Las raíces históricas de la tragedia afgana (III)

José Luis Martín Ramos

Una nueva entrada de esta serie en cuatro partes –enlace a la primera y segunda– sobre la tragedia de Afganistán, el triunfo inicial y fracaso final de un proyecto de reforma social, iniciado a comienzos de los setenta y gestionado desde 1978 por los comunistas afganos. Se inició entonces un ciclo de violencia, en el que la confrontación interna quedó determinada por los factores internacionales; ciclo de violencia casi ininterrumpida a lo largo de cuarenta años y sobre que el que no hay una seguridad de que haya finalizado tras la última victoria de los talibanes.

1. El giro de Taraki y Amín

1.1. ¿De qué revolución se trata?

El debate sobre la naturaleza de la revolución y la orientación política de la RDA se resolvió en junio de 1978 a favor de las posiciones de la corriente «jalquista», reinterpretadas por el militarismo de Amín. Se abandonó la tesis de la revolución nacional democrática, pero al mismo tiempo se dejó atrás no solo la teoría comunista de masas sino cualquier política de masas. Taraki y sobre todo Amín fueron explicitando las características del nuevo rumbo en diversas intervenciones públicas en los meses que siguieron a su victoria política sobre Babrak Karmal. En la recepción a una delegación de la Academia de Ciencias de la URSS de visita a Kabul, el 11 de julio, Amín cambió el referente inicial de la Revolución Saur, el que se había dado en los tres primeros meses de la RDA, por una abierta identificación comunista al sostener que era «el producto de la gran revolución socialista de octubre»1. Insistió en ello con motivo de la celebración de la Revolución de Octubre en Kabul el 7 de noviembre. Y meses más tarde completó la nueva teoría sobre la revolución afgana, en el acto inaugural de la Academia de Ciencias de Afganistán, el 21 de febrero de 1979: para Amín la revolución afgana era no solo la continuación directa de la Revolución de Octubre, sino el hecho revolucionario más importante después de ella por haber sido la única que había conseguido pasar directamente del poder del feudalismo al poder del proletariado sin tener que pasar por la democracia; la única que había triunfado bajo condiciones feudales cuando los señores feudales y los campesinos constituían las clases básicas de la sociedad2. No hay que enredarse en la inadecuada calificación de feudalismo, como ya he señalado en otra ocasión, lo fundamental de su afirmación era la negación de la democracia; tanto como la vaciedad real de esa postulación de poder proletario, que Amín, y también Taraki, asumían al reconocer la debilidad y pasividad política del proletariado afgano y elevar como sustituto de su condición de sujeto revolucionario al ejército. Ya en agosto de 1978 Taraki había hecho una confesión de cual había sido el camino escogido: distinguió entre el «camino largo» para la emancipación de Afganistán, por el que habían trabajado durante mucho tiempo, el «clásico basado en la ideología de las clases trabajadoras y campesinas», «lo científico»; y el «camino corto» que finalmente habían buscado y encontrado, el de la constitución del partido y su penetración en el ejército, dando a los hijos del pueblo que en él había la conciencia de clase y la conciencia política3. En febrero Amín incorporó la idea para completar su teoría de la revolución afgana: en ella el ejército había desempeñado el papel del proletariado, como resultado del trabajo del PDPA se había transformado en una fuerza «jalqui», dotado de la «ideología científica» de la clase obrera y organizados a través del PDPA, vanguardia de la clase obrera del país. Esa jerga primitiva y catequística de supuesto marxismo y leninismo pretendía legitimar la asunción de una posición vanguardista, en la pura línea de la teoría de la ofensiva, que habría de impulsar el partido movilizando al ejército como sustitución de las clases trabajadoras; el «camino corto», no sólo había sido escogido para el proceso de la toma del poder sino también para la el desarrollo de las transformaciones revolucionarias, con un ritmo que habría de marcar de manera exclusiva la acción del partido y del ejército.

Ese desarrollo tendría dos líneas de actuación, la «jalquización» del estado, el ejército y el partido, y la promulgación y aplicación de las reformas sociales fundamentales. La primera se impulsó con una serie de decisiones del Buró Político en julio de 1978. Amín fue nombrado como Primer Secretario del PDPA en sustitución de Babrak Karmal, y se le encargó la reorganización del partido para depurarlo de quienes insistieran en defender la política derrotada de los «parchamis», en nombre de la unidad del partido y el centralismo democrático. Se destituyeron todos los cargos territoriales nombrados por Noor Ahmed Noor y fueron sustituidos en sus funciones, desde el de gobernador de provincia hasta el del representante del estado ante la aldea, por los secretarios del partido correspondientes, liquidando cualquier autonomía de la administración pública y amalgamándola con la administración del partido. En todos los ministerios y organismos de la administración se establecieron comisiones del partido para controlar su funcionamiento. Desde finales de julio todos los mandos de las fuerzas armadas fueron asumidos por «jalquis» y se formalizaron en el seno del ejército las organizaciones del partido y de sus juventudes, que en septiembre de 1978 contaban con 4.000 y 8.000 afiliados respectivamente4. Por otra parte, se acordó abandonar el frente nacional unido, incluso en su versión estrictamente social, liquidando la Asociación Democrática de Mujeres y la Organización Democrática de la Juventud, sustituidas por organizaciones del PDPA; los sindicatos de trabajadores, que estaban en proceso de organización desde mayo fueron agrupados en enero de 1979 en el Consejo Central de Sindicatos de Trabajadores de Afganistán, asimismo puesto bajo la autoridad del Comité Central del PDPA, que era el organismo que había decidido su constitución. Las reuniones de Taraki con los jeques quedaron interrumpidas y la relaciones con el clero musulmán quedaron reducidas a la Asamblea de Ulemas controlada por Jozjany, que en junio de 1978 emitió una fatwa afirmando que Taraki era un buen musulmán y había que obedecerlo; no obstante, el radio de influencia de esa Asamblea era el ámbito urbano, y la fatwa aunque fue emitida por Radio Afganistán – de alcance limitado a la capital- no trascendió al mundo campesino, plaza fuerte del clero más conservador.

El término Khalq identificaba tanto al partido (Jamiat-e Demokratik-e Khalq-e Afganistán), como a la corriente «jalquista», lo que generó un equívoco aprovechado por ésta para establecer una identificación entre su parte y el todo en perjuicio de los antiguos «parchamis». Lo que en principio era una línea del control del partido sobre el aparato de estado y las organizaciones de masas fue en la práctica el control de los «jalquis». Algo que se precipitó cuando a mediados de agosto se descubrió el plan de un golpe político, que había de producirse el 4 de septiembre, el «Día del cordero», que implicaba a Abdul Qadir, todavía Ministro de Defensa, al general Shahpur, Jefe del Estado Mayor, Kishtmand, Rafi y Badakhshi, el líder del Setam-e Milli quien había reanudado sus relaciones con Babrak Karmal después de su excarcelación tras el derrocamiento de Daud. Según la información oficial, Babrak Karmal era el instigador del golpe, que habría previsto ya antes de partir de Kabul para ocupar su embajada en Praga; su objetivo era formar un gobierno de frente nacional unido, con Qadir a la cabeza, que incluiría a personalidades de las dos corrientes del partido, a independientes y a Badakhshi. No se trataba de un golpe de estado y tampoco quedó claro si la rectificación alcanzaría a Taraki y qué se pensaba hacer con Amín y los «jalquis» que no secundaran la rectificación. Todo el asunto no pasó de la intención conspirativa, pero sirvió a Taraki y Amín para desencadenar una purga no solo contra los involucrados sino en general contra los «parchamis», cuyo alcance y dimensión fue motivo de polémica y está todavía en discusión en la bibliografía. Además de a los conspiradores señalados, se detuvo a cientos y probablemente algún millar de personas5. En cualquier caso fue una depuración importante, de la que tampoco se conoce a ciencia cierta cuántos fueron ejecutados, aunque Raja Anwar estimó que fueron unos 250; sí se sabe de la suerte de la cúpula conspirativa, de la que fueron ejecutados el general Shahpur, pero no Qadir, Kishtmand y Rafi, por los que intercedió el gobierno soviético que consiguió la conmutación de sus iniciales condenas a muerte por largas penas de prisión. La purga alcanzó a la intelectualidad de Kabul, en particular a la universitaria, a los partidarios de Qadir en el ejército y a los «parchamis» de la dirección del PDPA, hubiesen formado parte o no de la conspiración. Ni que decir tiene que todos los dirigentes que anteriormente habían sido enviados a embajadas fueron destituidos y que junto con los conspiradores detenidos en Kabul fueron formalmente expulsados del PDPA. El episodio de represión produjo un primer enfrentamiento importante entre el gobierno soviético y la dirección del PDPA. Ponomarev viajó a Kabul del 25 al 27 de septiembre y se entrevistó con Taraki y Amín, con el objetivo de que se pusiera fin a las represiones masivas, incluidas las producidas en contra de los «parchamis» , que según el soviético «se llevan a cabo sin tener en cuenta la ley» y que al afectar no solo a los enemigos de la RDA, los monárquicos y los islamistas «socava la autoridad del gobierno revolucionario y conduce visiblemente al debilitamiento del nuevo régimen»6. Esas consideraciones produjeron visible tensión en Taraki y Amín, que rechazaron la opinión de la dirección del PCUS, argumentando que ante la amenaza de un levantamiento «sólo había una opción: ellos o nosotros». Ponomarev insistió sin éxito en el cese de la represión y en que se adoptara «una política mesurada y flexible» y sacó la conclusión de que Taraki y Amín subestimaban la influencia negativa que las represiones estaban produciendo en el país. Es significativo que ya entonces sugiriera que lo que sucediera en Afganistán afectaba directamente al PCUS y a la URSS.

1.2. Las reformas revolucionarias

1.2.1. Planteamiento

Tras la exclusión de los «parchamis», el PDPA bajo la dirección exclusiva de Taraki y Amín se dispuso a impulsar las tres grandes reformas que constituían desde la fundación del partido el núcleo duro de su programa de modernización: la transformación de las relaciones sociales y las estructuras de propiedad en el campo, la igualdad de la mujer y la educación universal integrando un plan de alfabetización masiva. Todos los sectores del partido habían coincidido en la necesidad de ellas y en su importancia estratégica, todos compartían los principios generales; lo que constituyó la impronta «jalquista» fue el contenido que dio a las medidas agrarias y el ritmo acelerado de la implementación de todas ellas.

