Un punto de encuentro para las alternativas sociales

En aquel entonces, la gente cavaba en busca de luz: Entrevista con Jana Tsoneva sobre la transición verde y el socialismo fósil

Jana Tsoneva, Rossen Djagalov

Basándose en sus estudios sobre el sector energético búlgaro, Jana Tsoneva aborda de frente las cuestiones más espinosas del ecologismo de izquierdas

La obra de Jana Tsoneva Тогава хората копаели светлина: българската енергетика между фосилния социализъм, зеления преход и хелиосоциализма (Togava khorata kopaeli svetlina: blgarskata energetika mezhdu fosilniya sotsializm, zeleniya prekhod i kheliosotsializma) [En aquel entonces, la gente cavaba en busca de luz: el sector energético búlgaro, del socialismo fósil a la transición verde y al heliosocialismo] (2025) es un texto fundamental que reúne fragmentos de la historia de la energía del carbón y la minería del carbón en Bulgaria en los albores de la transición verde. El libro combina la investigación de campo entre mineros y trabajadores del sector energético —opositores al Pacto Verde— con un trabajo de archivo sobre los experimentos en el ámbito de las denominadas nuevas fuentes de energía de la etapa tardía del socialismo. En él se esbozan alternativas pasadas y presentes a la descarbonización mediada por el mercado del Pacto Verde. El editor de *Red Threads*, Rossen Djagalov, formuló a la autora algunas preguntas sobre el libro.

Rossen Djagalov (RLD): Con la salvedad de que no soy en absoluto un especialista en cambio climático ni en descarbonización, y de que no tengo la oportunidad de seguir de forma sistemática los estudios académicos ni los debates políticos al respecto, debo decir desde el principio que su libro es, con diferencia, lo más interesante que he leído en la izquierda sobre la transición para abandonar los combustibles fósiles. Aborda de frente las cuestiones más incómodas sobre el ecologismo de la era socialista y los costes sociales de la transición verde, y propone una forma en que la izquierda debería abordarlas. Pero antes de entrar en ellas, comencemos por el principio y pongamos a nuestros lectores al corriente del contexto del que surge su estudio. Como parte del Pacto Verde global de la UE y de su aspiración a alcanzar la neutralidad en carbono para 2050, el sector energético de Bulgaria ha tenido que descarbonizarse en los últimos años. ¿Cuáles fueron las implicaciones prácticas para las minas de lignito, las centrales térmicas de carbón y los trabajadores que empleaban, la mayoría de ellas situadas justo al sur de mi ciudad natal, Stara Zagora?

Jana Tsoneva (JT): ¡Gracias por sus amables palabras sobre mi libro! Para responder a su pregunta, debo explicar un poco la estructura del sistema energético búlgaro. Hasta hace poco, el mix energético de Bulgaria se repartía aproximadamente entre la energía nuclear (aprox. 40 %), el carbón (aprox. 40 %), la energía solar, los BESS (nota del editor: abreviatura de «sistemas de almacenamiento de energía en baterías»), la energía hidroeléctrica, la biomasa, el gas, la energía eólica y el combustible derivado de residuos (RDF), que constituían el resto. La energía nuclear y el carbón se consideran «carga base», y es el carbón el que equilibra el sistema. La mayor central térmica de carbón del país (capacidad: 1600 MW) es de propiedad estatal, mientras que el resto se ha ido privatizando gradualmente.

En la actualidad, la cuota de la energía solar se ha disparado hasta el 20 % en términos anuales, mientras que en verano suele superar el 50 %. La consecuencia práctica para las minas de lignito y las centrales térmicas de carbón ha sido una reducción sustancial de su producción en los últimos años. Desde 2026 se ha producido otro fenómeno insólito: los sistemas de almacenamiento de energía en baterías (BESS), cuya cuota se ha disparado tan rápidamente que ha aupado a Bulgaria a los primeros puestos mundiales en cuanto a la cuota de los BESS en el mix energético global. En el plazo de un año, la capacidad de los BESS aumentó de apenas 200 MW a la impresionante cifra de 6500 MW.

