Selección de poemas de Wislawa Szymborska
Wislawa Szymborska, poeta y crítica literaria polaca, murió el pasado miércoles 1 de febrero a los 88 años en Cracovia,
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Read morePoemas de Mahmud Darwish Sobre esta tierra Sobre esta tierra hay algo que merece vivir: la indecisión de abril, el
Read moreMe contó un amigo en su día que uno de sus placeres era sentarse en casa cómodamente ante el televisor
Read moreDecir que Pasolini era como un ángel, sería la cosa más estúpida que se ha dicho de él. ¿Un ángel
Read moreSalvar a Miguel Hernández de una segunda muerte “Miguel-poeta del pueblo, el que escribe desde y para las trincheras,
Read moreAuschwitz o Hiroshima
Lo nunca visto
Santiago Alba Rico
Fueron muchísimos, sí, unos seis millones, pero hubo que matarlos uno por uno mediante un remedo atroz del trabajo humano: sacarlos uno por uno de sus casas, apriscarlos uno por uno en los vagones atestados de cuerpos, conducirlos uno por uno a los barracones, a los campos de trabajo, a las cámaras de gas. ¿No era esto, después de todo, lo siempre visto? ¿Lo que había sucedido desde el primer día? ¿Lo que venía repitiéndose monótonamente desde Troya? Auschwitz, lo he dicho otras veces, no representa sino el colofón industrial de un modelo antropológico muy familiar, el del exterminio horizontal del otro, que produce escalofríos precisamente porque es inteligible, comprensible, representable. Nos lo podemos imaginar, lo podemos memorizar: caemos fascinados, angustiados, contagiados, en el abismo. Pero no es nada nuevo ni particularmente inhumano; no entraña ninguna iniquidad “absoluta”. No es el Mal porque viene a ras de tierra, con botas y gorra de plato, y nos mira a los ojos y nos hace bajar la mirada antes de destruirnos; y porque incluso podemos concebir también -a poco honrados que seamos- el placer viscoso del destructor y su moral fangosa tratando de degradar, puesto que no puede elevarse por encima de ella, la existencia concreta de las víctimas.
Trabajar cansa, pero es humano. ¿Y matar sin trabajar? ¿Matar sin ningún esfuerzo? ¿Qué pasa con el otro modelo? ¿Qué pasa con el bombardeo aéreo? Tratar a un hombre como a un animal es ignominioso, sí, ¡pero tratarlo como a un residuo! Hacer listas minuciosas, como Eichmann, es atroz, de acuerdo, ¡pero no ver sino panoramas! Acercarse para destruir a muchos uno por uno es abyecto, sin duda, pero, ¡alejarse para poder matar a todos en una sola gavilla y de una sola vez! Y en cuanto a las víctimas, ¿qué hacer con ellas? ¿Cómo explicarlas? ¿Morir sin haber llegado a existir siquiera como obstáculo? ¿Sin un cuerpo propio? ¿Ser desnudado -sin manos- por una luz intensa? ¿Ser herido -sin cuchillo- por una nube de gloria? ¿Ser quemado -sin fuego- por un aire coloreado? ¿Ser asesinado -sin garras- por una mirada ausente? Lo nuevo, lo nunca visto, el cero inaugural es Hiroshima: la ruina naturalizada por la ausencia del agresor, el agresor sobrenaturalizado por su propia lejanía aniquiladora, la eliminación virtual -y la fundación real- de la humanidad como conjunto. La bomba atómica es tan inhumana, tan posthumana, que ni agresores ni víctimas pueden representarse el drama del que participaron y que iguala potencialmente a las dos partes. Tampoco -reconozcámoslo- se ha hecho ningún esfuerzo para explicar a los hombres la época nueva; todo lo contrario: los juicios de Nuremberg, que condenaron justamente Auschwitz, declararon legal, normal, aceptable, inevitable Hiroshima y sus consecuencias. Este mundo nuevo, en el que son los contempladores, y no los trabajadores, los que más destruyen, no puede ser asido en una novela y mucho menos en una telenovela. La propaganda contra Auschwitz, interesada o no, será siempre mucho más emocionante.
Read moreJosé Saramago. Ateo pesimista y genio lúdico
“La Biblia es un manual de malas costumbres que tiene una influencia muy grande sobre nuestra cultura. Sin la Biblia, seríamos otros, probablemente mejores”
Maud Vergnol. Publicado en l’Humanité en español
Desde su infancia en el seno de una familia de campesinos sin tierra hasta el Premio Nobel de literatura, la trayectoria del escritor portugués José Saramago es excepcional. A los 87 años, continúa combatiendo la apatía intelectual. La literatura no le ha sido servida en bandeja de plata. “Yo no he sido educado en medio de libros, he tenido que ir a buscarlos”, señala José Saramago, que recuerda, a menudo, sus raíces bereberes y su infancia modesta. El escritor nació en 1922 en una pequeña localidad del centro de Portugal, en el seno de una familia de campesinos “sin tierra” analfabetos. Hacer estudios no era factible. Adolescente, abandona el instituto para seguir la formación de cerrajero, aunque soñando con llegar a ser escritor. Ávido de lecturas, frecuenta la biblioteca de Lisboa. Auténtico autodidacta, escribe muy pronto y publica, sin éxito, una primera novela a los 25 años. Diseñador industrial, corrector, encargado de producción en una editorial, más tarde periodista, solo será a los 58 años cuando se dedique definitivamente a la literatura, después de haber participado activamente en 1974, en la Revolución de los Claveles. “Me dije: es el momento, ahora o nunca de saber si puedes ser lo que crees que eres, un escritor”.
