Un punto de encuentro para las alternativas sociales

De la transición al poder constituyente

Toni Negri

Futur Anterieur, nº 2, L´Harmattan, Paris, 1990, pp. 38-53

1. El comunismo como objetivo mínimo

A partir del Bersteindebatte, tanto la tradición revolucionaria como la reformista han considerado siempre el socialismo como un periodo de transición entre el capitalismo y el comunismo ( o, según la terminología socialdemócrata, el pos capitalismo) y, por lo tanto, como un concepto independiente el primero y del segundo. Que los socialdemócratas hayan abandonado enseguida el terreno de la utopía para reconocerse como simples administradores de la modernización capitalista es un problema, pero se convierte en el nuestro desde que, por un juego de manos, esta transición que todos llamaban socialismo es hoy definida como comunismo. La responsabilidad mayor de esta banalización de la utopía  proviene sin duda de las ideologías del estalinismo y de los políticos del “futuro radiante”. Lo cual no altera en absoluto nuestro deprecio por los que en la actualidad celebran unánimemente  el fin del comunismo, transformándolo en apología del  estado actual de cosas.Pero volvamos a nuestra distinción. Ni el Marx de La comuna de París, ni el Lenin de El estado y la revolución, han considerado el nunca socialismo como una época histórica: lo han concebido como un periodo de transición, corto y poderoso que hacía realidad la extinción del aparato de poder. El comunismo vivía ya en la transición, como su motor, no como un ideal, sino como una subjetividad activa y eficaz –que se enfrentaba con el conjunto de las condiciones de producción y reproducción capitalistas, reapropiándose de ellas, y podía con esta condición destruirlas y superarlas. El comunismo, en tanto que proceso de liberaciones definía como el movimiento real que destruye el estado de cosas actual.

Durante los años treinta el grupo dirigente soviético consideró el socialismo como una actividad productiva que crea, cueste lo que cueste, las bases materiales de una sociedad en competición  con el ritmo de su propio desarrollo y el de los países capitalistas A partir de este momento, el socialismo no se identifica tanto con la superación del sistema del capital  del trabajo asalariado como con una alternativa socioeconómica, al capitalismo. En el socialismo, según esa teoría sobreviven ciertos elementos del capitalismo: ahora bien, uno de los dos, el Estado, se encuentra exacerbado en las formas autoritarias extremas; el otro, el mercado, se halla ahogado y eliminado como criterio microeconómico  del cálculo del valor. Tanto la posición luxemburguista, que insistía en el proceso democrático, creativo, antiestatal, de la transición, como la trotskista, cuya crítica se refería a la totalidad de las relaciones de explotación en el mercado mundial, fueron destruidas. Lo que ha tenido como consecuencia en el primer caso, la atrofia, después la asfixia mortal del intercambio político; en el segundo el estrangulamiento del socialismo en el interior del mercado mundial, o la imposibilidad de recuperar mediante líneas interiores el impetuoso desarrollo de la lucha de clases antifascista y revolucionaria que en el curso de diferentes épocas se ha desencadenado a escala mundial. Y por más que se insista –y nosotros mismo estamos  profundamente convencidos de ello- sobre el alma revolucionaria de la reforma gorvachoviana, verdaderamente no parece que la Unión Soviética pueda recuperar ya esta función hegemónica en la lucha de clases que la revolución de 1917 le había asignado.

La Plaza Roja ha dejado de ser, desde hace mucho tiempo, y a través de innumerables tragedias, el punto de referencia de los comunistas. Dicho esto, el comunismo vive.Vive allí donde la explotación persiste. Constituye la única respuesta al anticapitalismo natural de las masas. O más bien, cuanto más se reproduce el capitalismo, más se extiende y enraíza dl deseo del comunismo –determinando, por un lado, las condiciones de producción colectiva, por otro, una irresistible voluntad colectiva de reapropiarse libremente de las mismas-. El que, en la orgía actual de anticomunismo, crea sinceramente que la explotación y la voluntad subversiva han desaparecido no puede sino evidenciar su ceguera. Ha llegado por lo tanto el momento de volver a repensar la transición comunista como algo que se constituye  -como pensaban los clásicos del marxismo- en el seno del desarrollo capitalista. Desde los años sesenta, a corrientes críticas del marxismo occidental habían trabajado en ese sentido, sin ilusiones respecto a la Plaza Roja y al socialismo de la pobreza. El comunismo, como objetivo mínimo, constituye desde entonces el único tema de la ciencia política de la y transición. Sobre este punto se han acumulado una enorme cantidad de experiencias y  conocimientos. El método es materialista: sumergir el análisis en el modo de producción actual, reconstruir las contradicciones que se anuncian, bajo figuras siempre nuevas, entre éste y los procesos  los sujetos productivos, criticar la modernidad y sus consecuencias trabajar en la recomposición de las subjetividades  colectivas y sus redes de comunicativas, transformar el conocimiento en voluntad consecuente. Nos encontramos, pues, ante una serie de prerrequisitos del comunismo que viven en nuestras sociedades y que han alcanzado u nivel de madurez sin presentes. Y si la palabra “prerrequisito” asusta e insinúa la sospecha de que confrontáosla realidad con un ideal, don´t wory: Nuestra única teleología es la que extraemos del dicho marxismo “es la anatomía del hombre la que explica la del mono”.

2. La irreversibilidad de las conquistas obreras

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Toni Negri entrevistado por Herramienta

Nuestra revista viene desarrollando desde hace más de tres años una campaña por la libertad del filósofo Antonio Negri, encarcelado injustamente en Italia desde el 1º de julio de 1997. Hoy, junto con la reiteración de este reclamo, queremos acercar al lector la palabra del protagonista.

Este reportaje es parte de una entrevista con Toni Negri que realizaron dos compañeros del Consejo de Redacción de Herramienta en Roma durante el mes de junio del 2000. Con posterioridad se le hizo llegar una serie de preguntas cuyas respuestas nos envió hacia finales de noviembre y que publicamos a continuación.

 

Herramienta: –¿Cuál sería tu evaluación sobre la actualidad de El capital y la importancia de su actualización?

Toni Negri: –El capital de Karl Marx es una obra insuperable desde muchos puntos de vista: bastaría recordar el análisis de la explotación y la teoría del plusvalor. No obstante, Marx no logró desarrollar completamente el plan de su libro: en particular, nos faltan el libro sobre el salario y el correspondiente al Estado. Hoy es posible completar El capital a propósito de la teoría del Estado (construyendo una teoría del Estado imperial –no más simplemente nacional e imperialista– como forma política y jurídica posnacional del mercado global), y a propósito de la teoría del salario (reconociendo claramente que si la productividad del trabajo ya no es más sólo relacionable a la “fuerza de trabajo” industrial sino al conjunto de la “cooperación” social, por lo tanto, el salario debe ser reconocido a todos los que cooperan en la actividad social de producción). Sobre estas bases, es posible también actualizar El capital en sus partes insuperadas, llevándolo a confrontarse con realidades nuevas. Por ejemplo, la teoría del plusvalor: la explotación sigue existiendo e incluso ha aumentado terriblemente, la extracción de plusvalor se ha extendido a una gran parte de la humanidad y ha arremetido contra el trabajo intelectual. Todo esto nos muestra cómo la teoría del plusvalor (mejor que alguna reminiscencia fuera de foco de la teoría del valor clásica) representa, en la actualidad más que en el pasado, la violencia del dominio estatal y la ferocidad de la organización capitalista del trabajo. ¿Por qué hoy más que ayer? Porque actualmente la producción de plusvalor es: a) global, b) esencialmente cooperativa y c) cada vez más inmaterial (intelectual). En consecuencia, cuando muestra que la cooperación social global e inmaterial de los trabajadores es la base fundamental de la riqueza y que, por lo tanto, ella no puede ser apropiada por el egoísmo privado sino que, por el contrario, debe ser comúnmente recompuesta en la potencia de la multitud, el análisis marxiano de la explotación invoca el odio de masas contra el capital y transforma la indignación contra el plustrabajo en una pasión plena de felicidad, portadora de un porvenir positivo.

H: –¿Cómo ves las transformaciones del siglo XX y el rol del Estado?

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La primera crisis del posfordismo

Toni Negri

Una de las raras diversiones de esa izquierda lúgubre, agobiada por los remordimientos, las derrotas y la ausencia de imaginación ha sido, durante los últimos años, debatir sobre el hecho de saber si habíamos entrado o no en una nueva fase de la organización del trabajo y la sociedad– tras el taylorismo, el fordismo y el keynesianismo. Lo que parecía evidente para la mayoría de la gente dotada de buen sentido se revelaba tan difícil de digerir para la izquierda que, incluso cuando la evidencia se imponía (la informatización de lo social, la automatización en las fábricas, el trabajo difuso, la hegemonía creciente del trabajo inmaterial, etc.), sólo la aceptaba con fuertes gestos de repugnancia, amorfismo caracterizado, acompañados de ‘sí… pero’, y de una tendencia irresistible a girar en círculo. El efecto era singularmente cómico. No se quería admitir a ningún precio, en fin, que todo había cambiado después de 1968– y por tanto durante los últimos veinte años, y que, en particular, el rechazo del trabajo expresado por la clase obrera, combinándose con la innovación tecnológica que le siguió (precisamente los fenómenos de inmaterialización del trabajo a gran escala), había determinado una situación nueva e irreversible, tanto en la organización del trabajo como en la del Estado, y que obligatoriamente tenía que derivarse una emancipación total del movimiento obrero frente a toda su tradición, y la invención de formas de lucha y organización adecuadas.

Pronto la comedia se ha tornado en tragedia. Vaciadas de toda referencia a la realidad, la ideología e incluso la pasión sincera que animaban a tantos militantes se han revelado pura estupidez.

En el número 10 de Futur Antérieur, como en el presente número, hemos tratado de dar cuenta de la intensidad y la profundidad de las mutaciones del trabajo, tanto en su situación como en su concepto, y de las leyes sociales que determinan su nueva valorización. Hoy se hace cada vez más urgente poner en el orden del día la cuestión de la producción de una subjetividad adecuada a estas mutaciones. Se trata de actuar desde el interior mismo de las modificaciones de la estructura de clase, de la sociedad, de lo ideológico, de lo político. Se trata de plantear en el corazón del debate nuevas categorías: comunicación, nueva cotidianeidad, nuevas experiencias de explotación y de antagonismo.

