Un punto de encuentro para las alternativas sociales

La Rabia de Chaplin

Darío Fo

A 30 años de su muerte… "era sobre todo un hombre con un sentido profundamente arraigado del amor y del odio".LA RABIA DE CHAPLINAltercom* Darío Fo*

14 de febrero de 2007

Sale en estos días «Charlie Chaplin, Opiniones de un Vagabundo» [1]. Vaya por delante que Charles Chaplin ha sido con certeza uno de los hombres del espectáculo, y en particular del cine, más importantes del siglo XX.

Lo que más me fastidia es el interminable rimero de crónicas de tipo patético, lírico o literario que se han escrito sobre él desde el mismo momento de su muerte.

Pescando en ese montón de comentarios, les propongo algunos: "El fondo judío de su arte y de su tristeza indudable, la naturaleza de su humor de doble y triple sentido, es poco accesible al público" (Montale). "Tenía en la sonrisa el llanto del mundo, y en las lágrimas de las cosas hacía bailar la alegría de la vida" (Giovanni Grazzini, en el Corriere della Sera). Y etiquetas hasta el hartazgo: "anarquista-lírico", "individualista-colectivo", "patético", "fantástico", "rebelde", "melancólico", "payaso de la esperanza", "grotesco", "existencialista".

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Nicolai Bujarin

A modo de introducción

        Aunque sea poco conocido,  el debate entre la oposición de derecha y la de izquierda en el movimiento comunista internacional, rotundamente encarnadas por Nikolai Bujarin y león Trotsky, respectivamente, que tuvo su mayor vigencia en la segunda mitad de los años veinte con un antes y un después, tuvo y tiene su traducción española. Lo tuvo en el POUM, caracterizado como “trotsko-bujarinista” por el infortunado periodista soviético Mijhail Koltzov (1), y lo ha vuelto a tener, bajo otras perspectivas entre sectores de la intelectualidad marxista crítica ligada proveniente de la tradición comunista, y el sector más ligado con el trotskismo, más específicamente con lo que fue la LCR, por no hablar de otras posibles resonancias.

       En  caso del POUM que recogió todas las disidencias del PCE, el “bujarinismo” está estrechamente ligado a Maurín y la Agrupación Comunista madrileña liderada por Juan Portela y Julián Gorkin (2), en tanto que el trotskista lo está con Nin y Juan Andrade, todos ellos cofundadotes del PCE. Tanto Trotsky como Nin acusaron una y otra vez a Maurín de “bujarinista”, aunque lo cierto es que éste fue expulsado del Komintern por negarse a condenar a Trotsky, y  conoció una potente radicalización a raíz del ascenso del nazismo al poder. La acusación se fundamentaba tanto en la actitud de Maurín ante el Komintern como por  el criterio que guiaba la formación del “Bloque Obrero y Campesino” (BOC), como una organización más amplia que un parido comunista.

       Sin embargo, este criterio fue aplicado por Maurín en un sentido más clásico, y el BOC no tuvo nada que ver con  el “Kuomintangnismo” ni nada por el estilo, sirvió para integrar justamente a los “bujarinistas” madrileños, y también a los comunistas independentistas como Jordi Arquer y Josep Rovira, que habían organizado pequeñas formaciones de este signo en Cataluña. En el POUM, Portela representó siempre al sector más afín con el PCE y el Frente Popular (y opuesto al trotskismo,  en el sentido de que había que estar “por encima” del dilema Stalin-Trotsky, un criterio en el que abundó especialmente  Gorkin en sus diatribas contra Trotsky en relación a la línea a seguir durante la guerra y la revolución). La presunción  (expresada entre otros por el avieso Antonio Elorza en Queridos camaradas), según la cual, de haber permanecido Maurín al frente del POUM durante la guerra habría actuado en la misma línea que Portela tiene dos argumentos en contra, primero, Maurín fue el principal teórico de la Alianza Obrera y del POUM, segundo, que su discípulo  “Pep” Rebull se mostró muy crítico con actuaciones de Nin, como lo fue colaborar con la Generalitat y defendió una opción que los componentes de la Cuarta Internacional dentro del POUM, vieron como próxima a la suya (3).

