Entrevista a José Luis Martín Ramos sobre Historia del PCE (XXI)

«El desarrollo de la vía nacional “eurocomunista” se quedó en el enunciado de la misma, en su proposición y nada más.»

José Luis Martín Ramos es catedrático emérito de Historia Contemporánea de la Universidad Autónoma de Barcelona. Sus investigaciones se han centrado en la historia del socialismo y el comunismo. Sus últimas obras son El Frente Popular: victoria y derrota de la democracia en España (2016) y Guerra y revolución en Cataluña, 1936-1939 (2018), el libro que nos ocupa, y acaba de publicar en la editorial El Viejo Topo un ensayo sobre la III Internacional y la cuestión nacional.

Centramos nuestra conversación en su libro Historia del PCE, Madrid: Los Libros de la Catarata, 2021, 254 páginas.

Estamos en el 3er capítulo de la tercera parte del libro. Nos habíamos quedado en este punto. Haces referencia en el libro, ya lo has comentado de pasada, a las reflexiones de Palmiro Togliatti de 1964, el conocido como Memorándum de Yalta. Desde tu punto de vista, ¿el gran dirigente italiano fue un eurocomunista avant la lettre?

Ya he dado mi opinión sobre la vaciedad final del «eurocomunismo», por lo que es obvio que consideraría una afrenta a Togliatti darle tal calificativo. Lo que sí fue Togliatti fue un precursor de la mejor política del comunismo italiano, con su consideración de la revolución popular, como etapa transitoria entre los diversos regímenes capitalistas y el socialismo, la valoración de la democracia, su propuesta del partido nuevo en 1945, el rechazo al mantenimiento de un centro dirigente en el seno del movimiento comunista internacional.

Haces también referencia a un texto de Sacristán de 1977: «A propósito del eurocomunismo». ¿Cuáles eran las tesis principales de este artículo, previamente una conferencia impartida en la escuela de verano Rosa Sensat de 1977? ¿Acertaba cuando apuntaba que el eurocomunismo era, básicamente, una socialdemocratización del movimiento comunista? Se le tildó en su momento de panfleto izquierdista y se le acusó de desanimar a la militancia. ¿Eran justas esas críticas?

No comparto las tesis formuladas en ese texto y creo que Sacristán se quedó también en la superficie cuando hizo esa calificación de «socialdemocratización». Pero las críticas excesivas que se le hicieron no fueron justas. Ni era un «izquierdista» ni desanimaba a la militancia. Más bien la desanimó quienes se negaron a que se reconsiderara críticamente la situación, a que se diera respuesta a los nuevos problemas sin orejeras, y sobre todo los a que, acabada la dictadura, se resistieron a que explotara también la democracia en el seno del partido.

Desde tu punto de vista y sin entrar en debate ideológicos, así lo señalas en el libro, el eurocomunismo era una «propuesta evolucionista sin soluciones de continuidad». En última instancia, añades, «una especulación confusa –a pesar de sus aciertos– que reducía el proyecto a mera proposición». ¿Por qué a mera proposición? ¿Una especulación confusa? ¿Dónde radicaba su confusión?

En España fue una especulación confusa, porque sirvió más que otra cosa de propaganda; hacia el exterior para ver reconocida plena legitimidad en la nueva situación política de la Transición, hacia en el interior de propaganda arrojadiza en la crisis interna del partido. Se discutían titulares, consignas, pero la gran confusión radicaba en que la discusión de palabras obviaba el análisis y la discusión a fondo sobre la realidad. El desarrollo de la vía nacional «eurocomunista» se quedó en el enunciado de la misma, en su proposición y nada más.

Hablas a continuación del asesinato de Aldo Moro. Sé que me salgo un poco de nuestro tema. Pero, en tu opinión, ¿quién asesinó realmente el dirigente de la democracia cristiana italiana? ¿Las Brigadas Rojas o infiltrados al servicio de causas y organizaciones de orden?

No hay ninguna razón para pensar que no fueron las Brigadas; yo no tengo ninguna duda. Fue una decisión propia, como lo reconoció años más tarde Mario Moretti ante Rossana Rossanda. Otra cosa es que determinados servicios, organizaciones secretas, o simplemente facciones de partido, hicieran por su parte todo lo posible por evitar el asesinato.

