que este fue también, además de un régimen represivo impuesto por las “circunstancias” y que llevaba a una necesaria restricción de las libertades, una ideología igualitaria cuyo objetivo era la regeneración moral, y la uniformidad de la sociedad? En este sentido, Luc Ferry y Alain Renaut 1 condenan el jacobinismo por su visión voluntarista y ética de los derechos del hombre, en la que el riesgo inherente a tal visión era la política del Terror, “históricamente verificable”. François Furet y Mona Ozouf 2, por su parte, han estimado que el consentimiento a la coacción fue la verdadera línea divisoria en la Convención: al desear imponer la igualdad a los ricos y al “forzarlos a ser honestos”, Robespierre y sus seguidores inauguraron la era totalitaria, el culto de la violencia, que únicamente esperaba “el injerto bolchevique” para transformarse, en el siglo XX, en necesidad revolucionaria.

Debe admitirse que los enfoques de los historiadores de izquierda favorecieron esta percepción de una inexorable continuidad histórica. ¿Acaso Albert Mathiez no veía en Robespierre al cómplice de Babeuf, en un momento en que éste último era reivindicado como el antepasado ilustre de la revolución proletaria? Cuando escribía en 1928, en la época de la “dekulakización” de la URSS, Albert Mathiez presentaba la política agraria de los jacobinos franceses del año II como una vasta tentativa de expropiación de una clase en beneficio de otra. Si bien esta interpretación fue sensiblemente modificada por sus sucesores, no es menos cierto que, a través del prisma marxista, la experiencia jacobina aparecía aún como una prefiguración de las luchas ideológicas de los tiempos modernos.

Tales asimilaciones, y las reservas que ellas suscitan, llaman a reflexionar. Revelan un profundo desprecio en cuanto a la naturaleza del igualitarismo jacobino, nacido del individualismo de 1789 y de la lógica de los derechos del hombre. La Declaración de derechos de 1793, redactada conjuntamente por Girondinos y Montañeses ( esencialmente por Condorcet y Robespierre), proclama los derechos naturales que son “la igualdad, la libertad, la seguridad y la propiedad”.

Ni laissez-faire ni dirigismo

Estos derechos emergieron de las tesis de Locke, padre del liberalismo moderno, que definía el derecho de propiedad como englobando “la vida, la libertad, los bienes”, comprendiendo en ello la facultad de acumular las riquezas y gozar de ellas; pero que afirmaba también la igualdad natural y el “derecho igual a la libertad”, implicando, según el principio de reciprocidad, el deber de respetar el derecho del otro a la libertad. Como lo hace notar Amartya Sen, teórico del utilitarismo norteamericano, la igualdad es no solo una característica esencial de las concepciones liberales de organización social (libertad igual para todos, igual consideración para todos), sino que la oposición entre libertad e igualdad es ficticia e inexacta, en cuanto que al ser la libertad uno de los posibles campos de aplicación de la igualdad, la igualdad forma parte de los esquemas de distribución posibles de la libertad.

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Harry Magdoff, economista estadounidense

Diego Guerrero Jiménez

NECROLÓGICA.