       Pienso que el reconocimiento que obtuvo Bujarin en los años setenta tiene mucho que ver con las tentativas de un “comunismo democrático” en partidos comunistas como el italiano. No hay que olvidar que Togliatti, aunque se plegó a Stalin para  salvar la vida había mostrado sus simpatías con Bujarin, y que otros líderes comunistas como Angelo Tasca y el propio Gramsci, se encontraban en esa misma línea (4). Como es sabido, el líder de la revolución húngara de 1956, Imre Nagy, había sido afín a Bujarin, y la huellas de éste –en su fase del socialismo a paso de tortuga, manteniendo la alianza obrero-campesina de la NEP-, se pueden encontrar bajo diversas formas en cierto titoismo (que en Cataluña representó Joan Comorera), en Alexander Duceck, y otros disidentes. Durante la “perestroika”, sectores muy significativos de los partidos comunistas europeos, y muy significativamente del PSUC, llevaron a cabo una extensa campaña que comprendía no solamente la exigencia de su “rehabilitación” (concepto equívoco donde los haya), sino también su revalorización. Seguramente la expresión más acabada de esta campaña fue la biografía de Bujarin escrita por el reconocido historiador y sovietólogo norteamericano Stephan F. Cohen, sobre la cual se incluye en este “dossier” un trabajo crítico escrito por Tamara Deutscher, la compañera de Isaac Deutscher, y colaboradora de E. H. Carr.

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Una Constitución que renunciaba a la guerra como instrumento de política nacional

Salvador López Arnal

Para Alejandro Andreassi, Joaquín Miras y Joan Tafalla, amigos republicanos

            En este año de conmemoraciones, en este año en el que hemos celebrado el 75 aniversario de la proclamación de II República Española y hemos recordado el 70 aniversario del triunfo del Frente Popular, de la fundación del PSUC o del inicio de la resistencia popular ante el golpe de Estado de Franco, Mola y Queipo, no parecería justo olvidar otra fecha imborrable: el 9 de diciembre de 1931, el día en el que las Cortes republicanas aprobaron la constitución de la segunda República Española, el único régimen político, en palabras de Antoni Doménech, “que ha consentido a sus pueblos, ya fuera efímeramente, abrigar la esperanza de un pleno ejercicio de su soberanía”[1].

            El proceso fue rápido, casi vertiginoso. Las elecciones para las Constituyentes se celebraron el 28 de junio de 1931. De los 6.200.000 posibles votantes (todos varones, las mujeres pudieron votar por vez primera en España en 1933), lo hicieron 4.300.000, casi el 70%[2]. Al igual que hicieran en las municipales de 12 de abril, obreros anarcosindicalistas también participaron en estas elecciones.  De entre los casi 470 diputados de la Cámara, 114 eran del PSOE; el Partido Republicano Radical de Lerroux obtuvo 89 escaños; el Republicano Radical Socialista de M. Domingo, 55; Esquerra Republicana, 36; Acción Republicana, el partido de Azaña, 30; los republicanos gallegos del ORGA, 19; PNV y Liga, 19 diputados en total.

Y fue el 14 de julio, tres meses después de ser proclamada la II República, el día de la apertura solemne de las Cortes constituyentes republicanas[3]. El conservador y católico ex monárquico Niceto Alcalá Zamora -que más tarde, durante el debate sobre la cuestión religiosa (9-14 de octubre) presentó su dimisión- fue nombrado primer ministro. Miguel Maura, también dimisionario, fue Ministro del Interior. Azaña asumió el ministerio de guerra hasta la crisis de octubre, momento en el que fue nombrado primer ministro de la República. El PSOE obtuvo tres carteras; Lerroux estuvo en Exteriores; y miembros de Ezquerra, de los radical-socialistas y de ORGA también formaron parte del gobierno.

El papel de Luis Jiménez de Asúa (Madrid, 1889; Buenos Aires, 1970), el gran jurista socialista, fue decisivo en la redacción de la Constitución. Presidente de la comisión Constitucional, en apenas 20 días, puso a disposición de las Cortes un anteproyecto de Constitución que él mismo presentó el 28 de agosto de 1931, con un magnífico discurso[4] en el que señalaba:

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La memoria “tuerta” de las clases dirigentes italianas

http://www.radiocittaperta.it

26 de enero de 2007

De nuevo, la retórica ensordece. Se acerca el “Día de la memoria” y ministros, periodistas, políticos se agolpan en iniciativas circunstanciales que recuerdan la inmensa masacre que se produjo durante la segunda guerra mundial. La iniciativa debería servir, de creer las intenciones de los promotores, para recordar a las jóvenes generaciones el exterminio de millones de vidas en nombre de una absurda teoría racista propagada por los dirigentes nazis. Se suele declamar que quien no tiene memoria no tiene futuro. Recordar para no repetir. Verdades sacrosantas. Lástima que los promotores de esta jornada también contribuyan a remover y a manipular la historia.