La primera medida fue el decreto del 13 de julio por el que se liberó a los campesinos de las cargas de las deudas contraídas y la exigencia de la garantía sobre sus tierras, un problema que se había agravado con la crisis de las sequías de 1969-1972. Partiendo del cálculo de que las cosechas de cinco años habían dado suficiente para rembolsar las deudas contraídas a partir de 1974, las tierras que los prestamistas se habían apoderado en usufructo como garantía de los préstamos debían ser ya devueltas, sin más, a todos los campesinos cuyas propiedades no excedieran de 2 hectáreas; por otra parte los campesinos sin tierras que hubiesen contraído deudas con anterioridad a 1974 y hubiesen perdido su propiedad también la recuperarían y los trabajadores agrícolas quedaban liberados de las deudas que tuvieran. Quedó prohibido en el futuro el préstamo usurario contra la garantía de la tierra. El límite de 2 hectáreas se estableció porque el gobierno estimaba que el 71% de las propiedades del país tenían esa dimensión máxima, con lo que esperaba conseguir una primera adhesión de la gran mayoría del campesinado, de los supuestamente 11 millones de campesinos que se calculaba que podían verse beneficiados. Para llevar a cabo la aplicación del decreto se instituyeron comités en cada distrito integrado por siete miembros, cinco de ellos representantes de la administración del estado –incluido el jefe de distrito que presidía la comisión– y dos de los campesinos, y en cada provincia se establecería un comité de resolución definitiva de los problemas que los de distrito no hubieran podido resolver, con el mismo criterio de compensación y presidido por el gobernador de la provincia. La medida era indiscutiblemente justa y urgente después del intenso proceso de endeudamientos de comienzos de la década; aunque la escasa representación campesina, que venía a reconocer la nula implantación del PDPA en el campo, era un mal augurio; el campesinado vio a los comités como instancias ajenas a la comunidad de las aldeas y aún más en la medida en que la «jalquización» de la administración territorial establecía una sola identidad ideológica a los representantes públicos que intervendrían en el proceso. La aplicación del decreto se enfrentó, además, a una dificultad intrínseca, por cuanto el contrato tradicional de los préstamos era verbal, por lo que no había documentación escrita de más de las tres cuartas partes de las hipotecas contraídas. A esa dificultad objetiva se añadió el escrúpulo moral de los campesinos que, de acuerdo con los códigos de conducta tradicionales –empezando por el pastún– consideraban una indignidad dejar de pagar las deudas; algo que no dejó de ser explotado por los que se beneficiaban del préstamo, campesinos acomodados, maliks, nómadas ricos, con el apoyo de los mullah locales.

Desde junio, antes de que estallara la primera crisis interna del PDPA en el poder, se iniciaron los trabajos para la elaboración de un proyecto de reforma agraria, encargado a un grupo de asesores soviéticos, especialistas en agricultura, enviado a petición del gobierno de Kabul. El grupo llevó a cabo el estudio estadístico previo, diseñó las líneas generales de la reforma agraria, presentó un proyecto de 58 artículos y concluyó con una orientación general de la política de aplicación, que propuso que fuese gradualista y priorizando objetivos, no ejecutando todo y al mismo tiempo. En particular pusieron como modelo el desarrollo de la reforma agraria en la Asia Central Soviética, que se había tomado once años para sus cumplimiento: en 1918 solo se habían confiscado las tierras del Zar, su familia, los funcionarios zaristas y los terratenientes; tras la guerra civil, entre 1921 y 1922 el campesinado local recibió las tierras que los colonos rusos les hubiesen arrebatado antes de la revolución de octubre y finalmente, entre 1925 y 1929 fueron confiscadas todas las tierras que no estuviesen explotadas por propia cuenta. En noviembre entregaron sus conclusiones, con el proyecto de ley, que fijaba en su primer artículo como objetivo «crear en Afganistán las condiciones más favorables para el desarrollo de la revolución democrática popular de abril en una revolución social»7. Finalmente, el decreto del 28 de noviembre obvió algunas de las disposiciones propuestas por los asesores y su aplicación no tuvo en cuenta sus moderadas sugerencias sobre el ritmo y la selección de prioridades.

Para empezar, se eliminó la referencia a la «revolución democrática popular» y se señaló como objetivo de la reforma la eliminación de las relaciones feudales en el campo y «el máximo fortalecimiento de la unidad del pueblo de Afganistán en aras de la construcción de una sociedad civil sin clases»; con lo que se situaba la reforma en el marco del salto directo del feudalismo al socialismo. El decreto tenía como medida clave la limitación de la propiedad campesina a 6 hectáreas de tierra de primera categoría (frutícola, vinícola, de regadío o con dos cosechas al año), y el equivalente en el resto de categorías. El excedente sería incautado por el estado, sin compensación, y redistribuido entre el campesinado pobre, con propiedades de menos de 2 hectáreas y sin tierras y los nómadas pobres. No podrían hipotecar, vender ni arrendar la tierra recibida; con la excepción de las mujeres o menores si fuesen los únicos miembros de la familia y no pudiesen trabajarla por sí mismos, en ese caso podrían hacer un arrendamiento fijo con explotación compartida. Más adelante se amplió la posibilidad del arrendamiento a los propietarios que fueran funcionarios públicos, artesanos o ancianos malik que no pudieran cultivar la tierra por su cuenta. Quedaba prohibido en cualquier caso el uso de mano de obra asalariada. Finalmente, habrían de ponerla en explotación a los tres meses de recibirla, de lo contrario la parcela pasaría a otro beneficiario. De la expropiación y redistribución se excluyeron las tierras estatales y reales, las incluidas en la construcción de estructuras de riego, las de las instituciones musulmanas. La reforma incluía el fomento del cooperativismo agrario y el establecimiento de un Banco de Desarrollo Agrícola. También la disposición de un mínimo de tierras para la constitución de empresas estatales: 46.800 ha.

La propuesta tenía una clara connotación niveladora, llevada al extremo en la consideración excepcional del arrendamiento, la proscripción absoluta del trabajo asalariado y la clara voluntad de reducción de lo que sería el equivalente del propietario kulak a la condición igualitaria del resto. Los asesores soviéticos señalaron que fue un error señalar como límite máximo las 6 hectáreas, lo que dejó fuera del reconocimiento de su propiedad y expuestos a la expropiación parcial a los campesinos acomodados –en ningún caso terratenientes, en sentido que damos a esa acepción– que habitualmente poseían hasta 10/12 hectáreas; un segmento que producía una parte significativa de la agricultura comercial. En total ese segmento lo constituían unos 250.000 propietarios, con unas 200.000 hectáreas en sus manos, que podrían haber sido atraídos, según los soviéticos, al apoyo del gobierno popular8. El verdadero enemigo de éste había de ser situado en los 22.000 grandes propietarios que concentraban en sus manos 1 millón de hectáreas. Esa reflexión se la trasladó el responsable del grupo de asesores al Ministro Zeary, pero éste hizo caso omiso de ella. De acuerdo con el proyecto, finalmente Zeary estimó que se beneficiarían casi un millón y medio de familias: 600.000 campesinos pobres, 667.000 campesinos sin tierra y 150.000 nómadas; alrededor de un 60% de la población rural sedentaria, entre siete y ocho millones de personas.

A caballo entre las dos disposiciones que buscaban la transformación de las relaciones sociales en el campo, se publicó el 17 de octubre el Decreto nº 7, cuyo objetivo era «garantizar la igualdad de la mujer con el hombre en la esfera de los derechos civiles, eliminar las injustas relaciones feudales-patriarcales entre marido y mujer y fortalecer aún más las buenas relaciones familiares». El contenido del decreto era la regulación del matrimonio, para que este fuera efectivamente un acto libremente consentido por las dos partes. Para empezar se prohibió el matrimonio infantil y se fijó la edad mínima para casarse la de 16 años en las jóvenes y 18 en los jóvenes. Se prohibió la práctica tradicional de la venta de mujeres para el matrimonio, limitando a una cantidad mínima (300 afganis, 9 dólares en la época) el haq mer que el novio había de entregar a la novia; también el intercambio de novios concertado entre dos familias. Se penalizó cualquier forma de coacción para cualquiera de las partes para casarse; y se dio plena libertad de escoger nuevo esposo a las viudas, liberándolas de las tradicionales obligaciones de parentesco o tribales.

El bloque de las reformas se completó con la instauración de un nuevo sistema educativo universal, que sustituía al establecido por la República de Daud y el impulso de una campaña de alfabetización. Se pasó de la sucesión de un ciclo de educación obligatorio de ocho y otro de cuatro años a los que se accedía mediante examen de ingreso, que no era obligatorio, a un sistema de tres ciclos –cuatro años de primera, cuatro de secundaria incompleta y cuatro de secundaria plena– todos ellos gratuitos y obligatorios. Se estableció la gratuidad del material escolar, que era entregado a las escuelas asimismo de manera gratuita y se reguló la formación pedagógica del enseñante mediante un ciclo de estudios de dos años y la previsión de posteriores cursillos de formación permanente. El nuevo plan obligatorio habría de estar implementado en el término de cinco años y para cubrir las necesidades inmediatas de enseñantes se concedió, de manera extraordinaria, el empleo de maestros a cualquier graduado en formación secundaria que estuviese desempleado. En cuanto al plan de alfabetización se proyectó conseguirla en cinco años para todos los afganos, hombres y mujeres, de entre 8 y 50 años; a través de cursos específicos impartidos en todo tipo de instalaciones públicas, a cargo de entrada de los militantes del PDPA y sus juventudes.

1.2.2. Resultados

No hay estadísticas fiables del resultado cuantitativo de la aplicación del decreto de julio, aunque se sabe que muchos beneficiarios no llegaron a acogerse a él. Por el contrario, tuvo un efecto boomerang como consecuencia de la promulgación y aplicación precipitada del decreto, antes de que se hubiese instituido de manera suficiente sólida, con el funcionamiento regular imprescindible, un sistema financiero público que sustituyera al del préstamo tradicional así como los mecanismos de suministro de semillas y fertilizantes a los campesinos para que no tuviesen que volver a recurrir al préstamo. Hasta agosto no se anunció la constitución de fondos de ayuda mutua a los campesinos y cooperativas de servicios. De manera que en octubre de 1978 solo existían 800 fondos auxiliando a 147.000 familias campesinas y 200 cooperativas en las que se integraban 39.000 campesinos; absolutamente insuficientes para hacer frente a la siguiente siembra, de manera que muchos campesinos liberados de sus cargas tuvieron que endeudarse nuevamente, en condiciones peores que las anteriores por las renuencias de los prestamistas. La inseguridad se generalizó en el campo, en el que los maleks dejaron de contratar nómadas para la cosecha por el temor a ser considerados explotadores y los grandes propietarios restringieron sus ventas de granos al estado. Se dejó de cosechar en torno a 150.000/180.000 toneladas de trigo; y el estado que necesitaba comprar habitualmente 110.000 toneladas solo consiguió hacerse con 26.0009. Hay que insistir en lo dicho: la medida era justa y necesaria, pero se había puesto el carro antes que los bueyes. Y ya empezó a quedar en evidencia que la capacidad de coerción del estado ante la reacción de propietarios y mullah, incluso ante la de los campesinos beneficiarios, era débil. La movilización del partido, limitada de entrada, había quedado aún más reducida por las purgas internas. Algo que se pondría también en evidencia en la Ley de Reforma Agraria, para el PDPA un elemento fundamental de su proyecto revolucionario, sea cual fuere la corriente del partido y la interpretación de ese proyecto.

