El debate sobre España como colonia energética

Antonio Turiel, Juan Bordera, Alfons Pérez, Xan López, Emilio Santiago, Héctor Tejero

En las páginas de CTXT se ha originado recientemente un debate sobre la posibilidad de que España se convierta en una colonia energética del norte de Europa, y, más concretamente, de Alemania. El primer artículo publicado por Antonio Turiel, Juan Bordera y Alfons Pérez provocó la reacción de Xan López, Emilio Santiago y Héctor Tejero, defensores de un modelo de Green New Deal, que consideraron el artículo excesivamente alarmista y hasta ‘conspiranoico’. Esto motivo una tercera entrega por parte de dos de los firmantes del primer artículo, Antonio Turiel y Juan Bordera, en la última aportación hasta el momento al debate. Bordera propuso recientemente a través de las redes una discusión en persona y retransmitida, pero Santiago considera que no es un formato adecuado para un debate sosegado, y que parece más conveniente seguir a través de escritos. No descartamos, por tanto, que en un futuro se añadan más aportaciones a esta discusión.

España, colonia energética del norte de Europa

El plan de saqueo energético, vía hidrógeno verde, que Alemania quería aplicar a otros países fuera de la UE afectará también a los países del sur de Europa

Antonio Turiel / Juan Bordera / Alfons Pérez 4/06/2022

Seguramente algunas personas que hayan pinchado en el enlace que les ha llevado a este artículo lo hayan hecho con una sensación de incredulidad. De que el titular elegido es una exageración, una hipérbole. Ojalá algunas de ellas, al acabar de leer, puedan ponerse a desmentir lo que aquí contamos. Nada nos haría más felices que estar errados. Pero va a ser que no.

Empecemos por el final, con el titular clarificador que debería hacer saltar todas las alarmas: Europa acuerda aprovechar el potencial energético de la Península Ibérica. Sobre todo debería asustar porque es evidente que Europa se está metiendo en un buen lío con las sanciones a Rusia. La propia Ursula von der Leyen declaraba recientemente –atentos al salto mortal con doble tirabuzón–: «Necesitamos comprar más petróleo ruso para que Putin no saque más beneficios en otro lugar». Ni Marx (Groucho) hubiera explicado mejor el funcionamiento del sistema.

Pero el esperpento no comenzó ahí: retrocedamos un poco en la línea temporal de este universo delirante, justo a cuando hace unas dos semanas se lanzó el plan REPowerEU, ese nuevo paquete de medidas energéticas de la Comisión Europea para –según ellos mismos– «poner fin a la dependencia de la UE con respecto a los combustibles fósiles rusos». Algo ha salido mal, aparentemente, y en poco tiempo. O alguien ha hecho cálculos de una vez.

Entre las medidas del plan se incluye una reducción coordinada de la demanda, pero también una «solidaridad» obligada: si países dependientes del gas ruso, como Alemania o Austria, ven cortado su suministro por Putin y, por ende, tienen que cortarle el gas a su población o a su industria, los países menos dependientes del gas ruso, como España, se verán obligados a reducir su demanda «sobre la base del principio de solidaridad», o dicho de otro modo y sin eufemismos: racionar y entregar el tributo a Europa.

No tuvimos un reparto de la riqueza, pero sí tendremos un reparto –desigual– de la escasez. Y, atención, no es solo del gas de lo que hablamos aquí: también del diésel, del cual la Agencia Internacional de la Energía avisa que escaseará en Europa este mismo verano. Que viene una crisis energética peor que la de los setenta. Un organismo conservador, que ha estado maquillando la cruda realidad para no asustar demasiado, da la alarma. Temblemos.

Prosigamos con otro ejemplo de locura organizada: en una muestra de planificación sin fisuras, de ingenio y talento sin parangón, una de las ideas que se les han ocurrido a la Asociación de Agencias de Viajes de Alemania es enviar a España a parte de sus jubilados a pasar el invierno. «Vete a España, Günter». Que si eso, el gas lo consumáis allí, que os damos 500 euros de bono para pasar el invierno en las islas o en Marina D’Or. La medida ha hecho saltar de alegría a algunos sectores patrios, pero no ha hecho tanta gracia en Alemania, que hace cálculos de las pérdidas en consumo interno.

Aunque hay una improvisación y un caos evidentes, si volvemos más atrás, a hace dos meses, cuando quizá aun se pensaba que esto sería más fácil, en un encuentro con Pedro Sánchez la propia Ursula von der Leyen ya dejaba entrever que todo este despropósito formaba parte del plan inicial de respuesta al nuevo contexto tras la primera guerra de la Era del Descenso Energético: «España puede tener y tendrá un papel importante en el suministro energético de Europa, y por eso debemos trabajar en las interconexiones».

Gracias a tener más plantas de regasificación que nadie en Europa –el 35% de la capacidad europea entre Barcelona, Sagunto, Cartagena, Huelva, Ferrol, Bilbao (y Gijón, que ha estado tiempo hibernada)– España podría enfrentar una hipotética situación extrema con mejores perspectivas que otros países más dependientes de Rusia. En este sentido, la posición negociadora de España parece de fuerza, y lo es, relativamente. Probablemente esta posición de fuerza –aunque temporal– ha sido útil a la hora de negociar el tope del gas –también temporal– que se ha pactado con Europa. Pero ahora vayamos a las interconexiones –esas que se pretende que pague Europa, ya que España ya pagó las plantas de regasificación que ahora son tan útiles para la Unión–, y a la letra pequeña de las mismas.