Tiene razón Moni Ovadia cuando afirma: “Es urgente vivificar el sentido ultimo de la Shoà en la batalla contra cualquier forma de racismo, de opresión, de ofensa a la dignidad y a los derechos de los hombres. Solo la relación con las grandes batallas por la igualdad, la paz, la justicia social mantiene viva aquella memoria y la relanza éticamente contra la aridez conmemorativa y la esterilidad de las formas museísticas que la transforman en una cómoda cobertura para falsas consciencias.”

Sin embargo, se utilizan trozos de historia para ofuscar otros: de ese modo, la masacre de un millón y medio de armenios por parte del régimen occidental turco desaparece las conmemoraciones, del mismo modo que el exterminio de los homosexuales, de los gitanos, de los minusválidos, de los enfermos mentales de los antifascistas. Para no hablar de la masacre de millones di indígenas de América del Norte y del Sud, o de los habitantes originarios de Australia. Hasta llegar a la negación bipartidista de las responsabilidades europeas e italianas en la colonización del continente africano.

Si por una parte, il gobierno italiano lanza una ley que castiga con la cárcel a quien haga propaganda de ideas racistas y discriminatorias, por otra, el presidente de la república Giorgio Napolitano recoge la pelota en el aire y durante un discurso justifica, en nombre de la memoria de las masacres de ayer, otras masacres. En este caso, las perpetradas por el estado de Israel contra palestinos y libaneses, solo para referirnos a la actualidad.

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Historia de un trascendental descubrimiento científico

Salvador López Arnal

Spencer Weart, El calentamiento global. Editorial Laetoli, Pamplona, 2006. Traducción de José Luis Gil Aristu; revisión técnica de Alfredo Rueda y Bosco Imbert, 262 páginas.

            Uno de los datos científicos más significativos es el reconocimiento creciente de que el cambio climático no se debe exclusivamente al CO2. (aunque, por supuesto, se deba también al CO2). La actividad humana está aportando -además de otros gases de efecto invernadero como el metano- una cuarta parte, al menos, de polvo, niebla química y otras partículas en aerosol presentes en la atmósfera terrestre. “Todos estos agentes tienen múltiples efectos sobre la radiación de entrada y salida, directamente o mediante su influencia en las nubes” (p. 202). La principal fuerte de incertidumbre actual no se halla en la ciencia. “Para predecir el cambio climático habrá que prever antes los cambios en el nivel de CO2 metano y otros gases de efecto invernadero, además de las emisiones de humo y otros aerosoles, por no mencionar los cambios en cultivos y bosques. Estos cambios dependen menos de geoquímica y la biología de las acciones humanas. La cuestión de si el mundo experimentará un calentamiento suave o drástico depende, sobre todo, de las futuras tendencias sociales y económicas (p. 226). Hay más probabilidades de que suframos un calentamiento global que lo contrario: “Debemos esperar que el comportamiento del clima siga cambiando y que los mares continúen subiendo de nivel ateniéndose a unas pautas cada vez peores que conoceremos a lo largo de nuestras vidas y que se prolongará hasta las de nuestros nietos” (p. 235).         