Durante mucho tiempo, hemos trabajado en esta elaboración casi en la clandestinidad. Hoy, toda una serie de acontecimientos políticos– con frecuencia superficiales pero no por ello menos importantes y repetidos– parecen imponer una aceleración del debate, parecen obligar a todo el mundo a abandonar tanto las antiguas convicciones como los resentimientos históricos y las incertidumbres teóricas. ¿Qué pasa? Lo que pasa es que en el imperio neoliberal dominante, un nuevo Presidente vuelve a lanzar un New Deal extravagante, que en la Alemania monetarista el industrialismo vuelve al primer plano para responder al desafío de la unificación nacional, que la derecha francesa, ahora victoriosa sobre diez años de mitterrandismo, está, también, a la búsqueda de nuevos corporativismos y nuevos industrialismos. Y, en fin, está el big bang de Rocard: el enarca de servicio propone a los socialistas y a la izquierda reconocerse y reorganizarse en el posfordismo. Sin embargo, un hecho es más fundamental: era preciso que se desencadenara la primera crisis del posfordismo, sin que nadie sepa cómo controlarla, para que todo el mundo acepte reconocer finalmente que nos encontramos en una situación nueva– económicamente, políticamente, simbólicamente. ¡Ahí estamos, y de lleno! Es cierto, lo sabemos desde hace años. Pero ¿será posible– para militantes que han vivido la crisis del antiguo modo de producción y de las viejas organizaciones no como una derrota, sino como una necesidad– reunir las energías, reinventar el porvenir, construir comunidades de investigación y acción vastas y determinadas? ¿Lograremos estudiar la primera crisis del posfordismo como la forma en la que se presentarán las próximas crisis del nuevo modo de producción y en cuyo seno la pasión del comunismo podrá hacerse de nuevo experiencia de masa? Volvamos a nuestro tema: el análisis del trabajo. ¿Cuáles son los puntos en torno a los cuales se concentra la primera crisis del posfordismo y que la hacen evidente de ahora en adelante? El primer punto reside en la formidable asimetría que revela el sistema del mando internacional entre los instrumentos de control monetario-financiero y la valorización productiva. Asimetría que equivale a crisis. Porque el mando monetario y financiero, reclamando la socialización de la producción, la participación de las clases trabajadoras, la recuperación de los fenómenos de cooperación productiva, que necesitan la anticipación de la empresa capitalista pero que están preconstituidos por el desarrollo social del trabajo inmaterial, dejando de lado las contradicciones que revela en sí mismo… y que son enormes, se vuelve caótico e incapaz de un proyecto racional cuando se ve enfrentado a las nuevas modalidades de valorización del capital. El segundo punto consiste en la salida a la luz de nuevos antagonismos en el interior de la nueva organización del trabajo. Allí, en la empresa automatizada, la nueva valorización tiene que apelar al ‘alma’ misma del obrero, a la floración de su libertad y su inteligencia; en el trabajo terciario, la nueva valorización se basa en la capacidad del sujeto que trabaja de recoger y utilizar la relación social en el acto productivo; en el trabajo de la comunicación, la nueva valorización se instaura sobre la creatividad de la cooperación, de la elaboración de sentido, en el despliegue total de la subjetividad interactiva; en la ciencia, la nueva valorización opera agenciamientos de máquinas complejas que construyen con toda libertad una nueva naturaleza. En cada uno de estos casos la valorización productiva se opone, radicalmente, al mando. El capital, la propiedad, la disciplinarización, la jerarquía, el Estado son parasitarios en esencia. Asimetría del mando y la producción igual a crisis, ecuación válida a nivel económico-político macroscópico y que se verifica cada vez más a medida que el análisis se sumerge en lo microscópico, al nivel de las individualidades y de los sujetos colectivos de producción. La vida productiva reacciona contra un orden que pretende ser legítimo pero que no sabe ni puede organizar el consenso, la participación, la representación.

En esta crisis objetiva, son numerosas las vías que intentan tomar las fuerzas sociales y políticas.

Hay las que, en la desesperación y el extravío, amplias capas de la población buscan casi espontáneamente, prótesis ilusorias para agarrarse antes de tiempo a un punto de referencia cualquiera. En ese registro, los viejos nacionalismos y los nuevos localismos, las ideologías de la seguridad y los fantasmas de proximidad se articulan en formas confusas y monstruosas. Por Europa pululan especies de este nuevo zoo arcaico. Las guerras que no puede dejar de producir esta irracionalidad insidiosa, guerras intestinas tanto como internacionales, ya han resurgido ante nuestros ojos. Existe otra opción, más reflexionada pero igual de reaccionaria, que cobra también un vigor inesperado: es la vía populista, entendida en el sentido de la defensa del statu quo, que consiste– en particular, en el seno de los nuevos parámetros de la producción– en mantener bajo nuevas formas viejos compromisos institucionales y corporativos. Lo que se explica en los ambientes de la jerarquía imperial del orden monetario (reconociendo al mismo tiempo que este aspecto de la crisis es fundamental) es que la salvación sólo puede venir de la recodificación de los flujos del mando internacional, en función de las normas de un orden productivo que ha dado muestras de sus capacidades: si no, nos espera el salto al vacío… No hay ninguna dificultad para reconocer ahí el buen número de soluciones que hoy se presentan con el nombre de nuevo industrialismo, keynesianismo renovado, nuevo impulso ‘comunitario’ (en el sentido norteamericano del término) de compromisos institucionales.

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ENTRE « COMPROMIS HISTORIQUE » ET TERRORISME Retour sur l’Italie des années 70

Toni Negri

EX-DIRIGEANT historique du groupe Pouvoir ouvrier, l’équivalent italien de la Gauche prolétarienne (maoïste), Antonio (dit Toni) Negri est actuellement incarcéré à la maison d’arrêt Rebibbia, à Rome. Décidé à mettre un terme à son « histoire judiciaire » et à celle des militants d’extrême gauche encore poursuivis, il s’est livré, le 1er juillet 1997, après quatorze ans d’exil à Paris. Condamné à trente ans de prison pour « insurrection armée contre l’Etat » et à quatre ans et demi pour « responsabilité morale » des affrontements entre militants et police à Milan entre 1973 et 1977, il lui reste théoriquement – compte tenu du temps passé en détention préventive et des remises de peine – plus de quatre ans à purger. En attendant l’ indulto (remise de peine) général que les parlementaires italiens se refusent jusqu’ici à voter, Toni Negri a été autorisé, fin juillet, à travailler à l’extérieur. Il évoque ici l’expérience politique des années 70 en Italie.

 

Parler des années 70 dans l’histoire italienne, c’est parler du présent. Non seulement parce que les conséquences des politiques répressives d’alors perdurent – les lois spéciales n’ont pas été abrogées, deux cents personnes au moins sont encore incarcérées et autant en exil (1). Non seulement parce que la désagrégation du système politique d’après-guerre, réduit en miettes par la chute du mur de Berlin, avait atteint des limites insoutenables. Mais aussi, et surtout, parce que le traumatisme social (et psychologique) de cette décennie n’a encore été ni refoulé ni cicatrisé.

Les années 70 sont présentes parce qu’elles ont posé à l’Italie le problème de la représentation démocratique dans la transformation des modes sociaux de production, ce noeud central des sociétés capitalistes avancées qui n’est pas encore dénoué. En Italie, la présentation de ce noeud de problèmes a pris à ce moment-là une tournure tragique.

Toutes les forces politiques impliquées dans ce drame ont été vaincues. Deux auteurs, plus que d’autres, ont témoigné sur cette tragédie radicale : d’un côté Leonardo Sciascia (2), de l’autre Rossana Rossanda (3). Le premier assurait la chronique des événements en soulignant combien la crise tenait du labyrinthe, la seconde relatait chaque jour, sans jamais se désengager, l’impuissance désespérée des protagonistes à trouver une issue.

En Italie, les années 70 commencent, en fait, en 1967-1968 et se terminent en 1983. En 1967-1968 le mouvement étudiant, comme dans tous les pays développés, érigea des barricades. Pourtant, son envergure et son impact n’eurent pas la même ampleur que dans les autres pays européens : en Italie, le mai 68 étudiant proprement dit fut faible.

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Entrevista a Toni Negri No es casualidad que las luchas se desarrollen contra el G-8 o el FMI, el centro del imperio

Luis Hernández Navarro

La Jornada ( México). 12 de julio 2001

Roma, Italia. La trayectoria política e intelectual de Antonio Negri ha sido siempre sugerente y polémica. Autor de tratados notables sobre el pensamiento de Spinoza, Descartes y Marx; profesor universitario; animador cultural, y dirigente político, Negri fue uno de los teóricos mas destacados de la izquierda extraparlamentaria italiana de los años sesenta y setenta.

Nacido en la ciudad de Padua en 1933, fue detenido en abril de 1979, acusado de ser el jefe de las Brigadas Rojas, del asesinato de Aldo Moro y de haber fomentado la insurrección contra las instituciones. Pese a una primera absolución en 1980, permaneció en prisión preventiva durante cuatro años y medio, hasta que en julio de 1983 fue elegido como diputado.

Tras el retiro de su inmunidad parlamentaria se refugió en Francia durante casi 20 años. "¿Habéis oído hablar de un tal Toni Negri? -decía Michel Foucault- ¿No está en prisión simplemente por ser un intelectual?" Las graves anomalías jurídicas de su caso fueron denunciadas por Amnistía Internacional.

En 1997 regresó a Italia, donde fue detenido. Su objetivo era poner en el centro de la discusión la cuestión de una amnistía general para los prisioneros políticos italianos. Actualmente se encuentra en detención domiciliaria en su casa en Roma.

Inspirados destacado del debate político y filosófico sobre el futuro de la democracia; pensador riguroso y ordenado de los procesos de cambio de la economía y la política en el mundo, Toni Negri conversó con La Jornada en la sala de su departamento.

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Le directoire des pays riches sera-t-il un Léviathan absolu ou un pouvoir impérial libéral et réformiste?

Le G8, directoire des puissants, cherche à constituer un gouvernement global. De manière juste et urgente, car le marché global cherche un gouvernement. On n’a jamais vu un marché qui soit sans gouvernement

Liberation ( Paris )  Le mercredi 18 juillet 2001

Qu’est-ce que le G8? Une réunion de chefs d’Etat. Si on regarde bien la photo du groupe, ils ont l’air plutôt dépaysés: leurs visages – entre la ruse et la résignation – ressemblent à ceux que l’on trouve dans les images des réunions de monarques d’avant 1914. Des monarques qui ont fini assassinés, oubliés, exilés, dans la misère ou plus banalement absorbés par la banalité iconographique de la richesse. En fait, le G8 est un assemblage bizarre, en particulier à cause de la manière dont il s’est formé: ceux qui en sont membres, autoséléctionnés, sont les représentants des «pays les plus riches»… Mais ce n’est pas vraiment très facile d’être l’un des plus riches quand on est aussi un représentant de la démocratie: d’une certaine manière, c’est presque contradictoire. Et vous souvenez-vous des débats de ces messieurs? Il y a eu toute une période où Mitterrand avait peur d’être plus pauvre que les Canadiens (on se posa alors la question de savoir si c’était le PIB qui était important, ou si c’était le revenu des familles). Et essayez d’imaginer l’entrée des Russes dans ce consensus sublime. Il fallait qu’Eltsine boive beaucoup pour oublier qu’il se trouvait en compagnie de ce capitalisme anglo-saxon qu’il détestait par-dessus tout, et des anciennes puissances de l’Axe, et du vieil hermaphrodite français à la fois «colonial» et démocratique…

Mais contrairement à ce que pensent beaucoup de ses contestateurs, le G8 n’est pas seulement le spectacle familier d’un très vieux jeu de pouvoir – s’il ne s’agissait que de cela, on pourrait se limiter à l’ironie et au mépris. Le G8, c’est aussi une dynamique politique importante, un lieu où se construit progressivement le pouvoir sur le monde. L’Organisation des Nations unies ne fonctionne plus: elle survit, marquée par le discrédit et attristée par la réduction inexorable de ses finances. Les polémiques sur l’élargissement éventuel du Conseil de sécurité n’intéressent plus personne: il y a longtemps, un héroïque ambassadeur italien fit des pieds et des mains afin que l’Italie puisse y siéger, et maintenant tout le monde l’a oublié. Non, pour entrer dans le G8, le cursus honorum passe plutôt par l’Organisation mondiale du commerce. Le G8 est donc une dynamique constituante: on cherche à définir et à symboliser à travers lui la figure du pouvoir sur l’Empire, c’est-à-dire la manière dont les plus riches commandent le monde.

