Una lectura republicana de El Capital

Salvador López Arnal

Sobre El orden de El Capital. Por qué seguir leyendo a Marx, de Carlos Fernández Liria y Luis Alegre Zahonero

 

El orden de El Capital (ODEC), el último libro de Carlos Fernández Liria (CFL) y Luis Alegre Zahonero (LAZ) se abre con una dedicatoria: “A los comunistas”. Toda una declaración que merece el agradecimiento de cuantos formamos parte de esa admirable tradición. Su contenido, eso sí, interesa, debe interesar a gentes y estudiosos de muy diversa condición y orientación política y filosófica.

Prologado por Santiago Alba Rico, ODEC consta de una Introducción y de dos grandes secciones, así como de un apéndice –“Breve apunte como prevención a posibles malentendidos”- de obligada lectura, y una bibliografía casi inabarcable. No existe índice analítico y nominal, probablemente por decisión de los propios autores.

La primera parte, “Rescatar a Marx del marxismo”, otra declaración de intenciones, tiene como subtítulo “Consideraciones sobre el Índice de El Capital, el Prefacio de 1867 y el Epílogo de 1873”, y está formada por tres capítulos: “El problema de la teoría del valor”, “El Prefacio al Libro I (1867): la normalidad de la ciencia”, y el “Epílogo al Libro I (2ª edición alemana, 1873): la dialéctica”.

La segunda parte, más voluminosa que la primera, el doble aproximadamente, lleva por título “El orden de El Capital. Capitalismo, mercado y ciudadanía en la sociedad moderna” y está formada por diez capítulos. Cito algunos de ellos a título de ejemplo: ““Economía”: la ciencia buscada”, “Derecho, mercado y sociedad moderna”, “El valor”, “El plusvalor”, “Apropiación mercantil y apropiación capitalista”, “La reproducción del sistema”, “Ciudadanía y clase social”.

¿De qué se trata, qué pretende esta nueva aproximación al clásico del revolucionario de Tréveris? En la contraportada del volumen se apuntan algunos de los objetivos perseguidos. Sucintamente: tal como han insistido en la mayoría de sus publicaciones conjuntas, CFL y LAZ creen que para establecer o reestablecer un diálogo entre marxismo e Ilustración es preciso repensar la articulación de la tríada Mercado, Derecho y Capital, reconstruyendo para ello el concepto de ciudadanía. El marxismo, la tradición marxista, conocida tesis de los autores, no pudo haber hecho peor negocio que regalar a adversarios y enemigos el concepto de Estado de Derecho, al tiempo que se enredaba en la tarea, que los autores consideran insensata, de inventar, generar o construir un “hombre nuevo”, una “construcción” que pretendía ir más allá del concepto de ciudadanía. Era una vía alocada de muy triste balance. Lo razonable hubiera sido demostrar (y acaso mostrar), por una parte, la incompatibilidad del capitalismo realmente existente con los principios jurídicos del Estado civil republicano, y, por otra, la plausible y consistente realización de esos principios en un marco donde imperasen las condiciones socialistas de producción. En síntesis, el capitalismo es contradictorio con el Estado civil republicano y éste es, en cambio, con el socialismo, no precisamente con el socialismo (ir)real, con el que fuera el socialismo realmente existente.

La cuestión es entonces: ¿es esa tesis, la defendida por los autores, una concepción que beba de las fuentes marxianas y marxistas? Para CFR y LAZ, responder a este interrogante exige una lectura en su conjunto de la obra de Marx. La tarea emprendida, la finalidad de su investigación, es mostrar que El Capital, su estructura, sus grandes tesis, sus hipótesis, sus conceptos fuertes, sus teorías explicativas, son de hecho incomprensibles sino ininteligibles si arrancamos a Marx de la tradición republicana. Por el contrario, “los más famosos enigmas y las cuentas pendientes de esta obra inacabada adquieren una nueva luz si se restituye al pensamiento de la Ilustración el papel que a él le corresponde”. Complementariamente a ello se trata también de “ofrecer una lectura fácil y sin presupuestos de los tres libros de El Capital, mostrando su cada vez más inquietante inquietud”. Dos, o algún cardinal mayor, en uno. Más (y Marx) con menos. Los propios autores lo señalan así en el Apéndice de su obra: “Aquí termina lo que consideramos que ha sido una lectura republicana de El Capital. Somos muy conscientes de lo mucho que nos hemos alejado de algunos tópicos que han marcado siempre la interpretación de Marx. La paradoja gratificante en la que desembocamos es que, según creemos, el resultado se parece mucho más a Marx de lo que suele ser habitual. Y aunque bien podría haber ocurrido lo contrario, resulta que desde esta perspectiva salen a la luz más motivos que nunca para seguir siendo marxistas” [el énfasis es mío]

Pues bien, pretendo dar cuenta en sucesivas entregas de algunas de las tesis más centrales que vertebran este estudio, uno de los más grandes ensayos escritos en nuestro país sobre el gran clásico de las tradiciones emancipatorias. Deseo ahora destacar un nudo, que creo altamente significativo, un nudo que, digámoslo epistemológicamente, pertenece a la génesis, al contexto del descubrimiento. Tomo base pata ello en el excelente, en el también imprescindible prólogo, que Santiago Alba Rico ha escrito para El orden de El Capital.

Este libro, señala el autor de Capitalismo y nihilismo, estaba supuestamente terminado en el verano de 1999. Fue entonces cuando CFL le anunció a Santiago Alba Rico que había firmado un contrato con Akal para su publicación. “Ello era el resultado de un proyecto que se había convertido en una obsesión desde los tiempos en los que juntos habíamos publicado Dejar de Pensar y Volver a pensar, empeñándonos en reivindicar el marxismo justo cuando, en el corazón de los años ochenta, todo parecía venirse abajo para esta tradición. Teníamos que explicar en definitiva que había tantas razones para seguir leyendo a Marx como razones había para seguir combatiendo el capitalismo”.

Sin embargo, el volumen que CFL había preparado en 1999 iba a tener que esperar aún… ¡otros diez años de gestación! ¿Qué, por qué? Justo cuando lo tenía listo para la edición, un alumno de CFL “llamado Luis Alegre Zahonero descubrió un pequeño hilo suelto en su argumentación y, tirando de él, el libro entero se deshizo en mil retales que había que volver a componer. El problema era, además, que para componerlo, había que emprender una discusión precisamente en el terreno en el que Marx no paró toda su vida de moverse: el mundo de la economía”. Lo pequeño, el pequeño hilo en este caso, no sólo es hermoso sino que puede ser altamente peligroso… o beneficioso, según se mire. La dialéctica nos enseña a ver la inexistencia de contradicciones donde no hay tales sino engañosa apariencia.

Ni a CFL ni a LAZ, ni tampoco a SAR, les resultaba fácil emprender esa tarea sin ayuda. Pero, en 1999, “en el marco de las primeras movilizaciones estudiantiles contra la mercantilización de la Universidad, Luis Alegre comenzó a trabajar estrechamente con Economía Alternativa (grupo estudiantil muy activo que se había formado con profesores como Xabier Arrizabalo, Diego Guerrero o Enrique Palazuelos)”. Con buenas razones, prosigue SAR, “LAZ repite con frecuencia que este libro es en gran medida una defensa del derecho a considerar estrictamente marxista el enfoque de una investigación como la que se recoge en Ajuste y salario (Madrid: Fondo de Cultura Económica, 2009)”. Antes de ello, “tras una interminable correspondencia entre CFL y LAZ, decidieron reemprender juntos la redacción del libro”.

¿Cuál fue el hilo descubierto? El problema, señala SAR, surgió “en torno al concepto de “precio de producción”, pero afectaba a la interpretación del orden interno de todo El Capital”. No descubramos acontecimientos por ahora. Digamos tan sólo que la historia de esta aproximación al clásico marxiano es muy paralela a lo acontecido con la obra del propio Marx. Sabe a él desde su cocina. También aquí el rehacer, el revisar lo ya hecho tras años de trabajo, conduce a grandes resultados y también aquí el papel de las movilizaciones sociales, estudiantiles en este caso, crearon una atmósfera intelectual donde las “grandes esperanzas”, políticas y teóricas, tenían la sal de una tierra que ha sido muy fértil

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Una lectura republicana de El Capital (II).