Comencemos por el Midcat. Ese gasoducto que nos tendría que conectar a la red gasística del sudeste francés y del cual hablan tanto los medios, los empresarios y los políticos. Un proyecto que, cuando debía servir para garantizar que llegase gas a España (desde Europa), se dijo que no era rentable; pero que ahora que España está bien abastecida y falta gas en Europa se considera un proyecto crucial. Y aquí todos frotándose las manos.

Pero, ¿de dónde saldrá ese gas que desembarcará en España y a través de ella inundará Europa para compensar la dependencia del gas ruso? El año pasado, la UE recibió 175.000 millones de metros cúbicos (Mmc) de gas ruso. Por vía marítima las posibilidades son limitadas: solo un puñado de países pueden producir gas natural licuado. Y las cuentas no salen: EE.UU. puede aportar unos 50.000 Mmc, pero por tiempo limitado ya que sus pozos de fracking se están acabando y hay quien anticipa un shock de precios del gas este mismo año en territorio estadounidense. Tampoco los 60.000 Mmc que se espera que pueda exportar Qatar este año bastarían, ya que una buena parte ya está comprometida por contrato con otros países. Y todo eso asumiendo que España pudiera dar paso al trasiego de buques metaneros que se precisaría.

Por vía terrestre las opciones son todavía peores: o hablamos de gasoductos controlados por Rusia o hablamos de Argelia. Pero la producción de gas de Argelia está prácticamente estancada desde el año 2000 y encima su consumo interno se está disparando desde 2010, con lo que sus exportaciones caen vertiginosamente (de 57.000 Mmc en 2010 a 39.000 Mmc en 2020). A Argelia le ha venido muy bien la reciente conflictividad política, primero con Marruecos y luego con España, para ir reduciendo sus exportaciones a estos países y que parezca algo decidido, no impuesto por la dura realidad geológica del agotamiento de los recursos. ¿Tendrá que ver la impotencia gasística argelina con el sorprendente giro político de España en el conflicto del Sáhara Occidental? En política nada ocurre por casualidad, dicen. Aunque no sea cierto, lo que sí es cierto es que un cúmulo de casualidades tan convenientes con la Ley de rendimientos decrecientes ya sí que no cuela.

Entonces, ¿de dónde vendrá, si no, ese gas que a Europa le falta desesperadamente? Algunos dicen que de Nigeria, un país enorme, rico en recursos pero con su enorme población (200 millones) sumida en la pobreza. El gas que los nigerianos no consumen deberá circular a través de un gasoducto que, para evitar países conflictivos, dará una sorprendente vuelta de miles de kilómetros por la costa occidental africana. Más kilómetros igual a más estaciones de control y de bombeo, más mantenimiento, más gasto. ¿Será Nigeria un suministrador fiable? Un país exportador de petróleo que ya tiene problemas de queroseno para sus vuelos domésticos, un país desangrado por eternas guerras y por el control de los recursos. Otro plan perfecto.

En realidad, no hay una solución a corto plazo al problema del gas ruso, pero eso en Europa ya lo saben. Y cuando apuestan por el Midcat y por las infraestructuras gasísticas españolas, están pensando a más largo plazo. Están pensando en el hidrógeno verde, el gas combustible que deberá sustituir al gas natural. Y ojo que aquí el aroma colonial empieza a atufar.

De nuevo, los medios, empresarios y políticos saludan al hidrógeno verde como la gran solución, el gran futuro de la energía, la gran tecnología salvífica. Nada más lejos de la verdad. Para empezar, conviene recordar que el hidrógeno verde no es una fuente de energía sino un vector: se produce consumiendo electricidad (verde, es decir, renovable) para separar el oxígeno del hidrógeno en la molécula de agua. Es un proceso intrínsecamente poco eficiente por razones termodinámicas: en las mejores plantas de electrólisis, una vez contabilizado todo el gasto energético (el de la electricidad, el de calentar el agua a 80ºC…) el rendimiento se sitúa alrededor del 50%. Es decir, que la mitad de la energía que se usa en producir hidrógeno se pierde, inevitablemente, como peaje impuesto por la Segunda Ley de la Termodinámica. Y nadie escapa a esta ley, ni siquiera en España.

Según el uso que se le dé a ese hidrógeno, se tendrán que añadir otras pérdidas; lo más ineficiente, el uso del hidrógeno en motores de maquinaria pesada como camiones, tractores, excavadoras, barcos… En ese caso las pérdidas totales rondan el 90%. La propia Estrategia Europea del Hidrógeno reconoce que Europa no podría ser autosuficiente con sus fuentes renovables para producir todo el hidrógeno que se necesitaría en una transición a este combustible.