Como quiera que el gobierno de la RDA seguía careciendo de la interlocución de ningún movimiento campesino, y desde luego no estaba dispuesto a establecerla con khanes y meliks, la ejecución de la reforma agraria quedó por entero en manos de grupos operativos del Ministerio de Agricultura, apoyados por las autoridades territoriales y la escolta armada del ejército. Su puesta en marcha se escalonó temporalmente por zonas: se inició en la Sur, que incluía entre otras las provincias de Herat, Hellmand y Kandahar, desde mediados de enero; le siguió la Norte, con todas las provincias uzbekas y turcomanas, entre ellas Kunduz, Balkh y también Kabul a partir de marzo; y finalmente la zona Centro, desde Ghazni a Badakshan, a partir de mediados de abril. La aplicación se enfrentó a la resistencia de los expropiables, los khanes, flanqueados por los mullah, que declararon que expropiar iba en contra de la ley islámica y que las tierras obtenidas por ese medio no habían sido dadas por Alá y por tanto no eran aptas para vivir y para orar, por tanto tampoco para trabajarlas. La resistencia llevó en algunos al asesinato de miembros de los grupos operativos, sólo en el verano cuarenta de ellos; y a sabotajes contra el material de los grupos operativos. También se produjeron improvisaciones y fallos logísticos, fruto de la precipitación con que se impulsó; no hubo suficientes vehículos para todos los grupos operativos, que sumaban algunos millares, y algunos de los suministrados, en el contexto de la ayuda soviética no eran aptos para las pistas de montaña en las que tenían que entrar. Aun así, según un informe del grupo de asesores10, en junio de 1979, se habían entregado tierras a 234.283 familias11. El ritmo de ejecución cayó en picado a partir de ese momento; según estadísticas oficiales hasta diciembre de 1979 se habían repartido 665.000 ha. entre 295.988 familias; los expropiados habían sido 7.000 grandes propietarios poseedores de 40 ha. o más y 28.000 propietarios medios poseedores de parcelas de entre 6 y 40 ha.

Los datos indicaban que en un año se había cubierto el 21% del total de beneficiarios previstos. No obstante, eso solo fue una foto fija inicial. La sucesión de rebeliones tribales e islamistas, que desembocaron en una guerra civil generalizada y prolongada por el apoyo exterior (ver más adelante) no solo bloqueó el progreso de la redistribución agraria, que se interrumpió en ese final de 1979, sino que generalizó un clima de retroceso, fundamentado tanto en la presión de los propietarios parcialmente expropiados como en la invocación de las tradiciones tribales e islámicas del derecho a la propiedad y del supuesto robo que significaría adquirir esa propiedad sin consentimiento del propietario. En julio de 1981 el gobierno de la RDA quiso hacer una encuesta sobre la situación de los beneficiarios de la redistribución de tierras; solo obtuvo información de las que se encontraban en territorio controlado por el gobierno o, cuando menos no controlado por los rebeldes, consiguiendo el dato de 77.800 familias, una cuarta parte del total; solo el 53 % de ellas cultivaban la tierra que habían obtenido, el 33% la habían devuelto a su propietario inicial, voluntariamente o por la fuerza, y el 13% no la había podido cultivar por no tener acceso al agua de riego12. Esa era la situación en zona RDA, en las zonas rebeldes no es difícil pensar que la restauración de la propiedad expropiada fue todavía más intensa. El decreto de noviembre era manifiestamente mejorable, en lo que fijó y en lo que no incluyó; fue rígido en su menosprecio de las implicaciones ideológicas de la transferencia de la propiedad en el mundo islámico, imprudente en los tiempos y el uso de mecanismos coercitivos para llevarla a cabo; sectario en su concepción «proletarista» del mundo campesino y del conflicto de clase entre el campesinado. A pesar de todo ello, lo que noqueó a la reforma agraria fue la guerra civil.

La campaña de alfabetización sumó en 1978 –en poco más de medio año– 12.242 cursos, impartidos por 13.516 alfabetizadores y seguidos por 526.734 alumnos. En 1979 todas las cifras se redujeron: 12.242 cursos, 8.454 alfabetizadores, 353.810 alumnos; y lo que es peor la cifra de graduados, que acabaron los cursos y lo hicieron con éxito solo fue de 41.724. Desde luego no era un problema didáctico. La alfabetización y el decreto nº 7 sobre igualdad de la mujer fueron los principales motivos de ruptura y rebelión en el mundo campesino, en las aldeas, los pueblos y las ciudades pequeñas, contra la RDA y el PDPA. A ambos se les recriminaba su falta de respeto a las leyes islámicas, por lo menos del respeto que los líderes religiosos reclamaban; pero lo que llevó a convertir el descontento en rebelión, obviamente santificada por la mayor parte de los líderes religiosos, fue el ataque al rol tradicional de la mujer y la ofensiva por la educación pública; algunos motines locales se produjeron cuando los alfabetizadores exigieron la presencia de las mujeres en los cursillos, o pretextando que lo que se hacía en las escuelas era enseñar las doctrinas comunistas en vez del Corán. Los habituales bulos del anticomunismo fueron explotados en esos puntos calientes de la mentalidad tradicional: los maestros pedían a sus alumnos que espiaran a sus padres, querían llevar a las niñas a las escuelas para secuestrarlas y enviarlas a Moscú; Edwards hace un vívido retrato de ese escenario de defensa del patriarcalismo tribal y de bulos.

El PDPA habría tenido que esperar esa reacción ideológica al programa reformista; sus dirigentes, muchos de ellos procedentes del ámbito rural, conocían a su pueblo. Sin embargo, la dirección «jalquista» y de manera más precisa Amín, impulsor del giro político de junio, subestimó la posible traducción de la resistencia del tradicionalismo y del islamismo conservador, en nuevas oleadas de rebelión como las que padeció Ammanullah; o sobreestimó su capacidad para derrotarlas, como había hecho en el pasado Daud. Pero ahora, la reforma perseguida era más profunda que las de Ammanullah o las de Daud y los instrumentos de que disponía la RDA para llevarlas adelante, contra las resistencias esperables, eran insuficientes, en el caso del PDPA, e inconvenientes, en el del uso del ejército como pretendida vanguardia de la revolución. Las reformas, en líneas generales y salvo detalles en la agraria, eran justas y necesarias, pero la concepción de la revolución por parte de Amín y la estrategia para llevarlas adelante fueron un trágico error. La marginación y persecución de los «parchamis», la «jalquización» de las organizaciones de masas redujeron la base militante, cuando más se necesitaba que creciera y actuara. El sectarismo de Amín, enajenó base social a la RDA: en la ciudad, entre las clases medias no todas comunistas pero sí mayoritariamente partidarias de la reforma democrática; en el campo, entre propietarios medianos de entrada. Su comunismo enlazaba con el peor momento del movimiento comunista del pasado, el de la política de «clase contra clase». Amín sublimó las debilidades del PDPA, que él contribuyó a agravar, pretendiendo que el ejército se había convertido en el nuevo sujeto revolucionario activo, que la fuerza de la revolución eran las fuerzas armadas. La respuesta lógica a ese desatino no podía ser otra que la respuesta armada contraria y para empezarla la sociedad tribal afgana poseía armas y la organización que le daba las formas de la solidaridad tradicional.

La RDA tuvo que hacer frente desde el primer momento a la acción terrorista de los grupos islamistas afganos refugiados en Paquistán desde sus fracasadas rebeliones contra Daud; en particular a las acciones de los seguidores de Hekmatyar, que ya en mayo de 1978 introdujo pequeños grupos de saboteadores en Kabul. Esas acciones fueron problemas menores de seguridad en 1978. Problemas mayores se produjeron en el interior del país, en las revueltas y motines espontáneos en el contexto de las resistencias a las reformas. Raja Anwar señaló uno de ellos en una aldea de la provincia de Patkia, fronteriza con Paquistán, como el primer enfrentamiento armado entre el gobierno y población campesina; el origen fue el rechazo a que las mujeres asistieran al curso de alfabetización, a lo que el equipo alfabetizador respondió ordenando a su escolta armada que las trajera a la fuerza, lo que desembocó en el levantamiento del pueblo que masacró a todo el equipo y a los soldados. No fue el único. Mayor trascendencia tuvo un motín popular iniciado en el bazar de Nangalam13, en el valle del rio Pech, en la provincia de Kunar –también fronteriza con Paquistán– en junio de 1978; su origen fue la protesta contra la detención de un mullah, reprimida duramente por el ejército que prácticamente destruyó la población. Esa desproporcionada respuesta dio paso a finales de aquel año a una rebelión de las tribus safi y nuristani que consiguió entre el invierno y la primavera de 1979 controlar buena parte del valle. La rebelión tribal fracasó no obstante cuando intentó asaltar la capital del vecino distrito de Chapa Dara, en abril de 1979. Los grupos armados tribales se dispersaron y buena parte de ellos se conformaron como resultado de la rebelión con la obtención de su botín; un comportamiento tradicional en las guerras tribales. Hasta ese momento el gobierno de la RDA no tuvo que enfrentarse a nada que no hubieran padecido y resuelto gobiernos anteriores; el conflicto tribal era endémico y se encrespaba ante toda medida de intervención del estado, modernizadora o no. Lo que habría de resultar trágicamente nuevo fue que a lomos de ese conflicto empezó a cabalgar el jinete de la oposición islamista, exiliado pero armado con el apoyo de sus dos estados vecinos por el Este y el Oeste.

2. Guerra civil, intervención extranjera y crisis del PDPA

2.1 Estalla la rebelión

En los primeros meses de 1979 se precipitó la rebelión islamista, lanzada desde Paquistán en el Este y apoyada por el nuevo régimen de la República Islámica de Irán en el Oeste. Desde la creación del estado del Paquistán, entre éste y Afganistán había existido una tensión permanente que se tradujo en determinados momentos en el apoyo del gobierno de uno u otro a grupos armados que producían limitados incidentes locales. Cuando Daud proclamó la República, la cuestión inquietó a la CIA, hasta entonces pasiva ante la política interior afgana, que entró en contacto con el gobierno de Bhutto y el del Sha del Irán para coordinar apoyos a la rebelión islamista y de los pequeños grupos maoístas contra Daud. Las acciones no prosperaron, pero dejaron una secuela: el asilo en Paquistán de Hekmatyar y Rabbani, acompañados por algunos cientos de sus partidarios. Inactivos en su exilio, dedicados más que nada a profundizar la división entre ambos, la revolución Saur los volvió a poner de actualidad cuando el gobierno del general Zia-ul-Halq, sobre el que tenía un importante ascendente la Jamiaat-e-islami de Maududi, decidió relanzar su rebelión proporcionándoles campos de entrenamiento y armas. Más allá del hecho del litigio sobre la Línea Durand, Zia-ul-Halq coqueteó con la idea de un Gran Paquistán proyectándose sobre los pastunes y baluches de Afganistán; en tanto que las formaciones de Maududi, Hekmatyar y Rabbani vieron en Zia-ul-Haq el probable artífice de la instauración del primer estado plenamente islamista en el Sur de Asia Central. Cuando desde finales de 1978 el gobierno de Taraki y Amín endureció su confrontación con los líderes islámicos que se estaban oponiendo a las reformas, Paquistán amplió la acogida a nuevos exiliados entre los que estaban Sebghatullah Mujaddidi, nuevo pir de la Naqshbandiya14, que constituyó su propia organización denominada Jabha-i-Nejat-i-Melli (Frente de Liberación Nacional), y Sayyid Ahmad Gailani, pir de la Quadiriya que se exilió también enero de 1979 y a su vez fundó un Mahazi-Melli-i-Islamiye-Afghanistan (Frente Nacional Islámico de Afganistán), en ambos casos integrados respectivamente por miembros de las cofradías que dirigían. En enero de 1979 un contingente de 5000 rebeldes del grupo de Hekmatyar entró en Afganistán y tomó temporalmente Asadabad, capital de la provincia de Kunar, al rendírsele sin lucha el mando militar de la guarnición. No pudieron, empero, mantener la posición y aquel mismo mes fueron desalojados por el ejército de la RDA, regresando a sus bases en Paquistán.