Spencer Weart, director desde 1974 del Centro de Historia de la Física del American Institut of Physics en College Park, Maryland, advierte en el prólogo de su ensayo (págs 7-10), con algún que otro presupuesto eurocéntrico, que tenemos que tomar decisiones difíciles, que nuestra respuesta a la amenaza del calentamiento global afectará a nuestro bienestar, a la evolución de las sociedades humanas y, de hecho, “a todas las formas de vida de nuestro planeta”. Uno de los objetivos de su ensayo es ayudar a los lectores a entender el atolladero en el que nos encontramos, explicando cómo se ha llegado a él. No es, pues, tema central de El calentamiento global las acciones que podamos y debamos acometer en el futuro y en nuestro inmediato presente. Se narra en él, “cómo hemos llegado a la situación actual y cómo hemos llegado a comprenderla. La larga lucha para concebir cómo la humanidad podía estar alterando las condiciones atmosféricas fue un esfuerzo poco visible” (p. 7). Algunos eslabones de este descubrimiento, mayoritariamente aceptado por las comunidades científicas, serían los siguientes: 1. En 1896, un solitario científico sueco –Svante Arrhenius- descubrió el calentamiento global como concepto teórico, tesis que en aquel entonces la mayoría de los especialistas declararon como muy improbable, y aún más: la mayoría  de los científicos pensaban en 1910 que los cálculos de Arrhenius eran completamente erróneos. El argumento de Arrhenius fue el siguiente: si una racha de erupciones volcánicas expulsara gran cantidad de CO2, elevaría con ello la temperatura y este pequeño incremento tendría como consecuencia que el aire caliente retendría más humedad; como el valor de agua es el gas de efecto invernadero más importante, la humedad adicional aumentaría el calentamiento de forma considerable al bloquear más la radiación infrarroja; a la inversa si se interrumpieran todas las erupciones volcánicas: el CO2 acabaría siendo absorbido por el suelo y el agua de los océanos, y el aire, al enfriarse, retendría menos vapor de agua y por consiguiente, se bloquearía en mucha menor media la radiación infrarroja: este proceso conduciría a una gladiación. 2. En la década de los cincuenta del siglo XX, unos científicos californianos descubrieron el calentamiento global como mera posibilidad, como un riesgo que podía tener lugar en un futuro muy remoto. 3. En 2001, apenas 50 años más tarde, una organización que movilizó a miles de científicos de todo el mundo descubrió el calentamiento global como fenómeno que había comenzado ya a influir de manera cuantificable en las condiciones atmosféricas y que podía agravarse mucho más.

            El lector no encontrará en este estudio denuncias políticas globales contra el demenciado sistema de producción regido por el beneficio maximizado como norma esencial; sin embargo, hay apuntes, reflexiones, notas puntuales que no parecen transitar por sendero opuesto (quizás pueda afirmarse, eso sí, que el estudio de Weart esté demasiado centrado en aportaciones de los científicos norteamericanos y que acaso no tenga suficientemente en cuenta contribuciones de científicos de otras áreas geográficas). Por ejemplo, el autor no tiene ningún reparo en recordar que Reagan asumió la presidencia de USA con una administración que despreciaba “abiertamente las preocupaciones por el medio ambiente, incluido el calentamiento global. Muchos conservadores metían en un mismo saco todos esos asuntos considerándolos peroratas de progresistas hostiles al mundo empresarial, un caballo de Troya para favorecer el desarrollo de la regulación gubernamental y los valores profanos” (p. 172). Igualmente señala que, después de la confirmación del descubrimiento, los estudiosos que criticaban de manera mas categórica las previsiones del calentamiento global, generalmente, no editaban sus trabajos en publicaciones científicas clásicas sino en “escenarios financiados por grupos industriales y fundaciones conservadoras, o en medios de orientación empresarial, como The Wall Street Journal” (p. 198), o también que “El problema desaparecería de la atención pública en medio de los distintos episodios de la polémica. Los políticos no creían poder ganar mucho agitándolo. El propio Gore se limitó a mencionar brevemente el calentamiento global durante su campaña para la presidencia de EEUU el año 2000” (p. 215) (Ello no es obstáculo, claro está, para discrepar de algunas afirmaciones políticas –laterales- del autor. Por ejemplo, su optimista balance sobre el avance de los gobiernos democráticos en el mundo a lo largo del siglo XX (p. 189), su consideración de la influencia creciente de las instituciones con fundamentos democráticos en los asuntos mundiales, o sobre su misma acepción de la categoría democracia).