También el informe del Grupo III del IPCC reconoce que la tecnología del hidrógeno no está madura para su implementación masiva. Pero eso no le importa a los amos del dinero, que necesitan que la megamáquina capitalista no pare, y si las leyes de la Termodinámica dicen que nanai y el hidrógeno verde no está listo, es igual, hay que tirar para adelante con lo que hay. Y que lo pague otro, claro.

Por ese motivo, el Gobierno alemán se ha lanzado a firmar contratos para garantizarse el suministro de hidrógeno desde otros países: Ucrania (antes de la guerra), Marruecos, Chile, Namibia, Congo… En todos los casos se trata de proyectos empresariales auspiciados y respaldados por el gobierno alemán en persona. El plan de Alemania está claro: a medida que la energía escasee, se tiene que garantizar que al corazón de Europa llegue combustible suficiente para no detener la actividad industrial teutona. Un pensamiento simplista que asume la estabilidad de otros factores, incapaz de ver que un mundo en declive energético no podrá garantizar la seguridad del suministro del vital hidrógeno hasta Frankfurt.

Pero hay un plan B. Suele haber un plan B. Como comentábamos al principio, los líderes europeos han decidido que la Península Ibérica aporte su potencial energético para alimentar a Europa. Básicamente, que el plan colonial de saqueo energético, vía hidrógeno verde, que Alemania quería imponer a otros países fuera de la UE se aplique también a los países del sur de Europa. Al igual que Europa, España no podría cubrir sus necesidades energéticas con el hidrógeno verde que puede producir, pero a pesar de ello el plan es que lo exportemos a Europa. Esto le da una nueva visión, siniestra, a los fondos NextGeneration con los que se está financiando el actual aluvión de proyectos renovables en España: se trata del establecimiento de una administración colonial, que de facto nos convierte en ciudadanos de segunda, con menos energía y con menos agua, porque el consumo de agua de las plantas de electrólisis no es despreciable en un país hídricamente estresado como el nuestro. Y nuevamente, medios, empresarios y políticos españoles (o quizá deberíamos decir coloniales) dan palmas puestos en pie.

Algunos «expertos» –del mismo nivel que los que aseguran que jugárselo todo a tecnologías de captura y secuestro de carbono en la cuestión climática es una jugada sensata– y periodistas de prestigio auguran un futuro maravilloso para España, uno en el cual nuestra privilegiada posición y el excedente energético que, presumen, disfrutaremos gracias a las renovables nos colocarían en una posición de relativo privilegio. Lo que esos «expertos» no quieren comprender es que España –el país europeo con mayor riesgo de desertización– ya está en proceso de conversión a colonia energética, una que en realidad huele a sequía, a desierto y a espejismo fugaz de progreso por empecinarnos en defender un modelo suicida que se va a ir cobrando más y más territorios de sacrificio.

Si no hay un cambio de modelo hacia el decrecimiento redistributivo, por todas las limitaciones del modelo que se quiere implementar, es difícilmente evitable que el caos climático y la desertificación acaben convirtiendo a España en la nueva Argelia del Norte de Europa. Es lo que pasa cuando dejas que el mundo se pudra poco a poco, que algún día te toca.

Fuente: CTXT (https://ctxt.es/es/20220601/Firmas/39888/Juan-Bordera-Antonio-Turiel-Alfons-Perez-escasez-energetica-Espa%C3%B1a-Alemania-hidrogeno-verde-Ucrania-Argelia.htm)

 

Sobre colonias energéticas y otras hipérboles peligrosas

El artículo que nos ocupa ha despertado nuestras alarmas porque desarrolla el marco perfecto para un enfoque que todavía no está presente en España de modo reseñable, pero muy pronto puede estarlo: el del nacionalismo energético de corte reaccionario

Xan López / Emilio Santiago / Héctor Tejero 13/06/2022

En las primeras líneas de un artículo reciente, «España, colonia energética del norte de Europa», Antonio Turiel, Juan Bordera y Alfons Pérez animaban a sus lectores a desmentir que el titular elegido era una hipérbole o una exageración. Creemos que podemos dar una alegría a los compañeros, pues ellos mismos reconocen que nada les haría «más felices que estar errados». El comienzo del texto parece un caso claro de excusatio non petita, accusatio manifesta. Calificar a España de futura colonia energética del norte de Europa es exactamente una hipérbole especulativa, una exageración algo tremendista hecha desde presupuestos cuestionables. Lo problemático no es recurrir a la hipérbole. La intervención política siempre hace uso de figuras retóricas efectistas, y seguramente nuestro contexto mediático nos fuerza a ello hasta el abuso. La cuestión es si el recurso estilístico elegido es útil o contraproducente. Qué marcos de interpretación social alimenta y cuáles tapona.

Este debate creemos que tiene sentido porque tanto los firmantes de dicho artículo como el de este compartimos unos fines de transformación social muy parecidos, una sociedad sostenible y justa (y por tanto poscapitalista, ecosocialista, ecofeminista… añadan el sustantivo de alta intensidad ideológica que más les motive) aunque difiramos en los medios para conseguirlo. Esto es, el caso de este texto se enmarca en una polémica más amplia sobre cómo debe el ecologismo social actuar políticamente en la coyuntura actual.