©EspaiMarx 2002

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Qué quieren quienes protestan en Génova

Michael Hardt

New York Times, 20 de julio de 2001 http://www.nytimes.com/2001/07/20/opinion/20HARDT.html

Génova, esa ciudad renacentista conocida tanto por su apertura como por su sofisticada sabiduría política, está en crisis este próximo fin de semana. Debería haber abierto sus puertas de par en par a la celebración de esta cumbre de los líderes más poderosos del mundo. En lugar de eso, Génova se ha visto transformada en una fortaleza medieval de barricadas y controles de alta tecnología. La ideología dominante sobre la forma de globalización actual afirma que no hay alternativa. Lo que resulta extraño es que esta idea impone restricciones a quienes se quiere controlar, tanto como a quienes ejercen el control. Los líderes del G8 no tienen otra opción que intentar poner en escena un espectáculo político sofisticado. Intentan mostrarse como personas caritativas con fines transparentes. Prometen ayudar a los pobres del mundo y doblan la rodilla ante el Papa Juan Pablo II y sus intereses. Pero lo que de verdad figura en su agenda es renegociar las relaciones entre los poderosos, sobre cuestiones tales como la construcción de sistemas de defensa antimisiles. Los líderes, sin embargo, parecen de alguna indiferentes a las transformaciones que ocurren a su alrededor, como si siguieran directrices sobre cómo actuar de acuerdo con un guión establecido. Podemos ya imaginarnos la foto final, aunque aún no haya sido tomada: el Presidente George Bush como un rey inverosímil, reforzado por monarcas menores. Pero esta no es una imagen del futuro, pues se asemeja más bien a una foto de archivo, anterior a 1914, de potentados de la realeza.

Quienes se manifiestan contra la cumbre en Génova, sin embargo, no se distraen con estos rancios símbolos de poder. Saben que se está formando un sistema global, fundamentalmente nuevo, que no puede ser comprendido ya en términos de imperialismo británico, francés, ruso o estadounidense. Las numerosas protestas que han conducido hasta Génova se han basado en el reconocimiento de que ningún poder nacional controla el actual orden global. En consecuencia, quienes protestan se dirigen a organizaciones internacionales y supranacionales, tales como el G8, la Organización Mundial de Comercio, el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional. Tales movimientos no son antiamericanos, como a veces parece, sino que se dirigen a otro tipo de estructuras de poder de mayor envergadura. Mientras son los poderes supranacionales y no los nacionales quienes dirigen la actual globalización, tenemos que reconocer que este nuevo orden no tiene mecanismos institucionales democráticos de representación, como tienen los Estados-nación: no tienen elecciones, ni foros públicos para el debate. Quienes mandan se muestran sordos y ciegos frente a quienes son dominados. Las gentes que protestan toman la calle porque esta es la forma de expresión que tienen a su alcance. No son ellos quienes han creado la actual falta de canales y mecanismos sociales para la protesta.

No es adecuado calificar de "antiglobalización" a quienes protestan en Génova (o Gotemburgo, Quebec, Praga o Seattle). El debate sobre la globalización seguirá siendo irremisiblemente confuso si no insistimos en centrar adecuadamente el término globalización. Quienes protestan, en efecto, se unen contra la actual forma de globalización capitalista, pero la mayoría no están contra las corrientes ni las fuerzas globalizadoras en sí mismas; no son aislacionistas, ni separatistas, ni siquiera nacionalistas. Quienes protestan se han convertido por sí mismos en movimientos globales y uno de sus objetivos más claros es la democratización de los procesos globalizadores. No debería ser llamado movimiento antiglobalización. Es un movimiento en pro de la globalización, un movimiento por una globalización alternativa, que busca eliminar desigualdades entre ricos y pobres, entre poderosos y desposeídos, expandir las posibilidades de autodeterminación. Si hay algo que deberíamos entender de la multitud de voces en Génova este fin de semana, es que un futuro diferente y mejor es posible. Si aceptamos sin más el tremendo poder de las fuerzas internacionales y supranacionales que sostienen la actual forma de globalización, entonces la conclusión es que toda resistencia es futil. Pero quienes toman las calles hoy están lo suficientemente locos como para creer que las alternativas son posibles: creen que, en política, "inevitable" no debería ser nunca la última palabra. Una nueva especie de activistas políticos ha nacido con un espíritu reminiscente del paradójico idealismo de los 60: el curso realista de la acción hoy es exigir lo que parece imposible, es decir, algo nuevo. Los movimientos de protesta son parte integral de la sociedad democrática y, aunque sólo sea por esta razón, debemos dar las gracias a quienes tomarán las calles de Génova, estemos de acuerdo o no. Los movimientos de protesta, sin embargo, no proveen señales prácticas de cómo resolver los problemas, no deberíamos esperar eso de ellos. Más bien buscan transformar la agenda pública creando nuevos deseos políticos de un futuro mejor.

Podemos ver las semillas de ese futuro en el mar de rostros que se alarga de las calles de Seattle a las de Génova. Una de las características más reseñables de estos movimientos es su diversidad: sindicalistas junto a ecologistas junto a sacerdotes y comunistas. Empezamos a ver emerger una multitud que no se define por una sola identidad, podemos descubrir un sentido de comunidad en el seno de esta multiplicidad.

Son estos movimientos los que enlazarán este fin de semana a Génova con la apertura (hacia nuevas formas de intercambio y nuevas ideas) de su pasado renacentista. Michael Hardt y Toni Negri, autores de "Empire". Traduce y difunde: Brumaria

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El Imperio

Toni Negri

¿En qué difiere el sistema de dominación mundial del capitalismo del imperialismo tal y como lo definió la tradición marxista? ¿A qué transformaciones económicas, tecnológicas, sociales, y políticas responde esta evolución del mundo? ¿Y cuáles son las consecuencias para las luchas de los Estados occidentales, de los países en transición y del Tercer Mundo? He aquí las cuestiones centrales que trata Empire, un libro escrito por Toni Negri en colaboración con el estadounidense Michael Hardt. (Le Monde Diplomatique, enero- 2001)

Dos ideas fundamentales están la base de Imperio, el libro que he escrito a cuatro manos con Michael Hardt, entre la guerra del Golfo y la de Kosovo. La primera es que no existe un mercado global (en la forma en que se habla desde la caída del Muro de Berlín, es decir, no solamente como paradigma macro-económico sino como categoría política) sin forma de estructura jurídica, y que el orden jurídico no puede existir sin un-poder que garantice su eficacia. La segunda es que el orden jurídico del mercado global (que nosotros llamamos ‘imperial’) no enmarca simplemente una nueva figura del poder supremo que tiende a organizar: registra también nuevos potenciales de vida y de insubordinación, de producción y de lucha de clases.

Desde la caída del Muro de Berlín, la experiencia política internacional ha confirmado ampliamente esta hipótesis. Ha llegado pues el momento de abrir una verdadera discusión y de verificar de forma experimental, los conceptos (mejor, las denominaciones) que nosotros proponemos, con el fin de renovar la ciencia política y jurídica a partir de la nueva o organización del poder global.

Habría que estar loco para negar que actualmente existe un mercado global. Basta pasearse por Internet para convencerse de que esta dimensión global del mercado no representa solamente una experiencia originaria de la consciencia económica, o incluso el horizonte de una amplia práctica de la imaginación (como nos cuenta Fernand Braudel a propósito del final del Renacimiento), sino una organización actual. Más aun: un nuevo orden.

El mercado mundial se unifica políticamente en torno a lo que, desde siempre, se con ce como signos de soberanía: los poderes militar, monetario, comunicacional, cultural y lingüístico. El poder militar por el hecho de que una sola autoridad posee toda la panoplia del armamento, incluido el nuclear; el poder monetario por la existencia de una moneda hegemónica a la que está completamente subordinado el mundo diversificado de las finanzas; el poder comunicacional se traduce en el triunfo de un único modelo cultural, incluso al final de una única lengua universal. Este dispositivo es supranacional, mundial, total: nosotros lo llamamos ‘Imperio’.

Pero todavía hay que distinguir esta forma 1 imperial de gobierno de lo que se ha lla..do durante siglos el ‘imperialismo’. Por ese término entendemos la expansión del Estado-nación más llá de sus fronteras; la creación de re laciones coloniales (a menudo camufladas tras el señuelo de la modernización) a expensas de pueblos hasta entonces ajenos al proceso eurocentrado de la civilización capitalista; pero también la agresividad estatal, militar y económica, cultural, incluso racista, de naciones fuertes respecto a naciones pobres.

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Prefacio a Imperio

Michael Hardt, Toni Negri

Traducción Eduardo Sadier

De la edición de Harvard Universsity Press, Cambridge, Massachussets, 2000

www.griesca.org

Cada herramienta es un arma si la sostienes con firmeza. Ani DiFranco Los hombres luchan y pierden la batalla, y aquello por lo que peleaban llega, pese a su derrota, y luego ya no parece ser lo que creían, y otros hombres deben luchar por lo que creen, bajo otro nombre. William Morris