Contra las entregas estúpidas y desinformadas

En el prólogo, en el magnífico prólogo que ha escrito para El orden de El Capital (ODEC), Santiago Alba Rico habla de un momento muy inquietante, en el Libro III de El Capital, en el que “Marx nos dice que si las mercancías se vendieran a sus valores, quedaría abolido todo el sistema de la producción capitalista, de manera que puede interpretarse que la teoría del valor resulta incompatible con lo que ocurre en la realidad”. Lo de menos, prosigue SAR, es que “Marx vaya a demostrar, quizás, que esto solo ocurre “en apariencia”, porque, en el fondo, la teoría del valor sigue cumpliéndose de todos modos”; lo inquietante, remarca el coautor de El naufragio del hombre, es que “Marx diga a continuación que si del hecho demostrado de que “las mercancías no se venden a sus valores” hubiera que concluir “que la teoría del valor es falsa”, resulta que la conclusión no sería que la teoría del valor es falsa, sino que el capitalismo es incomprensible” [el énfasis es mío].

Tiene razón sin duda Santiago Alba Rico cuando señala a continuación que esa “forma de argumentar tiene algo de extravagante”. Lo parece ciertamente. Lo mismo ocurre en otro pasaje no menos inquietante. Justo en el momento en que Marx “acaba de demostrar que la tasa de ganancia tiende a igualarse para todos los sectores con independencia de lo intensivos que sean en mano de obra y todo hace pensar que la fuente del plusvalor ya no es el trabajo y que, por consiguiente, la teoría del valor deja de cumplirse”, Marx infiere, señala Alba Rico, que, “si esto fuera así (y lo inquietante es que acaba de demostrar que es así), “desaparecería todo fundamento racional para la economía política””.

Ni más ni menos. Sin teoría del valor no hay posibilidad de entender nada. Si los hechos empujan o empujaran a hacernos pensar que la teoría está extraviada, no sería el caso entonces, como parece popperianamente razonable, que tal conjetura fuera falsa o que quedara herida de muerte “sino que la realidad es incomprensible”. ¡Qué pensaría el otro Karl, el de Conocimiento objetivo, si pudiera levantar de nuevo la cabeza aunque fuera unos instantes! ¿Existe algún caso otro similar en el ámbito del conocimiento positivo? No parece que la respuesta, prima facie, pueda ser positiva. ¿Estamos aquí entonces ante una clara muestra de insensatez epistémica marxiana? Por qué entonces, sigue preguntándose el autor de Noticias, Marx está tan seguro de que “no se puede renunciar a la teoría del valor incluso cuando acaba de demostrar él mismo que la teoría del valor no se cumple”. ¿Será que en el fondo sí se cumple?, ¿será que es posible encontrar la ley de transformación de valores en precios?

Este fue, señala el prologuista, el camino que siguió la tradición marxista con el famoso problema de la transformación. Resumiendo y esperando no desvirtuar: las mercancías se venden a un precio que es proporcional al capital invertido, pero la teoría del valor ”exige que los precios sean proporcionales a la cantidad de trabajo que ha intervenido en su fabricación”. A partir de este punto, la tradición no ha cesado de intentar encontrar un procedimiento capaz de transformar los valores en precios. Usó para ello, una dialéctica que normalmente ha jugado “con lo que ocurre “en apariencia” y lo que ocurre “en el fondo”. En este género de argucias teóricas –esencia/apariencia, fondo/superficie, forma/contenido.- se han escondido a menudo auténticos trucos de prestidigitación que permitían al marxismo decir lo mismo y lo contrario al mismo tiempo con tan solo sacarse de la manga dos (o tres) niveles de análisis”.

Ataviados falsamente de una supuesta (e imprecisa) lógica dialéctica, “estos recursos se convirtieron en una continua estafa científica”. El libro de CFR y LAZ, anuncia Santiago Alba Rico, reserva al lector/a una buena sorpresa al respecto. ¿Qué sorpresa? La siguiente: lo que sus autores vienen a demostrar “es que el problema que estaba en juego en esa tozudez marxiana por ligar la economía a la teoría del valor no tenía que ver con el asunto de que ésta se “cumpliera” o no se “cumpliera” en la determinación de los precios” sino que tenía que ver más bien, nada más y nada menos, “con la delimitación del objeto de estudio de la Economía y, en concreto, con la forma en la que hay que pensar la articulación entre Mercado y Capital, por una parte, y entre Derecho, Ciudadanía y Capital, por otra”. De este modo, podía ser perfectamente falso que el valor-trabajo fuera el determinante último de los precios, sin que, con ello, la teoría del valor tuviera que ser rechazada ya que “podría ocurrir muy bien que la determinación de los precios no fuera ni mucho menos aquello para lo que la teoría del valor resulta imprescindible”.

Podría ocurrir muy bien que lo que se jugara en esa teoría fuera más bien la posibilidad de constituir un objeto científico propio para la economía política, de tal modo que sin ella, sin la vigencia de la teoría del valor, la Economía misma se convirtiera en una estafa gnoseológica. Podría ocurrir, prosigue Alba Rico, que la economía no pudiera sino plantear mal todas las preguntas sin una previa aclaración sobre la relación entre Mercado, Capital y Ciudadanía, sin una comprensión clara de la articulación de la sociedad moderna cuya “ley económica fundamental” trató Marx de esclarecer.

El panorama descrito es excelente, prometedor, estimulante. ¡Qué más podemos pedirle a un prólogo y a su autor sino que nos describa con mimo los olores de una degustación apetecible! Vale la pena ver todo esto con más detalle. Veamos, transitando por esa misma línea, lo que los autores señalan en la Introducción de su ensayo (páginas 17-27).

¿Qué es el capitalismo?, se preguntan. Parece fácil la respuesta, pero “una vez formulada la pregunta, no podemos dejar de reconocer que no tiene una fácil respuesta”. Las Facultades de Ciencias Económicas se van transformando progresivamente en escuelas de administración de empresas o de técnicas de mercado, en “ciencias” -¡que algún Dios gnoseológico nos proteja!- empresariales o para futuros empresarios y directivos. Prácticamente ha desaparecido el espacio teórico e institucional para preguntar qué es eso del capitalismo. Por ello, señalan CFL y LAZ, “necesitamos más que nunca volver a leer a Marx”. Si Marx ha unido su nombre al de otros grandes autores del pensamiento universal ha sido por lograr formular, respecto a un terreno que había permanecido inexplorado hasta el momento, una pregunta tan desconcertante como las preguntas que se formula la física u otras disciplinas teóricas. Por ejemplo, qué es el infinito o qué es un conjunto en el caso de las ciencias matemáticas.

A pesar del ambiente neoliberal académico (los planes de Bolonia intentan ejercer también su mando pragmático y autoritario en esta plaza), los autores creen que “la pregunta por la consistencia interna del capitalismo, tal como la formula Marx, se está abriendo paso como a codazos y, de un modo inesperado, se está produciendo una significativa recuperación del interés por El capital”. Para CFL y LAZ, volver la mirada hacia Marx para que, entre otras cosas, nos ayude a entender las dimensiones reales de lo que está cayendo y como está cayendo, “exige rescatar su obra de ese corpus que generalmente se reconoce como ‘marxismo’ […] y que, en realidad, no es más que el producto de una doctrina de Estado que se fue configurando al agitado ritmo de las decisiones políticas, sin hacer concesiones al sosiego, la tranquilidad y la libertad que requiere el trabajo teórico”.

Esta es una de las primeras tesis que los autores defienden y formulan con claridad cartesiana: leer fructíferamente a Marx exige desgajarlo de ese corpus de falsas doctrinas que ha sido llamado “marxismo” y que, en su opinión, no es sino una ideología o una doctrina de Estado que seguramente sirvió para encubrir, con ropajes la mar de aparentes en ocasiones, acciones, posicionamientos y reflexiones poco transformadores. Para CFL y LAZ, uno de los efectos más desastrosos que tuvo para la tradición marxista revolucionaria “este modo de establecer su versión oficial”, quizá fuera el haber regalado a la ideología liberal, y a sus activas prolongaciones actuales, “los conceptos fundamentales de la tradición republicana”. El negocio no pudo ser peor para las tradiciones emancipatorias, no sólo para el marxismo claro está, ni más redondo y rentable para la ideología (neo)liberal. ¿Por qué? Porque ”no hay nada mejor para defender la postura propia que presentarla indisolublemente unida a ciertas aspiraciones irrenunciables de la humanidad… sin apenas oposición, el liberalismo económico logró con gran habilidad defender de un modo verosímil la perfecta unidad entre libertad, derecho y capitalismo como ingredientes imprescindibles de la Sociedad moderna”.