Antes de proseguir, reconocemos que el artículo enfoca asuntos graves que son de alto interés. La transición energética en España está sujeta a múltiples tensiones, conflictos y decisiones que van a marcar unas décadas profundamente decisivas. Específicamente, es meritorio animar a reflexionar sobre cómo puede impactar cualquier modelo de desarrollo masivo del hidrógeno verde en un país con un fuerte estrés hídrico, ya muy tensionado por las demandas de agua de la industria agroalimentaria, y que el cambio climático solo va a empeorar. También queremos destacar como positivo que, con todos sus problemas, el horizonte de debate «colonia energética» se antoja mucho más afinado a la plausibilidad histórica de lo que viene que el horizonte de debate de esa otra hipérbole peligrosa con mucha presencia en el debate público ecologista, el «colapso». Solo estirándolo hasta volverlo irreconocible, un futuro energéticamente colonial se deja pensar con las adherencias ideológicas y las significaciones políticas que cualquier uso riguroso del término colapso lleva consigo.

Dicho esto, pensamos que la tesis fundamental que defiende el artículo no se sostiene. Y no lo hace al margen de si los datos técnicos que maneja sobre las posibilidades de importación de GNL son correctos o no. Se trata de un asunto de otra naturaleza. Como suele ocurrir, el problema con este tipo de discursos no es si las previsiones cuantitativas de sus escenarios de futuro son más o menos exactas, sino el modo automático y mecanicista en que esas previsiones se proyectan en acontecimientos muy definidos y prepolíticamente determinados. Es el salto fallido de lo biofísico a lo social lo que chirría de sus planteamientos.

Es fundamental tener en cuenta las leyes de la termodinámica en el análisis social porque marcan tendencias de onda muy larga sobre limitaciones materiales generales que el marco categorial de la economía neoclásica obvia, dando lugar a aporías ecológicamente negligentes. Pero a medida que bajamos de la mirada macroscópica y nos centramos en los complejos aspectos de lo social y sus detalles, la termodinámica nos aporta cada vez menos. Y desde luego, no nos dice apenas nada interesante del tipo de coyunturas políticas que pueden convertir a un país en un Estado fallido (un colapso) o de modo menos drástico, en una colonia energética.

En el caso de este artículo, el salto fallido de lo biofísico a lo social es especialmente llamativo porque no se sostiene ni en la inducción empírica más básica. El mundo, y Europa, está lleno de países que exportan energía y que solo con calzador podrían ser considerados colonias energéticas.  Noruega es un buen ejemplo: casi el 50% de sus exportaciones son gas y derivados del petróleo que van mayoritariamente a otros países de Europa. Difícilmente se puede considerar a Noruega «la Argelia escandinava». Lo que no significa que una estructura productiva como la noruega no sea problemática. Aunque su PIB es superior al del resto de países nórdicos, su complejidad económica es menor. Los países que se especializan en exportar un par de recursos naturales en detrimento de otros sectores corren el peligro de sufrir lo que en la jerga económica se conoce como «enfermedad holandesa»: el sobredesarrollo de un sector económico que puede terminar lastrando al resto y en última instancia a la economía en su conjunto, teniendo un efecto muy desequilibrante. La especialización de España en la producción y exportación de hidrógeno verde podría dar lugar a una situación así. Pero de ahí a convertirnos en una colonia hay un trecho.

Por hacer una analogía, diagnosticar que nos estamos convirtiendo en una colonia energética debe presuponer, en coherencia, que ya somos una colonia turística o agroalimentaria. Sin duda, nuestra inserción en la economía global a través de sectores como el turismo o la exportación de comida tiene consecuencias dañinas en nuestra estructura económica, que arrastramos desde hace demasiado tiempo: desde un mercado laboral con alta precariedad, marcado por una fuerte estacionalidad y condiciones de explotación inhumana de mano de obra migrante en el mundo rural, hasta una sobredotación de infraestructuras de transporte o un alto deterioro ecológico en algunas regiones españolas. Pero considerar todo ello el paisaje socioeconómico y político propio de una colonia es un maximalismo inconsistente. Especialmente sangrante en comparación con las viejas situaciones coloniales históricas y las nuevas situaciones coloniales que siguen hoy en día reproduciéndose en todo el globo. Creemos que resulta más adecuado, para poder tener un diálogo internacionalista honesto con nuestros aliados potenciales de los diferentes sures, rebajar un poco la intensidad semántica. El capitalismo es un sistema sacrificial, está en su misma lógica constitutiva destruir posibilidades de vida en favor del incremento de beneficios privados. Pero llamar por igual zona de sacrificio a una termoeléctrica que quintuplica la mortandad infantil en una región del sur global y a un macroparque eólico en una comarca de la España vaciada implica borrar demasiadas diferencias.