Prefacio

El Imperio se está materializando ante nuestros ojos. Durante las últimas décadas, mientras los regímenes coloniales eran derrocados, y luego, precipitadamente, tras el colapso final de las barreras soviéticas al mercado capitalista mundial, hemos sido testigos de una irresistible e irreversible globalización de los intercambios económicos y culturales. Junto con el mercado global y los circuitos globales de producción ha emergido un nuevo orden, una nueva lógica y estructura de mando –en suma, una nueva forma de soberanía. El Imperio es el sujeto político que regula efectivamente estos cambios globales, el poder soberano que gobierna al mundo. Muchos sostienen que la globalización de la producción capitalista y el intercambio significa que las relaciones económicas se han vuelto más autónomas de los controles políticos, y que, consecuentemente, ha declinado la soberanía política. Algunos celebran esta nueva era como la liberación de la economía capitalista de las restricciones y distorsiones que las fuerzas políticas le habían impuesto, otros se lamentan por el cierre de los canales institucionales a través de los cuales los trabajadores y ciudadanos podían influir o responder a la fría lógica de la ganancia capitalista. Ciertamente es verdad que, frente al proceso de globalización, la soberanía de los Estados-naciones, aunque aún es efectiva, ha declinado progresivamente. Los factores primarios de la producción y el intercambio –dinero, tecnología, gente y bienes– se mueven con creciente facilidad a través de los límites nacionales; por lo que el Estado-nación posee cada vez menos poder para regular estos flujos e imponer su autoridad sobre la economía. Incluso los Estado-nación más poderosas ya no pueden ser consideradas como autoridades supremas y soberanas, tanto fuera como dentro de sus propias fronteras. La declinación de la soberanía de los estados-naciones, sin embargo, no significa que la soberanía como tal haya declinado.1 De un extremo a otro de las transformaciones contemporáneas, los controles políticos, las funciones del Estado y los mecanismos regulatorios han continuado dirigiendo el reino de la producción económica y social y del intercambio. Nuestra hipótesis básica es que la soberanía ha tomado una nueva forma, compuesta por una serie de organismos nacionales y supranacionales unidos bajo una única lógica de mando. Esta nueva forma global de soberanía es lo que llamamos Imperio. La soberanía declinante de las naciones-estado y su progresiva incapacidad para regular los intercambios económicos y culturales es, de hecho, uno de los síntomas principales de la llegada del Imperio. La soberanía del Estado-nación fue la piedra basal de los imperialismos que las potencias Europeas construyeron durante la Era Moderna. Por “Imperio”, sin embargo, entendemos algo diferente de imperialismo”. Los límites definidos por el moderno sistema de Estados-naciones fueron fundamentales para el colonialismo europeo y la expansión económica: los límites territoriales de la nación delimitaron el centro de poder desde el cual se ejerció el mando sobre territorios externos y ajenos, por medio de un sistema de canales y barreras que, alternativamente, facilitaron u obstruyeron los flujos de producción y circulación. El imperialismo fue realmente una extensión de la soberanía de los Estados-nación europeos más allá de sus fronteras. Eventualmente casi todos loe territorios del mundo podían ser parcelados, y todo el mapa mundial podía ser codificado en colores europeos: rojo para los territorios británicos, azul para los franceses, verde para los portugueses, etc. Adonde se afianzara la moderna soberanía, construía un moderno Leviatán que reproducía su dominio social e imponía fronteras territoriales jerárquicas, tanto para vigilar la pureza de su propia identidad como para excluir cualquier otra distinta. El pasaje al Imperio emerge del ocaso de la moderna soberanía. En contraste con el imperialismo, el Imperio no establece centro territorial de poder, y no se basa en fronteras fijas o barreras. Es un aparato de mando descentrado y desterritorializado que incorpora progresivamente a todo el reino global dentro de sus fronteras abiertas y expansivas. El Imperio maneja identidades híbridas, jerarquías flexibles e intercambios plurales por medio de redes moduladoras de comando. Los diferentes colores del mapa imperialista del mundo se han unido y fundido en el arco iris imperial global. La transformación de la geografía moderna imperialista del mundo y la realización del mercado mundial señalan un pasaje dentro del modo capitalista de producción. Más aún: la división espacial de los tres Mundos (Primero, Segundo y Tercer Mundo) se ha entremezclado de modo tal que hallamos continuamente al Primer Mundo en el Tercero, al Tercero en el Primero, y al Segundo, en verdad, en ningún lado. El capital parece enfrentar a un mundo suavizado – o, realmente, un mundo definido por nuevos y complejos regímenes de diferenciación y homogeneización, deterritorialización y reterritorialización. La construcción de los pasajes y límites de estos nuevos flujos globales ha estado acompañada por una transformación de los propios procesos productivos dominantes, con el resultado que el rol del trabajo fabril industrial ha sido reducido y la prioridad otorgada al trabajo cooperativo, comunicacional y afectivo. En la posmodernización de la economía global, la creación de riqueza tiende cada vez más hacia lo que denominamos producción biopolítica, la producción de la misma vida social, en la cual lo económico, lo político y lo cultural se superponen e infiltran crecientemente entre sí. Muchos ubican a la autoridad última que gobierna el proceso de globalización y del nuevo orden mundial en los Estados Unidos. Los que sostienen esto ven a los Estados Unidos como el líder mundial y única superpotencia, y sus detractores lo denuncian como un opresor imperialista. Ambos puntos de vista se basan en la suposición de que los Estados Unidos se hayan vestido con el manto de poder mundial que las naciones europeas dejaron caer. Si el siglo diecinueve fue un siglo británico, entonces el siglo veinte ha sido un siglo americano; o, realmente, si la modernidad fue europea, entonces la posmodernidad es americana. La crítica más condenatoria que pueden efectuar es que los Estados Unidos están repitiendo las prácticas de los viejos imperialismos europeos, mientras que los proponentes celebran a los Estados Unidos como un líder mundial más eficiente y benevolente, haciendo bien lo que los europeos hicieron mal. Nuestra hipótesis básica, sin embargo, que una nueva forma imperial de soberanía está emergiendo, contradice ambos puntos de vista. Los Estados Unidos no pueden, e, incluso, ningún Estado-nación puede hoy, constituir el centro de un proyecto imperialista. El imperialismo ha concluido. Ninguna nación será líder mundial, del modo que lo fueron las naciones modernas europeas. Sin embargo, los Estados Unidos ocupan un lugar privilegiado en el Imperio, pero este privilegio deriva no de sus similitudes con las viejas potencias imperialistas europeas, sino de sus diferencias. Estas diferencias pueden reconocerse claramente en las bases propiamente imperiales (no imperialistas) de la constitución de los Estados Unidos, y por “constitución” queremos decir tanto la constitución formal, el documento escrito junto con sus variadas enmiendas y aparatos legales, y la constitución material, es decir, la continua formación y re-formación de la composición de sus fuerzas sociales. Thomas Jefferson, los autores de El Federalista, y los otros miembros fundadores de los Estados Unidos fueron todos inspirados por el antiguo modelo imperial; todos ellos creían que estaban creando al otro lado del Atlántico un nuevo Imperio, de fronteras abiertas y expansivas, donde el poder estaría efectivamente distribuido en redes. Esta idea imperial ha sobrevivido y madurado a través de la historia de la constitución de los Estados Unidos, y ha emergido ahora en una escala global, en su forma plenamente realizada. Debemos enfatizar que aquí utilizamos la palabra “Imperio” no como una metáfora, que requeriría demostrar las semejanzas entre el mundo actual y los Imperios de Roma. China, las Américas y demás, sino como un concepto, que pide primariamente un acercamiento teórico. 2 El concepto de Imperio se caracteriza fundamentalmente por una falta de fronteras: el mando del Imperio no tiene límites. Primero y principal, entonces, el concepto de Imperio incluye a un régimen que, efectivamente, abarca a la totalidad espacial, o que, realmente, gobierna sobre todo el mundo “civilizado”. Ninguna frontera territorial limita su reinado. Segundo, el concepto de Imperio no se presenta a sí mismo como un régimen histórico originado en la conquista, sino como un orden que, efectivamente, suspende la historia, y así fija el estado existente para la eternidad. Desde la perspectiva del Imperio este es el modo en que serán siempre las cosas, y el modo en que siempre debió ser. El Imperio presenta su mando no como un momento transitorio en el movimiento de la historia, sino como un régimen sin límites temporales, y, en este sentido, fuera de la historia, o en el fin de la historia. Tercero, el mando del Imperio opera sobre todos los registros del orden social, extendiéndose hacia abajo, a las profundidades del mundo social. El Imperio no sólo maneja un territorio y una población, sino que también crea al mundo que habita. No sólo regula las interacciones humanas, sino que también busca, directamente, regir sobre la naturaleza humana. El objeto de su mando es la vida social en su totalidad, y por esto el Imperio presenta la forma paradigmática del biopoder. Finalmente, aunque la práctica del Imperio está continuamente bañada en sangre, el concepto de Imperio está siempre dedicado a la paz- una paz perpetua y universal, fuera de la historia. El Imperio que enfrentamos ejerce enormes poderes de opresión y destrucción, pero este hecho no debe hacernos sentir nostalgia por las viejas formas de dominación. El pasaje hacia el Imperio y su proceso de globalización ofrece nuevas posibilidades a las fuerzas de liberación. La globalización, por supuesto, no es una única cosa, y los múltiples procesos que reconocemos como globalización no están unificados ni son unívocos. Nuestra tarea política, argumentaremos, no es, simplemente, resistir a estos procesos, sino reorganizarlos y redirigirlos hacia nuevos fines. Las fuerzas creativas de la multitud que sostienen al Imperio son también capaces de construir un contra-Imperio, una organización política alternativa de los flujos e intercambios globales. Las luchas para contestar y subvertir al Imperio, como asimismo aquellas para construir una alternativa real, tendrán lugar en el mismo terreno imperial – y desde luego esas luchas ya han comenzado a emerger. Por medio de esas luchas y muchas más como ellas, la multitud deberá inventar nuevas formas democráticas y un nuevo poder constituyente que habrá de llevarnos algún día a través y más allá del Imperio. La genealogía que seguiremos en nuestro análisis del pasaje desde el imperialismo hacia el Imperio será primero europea y luego euro-americana, no porque creamos que estas regiones son la fuente privilegiada y exclusiva de ideas nuevas e innovaciones históricas, sino simplemente porque este es el principal camino geográfico que siguieron los conceptos y prácticas que animan al Imperio desarrollado actualmente – paralelamente, como sostendremos, al desarrollo del modo capitalista de producción. 3 Aunque la genealogía del Imperio sea en este sentido eurocéntrica, sin embargo, sus poderes actuales no están limitados a ninguna región. Lógicas de mando que, en algún sentido, se originaron en Europa y los Estados Unidos, ahora invisten prácticas de dominación por todo el mundo. Más importante aún: las fuerzas contestatarias del Imperio, que efectivamente prefiguran una sociedad global alternativa, no están ellas mismas limitadas a ninguna región geográfica. La geografía de estos poderes alternativos, la nueva cartografía, está aún aguardando a ser escrita – o, realmente, está siendo escrita hoy con las luchas, resistencias y deseos de la multitud. Al escribir este libro hemos intentado con nuestra mayor habilidad emplear un enfoque interdisciplinario amplio. [4] Nuestros argumentos pretenden ser igualmente filosóficos e históricos, culturales y económicos, políticos y antropológicos. En parte nuestro objeto de estudio demanda esta interdisciplinariedad, puesto que en el Imperio las fronteras que pudieron justificar previamente enfoques disciplinarios estrechos están quebrándose progresiva-mente. En el mundo imperial, el economista, por ejemplo, necesita de un conocimiento básico de producción cultural para entender la economía, y del mismo modo el crítico cultural requiere un conocimiento básico de los procesos económicos para entender la cultura. Ese es un requerimiento que nuestro proyecto demanda. Deseamos haber contribuido con este libro a un marco teórico general y una herramienta conceptual para teorizar y actuar contra el Imperio.5 Como la mayoría de los libros extensos, este puede ser leído de muchos modos: de adelante hacia atrás, por partes, salteadamente, o por correspondencias. Las secciones de la Parte 1 introducen la problemática general del Imperio. En la parte central del libro, Partes 2 y 3, narraremos el pasaje de la modernidad a la posmodernidad, o, en verdad, del imperialismo al Imperio. La Parte 2 cuenta el pasaje básicamente desde el punto de vista de la historia de las ideas y la cultura, desde el período moderno temprano a la actualidad. El hilo rojo que recorre esta parte es la genealogía del concepto de soberanía. La Parte 3 narra el mismo pasaje desde el punto de vista de la producción, donde la producción es entendida en sentido amplio, desde la producción económica a la producción de subjetividad. Esta narración ocupa un período más breve, y enfoca principalmente las transformaciones de la producción capitalista desde fines del siglo diecinueve hasta el presente. Las estructuras internas de las Partes 2 y 3, pues, corresponden a: las primeras secciones de cada una se ocupan de la fase moderna, imperialista; las secciones medias tratan de los mecanismos del pasaje; y las secciones finales analizan nuestro mundo posmoderno, imperial. Hemos estructurado el libro de este modo para enfatizar la importancia del desvío desde el reino de las ideas al de la producción. El Intermezzo entre las Partes 2 y 3 funciona como una bisagra que articula el movimiento desde un punto de vista hacia el otro. Pretendemos que este cambio de un punto de vista al otro funcione como el momento en que Marx, en El Capital, nos invita a abandonar la ruidosa esfera del intercambio y descender a la escondida morada de la producción. Es en el reino de la producción donde se revelan claramente las desigualdades sociales, y, más aún, donde aparecen las más efectivas resistencias y alternativas al poder del Imperio. En la parte 4 intentaremos identificar estas alternativas que hoy están trazando las líneas de un movimiento más allá del Imperio. Este libro fue iniciado al finalizar la Guerra del Golfo Pérsico y terminado antes del inicio de la guerra en Kosovo. Por ello el lector deberá situar el argumento en el punto medio entre estos dos eventos significativos en la construcción del Imperio.