El “argumento liberal” es resumido por CFL y LAZ en los dos pasos siguientes: 1. Tras siglos de represión y persecución político-cultural, la sociedad moderna surgió de la renuncia a imponer prescripciones vinculantes generales a partir de una consideración fundamental: nadie tiene derecho a imponernos qué debemos creer o hacer en contra de nuestra propia voluntad. En realidad, “el proyecto de fundar un Estado de derecho consistiría ante todo en romper con las ataduras y servidumbres ancestrales” que prescribían obligatoriamente para todos qué se debía pensar, qué se debía hacer, qué se debía decir y en qué se debía creer. 2. En el ámbito económico, el anterior principio “nos llevaría de un modo automático a establecer una esfera del intercambio en la que nadie tuviera derecho a inmiscuirse en los acuerdos que se alcanzasen entre particulares (siempre, claro está, que no supusieran una amenaza para terceros)”. Para los autores de ODEC, el resultado de aplicar el principio de libertad civil a la esfera económica “conduciría a un mercado generalizado en el que cada uno pudiese perseguir libremente su propio interés… a un sistema de mercado guiado por la obtención de beneficios y, por lo tanto, a un sistema capitalista”. Dicho más sucintamente: sobre la base del principio de libertad civil, “se obtendría, por un lado, el concepto de Estado de derecho y, por otro, el concepto de capitalismo”. Ambos –Estado de Derecho, capitalismo- formarían parte inseparable del mismo sistema, la “sociedad moderna”. De este modo, defender uno -el Estado de derecho- exigiría defender al mismo tiempo el otro -el capitalismo-. Dos al precio de uno; no uno sin el otro.

En la lectura tradicional, el Estado de derecho constituiría la negación de las comunidades cerradas, opacas y excluyentes, dando lugar a una sociedad marcada por el egoísmo individualista que, sin embargo, y eso se formulaba con énfasis tomando pie en pasajes del Manifiesto Comunista, constituiría un progreso respecto a la etapa anterior. Pero, claro está, quedaba pendiente el (tercer) momento (dialéctico-sintético) de la negación de la negación. Con ella, “se recuperaría una densidad comunitaria y una consistencia moral tan impecable que perfectamente se podría prescindir del Derecho; una sociedad, en definitiva, tan felizmente marcada por el compromiso comunitario que pudiese por fin prescindir del sistema individualista de conceptos que caracteriza a la sociedad burguesa, es decir, ese sistema integrado por derecho y capitalismo”. Era el comunismo, la finalidad esencial de la tradición marxista y de otras tradiciones emancipatorias.

¿En qué medida participa Marx de este modo de pensar?, se preguntan los autores. ¿Es así como razona en El capital?, ¿derecho y capitalismo son dos caras inseparables de la misma moneda?. No es el caso en su opinión. En absoluto. Para CFR y LAZ, “la crítica de Marx a la sociedad moderna está realmente muy lejos de compartir por completo la columna vertebral de la ideología liberal”, su crítica a la economía política constituye ante todo –que no es poco- una impugnación del lugar teórico que el liberalismo asigna a cada concepto. Los autores van a defender no sólo que, a partir de Marx, Derecho y capitalismo, están lejos de ser caras afables e interrelacionadas de la misma moneda, sino que más bien “constituyen dos elementos radicalmente incompatibles entre sí… lo que la obra de Marx vendría a demostrar es más bien que el concepto de capitalismo es radicalmente incompatible con los principios más básicos del Estado civil”. Ni más(Marx) ni menos: capitalismo versus Estado de Derecho. No uno con el otro.

Actualmente, prosiguen CFL y LAZ, es ya posible y necesario aprender a leer El capital de un modo que permita distinguir, como ya se apuntó, la teoría de Marx “de todas las modificaciones realizadas por la ideología de Estado que cristalizó en su momento con el nombre de ‘marxismo’”. Para ello, sostienen, hay que analizar con todo detalle el orden de El capital, entendiendo por ello, la estructura teórica de la obra y, con ello, “la estructura política que se analiza por medio de ella”.

La tarea ciertamente, reconocen CFL y LAZ, no está exenta de problemas. Un ejemplo nuclear. Marx comienza El capital con un análisis del concepto de mercancía y, por lo tanto, de la idea de mercado. En el marco de la sociedad moderna, no cabe entender por mercado nada más que un espacio de confluencia entre sujetos jurídicamente reconocidos como libres e iguales que negocian entre sí para intercambiar bienes de los que son legítimamente propietarios. La idea de mercado de la que parte El capital (y en la que se basan conceptos tan centrales como el de ‘valor’) toma pie en principios jurídicos como los de Libertad e Igualdad. A partir de ahí, tras la primera sección del libro I, recuerdan los autores de Comprender Venezuela, pensar la democracia, Marx parece ir deduciendo el resto de los conceptos que necesita poner en juego para sacar a la luz las leyes que rigen la sociedad capitalista. Sin embargo, “ya desde la segunda sección, surge la necesidad de dar cuenta de la compatibilidad de los nuevos conceptos que van surgiendo con los conceptos que, correspondientes a la idea de mercancía, sirvieron como punto de partida”. Esta cuestión, señalan, requiere una pormenorizada investigación.

Está hecha, la han realizado, es el libro que tenemos entre manos (y que debería estar ya cerca de sus ojos). Hay algo, sin embargo, matizan, que puede ya adelantarse: de cómo se interprete el orden de El capital, su estructura teórica, dependerá en gran medida “la relación que quepa localizar entre derecho y capitalismo”. Si fuera posible deducir el capitalismo a partir de los conceptos que toma Marx como punto de partida, habría que admitir que los conceptos de libertad e igualdad bastarían para derivar de ellos las leyes de la sociedad moderna. De este modo, todos los intentos de interpretar el orden de El capital como un mero despliegue -en clave dialéctica o no- del contenido de la sección primera, “compartirían en gran medida el modo como la sociedad moderna se cuenta a sí misma la relación que hay a su base entre derecho y capitalismo”. Conscientes del difícil camino que se proponen transitar, CFL y LAZ apuntan algunas objeciones a las que quieren adelantarse desde el primer momento “ya que, honestamente, consideramos que se deben más bien a un malentendido y, sin embargo, sabemos con certeza que se van a presentar”.

La primera de las acusaciones, de las potenciales acusaciones, que consideran completamente infundada es la que los considere autores neorricardianos en vez de marxistas, confundiendo el concepto de valor que defienden con el del gran Piero Sraffa, el gran amigo y compañero de Antonio Gramsci, el máximo exponente del planteamiento neorricardiano, “es algo tan desatinado como confundir el concepto de valor que utiliza Marx con el de Ricardo”. Grandes economistas del siglo XX cometieron este error, señalan: Schumpeter consideraba que la teoría del valor de Marx era en lo esencial idéntica a la de Ricardo. Pero existe en su opinión una diferencia irreductible que tiene que ver “con la función fundamental que se asigna en cada caso a la teoría del valor”. Ricardo construye el concepto de valor como una teoría de la determinación de los precios, “de las proporciones de intercambio entre las mercancías individuales”; para Marx, por el contrario, la teoría del valor “constituye ante todo una herramienta imprescindible para el análisis de la distribución social y de la asignación global entre las clases”.

La segunda objeción, igualmente potencial, a la que se enfrentan es la que consideraría antimarxista el uso que hacen del concepto de equilibrio. El concepto de ‘equilibrio’ o ‘equilibrio general’ ha sido siempre denostado en la tradición por el uso que hace de él la economía neoclásica. Para hacerse cargo de la hostilidad que genera este modo de proceder que arranca con Walras, los autores nos remiten al artículo que escribieron Freeman y Carchedi en el libro, por ellos mismos editado, Marx and non-equilibrium economics: ‘The psychopatology of Walrasian marxism’. “Esa psicopatología sería un asunto muy grave en nuestro caso”, señalan. No obstante, añaden, “es obvio que en El capital opera algo al menos análogo al concepto de equilibrio”. Marx muestra que la sociedad capitalista no está nunca ni puede estar en equilibrio. Sin embargo, prosiguen, “sí es necesario en el planteamiento de Marx algún concepto que nos permita saber en qué sentido presionarán los correctivos del mercado en cada una de las situaciones de desequilibrio que, en efecto, constituyen la realidad”. Sólo es posible, concluyen, saber en qué sentido “presionarán los correctivos” si se acepta la validez de “algún concepto al menos análogo al de previsible (aunque siempre irreal) equilibrio en un sistema de competencia dado”. Nada de todo esto implica afirmar, remarcan CFL y LAZ, “que la realidad esté realmente en algún momento en equilibrio”.