¿Alemania tiene interés en que España le venda energía barata? Sin duda. ¿Está España destinada a convertirse en una «colonia energética» del centro de Europa? Muy improbable. De hecho, esta energía barata también puede ser una oportunidad para reindustrializar el país. Lo que va a decidir entre una opción u otra no va a ser ni la geología, ni la termodinámica, sino la política (interna y externa). Y muy mala política puede hacer el ecologismo si ya asume de partida su incapacidad de acción histórica con fardos tan pesados. Una de nuestras principales discrepancias con la línea que suelen defender los autores del texto no es sobre sus diagnósticos técnicos, sino por cómo estos se presentan envueltos en eso que Thea Riofrancos ha llamado un «estado de ánimo». Esto es, un paquete de afectos, sesgos, pasiones o metáforas de naturaleza ideológica que sirve para interpretar los hechos y sus posibilidades. Y que siempre apunta en una misma dirección que, seguramente sin pretenderlo, tiene efectos profundamente despolitizadores. O, cuanto menos, «malpolitizadores» si se nos permite el neologismo. Por norma general, al ecologismo influido por este tipo de enfoques le es mucho más fácil imaginarse organizando una supuesta resiliencia comunitaria ante el colapso que imaginarse desarrollando acciones de gobierno transformadoras mientras se hace fuerte en el Estado. Le es más fácil imaginar la colonización energética de España que el empoderamiento de un proyecto de transición energética que sirva para resituar nuestro papel en Europa y el mundo en clave de sostenibilidad y justicia social.

El artículo que nos ocupa ha despertado nuestras alarmas porque entre lo que deja entrever, un cierto deje conspiranoico («plan alemán de saqueo energético», «dimensión siniestra de los fondos Next Generation», «cúmulo de casualidades convenientes», etc.), y lo que calla (no ofrece ninguna alternativa efectiva más allá de un llamado al «decrecimiento redistributivo»), desarrolla el marco perfecto para un enfoque que todavía no está presente en España de modo reseñable, pero muy pronto puede estarlo: el del nacionalismo energético de corte reaccionario. Y es cuanto menos inquietante que compañeros que luchan por un mundo sostenible y justo le faciliten una pista de aterrizaje conceptual. Conocemos el trabajo comprometido de Antonio Turiel, Juan Bordera y Alfons Pérez en los ámbitos científicos y militantes, y sabemos que no es ni mucho menos su intención alimentar a los monstruos reaccionarios que habitan en este interregno entre dos mundos que nos ha tocado habitar. Pero en una coyuntura histórica en la que Le Pen ha obtenido el 40% de voto en segunda vuelta prometiendo, entre otras medidas, desmontar parques eólicos, poner el acento en un relato de asalto a la soberanía nacional por parte de un poder colonial alemán que mueve en la trastienda los hilos de la transición energética renovable es reforzar un discurso cuya salida no va a ser, ni de lejos, un cuestionamiento decrecentista del modelo de desarrollo. Lo que hay al final de un camino pensado así es una regresión reaccionaria en clave nacionalista que, por cierto, ya tiene raíces solidas en las geografías rurales más abandonadas del país. Un proyecto reaccionario que va a encontrar en las resistencias locales a la transición energética una nueva fuente de agravios frente a las imposiciones del «cosmopolitanismo verde y urbanita».

Si la hipérbole de la colonia energética resulta especialmente desafortunada es por cómo encaja como un guante perverso, precisamente, en el marco de los conflictos y las resistencias territoriales a la implantación de las energías renovables que hoy están teniendo lugar. Que son, al mismo tiempo, un marco de lucha tan justificado y legítimo como preñado de peligros.

La crisis climática nos pone y nos pondrá ante encrucijadas y decisiones complejas. La transición ecológica a la que aspiramos quiere mejorar la calidad de vida de la gran mayoría de personas del mundo y hacerlo de forma compatible con los límites planetarios. Pero llegados al punto de crisis ecológica en el que estamos, una parte de esa transición ecológica supone sustituir unos impactos ambientales que ya han rebasado límites por otros en los que aún hay mucho margen. Es fácil pensar en una transición ecológica sin costes ni resistencias ni impactos, pero eso no significa que no sea un simple deseo irrealizable. Es en el contexto de una crisis climática aterradora y esta lógica de sustitución de impactos ambientales en la que hay que situar el hecho innegable de que las energías renovables no son inocuas. Su impacto ambiental y social es alto, tanto en las instalaciones mismas como en los tendidos eléctricos, así como en la minería que alimentará esta nueva infraestructura técnica. Esto, que sería así en cualquier sociedad imaginable, se multiplica porque en el capitalismo las energías renovables sólo se despliegan asociadas a procesos de acumulación de capital, que se rigen por la obtención de beneficios y no por la satisfacción de necesidades. Procesos de acumulación indisociables de formas de violencia social más o menos suavizadas: explotación laboral, reordenamiento de los usos del suelo vía expropiación, externalizaciones económicas negativas, impactos ambientales, plusvalías especulativas… En un país como España, con un oligopolio eléctrico tan poderoso y un caciquismo local que se nutre mucho de corruptelas urbanísticas, la transición a las renovables puede convertirse en una barra libre de abusos. Por ello los contrapesos en forma de lucha territorial bajo el lema «renovables sí pero no así» tienen algo de buena noticia.