Crítico del keynesianismo, defendió el socialismo y la planificación. Harry Magdoff (1913-2006), nacido en el Bronx neoyorquino, enseñó en la New School y dirigió la Monthly Review (MR). Fue investigado por los comités macartistas EL PAÍS – Gente – 05-01-2006 2006 no ha empezado bien para la Economía política: el 1 de enero murió Harry Magdoff (1913- 2006), no mucho después que el fundador de la Monthly Review (MR), su amigo Paul Sweezy. Henry Samuel Magdoff había nacido en el Bronx, en la familia de un pintor de brocha gorda judío-ucraniano. Antes de licenciarse en Economía, entró en contacto con la obra de Marx y fue expulsado de la universidad por radical. Luego ocupó cargos en la Administración y fue economista jefe del servicio de estudios del Departamento de Comercio. Ayudado por quien resultó ser un espía soviético, se vio implicado en acusaciones de espionaje, y tras dos años como asesor del candidato presidencial H. Wallace, a quien apoyaba el ala radical de los sindicatos, sufrió a los comités de investigación macartistas y fue vetado en la Administración. Trabajó entonces en el sector privado y enseñó en la New School antes de llegar a la dirección de la MR (1969), a la que, junto a Sweezy, consiguió situar durante décadas, y no sólo en EE UU, al frente del movimiento socialista, la nueva izquierda y la Economía Radical. Magdoff fue un teórico del imperialismo, estudioso precoz de la «financiarización» y fino crítico del keynesianismo. En La era del Imperialismo (1969) -un éxito de ventas en pleno movimiento por los derechos civiles y la oposición a la guerra de Vietnam – hacía un sistemático análisis del imperialismo estadounidense tras la II Guerra Mundial, de la «globalización» del capital monopolista y de las «fuerzas» que gobiernan su política exterior. Más allá de las «ambiciones personales» de sus actores, le interesaban las «causas profundas» del nuevo imperialismo («neocolonialismo»), que identificaba con «el monopolio» (aunque añadía confusas reflexiones sobre la composición del capital en los países pobres como causa de una relación real de intercambio favorable a los ricos). Desde esa posición, Magdoff no creía que la expansión imperialista de Bush fuera sólo el proyecto de un reducido grupo de la clase gobernante, ligado a los sectores militar y petrolero: en su opinión, creer en intrigas o conspiraciones es una ilusión, ya que no hay división seria en la oligarquía norteamericana ni en su política exterior. Magdoff señaló en 1965 el papel crucial de la expansión financiera como medio de contrarrestar la «tendencia al estancamiento», y en varios libros con Sweezy se inquietó por los efectos a largo plazo de una política dirigida a salvar el sistema financiero del tipo de «colapso y deflación» que preludiaron la Gran Depresión. En los setenta ambos resucitaron la tesis del estancamiento como «estado normal» del capitalismo monopolista, por su supuesta incapacidad para estimular la innovación y la inversión. Por eso, habría que «explicar» las etapas de rápido crecimiento (los sesenta) más que las de estancamiento (los setenta-ochenta). Hay, por último, un Magdoff menos conocido: el rotundo crítico del keynesianismo como nuevo liberalismo. Pensaba que «el espíritu y la sustancia del neoliberalismo estaban bien vivos en Washington y la comunidad financiera en la época de la socialdemocracia keynesiana», pero entonces era sólo «un aspecto callado de la disciplina que se imponía al tercer mundo, mientras que ahora los principios neoliberales se proclaman en voz alta como la fe verdadera». Denunciaba así «la mitología del Estado del bienestar keynesiano» y que «las propuestas reformistas de los progresistas buscaran vías para restablecer la armonía keynesiana, cuando deberíamos estar trabajando por cambios que cuestionen el capitalismo y la ideología del sistema de mercado». No sorprende esto en quien defendió siempre el socialismo y la planificación, la necesidad de desarrollar un «nuevo tipo de democracia que satisfaga las necesidades básicas de todos» y abogaba, en su último trabajo en la MR (2005), por la idea de que «el capitalismo debe ser sustituido por una economía y una sociedad al servicio de la humanidad». Diego Guerrero es profesor de Economía Política en la Universidad Complutense de Madrid. Participante en el foro de este sitio web profesionalespcm.org

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Rosa, Vladimir y la democracia

Joaquín Miras Albarrán, Joan Tafalla

“Los bolcheviques son los herederos históricos de los “levellers” ingleses y de los jacobinos franceses”

Rosa Luxemburgo, 1917.

Nota previa: Cómo relacionarnos con dos clásicos

Nos aproximamos a dos personas que participaron plenamente en la oleada de luchas de clase de principios del siglo XX y usaron de su capacidad intelectual para tratar de comprender y reorientar la situación por la que transcurría el movimiento revolucionario. Ambos estuvieron a la altura de las circunstancias y dieron lo mejor de sí mismos en la lucha. Nos legaron su pensamiento y su obra. Las luchas de clases en las que participaron ocurrieron al otro extremo del siglo que nos antecede, al comienzo del ciclo de luchas revolucionarias más intenso de la historia de la humanidad.

Hoy, como entonces, la explotación capitalista sigue siendo el enemigo de la humanidad. No debemos olvidar esto; porque, entre otras cosas, implica que las clases subalternas fueron derrotadas en ese ciclo de lucha de clases. El enemigo explotador es el mismo, el capitalismo, pero el mundo en el que ellos vivieron tiene poco que ver con el nuestro. Incluso los movimientos políticos que ellos animaron ya no existen. No podemos apelar a ellos para que su pensamiento nos procure la fórmula adecuada en la que orientar nuestra lucha, la estrategia a seguir.