Aunque llega tarde a la escena literaria portuguesa, Saramago se impone en ella durante los años 80, publicando “Alzado del suelo”, una novela épica sobre la revuelta de los campesinos pobres, que despierta la memoria colectiva de un pueblo machacado por más de treinta años de dictadura. Siguen, en menos de cinco años, tres novelas mayores: “Memorial de Convento”, “El año de la muerte de Ricardo Reis” y “La balsa de piedra”. Obras que revisan con una ironía volteriana los mitos de la historia portuguesa. Genio lúdico que no duda en recurrir a lo fantástico, el estilo, el “estilo Saramago”, es torrencial, de una rara riqueza sonora, liberado por una puntuación reducida al mínimo indispensable. Sin embargo su obra está lejos de lograr consenso, no tanto por sus cualidades literarias como por razones políticas. “El evangelio según Jesucristo”, publicado en 1991, suscita un escándalo nacional. El escritor realiza aquí el retrato de un dios cansado del pueblo hebreo, que decide, gracias a la intervención de Jesús, extender su influencia al mundo entero. Pero resulta que Jesús se rebela, se une con una prostituta llamada María Magdalena… y rechaza morir para fundar una nueva religión. Una insolencia herética muy pasoliniana que ocasiona una protesta airada de sus compatriotas católicos. El gobierno le acusa de “atentar contra el patrimonio religioso de los portugueses” y censura el libro sin ningún proceso.
Read moreA propósito de “Hollywood contra Franco” de Oriol Porta
En honor del espíritu humano (de rebeldía)
Salvador López Arnal
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No es de mayo este impuro aire que el oscuro cementerio extranjero hace aún más oscuro, o lo ilumina con ciegas claridades…este cielo de babas sobre techos amarillentos que en semicírculos inmensos velan las curvas del Tíber, los turquesas montes del Lacio… Expande una mortal paz, desamorada como nuestros destinos entre las viejas murallas el otoñal mayo. En él está el gris del mundoel fin del decenio en el que nos aparece entre las inmundicias concluido el profundo e ingenuo esfuerzo de rehacer la vida, el silencio, putrefacto e infecundo… Tú joven, en aquel mayo en que el error significaba aún la vida, en aquel mayo italiano que a la vida agregaba al menos ardor, por lo menos despreocupado e impuramente sano de nuestros padres-no padre, pero humilde hermano- con tu flaca mano dibujabas el ideal que ilumina (pero no para nosotros: tú muerto, y nosotros muertos igualmente, contigo, en el húmedo jardín) este silencio. No puedes, lo ves? que descansar en este lugar extraño, aún confinado. Tedio patricio te rodea. Y desteñido sólo te llega algún golpe de martillo de los talleres del Testaccio aquietado en el atardecer entre miserables techos, desnudos montones de lata, hierros viejos, donde canta inútilmente un muchachón que concluye su jornada, mientras alrededor la lluvia cesa
Entre los dos mundos, la tregua en la cual no estamos…elecciones, abandonos, otros sonidos no tienen que éstos del jardín acongojado
y noble, en el que el tenaz engaño alentaba la vida, queda en la muerte. Los círculos de los sarcófagos no hacen más
que mostrar la sobreviviente suerte de gente laica de laicas inscripciones en estas grises piedras, cortas
e imponentes. Aún de pasiones sin freno sin escándalo han ardido los huesos de los poderosos de naciones
más grandes: silban, casi nunca desaparecidas las ironías de los príncipes, de los pederastas cuyos cuerpos están en las urnas esparcidos
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Brech, Bertold
-Si los tiburones fueran hombres –preguntó al señor K la hija pequeña de su patrona–, se portarían mejor con los pececitos?
-Claro que sí –respondió el señor K–. Si los tiburones fueran hombres, harían construir en el mar cajas enormes para los pececitos, con toda clase de alimentos en su interior, tanto plantas como materias animales. Se preocuparían de que las cajas tuvieran siempre agua fresca y adoptarían todo tipo de medidas sanitarias. Si, por ejemplo, un pececito se lastimase una aleta, en seguida se la vendarían de modo que el pececito no se les muriera prematuramente a los tiburones.
Para que los pececitos no se pusieran tristes habría, de cuando en cuando, grandes fiestas acuáticas, pues los pececitos alegres tienen mejor sabor que los tristes. También habría escuelas en el interior de las cajas. En esas escuelas se enseñaría a los pececitos a entrar en las fauces de los tiburones. Estos necesitarían tener nociones de geografía para localizar mejor a los grandes tiburones, que andan por ahí holgazaneando. Lo principal sería, naturalmente, la formación moral de los pececitos. Se les enseñaría que no hay nada más grande ni más hermoso para un pececito que sacrificarse con alegría; también se les enseñaría a tener fe en los tiburones, y a creerles cuando les dijesen que ellos ya se ocupan de forjarles un hermoso porvenir. Se les daría a entender que ese porvenir que se les auguraba sólo estaría asegurado si aprendían a obedecer. Los pececillos deberían guardarse bien de las bajas pasiones, así como de cualquier inclinación materialista, egoísta o marxista. Si algún pececillo mostrase semejantes tendencias, sus compañeros deberían comunicarlo inmediatamente a los tiburones.
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