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La multitud contra el imperio Sección 3 del capítulo 4 del libro Imperio

Michael Hardt, Toni Negri

Traducción Eduardo Sadier

De la edición de Harvard Universsity Press, Cambridge, Massachussets, 2000

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Las grandes masas necesitan de una religión material de los sentidos [eine sinnliche Religion]. No sólo las grandes masas sino también los filósofos la necesitan. Monoteísmo de la razón y el corazón, politeísmo de la imaginación y el arte, esto es lo que necesitamos…Debemos tener una nueva mitología, pero esta mitología deberá estar al servicio de las ideas. Deberá ser una mitología de la razón. Das älteste Systemprogramm des deutschen idealismus, Por Hegel, Hölderlin o Schelling No nos falta comunicación, al contrario, tenemos demasiada. Nos falta creación. Nos falta resistencia al presente. Gilles Deleuze y Félix Guattari

El poder imperial ya no puede resolver el conflicto de las fuerzas sociales mediante esquemas que desplacen los términos del conflicto. Los conflictos sociales que constituyen la política se confrontan entre ellos directamente, sin ningún tipo de mediación. Esta es la novedad esencial de la situación imperial. El Imperio crea un potencial para la revolución mucho mayor que el de los regímenes modernos de poder, porque nos presenta, a lo largo de la máquina de comando, frente a una alternativa: el conjunto de todos los explotados y subyugados, una multitud directamente opuesta al Imperio, sin mediación entre ellos. En este punto, entonces, como dice San Agustín, nuestra tarea es discutir, con lo mejor de nuestros poderes, “el ascenso, el desarrollo y el fin destinado de las dos ciudades…que hallamos…entretejidas…y mezcladas entre sí”. 1 Ahora, tras habernos ocupado extensamente del Imperio, debemos abocarnos directamente a la multitud y su poder político potencial. Las Dos Ciudades Debemos investigar específicamente cómo puede la multitud volverse un sujeto político en el contexto del Imperio. Podemos reconocer ciertamente la existencia de la multitud desde la perspectiva de la constitución del Imperio, pero desde esa perspectiva la multitud puede aparecer como generada y sostenida por el comando imperial. En el nuevo Imperio posmoderno no hay un Emperador Caracalla que le garantice la ciudadanía a todos los sujetos formando así la multitud como un sujeto político. La formación de la multitud de productores explotados y subyugados puede verse más claramente en la historia de las revoluciones del siglo veinte. Entre las revoluciones comunistas de 1917 y 1949, las grandes luchas antifascistas de los ´30 y los ´40, y las numerosas luchas de liberación de los ´60 hasta las de 1989, nacieron las condiciones para la ciudadanía de la multitud, se extendieron y consolidaron. Lejos de haber sido derrotadas, cada revolución del siglo veinte impulsó hacia delante y transformó los términos del conflicto de clases, instalando las condiciones de una nueva subjetividad política, una multitud insurgente contra el poder imperial. El ritmo que han establecido los movimientos revolucionarios es el golpe del nuevo aetas, una nueva madurez y metamorfosis de los tiempos. La constitución del Imperio no es la causa sino la consecuencia del ascenso de estos nuevos poderes. No debe sorprender, entonces, que al Imperio, pese a sus esfuerzos, le resulte imposible construír un sistema de derecho adecuado a la nueva realidad de la globalización de las relaciones económicas y sociales. Esta imposibilidad (que sirvió de punto de partida para nuestro argumento en la Sección 1.1) no se debe a la amplia extensión del campo de la regulación; tampoco es el resultado simple del dificultoso pasaje desde el viejo sistema de ley pública internacional hacia el nuevo sistema imperial. Esta imposibilidad se explica, en realidad, por la naturaleza revolucionaria de la multitud, cuyas luchas han producido el Imperio como una inversión de su propia imagen, y que ahora representa en este nuevo escenario una fuerza incontenible y un exceso de valor con respecto a toda forma de derecho y ley. Para confirmar esta hipótesis es suficiente con mirar al desarrollo contemporáneo de la multitud y explayarse en la vitalidad de sus expresiones actuales. Cuando la multitud trabaja produce autónomamente y reproduce la totalidad del mundo de la vida. Producir y reproducir autónomamente significa construir una nueva realidad ontológica. Efectivamente: trabajando, la multitud se produce a sí misma como singularidad. Una singularidad que establece un nuevo lugar en el no-lugar del Imperio, una singularidad que es una realidad producida por la cooperación, representada por la comunidad lingüística y desarrollada por los movimientos de hibridización. La multitud afirma su singularidad invirtiendo la ilusión ideológica de que todos los humanos en las superficies globales del mercado mundial son intercambiables. Poniendo sobre sus pies a la ideología del mercado, la multitud promueve mediante su trabajo las singularizaciones biopolíticas de grupos y conjuntos de humanidad, en todos y cada nodo de intercambio global. Las luchas de clase y los procesos revolucionarios del pasado socavaron los poderes políticos de pueblos y naciones. El preámbulo revolucionario que se escribió durante los siglos diecinueve y veinte ha preparado la nueva configuración subjetiva del trabajo que llega para ser realizada hoy. La cooperación y la comunicación entre todas las esferas de la producción biopolítica definen una nueva singularidad productiva. La multitud no se forma simplemente arrojando y mezclando indiferentemente naciones y pueblos; es el poder singular de una nueva ciudad. En este punto puede objetarse, con buenas razones, que todo esto no alcanza aún para establecer a la multitud como un sujeto político propiamente dicho, ni mucho menos como un sujeto con el potencial de controlar su propio destino. Esta objeción, sin embargo, no representa un obstáculo insuperable, pues el pasado revolucionario y las capacidades productivas cooperativas contemporáneas, mediante las cuales se transcriben y reformulan continuamente las características antropológicas de la multitud, no pueden revelar un telos, una afirmación material de la liberación. En el mundo antiguo Plotino enfrentó algo similar a esta situación: “Volemos entonces a la amada Madre Patria”: este es el mejor consejo…La Madre Patria para nosotros es Allí de donde venimos, y Allí está el Padre. ¿Cuál será entonces nuestro rumbo, cuál el modo de volar? Esta no es jornada para nuestros pies; los pies sólo nos llevan de tierra en tierra; tampoco necesitas de un carro o nave para llevarte; todo este orden de cosas debes dejarlas a un lado y negarte a verlas: debes cerrar los ojos y llamar a otro tipo de visión que deberá despertarse dentro tuyo, una visión, el inicio de todo, que pocos tendrán.2 Es así cómo los antiguos místicos expresaban el nuevo telos. La multitud actual, sin embargo, reside en las superficies imperiales donde no hay Dios Padre ni trascendencia. En lugar de ello está nuestro trabajo inmanente. La teleología de la multitud es teúrgica: consiste en la posibilidad de dirigir las tecnologías y la producción hacia su propio júbilo y el incremento de su poder. La multitud no tiene motivos para buscar fuera de su propia historia y de su propio poder productivo actual los medios necesarios para alcanzar su constitución como sujeto político. Así comienza a formarse una mitología material de la razón, y está construida en los lenguajes, tecnologías y todos los medios que constituyen el mundo de la vida. Es una religión material de los sentidos que separan a la multitud de todo residuo de poder soberano y de todo “largo brazo” del Imperio. La mitología de la razón es la articulación simbólica e imaginativa que permite a la ontología de la multitud expresarse a sí misma como actividad y conciencia. La mitología de los lenguajes de la multitud interpreta el telos de una ciudad terrenal, llevada por el poder de su propio destino a no pertenecer ni estar sujeta a una ciudad de Dios, que ha perdido todo honor y legitimidad. A las mediaciones metafísicas y trascendentes, a la violencia y corrupción, se le opone, entonces, la constitución absoluta del trabajo y la cooperación, la ciudad terrenal de la multitud. Infinitos Caminos (El derecho a la Ciudadanía Global) La constitución de la multitud aparece primeramente como un movimiento espacial que constituye a la multitud en un espacio sin límites. La movilidad de las mercancías, y por lo tanto de esa mercancía especial que es la fuerza de trabajo, ha sido presentada por el capitalismo desde sus comienzos como la condición fundamental de la acumulación. La clase de movimientos de individuos, grupos y poblaciones que hallamos hoy en el Imperio, sin embargo, no pueden ser subyugados totalmente a las leyes de la acumulación capitalista-a cada momento sobrepasan y rompen los límites de la medida. Los movimientos de la multitud diseñan nuevos espacios, y sus jornadas establecen nuevas residencias. Es el movimiento autónomo el que define el espacio propio de la multitud. Cada vez menos podrán los pasaportes y documentos legales regular nuestros movimientos a través de las fronteras. Una nueva geografía es establecida por la multitud mientras los flujos productivos de los cuerpos definen nuevos ríos y puertos. Las ciudades de la Tierra se transformarán en grandes depósitos de humanidad cooperadora y locomotoras de la circulación, residencias temporales y redes de distribución masiva de la viviente humanidad. Mediante la circulación la multitud se reapropia de espacio, constituyéndose a sí misma como sujeto activo. Cuando miramos más de cerca cómo opera este proceso constitutivo de la subjetividad, podemos ver que los nuevos espacios son descritos por topologías inusuales, por rizomas subterráneos e incontenibles-por mitologías geográficas que marcan los nuevos caminos del destino. Con frecuencia estos movimientos cuestan terribles sufrimientos, pero hay en ellos un deseo de liberación que no se sacia excepto por la reapropiación de nuevos espacios, alrededor de los cuales se construyen nuevas libertades. En todo lugar donde estos movimientos llegan, y a lo largo de todos sus caminos, determinan nuevas formas de vida y cooperación-en todo lugar en el que crean esa riqueza que el capitalismo parasitario posmoderno no sabría de que otro modo succionar de la sangre del proletariado, porque la actual creciente producción tiene lugar en el movimiento y la cooperación, en el éxodo y la comunidad. ¿Sería posible imaginar a la agricultura y las industrias de servicios de Estados Unidos sin el trabajo inmigrante mexicano, o al petróleo árabe sin palestinos y paquistaníes? Más aún, ¿dónde estarían los grandes sectores innovadores de la producción inmaterial, desde el diseño a la moda, y desde la electrónica a la ciencia en Europa, Estados Unidos y Asia, sin el “trabajo ilegal” de las grandes masas, movilizadas hacia los radiantes horizontes de la riqueza y la libertad capitalista? Las migraciones masivas se han vuelto necesarias para la producción. Cada camino está forjado, mapeado y transitado. Pareciera que cuanto más intensamente es transitado y cuanto más sufrimiento se deposita en él, más se vuelve productivo cada camino. Estos caminos son los que sacan a la “ciudad terrenal” de la nube y confusión que el Imperio vuelca sobre ella. Este es el modo en que la multitud gana poder para afirmar su autonomía, desplazándose y expresándose a través de un aparato de extensa reapropiación territorial transversal. Reconocer la autonomía potencial de la multitud móvil, sin embargo, sólo señala hacia la cuestión real. Lo que necesitamos comprender es cómo la multitud es reorganizada y redefinida como un poder político positivo. Hasta este momento hemos podido describir la existencia potencial de este poder político en términos meramente formales. Sería un error detenernos aquí, sin avanzar en investigar las formas maduras de la conciencia y organización política de la multitud, sin reconocer cuan poderosa ya es en estos movimientos territoriales de la fuerza de trabajo del Imperio. ¿Cómo podremos reconocer (y revelar) una tendencia política constituyente dentro y más allá de la espontaneidad de los movimientos de la multitud? Esta cuestión puede ser abordada inicialmente desde el otro lado, considerando las políticas del Imperio que reprimen dichos movimientos. El Imperio no sabe realmente cómo controlar estos caminos, y sólo puede intentar criminalizar a aquellos que los transitan, aún cuando los movimientos sean requeridos por la propia producción capitalista. Las líneas de migración que corren desde Sur a Norte América son obstinadamente denominadas por los nuevos zares de la droga “la ruta de la cocaína”; o mejor aún, las articulaciones del éxodo desde el Norte de África y el África Sub-Sahariana son tratadas por los líderes europeos como “vías del terrorismo”; o mejor aún, las poblaciones forzadas a huír a través del Océano Índico son reducidas a la esclavitud en la “Arabia félix”; y la lista continúa. Y continúan los flujos de población. El Imperio debe restringir y aislar los movimientos espaciales de la multitud a fin de impedir que ganen legitimidad política. Es extremadamente importante desde este punto de vista que el Imperio utilice sus poderes para manejar y orquestar las variadas fuerzas del nacionalismo y el fundamentalismo (ver Secciones 2.2 y 2.4). Y no es menos importante que el Imperio despliegue sus poderes militares y políticos para volver al orden a los rebeldes e indomables. 