Un punto de encuentro para las alternativas sociales

Burgués sí, pero, ¿reformista?

Atilio A. Boron

En el marco del desafío planteado por el lockout de los empresarios agrícolas se planteó el debate sobre los alcances políticos de la medida. En estas páginas, el sociólogo Eduardo Grüner argumentó que estaba en juego la legitimidad del Estado       para intervenir en la economía y alertaba sobre los peligros ‘si la derecha gana’. El politólogo Atilio Boron se suma a la polémica cuestionando el ‘reformismo’ del actual gobierno.

Eduardo Grüner publicó un interesante y sugestivo artículo con el título ‘¿Qué clase(s) de lucha es la lucha del ‘campo’?’ (Página/12, 16 abril 2008) con el cual tengo algunos acuerdos pero también bastantes discrepancias. Quisiera tratar sólo una de éstas: su definición, a mi modo de ver muy generosa, del kirchnerismo como un gobierno ‘reformista-burgués’. Sin embargo, esta caracterización provocó pocos días después la crítica de José Pablo Feinmann quien dijo que sería infantil esperar que el gobierno de Cristina fuera ‘revolucionario socialista’. Y agregó, ‘hoy, un gobierno reformista burgués es mucho más de lo que la Sociedad Rural, todo el establishment y los Estados Unidos están dispuestos a aceptar en América latina. Al reformismo burgués le dicen populismo y, para ellos, es la peste’. Es cierto que el reformismo burgués sigue siendo tan inaceptable hoy como en 1954, cuando el ensayo tímidamente reformista burgués de Jacobo Arbenz en Guatemala fue ahogado en un baño de sangre, y el Che conoció muy bien esa historia como para sacar las adecuadas lecciones del caso. Pero, ¿sobre qué base califican tanto Grüner como Feinmann al gobierno de los Kirchner como ‘reformista’? ¿Cuáles fueron las reformas que impulsaron y ejecutaron? Por supuesto, no es este el lugar para realizar un balance de lo actuado en el período abierto con la asunción de Néstor Kirchner el 25 de mayo del 2003. Digamos, eso sí, que el mayor acierto del período fue la política de derechos humanos, más allá de algunas inconsistencias (entre otras cosas, expresadas en la total incapacidad para proteger testigos como Julio Jorge López, desaparecido como en los tiempos de la dictadura) y que el otro logro de la gestión, menos importante que el anterior, se produjo en el campo de la política exterior, acompañando –no obstante sin mayor protagonismo– el embate de Chávez en contra del ALCA. No obstante, mismo en este terreno el panorama no dejó de tener llamativos contrastes porque simultáneamente Kirchner rechazaba reiteradas invitaciones para visitar Cuba, se mantenía al margen de la Cumbre de los No Alineados realizada en La Habana y viajaba a Nueva York, en 2006, para participar en la Asamblea General de la ONU rematando su viaje con una insólita visita a la Bolsa de Valores de Nueva York y declaraciones, a cuál más desafortunada, sobre el futuro capitalista de la Argentina. Para colmo, el año pasado cedió ante la presión de Washington e impulsó la aprobación, con fulminante rapidez, de una absurda legislación ‘antiterrorista’ que en manos de cualquier otro gobierno puede ofrecer el marco legal necesario para la completa criminalización de la protesta social y la disidencia política. Esos son los dos puntos fuertes del kirchnerismo, ayer y hoy. Admitido. Pero, ¿dónde están las reformas que excitan la generosidad de Grüner y la réplica de Feinmann? No las veo. Para los incrédulos los invito a comparar la gestión del kirchnerismo ya no con el reformismo socialdemócrata escandinavo sino con las del primer peronismo, el del período 1946-1950. En aquellos años se fortaleció al movimiento obrero, se aprobó una vasta legislación laboral sin parangón en la periferia capitalista (vacaciones pagas, aguinaldo, jubilaciones, estabilidad laboral, indemnizaciones por despidos, tribunales de trabajo, accidentes laborales, obras sociales, etcétera), se creó el IAPI, el Banco de Crédito Industrial, la flota mercante del Estado, Aerolíneas Argentinas, y se nacionalizaron el Banco Central, los depósitos bancarios, los ferrocarriles, los teléfonos, la electricidad y el gas. Durante su exposición en la Cámara de Diputados, en 1946, Perón pronunció, a propósito de la nacionalización del Banco Central, unas palabras que es oportuno recordar en los tiempos que corren en donde el pensamiento único no cesa de alabar las virtudes de la supuesta independencia de los bancos centrales. ‘¿Qué era el Banco Central? –se preguntaba Perón–. Un organismo al servicio absoluto de los intereses de la banca particular e internacional. Por eso, su nacionalización ha sido, sin lugar a dudas, la medida financiera más trascendental de estos últimos cincuenta años.’ Aparte de eso, el Estado pasó a ocupar un lugar decisivo en la promoción de la industrialización y sus obras públicas –caminos, diques, escuelas, hospitales– cubrieron prácticamente toda la geografía nacional. Además se sancionó una nueva Constitución, en 1949, en la cual se establecía una serie de derechos sociales a tono con las conquistas que en ese terreno se estaban produciendo en el capitalismo europeo.     Un Estado inexistente ¿Y ahora? El Banco Central está en manos de un Chicago boy y la obra pública paralizada. El Estado, destruido por el menemismo, sigue postrado: no puede apagar un incendio de pastizales en una llanura porque carece sea del dinero, o de la idoneidad, para adquirir un avión hidrante canadiense que cuesta menos de veinte millones de dólares y que hubiera acabado con el fuego en un santiamén; no puede abastecer de monedas a la población; no puede regular ni supervisar el funcionamiento de las empresas privatizadas, y entonces los usuarios del ferrocarril periódicamente incendian estaciones y formaciones para hacer oír su protesta; no puede cobrarle impuestos a Aeropuertos 2000 y entonces se asocia en calidad de ‘socio bobo’ y minoritario a la empresa en lugar de exigir el pago de lo adeudado; no puede garantizar que los caminos y rutas privatizadas estén en correcto estado de mantenimiento mientras decenas de viajeros mueren a diario en horribles (y evitables) accidentes; asiste de brazos cruzados a la desintegración de la red ferroviaria nacional y como única política propone un ‘tren bala’; no exige a las aerolíneas privatizadas que cumplan un diagrama de vuelos que sirva para integrar las principales ciudades del país, que los fines de semana se quedan aisladas; se muestra indiferente ante el saqueo de los recursos naturales, desde el petróleo y el gas hasta los minerales, y ante el gravísimo deterioro del medio ambiente causado por las explotaciones mineras; prosigue sumido en un estupor catatónico ante el calamitoso derrumbe de la educación y la salud públicas, sin que se le ocurra poner un centavo para remediar la situación, al paso que se ufana de los 50.000 millones de dólares atesorados –al igual que Harpagón, el protagonista de El avaro de Molière– mientras el pueblo pasa hambre, no puede educarse ni cuidar de su salud. Pese a disponer de una mayoría absoluta en ambas Cámaras del Congreso –que vota a libro cerrado cualquier proyecto que ordene la Casa Rosada–, Kirchner no envió una sola propuesta para reformar la estructura tributaria escandalosamente regresiva de la Argentina o para establecer una legislación que posibilitase un combate efectivo contra el desempleo, la exclusión social y la pobreza. Tampoco iniciativa alguna para recuperar el patrimonio nacional rematado durante el menemismo. Un gobierno que, por otra parte, a más de cinco años de inaugurado todavía no definió una política de distribución de ingresos, consolidación del mercado interno y desarrollo nacional. Es cierto que se disminuyó la proporción de pobres e indigentes, pero ésta aún se encuentra por muy encima de los valores existentes al inicio de la actual fase democrática de la Argentina, hace un cuarto de siglo. Con un agravante: que este gobierno dispuso de una coyuntura económica excepcional, como ningún otro en nuestra historia, lo que torna aún más imperdonable que una parte al menos de esa riqueza no hubiera llegado a satisfacer las demandas populares. Y pese a sus estentóreas denuncias en contra de la dictadura, dos piezas maestras de ese régimen: la Ley de Entidades Financieras y la Ley de Radiodifusión continúan en vigencia hasta el día de hoy. La renta financiera sigue estando libre de impuestos así como las ganancias resultantes de la venta de sociedades anónimas. Y el Gobierno sigue sin otorgarle el reconocimiento oficial a la CTA y convalidando, de ese modo, el control político de los sectores populares en manos de una burocracia cuyo desprestigio es absoluto. Esto explica, en gran medida, la indiferencia popular ante la ofensiva del mal llamado ‘campo’: el pueblo no salió a la calle a defender su gobierno porque no lo siente suyo. Y tiene razón. Sería bueno que el Gobierno dedicara algún tiempo a reflexionar sobre la génesis de esta alarmante pasividad popular. La anterior es una lista incompleta y parcial, pero suficiente para demostrar que bajo ningún criterio mínimamente riguroso estamos en presencia de un gobierno reformista. Es un gobierno ‘democrático burgués’ (con todas las salvedades que suscita esta engañosa expresión), pero donde el componente ‘burgués’ gravita mucho más que el ‘democrático’ y en donde el reformismo sólo existe en el discurso, no en los hechos. Es asombroso escuchar, como ha ocurrido reiteradamente en los últimos años, las invocaciones de los distintos ocupantes de la Casa Rosada exhortando a los argentinos a redistribuir el ingreso y a repartir de modo más equitativo la riqueza. En fechas recientes la Presidenta volvió a insistir sobre el tema, a propósito del paro agrario. Pero, si no lo hace el Gobierno, ¿quién lo puede hacer? ¿Qué esperan? Si por mí fuera emitiría un decreto de necesidad y urgencia desde mi cátedra de Teoría Política y Social de la UBA instituyendo una radical reforma del régimen impositivo y utilizaría ese dinero para mejorar los ingresos de todos quienes estén por debajo o un poco por encima de la línea de pobreza, pero, ¿quién me haría caso?, ¿qué juez atendería la demanda de los eventuales beneficiarios?, ¿cómo podría obligar a los contribuyentes más ricos y a las grandes empresas a pagar el nuevo impuesto? El Gobierno debería abstenerse de formular ese tipo de estériles exhortaciones.     El posibilismo es inaceptable Creo que lo anterior demuestra con claridad que no hay ‘reformismo burgués’. ¡Ojalá lo hubiera! No porque el reformismo satisfaga mis esperanzas sino porque al menos nos posibilitaría avanzar unos pocos pasos en la construcción de una verdadera alternativa, es decir, una salida post capitalista a esta crisis sin fin en que se debate la Argentina, sea en el estancamiento tanto como en la prosperidad económica (que llega a unos pocos). Por eso es que disiento de lo que plantea Grüner cuando dice que ‘si alguien nos chicanea con que terminamos optando por el ‘mal menor’ no quedará más remedio que recontrachicanearlo exigiéndole que nos muestre dónde queda, aquí y ahora, el ‘bien’ o su posible realización inmediata.’ ¿Dónde queda el ‘bien’? Eso lo sabe Grüner tanto como yo: el ‘bien’ es el socialismo. Pero mientras maduran las complejas condiciones para su construcción es posible la realización inmediata de algún ‘bien’, de algunas reformas que pongan fin a la escandalosa situación en que nos hallamos. ¿O me va a decir que hará falta una revolución socialista para aproximar la estructura tributaria de la Argentina a la que tienen países como Grecia y Portugal en la Unión Europea, para no hablar de la que existe en Escandinavia? ¿Será preciso asaltar el Palacio de Invierno para que las retenciones al agro –totalmente justificadas en la medida en que se discrimine entre los distintos estratos del patronato agrario– se coparticipen con las provincias y sean asignadas exclusivamente a combatir la pobreza y a reconstruir la infraestructura física del país y no al pago de la deuda? ¿Tendremos que subirnos a la Sierra Maestra para que el Estado regule cuidadosamente el desempeño de las privatizadas y avance en un programa de ‘desprivatización’ para aquellas que se compruebe que han estafado al fisco y a los usuarios? ¿Habrá que esperar el cañonazo del Aurora para derogar la Ley de Entidades Financieras de Martínez de Hoz? En suma: no es un tema de chicanas o recontrachicanas, sino de exigirle al Gobierno que haga lo que debe hacer. Que tenga la osadía de ser un poquito reformista. Y si no hace lo que hay que hacer es porque no quiere, no porque no puede. Y si no quiere no veo la razón para que tengamos que apoyarlo en contra de un fantasmagórico ‘mal mayor’, espectro invariablemente agitado por quienes quieren que nada cambie en este país y que termina en el posibilismo y la resignación. Como creo que estas dos actitudes son inadmisibles, ética y políticamente, es que me opongo a entrar en el repetido juego de ‘nosotros’ o el ‘mal mayor’, que desde hace décadas viene empujando a la Argentina hacia el abismo y hacia nuestra degradación como sociedad. Tiene razón Grüner cuando dice que ‘no estamos ante una batalla entre dos modelos de país; el modelo del Gobierno no es sustancialmente distinto al de la Sociedad Rural’. Corrijo: es un solo modelo, pero no es el de la Sociedad Rural, pobrecita, sino el de los grandes ausentes de este debate y que los compañeros del Mocase oportunamente trajeron al primer plano en su nota del viernes 25 en Página/12: es el modelo del gran capital transnacional, cuyas naves insignia en materia agraria son Monsanto, Dupont, Syngenta, Bayer, Nidera, Cargill, Bunge, Dreyfus, Dow y Basf. Y si este modelo prosperó fue porque desde Menem hasta nuestros días –aclaro, dada la susceptibilidad ambiente, que me parece un disparate decir como lo hace cierta izquierda trasnochada, que este gobierno es igual al de Menem– no hubo un solo gobierno, tampoco el de los Kirchner, que intentara cambiar el modelo agrario-exportador y poner fin a la sumisión de nuestro país a las transnacionales. Todos facilitaron cada vez más las cosas para que la Argentina se convierta en una especie de emirato sojero, y si hoy el Gobierno se queja de la rapacidad ‘del campo’ sería bueno que se interrogue por qué no hizo nada para impedir que lleguemos a esta situación. Por lo tanto, lo de ‘reformista’ es una concesión gratuita a un gobierno que, por lo menos hasta ahora, no ha hecho ningún esfuerzo serio para hacerse acreedor de ese calificativo. © 2000-2008 www.pagina12.com.ar <http://www.pagina12.com.ar>  |  República Argentina  |  Todos los Derechos Reservados