Pero al mismo tiempo esas resistencias territoriales a las renovables pueden suponer el caldo de cultivo perfecto para un proyecto político de impugnación general de la idea de transición ecológica justa en defensa de la continuidad del capitalismo fósil y la apuesta por el renacer nuclear. Esto en una década en la que ya no nos podemos permitir, climáticamente, más retrasos. Ese proyecto existe y está a un par de piezas de terminar el puzle de época y ponerse a liderar los descontentos que las renovables están generando. Nos asusta que un concepto tan hiperventilado como el de «colonia energética» lleve las aguas de los imaginarios colectivos hacia esos molinos. Porque además, y aquí creemos que hay otra diferencia fuerte de nuestros planteamientos respecto al de los autores del artículo, pensar que revelar la insostenibilidad del capitalismo nos acerca siquiera un milímetro a superarlo es una pura ilusión. Compartimos la idea fuerte de que una sociedad sostenible habrá mandado el capitalismo a un museo de los horrores pasados. Pero limitarse a impugnar el sistema capitalista con fraseología abstracta cuando tenemos a nuestras espaldas la experiencia dolorosa y amarga de más de 170 años de luchas socialistas fallidas, que movilizaron una cantidad de talento teórico y práctico tan brillante como colosal, y un poder organizativo mayúsculo, nos parece cuanto menos ingenuo. Señalar el capitalismo no es ningún gesto de inteligencia radical, es una obviedad. Lo que nos exige nuestro tiempo es pensar en pasos concretos y políticamente factibles para ir desmontando algunas lógicas capitalistas desde una más que evidente desigualdad en la correlación de fuerzas. Una correlación que, esperamos, comience a cambiar en nuestro favor a medida que acumulemos victorias tangibles e ilusionantes.

Finalmente, y por impulsar el debate en un tono constructivo, nos parece mucho más interesante políticamente explorar no las posibilidades del agravio nacionalista entre países europeos, sino las posibilidades de la colaboración. La solidaridad europea, con la imposición fanática de la ortodoxia económica, no cuenta con precedentes recientes que inviten al optimismo, cierto. Pero es igual de evidente que tampoco estamos ya en el mundo de 2008 y que los márgenes para otro tipo de relaciones intereuropeas están abiertos.  Los retos actuales (cambio climático, pero también la pandemia y otros efectos boomerangs por venir de eso que hemos dado en llamar Antropoceno) requieren respuestas globales. Y eso abre una condición de posibilidad para organizar un internacionalismo tan real como efectivo. Esto es así, seguramente, por primera vez en la historia, en el sentido de que nunca en la historia nuestros problemas habían empujado materialmente hacia soluciones de orientación socialista de un modo tan claro. Por supuesto esta inscripción socialista de las soluciones técnicamente efectivas no garantiza la política socialista, esta se juega en otros campos. Pero nos lo puede poner un poco más fácil a la hora de articular respuestas inspiradas en principios de cooperación y planificación.

En un paper científico, firmado junto a otros compañeros de su equipo en el año 2012 y titulado «A global renewable mix with proven technologies and common materials», Antonio Turiel afirmaba que la interconexión geográfica entre naciones era uno de los pilares de una matriz energética renovable, con materiales abundantes y tecnologías probadas, que fuera capaz de ofrecer un consumo energético no muy distinto aunque algo menor del actual siempre y cuando se asumieran los principios de una economía de estado estacionario y un alto grado de colaboración internacional. Por mucho que las cosas hayan podido empeorar en estos diez años, tampoco se trata de un escenario completamente refutado. Prueba de ello es que otros autores del mismo artículo, como Antonio García Olivares, siguen considerándolo técnicamente viable. Lo que diferencia a uno y a otro es una cuestión que tiene que ver más con estados de ánimos ideológicos y sus respectivas hipótesis políticas. Y como la política siempre tiene algo de performativo, de profecía autocumplida, para iluminar este momento de peligro, que diría Benjamin, y sacar de él su mejor promesa, nos parece mucho más sugerente apropiarnos de la posibilidad utópica ecosocialista de una interconexión energética renovable vertebrando una Europa poscrecimiento que de una ofensa nacionalista cimentada en proyecciones lúgubres de las sin duda muy mejorables relaciones de poder vigentes en la Unión Europea neoliberal.

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Xan López (activista de Contra el Diluvio), Emilio Santiago (investigador del CSIC) y Héctor Tejero (diputado de Más Madrid en la Asamblea de Madrid).

Fuente: CTXT (https://ctxt.es/es/20220601/Firmas/39952/colonia-electrica-energia-luz-ecologismo-nacionalismo-renovables.htm)

 

El Green New Dilema y el ángel de la historia

En busca de respuestas: una respuesta a una respuesta

Juan Bordera / Antonio Turiel 24/06/2022

Hace unos días publicamos en CTXT un texto que tuvo muy buena acogida titulado «España, colonia energética del norte de Europa». Sin embargo, a tres compañeros (Xan López, Emilio Santiago y Héctor Tejero) les pareció necesario contestarnos en este otro texto. Vayan por delante tanto nuestro agradecimiento por tomar en cuenta la importancia de los temas que tratamos, como nuestra sorpresa ante las formas y el tono de la respuesta, que usa un lenguaje cargado de acusaciones.