El capital, recuerdan CFL y LAZ, no es una obra terminada. Excepto el libro primero, el resto quedó, a la muerte de Marx, pendiente de publicación. Fue tarea de Engels, una inmensa tarea, casi inabarcable para un ser humano en solitario. El siglo y medio de controversias interminables respecto a los mismos temas, señalan finalmente CFL y LAZ, “dan también buena muestra de la oscuridad que existe en algunos puntos, y seguir disimulando para intentar que no se note es algo inaceptable desde el punto de vista tanto de la verdad como de la justicia”. La fecundidad de la teoría marxista seguirá cercenada, en su opinión, “mientras se sigan disimulando las dificultades, rellenando con propaganda los huecos del desarrollo científico, realizando deducciones confusas y fingiendo que se entienden con total claridad, colocando gráficos allí donde faltan conceptos y presentando como certezas absolutas las tesis más dudosas”.

La primera parte del camino emprendido, que lleva por título “Rescatar a Marx del marxismo. Consideraciones sobre el índice de El capital, el Prefacio de 1867 y el Epílogo de 1873”, se abre con “El problema de la teoría del valor” y con una mirada sobre Marx “como el Galileo de la historia”. Habrá que proseguir, pues, por senderos galileanos. Ya Marx apuntó que sus dos héroes favoritos eran Espartaco y un corresponsal del descubridor de las manchas lunares, Johannes Kepler.

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Una lectura republicana de El Capital (III).

Diálogo crítico con Joseph A. Schumpeter.

La primera parte de El orden de El Capital (ODEC) lleva por título, significativo título desde luego, “Rescatar a Marx del marxismo”. Volveremos sobre ello. Como subtítulo: “Consideraciones sobre el índice de El Capital, el Prefacio de 1867 y el Epílogo de 1872”. Tres capítulos la forman: I. “El problema de la teoría del valor”. II. “El Prefacio al Libro I (1867): la normalidad de la ciencia” y III. “El Epílogo al Libro I (3ª edición alemana, 1873): la dialéctica”. Nos referiremos al primero de ellos. Largo y denso capítulo, forzosamente seremos injustos con sus contenidos que aparecen estructurados en tres apartados y un apéndice: 1. Marx como el Galileo de la Historia. 2. Marx juzgado economista. 3. Observación y teoría. El lugar de la teoría del valor en la arquitectura de El Capital. El apéndice: “Marx y Hegel: la crítica al empirismo”.

Comenzar comparando a Marx con Galileo, señalan CFL y LAZ, “implicaría haber tomado ya algunas decisiones sobre los aspectos más relevantes de su obra”. Supondría, sobre todo, “resaltar el hecho de que, a partir del momento en que el proyecto teórico Marx se encuentra más consolidado, su trabajo no parece desenvolverse en el marco de una discusión interna a lo que solemos entender por historia de la filosofía”. A partir de 1845, tras redactar con Engels una demoledora crítica del universo filosófico alemán, “Marx ya no se volverá a sentir muy interesado en discutir con filósofos”. Hasta el año de su muerte, Marx “parece más bien haber encontrado sus interlocutores naturales en lo que hoy puede considerarse la historia de la economía”. Por su intervención en la arena de la economía es “por lo que podría tener sentido compararle con un científico como Galileo” en lugar de con un filósofo como Hegel o Feuerbach.

Ciertamente, admiten, esta peculiar evolución de la obra marxiana “fue vivida por el propio Marx como una especie de fatal contratiempo”. Citan a este respecto el conocido paso de una carta a Engels de 2 de abril de 1851: ‘voy tan adelantado que, en cinco semanas, habré terminado con toda esta lata de la economía (…). Esto comienza a aburrirme. En el fondo, esta ciencia no ha hecho ningún progreso desde Smith y Ricardo, a pesar de todas las investigaciones particulares y frecuentemente muy delicadas que se han realizado’. Después del latazo económico, el entusiasta lector de Goethe pensaba dedicarse a cosas de mayor interés.

Sin embargo, recuerdan CFL y LAZ, cuando se señala la pertenencia de Marx a la historia de la filosofía ese pertenecer es más bien esgrimido como prueba de que “no logró efectivamente establecer una ciudad científica que, en referencia al ‘continente Historia’, se sostuviese sólidamente sobre sus propios cimientos, unos cimientos que habrían sido, en efecto, de índole económica”. No es que la historia de la filosofía se haga eco de su aportación científica, como sería el caso de Galileo por ejemplo, sino que, “una vez que la Economía se ha desentendido por completo de Marx, su obra ha quedado aparcada en la historia de la filosofía como se abandona un coche usado en un desguace”.

Plantean los autores a continuación un interrogante político-histórico: podría ser, señalan, que “el destino de esta ciudad científica que prometía el marxismo haya estado ligado al destino político de las internacionales comunistas”. La derrota política de éstas habría dejado en ruinas, al mismo tiempo, “las incipientes construcciones teóricas de una civilización científica que podría haber llegado a ser y no fue”. Podría imaginarse, admitiendo la dificultad de la conjetura, una hipótesis de alto riesgo, reconocen CFL y LAZ, “que una monumental derrota de las revoluciones burguesas y de los movimientos políticos y económicos iniciados desde el siglo XVI hubiera, al mismo tiempo, acallado la voz de la naciente física moderna, de tal modo que sus cimientos hubieran dormido durante siglos, medio olvidados en una especie de medievo alargado, a la espera de que se construyeran sobre ellos todas esas instituciones y universidades en las que investiga, enseña, trabaja y almacena su información la comunidad científica actual”. ¿Nos encontramos ante un caso similar respecto a lo que Marx intentó fundar?

No cabe aquí dar detalle de su detallada respuesta ni comentar la metodología usada –“sería preciso, ante todo, retrotraer la cuestión al terreno en el que este pensador trabajó y ver qué es lo que actualmente se levanta sobre él”-, baste con señalar algunos apuntes del desarrollo realizado:

La Economía, las ciencias económicas establecidas en las Universidades, no se ocupan prácticamente de Marx. Uno de los manuales más clásicos de las licenciaturas fue el conocido ensayo de Paul Samuelson, Economía. El parágrafo que el Premio Nobel –de quien los autores valoran grandemente un artículo de 1971 sobre la noción marxiana de explotación (edición castellana de 1975)- dedicaba, en 1970, a la obra ‘económica’ de Marx constaba de cuatro párrafos. La discusión queda abortada nada más comenzar: “Marx no dice en absoluto lo que Samuelson dice que dice”.

Marx, en general, no forma parte de lo que estudian y discuten los economistas. Hay excepciones. J. A. Schumpeter es ejemplo conocido. CFL y LAZ le dedican un prolijo apartado. La razón de su interés: “si la fórmula que convierte a Marx en un Galileo de la Historia ha de resultar acertada, la cosa tendría que ser probada en el terreno en el que Marx trabajó de forma incansable, es decir, en la discusión con los economistas”. Para ellos, no hay ninguna duda de que “si Marx resucitara en el siglo XXI volvería a poner manos a la obra en ese mismo terreno, y probablemente repetiría su diagnóstico de 1851, declarando que ‘esta ciencia no ha avanzado ni un paso desde Smith y Ricardo’. Lo que la presentación de Marx por parte de Schumpeter tiene de excelente es ante todo “la manera en la que sitúa su obra en un plano de normalidad científica”.

Para enmarcar la discusión, CFL y LAZ esgrimen documentadas tesis epistemológicas y de historia de la ciencia. Estas por ejemplo: 1. Los intereses de clase que hayan circulado por las alcantarillas de la ciudad científica no pueden probar ni la veracidad ni la falsedad de una teoría, aunque sí puedan explicar –los autores advierten con impecable claridad: “pero eso es enteramente otra cuestión”- la adhesión científica a determinados errores tenaces. 2. La comunidad científica, y el Derecho en otro sentido, “es lo único de lo que podemos decir que, en el peor de los casos, no está del todo mal hecho. No se puede estar por encima de la ciencia sin caer, de inmediato, por debajo”. Ciencia y Derecho son las dos únicas cosas de las, en su opinión, puede decirse que progresan. Por ello, la más radical revolución, “no hace más que afianzar la normalidad”: una ciencia ‘revolucionaria’ que verdaderamente lo fuera no sería más que una ciencia completamente normal, y, al serlo, “denunciaría como ‘anormales’ a otras situaciones anteriores que se habrían tomado hasta entonces como normales”. La sombra de Kuhn (aunque no sólo) y la estructura de las revoluciones científicas es alargada y tenaz. 3. Dos siglos de desatinos han escarmentado ya bastante en la tradición marxista por lo que la disyuntiva que se impone es: “O Marx es, en algún sentido, un científico normal o es sencillamente un ideólogo en el peor sentido de la palabra”. Ser un ‘científico normal’, en determinados campos y ocasiones, puede ser políticamente muy subversivo. Los autores tienen en mente, no les faltan razones para ello, los nombres de Giordano Bruno, un “científico” ciertamente singular, Miguel Servet y el propio Galileo. Me permito sumar el nombre de Nicolai Vavílov. no espero ninguna objeción por parte de los autores. 4. Hay que añadir parece plausible pensar así desde luego, que en el terreno en el que la ciencia se ocupa de cuestiones sociales, políticas o económicas el problema anterior “se agrave especialmente”. Parece razonable pensar así.

