Wolfgang Harich: ¿retorno a Babeuf o a Diógenes de Sínope?

Francisco Fernández Buey

El 25 de agosto de 2022 hará diez años del fallecimiento de Francisco Fernández Buey. Se están organizando diversos actos de recuerdo y homenaje y, desde Espai Marx, cada semana a lo largo de 2022-2023 publicaremos como nuestra pequeña aportación un texto suyo para apoyar estos actos y dar a conocer su obra.

Reseña publicada en Askatasuna, 22/V/1979. Firmada como Eloy Seguí.
Eloy fue uno de los nombres de clandestinidad del autor, nombre también de su hijo, el escritor y profesor Eloy Fernández Porta.
El libro reseñado está disponible gratuitamente en nuestra biblioteca digital Els arbres de Fahrenheit.

 

Entre los libros marxistas últimamente traducidos al castellano hay uno que destaca por la fuerza de sus sugerencias y la claridad de las propuestas alternativas. Me refiero al de W. Harich, ¿Comunismo sin crecimiento? publicado por la editorial Materiales de Barcelona. Libros así prueban, si es que hacía falta, que el marxismo no es solo decadencia y que los muertos matados por los profesores burgueses y los partidos socialdemócratas siguen gozando de buena salud.

W. Harich es uno de los filósofos más conocidos de la República Democrática Alemana. Como recuerda M. Sacristán en una aguda y polémica introducción, entre sus trabajos destacan varios sólidos ejercicios de crítica literaria, un ensayo crítico del neoanarquismo surgido de las ilusiones del Sesentayocho y una serie de artículos sobre estalinismo y filosofía que le costaron años de cárcel en la década de los cincuenta. Desde entonces para acá Harich ha descubierto la necesidad de tener en cuenta la crisis ecológica desde un punto de vista comunista basado en el marxismo y ha optado por un análisis y un programa que trata de complementar lo rojo y lo verde en un discurso verdaderamente sugestivo que apunta a la urgencia objetiva de la revolución ecológico-social.

Partiendo de los datos aportados por los dos primeros informes del Club de Roma y de la reflexión de ecologistas y biólogos sobre la progresiva deteriorización de la base natural de mantenimiento de vida humana, Harich llega a las conclusiones siguientes. Primera: que el trabajo de generalización y la investigación interdisciplinaria, frente al idiotismo pseudoespecialista, es hoy una cuestión de vida o muerte para el pensamiento social y el movimiento revolucionario. Segunda: que el alud demográfico de las últimas décadas exige tomar medidas antinatalistas tanto en los países industrialmente avanzados como en los países subdesarrollados y, por tanto, recuperar «el núcleo racional» de las teorías de Malthus integrándolo en el marxismo. Tercera: que el carácter limitado de los recursos naturales, la degradación del medio ambiente y los peligros de una catástrofe ecológica implica necesariamente una revisión o reconsideración del marxismo clásico.

Esta revisión del marxismo clásico (del marxismo de Marx y del leninismo), además de tener en cuenta a Malthus, se articula en una serie de sugerencias de las cuales las más importantes serían: 1) renunciar al progresismo de la llamada revolución científico-técnica que pone sus esperanzas en el desarrollo ilimitado de las fuerzas productivas y optar, en cambio, por la limitación del crecimiento; siempre a condición, por supuesto, de que la limitación del crecimiento y de los consumos vaya precedida por la revolución social, esto es, por el paso a una sociedad comunista; 2) renunciar, en consecuencia, a la idea marxiana y leniniana de un comunismo de la abundancia en el que serían satisfechas todas las necesidades. Frente a eso Harich postula una sociedad comunista de la escasez, con un crecimiento equilibrado y en la que el valor dominante sería el igualitarismo radical (de ahí la vuelta a Babeuf y a los ideales del grupo de «los iguales»); 3) renunciar a los últimos restos de libertarismo en el marxismo y, en consecuencia, a la idea de la extinción del Estado. Pues la sobrepoblación, la escasez de recursos y la necesidad de igualar las necesidades de los pueblos del Norte y del Sur, del Este y del Oeste implicaría un gobierno comunista mundial, el cual previsiblemente tendría que adoptar medidas autoritarias anticonsumo, traslados masivos de población y represión de ciertas necesidades creadas artificialmente por el crecimiento imperialista de las últimas décadas. El comunismo, en suma, «no sería ningún paraíso, sino solo un hogar de racionalidad ecológica con una justicia social estricta.»