¿Y repercutieron en España, y en el PCE, el asesinato de Moro y sus consecuencias en la política italiana?

No recuerdo que tuviesen ninguna repercusión política específica. Más allá de confirmar la barbarie de la estrategia de «lucha armada» de una parte de la extrema izquierda que había devenido terrorismo individual. Ya teníamos en España lo nuestro, con el PCR-GRAPO y ETA, para interpretar políticamente episodios de ese tipo, fueran cuáles fuesen las víctimas.

Comentas la formación de la Plataforma de Convergencia Democrática en junio de 1975. ¿Una jugada del PSOE para tomar un protagonismo que no hubiera tenido en la Junta? ¿Por qué participaron en ella algunos partidos de izquierda comunista como MC y la ORT? ¿Por anticarrillismo? ¿Pensaron también que tendrían más protagonismo?

El PCE invitó a los socialistas a participar en la constitución de la Junta Democrática. Aceptó el grupo disidente de Tierno Galván. Pero no el PSOE, inmerso en ese momento en el tramo final de su renovación, con el ascenso de Felipe González a la primera secretaria de una ejecutiva compuesta exclusivamente por militantes del interior, lo que se consumó meses más tarde en el congreso de Suresnes en octubre de 1974.

Cuando la nueva ejecutiva tomó las riendas se planteó un doble objetivo: imponerse como la fuerza hegemónica en el campo del entonces muy fragmentado socialismo español e irrumpir con voz propia en la dinámica de la oposición democrática en el tramo final de la dictadura. Por esa razón, aunque abandonó la posición formal anticomunista que había mantenido el PSOE bajo la dirección de Rodolfo Llopis, no quiso participar en un organismo que estaba liderado por el PCE, con el que no estaba en condiciones de competir desde dentro de la Junta. Ese interés de marcar perfil propio coincidió con el de la Democracia Cristiana de Ruiz Giménez y ambas formaciones impulsaron su propio organismo de relación, Convergencia Democrática, en la que se adhirió también la facción carlista de Carlos Hugo de Borbón Parma.

¿Por qué se integraron también MC y la ORT? No conozco el detalle de cómo tomaron esa decisión, escasamente coherente con el verbalismo revolucionario del que hacían gala. A pesar de ello, aventuro dos razones: el anticomunismo latente en el mundo católico radicalizado, muy presente en ambas organizaciones, y sobre todo en la ORT, surgida en el ámbito de las organizaciones obreras de los jesuitas (me permito señalar mis recuerdos de ese anticomunismo como alumno de los jesuitas que con la persistencia de la hostilidad al PCE compensaban su giro a la izquierda), y el enfrentamiento con el PTE, integrado en la Junta Democrática, por el control del espacio de extrema izquierda.

¿Las luchas del movimiento obrero hicieron fracasar el primer gobierno de Arias Navarro? ¿Qué papel jugó en esas luchas la masacre de Vitoria de marzo de 1976?

La masacre de Victoria puso en evidencia que la política de Arias Navarro-Fraga era echar gasolina al incendio creciente de la movilización social. Por más que Fraga intentara dividirla, contemporizando con UGT cuyo congreso pudo celebrarse de manera pública en Madrid, al mes siguiente de los sucesos de Vitoria. No obstante, todavía tuvieron que pasar algunos meses para que Arias Navarro se viera obligado a dimitir en julio de 1976.

Hablas de la disyunción entre el reformismo continuista y la ruptura democrática. ¿Hubo en algún momento condiciones para la ruptura? De existir, ¿qué se hubiera significado de avance respecto al reformismo continuista?

La propuesta de la ruptura era, en sus inicios, legítima y posible. Pero su avance dependía de que creciera el consenso a su favor, hasta ser el mayoritario, y no chocara frontalmente con los lineamientos geopolíticos de Europa occidental en esos momentos. En ausencia de ese nivel de consenso, solo podía ser posible si se producía, como en abril de 1931, un hundimiento de régimen que pudiese arrastrar a la quiebra del estado.