            Como un buen libro no estrictamente académico de historia de la ciencia, que es lo que en definitiva es El calentamiento global, podemos encontrar en él excelentes apuntes sobre cuestiones epistemológicas anexas. Así, entre otros asuntos, sobre la complejidad: “Miles de personas realizan estudios afanosos que sólo casualmente nos dirán algo sobre el cambio del clima. Muchos científicos son apenas conscientes de la existencia de otros como ellos (…) Este tipo de ciencia cuyas especialidades sólo establecen contactos parciales se ha extendido conforme los científicos se esforzaban por entender asuntos cada vez más complejos” (p. 9); sobre los inevitables límites del conocimiento humano: “El carácter enmarañado de los estudios climáticos es un reflejo de la propia naturaleza. El sistema climático de la Tierra es de una complicación tan poco simplificable que nunca lo entenderemos por completo como podemos entender una ley física. Esas incertidumbres contaminan la relación entre climatología y política” (p. 9); sobre las presuposiciones metacientíficas: “Según esta concepción, el aumento o la reducción de la nubosidad para estabilizar la temperatura o a manera como los océanos mantendrían un nivel fijo de gases en la atmósfera eran ejemplos de un principio universal: el equilibrio de la naturaleza. Casi nadie imaginaba que las acciones humanas, tan insignificantes en medio de la vastedad de las fuerzas naturales, pudieran trastocar el equilibrio que gobernaba el conjunto del planeta. Esa visión de la Naturaleza –como algo sobrehumano, benevolente e intrínsecamente estable- se hallaba profundamente asentada en la mayoría de las culturas humanas” (p. 19); sobre la politización de la ciencia: “En 1945, conforme remitía el esfuerzo bélico, los científicos se preguntaban qué sería de aquellas empresas. La Armada de Estados Unidos decidió tomar cartas en el asunto y financiar estudios de base a través de un nuevo Departamento de Investigación Naval…La disponibilidad sin trabajas de unos cerebros preparados podía ser esencial en futuras situaciones de emergencia. Entre tanto, los científicos que hicieran descubrimientos célebres darían prestigio a la nación en la competición mundial con la Unión Soviética en marcha ya para entonces: la Guerra Fría. Había, pues, motivos para apoyar a los buenos científicos, sin que importara qué problemas decidieran resolver” (p. 35) o “En 1981, por ejemplo, Hansen envió a Sullivan un informe científico que estaba a punto de publicar y en el que anunciaba que el planeta se estaba calentando perceptiblemente. El efecto invernadero fue por primera vez noticia de primera página en The New York Times. Sullivan amenazó al mundo con un calentamiento sin precedentes que podía provocar una subida desastrosa del nivel del mar…El Departamento de Energía respondió incumpliendo la promesa de financiación dada a Hansen, quien tuvo que despedir a cinco personas de su Instituto” (p. 173); o sobre las normas científicas y el contexto social: “El mantenimiento de la confianza es más difícil cuando la estructura social no tiene cohesión. Un grupo especializado no puede comprobar a fondo el trabajo de investigadores de otra rama científica, sino que debe aceptar su palabra en el terreno en que es válida. El estudio del cambio climático es un ejemplo extremo. Los investigadores no pueden aislar la meteorología de la física solar; los estudios sobre contaminación de la informática; la oceanografía de la química glacial; etcétera. La gama de revistas que citan en sus notas a pie de página es muy amplia. Esta amplitud resulta inevitable, al ser tantos los factores diferentes que influyen realmente en el cima” (p. 229).

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Venezuela: la posición del PCV sobre la creación del Partido Socialista Unificado