Coincidiendo en el tiempo, el 16 de enero la revolución iraní expulsó del poder a Reza Pahleví e inició su camino hacia la constitución en abril de la República Islámica, influyendo de manera inmediata en la política interna afgana. Para empezar, la larga crisis política iraní de 1978-1979 significó el retorno a la provincia de Herat de un importante contingente de inmigrantes afganos en Irán, entre 100.000 y 300.000,15 chiítas en su mayoría, buena parte del cual se concentró en su capital planteando un problema de control social. El 15 de marzo la masa de parados inició una protesta que derivó inmediatamente en un motín y finalmente en levantamiento contra el gobierno de la RDA, cuando el capitán Ismail Khan encabezó la adhesión a los amotinados de casi toda la 17ª División instalada en la ciudad al levantamiento y controló Herat a mediados del mes, al tiempo que el ayatollah iraní Shariatmadari llamó a apoyar a los rebeldes. La reacción del ejército y los bombardeos de la aviación permitió a la RDA recuperar Herat el 25 de marzo; al precio de unos 900 muertos, por lo menos16, aparte de los 9 asesores soviéticos asesinados en el inicio de la revuelta. Ismail Khan huyó y se unió desde entonces al partido de Rabbani, contando al propio tiempo en sus actuaciones en Afganistán con el apoyo de los iraníes. El gobierno de la RDA acusó a Irán de haber instigado la rebelión e incluso de haber intervenido con tropas propias disfrazadas de emigrantes de regreso; nada de ello quedó demostrado, pero fue cierto el apoyo de Irán, con logística, armas y dinero, a los rebeldes de las regiones occidentales de Afganistán, en particular hazara chiís.

2.2. Moscú y Washington toman sus primeras decisiones

La rebelión de Herat hizo saltar todas las alarmas y no solo en el gobierno de Kabul, donde activó la crisis interna del grupo «jalqui» ante la evidencia de que la proclamada vanguardia militar tenía fisuras importantes, que ni Amín ni Watanjar, que competían por su control, eran capaces de cerrar. Las activó también en Moscú y en Washington. En Moscú la noticia motivó un requerimiento inmediato de información tanto a Amín, por parte de Gromyko, como a los agentes de la KGB, cuyo resultado inició una reunión diaria de urgencia del Politburó del PCUS, entre el 17 y el 22 de marzo y la reclamación urgente para que Taraki fuera a Moscú a entrevistarse con la dirección soviética17. En la primera reunión los miembros del Politburó aumentaron su alarma al comprobar que en un primer momento Amín quiso quitar importancia a la rebelión, ante la estupefacción de Andropov que señaló que según sus informantes participan en ella 20.000 civiles, a los que se estaban sumando los efectivos de la 17ª División; Andropov añadió que, además, un grupo de 3.000 rebeldes se dirigían a Afganistán desde Paquistán. Las intervenciones de los miembros del Politburó mostraron su sorpresa y su decepción: Amín y Taraki, señalaron, les estaban ocultando la verdadera situación y en vez de hacerle frente siguen ejecutando a dirigentes y cuadros medios «parchamis»18. Taraki, que finalmente reconoció la gravedad, y añadió que había disturbios en otras partes, reclamó el envío urgente de fuerzas soviéticas, tanto terrestres como soviéticas. La impresión que se tuvo es que si la rebelión triunfaba en Herat podía significar la caída inmediata de la RDA, algo que no podía aceptarse «bajo ninguna circunstancia»19 A instancias de Kosigyn y Ustinov se acordó desplegar en tres días dos divisiones en la frontera, listas para entrar en Afganistán, si había petición expresa del gobierno afgano que a su vez recibiría instrucciones para rectificar su política represiva y las relaciones con las comunidades religiosas. Todo quedaba a expensas de la ratificación de Breznev, que no había podido participar en aquella reunión.

Hasta ese momento la dirección del PCUS había considerado negativamente las luchas internas en el seno del PDPA, y en particular la salida que le habían dado Taraki y Amín, pero parece que no hubiesen tomado conciencia de la trascendencia de todo ello para la supervivencia de la RDA. Herat la despertó de su actitud contemplativa y les llevó a adoptar una actitud de presión política directa acompañada del reforzamiento de la ayuda militar, técnica y económica. No obstante la incipiente decisión de desplazar unidades militares para su entrada en Afganistán, como cuando se ayudó a Ammanullah, fue descartada tajantemente al día siguiente en una nueva reunión del Politburó, todavía en ausencia de Breznev, a instancias de Andropov que se había abstenido el 17 de apoyarla de manera explícita. La reunión del 18 se inició debatiendo sobre las peticiones de intervención de fuerzas soviéticas –Taraki había añadido la de tanques con tripulaciones tayikas para intervenir de inmediato en Herat–, la falta de fiabilidad del ejército afgano y la debilidad del apoyo social del gobierno de la RDA, reconocida por el propio Taraki y también por Amín al reforzar su petición de intervención con el argumento de que la revolución afgana dependía totalmente de la URSS para sobrevivir. El sentido de la reunión cambió 180 grados cuando intervino Andropov para señalar que la intervención de fuerzas soviéticas para reprimir la rebelión era totalmente inadmisible, apoyado por Gromyko –quien en la reunión del 19 añadió el argumento de que esa intervención dinamitaría las negociaciones SALT-II con EEUU–. La reunión descartó totalmente el envío de tropas, manteniendo la intención de suministrar la ayuda de material militar y económica pertinente. Tras una tercera reunión del Poltiburó el 19, esta vez sí con Breznev, se ratificó esa decisión que habría de caracterizar la línea de la actuación soviética en Afganistán hasta finales de aquel año. Para comunicar todo ello y empezar a concretar el contenido de la ayuda se reclamó la presencia de Taraki, que voló a Moscú y se entrevistó con los dirigentes soviéticos el 20, cuando la situación en Herat había dado ya un giro y estaba empezando a ser controlada por el gobierno. En los encuentros que tuvo, con una delegación del Politburó y con Breznev por separado, Taraki insistió, infructuosamente, en el envío de pilotos y tanquistas soviéticos. Los dirigentes del PCUS, un punto irritados por la insistencia, se atuvieron a la decisión tomada entre el 18 y el 19, ayuda material sí, de tropas o combatientes no; e insistieron, lo que tenía que hacer el gobierno de la RDA y el PDPA era combatir las rebeliones mediante un cambio de rumbo político que permitiera ampliar la muy limitada base social del régimen y el fin de la represión masiva, que se estaba cebando de manera particular en los «parchamis» desestabilizando al partido y al ejército.20 La visita de Taraki a Moscú, además de confirmarle de la posición de los soviéticos sobre como hacer frente a la rebelión islamista y tribal, sirvió para concretar el impulso de la ayuda material, entre la que había una partida que conviene subrayar: la URSS se comprometió a comprar el gas afgano a un precio muy por encima del de mercado, elevándolo de los 24 dólares por mil metro cúbicos a 37. La venta del gas pasó de ser casi un diez por ciento del ingreso del estado en la década de los setenta a un tercio del total en los inicios de la del ochenta21.

Los soviéticos tomaron la decisión de implicarse material y políticamente, pero no militarmente, en la defensa de la RDA sacudidos por el episodio de Herat. Por las mismas fechas, el gobierno norteamericano maduró su propia decisión de intervenir en el sentido contrario en un país que nunca había figurado en sus preocupaciones geopolíticas; por razones que tuvieron que ver con la reorientación que una parte del gobierno Carter, liderada por Brzezinski, quería dar a la política exterior de los EEUU dejando atrás la línea de la coexistencia pacífica y planteándose la intervención desestabilizadora en el área de influencia soviética y en el seno de la propia URSS. Los protagonistas que acompañaron operativa e intelectualmente a Brzezinski en esta historia fueron un antiguo compañero del Consejero de Seguridad, cuando ambos trabajaban en los años cincuenta en Radio Europa Libre, Paul Henze, y un intelectual francés de origen ruso, Alexandre Bennigsen, con el que Henze había establecido amistad personal e intelectual durante las estancias de Bennigsen en las universidades estadounidenses a finales de la década del sesenta. Paul Henze era un cuadro importante de la CIA, que entre otros encargos de importancia había sido jefe de estación en los sesenta y setenta en Turquía y Etiopía; y que ya en los años cincuenta acarició la idea de que la URSS podría llegar a tener, en su proprio territorio, su «cuestión argelina». Alexandre Bennigsen era de origen ruso, exiliado en 1919, instalado en Paris desde mediados de los años veinte donde hizo una importante carrera académica como especialista del mundo ruso y del islam no árabe, en particular el de Asia Central. Anticomunista militante se hizo famoso en la izquierda francesa por su invención de Sultán Galiev como supuesto promotor de un islamismo revolucionario, de encaje con el marxismo, que habría sido rechazado por los bolcheviques –entre los que se contó- y purgado finalmente por Stalin22. Cátedro en la École d’Hautes Études, desde 1969 impartió docencia por temporadas en universidades norteamericanas y también en el Kennan Institut y en la Rand Corporation, a la que asimismo estaba vinculado Henze. Bennigsen desarrolló en esos la hipótesis de la erosión interna de la URSS, hasta su propio derrumbe, mediante la inducción de una rebelión de sus pueblos musulmanes en Asia Central, para la que pensó que las cofradías sufíes –las mismas que estaban presentes en Afganistán– podrían constituir su factor desencadenante, organizador y dirigente.

Cuando asumió el Departamento de Seguridad Nacional en la administración Carter, Brzezinski incorporó a Paul Henze dándole la responsabilidad del área de las nacionalidades soviéticas, Grecia, Turquía y Chipre y el Cuerno de África, donde había sido precisamente agente activo de la CIA. Henze promovió la creación de un «Grupo de Trabajo de las Nacionalidades» en enero de 1978, al que incorporó a Bennigsen y otros colegas académicos de éste que compartían su tesis sobre la rebelión islámica en el seno de la URSS. Cuando a finales de 1978 se iniciaron los primeros movimientos de protesta, tribal e islamista, contra el gobierno de la RDA Henze, Bennigsen y Brzezinski vieron la oportunidad de empezar a poner en práctica las ideas que compartían aprovechando la agitación que justo se iniciaba en un patio trasero de la URSS, que compartía no solo religión sino etnias. Según Prados, en enero de 1979, la CIA estableció un contacto con los islamistas exiliados en Paquistán23, al tiempo que tras la caída del Sha en Irán se encargaban de mantener las relaciones con los servicios de seguridad iraníes del nuevo gobierno de Bazargán, tanteando el terreno para reactivar las operaciones, fracasadas, de los primeros años de la República de Daud. Desde entonces estuvo sobre la agenda del área de Henze en el departamento de Seguridad Nacional y de la CIA el apoyo a la incipiente rebelión afgana. Años más tarde, en 1988, Brzezinski alardeó en una entrevista que le concedió Le Nouvel Observateur, que él había promovido la asistencia a la rebelión antes de que se produjera la intervención militar soviética de diciembre de 1988, a la que de hecho habían provocado tendiéndola en Afganistán una trampa. La idea de la trampa para osos –un término que se popularizó aprovechando el tópico de la imagen geopolítica del «oso ruso»– fue una explicación a posteriori de Brzezinski, que quiso colgarse la medalla de su preclaridad, aprovechándose de las tesis de Bennigsen; Carter nunca quiso atraer a los soviéticos a una trampa que pudiera llevarles al riesgo de un enfrentamiento directo y el Secretario de Estado Cyrus Vance no compartía las posiciones de hostigamiento a la URSS, ni directo ni indirecto. La preclaridad no existió, no hubo un plan preconcebido, aunque sí hubiera la idea de incendiar el islam de Asia Central; de todas maneras, la primera parte de las afirmaciones de Brzezinski eran ciertas, en enero de 1979 él y la CIA estaban ya considerando la intervención de apoyo a los rebeldes.