En esta respuesta a la respuesta vamos a tratar de evitar caer en ese tono, aunque no sin hablar claro de lo que aquí, creemos, está pasando. A veces se usan palabras muy gruesas para atacar una parte del discurso con la intención de compensar los vacíos, sabedores quizá, de que las otras partes son irrebatibles. Pero, tal y como reconocen los tres autores, lo que nos une es mucho más grande que lo que nos separa y el problema que nos ocupa es enorme y urgente.

Nuestro artículo exponía una serie de verdades simples y comprobables:

Una, España no podrá nunca recibir suficiente gas natural licuado como para poder abastecer el consumo actual de Centroeuropa. No es posible, no hay suficiente gas licuado en el mundo ahora ni lo habrá nunca.

Dos, los planes de que España exporte a Europa en el futuro hidrógeno verde no tienen ningún sentido: la propia Estrategia Europea del Hidrógeno (documento de la Comisión Europea) reconoce que Europa no puede autoabastecerse de hidrógeno verde, y España tampoco. El informe del Grupo III del IPCC publicado en abril dice textualmente que la tecnología del hidrógeno verde no está madura para su implementación masiva. No puede haber una industrialización masiva, ni de España ni de Europa, vía el hidrógeno verde.

Tres, la idea repetida desde instancias europeas en las últimas semanas de que España debe ser la fuente de energía de Europa y exportar hidrógeno verde hacia el interior del continente, por lo expuesto en el punto anterior, solo se podría conseguir depauperando energéticamente a España con la excusa de la «solidaridad». No tenemos suficiente energía como para autoabastecernos de hidrógeno, ¿qué pasará si encima exportamos?

Cuatro, si delante de estos hechos evidentes Europa insiste en que les debemos exportar hidrógeno (a pesar de que nos empobrecería energéticamente, a pesar de que incrementaría nuestro estrés hídrico, a pesar del enorme despliegue de instalaciones y ocupación del territorio que se requeriría), nuestra conclusión es que Europa nos quiere tratar como a una colonia energética, un territorio subordinado para mayor gloria de la metrópolis, y en línea con lo que Alemania ya está fraguando en sus acuerdos comerciales sobre hidrógeno verde en África. Hechos ya documentados por muchas otras fuentes y a los que hay que añadirles un dato a modo de coda.

Coda: España es el país europeo con mayor riesgo de desertificación. Habitamos el país europeo que más debería alzar la voz contra las propuestas gatopardistas que buscan cambiar algo para que nada cambie realmente. Somos el país que más va a sufrir si no se produce un giro de 180 grados en cómo se concibe el sistema socioeconómico, sea colonia o no. Un país que debería ser más valiente que otros, y quizá en no atreverse a serlo se encuentre uno de los principales motivos de que esa izquierda que tanto les preocupa a Emilio, Xan y Héctor no levante cabeza, pero ese es otro tema.

Volvamos a la réplica: en ella, sus autores manifiestan una preocupación por «qué marcos de interpretación social alimenta y cuáles tapona» nuestro texto. Una frase perfecta para introducir el debate que de fondo se está dando entre los dos textos, aunque se quiera obviar: el debate sobre Green New Deal (GND) y decrecimiento. Que no es un debate falso ni nada que se le parezca: es un debate imprescindible.

Emilio Santiago en solitario, en este otro texto mucho más respetuoso y lúcido, argumenta que ambas partes están condenadas a entenderse –algo que uno de nosotros ya argumentó hace un par de años aquí–, pero hay una clave que omite: el Green New Deal está asegurado; el Decrecimiento –lo que la teoría económica defiende–, no.

En el hipotético caso de llegar a un mundo de reparto de la riqueza, de reducción del uso de materiales y de energía pero también de la jornada laboral, habrá que haber pasado por una transición energética de emergencia que se puede asimilar a lo que algunos defienden como GND, pero al revés no está garantizado. Lo que la élite va a defender como GND no incluye las ideas decrecentistas ni por asomo, que son las que habrá que pelear (incluso en el foro económico mundial).

Por eso nuestro texto trata de taponar el marco sobre el cual se asienta el GND, por ser un marco fértil para grandes empresas y fondos de inversión, que va a hacer que la transición más crucial de la historia de la humanidad se acometa con la misma mentalidad que ha generado el problema. Y que podríamos definir como «tecno-optimismo en busca del beneficio a corto plazo». Suerte para quién pretenda argumentar que el GND puede realmente escapar a esa mentalidad.

Además, la réplica está plagada de falacias. Vayamos por las más graves:

La comparación con Noruega: en el artículo se intenta ridiculizar el argumento de España como colonia energética con un argumento tramposo que es la base de su razonamiento: que hay otros países que exportan energía y eso no les convierte en colonias, para el cual usan el ejemplo de Noruega. La cuestión de fondo es que se usa un argumento que no es el nuestro para ridiculizar el todo. Una falacia de la simplificación en toda regla.

De un plumazo, la amenaza de la desertificación, las lógicas en las que está inserta España en la Unión Europea, o el convertirnos en territorio periférico de sacrificio, como lleva advirtiendo la antropóloga Yayo Herrero mucho tiempo, desaparecen del texto –muy convenientemente– para los autores de la réplica.