Los sistemas BESS y la energía solar funcionan en sincronía: los BESS absorben los excedentes solares diurnos que no pueden consumirse ni exportarse y, a continuación, se descargan durante un máximo de cuatro horas por la tarde. Estos sistemas se benefician del diferencial de precios: se cargan cuando los precios son bajos o negativos y se descargan tras la puesta de sol, cuando el precio se dispara. Esto genera grandes tensiones dentro de la clase capitalista verde, ya que los propietarios de instalaciones solares que no disponen de baterías acaban vendiendo barato y comprando caro. Por otra parte, los propietarios de sistemas BESS socavan el propio diferencial del que dependen sus beneficios al hacer bajar los precios, ya que, como he dicho, hay tanta inversión en BESS que podríamos estar ante una crisis de exceso de capacidad en breve, pues todos se comportan de la misma manera: descargan en masa por la tarde. Tengo curiosidad por ver cómo acabará desarrollándose esta «anarquía de mercado». Debo mencionar que toda la inversión en energías renovables y sistemas de baterías es privada, pero los sistemas BESS se han disparado con la ayuda de la financiación pública, concretamente de NextGenerationEU. Hasta la expansión de los sistemas BESS, la principal «batería» de Bulgaria era la central hidroeléctrica de acumulación por bombeo, que lleva ya unos años fuera de servicio —lo cual resulta conveniente para el sector privado—, por lo que la proporción de energía «pública» frente a la «privada» ha disminuido. De lo que nadie habla en este llamado Pacto Verde Europeo es de la privatización silenciosa y a gran escala de los sistemas energéticos del país —un hecho sumamente irónico, dada la referencia al New Deal, que supuso la mayor expansión del sector público estadounidense en la historia de la economía del país—. Pero en fin.

En cuanto a su pregunta: tanto la energía solar como los sistemas de almacenamiento de energía por batería (BESS) han reducido considerablemente la cuota del carbón en el mix energético, hasta el punto de que la principal central térmica de carbón funciona a una fracción de su capacidad, mientras que varias centrales más pequeñas permanecen fuera de servicio durante largos periodos en verano, ya que los derechos de emisión hacen que su producción resulte poco competitiva. (En la UE, todos los emisores de CO₂ están obligados a adquirir derechos de emisión para quemar combustibles fósiles, y el precio de estos derechos no deja de aumentar. En estos momentos, el precio supera los 80 EUR por tonelada de CO₂ emitida. El objetivo es que las industrias y las redes eléctricas dejen de depender de dichos combustibles y animar a las empresas y a los consumidores a optar por las energías renovables. Sin embargo, como usuarios finales, aún no hemos visto una electricidad más asequible, a pesar de que los precios en las bolsas de energía a menudo caen en terreno negativo debido al exceso de capacidad en la generación solar. Bulgaria ha sido y sigue siendo el Estado miembro de la UE con menos recursos energéticos, además de ser el más pobre en términos generales. Más de un tercio de la población no puede permitirse mantener una temperatura adecuada en sus hogares ni en invierno ni en verano. Dado que los mercados energéticos son bastante volátiles (por ejemplo, en estos días las centrales de carbón han recuperado una vez más un mínimo de competitividad, en parte debido a la escasez de gas que está haciendo subir los precios de la electricidad en los mercados europeos, a raíz de las guerras en Oriente Medio), los trabajadores de lo que solían ser algunos de los empleos mejor remunerados y más seguros del país se encuentran ahora en una situación peor que la de los trabajadores precarios de la economía gig, sin saber cuándo —o si— los precios de mercado harán rentable volver a poner en funcionamiento la central. Para empeorar las cosas, el país se ha comprometido a una eliminación gradual y completa del carbón en los próximos años en el marco del nuevo régimen climático europeo y, por lo que he visto y oído, no se les ofrece gran cosa en concepto de indemnización. Las grandes asociaciones empresariales admiten abiertamente que no están dispuestas ni son capaces de igualar los buenos salarios a los que están acostumbrados los mineros y los trabajadores de las centrales, y se espera ampliamente que sea precisamente el sector privado el que absorba a los trabajadores despedidos. Mientras tanto, los documentos de política elaborados por consultores extranjeros muy bien remunerados están repletos de recomendaciones inútiles para reconvertir a los trabajadores en emprendedores, pero esto no es más que una fantasía capitalista de un mundo sin trabajadores. Muchos de los trabajadores con los que mi equipo y yo hablamos se están preparando para emigrar, hasta tal punto que, en un momento dado, cambié la pregunta «¿cómo se ve usted dentro de cinco años?» por «¿dónde se ve usted dentro de cinco años?». En resumen, creo que la resistencia de estas personas a la descarbonización no es ni sorprendente ni irrazonable. Los políticos prometen puestos de trabajo bien remunerados en el sector de las energías renovables, pero todo el mundo sabe que las instalaciones solares y los sistemas de almacenamiento de energía (BESS) no necesitan tantos trabajadores como las centrales de combustibles fósiles. Existe una norma del sector que estipula más o menos una persona por MW de «mano de obra». Cuando entrevistamos al director de una planta solar de 200 MW en Stara Zagora, admitió que solo empleaba a 15 trabajadores, lo que supone la friolera de 0,075 trabajadores por MW producido.