Es indiscutible que, si se hubiese producido esa ruptura, la salida a la dictadura habría sido de naturaleza institucional diferente, aunque sería muy aventurado conjeturar cuál habría sido su contenido, porque la consumación de ese consenso habría supuesto la participación de sectores sociales y agentes políticos muy diversos, y no es fácil pensar si se construía en el corto plazo una línea de compromisos diferente a la de la reforma de la Transición. Pero compromisos al fin y al cabo.

Lamentablemente no toda la oposición remó en esa dirección. El predominio del PCE fue frenándose (ejemplo de ello es lo que hemos hablado sobre la Junta y la Plataforma) y el consenso por la ruptura dejó de crecer en beneficio de otras opciones. Esas otras opciones tuvieron a su favor EEUU y la OTAN, remaron en sintonía con los elementos geopolíticos que señalaba. Podemos añadir que la forma de intervención norteamericana fue suficientemente prudente como para resultar eficiente. El régimen no se hundió, a pesar de la muerte de Franco y las torpezas de Arias Navarro, subsanadas a tiempo en beneficio de su no hundimiento.

Apuntas también que Kissinger, en junio de 1976, aconsejó a Juan Carlos I que se esperara algunos años antes de legalizar al PCE. ¿No fue atendida por el monarca (entonces no constitucional) la «recomendación» del secretario imperial?

Esa es una muestra de la prudencia de la intervención a que me refería. Fraga hizo llegar al PCE la misma idea: que esperara a ser legalizado después de las elecciones a Cortes. Juan Carlos y Arias Navarro compartieron la recomendación. Quien no la pudo mantener fue Suárez, que comprobó que si bien el PCE no estaba en condiciones de imponer la ruptura, podría, en cambio, plantear serias dificultades al avance de la reforma sin él.

Así que finalmente se adelantó, se concretó (¡quién sabe lo que podía pasar tras unas elecciones falseadas por esa ausencia forzada!) en la primavera de 1977, estableciendo el curso definitivo de un amplio compromiso con el plan de reforma. De hecho una reforma finalmente pactada con toda la oposición, salvo pequeñas excepciones.

Para ese momento, Kissinger ya no estaba y el nuevo Secretario de Estado norteamericano, Cyrus Vance, no tenía por qué sentirse ligado al pensamiento de su antecesor.

El PCE, inicialmente, fue muy crítico con la figura de Juan Carlos. Años después pasó casi a la adulación. ¿No se excedió en su cambio de perspectiva?

Mi recuerdo personal es que antes de la muerte de Franco, ya en 1975, la dirección del PCE estaba ya moderando el tono de las críticas a Juan Carlos. Cuando sustituyó interinamente a Franco, la dirección del PSUC censuró un dibujo de Lluís Juste de Nin (1945-2020) en el boletín Luchas Obreras de Comisiones Obreras de Cataluña en el que Juan Carlos aparecía como un títere de la dictadura.

A partir del gobierno Suárez, y sobre todo de su éxito en el referéndum de 1976, el PCE fue pasando a la aceptación de Juan Carlos, único titular posible de la monarquía como así finalmente aceptó públicamente Juan de Borbón.

El siguiente paso que señalas, «casi a la adulación» correspondió, en mi opinión, no al PCE en sí mismo, sino a algunos de sus dirigentes, entre ellos Carrillo, ya en su peor momento político. Y respondió a los sucesos de febrero de 1981, con el equívoco interesado sobre el comportamiento de Juan Carlos. Fue un paso de breve recorrido, Carrillo dimitió a finales de 1982 y Gerardo Iglesias inició la rectificación de la política del PCE, que luego desarrolló Anguita.

¿Jugó algún papel importante la Coordinación Democrática, la fusión de la Junta y la Plataforma, o fue más bien el sueño de una noche de verano?

Se constituyó en marzo de 1976, después de la masacre de Vitoria, en plena gestión incendiaria de Arias-Fraga. En ese momento fue un paso positivo, cuyo desarrollo respondería a la bunkerización. Las presentaciones públicas de la «Platajunta» fueron movilizadoras y estimulantes.