Horacio Benítez

OpiniónVenezuelaPCV y PSUVPor: Horacio Benítez (especial para ARGENPRESS.info) (Fecha publicación:26/01/2007)Como corresponde a un Partido proletario profundamente comprometido con los intereses populares de la nación y del Socialismo, el Partido Comunista de Venezuela asumió con toda seriedad y responsabilidad el enorme reto planteado por el Presidente Hugo Chávez, de la creación de Partido Unico de la Revolución o del Estado Mayor de la Revolución, mejor conocido ahora de manera provisional como el Partido Socialista Unido de Venezuela-PSUV.La Dirección Nacional de los comunistas fijó un conjunto de criterios y unos procedimientos para contribuir a este complejo proceso y reto planteado a la dinámica de cambios revolucionarios de nuestra sociedad.Los criterios esbozados están inmersos en el procedimiento trazado que no es más que la preparación y realización del XIII Congreso Nacional a reunirse los días 3 y 4 de marzo del año en curso, para fijar una posición sobre la constitución y organización del PSUV.Para los efectos de este trascendental debate que involucra no solo a la militancia comunista sino también amplios sectores de la sociedad, conviene recordar los referentes centrales indicados por el PCV sobre este importante asunto:Primera. El Partido Comunista de Venezuela (PCV) respalda la propuesta del presidente Hugo Chávez de crear un partido único entre las organizaciones que respaldan el proceso de cambios que encabeza desde 1999.Segunda. El planteamiento realizado por el Presidente Hugo Chávez de avanzar a la constitución del Gran Partido de la Revolución es uno de los planteamientos, que junto a la definición socialista del proceso bolivariano, constituye una de las propuestas más trascendentales realizado por el líder del proceso. El Presidente Chávez ha puesto para el debate político, los dos grandes temas que para los comunistas son fundamentales, trascendentales, el tema del Socialismo, que es uno de los objetivos fundamentales del Partido, es la razón de su existencia y el del Partido de la revolución.Tercera. Este es un debate que corresponde a la necesidad y las demandas de la revolución venezolana. Es un debate que los pueblos latinoamericanos, los revolucionarios y revolucionarias, han estado esperando de nuestra revolución, ya que el proceso que vivimos en Venezuela se ha convertido en una referencia necesaria, importante para las luchas por la libertad y la construcción del nuevo mundo socialista.Cuarta. Al Partido Comunista no lo toma de sorpresa la iniciativa, tiene absoluta pertinencia el debate. Ya en la época del Comando Ayacucho propusimos la necesidad que tiene el proceso revolucionario venezolano de contar con una dirección colectiva y unificada, un Estado Mayor de la Revolución.Quinta. El Partido Comunista considera que el nivel actual de agudización de las contradicciones de la nación venezolana con el imperialismo norteamericano y sus amenazas y acciones hace pertinente la propuesta de crear el Gran Partido Histórico de la Revolución.Sexta. La construcción del Gran Partido Histórico de la Revolución, que involucra principalmente la unidad de los y las revolucionarias, es un proceso. Es una gran movilización ideológica que necesita mucha fuerza, madurez y voluntad política para transformarse en revolucionarios, militantes de un Partido Histórico de la revolución.Séptima. Este proceso, implica la maduración de fases bien precisas que deben desarrollarse, como las siguientes: i) La definición del carácter ideológico del partido, en el que asuntos como la propiedad privada sobre los medios de producción; la eliminación de la explotación del hombre por el hombre; la dirección del Estado; el papel dirigente que debe jugar la Clase Obreras y demás trabajadores en la construcción de la nueva sociedad, son esenciales para la construcción del Socialismo en Venezuela, ii) de su programa, iii) de la forma organizativa, iv) del carácter de masas y de cuadros del partido, v) su disciplina y vi) su carácter revolucionario. Esos son aspectos fundamentales que debe darse en el debate que ha planteado el Presidente Chávez.Octava. Con estas fases hipotéticas del proceso conviene iniciar una etapa de caracterización (definición, marco teórico y práctico) del partido de la revolución que se quiere y que ya Chávez adelantó asumiría las banderas del socialismo, uno de los objetivos estratégicos de los comunistas.Novena. De la misma manera se considera que la propia composición del partido exige un nivel de depuración, pues no es posible aceptar gente con conductas corruptas o ajenos al proyecto estratégico de país, que es el socialismo.Décima. Para el Partido Comunista, la iniciativa presidencial dada la naturaleza democrática de la organización, exige el mayor debate interno dentro de la organización, de los colectivos de la Juventud Comunista y fuerzas amigas del movimiento popular y revolucionario para tomar una decisión final en un Congreso nacional partidista quer es el XIII Congreso, yUndécima. El Partido Comunista considera posible la realización en 2007 del Congreso propuesto por el Presidente Chávez, si se inicia un proceso de debate de las tesis de los diversos movimientos, para conformar los espacios de articulación. Constituir una organización con activistas de diversas agrupaciones exige un nivel de encuentro en lo concreto, reconocimiento e incluso construcción de afectos mutuos. Si avanzamos en ello hay condiciones par realizar ese Congreso en el 2007. Este evento puede ser previo o posterior a los congresos de los partidos, pues puede ser de carácter ideológico, para definir el rumbo de la nueva organización, su carácter y forma organizativa para dar paso a los debates internos de las agrupaciones.Estos son los ejes fundamentales de la contribución comunista a la creación y organización del Partido Socialista Unido de Venezuela.Son los ejes que sirven de referencia al debate interno que prepara el XIII Congreso que se realizará el 3 y 4 de marzo.

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