 

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Gestiones y escándalos privados; pasividad pública

Salvador López Arnal

     Mi tía, Joana, la hermana de mi madre, fue una joven cenetista. Su marido, un militante de la FAI, aprendió a leer en una de sus estancias en la cárcel modelo de Barcelona en la década de los veinte. Cuando murió, a finales de los setenta, Joana supo aguantar bien durante años. Conoció en una local para mayores a Joaquim. Él ha sido su compañero en estos últimos años.

     Quim, un trabajador del transporte que emigró a Alemania en los años cincuenta gracias a cuya pensión pudo vivir, con ayuda de Cáritas, sus veinte últimos años rozando la miseria más absoluta, murió en verano de 2007. Un cáncer de hígado acabó con él en apenas un año. No sufrió.

     Joana pareció aguantar. Acudió al entierro. Lloró su muerte. Mayor, viviendo en una residencia desde hacía unos dos años (donde era visitada mañana y tarde por Quim a pesar de su delicado estado de salud), enferma de Alzheimer, me permitía acompañarle a dar un paseo día sí, día no, por las calles de su barrio trabajador: la Verneda, Sant Martí (en esta estación de metro se filmó una de la escenas más brillantes de “El silencio después de Bach” de Pere Portabella). A todo el mundo que veíamos, a sus amigos, convecinos, les contaba lo mismo. Quim había muerto, sin sufrimiento, y ella seguía aquí, le echaba mucho en falta y pensaba en él en todo momento.

     Pero Joana cambió de opinión y no quiso aguantar más. Un día de octubre, dos meses después del fallecimiento de Quim, empezó a dejar de comer y a no tomar la medicación. Apenas bebía, no quería probar bocado. Insistimos: tienes que alimentarte, no podrás aguantar. Nos miraba y contestaba irritada: “Si Quim no està aquí, per què vull seguir?”. A punto estuvo de lograr su objetivo. Le llevamos de urgencias a un hospital público de Barcelona, el Hospital de Sant Pau. La admirable dedicación de una médica y de su equipo la salvó. Logró convencerla sin presión que valía la pena vivir, que era necesario que tomara la medicación más esencial. Empezó a comer de nuevo; lentamente, muy lentamente.

     Su regreso a la residencia no fue fácil. Las personas que la cuidan, en su mayoría mujeres (cuidadoras de planta, médica, enfermeras, limpiadoras, recepcionista, asistenta social), tienen que incrementar ahora sus esfuerzos. Joana es dependiente. No puede andar, va en silla de ruedas. Existe el temor justificado de que se llague si no se mueve cada dos horas y permanece demasiado tiempo en la misma posición. Por lo demás, ya no puede comer sola. La alimentan, la levantan diariamente, la visten, la llevan a convivir y jugar con sus compañeras, la acuestan. Los familiares, los pocos familiares que tiene, la hija de Quim, mi compañera y yo, hacemos poco, muy poco.

Pero agradecemos enormemente, como no podría ser de otro modo, el esfuerzo, el cuidado, el mimo como es tratada por las trabajadoras de una residencia de titularidad pública y gestión privada. No es nada fácil, es trabajo duro y sin apenas reconocimiento. Pero lo consiguen, lo están consiguiendo, a pesar de que en ocasiones la medicación, o la falta de ella, saca de Joana su carácter indómito e incluso la descortesía y la mala educación. A veces pierde los nervios y arroja al suelo comida y utensilios.

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La supresión del bachillerato nocturno en Catalunya y las incoherencias inadmisibles de un gobierno que se dice de izquierdas.