Justificando esa revisión y esas conclusiones Harich argumenta que en los próximos tiempos, dada la escasez de recursos energéticos y alimenticios en particular, así como la internacionalización de todos los problemas sociales, los trabajadores de los países altamente industrializados se verán en la disyuntiva de apoyar la nuclearización y la esquilmación de los países del Tercer Mundo impuestos por ese comité central de la burguesía mundial que es la Trilateral, o impulsar un nuevo internacionalismo cuyo objetivo sería luchar contra la carrera armamentística, contra el peligro de nuevas guerras imperialistas, contra la desposesión de los derechos de los pueblos del Tercer Mundo, contra el hambre, contra el desempleo, contra la inflación, contra la destrucción del medio ambiente y contra el derroche de recursos que es característico de las metrópolis.

La forma en que se presenta el libro, como entrevista en la que el entrevistador, un militante socialdemócrata alemán, va discutiendo cada una de las principales afirmaciones de W. Harich, da mayor fuerza a la argumentación y hace su lectura apasionante. Pero al final del mismo el lector rojo muy probablemente se hará algunas preguntas que el autor solo bordea: ¿quiénes son hoy los sujetos interesados en una revolución ecológico-social particularmente en los países capitalistas?, ¿no choca ese modelo de comunismo austero, de la pobreza, de los sacrificios, con el progresivo rechazo del trabajo y con las necesidades que parecen hacerse dominantes en los trabajadores de los países industrializados? Y sobre todo: ¿es posible llamar comunista a una sociedad en la que, junto a la igualdad, sigue existiendo el estado, el poder político,y con él la opresión y el autoritarismo?

Harich sigue pensando que el sujeto de la revolución es el proletariado industrial clásico y su instrumento los partidos surgidos de la tradición de la III Internacional; critica el «eurocomunismo», pero parece creer que los partidos leninistas ortodoxos siguen siendo ahora la palanca esencial para la transformación social. Y en este sentido es reveladora su defensa a ultranza de las líneas generales de la política interior y exterior de los poderes del Pacto de Varsovia. Sin embargo, el hecho de que prácticamente no se haga ni mención de la política pronuclear de la Unión Soviética ni se tome en consideración el posible papel de los trabajadores de los países postcapitalistas en la revolución parece indicar una reserva mental imposible de compartir, salvo que el autor parta de la hipótesis de la proximidad de un conflicto nuclear entre los Estados Unidos y la Unión Soviética en cuyo caso habría que inclinarse por lo menos malo o renunciar a intervenir políticamente.

Pero si, como algunos pensamos, en la actual guerra de posiciones en el plano mundial el cerco recíproco a que se someten los dos principales contendientes va a prolongarse –sin descartas guerras propiamente dichas en los países dependientes con intervención directa o indirecta de los Estados Unidos y de la Unión Soviética–, entones no hay por qué imitar todavía a Diógenes de Sínope haciendo el papel del cínico sino seguir trabajando en la reconstrucción del movimiento comunista. ¿Cómo?

Tratando de extraer enseñanzas del pasado reciente (por ejemplo, ampliando el lugar de negar los elementos libertarios del movimiento obrero), reflexionando sobre las necesidades complementarias de los campesinos y trabajadores de los pueblos del Tercer Mundo con las de los sectores más oprimidos de los países capitalistas y postcapitalistas (a sabiendas de que la aristocracia obrera ha crecido cuantitativa y cualitativamente tanto en unos países como en otros) y actuando consecuentemente contra lo poderes que en los países dominantes tratan de imponernos con la energía nuclear y las tecnologías destructores de la base natural de la vida humana una sociedad más policíaca, mas militarizada, más autoritaria. Y eso tanto en el Este como en el Oeste.

Foto de portada: Wolfgang Harich en su apartamento.

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