3 Sin embargo, estas prácticas imperiales, por sí mismas aún no inciden sobre la tensión política que corre a través de los movimientos espontáneos de la multitud. Todas estas acciones represivas permanecen esencialmente externas a la multitud y sus movimientos. El Imperio sólo puede aislar, dividir y segregar. El capital imperial ataca, de hecho, a los movimientos de la multitud con una determinación incansable: patrulla los mares y las fronteras; dentro de cada país divide y segrega; y en el mundo del trabajo refuerza los clivajes y divisiones de raza, género, lenguaje, cultura y demás. Incluso entonces, sin embargo, debe ser cuidadoso para no restringir demasiado la productividad de la multitud, pues el Imperio también depende de este poder. Se deberá permitir que los movimientos de la multitud se expandan cada vez más por la escena mundial, y los intentos de reprimir a la multitud son realmente paradójicas manifestaciones invertidas de su fuerza. Esto nos devuelve a nuestra tarea fundamental: ¿cómo pueden volverse políticas las acciones de la multitud? ¿Cómo puede la multitud organizar y concentrar sus energías contra la represión y las incesantes segmentaciones territoriales del Imperio? La única respuesta que podemos dar a estas preguntas es que la acción de la multitud se torna política principalmente cuando comienza a confrontar, directamente y con una conciencia adecuada, a las acciones represivas centrales del Imperio. Es cuestión de reconocer y entrar en lucha con las iniciativas imperiales, no permitiéndoles reestablecer continuamente el orden; es cuestión de cruzar y romper los límites y segmentaciones que se le imponen a la nueva fuerza laboral colectiva; es cuestión de unificar estas experiencias de resistencia y esgrimirlas contra los nervios centrales del comando imperial. Esta tarea de la multitud, aunque está clara en el ámbito conceptual, es aún muy abstracta. ¿Qué prácticas concretas y específicas animarán este proyecto político? No podemos decirlo en este momento. Lo que sí podemos ver, sin embargo, es un primer elemento de un programa político para la multitud global, una primera demanda política: ciudadanía global. Durante las demostraciones de 1996 a favor de los sans papier, los extranjeros indocumentados residentes en Francia, las pancartas demandaban “Papiers pour tous!” Papeles de residencia para todos significa en primer lugar que todos deben tener plenos derechos de ciudadanía en el país en el que viven y trabajan. Esta no es una demanda política utópica o irreal. La demanda es, simplemente, que el status jurídico de la población se reforme de acuerdo con las transformaciones económicas reales de los últimos años. El propio capital ha demandado la creciente movilidad de la fuerza de trabajo y las continuas migraciones a través de las fronteras nacionales. La producción capitalista en las regiones más dominantes (en Europa, Estados Unidos y Japón, y también en Singapur, Arabia Saudita, y todas partes) es altamente dependiente del influjo de trabajadores desde las regiones subordinadas del mundo. Por lo tanto, la demanda política es que el hecho existente de la producción capitalista sea reconocido jurídicamente y que a todos los trabajadores se les otorguen plenos derechos de ciudadanía. Esta demanda política insiste en la posmodernidad sobre el fundamental principio constitucional moderno que une el derecho con el trabajo, recompensando por ello con la ciudadanía al trabajador que crea capital. Esta demanda puede ser configurada también de un modo más general y radical con respecto a las condiciones posmodernas del Imperio. Si en un primer momento la multitud demanda que cada Estado reconozca jurídicamente a las migraciones necesarias para el capital, en un segundo momento debe demandar control sobre los propios movimientos. La multitud debe poder decidir si, cuándo y dónde se mueve. También debe tener el derecho de quedarse inmóvil y disfrutar de un lugar en vez de ser forzada a moverse continuamente. El derecho general a controlar su propio movimiento es la demanda final por la ciudadanía global. Esta demanda es radical en tanto que desafía al aparato fundamental del control imperial sobre la producción y la vida de la multitud. La ciudadanía global es el poder de la multitud para reapropiarse del control sobre el espacio, y con ello diseñar la nueva cartografía. Tiempo y Cuerpo (El derecho a un Salario Social) Además de las dimensiones espaciales que hemos considerado, múltiples elementos emergen de los infinitos caminos de la multitud móvil. En particular, la multitud se apodera el tiempo y construye nuevas temporalidades, que podemos reconocer observando las transformaciones del trabajo. La comprensión de esta construcción de nuevas temporalidades nos ayudará, asimismo, a ver cómo la multitud posee el potencial de tornar su acción coherente como una tendencia política real. Las nuevas temporalidades de producción biopolítica no pueden ser entendidas en los marcos de las concepciones tradicionales del tiempo. Aristóteles definía al tiempo por la medida del movimiento entre un antes y un después. Esta definición de Aristóteles poseyó el enorme mérito de separar la definición de tiempo de la experiencia individual y del espiritualismo. El tiempo es una experiencia colectiva que se incorpora y vive en los movimientos de la multitud. Aristóteles, sin embargo, procedió a reducir este tiempo colectivo determinado por la experiencia de la multitud a un patrón de medida trascendente. A lo largo de la metafísica Occidental, desde Aristóteles hasta Kant y Heidegger, el tiempo ha sido ubicado continuamente en esta morada trascendente. En la modernidad, la realidad no era concebible sino como medida, y la medida a su vez, no era concebible sino como un (real o formal) a priori que acorralaba al ser dentro de un orden trascendente. Sólo en la posmodernidad ha habido una ruptura real con esta tradición-ruptura no con el primer elemento de la definición Aristotélica del tiempo en cuanto constitución colectiva, sino con la segunda configuración trascendente. En la posmodernidad, en realidad, el tiempo ya no está determinado por ninguna medida trascendente, por ningún a priori: el tiempo pertenece directamente a la existencia. Es aquí donde se quiebra la tradición Aristotélica de la medida. De hecho, desde nuestra perspectiva, el trascendentalismo de la temporalidad es destruido más decisivamente por la circunstancia que es ahora imposible medir el trabajo, ya sea por convención o por cálculo. El tiempo regresa enteramente bajo la existencia colectiva, y por ello reside dentro de la cooperación de la multitud. Mediante la cooperación, la existencia colectiva y las redes comunicativas que se forman y reforman dentro de la multitud, el tiempo es reapropiado en el plano de la inmanencia. No se le otorga un a priori, sino que lleva la marca de la acción colectiva. La nueva fenomenología del trabajo de la multitud revela al trabajo como la actividad creativa fundamental que, mediante la cooperación va más allá de todo obstáculo impuesto sobre ella, y re-crea constantemente al mundo. Por ello, el tiempo puede ser definido como la inconmen-surabilidad del movimiento entre un antes y un después, un proceso inmanente de constitución. 4 Los procesos de constitución ontológica se despliegan durante los movimientos colectivos de cooperación, a través de las nuevas tramas tejidas por la producción de subjetividad. Es en este sitio de constitución ontológica donde el nuevo proletariado aparece como un poder constituyente. Este en un nuevo proletariado y no una nueva clase trabajadora industrial. Esta distinción es fundamental. Como hemos explicado antes, “proletariado” es el concepto general que define a todos aquellos cuyo trabajo es explotado por el capital, toda la multitud cooperativa (Sección 1.3). La clase trabajadora industrial representa sólo un momento parcial en la historia del proletariado y sus revoluciones, en el período en que el capital era capaz de reducir el valor a la medida. En aquel período parecía como que sólo el trabajo de los trabajadores asalariados era productivo, y por lo tanto todos lo demás segmentos del trabajo aparecían como meramente reproductivos e incluso improductivos. Sin embargo, en el contexto biopolítico del Imperio, la producción de capital converge cada vez más con la producción y reproducción de la misma vida social; y por ello es cada vez más difícil mantener las distinciones entre trabajo productivo, reproductivo e improductivo. El trabajo-material o inmaterial, intelectual o corporal-produce y reproduce la vida social, y en ese proceso es explotado por el capital. Este amplio panorama de producción biopolítica nos permite reconocer la generalidad total del concepto de proletariado. La indistinción progresiva entre producción y reproducción en el contexto biopolítico también subraya nuevamente la inconmensurabilidad del tiempo y el valor. A medida que el trabajo se mueve hacia fuera de las paredes de las fábricas, es cada vez más difícil mantener la ficción de cualquier medida de la jornada laboral, y mediante ello separar al tiempo de producción del tiempo de reproducción, o al tiempo de trabajo del tiempo de ocio. No hay relojes para fichar la hora en el terreno de la producción biopolítica; el proletariado produce en toda su generalidad en todas partes durante todo el día. Esta generalidad de la producción biopolítica deja en evidencia una segunda demanda política de la multitud: un salario social y un ingreso garantizado para todos. El salario social se opone, primeramente, al salario familiar, esa arma fundamental de la división sexual del trabajo por la cual el salario pagado por el trabajo productivo del trabajador varón es concebido también como pago por el trabajo reproductivo no asalariado de la mujer del trabajador y sus dependientes en el hogar. Este salario familiar mantiene el control familiar firmemente en las manos del varón ganador de salario y perpetúa un falso concepto sobre cual trabajo es productivo y cual no lo es. A medida que la distinción entre trabajo productivo y reproductivo se desvanece, así también se desvanece la legitimación del salario familiar. El salario social se extiende mucho más allá de la familia, hacia toda la multitud, incluso a aquellos que están desempleados, porque toda la multitud produce, y su producción es necesaria desde la perspectiva del capital social total. En el pasaje a la posmodernidad y la producción biopolítica, la fuerza de trabajo se ha vuelto crecientemente colectiva y social. Ya no es posible sostener el viejo slogan “a igual trabajo igual paga” cuando el trabajo deja de ser individualizado y medible. La demanda de un salario se extiende a toda la población que demanda que toda actividad necesaria para la producción de capital sea reconocida con igual compensación, de tal modo que un salario social sea un ingreso garantizado. Una vez que la ciudadanía se extienda para todos, podremos llamar a este ingreso garantizado un ingreso ciudadano, debido a cada uno en tanto miembro de la sociedad. Telos (El Derecho a la Reapropiación) Desde que en la esfera imperial de biopoder producción y vida tienden a coincidir, la lucha de clases posee el potencial de erupcionar en todos los campos de la vida. El problema que debemos confrontar ahora es cómo pueden emerger instancias concretas de lucha de clases, y, más aún, cómo pueden conformar un programa de lucha coherente, un poder constituyente adecuado para la destrucción del enemigo y la construcción de una nueva sociedad. La pregunta es, realmente, cómo el cuerpo de la multitud puede configurarse a sí mismo como un telos. El primer aspecto del telos de la multitud tiene que ver con los sentidos del lenguaje y la comunicación. Si la comunicación se ha vuelto crecientemente el tejido de la producción, y si la cooperación lingüística se ha vuelto crecientemente la estructura de la corporalidad productiva, entonces el control sobre el sentido y significado lingüístico y las redes de comunicación se vuelve una cuestión central para la lucha política. Jürgen Habermas parece haber entendido este hecho, pero él garantizó las funciones liberadas del lenguaje y la comunicación sólo para individuos y segmentos aislados de la sociedad. 