            Como es sabido, en Cataluña gobierna una coalición de partidos formada por el PSC (PSOE), ERC, ICV y EuiA. Se presentan, se presentaron, ante la ciudadanía en las últimas elecciones abanderando la formación de un gobierno nacionalista y de izquierdas, que pretendía superar la fase insistentemente identitaria, reconocieron, del primer gobierno tripartito.

            Muchos ciudadanos y ciudadanas, el que firma entre ellos, votó a partidos que forman parte del gobierno porque, aseguraron e insistieron, esta vez iban en serio, se trataba de generar un giro social de 180 grados en la trayectoria política del gobierno catalán. Lo social debía estar en el puesto de mando, se dijo y se repetió.

            La conselleria de Educación del actual gobierno está en manos del PSC. La estuvo antes, en el primer gobierno, menos en los últimos meses, en manos de ERC, y durante dos décadas ha estado en manos de CDC y Unió Democrática, especialmente en manos de UDC, larga etapa en la cual la escuela privada concertada fue tratada con la amplia generosidad que caracteriza a los gobiernos de centro derecha en estos y en otros ámbitos afines.

            El conseller de Educación es el señor Maragall, hermano del anterior presidente de la Generalitat. La carrera política del conseller ha sido, si no ando errado, interna al Partido, situándose y protegiéndose muy bien en las luchas de las diversas tendencias, y centrada básicamente en asuntos de gestión municipal, especialmente durante la época en la que su hermano fue alcalde de Barcelona. No se le conocen (no conozco cuanto menos) intereses, preocupaciones ni publicaciones en el ámbito de la enseñanza, pero la cuota entre los partidos del gobierno, la distribución de poder y, seguramente, el deseo de tocar más poder alzaron al señor Maragall a la conselleria de Educación.

            Se sabe lo que pasó con el proyecto de bases de la ley catalana de Educación. Originó la movilización ciudadana más importante (y más hermosa) que se recuerda en la historia reciente de Catalunya. Entre otras cosas, el proyecto pretendía dejar la puerta abierta para la privatización de la gestión educativa. El president José Montilla se reafirmó en los medios de comunicación en la defensa del carácter público de la enseñanza preuniversitaria en Catalunya (afirmación ciertamente extraña, cuanto menos, ya que en estos momentos cursan estudios en la escuela privada y privada concertada un 50% del alumnado catalán) y parece, por otra parte, que el proyecto de ley de Bases presentado al Parlamento catalán rectifica en este punto y se compromete a no transitar por el camino de una mayor privatización.

            Pero todo indica que al conseller no le ha bastado con esta marcha atrás. Su conselleria habrá querido racionalizar (esto es, reducir) el gasto público en enseñanza y ha pensado que era innecesario apuntar a gastos extraordinarios originados por encuentros insustanciales, a cargos de confianza que son, básicamente, premios políticos, a sueldos de gestores y consellers que superan toda cifra razonable, y que lo mejor era empezar por lo que tenía menos fuerza, suprimir el lado  más débil del poliedro: los estudios de bachillerato nocturno en la enseñanza pública catalana (ignoro si esa supresión se extiende a la privada concertada, ahora y en el futuro) señalando la posibilidad de seguir esos estudios on-line, vía informática. La razón alegada es la baja inscripción en estudios de bachillerato nocturno, aun menor en estos últimos años, debida a la contradictoriedad de las jornadas laborales y los horarios de estudios.

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Zapatero entrega a los empresarios el control de las universidades

Privatización

Enviado por admin1 o Sáb, 12/04/2008 – 18:42.

Zapatero entrega a los empresarios el control de las universidades La empresaria y dirigente de la CEOE Cristina Garmendia Méndizabal al frente del nuevo Ministerio de Ciencia e Innovación La política universitaria pasa al nuevo Ministerio

¿Quién mejor que los empresarios saben lo que les interesa a las empresas? Plenamente decidido a llevar adelante el programa de la European Round Table de poner las universidades en manos de las empresas, Zapatero crea el nuevo Ministerio de Ciencia e Innovación, que segrega la política universitaria del Ministerio de Educación, y sitúa a su frente a la empresaria y directiva de la Confederación Española de Organizaciones Empresariales (CEOE) y de la Asociación Española de Bioempresas (Asebio) Cristina Garmendia.

Garmendia, fundadora, presidenta y consejera delegada de Genetrix, una corporación de seis empresas dedicadas al desarrollo de medicamentos y tecnologías biomédicas, es una ejecutiva de referencia en el sector biotecnológico español. Además de Genetrix, ha promovido otros proyectos empresariales, como Cellerix, Biotherapix, Sensia, Imbiosis, Biobide, BioAlma, Fenix Biotech y Coretherapix, de la que fue presidenta y consejera delegada.

Nació en 1962 en San Sebastián, Guipúzcoa (España). Es doctora en Biología y Máster en Administración de Empresas (MBA) por el Instituto de Estudios Superiores de la Empresa (IESE) de la Universidad de Navarra (universidad privada del Opus Dei). Comenzó su trayectoria profesional como profesora de genética en la Universidad Autónoma de Madrid, pero posteriormente se inclinó por el ámbito empresarial.

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De la memoria militante como educación política: Sobre «Un viaje inútil, o de la política como educación sentimental» de Rossana Rossanda

Antón Corpas

Sobre "Un viaje inútil, o de la política como educación sentimental" de Rossana Rossanda(1)

 