Pero su pensamiento trató de aferrar los problemas que se planteaban a los revolucionarios durante la lucha de clases revolucionaria en un determinado momento histórico. Si comprendemos su momento, los dilemas que afrontaron, encontraremos en las respuestas que trataron de elaborar una fuente de inspiración para nuestro presente y nuestra lucha. No podemos ser luxemburguistas, o leninistas, o trotskistas, pero sí podemos inspirarnos en ellos porque su talla intelectual hace que su pensamiento sea perenne: son parte de nuestros clásicos. Compararlos puede ser tarea útil si la emprendemos para comprender mejor las peculiaridades respectivas de su pensamiento, esto es, la forma original con la que dieron respuesta a los problemas políticos de su época. Puede ser un disparate si tratamos de convertirlos en doctrina sistemática. Ellos pensaron su presente con cabeza propia, usando libremente de un legado intelectual revolucionario. Eso es lo que nos toca a nosotros.

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José-Amalia Villa se ha ido

Gregorio Morán

La Vanguardia, 04/02/200

La verdad es que no sé ni dónde nació. ¿En Madrid, en Gijón, en México, en Salamanca? Quizá en alguna de ellas porque eran las ciudades que siempre recordaba como vinculadas a su vida, de aquellas que tenía historias para contar y que aparecían difuminadas en una memoria en la que cada recuerdo era una muesca en carne viva. Para un puñado de gentes fue la representación de la coherencia, de la dignidad y de ese valor cívico que se ha ido achicando en el país conforme todos nos hicimos iguales o muy parecidos en el ejercicio de ventilación de la memoria. Seis personas la despedimos en un flamante cementerio de Madrid, La Paz, sarcástico nombre para incinerar a una persona que vivió en guerra con el destino, un lugar de esos donde la ciudad pierde su nombre, bordeando una carretera antaño frecuentada por cazadores de conejos, la de Colmenar. Un sitio apropiado para convertir en ceniza a una mujer que peleó por cambiar la vida con esa rara elegancia de los que están nimbados por la discreción. José-Amalia Villa fue una mezcla de símbolo y leyenda, o para mejor decir, primero fue leyenda, y el tiempo y la dignidad, que no suelen ir parejos, la fueron convirtiendo en símbolo. Pertenecía a una cofradía de ciudadanos insólitos, orgullosos de sí mismos en un sólo punto que los distinguía del común: habían pasado por todo y no eran alérgicos a nada, salvo a la estupidez. Un ejercicio de salud mental que tiene un costo demoledor en soledad y aislamiento. Había recorrido tantas cárceles, había aguantado tanta bobería con pretensiones universales, había conocido a tantos hijos de puta masculinos, femeninos y neutros, que con el tiempo y la sordera acentuada se rodeó de un blindaje humano hecho de carácter bronco, respuestas inequívocas y un desdén olímpico por todo lo que significara notoriedad y salseo. "Lo peor de las prisiones de mi época – me dijo un día- es que nunca estabas sola para poder llorar". Así que José-Amalia Villa tardó mucho en llorar y eso deja huella cuando la vida te ha dado tantos motivos para hacerlo. Lo consiguió en la de Segovia, prisión fría con notoriedad en tiempos donde no había recinto carcelario que no recordara al camposanto. Y fue gracias a una huelga de hambre, la primera que se recordaba en una cárcel de mujeres. Sucedió en 1949 y el hecho de que las recluyeran en celdas de castigo en condiciones infrahumanas se tradujo para ella en algo que nunca olvidaría; al fin estuvo sola para poder llorar sin que su dignidad se afectara. Lo afirmaba secamente con una frase muy suya: "No podía darles la satisfacción de verme llorar; ni a las carceleras ni a mis compañeras de celda". Y en verdad que tenía mucho que llorar. La detuvieron dos veces, lo suficiente. Se dio la particularidad, digna de la época, que fue su propio padre, un masón cobarde hasta la infamia, el que la denunció por su participación como enfermera en el ejército republicano. Voluntaria de excepción en tiempos en los que una señorita de buena familia como ella no se echaba al frente con un mosquete. La primera detención fue breve pero decisiva. La dejó dos secuelas que condicionaron su vida. La más evidente, la sordera. La manta de hostias que le aplicaron, en presencia de su padre, le provocaron perforación del tímpano. Tenía 21 años recién cumplidos. La casualidad hizo que en ese edificio – hoy museo y antaño centro de miserias, que se llamaba Dirección General de Seguridad, Puerta del Sol, kilómetro cero- compartiera celda con otra señora bien, que había estudiado en Salamanca con Unamuno, mal casada con un sobrino de Ángel Ganivet y que como él acabaría sus días en suicida. Se llamaba Matilde Landa y había vivido la Guerra Civil como compañera del italiano Vittorio Vidali, el legendario e inquietante Comandante Carlos de las Brigadas Internacionales, que moriría como respetado senador comunista en Trieste. El encuentro de José-Amalia con Matilde en la misma celda de la DGS marcará el resto de su vida. Convertida en un