El episodio del 14 de febrero de 1979 del secuestro del embajador estadounidense en Kabul, Adolf Dubs24, por militantes de Setam-e Milli con la intención de conseguir la liberación de Badakhshi, que acabó con la intervención de la policía afgana y la muerte no solo de los secuestradores sino del propio embajador, dio el empuje definitivo al proyecto. El gobierno estadounidense siempre malició del comportamiento del afgano, al que acusó de no haber dado protección a su embajador y de haber causado su muerte en una acción precipitada y extemporánea. Brzezinskin pidió a la CIA un plan de posibles intervenciones y ésta se lo presentó el 3 de marzo, para que a su vez fuese discutido por el Comité Coordinador Especial del Consejo Nacional de Seguridad. La discusión que se produjo en el tuvo lugar en paralelo a la rebelión de Herat, mientras la CIA exploraba al propio tiempo la participación de Paquistán, Irán y Arabia Saudí en una operación común cuyo perfil estaba todavía por precisar ante las dudas en la administración Carter sobre la forma y el nivel de su propio compromiso. Finalmente el Comité Coordinador Especial del Consejo Nacional de Seguridad llegó el 6 de abril a un acuerdo de consenso: se llevaría a cabo un apoyo indirecto, una «acción no letal», eufemismo que suponía el envío de alimentos, indumentaria y elementos de comunicación a los rebeldes y con ello la constancia del apoyo político. Aún así Carter no accedió a firmar la propuesta y poner en marcha la intervención indirecta hasta el 3 de julio de 1979. Brzezinski había querido más; de todas maneras, la decisión no excluía, por el contrario reforzaba, la intervención de los servicios iraníes y el ISI paquistaní en favor de la rebelión, que creció exponencialmente en la segunda mitad de 1979; llevada en volandas por el apoyo político y material que ya iba a recibir regularmente y por la grave crisis que estalló en el seno del PDPA, con el enfrentamiento entre Taraki y Amín. A raíz de la ocupación de la embajada estadounidense en Iran se intervino documentación diplomática secreta, hecha pública más tarde, en la que se daba cuenta del suministro de armas a los rebeldes por parte de Arabia Saudita, los Emiratos Árabes y Egipto –estos instigados por la directiva Carter– y también de China.

2.3 La crisis del PDPA lleva la «revolución Saur» al borde del abismo

Herat sacudió también la unidad «jalqui», hasta entonces relativamente compacta en su enfrentamiento con los «parchami» aunque no monolítica. El 17 de marzo el Consejo Revolucionario, reunido para examinar la situación creada por la rebelión, escuchó las críticas de Watanjar, Gulabzoy y Mazdooryar25 por la imprevisión del suceso y la tardanza en reaccionar por parte del Ministerio de Defensa. Su censura no fue dirigida al titular formar del Ministerio, Taraki, sino a quien de hecho lo ejercía a través de sus leales situados en su aparato, Amín; no sin razón a la vista de las primeras reacciones de Amín ante Gromyko. El Consejo Revolucionario aprobó a propuesta de Taraki el nombramiento de Watanjar como nuevo Ministro de Defensa y su sustitución en el Ministerio del Interior, que éste había ocupado, por Mazdooryar. Asimismo acordó impulsar una modificación institucional sobre el Consejo de la Revolución y la estructura del gobierno, concretada por el Buró Político del PDPA después del viaje de Taraki a Moscú y fue ratificada por el Consejo Revolucionario el 27 de marzo. Su contenido fundamental fue la separación de la Presidencia del Consejo y del Gobierno, de manera que el Primer Ministro sería nombrado por el Presidente, que además aprobaría el nombrado del gobierno formado por el Primer Ministro; por otra parte, se instituyó un Consejo Superior de Defensa de la Patria, que sería el que tendría la máxima autoridad en defensa exterior e interior. El cambio reforzó la posición de Taraki, Presidente del Consejo Revolucionario y también del nuevo CSDP, frente a Amín, nombrado Primer Ministro y vicepresidente de ambos organismos; mientras que Watanjar, que se mantuvo como Ministro de Defensa, decantaba inicialmente en su favor la pugna que mantenía con Amín por el control del ejército. Una muestra de la confusión que domina la bibliografía sobre el período es la inexacta interpretación de lo sucedido en la dirección política afgana en marzo de 1979; buena parte de ella atribuye la separación entre Presidencia y Primer Ministerio y la creación del Consejo Superior de Defensa de la Patria a una maniobra o una presión de Amín que habría obtenido ventaja de ello, incluido Selig S. Harrison que presenta al CSDP como una institución presidida por Amín para neutralizar al Ministerio de Defensa. En esta ocasión quien relata e interpreta adecuadamente el episodio es Bervely Male: las medidas de marzo significaron un paso atrás para Amín, ya que en su condición de Primer Ministro quedaba plenamente subordinado a Taraki, ante quien eran directamente responsables los miembros del gobierno; además no era presidente del CSDP sino vicepresidente y en su composición inicial la mayoría quedaba en manos de Taraki, Watanjar, Mazdooyar y Sarwari, este último jefe del servicio de seguridad, el AGSA26. Aunque ese paso atrás resultara finalmente breve.

En el trasfondo de los cambios y de la reacción de Amín que empezó, primero veladamente, a criticar a Taraki estaba la presión política soviética a la que este último se mostró más sensible; y la prosecución de la rebelión islamista, que tampoco pudo frenar Watanjar ni desde luego el sectarismo político «jalqui». En abril un importante contingente rebelde procedente de Paquistán atacó Jalalabad, Paktia y Gardez en el Este. Mientras los combates con los rebeldes se cronificaban en las regiones de frontera con Paquistán, el 23 de junio se produjo una rebelión en la propia Kabul protagonizada por los hazaras del barrio de Chandawal, movilizados por las noticias de bombardeos contra rebeldes hazaras –maoístas– en Ghazni y por el exhorto desde los ayatolás iraníes a que los chiitas de Afaganistán se subleven. El ejército controló la situación al precio de una docena de muertos, pero quedó en evidencia que no solo toda la población de Kabul no apoyaba a la RDA, como reconoció Taraki ante Kosigyn, sino que una parte de ella estaba abiertamente en contra27. El 28 de junio el grupo de seguimiento de la cuestión de Afganistán del Politburó del PCUS –Gromyko, Andropov, Ustinov y Ponomarev– constatando que la rebelión se extendía y que los dirigentes afganos seguían no solo no controlándola sino haciendo caso omiso de los consejos políticos que los soviéticos les daban, propusieron enviar una carta a Taraki expresando la «preocupación y ansiedad» de los dirigentes soviéticos y reclamando una vez más los cambios: ampliación de la base social, formación de organismos electos representativos, órganos de gobierno territorial atendiendo a la base tribal y étnica local, fin de la represión injustificada y aplicación de la legalidad (antes ya se había explicitado la sustitución de los comités populares de dos o tres individuos, por instrucciones y juicios verdaderos) y liderazgo colectivo. Para los soviéticos a pesar de los limitados cambios institucionales, que eran de hecho un reparto interno de poder, éste seguía concentrado en las manos de Taraki y Amín. A esta cuestión del liderazgo colectivo se aferró Amín para recuperar atribuciones perdidas y hacer retroceder a la nueva oposición que le había surgido en el seno del grupo «jalqui», encabezada por Watanjar, Mazdooyar y Gulazboy, a la que se sumó Sarwari, jefe de los Servicios de Seguridad. Amín que los calificó de ser la «banda de los cuatro» afgana, consiguió que el embajador Puzanov atendiera a sus quejas sobre Taraki, sobre quien hizo recaer la responsabilidad del personalismo en la dirección y la reactivación del faccionalismo. Puzanov le instó a que se encontrara una nueva fórmula de gobierno que preservara la autoridad de Taraki pero mejorara el liderazgo colectivo y Amín, armado con esa respuesta del embajador soviético, presentó su contrataque en el Buró Político del PDPA del 28 de julio; retorciendo la sugerencia de Puzanov, responsabilizó a Taraki de los fracasos del gobierno y exigió el liderazgo colectivo que se les reclamaba. El cambio se tradujo no en tal liderazgo sino en el retorno del Ministerio de Defensa a Taraki con Amín como adjunto –de hecho como gestor real del Ministerio– en tanto que Watanjar era desplazado de nuevo a Interior.

Las medidas del Buró Político del PDPA no mejoraron la gestión de una realidad que se hacía cada vez más adversa. Aunque en orden disperso las rebeliones no dejaron de multiplicarse, afectando de manera particular al ejército; en el mes de agosto su sucedieron la sublevación de la guarnición de Bala-Hisar en Kabul, la de Asmara, en la provincia de Kunar, la del distrito de Zurmat, en la de Patkia; desde el episodio de Herat, no menos de 15.000 efectivos del ejército habían desertado y en buena medida se habían sumado a los islamistas. Ante ese constante deterioro de la situación, la dirección «jalqui» no respondió más que con querellas y conspiraciones internas, medidas de administración propia del poder pero no de ampliación de su base social y recurrencia a la petición de que los soviéticos enviaran tropas, pilotos de combate y tanquistas para hacer frente a lo que ella no era capaz de hacer. Es cierto que entre finales de abril y julio Taraki y Amín intentaron recuperar relaciones con algunos jefes tribales, sobre todo de las provincias de la frontera con Paquistán, y que el 6 de mayo se decretó una amnistía para los quienes depusieran las armas, renovada el 10 de junio; sin embargo, las medidas estaban aisladas de todo cambio de orientación general, resultaron insuficientes y no consiguieron credibilidad en el campo de la rebelión, crecido en su decisión de enfrentarse a la RDA ante al apoyo exterior que ya estaba empezando a recibir. En julio aquellos tímidos gestos dejaron de mantenerse. Por otra parte, la dirección soviética consideró insuficientes esos gestos y de manera directa e indirecta insistió en la reformulación del gobierno como un gobierno nacional y democrático de coalición; en el verano el asesor político soviético en Kabul, Vasily Safronchuk, insistió en su necesidad y en que estuviese encabezado por una personalidad no comunista, apuntando incluso la candidatura de Ahmed Etemadi, antiguo primer ministro y cercano a Zahir Sha que permanecía entonces en prisión desde los inicios de la revolución. Amín rechazó invariablemente la propuesta de coalición, argumentando que la RDA era ya una democracia popular y que solo al PDPA correspondía el ejercicio del poder. Su gestión iba en la dirección contraria a esa ampliación, restringiendo la ocupación de responsabilidades claves en el ejército y en el aparato del gobierno a sus leales y promoviendo a sus familiares: su hermano Abdullah, que no era miembro del PDPA, fue nombrado responsable de las cuatro provincias del Norte, su sobrino Asadullah secretario general del Comité del Kabul del PDPA y viceministro de Exteriores, su yerno, el mayor Muhammad Yakub, Jefe del Estado Mayor; para controlar a Watanjar, nombró a Faqir Muhammad Faqir como viceministro de Interior.