inSurGente (Antón Corpas).- La noción de "realismo", por lo general, es confiscada por el pragmatismo de terciopelo y paso corto cuando no por la resignación. Lo real suele ser un pretexto que oculta el cuerpo de los intereses o la impotencia y el miedo y, en definitiva, es una buena cobertura para batirse en retirada o pasar al otro lado, para sentarse a esperar un tren sin pasajeros ni maquinista o acostarse donde el sol que más calienta. Habitualmente, quienes utilizan el "ser realistas" como una bandera útil en cualquier discusión, más que en la realidad se fijan en su ombligo o, más en profundidad, su estómago. No es extraño, además, que muchos de aquellos superhombres que conformaban la vanguardia obrera, y que tras entrar en una cabina y desnudarse amanecieron con la piel de Vittorio y Luchino, se educaran en la razón cínica de la cultura política stalinista, tan aficionada a apelar al "método dialéctico" y "las condiciones objetivas" para justificar decisiones a menudo subjetivas y contraproducentes. Aún así, el realismo puede ser otra cosa. "Un viaje inútil, o de la política como educación sentimental", publicado por Rossana Rossanda en Italia en 1981 y luego en castellano en 1984 (ed Laia), es un tipo de realismo que no busca confirmar juicios previos ni encontrar pretextos, que no va en busca de apuntalar triunfalismos ni darle coartada a esta o aquella pesadumbre. Que sólo o nada más y nada menos, tiene la intención y la necesidad de interpretar qué ocurre en verdad sobre el terreno. Es difícil dar con una actitud militante e intelectual que, como en este caso, en lugar de confirmar lo sabido y lo establecido sea capaz de observar qué está ocurriendo más allá de la punta de sus zapatos. Rossanda fue escogida entre los miembros del Comité Central del PCI para recorrer la España franquista -en concreto Barcelona, Madrid, Toledo, Sevilla, Donosti y Gasteiz­­- y recoger apoyos de la oposición interior al "congreso por la libertad en España" que más tarde se celebraría en Roma. Es un viaje que llevará a cabo la semana santa de 1962 bajo las indicaciones del entonces clandestino Federico Sánchez (Jorge Semprún), que no tardaría en ser expulsado del PCE junto con Fernando Claudín, por disentir ambos de la línea oficial. Durante el mes que dura un trayecto en el que mal que bien trata de camuflarse como turista, la viajera se esfuerza para cumplir con su trabajo lo mejor que le permiten las circunstancias, pero también quiere comprender una realidad que, a medida que pasan los días, se vuelve oscura y resbaladiza. Rossanda se refiere reiteradamente a la "ambigüedad", la indefinición, de la situación pero también de las estrategias y las alianzas de cada uno de los actores, de sus intenciones y sus posibilidades reales de acción. Ve una realidad desdibujada donde, si está pasando algo, no hay nada que lo indique, donde es difícil saber verdaderamente quién es quién, que peso tiene cada cual, como se relacionan los actores entre sí, y cuales son las líneas de actuación comunes o diferenciadas. Se encuentra, pues, con un limbo, un tiempo estático, un silencio general que a ella misma le cuesta admitir porque se aleja demasiado del perfil heroico de "la revolución española" trazado durante la primera mitad del siglo XX. En su primer destino, Barcelona, la italiana no consigue ningún encuentro con el PSUC; pero se entrevistará con José Agustín Goytisolo, el dirigente socialista Joan Reventós, algún miembro del Front Nacional de Catalunya, con Heribert Barrera de ERC, y con tres representantes de la diezmada CNT que no le ocultan el estado de muerte clínica de la organización. En Madrid ve a un desesperado militante del PCE, Javier Pradera (hoy columnista de cámara de El País) que le relata el estrepitoso fracaso de la Huelga General Política de 1959; se encuentra con militantes del incipiente Frente de Liberación Popular (FLP o Felipe); con el autor del "Cara al Sol", Dionisio Ridruejo, por entonces reconvertido en oposición tolerada; y con el viejo Gil Robles, líder de la CEDA durante la República, y que ya le anticipa algunos trazos elementales del futuro: "España debe entrar en el Mercado Común y en la Alianza Atlántica". En Sevilla, no consigue entrevistarse con los comunistas -maltrechos y asustados por un reciente golpe represivo- y sí con el catedrático Manuel Giménez Fernández, que tiene la intención de construir una democracia cristiana de centro izquierda a imitación del partido italiano. Finalmente, entre Donosti y Gasteiz, Rossana Rossanda contacta con Rocío Laffón y Luis Martín Santos -autor de "Tiempo de Silencio"-, y con Antonio Amat, abogado del PSOE y dirigente sindical. Esta, como la mayoría de las expediciones políticas por el estilo, tiene un objetivo subyacente al objetivo declarado. Además de difundir la celebración del congreso y recoger adhesiones, Rossanda debía confirmar algo; ratificar lo que decían los documentos de la dirección exterior del PCE, que consideraban que en el país existía un clima propicio a la insurrección democrática contra la dictadura. En la misma línea, el viaje debería confirmar que los movimientos que se daban dentro del aparato franquista eran señales de una falla suficientemente abierta como para permitir un movimiento popular. De hecho, la convocatoria del congreso de Roma era fruto de esa percepción que, como se verá a lo largo del relato, tenía más de ilusión que de realidad. La primera lección de realismo que ofrece este cuaderno de bitácora es, de hecho, un desmentido rotundo. Aunque, para no provocar asperezas con el PCE de Carrillo, Rossanda suavizará algunas consideraciones en el informe presentado al Comité de Exteriores del PCI, las impresiones transmitidas por la gente del interior resultan diametralmente opuestas a lo leído y lo escuchado por ella hasta entonces. Las personas que consigue visitar no indican, en ningún caso, un proceso de rebelión o insurrección más o menos incipiente o cercana, sino todo lo contrario. Salvo en Euskadi y en menor medida en Catalunya -donde existe una mayor actividad pero donde tampoco se distingue una atmósfera de revuelta-, la delegada italiana se encuentra con una situación de debilidad, desmoralización y aislamiento: "Toda la izquierda me ha parecido dislocada y en dificultades… Puede suceder que se me escape el potencial efectivo de la lucha y de rebelión que puede existir, y que una oleada revolucionaria supere estas incertidumbres; pero ciertamente, si existe, no está expresado por la articulación política y por los grupos dirigentes de la oposición democrática". En cuanto al régimen, su "descomposición" no indica un debilitamiento sino una transformación y más que grietas se ven movimientos y cambios en la correlación de fuerzas, pero nunca un monstruo que se tambalee. La segunda lección de realismo es ya conocida pero obviada, una verdad embarazosa sobre la que los más notables dirigentes de la época prefieren echar pelillos a la mar, y que suele andar a la sombra de la imagen más o menos heroica del exilio. La dureza y las implicaciones del destierro no pueden ocultar el papel nefasto y miope que, según la inmensa mayoría de los estudios sobre la cuestión, jugaron las direcciones exteriores al concentrar el poder de decisión y al señalar unas u otras directrices, sin contar con la opinión de la militancia que tenía que desenvolverse cotidiana y clandestinamente bajo la dictadura. El de Rossana Rossanda es un testimonio más en esa dirección. El malestar de Javier Pradera, el mismo hecho de que tres años después de la huelga de 1959 aquella frustración fuera todavía el centro de la angustia del entonces militante comunista, es una estampa fiable del abismo entre las proyecciones de la dirección de Santiago Carrillo y las dificultades de los militantes del PCE en el interior, abocados a defender y aplicar una política imposible. Comparable a esa distancia es el contraste entre la espera pasiva y durmiente del PSOE de Rodolfo Llopis y los esfuerzos de Antonio Amat para tejer lazos y núcleos organizativos estables en el norte peninsular: "los obreros se desperezaban por todas partes y en cambio su partido hacía algo peor que dormir, dividía, se destruía. En esto Amat se parecía a los demás militantes o cuadros del interior con quienes me había entrevistado: nadie ocultaba, o muy poco, el mayor o menor resentimiento con respecto a las direcciones de su partido en la emigración". Al respecto, la viajera también repara en que la relativa autonomía orgánica de catalanes y vascos supone una diferencia palpable, una relación entre la coyuntura y la acción política diferente y más apegada a la realidad. Ahí sí, algo se movía. En el caso vasco, se trataba de una correlación social e histórica distinta, una resistencia contenida pero latente, que ya el 1 de Mayo de 1947 había convocado una huelga general secundada por al menos 20.000 trabajadores de Bilbao y su cinturón industrial: "el País Vasco parecía más legible que otros: no sólo era una zona no integrada sino también no opaca. Resistente. Aquel dudoso margen en el que, en el resto de la península, se diseñaban democratizaciones limitadas y compromisos, aquí no existía". Y justo el dirigente socialista vasco Antonio Amat es el que señala a Catalunya como el otro polo de diferencia y referencia: "para reconstruir el PSOE había que escindirse, los de fuera y los de dentro, siguiendo el ejemplo de la autonomía del Movimiento Socialista de Cataluña, que era un partido de verdad con una base de verdad". La delegada italiana también llama la atención sobre algunos conflictos que todavía son finísimas líneas sobre un paisaje sin demasiados accidentes, y que se producen fuera del ámbito de actuación de las siglas hegemónicas: "En los primeros años sesenta el movimiento nace fábrica por fábrica, como algo prohibido porque están prohibidos los convenios de empresa; pero nace y obligará al Gobierno, que no los puede impedir, a legalizarlos. ¿Nace dirigido por comunistas? No siempre. En el País Vasco nunca. En cada caso es distinto. Pero ¿se puede llamar simplemente sindical una lucha que puede costar años de cárcel? Sin embargo es una lucha que se intenta, que termina, que pide poco y obtiene poco como ‘generalización’". Ese agujero entre las organizaciones históricas y las luchas que salen a la luz, también indica una variación del territorio político, de la cultura política, de la estrategia y la táctica del comunismo y la socialdemocracía europea desde los años 30: "ni por arriba ni por abajo funcionaba ya el frentismo, porque las fuerzas del cambio pasaban por otros lugares, subterránea y paralelamente". La realidad que, a veces, supera a la normalidad. La tercera lección de realismo en el recorrido de Rossanda son, por un lado la atrofia de la solidaridad antifascista europea, y por otro las expectativas y la dependencia de los factores externos incubadas por las organizaciones de la oposición a Franco. Ella lo ve vagamente, más desde su propio campo, haciendo un examen autocrítico sobre la implicación de los comunistas y los demócratas europeos en la lucha contra el franquismo. Comprende, a través de los fragmentos que apenas puede recoger y comprender por el camino, que el congreso que viene a difundir se funda sobre falsas esperanzas y que tiene una función detergente, que no resuelve el problema del mediocre apoyo ofrecido hasta entonces, y que no responde a una sola de las necesidades que tiene en ese momento la gente del interior. Esa revisión autocrítica, es replicada y completada por una reflexión de Antonio Amat nada complaciente con la actitud que reina en las organizaciones clandestinas o semiclandestinas: "Desde 1951 no hacemos más que esperar que alguien nos saque las castañas del fuego. Primero la guerra, luego el final de la guerra, luego la nueva administración americana, luego el Mercado Común. Así, nuestros problemas, que nadie podrá resolver por nosotros, quedan aplazados una y otra vez". La última lección de realismo es la humildad de quien pese tener el antifascismo como una seña de identidad personal, política e intelectual, ha de reconocer, ya medio avanzada su ruta, la inutilidad de las certezas manejadas sobre el ser del fascismo europeo para comprender y abordar el fascismo franquista. Fuera por el abatimiento de la oposición, fuera por el arrinconamiento del populismo falangista y el sólido dominio del poder financiero y la burguesía agraria, fuera por la opción de Franco de no participar en la II Guerra Mundial, al régimen no le cuadraba el atributo de "furioso pero débil" aplicado hasta entonces al fascismo europeo. El estado franquista era una estructura, efectivamente "furiosa", pero también estable política y económicamente, frente a la que se producían movimientos internos y externos, pero que disponía de una notable capacidad estratégica y diplomática en el exterior; y que era capaz responder a los conflictos interiores incluso con mejor y mayor "sentido de la oportunidad" que sus enemigos. Pese al duro retrato reniega Rossanda de cualquier resentimiento: "En esta trama, sector español, año 1962, he vivido menos de un mes. Inútil para España, decisivo para mí. Alguien ya lo ha clasificado rápidamente en la categoría, hoy muy de moda, del desentanto: desencantado será usted, me dan ganas de contestar. Fue una bellísima historia, de la que sales escurrido como si fueras un trapo en la lavadora y te tendieran luego para que te secaras. Si la vida no es esto, ¿qué es?" En el postfacio, titulado "La muerte de las formas" Rossana Rossanda sitúa aquel recorrido decepcionante en un contexto que marcaría líneas de frontera en el seno de la izquierda. En aquel momento las organizaciones históricas del comunismo europeo viraban hacía la razón de estado. Se gestaba un movimiento atravesado de contradicciones pero que suponía un reto al orden y la prueba de fuego de una nueva generación militante europea, el movimiento del 68, y los grandes y viejos organismos obreros se iban desmarcando y atrincherando en el consenso parlamentario y la paz social. Ese cruce de caminos, que captura a una Rossanda aún viva y atenta a los acontecimientos dentro de una encrucijada histórica, política y generacional, terminaría en 1969 con su expulsión del PCI tras la fundación de Il Manifesto, uno de los periódicos de la izquierda europea que aún hoy sobrevive fiel a sí mismo, y que le da a Rossanda un fragmento de razón histórica y resistente. El mismo postfacio vuelve al viaje reconociendo cómo "en 1962 no había visto un fantasma, una sombra que pasaba de una habitación de la historia a otra; sino algo que se había convertido en cuerpo, parte de verdad, continuidad de un modo de ser España". La cabeza gacha y el cuerpo inerte de los "veinticinco años de paz", como la democracia silenciosa de los actuales treinta años de normalidad, que no son una casualidad sino un resabío cultural por ahora inexpugnable, bien agarrado a la existencia, el terreno y los hábitos. "Un viaje inútil, o de la política como educación sentimental" es una muestra de humildad, implicación y realismo. Es memoria sin nostalgia, memoria militante, memoria útil; un ejemplo de la memoria como educación política. (1)(ed. Laia 1984)