muñeco roto por las torturas y acuciada por la presión moral de estar detenida con una niña de apenas nueve años, Matilde Landa no tiene otra salida que confiar en su vecina de celda. No era difícil, José-Amalia Villa era de las que dejaban huella a primera vista. El caos de las últimas semanas de la Guerra Civil en Madrid, con el golpe de Casado y la incompetencia manifiesta de sus líderes, dejó al Partido Comunista en situación tan precaria que delegaron la secretaría general del Partido en Matilde Landa. Apenas si sobrevivió unos días en la clandestinidad imposible de aquel Madrid recién reconquistado. Y ahora estaba allí, contándole a una compañera de detención lo inmediato que debía hacer para informar que todo, es decir, lo poco que había, se había ido al demonio. José-Amalia Villa, esa muchacha que gustaba más de Mozart – ¡pobre, qué año te espera!- que de Beethoven, que leía a Romand Rolland y a Gorki, que le preocupaba la eternidad como a Unamuno, que admiraba al Ortega y Gasset anterior a la República, que hablaba francés de corrido, que tenía un padre masón y rico, y un hermano donjuán y socialista, se encuentra en el brete de tener que decidir si hacerse comunista. ¡Vaya escena! Dos mujeres jóvenes en una cochambrosa celda de la DGS metiéndose en la ciénaga sucia que deja la guerra y tratando de recuperar lo que ya está perdido para siempre. Allí se convirtió en militante José-Amalia Villa, y salió e hizo lo que había que hacer y pocos se atrevían. Y un buen día, perdonen el sarcasmo, se le acercó un tipo al parecer de mediana estatura y unos ojos vivos. Arrollador en su capacidad de atraer, de seducir y de mandar. Pasaría a la historia, es un decir, como Heriberto Quiñones, el personaje más ignorado y secreto de toda la historia del comunismo en España. Aún se desconoce su nombre verdadero y su origen, fuera de una supuesta procedencia de Besarabia, entonces territorio disputado entre Rumanía y la Rusia soviética. Lo único cierto es que se trataba de un hombre de la Komintern, la III Internacional Comunista, que había trabajado en Polonia, Francia, Sudamérica y España, donde se detecta su presencia a partir de 1931. Pasa por asturiano, con documentación impecablemente falsa. Será responsable del comunismo español en la clandestinidad durante el año 1941 y dejará una huella imborrable de talento político y de valor físico, porque no huyó, sino que asumió sus responsabilidades hasta el final. Un final atroz, torturado por la policía franquista, que solicitó la ayuda de la Gestapo y que le dejó con la columna vertebral quebrada. Lo fusilaron atado a una silla en las tapias del cementerio del Este, en Madrid, un día espantosamente frío junto a dos de sus ayudantes en la dirección del PCE, Luis Sendín y Ángel Cardín. Lo del día frío no es literatura. Lo recordaba José-Amalia Villa porque oyó los disparos desde la vecina cárcel de mujeres, entonces en Ventas, junto a la emblemática plaza de toros madrileña. Había vivido con él apenas nueve meses, los suficientes para una pasión tan acendrada que se mantendría durante toda la vida, con una fidelidad a su memoria que conmueve. Ella pasaría unos diez años de cárcel desde su detención en diciembre de 1941 y viviría otra escena que también marca: enterarse de que la dirección del Partido Comunista español, en el exilio, ha denunciado a Heriberto Quiñones como un agente inglés infiltrado.Lo conocían todos los dirigentes, lo habían tratado Dolores Ibárruri y Santiago Carrillo y Fernando Claudín. Pero eran tiempos en los que lo mejor era buscar un chivo expiatorio, inventarse un traidor que cargara con tantos fracasos. En la misma cárcel de Segovia, donde lograría al fin estar sola y llorar, también le correspondería a José-Amalia Villa transcribir el documento en el que los tres líderes del comunismo español, Pasionaria, Carrillo y Claudín, acusaban a Heriberto Quiñones, el que había muerto con la columna destrozada gritando: "Viva la Internacional Comunista" , de "carroña infiltrada en el partido". Cuando José-Amalia salió de la cárcel siguió siendo la que era, y jamás quiso cruzar una palabra con aquella chusma que había sido capaz de quitarle a un valiente lo único que tenía, la dignidad de un revolucionario. Murió el jueves de la pasada semana, sola, como había vivido, atendida en sus cuidados por un puñado de amigos incombustibles. En los últimos meses de vida se fue despidiendo de todo; un buen restaurante, escogí Sacha y lo probó todo; un museo, y la volvieron a El Prado; un paisaje, y la llevaron al Guadarrama; una conversación, y estuvieron atentos a sus palabras. Ella hubiera querido morir antes, pero el destino no lo permitió. Hace ya veinte años le dediqué Miseria y grandeza del Partido Comunista de España y le puse unos versos de Luis Cernuda, como si fueran la joya que nunca hubiera aceptado de sus amigos: "Si renuncio a la vida es para hallarla luego, conforme a mi deseo, en tu memoria". Cuando nos vimos la última vez, hace unos días, me pidió dos cosas: que estuviera en su incineración y que no escribiera este artículo.