5 El pasaje a la posmodernidad y el Imperio prohíbe toda compar-timentalización del mundo de la vida, y presenta inmediatamente a la comunicación, la producción y la vida como un complejo todo, un lugar abierto de conflicto. Los teóricos y practicantes de la ciencia han ocupado largamente estos sitios de controversia, pero hoy toda la fuerza de trabajo (sea inmaterial o material, intelectual o manual) está ocupada en luchas sobre los sentidos del lenguaje y en contra de la colonización de la socialidad comunicativa por el capital. Todos los elementos de corrupción y explotación nos son impuestos por los regímenes lingüísticos y comunicativos de producción: destruirlos en palabras es tan urgente como hacerlo en hechos. Esto no es realmente cuestión de ideología crítica, si por ideología aún entendemos un reino superestructural de ideas y lenguaje, externo a la producción. En realidad: en la ideología del régimen imperial, la crítica se vuelve tanto crítica de la economía política como de la experiencia vivida. ¿Cómo pueden ser orientados diferentemente el sentido y el significado, u organizados en aparatos comunicativos alternativos, coherentes? ¿Cómo podemos descubrir y dirigir las líneas preformativas de conjuntos lingüísticos y redes comunicativas que crean el tejido de la vida y la producción? El conocimiento deberá volverse acción lingüística y la filosofía una verdadera reapropiación del conocimiento. 6 En otras palabras, el conocimiento y la comunicación deberán constituir la vida mediante la lucha. Un primer aspecto del telos aparece cuando, mediante la lucha de la multitud, se desarrollan los aparatos que unen la comunicación con los modos de vida. A cada lenguaje y red comunicativa le corresponde un sistema de máquinas, y la cuestión de las máquinas y su uso nos permite reconocer un segundo aspecto del telos de la multitud, que se integra al primero y lo continúa. Sabemos bien que las máquinas y las tecnologías no son entidades neutras e independientes. Son herramientas biopolíticas desplegadas en regímenes específicos de producción, que facilitan ciertas prácticas y prohíben otras. Los procesos de construcción del nuevo proletariado que hemos venido siguiendo traspasan un umbral fundamental cuando la multitud se reconoce a sí misma como maquínica, cuando concibe la posibilidad de un nuevo uso de las máquinas y la tecnología en el cual el proletariado no esté subsumido como “capital variable”, como una parte interna de la producción de capital, sino que sea un agente autónomo de producción. En el pasaje de la lucha sobre el sentido del lenguaje a la construcción de un nuevo sistema de máquinas, el telos gana mayor consistencia. Este segundo aspecto del telos sirve para que aquello que se construyó en el lenguaje se vuelva una durable progresión corporal de deseo en libertad. La hibridización del humano y la máquina ya no es un proceso que tiene lugar en los márgenes de la sociedad; en realidad es un episodio fundamental en el centro de la constitución de la multitud y su poder. Como deben movilizarse enormes medios colectivos para esta mutación, el telos debe ser configurado como telos colectivo. Debe volverse real como sitio de encuentro entre sujetos y mecanismo de constitución de la multitud. 7 Este es el tercer aspecto de la serie de pasajes mediante los cuales se forma la teleología material del nuevo proletariado. Aquí, la conciencia y la voluntad, el lenguaje y la máquina, son llamadas a sostener la construcción colectiva de la historia. La demostración de este porvenir no puede consistir en nada más que la experiencia y experimentación de la multitud. Por lo tanto, el poder de la dialéctica, que imagina a lo colectivo formado mediante la mediación antes que por constitución, ha sido definitivamente disuelto. La construcción de la historia es, en este sentido, la construcción de la vida de la multitud. El cuarto aspecto tiene que ver con la biopolítica. La subjetividad del trabajo viviente revela, simple y directamente en la lucha sobre los sentidos del lenguaje y la tecnología, que cuando hablamos de medios colectivos de constitución de un nuevo mundo, hablamos de la conexión entre el poder de la vida y su organización política. Aquí lo político, lo social, lo económico y lo vital moran juntos. Están totalmente interrelacionados y son completamente intercambiables. Las prácticas de la multitud invisten este horizonte unitario y complejo-que es al mismo tiempo ontológico e histórico. Es aquí donde la trama biopolítica se abre al poder constituyente, constitutivo. El quinto y último aspecto, entonces, trata directamente con el poder constituyente de la multitud-es decir, con el producto de la imaginación creativa de la multitud que configura su propia constitución. Este poder constituyente posibilita la continua apertura a un proceso de transformaciones radicales y progresivas. Vuelve concebibles a la igualdad y la solidaridad, esas frágiles demandas que fueron fundamentales pero permanecieron abstractas durante toda la historia de las constituciones modernas. No debe sorprendernos que la multitud posmoderna derive de la Constitución norteamericana, que le posibilitó ser, por encima y en contra de todas las otras constituciones, una constitución imperial: su noción de una ilimitada frontera de libertad y su definición de una espacialidad y temporalidad abiertas, célebres en un poder constituyente. Este nuevo rango de posibilidades no garantiza en modo alguno lo que habrá de llegar. Y sin embargo, pese a esas reservas, hay algo real que presagia un próximo futuro: el telos que podemos sentir latiendo, la multitud que construímos dentro del deseo. Ahora podemos formular una tercera demanda política de la multitud: el derecho a la reapropiación. El derecho a la reapropiación es, primeramente, el derecho a la reapropiación de los medios de producción. Los socialistas y comunistas han demandado largamente que el proletariado tenga libre acceso y control sobre las máquinas y materiales que utilizan para producir. En el contexto de la producción inmaterial y biopolítica, sin embargo, esta demanda tradicional toma un nuevo aspecto. La multitud no sólo usa máquinas para producir, sino que también se vuelve crecientemente maquínica, en tanto los medios de producción están cada vez más integrados en las mentes y cuerpos de la multitud. En este contexto, la reapropiación significa tener libre acceso y control sobre el conocimiento, la información, la comunicación y los afectos-puesto que estos son algunos de los medios primarios de producción biopolítica. Pero que estas máquinas productivas hayan sido integradas dentro de la multitud no significa que la multitud tenga control sobre ellas. Por el contrario, hace más viciosa e injuriosa su alineación. El derecho a la reapropiación es, realmente, el derecho de la multitud al auto-control y la auto-producción autónoma. Posse El telos de la multitud debe vivir y organizar su espacio político contra el Imperio, aún dentro de la “madurez de los tiempos” y las condiciones ontológicas que presenta el Imperio. Hemos visto cómo la multitud se mueve por infinitos caminos y toma formas corporales mediante la reapropiación del tiempo e hibridizando nuevos sistemas maquínicos. También hemos visto cómo se materializa el poder de la multitud dentro del vacío que necesariamente queda en el corazón del Imperio. Ahora es cuestión de instalar dentro de estas dimensiones el problema del volverse-sujeto de la multitud. En otras palabras, las condiciones virtuales deben ahora volverse reales en una figura concreta. En contra de la ciudad divina, la ciudad terrenal debe demostrar su poder como aparato de la mitología de la razón que organiza la realidad biopolítica de la multitud. El nombre que queremos utilizar para referirnos a la multitud en su autonomía política y su actividad productiva es el término latino posse-poder como verbo, como actividad. En el humanismo Renacentista la tríada esse-nosse-posse (ser-conocer-teniendo poder) representó el corazón metafísico de aquel paradigma filosófico constitutivo que fue entrar en la crisis a medida que la modernidad tomaba forma progresivamente. La filosofía europea moderna, en sus orígenes y en sus componentes creativos que no estaban subyugados al trascendentalismo, tendió continuamente a instalar la posse en el centro de la dinámica ontológica: posse es la máquina que enlaza juntos al conocimiento y el ser en un proceso constitutivo expansivo. Cuando el Renacimiento maduró y alcanzó el punto de conflicto con las fuerzas de la contrarrevolución, la posse humanística se transformó en fuerza y símbolo de resistencia, en la noción de inventio o experimentación de Bacon, la concepción de amor de Campanella, y la potentia utilizada por Spinoza. Posse es lo que pueden hacer un cuerpo y una mente. Precisamente porque continuó viviendo en resistencia, el término metafísico se volvió un término político. Posse se refiere al poder de la multitud y su telos, un poder incorporado de conocimiento y ser, siempre abierto a lo posible. Los grupos norteamericanos contempo-ráneos de rap han redescubierto el término “posse” como sustantivo para marcar la fuerza que define musical y literariamente al grupo, la diferencia singular de la multitud posmoderna. Por supuesto, la referencia más próxima para los raperos probablemente sea la posse comitatus del saber del Salvaje Oeste, el rudo grupo de hombres armados que estaban siempre listos para ser autorizados por el sheriff a cazar a los fuera de la ley. Esta fantasía americana de vigilantes y forajidos, sin embargo, no nos interesa demasiado. Es más interesante trazar hacia atrás una etimología más profunda y oculta del término. Nos parece que, tal vez, un extraño destino ha renovado la noción Renacentista y, con una pizca de locura, hecho merecedor nuevamente a este término de su alta tradición política. Desde esta perspectiva queremos hablar de posse y no de “res-publica”, porque lo público y la actividad de las singularidades que lo componen van más allá de todo objeto (res) y son constitucionalmente incapaces de ser acorralados allí. Por el contrario, las singularidades son productoras. Como la “posse” del Renacimiento, que estaba atravesada por el conocimiento y residía en la raíz metafísica del ser, ellas también estarán en el origen de la nueva realidad política que la multitud está definiendo en el vacío de la ontología imperial. Posse es la perspectiva que mejor nos permite entender a la multitud como subjetividad singular: posse constituye su modo de producción y su ser. Como en todos los procesos innovadores, el modo de producción que emerge es instalado contra las condiciones de las cuales debe liberarse. El modo de producción de la multitud es instalado contra la explotación en nombre del trabajo, contra la propiedad en nombre de la cooperación, y contra la corrupción en nombre de la libertad. Auto-valoriza los cuerpos en el trabajo, se reapropia de la inteligencia productiva mediante la cooperación, y transforma la existencia en libertad. La