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João Pedro Stedile: Los retos de la izquierda y el movimiento social

Kostas Athanassiou

– Entrevista con João Pedro Stedile, integrante de la coordinación nacional del Movimiento de Trabajadores Rurales Sin Tierra (MST) de Brasil. 1. El 5o Congreso Nacional del MST parece que marcó un nuevo concepto de la Reforma Agraria, que corresponde a una nueva etapa del capitalismo en Brasil. ¿Podría Ud. explicarnos más sobre este concepto? El MST nació en un contexto de la lucha de clases en Brasil que combinó varios factores en los anos 70/80. Entró en crisis el modelo de desarrollo industrial dependiente. Hubo un ascenso del movimiento de masas. La lucha de la sociedad contra la dictadura militar. En ese marco, nacimos con muchas luchas sociales. Pero desde el punto de vista programático, creíamos que era posible realizarse una reforma agraria, de tipo clásico. O sea, que pudiera democratizar la propiedad de la tierra, desarrollar el mercado interno, distribuir riquezas. O sea, era un programa democrático y republicano. Pero, con la derrota de las fuerzas sociales y de izquierda por el neoliberalismo, en todo el mundo y en Brasil, a partir de la década de 90, el capital internacional y financiero pasó a dominar nuestra economía y por ende, en los últimos años, también la producción agrícola. En ese nuevo modelo económico que subordina nuestra economía al capital internacional y financiero, la burguesía brasileña abandonó cualquier proyecto de desarrollo nacional. Y con ello se ahogó cualquier posibilidad de un proyecto de reforma agraria volcado al mercado interno. Así, la lucha por la reforma agraria ahora, entra en nuevo camino. La reforma agraria, no basta que sea democrática y republicana, tiene que ser anti-neoliberal, antiimperialista. Esas fueron las reflexiones que hicimos en los últimos tres años y que culminaron en el evento del congreso, al que tú asististe. De allí, hemos construido un nuevo concepto de reforma agraria, que ahora necesita ser una reforma agraria popular. 2. “Socialismo”, la Internacional, contra el “Estado burgués”, contra la “propiedad privada”, “en el capitalismo no puede hacerse una Reforma Agraria verdadera”: el MST utiliza un discurso que ofrece mucha esperanza a la gente de izquierda. En el mismo sentido, Ud. habla sobre un reflujo del movimiento, ligando su reascenso a la acumulación de clase como un todo en torno de un programa alternativo para la sociedad de Brasil. Sin embargo, han surgido posturas que sostienen que los movimientos tienen ciertos límites y hay que ocuparse en cosas concretas (o sea “parciales”, “sus” temas, “sus” demandas) y no implicarse en asuntos más “generales” e “ideológicos” (el capitalismo, por ejemplo). ¿Cuál es su opinión sobre este debate? Tu pregunta mezcla varios temas distintos, aunque complementarios. El mundo capitalista está en crisis. Una crisis no de acumulación del capital, que sigue adelante. Una crisis civilizatoria, de solución de los problemas de la gente. Y esa crisis se manifiesta aún más en los países de la periferia del sistema capitalista, como América Latina. Entonces, la coyuntura, el contexto histórico, nos pone un reto muy grande que es el de derrocar el capitalismo en su fase neoliberal, dominada por las transnacionales y el capital financiero. Por eso, creemos que un programa inmediato es aglutinar fuerzas para construir un proyecto anti-neoliberal (anti-capital financiero) y anti-imperialista. Pero para viabilizar un proyecto como ese, es necesario acumular mucha fuerza popular. Acumular organizadamente, acumular con cuadros, militantes, acumular con fuerza política, fuerza de la lucha social. Acumular en construir hegemonía en la sociedad, para aglutinar a las mayorías. Lo que pasa en América Latina y Brasil (con excepción de Venezuela y Bolivia) es que la izquierda está en crisis y que el movimiento de masas está en reflujo. Y con eso, tenemos que tener claro que la lucha por los cambios, por un nuevo proyecto, va a tardar mucho tiempo todavía. Bueno, y por último, para que se logre cambiar la correlación de fuerzas en Brasil, es necesario complementar las más distintas formas de organización de nuestro pueblo. En los movimientos sociales, populares, en las pastorales y en los partidos políticos de izquierda. 3. El MST se refiere a la consciencia de clase de su militancia, a un programa alternativo, a principios organizativos que estamos acostumbrados a relacionarlos con el discurso y la práctica de los partidos. Utilizando términos un poco clásicos, diríamos que el MST nos parece como algo híbrido, entre movimiento y organización o partido, nos parece que ha incorporado varios elementos de varios tradiciones, cosa que consideramos muy, muy interesante. ¿Es así? ¿Podría Ud. decirnos algunas cosas más sobre el carácter del MST en tal sentido? El Movimiento Sin Tierra es más que todo un movimiento social, que tiene su base principal entre los campesinos pobres, pero también en otros activistas y sectores sociales que viven en el medio rural y en las pequeñas ciudades del país. Pero, por el contexto histórico del período en que nos hemos desarrollado, hemos aprendido, y la misma lucha social nos enseñó, además de las experiencias históricas, que era necesario incorporar al movimiento social, algunos principios organizativos que la historia de la lucha de clases había desarrollado como enseñanza de la clase trabajadora. En ese sentido, aplicar ciertos principios organizativos, como dirección colectiva, lucha de masas, formación de cuadros, planificación de tareas, estimulo al estudio, vinculación de los dirigentes con sus bases, etc. no es una prerrogativa exclusiva de organizaciones partidarias, sino que debe ser una necesidad de todos los movimientos sociales, que quieren cambios estructurales. En ese sentido, claro, el MST se transformó en algo distinto de los movimientos sociales, parciales, temporales, o sectoriales y corporativos. Nuestro movimiento se volvió un movimiento social de nuevo tipo, como decimos, porque no estaba escrito en ningún manual de la izquierda, porque las condiciones específicas de la lucha de clases en el campo, en nuestro tiempo, determinaron que se necesitaba organizar el movimiento de masas, con otras bases organizativas. Eso también ha determinado que la lucha por la reforma agraria no es una lucha corporativa y que solo lograremos conquistas si hay cambios en las estructuras económicas y sociales. Y para esos cambios, necesitas una forma de organización superior. Y así aplicamos la experiencia que es internacional, de la clase trabajadora, y es eso lo que logró dar vida perenne a nuestro movimiento. Acuérdese que en 500 años de lucha de clases, en el capitalismo brasileño, ninguna organización o movimiento campesino, había resistido más que 15 años y la clase dominante lo había masacrado. Ahora, ya tenemos casi 25 anos y nuestra existencia, por si solo ya es una victoria. 4. Dicen ustedes que la reactivación del movimiento de masas en la sociedad se debe combinar con un gobierno popular. También, el MST “se atrevió” a tomar una postura muy clara sobre el PT y el gobierno Lula. Nuestra problemática, y la de mucha gente más, coinciden con esta postura “política” del MST, que trasciende los límites de un “movimientismo” puro y duro (ver pregunta 2). Sin embargo, hay intelectuales y corrientes en el movimiento, que subestiman o rechazan totalmente el papel del poder político, creen que de cierta manera es indiferente quien esté en el gobierno, y al mismo tiempo, miran con muchas reservas lo que sucede en Venezuela etc. ¿Qué opina usted sobre este debate? Primero. Defendemos que los movimientos sociales deben tener autonomía de los partidos, de las iglesias y del Estado. La autonomía en relación a partidos y gobiernos no significa que estamos en contra o mucho menos hacemos oposición. Es una autonomía organizativa necesaria. Pero que tenemos que ser complementarios, entre movimientos sociales, partidos de izquierda y un posible gobierno popular, en el proyecto político. O sea, nuestra unidad debe ser trabajar alrededor de un mismo proyecto político, de transformación social de nuestro país. Ahora, las tácticas, la forma organizativa, son de naturaleza diferente. Incluso el concepto de Lenin de que los movimientos sociales deberían ser correas de transmisión del partido, fue mal interpretado en América Latina y creo que también en Europa, porque los partidos lo aplicaron como una sumisión completa, orgánica, de los frentes de masas a las deliberaciones de los comités centrales de los partidos. Y cuando ocurría cualquier problema político o ideológico en el partido, dividía automáticamente los movimientos quitándoles la fuerza necesaria. Nosotros creemos que aplicar esa línea de Lenin consiste en que los movimientos sociales deben ser una correa complementaria en el proyecto político de transformación. Y, con los partidos políticos, que aglutinan fuerza política e ideológica, construir el proyecto político estratégico. No estamos contra la lucha por el poder político. Sino todo al contrario. Algunos de nosotros damos más énfasis a algunos aspectos de la lucha por el poder político, como por ejemplo la organización para el poder popular desde abajo, en sus espacios territoriales, y otros dan más énfasis a la lucha por cambios en el Estado, central. Pero, son más que todo matices, delimitados, a veces, por los mismos espacios en que actúa un dirigente o hasta por vocación, no por divergencia política. Ahora, sobre la situación particular de Brasil, el problema es que un partido de izquierda como el PT ganó unas elecciones, pero ganó en un período histórico adverso. Entonces, la victoria electoral en el caso brasileño, no logró alterar la correlación de fuerzas de clases y lo político, y tampoco acumular fuerzas para transformaciones radicales. Y de ahí resultó un gobierno cuya composición está relacionada con la clase dominante e incluso con el capital internacional. Basta ver que el presidente del banco central, es ex-presidente del banco de Boston. Que cinco de los actuales ministros del gobierno Lula, fueron ministros del gobierno neoliberal de Fernando Henrique Cardoso. Entonces decimos que las victorias electorales solamente pueden cambiar la correlación de fuerzas si vienen combinadas con el ascenso del movimiento de masas. Con esos dos factores es posible desarrollar gobiernos populares, que acumulen para los cambios. Es lo que ocurren en Bolivia y Venezuela. Pero, vea que no está ocurriendo en Ecuador y en Argentina. Aunque los gobiernos se dicen anti-neoliberales, la correlación de fuerzas políticas no se alteró para viabilizar cambios estructurales. 