Nosotros no hablamos de colonia simplemente por exportar energía, hablamos de colonia porque estamos a expensas de lo que se decida desde unas posiciones de poder y desde unos intereses que no tienen arraigo alguno en el territorio, y a las que no les va a importar seguir con recetas que, al no cuestionar el modelo, en ningún caso podrán evitar que lleguemos a 3ºC de aumento de temperatura para fin de siglo, como ya pronostican los autores del IPCC. 3ºC, que en la Península Ibérica serían cerca de 5ºC. Territorio prácticamente inhabitable. Noruega no tendrá esos problemas en sus latitudes y tiene el mayor fondo soberano del mundo. Las comparaciones son odiosas, más aún cuando son tan convenientes.

Otra crítica que es cuanto menos curiosa es la denuncia de que nuestro texto puede alimentar a proyectos «nacionalistas energéticos de corte reaccionario». La comparación con Le Pen tiene la misma validez que aquella que buscaría atacar a los vegetarianos porque Hitler supuestamente lo fue. Es decir, cero. No tiene sentido.

Por supuesto que se puede criticar el modelo actual de implantación de energías renovables sin que esto te convierta en reaccionario. Por supuesto que se pueden buscar fórmulas comunicativas para que la problemática llegue también a gente más hacia el centro o incluso a la derecha.

Porque lo más llamativo es que esa argumentación antipopulista la hacen dos miembros del proyecto político que se autodenomina Más País. Un proyecto político que, con sus aciertos y sus errores, no solo no escapa de esas formas que sus autores ven en nuestro texto, es que directamente son las suyas.

Aprovechando que los autores han decidido citar a Walter Benjamin, al final de su texto, citaremos uno de los párrafos más conocidos y visionarios del autor alemán: «Hay un cuadro de Klee que se titula Angelus Novus. Se ve en él un ángel, al parecer en el momento de alejarse de algo sobre lo cual clava su mirada. Tiene los ojos desorbitados, la boca abierta y las alas extendidas. El ángel de la historia debe tener ese aspecto. Su rostro está vuelto hacia el pasado. En lo que para nosotros aparece como una cadena de acontecimientos, él ve una catástrofe única, que arroja a sus pies ruina sobre ruina, amontonándolas sin cesar. El ángel quisiera detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo destruido. Pero un huracán sopla desde el paraíso y se arremolina en sus alas, y es tan fuerte que el ángel ya no puede plegarlas. Este huracán lo arrastra irresistiblemente hacia el futuro, al cual vuelve la espalda, mientras el cúmulo de ruinas crece ante él hasta el cielo. Ese Huracán es lo que nosotros llamamos Progreso».

Y con esto llegamos al final, a la parte del artículo más atroz: «El artículo que nos ocupa ha despertado nuestras alarmas porque deja entrever un cierto deje conspiranoico». Aquí está la clave del texto. Si se busca hacer de menos a nuestro artículo, solo se puede hacer buscando engrandecer pequeñas disputas, ridiculizando matices, porque en el grueso del texto no pueden más que coincidir. ¿Pero sabéis cuál es el verdadero motivo de que nos acusen de despolitizadores, reaccionarios o conspiranoicos? Pues que en el fondo es la única manera que tienen de disimular sus propios desengaños. Donde ellos ven conspiraciones nosotros vemos el simple devenir del capitalismo, ese al que el Green New Deal es tan funcional.

Donde ellos ven simples molinos eólicos, nosotros vemos gigantes, sí, pero gigantes transnacionales y fondos de inversión tratando de exprimir al territorio todo lo que puedan. Quijotesca denuncia la nuestra. Aunque somos los primeros que hemos reconocido que «algún macroparque habrá que hacer», pero, por favor, no desde la mentalidad equivocada.

Los autores, eso sí, al menos reconocen lo siguiente sobre el modelo de renovables que se pretende implementar: «Al mismo tiempo, un marco de lucha tan justificado y legítimo como preñado de peligros».

Benjamin, a través de su Angelus Novus, habría mandado sin duda al Green New Deal a las ruinas de la historia, por considerarlo parte de ese huracán que convino en llamar «progreso» y que nos está enterrando a cámara lenta, aunque de momento el espejismo aguante.

El mismo autor también dejó escrito sobre el ascenso del nazismo en el siglo XX: «Nada ha corrompido tanto a los obreros alemanes como la opinión de que estaban nadando con la corriente. El desarrollo técnico era para ellos la pendiente de la corriente a favor de la cual pensaron que nadaban».

El Green New Deal y el Decrecimiento no son tan diferentes, si se sabe de lo que se habla. Y están condenados a entrelazarse. Pero es clave buscar una salida del imaginario tecno-optimista que lo domina todo, es clave huir del mito del progreso que no nos deja ver más allá, y es clave que abandonemos la fe en el crecimiento perpetuo en un planeta finito. Solo uno de los dos términos sirve para esas tres batallas cruciales para las que ya no queda apenas tiempo.

Fuente: CTXT (https://ctxt.es/es/20220601/Firmas/40039/green-new-deal-tribuna-debate-ecologismo-energia-gas-natural.htm)

Foto de portada: El gasoducto Midcat en construcción, publicada en el primer artículo de esta serie.

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