Regresan los autores a Schumpeter. Admiten la relevancia de su énfasis en la teoría del valor de Marx pero niegan su afirmación sobre la identidad de las teorías de Ricardo y Marx en ese punto y discrepan de algunos comentarios del autor de Historia del análisis económico, una monumental obra de más de 1.300 páginas traducida al castellano por Manuel Sacristán, sobre la insustancialidad de las diferencias metodológicas de Ricardo y Marx. Meras apariencias.

Entran a continuación CFL y LAZ en esa teoría: “Lo primero que se nos dice es que esa teoría es, ante todo, una aproximación a los precios. No tiene ni puede tener otro sentido que el de dar cuenta del valor de cambio de las distintas mercancías individuales, o sea, de las proporciones relativas de intercambio de las diferentes mercancías entre sí. Según esta teoría, el valor de cada mercancía individual (es decir la cantidad de trabajo que ha sido necesario invertir en su producción), es lo que determina el precio al que se va a vender en el mercado. En este sentido sostiene que ‘el valor de cambio de los bienes producidos sería proporcional al trabajo empleado en su producción: no sólo en su producción inmediata, sino en todos aquellos implementos o máquinas requeridos para llevar a cabo el trabajo particular al que fueron aplicados’.

Es muy importante abrir aquí, señalan CFL y LAZ en el apartado 1.1.2.2, “un paréntesis para proporcionar una primera aproximación, aunque sea muy esquemática, de la idea de ese mercado en el que los productos se intercambiarían atendiendo a la ley del valor”. No se trata, advierten, de responder ya a la pregunta sobre el sentido de ese punto de partida: “se trata, simplemente, de delimitar con claridad la imagen de un mercado funcionando enteramente según los supuestos referidos de la ley del valor (es decir, según los supuestos que Schumpeter considera un desatino tomar como punto de partida)”.

El lector/a debe seguir aquí el detallado desarrollo argumentativo del ensayo. El punto final de su explicación: “De este modo, aquello que, mientras se respeten las condiciones supuestas, determina el movimiento real de las mercancías, el valor, resulta consistir en algo así como esto: la cantidad de trabajo (simple y abstracto) socialmente necesario cristalizado en una mercancía. El valor, aquello que permite igualar en este mercado ‘de laboratorio’ 30 varas de lienzo y 2 sacos de patatas, es, como nos dice Marx, una especie de gelatina de trabajo humano indiferenciado y abstracto. La ley del valor afirma, por tanto, que en el mercado siempre se intercambian cantidades equivalentes de trabajo humano (simple, abstracto y socialmente necesario)”.

El siguiente apartado lleva por título –“El juicio de Schumpeter y la sanción final ‘adversa a Marx’-. Con la explicación anterior es suficiente, señalan CFL y LAZ, para preguntarnos “qué sentido puede tener comenzar a ‘hacer economía’ partiendo de una definición de este tipo. Schumpeter no tiene al respecto ninguna duda: ‘todo el mundo sabe que esta teoría del valor es insatisfactoria’”. ¿Por qué? Este es su resumen: la teoría “no tiene aplicación alguna fuera del supuesto de la concurrencia perfecta, que de hecho, nunca se da”. Aún suponiendo esta, “no se cumple más que si el trabajo es todo de la misma especie y es, además, el único factor de producción”. Mirando las cosas desde la historia de la Economía, sostienen, la teoría del valor fue una especie de culo de saco: está muerta y enterrada.

Nos encontramos, pues, señalan de nuevo, con una paradoja insólita: Marx, el ‘mayor erudito de su época’, ‘un trabajador infatigable al que nada se le escapaba’, toma desde el principio de su obra “la peor de las decisiones: apuntarse al único camino teórico que no llevaba a ninguna parte”. Se apartó el ciudadano de Tréveris con este primer paso “de la línea en la que progresaba mientras tanto la historia de la economía, hasta su resultado actual”.

La resolución de la paradoja defendida por los autores es también tarea del lector. Un apunte para abrir el apetito -“En realidad, como vamos a ver, la interpretación del Libro I (y aún más del resto de El capital) depende directamente del papel que otorguemos a esta Sección 1ª [“Mercancía y dinero”, los tres primeros capítulos de El Capital] y, en consecuencia, de cómo interpretemos la decisión de Marx de adherirse a la teoría del valor”- y la tesis de Schumpeter que CFL y LAZ van a discutir a lo largo de su investigación: “’En la voluminosa discusión que se ha desarrollado acerca de ella [la teoría del valor] la razón no está, en realidad, toda de un lado, y los adversarios han usado muchos argumentos inadmisibles. El punto esencial no es si el trabajo es la verdadera ‘fuente’ o ‘causa’ del valor económico. Esta cuestión puede ser de interés primordial para los filósofos sociales que desean deducir de ella pretensiones éticas sobre el producto, y el mismo Marx no fue, por supuesto, indiferente a este aspecto del problema. Pero, para la economía, como ciencia positiva que tiene por objeto describir o explicar objetos reales, es mucho más importante preguntar cómo funciona la teoría del valor basada en el trabajo, en cuanto instrumento de análisis, y lo realmente objetable que se encuentra en ella es que funciona muy mal’. No hay que perderse, el aviso es en este caso totalmente innecesario, el desarrollo y comentario de los autores de la lectura schumpeteriana de la noción de explotación marxiana, de la teoría de la acumulación, de la conjetura sobre la pauperización creciente de la clase obrera y de su concepción sobre los ciclos económicos.

El siguiente apartado del capítulo lleva por título “Observación y Teoría. El lugar de la teoría del valor en la arquitectura de El capital” y se inicia con una nota… “Sobre el juicio a Galileo”. ¿Y a qué viene ahora hablar del juicio inquisitorial contra Galileo? Esta es la explicación de CFL y LAZ: “Esta digresión es, en realidad, vital para nuestros propósitos, no sólo porque queremos tomarnos en serio la posibilidad de considerar a Marx el Galileo de la Historia, sino porque sospechamos que si Schumpeter hubiera asistido al nacimiento de la moderna física matemática en el siglo XVI, habría argumentado contra Galileo del mismo modo que le hemos visto hacerlo contra Marx”. Quizás, prosiguen, este paralelismo pueda contribuir a aclararnos el sentido de esta supuestamente insólita decisión de Marx, quien en lugar de acumular ‘piedra y mortero’ en el terreno de lo empírico para, poco a poco, ir aislando regularidades y esbozando posibles leyes por inducción, ha decidido, de modo ciertamente chocante, anclar el punto de partida de la economía en una discusión metafísica con Aristóteles respecto a una supuesta ‘sustancia valor’ inobservable, y lo ha hecho, además, en un lenguaje marcadamente hegeliano, inspirado por la lectura de Hegel.

Nos adentramos, pues, en un nudo esencial de la historia de la ciencia y, si se quiere, de la política europea. Precisamente, sobre este momento decisivo, el historiador Antoni Beltrán, uno de los grandes especialistas mundiales en la obra del autor de Consideraciones y demostraciones matemáticas sobre dos nuevas ciencias, escribió hace años un libro inolvidable: Talento y poder. Un enorme ensayo que está a la altura del gran científico y filósofo pisano y de la infamia estudiada.

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Una lectura republicana de El Capital (IV).

Para alejarse de las (gnoseológicamente) viciadas y (polémicamente) estériles polémicas de la telebasura.