La nueva pugna interna entre los «jalquis» se aceleró tras la partida de Taraki a La Habana, el 1 de septiembre, para asistir a la VIª Conferencia de Países No Alineados. Sarwari se puso al frente de una campaña de denuncia de la supuesta intención de Amín de detener a los cuatro disidentes y deponer a Taraki: lo denunció al asesor soviético integrado en el AGSA y el 7 de septiembre al propio Taraki, por teléfono. No hay prueba de que Amín hubiese tomado tal decisión y la personalidad conspirativa y maniobrera de Sarwari no es la mejor credencial para darle crédito. No obstante, todo ello enrareció el ambiente y los que sí tomaron una decisión fue la dirección del PCUS que optaron por intervenir con la intención de desactivar el enfrentamiento en cierto y dar un paso previo al deseado gobierno nacional y democrático. Cuando el 10 de septiembre Taraki hizo su escala en Moscú, de regreso a Kabul, fue recibido en privado por Breznev y Gromyko y, a instancias de ambos, se reunió acto seguido con Babrak Karmal, asimismo en solitario. De esos encuentros surgió la propuesta de reformular el poder en la RDA sobre la base de la reconciliación entre «jalquis» y «parchamis», con Taraki manteniéndose en la Presidencia y la Secretaría General del PDPA y la sustitución de Amín como Primer Ministro por Babrak Karmal, quien recuperaría la secretaría general adjunta del partido. No se trataba solamente de restablecer la unidad del partido. Babrak Karmal, instalado en Moscú después de su destitución como embajador, compartía la caracterización de la revolución afgana como nacional y democrática y la formación de un gobierno de coalición para llevarla adelante.

Taraki accedió. La aplicación de la propuesta, empero, se embrolló con la existencia paralela –no controlada por Safronchuk– de una conspiración de Sarwari, Watanjar, Mazdooyar y Gulabzoy para matar a Amín el día del regreso de Taraki; Amín salvó la vida a tiempo, gracias al KGB que se enteró in extremis del complot y se lo comunicó, y decidió contratacar exigiendo a Taraki la destitución y arresto de los conspiradores. Lo que sucedió fue imprevisto y confuso y a pesar de los intentos soviéticos de reconciliar a Taraki y Amín28 y a las facciones del PDPA, el encuentro entre los dos dirigentes afganos resultó tormentoso, acabó a tiros y Amín decidió usar a su favor la correlación de fuerzas que tenía en el seno del ejército para dar un golpe de palacio el 14 de septiembre, forzar la destitución de Taraki de la Presidencia del Consejo Revolucionario y la Secretaria General, que fueron asumidas por Amín. Taraki quedó detenido en su residencia presidencial, aunque Sarwari, Watanjar y Gulabzoy consiguieron escapar de esa misma suerte bajo la protección de la KGB refugiándose en la embajada soviética29. El desarrollo de los acontecimiento fue tan imprevisto y rápido que, como reconoció Breznev ante el Politburó el 20 de septiembre, los soviéticos no pudieron interferir por ninguno de sus canales. La dirección del PCUS se vio desagradablemente sorprendida por la reacción final de Amín, al que en un informe a Honecker el 1 de octubre acusó de «extrema lujuria por el poder» y «crueldad en sus relaciones con excolegas»; a pesar de todo concluyó que no tenía otra opción que la de reconocerle como nuevo dirigente en exclusiva de la RDA, manteniendo los asesores y la ayuda material, apelando a Amín para que no desencadenara ahora una nueva represión contra Taraki y sus partidarios. Contra esa demanda, la respuesta de Amín fue, efectivamente, brutal. Tras sentir que su posición quedó consolidada, el 8 de octubre mandó asesinar a Taraki, en su habitación, y a Etemadi, en su celda; días antes, el 17 de septiembre Badakhshi había sido asesinado también. Una nueva oleada de purgas, que alcanzaron ahora a los «jalquis» alineados con Taraki o con la «banda de los cuatro», debilitó aún más la base del poder; los servicios soviéticos estimaron en 600 los ejecutados entre septiembre y diciembre. Por otra parte, Amín exigió desde los primeros días de octubre la sustitución de Puzanov y dio muestras públicas de descontento con los soviéticos30; al gobierno soviético no le costó acceder a aquella petición, sustituyendo al ya muy desgastado Puzanov por Fikryat A. Tabeev, que llegó en noviembre a Kabul y permaneció en su cargo hasta finales de 1988.

El poder de Amín era tan indiscutido como frágil. En el frente de la rebelión consiguió un éxito engañoso derrotando en octubre a los islamistas en Patkia; en ello había intervenido de manera decisiva el hecho de que la dirección de las operaciones había estado a cargo, por primera vez, de generales soviéticos31. Resultó efímero, cuando las grandes unidades del ejército se retiraron la provincia volvió a ser controlada por los rebeldes excepto en su capital. Lo cierto es que, a pesar de su división, la rebelión seguía progresando; además de ser cada vez más preocupante en el Norte, los rebeldes consiguieron por primera vez cortar, aunque fuese por poco tiempo, las carreteras de Jalabad a Kabul, el 27 de noviembre, y de Kabul a Gardez, el 20 de diciembre, las dos vías que desde la capital se dirigían a la frontera con Paquistán. Y resultaba aún más inquietante el progreso de los rebeldes en la provincia de Badakshan, fronteriza con la URSS en el extremo noroeste, en donde habían conseguido tomar su capital Fayzabad. La retaguardia de la rebelión, el santuario y área de entrenamiento y abastecimiento de las guerrillas, consolidaba su capacidad de alimentar sus frentes. En contrapartida, la moral de combate del ejército, con una oficialidad diezmada por las purgas y la recurrencia de las deserciones, era tan baja como el número de sus efectivos, reducidos en diciembre de 1979 a unos 40.000.

El 12 de diciembre el responsable de la estación de la CIA en Kabul escribió: «El ejército afgano ha sufrido una serie de reveses en las últimas semanas. Además, la exitosa ofensiva del gobierno en octubre en Paktistuta ha sido anulada en gran medida por los recientes acontecimientos allí. Badakhshan se encuentra en una posición precaria. La situación en otras partes entre Kabul y la frontera noroeste de está deteriorando. Los rebeldes vuelven a estar activos en las áreas de Patkia y Kandahar. Todas las noches, tanto las ciudades de Herat como la de Kandahar son escenarios de actividad rebelde y asesinatos y la lucha se acerca cada vez más a Kabul (…) hay una nota de desesperación y de temor general entre los «jalquis» y sus partidarios soviéticos de que la posición militar de la RDA pueda desmoronarse rápidamente, dejando a Kabul expuesta a un ataque insurgente exitoso y/o un colapso general de la ley y del orden»32. En el mismo documento se incluyeron otras opiniones: las del agregado de Defensa, en términos menos contundentes, ratificó el deterioro militar de la RDA, aunque los otros dos agregados consultados, de la sección de Política y Economía, no compartieron la idea de un inminente colapso del régimen. Esa tesis del peligro de derrumbe fue descartada por Beverly Male, en el contexto de su panegírico de Amín y aportando como argumento las ofensivas de octubre. Tampoco la compartió Selig S. Harrison que citó el testimonio de Blood quien en 1981 le dijo que «el régimen no estaba a punto de caer»; no obstante, Blood solo estuvo en Kabul, sustituyendo a Amstutz de vacaciones, entre mediados de octubre y de noviembre, cuando regresó Amstutz a ocupar su función de Encargado de Negocios. Cuestión de tiempos y de matices: la situación en diciembre era muy diferente a la de octubre, cuando Amín pudo capitalizar el éxito de la acción militar en Patkia y todavía mantenía el apoyo resignado de los soviéticos, o por lo menos el apoyo del general Pavlovsky jefe de hecho de la misión militar soviética en Afganistán. Por otra parte el jefe de la CIA en Kabul lo que dijo fue que la dinámica era de riesgo de desmoronamiento de la posición militar y de colapso general si los rebeldes, en ese desmoronamiento, podían llevar a cabo un ataque a Kabul con éxito. Posteriores informes de inteligencia estadounidense ratificaron la percepción de esa dinámica cuesta abajo de la RDA y la singularizaron en la grave crisis del ejército, por la reducción de sus efectivos, el deterioro de la moral de combate de soldados y oficiales y la prosecución de las deserciones.

Por otra parte, Amín tenía que hacer frente a la oposición ya no solo de los «parchami», que habían organizado una red clandestina con centro en Kabul con ramificaciones el algunas provincias del Norte33, sino también de partidarios del asesinado Taraki, que el 14 de octubre promovieron la sublevación de la 7 División, en las afueras de Kabul; el apoyo soviético, que no dejó a los sublevados conseguir apoyo de la fuerza aérea aparcada en Bagram, ayudó de nuevo, y por última vez, a Amín a salvar la situación y aislar a los sublevados que fueron derrotados al cabo de tres días de combate. Para decepción de quienes todavía le sostenían, aunque fuera a regañadientes, Amín tampoco se ahorró esta vez desencadenar una nueva oleada represiva que fue más allá de las filas de la 7 División; y que incluyó la detención de Ghulam Muhammad Farhad, el líder de Afghan Millat, uno de los candidatos de Babrak Karmal y de los soviéticos a formar parte de la política de coalición nacional democrática34

Amín no buscó reforzar su posición, y la de la RDA, por otra vía que no fuese el uso de la fuerza. Aunque a instancia de Safronchuk detuvo la aplicación de la reforma agraria –algo que por otra parte se hacía ya imposible en buena parte de Afganistán por la precariedad de control gubernamental en el mundo rural– Amín no se orientó en absoluto hacia la apertura a la sociedad, la ampliación de la base social de la RDA. Su innovaciones políticas fueron fundamentalmente gestuales: cambió el nombre del AGSA por el de KAM35 y promovió el nombramiento de una comisión redactora de una futura constitución que habría de presentar sus resultados en abril de 1980. Su principal empeño fue reforzar su control personal sobre el partido y el de éste sobre el aparato del estado. El Comité Central del PDPA se amplió de 30 a 50 miembros, con seguidores de Amín; y aumentó la dependencia del Consejo Revolucionario con respecto al partido al instituir al nombrar al Buró Político del PDPA Presidium del teórico máximo organismo de la RDA. Por descontado el Buró Político quedó integrado por «jalquis» que se habían apoyado el acceso al poder exclusivo de Amín en septiembre: además de él, Sha Wali, Misaq, Soma, Jauzjany, Jalili, Panjsheri y Zeary; aunque estos dos últimos, que en septiembre habían intentado mediar entre Taraki y Amín, se fueron alejando de él y Panjsheri. En su sesión del 24 y 25 de octubre el Consejo Revolucionario restableció la acumulación de su Presidencia y del Primer Ministerio del gobierno en una sola persona. Fiel a su interpretación sectaria del frente nacional promovió como supuesta materialización de éste una Organización Nacional para la Defensa de la Revolución, inaugurada el 5 de diciembre y presidida por Jauzjany, integrado por la representación del PDPA, las organizaciones juveniles y femeninas del partido, los sindicatos, el Consejo de ulemas controlado por Jauzjany, miembros de unos denominados Comités Locales de Defensa de la Revolución –integrados por miembros y simpatizantes del PDPA– y representantes de la Universidad de Kabul, profesores y estudiantes asimismo de filiación o cuando menos simpatías «jalqui». Quizá la principal iniciativa de Amín se produjo en el ámbito de las relaciones exteriores, con sus maniobras de apertura hacia EEUU y Paquistán; con un resultado contraproducente para sus intereses.