5. Hay casos donde algunos cambios electorales “antineoliberales” no se articularon con una reactivación del movimiento y los resultados fueron pésimos. ¿Cómo cree que se articula la relación entre los movimientos de masas y las entidades (partidos, organizaciones) de izquierda, la combinación de la lucha en las calles con la lucha institucional? ¿Puede un movimiento esquivar la doble trampa del “electoralismo idealista” y el “revolucionarismo sectario”, según sus palabras? Ese es precisamente el reto que tenemos en Brasil y en la mayoría de los países de América Latina. Necesitamos construir orgánicamente formas de lucha que combinen luchas de masa con la lucha institucional. No caer en la trampa de que elegir por elegir produce cambios, como un idealismo oportunista que solo beneficia a la persona electa. Ni tampoco caer en el sectarismo dogmático que reduce la actividades política a discursos de falso revolucionarismo. Y no hay fórmula para esa mezcla, en cada país tendremos que ser creativos, para ir combinando. Pero creo que una de las pistas es tratar de estimular todo tipo de luchas de masa, que enfrenten a los enemigos principales, que en ese momento son el capital financiero y las transnacionales. Y sobre la base de la lucha social, ir desenmascarando a los enemigos, y construyendo una fuerza que acumule para un proyecto alternativo, popular. Entonces, el cemento que puede dar unidad entre las distintas formas de organización popular, desde movimientos a partidos políticos, es si logramos organizar a la gente para que luche contra nuestros enemigos comunes. 6. ¿Cómo se expresan hoy en Brasil los planes de criminalización del movimiento? ¿Podemos decir que estos planes forman parte de la política del gobierno federal? No hay un plan de criminalización de movimientos sociales, como plan. Mucho menos el gobierno Lula se presta a reprimir o a criminalizar la lucha social. Eso es paranoia. Lo que hay es la lógica natural del capital y de las fuerzas de derecha, que siempre que el movimiento avanza, que las masas actúan, ellos reaccionan con violencia. En todos los países del tercer mundo, la derecha, la clase dominante, siempre apela a la violencia para mantener sus privilegios. En eso no hay novedad, ni cambios, en la lucha de clases brasileñas. Y esa violencia se manifiesta en el uso del poder judicial, en las policías militares bajo control de gobiernos reaccionarios locales. En el discurso que sus medios de comunicación masiva utilizan, etc. 7. Nos hemos enterado sobre los lazos históricos del MST con gente de la Iglesia. ¿Cómo podemos describir hoy en día la relación del MST con las Iglesias (católica y protestantes)? ¿Cuál es el papel de las Iglesias en la coyuntura actual de Brasil? En América Latina hubo un fenómeno político-religioso-social muy interesante que fue el desarrollo de la Teología de la Liberación. Esa corriente ideológica de los cristianos, trató de interpretar la Biblia y los Evangelios, como instrumentos de concientización de los pobres, de la clase trabajadora, para que lucharan por las transformaciones sociales. En ese sentido, fue una síntesis entre el análisis sociológico marxista con la cultura y la religiosidad popular expresada en la adhesión del cristianismo en toda América Latina. Y esa síntesis es posible hacerla, creo, con todas las religiones del mundo que tengan como centro el humanismo. Bueno, pero entonces a partir del Concilio Vaticano II, en la década de 60, millares de agentes de pastoral de América Latina que adhirieron a esa corriente, pasaron a priorizar sus esfuerzos, sus energías, en tratar de concienciar al pueblo para que se organizara para luchar por los cambios. Esa corriente cristiana decía “Dios solo ayuda a quien se organiza”. Entonces el MST y un montón de movimientos e, incluso, partidos de izquierda sufrieron las buenas influencias de esa forma de mirar el mundo. Y como nuestro pueblo es muy religioso, culturalmente, es evidente que ese trabajo ayudo al pueblo a organizarse. Con el neoliberalismo y el papado de Juan Pablo II, la Iglesia católica oficial condenó la Teología de la Liberación y pasó a impulsar un conservadorismo en la nominación de obispos. Entonces, la Teología de la Liberación se debilitó en su influencia en los aparatos institucionales de la Iglesia. Pero sigue teniendo mucha influencia en la gente. Y nosotros, del MST, seguimos teniendo mucho apoyo y relación fraternal de trabajo conjunto con muchos sectores cristianos, que son compañeros de lucha por la reforma agraria y por el socialismo. 8. Los últimos años en el seno de los movimientos se desarrolla un debate sobre la “territorialidad”. ¿Podemos incluir los asentamientos del MST en este debate sobre “territorios libres”? ¿Cómo podrían semejantes “islas de libertad” afectar la sociedad como un todo? Más que territorios libres del control de la burguesía o del capital, el verdadero debate es que en los espacios que conquistemos debemos tener autonomía política. Y que debemos construir una nueva hegemonía en la sociedad que nos cerca. Una hegemonía de ver el mundo, con los ojos de la clase trabajadora. Y es una lucha permanente. Pero no se debe tener idealismos, de que en cualquier tierra, o territorio, en el que predomina la clase trabajadora, por si sola, ya es tierra liberada. La burguesía sigue controlando los mercados, el capital sigue controlando las reglas de la sociedad. Y sobretodo, los medios de comunicación que difunden su ideología siguen siendo hegemónicos e influenciando determinantemente nuestra base. Pero, debemos utilizar esos espacios en los que tenemos más control, para generar una nueva cultura, nuevas relaciones sociales. Y eso es un trabajo permanente, cuyos resultados son de largo plazo. 9. ¿Cuáles son, según su opinión, las perspectivas de los proyectos de los partidos de izquierda (PT, PSOL) hoy en Brasil, en relación de un programa para el país, de las esperanzas de pueblo de Brasil, de las luchas comunes con los movimientos contra el proyecto neoliberal? Las condiciones de la lucha de clases en ese contexto histórico de Brasil, están muy difíciles, adversas, para el proyecto estratégico, para el socialismo, del pueblo brasileño. Estamos en un período difícil, porque fuimos derrotados por el neoliberalismo, porque estamos en un descenso del movimiento de masas, porque perdimos toda una generación de jóvenes, que no se volvieron militantes de izquierda, y porque el mayor partido de izquierda fue derrotado por su estrategia meramente electoral. La fundación del P-SOL, con militantes disidentes del PT, es solamente el resultado de lucha interna, y el P-SOL sigue los mismos pasos del PT. Priorizar la lucha electoral e institucional. Pero, hay gente que le gusta la lucha institucional y electoral, es su vocación, y no hay nada malo en eso. Lo malo es hacer solo eso. Entonces, los retos para la izquierda brasileña, para las organizaciones del pueblo brasileño, son muchos. Y los resolveremos solo a mediano y largo plazo. Entre esos retos para recuperar un programa socialista, y lograr acumular fuerzas para los cambios, hemos reflexionado que son: – construir un programa popular común, de lucha anti-neoliberal y anti-imperialista – estimular todo tipo de lucha social – apuntar a la reactivación del movimiento de masas – formar cuadros y militantes, en un número cada vez mayor – construir nuestros propios medios de comunicación social, a través de radios, periódicos, boletines y hasta programas televisivos, para enfrentar la hegemonía mediática de la derecha. – Acumular para un programa estratégico socialista. – Priorizar el trabajo organizativo con la juventud que vive en las periferias de las ciudades. Kostas Athanassiou Revista Resistencias Nº 7 Grecia

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Resurgimiento y actualidad de lo nuclear

Eduard Rodríguez Farré, Salvador López Arnal

Introducción de Casi todo lo que usted deseaba saber algún día sobre los efectos de la energía nuclear en la salud y el medio ambiente. Libros de El Viejo Topo, Barcelona, 2008.     