Lo que más popularmente se recuerda del juicio a Galileo, recuerdan CFL y LAZ, es que el científico pisano fue condenado por defender el heliocentrismo. En parte es cierto, sostienen, sin embargo esa visión “no da una idea de los términos en los que se desarrolló una polémica científicamente seria”. Su interpretación:

Con Galileo Galilei nacen las modernas ciencias experimentales y, sin duda, lo hacen contra el saber libresco y los formulismos conceptuales escolásticos. Pero lo curioso del caso, señalan, “es que lo hacen de un modo opuesto al que se tiende a imaginar”. En las discusiones en las que se ve envuelto Galileo, sus oponentes aparecen como defensores de la experiencia, e incluso de la experimentación, y a él se le acusa de ser un “reaccionario platónico empeñado en someter la libertad de los hechos a un mundo inteligible escrito con caracteres matemáticos”. En primer lugar, recuerdan, es preciso reparar en que el verdadero campo de batalla de la polémica sobre el heliocentrismo “no se localizó tanto en los cielos, como a ras de tierra, en el marco de la mecánica física”, dado que para hacer una defensa seria de la hipótesis copernicana, que no aspiraba a ser una mera conjetura matemático, un mero ejercicio útil para cálculos sin ningún pretensión explicativa de “lo real”, “era necesario replantear todo el asunto de las leyes del movimiento, como por ejemplo, la caída de los graves”. La respuesta a las objeciones ‘aristotélicas’ al heliocentrismo dependía enteramente del planteamiento de la ley de inercia. Para saber, señalan, “si Copérnico tenía o no razón, lo primordial era decidir si una bola que rodara por un plano en el vacío seguiría rodando indefinidamente”. Ese fue el lugar donde se centró la polémica y, éste es el punto destacado por CFL y LAZ, “lo curioso es que, en ese terreno, era la experiencia misma la que jugaba en contra de la futura ciencia experimental”

El siguiente apartado de este primer capítulo de la Primera Parte está dedicado a “Las raíces socráticas del método de Galileo”. En el terreno de los hechos, “desnudos”, adjetivan CFL y LAZ, “cualquier bola que lancemos por un plano va perdiendo velocidad hasta acabar por detenerse”. El descubridor de las manchas lunares no apela a la experiencia y realiza “un ejercicio enteramente platónico, mediante una especie de diálogo socrático”. El siguiente: se ha hablado de una bola que rueda; ahora bien, socratismo en estado puro, ¿qué es una bola?, ¿qué es rodar? “Lo primero ha de ser, en todo caso, clarificar (o en su caso construir) los conceptos con los que se va a trabajar”. Esta es la táctica, insisten los autores, “que Sócrates sigue siempre impertinentemente con sus interlocutores”: no dar por sentado, sin más consideraciones, que entendemos perfectamente los conceptos que se usan en un discusión intelectual.

Galileo, prosiguen, en la segunda jornada de su Diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo, procede de modo muy semejante a como opera Sócrates. CFL y LAZ destacan que lo que más llama la atención es que es Galileo “quien se niega en todo momento a recurrir a la experiencia”. No parte de bolas reales ni se dedica a medir sus desplazamientos o a calcular sus velocidades. De hecho, “Galileo parte de un concepto de bola físicamente imposible: no hay ni puede haber ninguna bola real que toque sobre ningún plano real en un solo punto (de modo que el rozamiento fuese cero)”.

De todo ello, infieren los autores conclusiones gnoseológicas e historiográficas de alta, de altísima tensión: 1. El punto de partida de Galileo no pasa por intentar describir los movimientos observables de las cosas; las bolas empíricamente observables se paran siempre. 2. Lo peculiar de su modo de proceder es “que en absoluto pretende aducir ningún ejemplo empíricamente observable en contra ni lo cree en absoluto relevante para defender la verdad de lo que está diciendo”. 3. Para que sus leyes y enunciados sean verdad basta con que valgan para la idea de bola. De este modo, “nos encontramos con que Galileo parte más bien de una idea, digamos, muy ‘metafísica’ de bola” (obsérvese: la sombra de Marx y los compases iniciales de El Capital empieza a entreverse). 4. Galileo no apela a la experiencia, o a la experimentación controlada, “ni siquiera en esas ocasiones en las que habría resultado fácil hacerlo”. De hecho, cuando un científico jesuita diseñó experimentos que no confirmaban las hipótesis galileanas y escribió al científico pisano dando cuenta de sus resultados, Galileo respondió a través de uno de sus discípulos y colaboradores, en tono ciertamente arrogante, que, en ese caso, peor sería para la experiencia. 5. El método ‘hipotético deductivo’ del que Galileo sería fundador, consistiría pues, en opinión de los autores, “en el empeño socrático de garantizar que no se va a cambiar de tema de una forma incontrolada”.

¿Dónde llegamos con este interesante desarrollo? Al punto siguiente: “Al empeñarse en hablar de lo que se habla y no de otra cosa, Galileo comienza planteando el caso de una bola que rueda en el vacío sobre un plano perfecto. Ningún escolástico de la época le niega que, en ese caso, la bola seguirá rodando eternamente. Lo que sí le niegan es que pueda tener sentido físico eso de comenzar haciendo física desde un presupuesto imposible físicamente, absolutamente irreal. Así pues, a Galileo se le acusa más bien de estar introduciendo presupuestos metafísicos a la base de un vasto conjunto de hechos empíricos que hacía ya muchas décadas que eran cada vez mejor ordenados y clasificados por la observación y la experiencia”. Se le acusa, pues, este el punto al que nos conducen, “de lo mismo, y en nombre de lo mismo (una ‘ciencia positiva’ que tiene por objeto ‘describir y explicar procesos reales’), que lo que hemos visto a Schumpeter esgrimir contra Marx”.

Sin duda, no hay cartas escondidas, la influencia de Koyré en la interpretación de los autores es punto a tener en cuenta. Y, desde luego, una vez aclarados los conceptos de esa ‘realidad ideal’ -conceptos sin duda muy ‘metafísicos’, señalan, ”pero que, sin embargo, evitan que mezclemos unos temas con otros sin ningún control”, este es el punto, la precisión, es imprescindible, claro está, comenzar a caminar hacia la ‘reconstrucción de la realidad empírica’.

Vuelven ahora a Marx y a su viaje “a los espacios ideales”. Schumpeter, recuerdan, reprocha a Marx que haya comenzado su investigación ‘haciendo metafísica’, estableciendo “una ley que sólo tenía sentido ‘físico o real’ en un caso hipotético que nunca se da y que, si llegara a darse, sería una mera excepción sin importancia”. Marx, como Galileo, no toma como punto de partida lo que encontramos en los ‘hechos’ de la realidad económica sino de un “concepto de riqueza y mercancía cuya validez, en efecto, no hace depender de las determinaciones que puedan corresponder a las mercancías empíricamente observables en la sociedad moderna”. Da la impresión, pues, de que todo el recorrido teórico de la Sección 1ª de El Capital, “hasta la formulación de la ley del intercambio de equivalentes en el mercado, se ha desarrollado sin excesiva atención a lo empírico”. Pero la decisión de Marx, contrariamente a las críticas de Schumpeter, es consistente y fructífera. “Entre los padres fundadores de la ciencia moderna, Galileo, Descartes, Gassendi, Torricelli, encontramos más bien la misma decisión”. Marx lanza desde el primer momento, insisten CFL y LAZ, “la consideración de qué es una mercancía a un espacio abstracto con la certeza de que esto nos resultará crucial para hacernos cargo de en qué consiste ese ‘mundo real’ en el que la riqueza se presenta como mercancía. El ‘viaje’ de Marx sirve, aquí también, para que el valor sea realmente el valor a la hora de aislar sus leyes”. Una vez de ‘vuelta’ al mundo real, concluyen, “podremos analizar qué ocurre con esas leyes al ser integradas con otras distintas y mucho más complicadas”.

Marx no ha procedido de muy distinta manera a cómo procedió Galileo cuando comienza El Capital analizando, “de un modo muy metafísico, las determinaciones que a priori debemos establecer y que corresponden, en la sociedad moderna, a conceptos del tipo ‘riqueza’ y ‘mercancía’, es decir, esas determinaciones que les corresponden necesariamente incluso con independencia de los movimientos empíricamente observables en las mercancías reales”. En la ‘circulación simple de mercancías’ de la que parte El capital, insisten los autores, nos encontramos con muy pocos elementos en juego, los mínimos imprescindibles. Así, pues, “Marx comienza reduciendo la riqueza a sus determinaciones fundamentales”. Cuando las unidades de esa riqueza cobran la forma de mercancía, “no sólo tienen un valor de uso sino, además, un valor de cambio (es decir, una determinada proporción en la que les resulta posible igualarse con otras mercancías)”. De nuevo vemos, insisten CFL y LAZ, “que no parte más que de esas determinaciones que ‘metafísicamente’ o ‘idealmente’ corresponden a las ideas que pone en juego (es decir, cuya validez no depende de nada empírico): tan imposible como pensar cuerpos inextensos es pensar mercancías sin valor de cambio”.