2.4 La caída de Amín

El desarrollo de la historia responde a la lógica de los conflictos que caracterizan a cada situación concreta; en el caso de la de Afganistán en las décadas de tránsito del siglo XX al XXI al conflicto del proyecto de reforma revolucionaria, el interno de sus protagonistas y el externo de la reacción conservadora de la conjunción tribal e islamista y al conflicto internacional de la reactivación de las tensiones entre EEUU y la URSS que acabaran finalmente en quiebra de esta última potencia. El golpe de septiembre y la gestión posterior de Amín llevaron al giro sectario del proyecto de reforma a su agotamiento y aislamiento; en tanto que la reacción conservadora, aún dispersa y siempre desunida, se fortaleció políticamente por el apoyo internacional que ya estaba empezando a obtener. En esa circunstancia, Amín que no quiso modificar su política interior buscó salir del atolladero en el que había metido a la RDA mediante una incipiente apertura gestual hacia los EEUU, y tras ello también hacia Paquistán, no tanto para una inversión de la alianza internacional con la URSS como para una cierta capitalización de su política exterior, con la cual poder valorizarse mejor ante los soviéticos e intentar neutralizar los apoyos internacionales de los rebeldes. El primer eslabón de una cadena que fue percibida por los soviéticos, equivocadamente, como un intento de Amín de cambiar de bando fue el encuentro mantenido entre el Subsecretario de Estado, Newsom, y Sha Wali, ahora Ministro de relaciones Exteriores, en Nueva York el 27 de septiembre en Nueva York, con motivo de la asistencia de éste al Pleno de la ONU. El encuentro fue promovido por Newsom y respondió a la información pasada aquel mismo día de la reunión protocolaria entre Amín y el encargado de negocios estadounidense en Kabul, Amstutz, que éste había calificado de «amistosa» aunque inconcreta. La reunión de Newsom y Sha Wali tampoco dio más resultados concretos que la de confirman las manifestaciones genéricas de Amín de querer restablecer las relaciones mantenidas con EEUU antes de la retirada del embajador y de la ayuda norteamericana tras el episodio del secuestro y muerte de Dubs. No obstante y aunque con vacilaciones Amstutz insistió a comienzos de octubre en hacer una valoración que podría entenderse como positiva de Amín, al que calificó de «nacionalista», «inteligente, decidido y extraordinariamente enérgico»36; sostuvo que sería un error considerarlo un «lacayo soviético», que quería «dirigir su propio espectáculo» y que si la rebelión no se intensificaba –en esos momentos pasaba por una fase de retroceso aparente ante las ofensivas del ejército afgano– sería posible que EEUU tuviera que llegar a un acuerdo con él. Por más que, concluía, dudase que Amín se volviera «sinceramente» hacia ellos. La derivada de ese informe fue el encuentro el 27 de octubre entre Amín y Archerd Blood, encargado de negocios interino de la embajada estadounidense durante las vacaciones de Amstutz. Una reunión no muy larga, apenas cuarenta minutos, en la que se habló en términos de generalidades. Blood informó a Washington que no había conseguido sacar de Amín ninguna propuesta específica sobre los pasos a dar por ambas partes, subrayó que el dirigente afgano le defendió la ayuda de la URSS, sin la cual reconoció que no podría mantenerse en el poder, y concluyó que su impresión era que Amín «se contentaría con una relación cortés pero limitada»37. Un encuentro pobre que quizás pudo estar condicionado por la interinidad de Blood que no conocía ni la situación afgana ni a Amín como Amstutz. Sea como fuere, Amín, que no informó a los soviéticos de los contactos con los norteamericanos –ni del hecho, ni de su contenido– había decidido hacer público su deseo de un cambio de actitud de EEUU y de la reactivación de la ayuda americana en una entrevista que se publicó simultáneamente el 25 de octubre en el Washington Post y Los Angeles Times. Y un mes más tarde repitió, con mayor énfasis, ese deseo en una entrevista que concedió en Kabul a la periodista Rhea Talley Stewart38 el 20 de noviembre, que no se publicó, parcialmente en EEUU, en el New York Times hasta el 9 de enero de 1980; para sorpresa de la propia periodista Amín había hecho publicar la entrevista completa en el Kabul Times el 25 de noviembre.

Las vacilaciones de Amstutz sobre lo qué perseguía realmente Amín y lo que EEUU podía sacar de ello, podrían haber reflejado la sutilidad del juego de Amín. Blood en su informe sobre la entrevista con Amín sugirió cinco posibles razones para que este quisiera la mejora de relaciones con EEUU: la tutela soviética; una apertura de largo alcance para limitar la dependencia excesiva de la URSS; la preocupación porque el mantenimiento de la animosidad de EEUU hacia la RDA pudiera generar problemas internos en Afganistán; la conveniencia de suscitar dudas y confusiones entre los rebeldes y sus partidarios; y finalmente la necesidad genuina de ayuda económica. Las dos primeras razones y la última eran redundantes, todas ellas apuntaban a una sola: Amín, descrito siempre como un nacionalista pastún, no pretendía romper con la URSS, y prescindir de la ayuda que siempre consideró imprescindible39, pero sí poder negociar con ella teniendo en su mano la carta farol del restablecimiento de las relaciones con EEUU y de su ayuda. Las otras dos eran obvias: Amín buscaba minimizar la hostilidad de EEUU y dividir a los islamistas que estaban poniendo su destino precisamente en esa hostilidad. No, Amín no buscaba una inversión de alianzas ni mucho menos, pero llevó su juego demasiado lejos; sobre todo porque nunca lo consultó con los soviéticos a los que no informó de sus encuentros con los estadounidenses, lo que agravó la desconfianza que hacia él tenía la dirección del PCUS. Que además dijera a la prensa norteamericana lo que a ellos no les decía agravó las derivadas de ese comportamiento.

El informe del grupo de seguimiento de la cuestión de Afganistán en el Politburó del 29 de noviembre40 registró ese acercamiento, contrastándolo con el hecho de que, en contrapartida, en sus relaciones con la URSS aparecía «cada vez más claramente su falta de sinceridad y su duplicidad». Según el informe Amín era «un líder hambriento de poder que se distingue por la brutalidad y la traición» y no se descartaba que pudiera llegar a cambiar la orientación del régimen. Abundaba en esa posibilidad las sospechas de que Amín había entrado en contacto con «representantes de la oposición musulmana de derecha» y con líderes tribales hostiles, en los que podría haberse manifestado dispuesto a llegar a un compromiso; y también el cambio de actitud hacia el gobierno paquistaní, abandonando el apoyo activo a la oposición de izquierda a Zia ul Haq41 y proponiendo un intercambio de visitas en el que pudiera incluirse la relación entre ambos estados, incluida la consideración afgana de la Línea Durand. La ruptura de confianza hacia Amín era total y se había traducido ya en el relevo de Gorelov y de Pavlovski, que en octubre habían sostenido a Amín; ambos fueron relevados de sus responsabilidades en Afganistán. A pesar de todo el Politburó consideró que había que precisar de manera más concreta el comportamiento de Amín, estudiar más profundamente la situación afgana y mientras tanto seguir trabajando con él aunque con precauciones42; hasta que «una vez que se dispongan de hechos que atestigüen el comienzo de un giro de Amín en dirección antisoviética, presentar propuestas complementarias sobre medidas por nuestra parte».

Para ese momento la dirección del PCUS había ya decidido apoyar a las oposiciones internas del PDPA, tanto a los «parchami» como al grupo disidente encabezado por Sarwari y Watanjar y a los seguidores de Taraki. En la segunda quincena de octubre, después del fracasado levantamiento de la 7 División, la dirección en el exilio de la corriente «parchami» celebró una reunión en Praga en la que acordó organizar la resistencia interior en colaboración con los disidentes «jalqui»; poco después Andropov llamó a Babrak Karmal a Moscú y los instaló en Dusambé para desde allí poder conectar con el comité clandestino de la oposición del PDPA renovado en Kabul. En el Memorandum que dirigió a Breznev el 1 de diciembre Andropov le informó que había mantenido contactos con Babrak Karmal y con Sarwari, que le manifestaron su plan contra Amín y le plantearon la necesidad de apoyo militar por parte de los soviéticos para poder derrocarlo. Lo que en septiembre se descartó, ahora Andropov lo apoyó considerando ante Breznev que con los dos batallones que se tenían estacionados en Kabul43 habría suficiente para llevar a cabo la operación; aunque añadió «como medida de precaución, en caso de complicaciones imprevistas, sería prudente contar con un grupo militar cerca de la frontera».