Como la bunkerización de Arias no sobrevivió al comienzo del verano y su sustituto, Suárez, cambió el rumbo, la «Platajunta» tuvo que responder a una situación nueva. No pudo hacerlo. La recién conseguida unidad táctica de la oposición democrática se diluyó al pasar a ir a remolque de las iniciativas del nuevo Presidente del Gobierno. En octubre fue sustituida por una nueva Plataforma de Organismos Democráticos, cuyo programa aprobado a finales de noviembre no mencionó ya la demanda de gobierno provisional y se centró en exigir el reconocimiento de todas las organizaciones de la oposición y la negociación de las normas para la realización del referéndum y las elecciones a Cortes subsiguientes.

Haces referencia en el libro y ya has hablado de ello, pero insisto. ¿Por qué se habla tan poco de la huelga general del 12 de noviembre de 1976? ¿Fue un fracaso?

Los resultados no estuvieron a la altura del desafío. La huelga, un pulso al plan de Suárez bajo la bandera de disimulo de un paro de 24 horas «por un salario justo», cuyo objetivo político era públicamente conocido, fue convocada por CCOO, UGT y USO. Fue seguida por unos dos millones de trabajadores según los convocante, sobre todo en Cataluña, Madrid y Asturias, una cifra que cuadraba con las estadísticas generales de trabajadores en paro (2,5 millones aquel año). Cifra importante si se hubiese tratado de un conflicto económico, pero irrelevante como acción de fuerza política.

De nuevo insisto, para que no haya dudas. ¿Cuándo abandonó el PCE su política de ruptura democrática? ¿No quedaba otra?

Inmediatamente después de esa huelga. En la reunión del Ejecutivo del 23 de noviembre, en la que se acordó entrar en negociaciones con Suárez, como ya venía haciendo el PSOE. De acuerdo a los usos políticos universales se quiso dar al giro un sentido de continuidad, pasando a usar el término de «ruptura pactada». No había otra realidad. Insistir en una política ofensiva de ruptura era ir a un fracaso aún mayor que el del 12 de noviembre, a una derrota segura. La realidad es que la única ventana que quedó abierta fue la de la reforma pactada.

En los últimos años se ha puesto de moda política hablar del fracaso de la ruptura.

No es tu posición…

Pienso que eso es una negación de la realidad, que una vez más se utiliza inadecuadamente el término ‘fracaso’ para cualificar un determinado desarrollo histórico que no ha seguido el curso que esperabas. El desarrollo histórico no es predecible, las esperanzas pueden no cumplirse de manera exacta porque la realidad sigue otro curso y más si en el punto de partida están presentes diversas opciones, no exactamente porque se fracase o porque se traicione una intención.

No puede decirse que el PCE traicionara su política, tampoco que no pusiera de su parte todo lo que tenía para llevarla adelante. La huelga del 12 de noviembre es una muestra de que hizo todo lo que estaba en su mano.

No hubo fracaso, en cualquier caso hubo derrota de la propuesta –porque de propuesta no pasó– en términos tales que no había condiciones y tiempo para seguir la batalla. La retirada era la mejor opción, o la menos mala. Quedaba por resolver, eso sí, la forma de la retirada, y desde la fijación de nuevas posiciones plantearse qué era lo que había que hacer para pasar nuevamente a políticas de avance.

¿Hubo oposición en el seno del Partido a ese giro táctico o estratégico (no sé muy bien cómo adjetivarlo)? ¿Siguió la militancia la decisión del Comité Ejecutivo del Partido?

Es un giro táctico, la estrategia siguió siendo la misma, la de la vía nacional y democrática, y la consideración de una etapa transitoria que reflejase el cumplimiento de los compromisos sociales acordados para que fuese posible el triunfo de esa vía.

Hubo oposición minoritaria en el ejecutivo (Tamames y Sánchez Montero, entre otros). La militancia siguió esa decisión de manera muy mayoritaria y no recuerdo, ni he leído, que se produjesen problemas importantes hasta que se adoptaron las formas que se adoptaron en el proceso de la legalización del partido y se dio la sensación de una retirada indefinida con abandono de las banderas propias.

Tomemos otro descanso.

De acuerdo.

Entradas anteriores:

Entrevista a José Luis Martín Ramos sobre Historia del PCE (I): “El Frente Popular y la lucha antifranquista son los periodos de mayor influencia social”.

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Entrevista a José Luis Martín Ramos sobre Historia del PCE (III).

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