¿Qué papel juega “la naturaleza” en la determinación del valor de cambio? La naturaleza, obviamente, no tiene ni puede decir nada al respecto (cuanto menos directamente: puede “gritar” provocando catástrofes cuando la locura cambista y el deseo de apropiación trasgreden todo límite. También Marx vio ese nudo de la figura global). No es, pues, en las propiedades naturales “donde cabe buscar las razones de los intercambios, sino, exclusivamente, en sus ‘propiedades’ de índole social”. Lo que las cosas tienen de valor de uso “cabe descomponerlo, en efecto, en sus elementos de trabajo y naturaleza; y Marx considera fundamental partir de que la naturaleza, en principio, no puede exigir nada a cambio de lo que ofrece sin mediación humana”. Por consiguiente, la posible intervención de la Naturaleza en las relaciones de cambio entre los seres humanos “habrá, o bien que ponerla entre paréntesis, o bien, en caso de que resultara necesario introducirla, introducirla bajo la forma de una relación social relativa al derecho de propiedad (de la que, por tanto, habrá que dar cuenta no ya como una cuestión relativa a la naturaleza sino a la sociedad)”.

Concluyen CFL y LAZ este apartado, por si fuera necesario precisar la posición desarrollada, que, desde luego, no se trata “de dar la espalda a la observación y la experiencia, como de poner los medios para saber qué es lo que se observa y se experimenta en cada caso”. No hay, desde luego, ninguna apología de la deducción especulativa “sino de deducir todo lo que haga falta para que, una vez puestos a describir, sepamos qué es lo que estamos describiendo”. En definitiva, toda ciencia comienza siempre, reconstruida gnoseológicamente, aun cuando no sea así siempre históricamente, “por delimitar su objeto de estudio. La ciencia es ciencia en la medida en que sabe de qué está hablando”. Una observación será científica si y solo si sabe qué es lo que está observando. Consistentemente con esta última consideración, a la delimitación del objeto de estudio de la economía política dedican el siguiente apartado.

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Una lectura republicana de El Capital (V).

La delimitación del objeto de estudio de la economía y la estructura de El Capital.

El apartado “El problema de la teoría del valor” del primer capítulo del libro de CFL y LAZ está dedicado a la delimitación del objeto de estudio de la economía política. El primer paso de una ciencia no consiste en acumular hechos empíricos. Fundar una ciencia, sostienen los autores, “consiste en delimitar su objeto de estudio, definir el tipo de objetividad del que esa ciencia se va a ocupar… Lo importante es delimitar la pregunta que hay que hacer a la realidad, de modo que la experiencia y la observación puedan responderla”. Descartes y Galileo fundaron la física moderna delimitando un universo ‘hecho de muy poca cosa’, materia y movimiento. Esa base mínima les permitió plantear las preguntas pertinentes.

Con respecto al Marx economista que había expuso Schumpeter, nos encontramos con una trayectoria doblemente paradójica. Por una parte, ese ‘trabajador infatigable’, que ‘lo dominaba todo en su época’, se apuntaba “a la única teoría que no llevaba a ninguna parte”. Lo paradójico aquí, remarcan CFL y LAZ “era que, con semejante punto de partida, Marx habría acabado por observar más y mejor que nadie en su época”. Es igualmente paradójico, paradoja sobre paradoja, que “acabara finalmente por resultar acertado en asuntos teóricos muy poco o muy mal elaborados por los economistas de su época”. De hecho, el reproche inicial contra Marx se invertía: Marx se desentendía inicialmente de los hechos; como al final del proceso acababa arreglándose muy bien con ellos, era entonces obvio, se decía, que se habían “cometido por el camino ‘errores de deducción’ y casos de non sequitur”, que permitían a Marx desembarazarse de los lastres de su ‘sistema’. Otra hipótesis sería un imposible lógico: ¿es pensable que un punto de partida disparatado orientara una investigación certera? (De hecho, es pensable pero en principio parece absurdo).

Empero, esta es la tesis defendida por los autores, lo que quizás ocurrió realmente no fue eso. No fue tanto que “Marx se desembarazara de su sistema en favor de la observación, como que, tras haber definido un aparato conceptual preciso en orden a una especie de modelo ideal, y tras encontrar en él una ley fundamental que regiría todo intercambio de mercancías que verdaderamente fueran eso y sólo eso, mercancías, luego pasara a ocuparse de describir los hechos, no tanto, con sus sentidos, como con los instrumentos precisos que le proporcionaba su sistema”. Dicho de otra manera, insisten y destacan CFL y LAZ: Marx habría comenzado delimitando el objeto de la economía política y “el universo de la economía política debe partir, en opinión marxiana, de muy poca cosa: trabajo abstractamente humano, por un lado, y naturaleza, por otro”. Comme il faut.

Dos componentes elementales: no más -no tres: los medios de producción son reductibles a trabajo humano y naturaleza)-, pero tampoco menos. “En ocasiones se ha intentado sostener que, en realidad, el trabajo es la verdadera fuente de toda riqueza”. Sin embargo, Marx, recuerdan oportunamente CFL y LAZ, “reprende muy duramente a quienes así lo hacen, especialmente si lo hacen intentándose amparar en sus propias teorías”. Los compases iniciales de la Crítica al programa de Gotha enseñan sobre este peligro de reducción monádica y abonan a un tiempo, cabe añadir, una lectura ecologista, no desbocadamente antropomórfica, del legado marxiano.

¿Es posible reducir también el ‘trabajo’ a sus elementos naturales, se preguntan CFL y LAZ? Marx bloquea esa posibilidad: “si se trata precisamente de desarrollar una investigación en el terreno de los asuntos específicamente humanos (que es, en definitiva, a lo que hemos denominado el ‘continente historia’), nos encontramos con determinadas distinciones que resultan radicalmente irreductibles y que, por lo tanto, no pueden de ningún modo dejar de tenerse en cuenta desde esa perspectiva”. Desde el punto de vista del científico implicado en el estudio de asuntos humanos, señalan brillantemente CFL y LAZ, “resulta crucial mantenerse en la perspectiva en la que no es posible confundir trabajar con funcionar, ni confundir enfermar con estropearse, ni el descanso de los hombres con el barbecho de la tierra, por mucho que se trate de distinciones bastante irrelevantes, por ejemplo, desde el punto de vista de la física e incluso desde el punto de vista del propio proceso productivo”.

Desde esta perspectiva, en ningún caso cabrá abandonar la centralidad de la siguiente cuestión: en qué relación se encuentran el trabajo humano y la apropiación de la naturaleza. Se genera entonces un espacio teórico en el que ocupará un lugar destacado el análisis de la relación que se establece entre trabajo humano y propiedad sobre los bienes que brinda la naturaleza por mediación de ese trabajo. Marx considera, apuntan de CFL y LAZ, que la economía “no puede desentenderse de esta cuestión sin perder, simplemente, su objeto de estudio”. Corolario crítico de la esta última consideración: se pueden hacer muchas cosas al margen de esa cuestión pero no una economía que no resulte una estafa. “Esto es algo que resulta muy llamativo hoy en día, cuando vemos llamar economía a tantos trabajos que son puras ensoñaciones matemáticas, a lo mejor muy correctas desde el punto de vista matemático, pero carentes por completo de sentido económico”. Así, comentan CFL y LAZ, resulta inquietante “o criminal, según se mire, la facilidad con la que ciertas mentalidades de economista, pasan de los óptimos de Pareto, que son óptimos desde un punto de vista matemático, a los óptimos económicos, y de estos, a considerar óptimas medidas económicas que generan verdaderas catástrofes humanas”.

Así, pues, como en Galileo, como en el autor de La Geometría, también en el caso de Marx el objeto de estudio queda determinado por el propio trabajo teórico con anterioridad a que pueda realizarse sobre él alguna experiencia. Para los autores de El orden de El Capital. Por qué seguir leyendo a Marx, la Economía, si no quiere dejar de ser Economía, si no quiere dejar de ser ciencia, no puede abandonar la perspectiva en la que el trabajo humano está situado en primer término. “Esto es hasta tal punto así que si se da el caso de que el capitalismo consiste en volver irrelevante, por ejemplo, la distinción entre trabajar y funcionar, no por eso la economía que estudia el capitalismo puede encogerse de hombros frente a esa distinción”. La ciencia que estudia el capitalismo, concluyen metódica y éticamente los autores, no tiene derecho a ignorar las cosas que el mismo capitalismo considere oportuno ignorar.