En ese punto, la historia de la intervención soviética se aceleró, con el combustible del deterioro de las relaciones entre la URSS y los EEUU, materializada en la actitud del senado estadounidense a dejar en suspenso la ratificación del acuerdo SALT II, tras el rechazó a ello del Comité de las Fuerzas Armadas el 30 de noviembre; y agravada por las consecuencias de la crisis generada por la ocupación iraní de la embajada estadounidense en Teherán el 4 de noviembre. Las noticias de que EEUU pudiera responder con una intervención militar en Irán, alentadas por el incremento de las fuerzas de la flota estadounidense en el Golfo Pérsico y el Océano Índico, hizo temer en la dirección soviética que Amín pudiera llegar a ofrecer a Carter la posibilidad de instalar en Afganistán las bases de inteligencia electrónica que habían perdido en Irán y que, desde ellas, pudieran ser controladas las bases de misiles soviéticos en Asia Central44. Uno de los motivos, sino el principal, que había llevado a la dirección del PCUS a negar a Taraki y Amín el envío de tropas a Afganistán, las negociaciones SALT II y el mantenimiento de la disensión, había saltado por los aires. En el memorándum a Breznev, Andropov sugirió vagamente que las tropas acercada a la frontera afgana podrían además actuar eventualmente en la lucha contra los rebeldes. Recuérdese que estos estaban ya en Badashkan amenazando a su vez con extenderse hacia el Tayikistán y cumplir el sueño de Bennigsen y Henze. El 8 de diciembre, en una reunión parcial del Politburó en el despacho de Breznev45, se dio el primer paso hacia la doble operación de derrocar a Amín e introducir tropas soviéticas en Afganistán, en una nueva escala, para pasar a combatir conjuntamente con el maltrecho ejército afgano a los rebeldes. Andropov, que hasta ese momento se había opuesto, y Ustinov, lo defendieron y señalaron la intervención de la CIA y el empeño de Paul Henze de recrear un nuevo Gran Imperio Otomano que incluiría, a través de la rebelión islámica en Afganistán, las repúblicas del Sur de la URSS. Si caía Afganistán en manos de EEUU, directa o indirectamente, ello supondría la instalación de misiles Pershing amenazando directamente a la URSS y el acceso de Paquistán y otros estados aliados a EEUU al uranio de Afganistán. La reunión acordó en principio proponer a la dirección del PCUS las dos acciones: derribar a Amín y enviar tropas soviéticas a Afganistán. Aunque la oposición del jefe del Estado Mayor de la URSS, el mariscal Nicolai V. Orgakov, a la última de ellas, que consideró inadecuada e imprudente, hizo que el grupo restringido del Politburó vacilase, dejando el 10 de octubre en suspenso la entrada de tropas en Afganistán aunque manteniendo la orientación de que el Ejército Rojo había de prepararse para ello, por si finalmente fuera imprescindible. La suspensión de la dirección duró poco. El 11 de diciembre la reunión de ministros de Defensa de la OTAN decidió el despliegue de misiles Tomahak y Pershing II en Europa46, el 12 se anunció públicamente la medida e inmediatamente después de conocerla se reunió el Politburó del PCUS para decidir sobre la cuestión afgana; el informe del teniente general Ivanov, al mando de la KGB en Afganistán, sobre los problemas del ejército afgano acabó de determinar la decisión. El derrocamiento de Amín se realizaría por parte de un grupo especializado del GRU soviético, apoyado en la movilización de la oposición del PDPA, que habrían de trabajar para neutralizar los apoyos a Amín que pudieran producirse en el transcurso del golpe y facilitar la rápida transición a la aceptación del nuevo gobierno, que habría de estar encabezado por Babrak Karmal como Presidente y Primer Ministro. En la noche del 24 al 25 Sarwari, Watanjar y Gulabzoy regresaron clandestinamente a Afganistán, transportados por los soviéticos e iniciaron inmediatamente sus contactos con cuadros políticos y militares. El 27 de diciembre las tropas de élite soviéticas asaltaron la residencia de Amín, que murió durante el ataque. Su destino estaba sellado desde que él hubiese decidido el asesinato de Taraki.

Notas

1Archivo Digital del Wilson Center, Memorandum de Puzanov del 11 de julio de 1978

2 Tanto Edwards como Male se refieren a esta importante intervención, reproducida por Kabul Times al día siguiente; coincidieron en sus contenidos no, desde luego, en su interpretación.

3 El texto de esta conferencia lo reproduce solo.

4 En ese momento las Fuerzas Armadas tenían en torno a unos 90.000 efectivos.

5 Amnistía Internacional informó de la existencia de 4.000 presos políticos, en octubre, sin contar con los detenidos anteriormente, islamistas o maoístas encarcelados tras sus levantamientos contra Daud. Raja Anwar, de acuerdo con informaciones de funcionarios de la prisión, calculó en 400 los cuadros del PDPA detenidos.

6 Información del CC del PCUS a Erich Honecker, 13 de octubre de 1978. Archivo Digital del Wilson Center.

7 Citado por Slinkin en el capítulo 1 de su obra.

8 La reforma agraria de Daud estableció el límite de propiedad en 8 hectáreas; el excedente era expropiable mediante indemnización.

9 Los datos, como los que más adelante se darán sobre la reforma agraria, proceden del trabajo de Slinkin, quien además de disponer de estadísticas oficiales pudo consultar informes mecanografiados, no publicados, de los asesores soviéticos.

10 De nuevo la fuente es Slinkin.

11 De manera desigual, según provincias; las que encabezaban el reparto eran Kunduz, 30.542 familias, Balkh, 23.681, Herat, 22.545, Hellmand, 19.469, Kandahar, 17.854, Takhar, 17.321. En el otro extremo estaban las de la región Centro que habían iniciado el proceso más tarde, pero también Kunar, con solo 333 familias beneficiarias que se había detenido en esa cifra desde el inicio de marzo, o Langham, que se estancó en 704 desde ese mismo mes.

12 Los datos los proporciona Giustozzi. El problema del acceso al riego era en buena medida una derivación del error, señalado por el principio por los asesores soviéticos, de no haber acompañado la ley de reforma agraria con una ley sobre el agua de riego; con lo que ésta siguió estando controlada por el sistema tradicional, de manera que sus administradores locales podían o no proporcionar el agua a los nuevos propietarios.

13 Nangalam era una pequeña ciudad, o un gran pueblo, el núcleo más importante del distrito de Dara-i-Pech con escasas decenas de miles de habitantes en todo él, en aquella época; actualmente el distrito tiene en torno a los 50.000 habitantes.

14 En enero de 1979 Ibrahim Mujaddidi fue detenido y ejecutado junto con casi un centenar de la familia dirigente de la cofradía, de la que Sebghatullah pasó a ser el dirigente de hecho.

15 Como siempre no hay cifras certeras, solo estimaciones. Taraki estimó ante los dirigentes soviéticos que habían en Iran 200.000 emigrantes afganos, que estaban en proceso de retorno.

16 Esas son las cifras dadas por Raja Anwar, que incluyen a nueve asesores soviéticos y sus familias; los medios de comunicación occidentales elevaron las cifras a 5.000 muertos.

17 Si no se señala lo contrario la fuente de todas las reuniones e informes internos del CC del PCUS y del Politburó, así como de los encuentros de los dirigentes soviéticos con los afganos son los documentos del Archivo Digital del Wilson Center.

18 Gromyko : «los dirigentes afganos nos están ocultando mucho. Por alguna razón, no quieren ser abiertos con nosotros. Es muy lamentable».

19 La frase exacta, de Gromyko, fue «bajo ninguna circunstancia podemos perder Afganistán».

20 Ante la insistencia de Taraki de la infiltración de los Hermanos Musulmanes en el ejército –con esa etiqueta genérica identificaba a todo los islamistas rebeldes– Kosigyn le soltó que Stalin había encarcelado a muchos generales y oficiales, pero que cuando se produjo la invasión alemana en 1941 «los necesitó» y los puso en libertad –no dijo nada de los que fueron ejecutados en las purgas, claro– y significaron una importante contribución al Ejército Rojo.

21 Según datos oficiales de la RDA, recogidos y elaborados por Barnett R. Rubin, The Fragmentation of Afganistán. Yale University Press, 1995.

22 Maxime Rodinson creyó en la invención que Bennigsen hizo de Sultán Galiev, ayudando a que ésta fuese ampliamente compartida en la intelectualidad de izquierdas francesa. Y Ben Bella pretendió que Sultán Galiev era una de sus referentes de cabecera. Dejo para otra ocasión la crítica a la invención de Sultán Galiev, sobre la que me puso en alerta las atinadas observaciones de Ernesto Gómez de La Hera. Confiado en la autoridad de Rodinson yo también creí durante mucho tiempo en esa invención.

23 No eran desconocidos para ellos; ya se ha visto que la Fundación Asia había establecido relaciones con ellos en Kabul desde los sesenta.

24 Había sido nombrado en julio de 1978 atendiendo a su experiencia sobre la URSS, ya que había trabajado en la embajada de Moscú a comienzos de los setenta.

25 Comandante de la 4 División Blindada, instalada en Kabul.

26 Da Afghanistan da Gatay da Satanay Edara, Administración para la protección de los Intereses de Afganistán.

27 El 4 de agosto hubo un nuevo sobresalto en Kabul, con la revuelta de una Brigada, instalada en el cuartel de Bala-Hisar, que había sido retirada de Jalalabad acusada de falta de combatividad y que se vio en peligro de depuración. Sus tanques llegaron a las inmediaciones del Palacio Presidencial, y se tardó cinco horas de combates en sofocarlas.

28 El Politburó del PCUS envió el 13 de septiembre una directiva a Puzanov para que se reuniera con Taraki y Amín, de manera conjunta o por separado, y consiguiera su reconciliación; la directiva incluyó un mensaje algo enigmático: «guiese por el hecho de que no podemos asumir la responsabilidad de arrestar a Amín con nuestra propia fuerza, eso sería una injerencia directa en los asuntos internos de Afganistán y tendría consecuencias de gran alcance. De hecho, eso es prácticamente inviable» ¿Quién sugirió tal arresto? ¿Puzanov, ya abiertamente enfrentado con Amín? ¿Taraki?.

29 Mazdooryar fue detenido.

30 Según Selig S. Harrison, lo hizo el Ministro de Asuntos Exteriores Sha Wali, en una reunión de embajadores de los países afines a la URSS, a la que no convocó al embajador soviético pero sí a los de China y Yugoslavia; no obstante, Vasily Safronchuk estuvo presente y refutó al Ministro.

31 Ese hecho está registrado de manera reiterada en s informes de la CIA del último trimestre de 1979, desclasificadios y publicados en el portal Office of the Historian del Departamento de Estado de los EEUU, sección sobre las Relaciones Exteriores de EEUU 1977-1980, vol. XIII, Afganistán, https://history.state.gov/historicaldocuments/frus1977-80v12/comp1.

32 Idem, documento 84, con fecha 13 de diciembre de 1979.

33 Faryab, Jowzjan, Balkh y Samargan.

34 La caída de Amín a finales de diciembre pudo salvarle, más que probablemente, la vida.

35 Da Karganaro Amniyati Mu’asasa, Agencia Obrera de Inteligencia.

36 Doc. 74, Office of the Historian…, Informe de la embajada de Kabul, 9-X-1979. A lo que añadió «También es despiadado; de lo contrario no estaría donde está».

37 Doc. 78, Office of the Historian…, Informe de la embajada de Kabul, 28-X-1979.

38 En 1973 había publicado un libro en EEUU sobre la historia del reinado de Ammanullah, Fire in Afghanistan: 1914-1929. Faith Hope and the British Empire.

39 En diciembre de 1979 insistía en el envío de contingentes militares soviéticos específicos a Afganistán, como fuerza de protección de instalaciones y de él mismo y de reserva ante una situación de peligro grave en Kabul.

40 Archivo Digital del Wilson Center.

41 Amín había acogido en Kabul al hijo de Alí Bhutto y a otros miembros de la izquierda como Raja Anwar.

42 A su demanda de una entrevista con Breznev se le respondería que sí, pero no se le daría aún ninguna fecha concreta.

43 Enviados a petición de Amín para proteger el aeropuerto, la embajada soviética e instalaciones gubernamentales claves.

44 Así se lo manifestó el General Varennikov, comandante en jefe de las fuerzas de tierra, al Ministro de Defensa soviético, Ustinov, según testimonios recogidos por Selig S. Harrison.

45 Asistieron Breznev, Gromyko, Andropov, Suslov y Ustinov.

46 El 5 de diciembre Helmut Schmidt lo había defendido en el congreso del SPD, alertando a los soviéticos de la posible decisión de la OTAN.

Foto de portada: Muhammad Taraki.

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