Alfons Quintà, Jordi Pujol et alii: ¡menuda peña!

Salvador López Arnal

Reseña de El hijo del chófer (de Jordi Amat, Barcelona: Tusquets, 2020, 252 páginas)

El hijo del chófer es un ensayo novelado (o una novela pegada a una biografía) de Jordi Amat –filólogo, periodista y escritor, autor de La conjura de los irresponsables y de Largo proceso, amargo sueño– sobre Alfons Quintà (1943-2016), hijo de Josep Quintà, un comercial que hacía funciones de chófer (sin serlo) de Josep Pla («Ser amigo de Pla o su escudero o su caballero servidor acaba teniendo para Josep Quintà más importancia que ser marido y padre», p. 22). La vida, las andanzas y las relaciones del que llegaría a ser primer director general de TV3 son los protagonistas del libro. Con ello, una mirada sobre algunas caras del poder y dominio de las clases hegemónicas de Cataluña como un nombre muy destacado: Jordi Pujol.

Componen el libro el Prólogo («Pla agoniza»), siete capítulos (1. El hijo del chófer. 2. Ángulo muerto. 3. En Transición. 4. Banca rota. 5. La fuerza del mito (tal vez el más trepidante). 6. La trama (se sabe muy poco de la etapa de Quintà como juez suplente en El Prat). 7. A la deriva), el epílogo («El fin de la tragedia») y una nota del autor. Conviene empezar por esta última. Una de sus consideraciones, en estas coordenadas literarias y poliéticas se sitúa Amat: «No pensé que iba a dedicarle unos años de mi vida hasta que leí Laëtitia o el fin de los hombres de Ivan Jablonka a finales de ese 2017… Pocos libros me han conmovido tanto. Jablonka convertía la escritura biográfica en un ejercicio cuyo propósito era concienciar a sus conciudadanos. Actuaba como un Plutarco democrático… A esa misma idea, digamos ética y política, respondían otros libros, la mayoría franceses, que estaban ensayando una nueva manera de moralizar la prosa de no ficción. El caso más evidente era Emmanuel Carrère, cuyo Limónov me parecía ejemplar, pero valía también por Éric Vuillard».

Amat abre el libro con un pasaje de una carta de Josep Pla a Jaume Vicens Vives. No está fechada; tal vez de mediados de los cincuenta del siglo pasado. «En este aspecto está la clave de nuestra vieja discusión: ¿por qué, en nuestro país, nadie dice la verdad?». Es evidente que, incluso en aquellos momentos tan difíciles para mucha gente (Pla no estaba entre ellos), algunos/as tenían la arriesgada valentía de decir verdades en Cataluña. Amat, con el libro que ha escrito, intenta responder a esa pregunta de no muy difícil respuesta. Los negocios y el poder son negocios y poder y nada tienen que ver usualmente con la búsqueda de la verdad ni con un compromiso cívico veraz.

El prólogo del libro sobre los últimos momentos de Pla, basado en una documentada y minuciosa crónica del propio Quintà, finaliza con las siguientes palabras (que Amat reitera posteriormente, pp. 127-128): «En un aparte [el 24 de abril de 1981], el presidente de la Generalitat y el expresidente de La Caixa conversan. Para ganar la atención de Jordi Pujol, casi con lisonja, Narcís de Carreras carga contra el periodista obsesionado con Banca Catalana. Contra ese hombre que pasó demasiadas horas de su infancia y juventud en aquella casa. Con el cadáver de Josep Pla en la habitación contigua a la sala, mientras los dos esperan el momento de encaminarse hacia el funeral, Pujol levanta la cabeza. Lo mira con la convicción de quien tiene el poder y saber ejercerlo. Pocos como él saben hacerlo. Le anuncia con naturalidad que gracias, pero que no se preocupe. El caso Quintà ha quedado resuelto» (p. 16). ¿Cómo quedó resuelto? El hijo del chófer responde a ese interrogante y a otros complementarios, no menos sustantivos.

Unas breves observaciones. Sin apenas adelantarles nada, sin revelaciones de importancia:

1. Hay una mirada marcadamente psicológica (psicoanalítica) que recorre una buena parte de las páginas del libro de Amat para explicar los comportamientos de Quintà. Excesiva en mi opinión. Demasiado parricidio, demasiada semejanza con Dalí. Influencia, tal vez de Jaume Miratvilles. «Dalí lo hizo en sus años surrealistas, Quintà lo estaba haciendo con Tarradellas. Matándolo estaba matando a Cataluña» (p. 99).