El siguiente apartado del capítulo lleva por título “La pregunta pendiente: una primera presentación del problema de la estructura de El capital” La cuestión pendiente es enunciada así por los autores: “¿por qué ese trabajador infatigable y erudito sin igual se adhirió, desde el primer momento, a la teoría del valor-trabajo, introduciendo su investigación por unos cauces teóricos que no iban a tener futuro alguno en la posterior evolución científica de la Economía?”. Con ello, en lugar de acumular material empírico, Marx parecía anteponer una disquisición metafísica como condición de las investigaciones económicas, “apartando, al parecer, a esta disciplina del terreno propio de las ciencias positivas”. Se ha hablado antes de ello. Reformulando la cuestión desde la inspiración socrática-galileana que los autores defienden y abonan, el problema queda planteado del siguiente modo: “¿por qué era para Marx tan epistemológicamente importante que el análisis económico comenzara por asegurarse de que el valor, en tanto que trabajo aglutinado en una mercancía fuera la referencia respecto a la cual la Economía no podía permitirse, jamás, operar un ‘cambio de tema’?” En cierto sentido, hablan ahora CFL y LAZ de la finalidad básica de su propia investigación, “los objetivos de este libro podrían darse por satisfechos con la respuesta a esta pregunta, sobre la cual los mejores economistas marxistas jamás terminarán, por lo visto, de discutir”. Para que el lector menos iniciado en polémicas marxistas y en la lectura de los libros de El capital, pueda hacerse una idea de la magnitud del problema, los autores adelantan “algunos apuntes sobre la estructura de esta obra, unos apuntes que, por supuesto, sólo con el tiempo se irán llenando de contenido”.

El itinerario teórico seguido por Marx es presentado así por CFL y LAZ: tras aislar el concepto de valor y enunciar la ‘ley del valor’ como la ley de intercambio de equivalentes de trabajo, “parece claro que el concepto de valor deberá en adelante funcionar como la base a partir de la cual explicar el precio al que se vende cada mercancía”. La ley de la oferta y la demanda, señalan, puede hacer oscilar el precio, pero siempre lo hará, según la ley del valor, en torno a un nivel marcado por la cantidad de trabajo que se ha invertido en esa mercancía. Al pasar a la sección 2ª del primer Libro, “Marx se empeña en deducir el concepto de plusvalor sin necesidad de suponer que los capitalistas violan la ley de intercambio de equivalentes, es decir, la ley del valor”. A partir de ese momento, señalan, nos encontramos con una monumental paradoja: “sin violar la ley del intercambio de equivalentes, el capitalista se apropia continuamente de trabajo ajeno sin aportar como equivalente ningún trabajo propio”.

Esta aporía, prosiguen, plantea un problema muy profundo respecto a la estructura del Libro I, una cuestión que también se ha discutido interminablemente en la tradición y en la misma academia. La siguiente: “¿en qué sentido la sección 2ª (y el resto de las secciones del Libro I), se ‘siguen’, o se ‘deducen’ de la sección 1ª?” ¿Cómo se puede deducir de la ley del valor algo que (aparentemente cuanto menos) la contradice?” Esta, anuncian, será una de las preguntas más específicas a las que tendrá que dar respuesta su libro. Otra más. “Si se diera el caso de que la sección 2ª y todo el resto de El capital, no se dedujeran de la 1ª, ¿en qué sentido, entonces, podríamos seguir manteniendo, así por la buenas y como lo que nadie ha puesto todavía en duda, que Marx es uno de los seguidores de la teoría del valor? ¿Se podría seguir manteniendo que la teoría del valor es el punto de partida de Marx o incluso la teoría misma de Marx en tanto que economista?”.

No cabe dudar, en opinión de CFL y LAZ, de que Marx ha considerado imprescindible exponer antes la teoría del valor para construir, posteriormente, el concepto de plusvalor y desarrollar su teoría sobre la explotación capitalista. “No parece caber duda de que, a partir de ahí, en los tres libros de El capital, jamás se perderá este punto de referencia”. Empero, una cosa es, remarcan, que esa teoría sea un punto de referencia irrenunciable “y otra cosa muy distinta es pretender que es la premisa a partir de la cual se deduce el edificio teórico de El Capital”. De que la Economía, insisten, no tenga derecho a perder la perspectiva de la ley del valor, no se infiere inexorablemente que el capitalismo se pueda deducir a partir de ella.

La cosa se vuelve especialmente llamativa, señalan, en un punto culminante del Libro III. Tan llamativa que la discusión al respecto es sin duda de las más extensas y profundas entre los economistas marxistas. En ese libro, editado por Engels, Marx elabora su teoría de la ganancia capitalista y su teoría de los precios de producción. “¿Cómo se relacionan ‘valor’ y ‘precio de producción’? ¿En qué sentido la teoría de los precios de producción invalida la teoría del valor de la que ha partido toda la investigación?” Para CFL y LAZ, lo que tiene que llamar ahora nuestra atención es una cuestión de actitudes: “la curiosa actitud que adopta Marx, justo en el momento en que, en el corazón mismo del Libro III, acaba de demostrar incontrovertiblemente que las mercancías de la sociedad capitalista no se intercambian a su valor, es decir, que su precio no responde a la cantidad de trabajo invertido en ellas, sino, más bien, a su ‘precio de producción’, que a su vez responde a la cantidad de dinero que se ha invertido en ellas, más la ganancia media que se suele obtener con una cantidad semejante de dinero”.

No cabe aquí dar cuenta de la argumentación detallada. Sí, en cambio, remarcar lo más sustantivo: “Se podría pensar que mirando al microscopio los precios de producción, uno terminará por encontrar tarde o temprano, el valor. La mayor parte de los economistas marxistas se ocuparon así de un famoso problema consistente en transformar los valores en precios de producción. […] Independientemente del juicio que nos merezcan estas polémicas, lo que siempre resultará hartamente llamativo es la chocante naturalidad con la que, en el momento más culminante de todos, Marx se ocupa de plantear el problema como de pasada. Tras algunos millares de páginas que ‘seguían’ supuestamente a la dichosa sección 1ª del Libro I, Marx hace la siguiente declaración sorpresiva: ‘lo expuesto vale sobre la base que, en general, ha sido hasta ahora el fundamento de nuestro desarrollo: la de que las mercancías se vendan a sus valores’”.

Lo que de grave, remarcan CFL y LAZ, tiene esta aseveración es que está hecha justo en el momento en que Marx está demostrando que “si en la sociedad capitalista no se formara una tasa de ganancia media entre los distintos sectores (independientemente de que movilicen mucho o poco trabajo o mucha o poca maquinaria), el capitalismo mismo se haría imposible. Y que, por tanto, las mercancías, bajo el capitalismo, no pueden en ningún caso venderse a su valor y que la cantidad de trabajo cristalizada en cada mercancía no es la que determina el precio de las mismas.”

Lo más chocante, prosiguen, es la forma en la que Marx zanja el problema en el pasaje del Libro III que están citando. “Puesto que, bajo el capitalismo, las cosas no pueden en ningún caso venderse a su valor, ‘parecería, por tanto, que la teoría del valor resulta incompatible, en este caso, con el movimiento real, incompatible con los fenómenos efectivos de la producción, y que por ello debe renunciarse en general a comprender estos últimos’.” Ahora bien, según Marx, remarcan CFL y LAZ, “si resultara que la teoría del valor se mostrara impotente para la comprensión del capitalismo, lo que habría que hacer no sería en ningún caso seguir los consejos de todos los economistas del futuro y apuntarse a una teoría mejor, sino, sencillamente, ‘renunciar a entender el capitalismo’”. ¡Ni más (Marx) ni menos!

Resumiendo este importante nudo: al formarse una tasa de ganancia media debida a la competencia entre las distintas ramas de capital, Marx deja muy claro que las mercancías no pueden ya venderse a su valor. Eso no quiere decir que Marx esté a punto de deshacerse de la teoría del valor. Al contrario, “lo que dice es que, si en virtud de esta realidad aparente (y sin embargo, clara como la luz del sol) renunciáramos a la teoría del valor, ‘desaparecería todo fundamento racional de la economía política’”.

Visto lo visto, prosiguen CFL y LAZ, ya no podemos estar nada seguros de que Marx defienda “la teoría del valor en tanto que premisa a partir de la cual deducir todas las leyes del modo de producción capitalista”. De lo que sí podemos estar seguros es que la considera imprescindible para el estudio de la sociedad moderna. “Está, podríamos decir, tan convencido de que la Economía no puede dar ni un paso sin la construcción clara y distinta del concepto de valor como Galileo está convencido de que la física no puede seguir adelante sin enunciar el principio de inercia”.

Vale la pena insistir: “Al igual que Galileo está convencido de que la inercia es el ‘tema’ sin el cual no hay física que valga, Marx está, por algún motivo convencido de que el asunto del valor-trabajo es el tema respecto al cual la economía política no puede dar marcha atrás, hasta el punto de que sin su perfecta delimitación previa, la economía no tiene ninguna otra posibilidad futura que la de hacer el ridículo acumulando datos y ecuaciones funcionales al servicio de ‘los espadachines a sueldo’ del capitalismo. Algo, después de todo, bastante semejante a lo que es hoy día la economía convencional moderna”.

A este paso metódico está dedicada la próxima sección.

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