La situación parecía estabilizada. A principios de 2006 existían en el mundo 443 reactores nucleares en funcionamiento localizados en 31 países que proporcionaban, aproximadamente, el 16% de la electricidad mundial. Los seis principales países productores -Estados Unidos, Francia, Japón, Alemania, Rusia y Corea del Sur- generaban las tres cuartas partes del total. Francia seguía siendo el país más “nuclearizado”. En torno al 80% de su electricidad tiene ese origen energético. En Lituania alcanzaba el 72%. Sin embargo, Austria, Noruega, Italia, Portugal, Grecia, Polonia, Chipre, Letonia, Irlanda o Dinamarca, por ejemplo, no utilizan centrales nucleares en la generación de la electricidad que consumen, y Alemania y Suecia tienen programas activos de abandono de la energía nuclear. En el conjunto de la Unión europea la energía atómica representa el 6% del consumo final, el 15% del consumo de energía comercial primaria y el 29% de la generación eléctrica[1]. En España este último dato se mueve en torno al 20%.

Según la Agencia Internacional de la Energía Atómica (AIEA), dependencia con sede en Viena de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), en ese mismo año 2006 había 23 reactores nucleares en construcción, además de varias decenas de nuevos proyectos y propuestas.

España poseía un total de 10 instalaciones nucleares, entre las que se encontraban la central de José Cabrera, en Zorita (Guadalajara), que cesó su actividad a finales de abril de 2006 a pesar de que sus propietarios habían solicitado prolongar su actividad más allá de su fecha inicial de cierre en 2009, y la central de Vandellós I, en Tarragona, en fase de desmantelamiento. España  cuenta, además, con una fábrica de combustible nuclear en Juzbado (Salamanca) y un centro de almacenamiento de residuos radiactivos de baja y media actividad en El Cabril (Córdoba).

La energía nuclear parece, pues, que vuelve a renacer en Estados Unidos después de haber estado 30 años sin permisos para nuevas instalaciones[2]. De hecho, los poquísimos reactores que han entrado en funcionamiento durante estos años habían sido autorizados antes del accidente de 1979 en la central de la Isla de Tres Millas, cerca de Harrisburg (Pennsylvania). La industria nuclear norteamericana, que ya genera el 20% de la electricidad total del país, ha lanzado un ambicioso y enérgico plan de acción: cinco nuevos reactores funcionando en 2015, una docena en 2020 y ¡medio centenar en 2050!, unos setenta en total, lo que representaría un incremento del 68% respecto a sus 103 reactores actuales[3].

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«La ragazze del secolo scorso» de Rossana Rossanda

"Si tengo un resentimiento es con la tendencia de los partidos comunistas y de todas las vanguardias a considerar las "masas" como gatitos ciegos" (página 186).

Turín, Einaudi, 2006, 385 páginas.

Rossana Rossanda, es uno de los dirigentes comunistas italianos mas conocidos en el mundo: paradójicamente, es mas conocida que otros dirigentes que tuvieron un rol mas importante en la historia del Partido Comunista Italiano, como por ejemplo Ingrao, Amándola o Bordiga. ¿Tal vez su fama se deba a la expulsión del PCI y la fundación del diario Il Manifesto? Indudablemente este episodio también contribuyó a hacer conocido su nombre fuera de Italia, pero restaría entonces explicar porque pudo ser mas conocida que Lucio Magri o que Valentino Parlado, que con ella fundaron Il Manifesto. Yo diría que su notoriedad se debió al hecho de ser mujer. Y en el umbral de los 80 años, la Rossanda ha publicado parcialmente su biografía, y digo parcial porque llega hasta el momento de la expulsión del PCI y, por tanto, es de esperar que en una eventual continuación podrá conocerse la actividad de la Rossanda como disidente del mayor partido comunista del boque occidental.

En este libro, sin embargo, no es la política el único aspecto existencial que la Rossanda quiere narrar. Por el contrario es una autobiografía completa, íntegra: es la autobiografía que se espera leer de un verdadero comunista, pues la Rossanda no se cuenta solo como animal político. Los líderes políticos normalmente suelen describirse meramente como dirigentes, descuidando el lado humano, cotidiano, de su existencia. En su libro en cambio, la Rossanda cuenta sobre su infancia, de sus padres, de la hermana, incluso de la mujer que la crió y con la cual aprendió a ser mujer; resultan sorprendentes las páginas dedicadas a la menstruación; es un relato acorde a la imagen de un ser humano que se ha dedicado a la política, y no de un político que es además un ser humano. La imagen de la protagonista del libro, la autora misma, surge así mas vivaz, verídica, diré incluso simpática, a pesar de que me detendré sobre algunos aspectos de su personalidad no para cambiar la imagen que acabo de señalar, sino por el contrario, para hacerla aún mas humana incluso en sus evidentes limitaciones.

Rossana Rossanda es una mujer inteligente pero a veces carente de una efectiva sensibilidad. Algunos episodios que ella misma honestamente cuenta, muestran la dimensión de esa clase política que se habría al mundo desde una Italia provincial y sustancialmente atrasada desde el punto de vista económico y cultural. Sus progenitores, aunque prevenientes de una sólida burguesía profesional, se arruinaron con la crisis de 1929 y no pudieron luego encargarse de la educación de la hija, de la que pasaron a ocuparse los tíos. De regreso con sus progenitores, la elección de militar con la resistencia comunista a los nazi-fascistas fue la que rompió definitivamente la relación con el padre, que no pudo aceptar la idea de que el enemigo de clase se hubiese infiltrado en su casa. La Rossanda no lo dice, pero es claro que su militancia debe haberle recordado al padre su quiebra económica y la consecuente incapacidad de ser un padre ejemplar. La Rossanda se declara amargada por la incomprensión, pero no es capaz de pensar la situación desde el lado del padre.

Su falta de sensibilidad hacia los otros se reitera en otro episodio, ocurrido en Cuba. En ocasión de un encuentro con Fidel Castro, encuentro realizado en un campamento militar, la Rossanda, cansada de los largos monólogos del Líder Máximo, se mete en una tienda para dormir. Le avisan que era una tienda que para los soldados, pero ella no hace caso y sigue durmiendo, pensando que en el fondo los verdaderos revolucionarios no se escandalizarían por encontrarse con una mujer en la cama. Debió intervenir el mismo Fidel para convencerla que en Cuba algunos valores seguían vigentes y acompañarla hasta la tienda de las mujeres. La Rossanda no hace comentarios, pero su arraigado provincialismo itálico, agravado por la convicción de que en el curso de una generación podía arrojarse al mar toda una tradición, emergen claramente, y emerge también la jactancia de quien se siente agente de un proceso de modernización imperioso y no quiere esperar las mediaciones necesarias para alguien que nunca vio la modernidad.

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El neoliberalismo como destrucción creativa

David   Harvey

The ANNALS of the American Academy of Political and Social Science 2007

Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens

El neoliberalismo se ha convertido en un discurso hegemónico con efectos omnipresentes en las maneras de pensar y las prácticas político-económicas hasta el punto de que ahora forma parte del sentido común con el que interpretamos, vivimos, y comprendemos el mundo. ¿Cómo logró el neoliberalismo una condición tan augusta, y qué representa? En este artículo, el autor afirma que el neoliberalismo es sobre todo un proyecto para restaurar la dominación de clase de sectores que vieron sus fortunas amenazadas por el ascenso de los esfuerzos socialdemócratas en las secuelas de la Segunda Guerra Mundial. Aunque el neoliberalismo ha tenido una efectividad limitada como una máquina para el crecimiento económico, ha logrado canalizar riqueza de las clases subordinadas a las dominantes y de los países más pobres a los más ricos. Este proceso ha involucrado el desmantelamiento de instituciones y narrativas que impulsaban medidas distributivas más igualitarias en la era precedente.