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La lucha por la hegemonía en el frente intelectual: la práctica política de Manuel Sacristán Luzón

Joaquín Miras Albarrán

“El pecado del intelectual es echar un velo sobre la realidad”

M.S.L.

El propósito de esta ponencia es facilitar una primera aproximación a la obra de Manuel Sacristán Luzón para un posible  lector novel, imbuido, como Sacristán, de inquietud moral revolucionaria. Toda introducción esclarecedora  a la obra  de Manuel Sacristán Luzón debe comenzar refiriéndose a su compromiso político como comunista. Manuel Sacristán se organizó –es el término apropiado- en el Partido Comunista en Cataluña, el PSUC, en 1956, y fue hasta el final de su vida un Comunista y un marxista.

Como podemos leer en la penúltima conferencia que pronunció, sobre Lukacs, menos de 4 meses antes de su muerte,  al final de su vida seguía reiterándose en sus principios y reconociéndose públicamente comunista y marxista, aunque matizaba la primera palabra, y se decía “comunista de izquierdas” [1] .

Es necesario resumir  -hoy como siempre, por lo demás- lo que significa ser comunista. Más si se tiene la pretensión de que el texto sirva como aproximación hermenéutica a la obra de Sacristán por parte de las generaciones jóvenes actuales. El comunismo es una corriente de la tradición de la democracia que se caracteriza por considerar que la explotación económica y la dominación humanas sólo pueden ser resueltas mediante la lucha de clases y la transformación revolucionaria de la sociedad. Esta ruptura con el orden político y económico capitalista tiene como objetivo la socialización de los medios de producción y cambio, que deben convertirse en propiedad de la comunidad, es decir, en propiedad o cosa pública. En este proceso de lucha, el Estado debe comenzar a ser reabsorbido por la Sociedad Civil, pues se fundamenta en la división jerárquica, burocrática de la actividad entre los hombres –mandar/obedecer-  y reproduce la dominación.

Estas ideas eran compartidas por Manuel Sacristán. Consiguientemente, Sacristán militó, como ya he escrito en un partido comunista –el PSUC-. Conviene aclarar estas dos palabras subrayadas. Un partido comunista, tal como lo entendía Sacristán, no es una organización formada por profesionales de la política que elaboran programas electorales y ejecutan su actividad política desde las instituciones del Estado, a modo de ingeniería social, usando de los recursos financieros y humanos puestos a su alcance por el propio Estado. Este tipo de actividad política, basada en la división jerárquica del trabajo, aun cuando se impulse en nombre de ideales emancipatorios, se hace siempre por cuenta y a beneficio del capital, y no es sino un ejercicio de lo que Gramsci denominó Revolución Pasiva: El Estado atiende a la resolución de aquellas necesidades más exacerbadamente sentidas por los explotados a condición de que estos renuncien a su condición de ciudadanos y permanezcan desorganizados y políticamente inactivos, en lugar de ejercer su soberanía y constituirse en poder organizado.

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