2. Se ha señalado en muchos momentos, se sigue haciendo en la actualidad, una exterioridad de la burguesía catalana respecto al Régimen franquista. La tesis es difícil mantener en pie si pensamos, por ejemplo, en las ayudas financieras al golpismo y en quiénes elaboraron el ‘Plan de Estabilización’ de finales de los cincuenta. Si tuvieran alguna duda en este punto, El hijo del chófer las disipará. Basta leer lo que cuenta Amat sobre las relaciones, acciones, ‘favores’ y negocios de Manuel Ortínez i Mur. «Ortínez conoce las leyes del fraude y sabe cómo aplicarlas. Sabe cómo engañar al Estado para obtener los dólares y comprar el algodón que necesitan los industriales para los que trabaja. Tánger. No es Casablanca, pero allí también se juega. En la economía de la ciudad hay catalanes bien situados. Algunos dirigen bancos, otros los tienen en propiedad» (p. 26).

3. De las características poliéticas del muy joven Alfons Quintà, que ya entonces prometía, hay una carta que merece atenta lectura. Varias veces a poder ser. No darán crédito la primera vez que la lean (pp. 36-37).

4. Quintà pidió su ingreso en el PSUC. De la prudencia y saber hacer del partido de los comunistas catalanes, el verdadero nudo central de la lucha antifranquista en Cataluña, tienen una buena muestra en la página 48.

5. Determinados comentarios de Amat sobre el mundo político-cultural del antifranquismo ofrecen dudas sobre la comprensión de la situación que describe. «Las asambleas [entre los redactores de la Enciclopèdia catalana] son constantes y el principal motivo de la controversia es si al obra debía decantarse hacia un modelo de cultura nacional popular (lo formulan con Gramsci) o limitarse a estar al servicio del proletariado como herramienta del cambio revolucionario. Y mientras los redactores asaltan el cielo en cada asamblea, la propiedad de la empresa pierde cada vez más dinero» (p. 54).

6. Las críticas, más que justificadas, al hacer despótico de Quintà no le impiden a Amat reconocer su excelencia como periodista en determinados momentos de su trayectoria. «Durante las semanas centrales del verano del 75 Quintà [tiene entonces 32 años] escribe para Guadiana una serie magnífica sobre política catalana. Tiene el mapa de izquierda, el centro y la derecha en la cabeza. Del interior y de lo que queda en el exilio. De los defensores del status quo, los reformistas y los rupturistas. Y no se corta» (p. 77). Aunque páginas después comenta: «No era un buen escritor de periódicos. Su prosa era descuidada, frenética, cocainómana, pero es un buen periodista a la hora de obtener la información que revela secretos sobre las tramas de intereses y el funcionamiento del poder» (p. 93). A pesar de ello, Amat incluye en el libro un artículo central de Quintà, implacable señala, sobre Banca Catalana («Dificultades económicas del grupo bancario de Jordi Pujol», pp. 100-105) en el que no es fácil observar esa prosa descuidada. Tampoco en este artículo, que también Amat incluye (pp. 231-233), de 27 de julio de 2014: «El viernes, públicamente, ‘la banalidad del mal’».

7. Ignoro las fuentes, que Amat no explicita, pero cuesta dar por buenas algunas afirmaciones. Por ejemplo: «Algunos profesores le aprueban porque él ofrece algo a cambio; publicar un artículo en las páginas de Opinión en el periódico. No tiene reparos y, a la hora del examen, saca apuntes de la asignatura y copia descaradamente. Pero en un caso la estrategia no funciona, aunque él sea el Quintà, de El País. La profesora ayudante de Derecho Penal lo ve copiar, le reprende» (p. 84). También esta: «Fue durante estos fechas [finales de 1979] cuando los tres principales líderes políticos catalanes viajaron juntos a Madrid. Han pedido hora a Juan Luis Cebrián para hacerle una petición. Pujol, Reventós y el dirigente comunista Antoni Gutiérrez Díaz. Le piden al director de El País que destituya a su delegado en Barcelona» (p. 97). ¿El Guti pidiendo-exigiendo la destitución de Quintà, cogido de la mano de Reventós y Pujol? O esta última: «Ataca al partido comunista de Cataluña, el PSUC, porque diversas facciones contactan con él para que hable mal de unos y de otros. Enfrente a “banderas blancas” con “sectores prosoviéticos”. Una sola fuente le permite hablar de una tendencia. Puede haber una intención ideológica, pero sobre todo es la proyección de sus obsesiones y su carácter. El PSUC retrocede, se escinde, fracasa, explota y desaparece. El no es la única causa, pero ha actuado a conciencia como un pirómano para incendiar la organización» (p. 123). ¿No es excesiva la influencia que se otorga a Quintà en la crisis de los comunistas catalanes a raíz del V Congreso?