historia de la composición de clase y la historia de la militancia trabajadora demuestran la matriz de estas siempre nuevas, y aún así determinadas, reconfiguraciones de auto-valorización, cooperación y auto-organización política, como proyecto social efectivo. La primera etapa de una militancia obrera capitalista propiamente dicha, es decir, la fase de producción industrial que precedió el pleno despliegue de los regímenes Fordista y Taylorista, estuvo definida por la figura del trabajador profesional, el trabajador altamente calificado, organizado jerárquicamente en la producción industrial. La militancia implicaba principalmente transformar el poder específico de valorización del propio trabajo obrero y la cooperación productiva en un arma a ser utilizada en un proyecto de reapropiación, un proyecto en el cual la figura singular del poder productivo del trabajador fuera exaltada. Una república de consejos obreros era su slogan; un soviet de productores su telos; y la autonomía en la articulación de la modernización, su programa. El nacimiento de los sindicatos modernos y la construcción del partido de vanguardia corresponden, ambos, a este período de luchas obreras, y lo determinaron efectivamente. La segunda fase de militancia obrera capitalista, que corresponde al despliegue de los regímenes Fordista y Taylorista, fue definida por la figura del obrero masa. La militancia del obrero masa combinó su propia auto-valorizacion como rechazo del trabajo fabril y la extensión de su poder sobre todos los mecanismos de reproducción social. Su programa fue crear una alternativa real al sistema de poder capitalista. La organización de sindicatos de masa, la construcción del Estado de Bienestar, y el reformismo social-demócrata fueron resultados de las relaciones de fuerza definidos por el obrero masa y las sobredeterminaciones que le impuso al desarrollo capitalista. La alternativa comunista actuó en esta fase como un contrapoder dentro de los procesos del desarrollo capitalista. Hoy, en la fase de militancia obrera que corresponde a los regímenes post-Fordistas, informacionales, de producción, emerge la figura del obrero social. En la figura del obrero social son entretejidos los diversos hilos de la fuerza de trabajo inmaterial. Un poder constituyente que conecta la intelectualidad de masas y la auto-valorización en todas las arenas de la flexible y nomáde cooperación social productiva es el hecho del día. En otras palabras, el programa del obrero social es un proyecto de constitución. En la actual matriz productiva, el poder constituyente del trabajo puede expresarse como auto-valorización de lo humano (el derecho común de ciudadanía para todos en toda la esfera del mercado mundial); como cooperación (el derecho a comunicarse, construír lenguajes y controlar redes de comunicación); y como poder político, es decir, como constitución de una sociedad en la cual la base del poder esté definida por la expresión de las necesidades de todos. Esta es la organización del trabajador social y del trabajo inmaterial, una organización de poder político y productivo como unidad biopolítica manejada por la multitud, organizada por la multitud, dirigida por la multitud-la democracia absoluta en acción. La posse produce los cromosomas de su futura organización. Los cuerpos están en la primera línea en esta batalla, cuerpos que consolidan de modo irreversible los resultados de luchas pasadas e incorporan un poder que se ha ganado ontológicamente. La explotación no sólo debe ser negada desde la perspectiva de la práctica sino también anulada en sus premisas, en sus bases, arrancada de la génesis de la realidad. La explotación debe ser excluida de los cuerpos de la fuerza de trabajo inmaterial del mismo modo que de los conocimientos sociales y los afectos de reproducción (generación, amor, la continuidad de afinidades y relaciones comunitarias, etc.) que juntan al valor con el afecto en un mismo poder. La constitución de nuevos cuerpos, por fuera de la explotación, es una base fundamental del nuevo modelo de producción. El modo de producción de la multitud se reapropia de la riqueza del capital y también construye una nueva riqueza, articulada con los poderes de la ciencia y el conocimiento social mediante la cooperación. La cooperación anula el título de propiedad. En la modernidad, la propiedad privada fue legitimada a menudo por el trabajo, pero esta ecuación, si alguna vez tuvo algún sentido, hoy tiende a ser completamente destruida. Hoy, en la era de la hegemonía del trabajo cooperativo e inmaterial, la propiedad privada de los medios de producción es sólo una obsolescencia pútrida y tiránica. Las herramientas de producción tienden a ser recompuestas en la subjetividad colectiva y el afecto y la inteligencia colectiva de los trabajadores; los emprendimientos empresariales tienden a organizarse por la cooperación de sujetos en el intelecto general. La organización de la multitud como sujeto político, como posse, comienza así a aparecer en la escena mundial. La multitud es auto-organización biopolítica. Ciertamente, debe haber un momento en el que la reapropiación y auto-organización alcancen un umbral y configuren un evento real. Esto es cuando la política es verdaderamente afirmada-cuando la génesis se completa y la auto-valorización, la convergencia cooperativa de los sujetos y la administración proletaria de la producción se vuelvan un poder constituyente. Este es el punto cuando la república moderna deja de existir y emerge la posse posmoderna. Este es el momento fundacional de una fuerte ciudad terrenal, distinta de toda ciudad divina. La capacidad para construir espacios, temporalidades, migraciones y nuevos cuerpos, afirma su hegemonía mediante las acciones de la multitud contra el Imperio. La corrupción imperial ya está socavada por la productividad de los cuerpos, la cooperación y los diseños de productividad de la multitud. El único evento que aún aguardamos es la construcción, o mejor dicho, la insurgencia de una poderosa organización. La cadena genética se ha formado y establecido en la ontología, el andamiaje es continuamente construido y renovado por la nueva productividad cooperativa, y por ello aguardamos sólo la maduración del desarrollo político de la posse. No tenemos ningún modelo para ofrecer para este evento. Sólo la multitud, mediante su experimentación práctica, ofrecerá los modelos y determinará cuándo y cómo lo posible se volverá real. Militante En la era posmoderna, a medida que la figura del pueblo se disuelve, es el militante quien mejor expresa la vida de la multitud: el agente de la producción biopolítica y la resistencia contra el Imperio. Cuando hablamos del militante, no pensamos en algo parecido al triste, ascético agente de la Tercera Internacional cuya alma estaba profundamente permeada por la razón de Estado soviética, de igual modo que la voluntad del Papa estaba embebida en los corazones de los caballeros de la Sociedad de Jesús. No estamos pensando en nada como eso ni en nadie que actúe sobre la base del deber y la disciplina, que pretenda que sus acciones se deduzcan de un plan ideal. Por el contrario, nos referimos a alguien más parecido a los combatientes comunistas y libertadores de las revoluciones del siglo veinte, los intelectuales que fueron perseguidos y exiliados en el transcurso de las luchas antifascistas, los republicanos de la Guerra Civil española y los movimientos de resistencia europeos, y los guerreros de la libertad de todas las guerras anticoloniales y anti-imperialistas. Un ejemplo prototípico de esta figura revolucionaria es el agitador militante de los Trabajadores Industriales del Mundo. El Wobbly construyó asociaciones entre la gente trabajadora de abajo, mediante continua agitación, y al organizarlos posibilitó el desarrollo del pensamiento utópico y el conocimiento revolucionario. El militante fue el actor fundamental de la “larga marcha” de la emancipación del trabajo desde el siglo diecinueve hasta el veinte, la singularidad creativa de aquel movimiento colectivo gigantesco que fue la lucha de la clase trabajadora. En todo este largo período, la actividad del militante consistió, primero, en prácticas de resistencia en la fábrica y la sociedad contra la explotación capitalista. Consistió también, mediante y más allá de la resistencia, en la construcción colectiva y el ejercicio de un contrapoder capaz de destruir el poder del capitalismo, y oponerse a él con un programa alternativo de gobierno. En oposición al cinismo de la burguesía, a la alienación monetaria, a la expropiación de la vida, a la explotación del trabajo, a la colonización de los afectos, el militante organizó la lucha. La insurrección fue el orgulloso emblema del militante. Este militante fue repetidamente martirizado en la trágica historia de las luchas comunistas. A veces, aunque no a menudo, la estructura normal del Estado de derecho fue suficiente para las tareas represivas requeridas para destruir al contrapoder. Sin embargo, cuando no fueron suficientes, se invitó a los fascistas y los guardianes blancos del terror de Estado, o a las mafias negras al servicio de los capitalismos “democráticos”, a prestar su ayuda para reforzar las estructuras represivas legales. Hoy, tras tantas victorias capitalistas, luego que las esperanzas socialistas se han marchitado en la desilusión, y luego de que la violencia capitalista contra el trabajo se ha solidificado bajo el nombre del ultraliberalismo, ¿porqué aún emergen instancias de militancia, porqué se han profundizado las resistencias y porqué reemerge continuamente la lucha, con nuevo vigor? Debemos decir que esta nueva militancia no repite, simplemente, las fórmulas organizativas de la antigua clase trabajadora revolucionaria. Hoy el militante no puede ni siquiera pretender ser un representante, ni aún de las necesidades humanas fundamentales de los explotados. El militante político revolucionario actual, por el contrario, debe redescubrir la que ha sido siempre su propia forma: no la actividad representativa sino la constituyente. Hoy la militancia es una actividad innovadora, constructiva y positiva. Esta es la forma en la que nosotros y todos aquellos que se rebelan contra el mando del capital hoy nos reconocemos como militantes. Los militantes resisten el comando imperial de un modo creativo. En otras palabras, la resistencia está unida inmediatamente con una inversión constitutiva en la esfera biopolítica y con la formación de aparatos cooperativos de producción y comunidad. Aquí está la fuerte novedad de la militancia actual: repite las virtudes de la acción insurreccional de doscientos años de experiencia subversiva, pero al mismo tiempo está unido a un nuevo mundo, un mundo que no tiene exterior. Sólo conoce un interior, una participación vital e ineludible en el conjunto de estructuras sociales, sin posibilidad de trascenderlas. Este interior es la cooperación productiva de la intelectualidad de masas y las redes afectivas, la productividad de la biopolítica posmoderna. Esta militancia transforma la resistencia en contrapoder y cambia la rebelión en un proyecto de amor. Hay una antigua leyenda que puede servir para ilustrar la vida futura de la militancia comunista: la de San Francisco de Asís. Consideremos su obra. Para denunciar la pobreza de la multitud adoptó esa condición común y descubrió allí el poder ontológico de una nueva sociedad. El militante comunista hace lo mismo, identificando en la condición común de la multitud su enorme riqueza. Francisco, oponiéndose al naciente capitalismo, rechazó toda disciplina instrumental, y en oposición a la mortificación de la carne (en la pobreza y el orden constituido) sostuvo una vida gozosa, incluyendo a todos los seres y a la naturaleza, los animales, la hermana luna, el hermano sol, las aves del campo, los pobres y explotados humanos, juntos contra la voluntad del poder y la corrupción. Una vez más, en la posmodernidad nos hallamos en la situación de Francisco, levantando contra la miseria del poder la alegría de ser. Esta es una revolución que ningún poder logrará controlar-porque biopoder y comunismo, cooperación y revolución, permanecen juntos, en amor, simplicidad, y también inocencia. Esta es la irreprimible alegría y gozo de ser comunistas.

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