El neoliberalismo es una teoría de prácticas políticas económicas que proponen que el bienestar humano puede ser logrado mejor mediante la maximización de las libertades empresariales dentro de un marco institucional caracterizado por derechos de propiedad privada, libertad individual, mercados sin trabas, y libre comercio. El papel del Estado es crear y preservar un marco institucional apropiado para tales prácticas. El Estado tiene que preocuparse, por ejemplo, de la calidad y la integridad del dinero. También debe establecer funciones militares, de defensa, policía y judiciales requeridas para asegurar los derechos de propiedad privada y apoyar mercados de libre funcionamiento. Además, si no existen mercados (en áreas como la educación, la atención sanitaria, o la contaminación del medioambiente) deben ser creados, si es necesario mediante la acción estatal. Pero el Estado no debe aventurarse más allá de esas tareas. El intervencionismo del Estado en los mercados (una vez creados) debe limitarse a lo básico porque el Estado no puede posiblemente poseer suficiente información como para anticiparse a señales del mercado (precios) y porque poderosos intereses inevitablemente deformarán e influenciarán las intervenciones del Estado (particularmente en las democracias) para su propio beneficio.

Por una variedad de razones, las prácticas reales del neoliberalismo discrepan frecuentemente de este modelo. Sin embargo, ha habido por doquier un cambio enfático, dirigido ostensiblemente por las revoluciones de Thatcher/Reagan en Gran Bretaña y EE.UU., en las prácticas político-económicas y en el pensamiento desde los años setenta. Estado tras Estado, los nuevos que emergieron del colapso de la Unión Soviética a socialdemocracias y Estados de bienestar de antiguo estilo tales como Nueva Zelanda y Suecia, han abrazado, a veces voluntariamente y a veces como reacción a presiones coercitivas, alguna versión de la teoría neoliberal y han ajustado por lo menos algunas de sus políticas y prácticas correspondientemente. Sudáfrica post-apartheid adoptó rápidamente el marco liberal e incluso China contemporánea parece orientarse en esa dirección. Además, propugnadores de la mentalidad neoliberal ocupan ahora posiciones de considerable influencia en la educación (universidades y muchos think-tanks), en los medios, en las salas de los consejos de las corporaciones y de las instituciones financieras, en instituciones estatales clave (departamentos del tesoro, bancos centrales), y también en aquellas instituciones internacionales como ser el Fondo Monetario Internacional (FMI) y la Organización Mundial de Comercio (OMC) que regulan las finanzas y el comercio globales. El neoliberalismo, en breve, se ha convertido en hegemónico como un modo de discurso y tiene efectos omnipresentes en las maneras de pensar y las prácticas político-económicas hasta el punto en que se ha incorporado al sentido común con el que interpretamos, vivimos, y comprendemos el mundo.

La neoliberalización se ha extendido, en efecto, por el mundo como una vasta marea de reforma institucional y ajuste discursivo. Aunque abundante evidencia muestra su desarrollo geográfico irregular, ningún sitio puede pretender una inmunidad total (con la excepción de unos pocos Estados como ser Norcorea.) Además, las reglas de enfrentamiento establecidas a través de la OMC (que rigen el comercio internacional) y por el FMI (que rigen las finanzas internacionales) amplifican el neoliberalismo como un conjunto de reglas internacionales. Todos los Estados que se afilian a la OMC y al FMI (¿y cuál puede permitirse no hacerlo?) aceptan acatar (a pesar de un “período de gracia” para permitir un ajuste tranquilo) esas reglas o enfrentar severos castigos.

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Golpe de Estado en la Academia

Carlos Fernández Liria

Público – 31/3/2008

Lo que se ha llamado la Convergencia Europea en Educación Superior viene vendiéndose como una radical revolución educativa para poner la Universidad al servicio de las nuevas demandas sociales. En verdad, se trata del equivalente a una reconversión industrial en el mundo académico. Su objetivo es poner la Universidad pública al servicio de las empresas. La receta es extremadamente simple: la financiación pública se subordina a la previa obtención de “fuentes de financiación externa”, es decir, privadas. En la práctica ello significa que, en adelante, toda la geografía del mundo académico (disciplinas, cátedras, departamentos, facultades, planes de estudios, proyectos de investigación, etc.) se ve forzada a amoldarse a los intereses profesionales y las prioridades de investigación empresarial. Se abre así un abismo entre un edificio que se ha levantado sobre sí mismo con la lentitud propia de la Historia de la Ciencia (26 siglos de diálogos, polémicas y esfuerzos incansables de millones de investigadores) y el imprevisible mundo de las demandas empresariales, cada vez más anárquicas y cada vez más dependientes de capitales que se mueven en la Bolsa a la velocidad de la luz. Las universidades públicas tendrían que poder ser financiadas con criterios académicos autónomos, que se conformen a los intereses de la razón y no a los del mercado. En muchas ocasiones hay que garantizar la financiación pública precisamente porque no existe financiación privada. Pero hace ya tiempo (Bolonia 1999, Lisboa 2000, AGCS, Doha 2001, OMC 2005, etc.) que las autoridades europeas decidieron saltar al otro lado del abismo. No es que se pretenda privatizar la Universidad; es mucho más rentable ponerla al servicio de los intereses privados. Al volcar la financiación pública en proyectos académicos que ya gozan de “fuentes externas” de financiación lo que se hace lisa y llanamente es subvencionar con dinero público actividades empresariales privadas (al tiempo que se ahoga la financiación pública de actividades de interés ciudadano que no sean rentables). Al mismo tiempo, las empresas se apropian de un ejército de becarios pagados con los impuestos y que trabajarán para ellas y sus propios intereses mercantiles. En una vuelta de tuerca más de lo que Galbraith llamó “la revolución de los ricos contra los pobres”, las empresas no se conforman con pagar cada vez menos impuestos: ahora quieren también el dinero de los contribuyentes. Y a esto se le ha llamado “poner a la Universidad al servicio de la sociedad”. Para la presentación en sociedad de esta descarnada reconversión mercantil de la Universidad se ha contado con la inestimable ayuda de los pedagogos. Estos eran imprescindibles para disfrazar la mercantilización con los ropajes de una revolución educativa progresista y liberal contra la supuesta rigidez de las estructuras académicas. Lo que necesitaban las empresas era, como siempre, “flexibilidad” y la jerga de los pedagogos era la única que podía teñir esta temible palabra con tintes progresistas e incluso izquierdistas y antiautoritarios. Había que perder el respeto a las rigurosas distinciones del edificio científico y abogar por la “formación continua”, “flexible”, “transversal” y “psicoafectiva” de un profesional todo terreno, capaz de estar en todo momento a la altura y al tanto de las necesidades ingobernables de un mercado laboral cada vez más imprevisible y demente. Para formar este tipo de profesional no hacen falta científicos, sino entrenadores: pedagogos y psicopedagogos capaces de adiestrar personal para la Olimpiada de un mercado laboral vertiginoso. El resultado ha sido una suicida animadversión hacia los contenidos académicos y científicos, que viene a sumarse a la brutal mutilación de contenidos específicos que ya venía exigida por la mercantilización. La reducción de la duración y la profundidad científica de muchas Licenciaturas ha supuesto un verdadero naufragio académico. Para suplir el déficit de especialización, el alumno puede pagarse –si se lo permite su bolsillo– un master de formación avanzada. Ahora bien, es en este punto en el que la maniobra de los pedagogos ha supuesto un verdadero golpe de Estado en las relaciones Academia-Profesión que afecta a todas las carreras de corte teórico (Física, Matemáticas, Filosofía, Historia, etc.) que tienen como salida profesional mayoritaria las enseñanzas medias. Un Anexo a la Orden ECI/3858/2007 (27/12/2007) instituye como requisito para presentarse a las oposiciones para profesor de secundaria haber cursado un Master de Formación del Profesorado (MFP) destinado a formar competencias de psicología, pedagogía, psicopedagogía y didáctica aplicada. Se trata, por supuesto, de ampliar a un año (y a precio de master) el actual “Certificado de Aptitud Pedagógica” (CAP). Este cursillo pedagógico nunca ha sido evaluado objetivamente, pese a que no hay nadie con un mínimo de vergüenza que se atreva a dudar de sus nefastos resultados. Las consecuencias son muy graves para la Universidad y también para la Enseñanza Secundaria y el Bachillerato. La mayor parte de los alumnos universitarios que piensen en su profesión optarán por cursar el MFP y no uno de estudios avanzados en filosofía, lingüística, física o biología. A medio plazo, eso sentencia de muerte los master de casi todas las facultades teóricas y clásicas. Pero lo peor es el perfil del profesor de secundaria al que se aspira. No ya un profesor que sepa filosofía, física o gramática, sino un asesor psicopedagógico de un material humano al que, en realidad, ya se da por perdido: el alumnado en general de toda la enseñanza pública. Pero esto no es una solución sino un agravamiento de un problema cuyas raíces son de carácter social, económico y político, no académicas. En respuesta al MFP, algunas Juntas de Facultad han comenzado a firmar un manifiesto acordado en la Facultad de Filosofía de la UCM (La Profesión de Profesor, http://fs-morente.filos.ucm.es/). Sus argumentos son muy moderados, pero merecen escucharse. Carlos Fernández Liria es profesor titular de Filosofía en la Universidad Complutense de Madrid.

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