8. Sobre el profundo conservadurismo y las ansias de Pujol de controlarlo todo y de «construir país» basta citar este ejemplo recordado por Amat: «En la mesa redonda también está Quintà [además de Polanco, Cebrián y Pujol]. Los tres escuchan los reparos a la línea ética de El País. Que vale ya del divorcio y el aborto. Los tres escuchan que Pujol no ve con buenos ojos ese proyecto periodístico. Si un medio de Madrid es sustancial en Barcelona, implica que Barcelona no es autosuficiente en el ámbito comunicativo. Si la propiedad no está aquí, él tampoco la podrá controlar. Ninguno de los presentes lo olvidó, pero la empresa no cambió de posición» (p. 125).

9. Sobre el papel otorgado a TV3 por Pujol hay una cierta vacilación en el decir de Amat. Señala en la p. 130: «La televisión de la Generalitat era una promesa electoral de Pujol. Aparecía incluso en la propaganda para recabar el voto: “Una televisión catalana.” Pero además, contar con un medio tan potente también podría serle útil para influir en la opinión pública». Pero líneas más abajo escribe: «En este contexto, Pujol sabe que una televisión propia podría serle de gran utilidad. No hay poder sin dispositivo de representación».

10. Amat critica, con razón y ejemplos, la inhumanidad de Quintà. Tiene motivos para ello. «Le ha demostrado [a Jordi Pujol] ya ahora dónde es capaz de llegar. No tiene reparos en usar el dolor ajeno. Lo había demostrado al día siguiente de la muerte de Florenci Pujol. Ni siquiera aquel día concedió una tregua» (p. 140). No está claro, tal vez no fue el caso. Quintà escribió entonces: «En los años de estricto control monetario, Florenci Pujol participó en negocios de obtención de divisas, que eran obligados para la supervivencia de la industria catalana [la cursiva es mía, la disculpa es de Quintà]… El paquete de acciones de Banca Catalana propiedad de la familia Pujol –cuya parte principal estaba ya en manos de Jordi Pujol– es el mayor de dicho grupo bancario, el cual, a su vez, es la primera institución de su orden en Cataluña».

11. Una valoración exagerada y una información desconocida para mí sobre TV3 y el monolingüismo: «Su televisión funciona, nada que ver con Televisión española. La imagen que proyecta TV3 es la de una Cataluña moderna, local e internacional al mismo tiempo, sin complejos ni rémoras con el peor pasado. Es un éxito en todas las dimensiones. Exclusivamente en catalán, por decisión de Quintà» (p. 161).

12. Un oportuno recuerdo del clima que se vivía en .Cat hace muchos años, en los ochenta, no sólo en la última década: «En Cataluña se ha impuesto una verdad social: Pujol no solo es víctima de una persecución del Gobierno, sino que además sus perseguidores son los poderes del nuevo Estado. Los encarnan El País, el partido socialista y los dos fiscales [Mena, Villarejo]. A uno de ellos, a José María Mena, le rompen sistemáticamente los cristales de su casa de veraneo y en esa casa una madrugada incluso disparan contra una ventana con una escopeta de caza» (p. 187). Lo sucedido con el libro de Baiges, Reixach y González sobre la crisis de Banca Catalana se narra en las páginas siguientes.

13. Atención, por supuesto, a la figura, turbia donde las haya, de Lluís Prenafeta, la mano derecha del ex molt honorable. Amat da muchas pistas sobre esta, en ocasiones, olvidada figura del nacionalismo pragmático (todo vale) catalán. Recordemos sus hazañas de corrupción y sus acompañantes. ¡Menudas lecciones de ética… y de política!

Me dejo mucho en el tintero. El asunto de la querella contra el molt ex honorable por ejemplo, que daría para cien libros más, la tragedia final,… Muchas más cosas, hay mucha tela pendiente de corte. Lean y relean. Amat escribe bien, muy bien. No les decepcionará, les atrapará seguramente.

En fin, ¡menudo oasis catalán! ¿Estábamos ciegos, nos cegaban… o es que no queríamos ver? ¿Vivir es más fácil con los ojos cerrados?

PS: Una sugerencia para ir atando hilos: Margarita Rivière, Clave K, Barcelona: Icaria Editorial, 2015. Amat habla de la novela de Rivière en la página 236.

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