Mientras escribía el libro, observé que la empresa solo había publicado una oferta de empleo en su página web y era para un operador bursátil en… Sofía. Muchas de las empresas que suministran paneles a consumidores industriales anuncian, de hecho, sus productos sin ambigüedades como un medio para la automatización de la producción de energía. El sector de los sistemas de almacenamiento de energía por batería (BESS, por sus siglas en inglés), que tampoco necesita un ejército de trabajadores, está experimentando incluso lo que yo denominaría «automatización de segundo orden», ya que las empresas están recurriendo a la inteligencia artificial para resolver el problema de la diferencia de precios que he mencionado anteriormente, tratando de idear formas de descarga «inteligente» y de limitar las presiones competitivas sobre los precios nocturnos.

En resumen, a menos que un país aplique una política industrial deliberada, en el sentido de producir las propias tecnologías renovables en lugar de importarlas del extranjero, a nivel de la producción de electricidad no hay muchas oportunidades para los mineros del carbón y los trabajadores de las centrales energéticas tradicionales. Y, como he mencionado brevemente anteriormente, a nivel de consumo, estas tecnologías aún no han dado resultados que alivien la grave pobreza energética del país. Por el momento, estas tecnologías benefician principalmente a los propietarios privados que invierten en ellas, y por favor, dejemos de lado la ilusión de que lo hacen por cualquier otra cosa que no sea llenarse los bolsillos, y mucho menos por objetivos nobles como salvar el clima. El hecho de que el oligarca del carbón más notorio de Bulgaria haya invertido ahora fuertemente en energías renovables debería hacernos reflexionar. Si salvar el clima fuera su objetivo principal, estas inversiones no habrían provocado tanta deforestación ni la conversión de tierras fértiles en instalaciones de producción energética. Algunos de estos proyectos son visibles desde el espacio y generan constantemente protestas por parte de la población local, de los agricultores y pastores desplazados, y alimentan el negacionismo climático.

RLD: En el discurso y la elaboración de políticas en torno al Pacto Verde, se considera a estos mineros como egoístas, apegados de forma atávica a una tecnología obsoleta, un obstáculo para el progreso, para la lucha contra el cambio climático y, en última instancia, para salvar el planeta. Para nosotros, se trata de una contradicción especialmente dolorosa —trabajadores frente a medio ambiente—, que los Verdes y los liberales tecnocráticos han utilizado para presentar a las fuerzas del trabajo y a la izquierda, en general, como algo retrógrado o, en el mejor de los casos, como un efecto secundario que debe mitigarse mediante alguna compensación. ¿Cómo interpreta usted la oposición de los trabajadores del sector energético búlgaros al Pacto Verde y la imagen que de ellos dan los expertos y los medios de comunicación?

JT: Bueno, mi respuesta anterior dejó claro quién es el verdadero egoísta. Mientras tanto, los mineros del carbón y los trabajadores de las centrales térmicas de carbón han demostrado un compromiso inquebrantable con la idea de la energía como bien público. También han pedido una moratoria sobre la inminente liberalización del sector energético, alegando el temor a que esto afecte negativamente a los consumidores comunes (las empresas ya operan en el mercado libre y con frecuencia denuncian las fluctuaciones de precios, por lo que estos temores no carecen de fundamento). Y lo que es más importante, los mineros quieren que el sector siga siendo público, incluso si pasa a ser totalmente renovable. Se enorgullecen enormemente de que su trabajo haya sido absolutamente fundamental para el desarrollo del país (Bulgaria era un rincón agrario atrasado hasta que el Partido Comunista tomó el poder y llevó a cabo una industrialización y modernización vertiginosas, que giraron en torno al desarrollo del sector energético; en mi libro, recurro a la manida metáfora marxista de la base y la superestructura y denomino al sector energético «la base de la base»). Mientras tanto, los políticos locales, los expertos en energía y los comentaristas ecologistas —que, por razones históricas, han sido en su mayoría liberales de derechas— reprendieron a los mineros que protestaban por bloquear el avance del Pacto Verde de Bulgaria y, más concretamente, los desembolsos del Fondo de Transición Justa, que ascienden a mil millones de euros o más. Obviamente, omitieron mencionar que este dinero no va a parar a las arcas públicas del país, sino a empresas privadas, en consonancia con la lógica neoliberal de las asociaciones público-privadas con la que opera la UE. Stoyo Tetevenski ha denominado acertadamente esta lógica «absorción [de fondos de la UE] por el mero hecho de absorber», sin tener en cuenta en absoluto las consecuencias sociales de una transición energética tan mal planificada como apresurada. Pero sí, toda la conversación tiende a estar dominada por estas oposiciones simplistas del tipo:

—ya se entiende la idea. Mi libro intentó despejar la niebla mostrando que, en realidad, la energía renovable no es monopolio del capitalismo verde y que existen otras vías para alcanzarla que no pasan, por un lado, por la privatización a gran escala del país y, por otro, por obligar a los trabajadores de primera línea (como los mineros) a correr con los gastos de la transición.

RLD: Uno de los puntos fuertes de su libro es la forma en que alterna entre el pasado y el presente. Además de retratar los conflictos sociales en torno a la energía en la actualidad, reconstruye el establecimiento de los complejos mineros y de centrales térmicas de carbón de Bulgaria durante la era socialista, los cuales, aunque privatizados y degradados en otros aspectos, continuaron suministrando gran parte de la electricidad que consumían los hogares búlgaros durante los más de treinta años transcurridos desde la transición al capitalismo. Usted incluso acuña un término, «socialismo fósil», para indicar su especificidad. Pero —por hablar en nombre de sus oponentes— ¿no era el «socialismo fósil» tan contaminante como el «capitalismo fósil», simplemente otra cara de una destructiva «modernidad fósil»?

JT: Sí, era tremendamente contaminante, pero la industrialización socialista tuvo un historial medioambiental globalmente mejor que el de los países liberal-capitalistas, tal y como demuestra Salvatore Engel-Di Mauro con minucioso detalle en su libro Socialist States and the Environment: Lessons for Eco-Socialist Futures. La producción energética socialista se libró de algunos de los horrores de la revolución industrial en Inglaterra y en otros lugares precisamente porque el motivo impulsor no era la obtención de beneficios, sino el desarrollo social. Es cierto que la modernidad está sobrevalorada y nos está llevando a la extinción y a toda una panoplia de catástrofes, pero sigo insistiendo en diferenciar entre las modernidades capitalista y socialista. Así pues, mi término «socialismo fósil» viene al rescate no de la modernidad como tal, sino de su modelo socialista. A través de ese término también quería abordar un punto ciego en la literatura que aborda la política de clases del cambio climático y en las historias de las transiciones energéticas, que, por regla general, dan prioridad a la experiencia occidental y a los caminos hacia la modernidad (fósil).

RLD: En su investigación, usted descubre una tradición importante y distintiva del pensamiento socialista de Estado sobre las energías renovables. ¿Podría describir algunos de los ejemplos más significativos de la misma? ¿Hay algo que aún podamos aprender de ella?

JT: Debo admitir que este descubrimiento me sorprendió enormemente. En realidad, se suponía que este libro iba a ser un informe de unas 100 páginas sobre las protestas de los mineros contra la transición verde. De repente, la breve investigación documental sobre la historia del sector energético se transformó inesperadamente en un largo laberinto del que aún no he logrado salir por completo. Descubrí un mundo completamente olvidado de investigación sobre energías renovables a finales de la década de 1970 y en la de 1980, impulsado por las crisis del petróleo, es cierto, pero que aún ofrece perspectivas relevantes para nuestra época. Por ejemplo, existía una gran cantidad de laboratorios de I+D estatales que colaboraban con fábricas en todo tipo de proyectos, desde paneles solares hasta hidrógeno, pasando por cosas absolutamente extrañas como el «carbón verde»… Se publicaban manuales en serie para fabricar calderas solares y utilizar electricidad verde en el hogar. Todo ello con el objetivo de independizarse de los volátiles mercados mundiales de combustibles fósiles, a diferencia de la actual transición ecológica, que entiende la descarbonización como una profundización de las relaciones de mercado y la liberalización. Obviamente, tras 1989, esta magnífica infraestructura de energías renovables se paralizó debido al vaciamiento de la economía socialista de Estado a través de la privatización. Por lo tanto, no utilizo la expresión «completamente olvidada» a la ligera: en Bulgaria, el debate sobre la energía verde está claramente dominado por liberales ecologistas que actúan como si todo esto hubiera comenzado con ellos, después de 1989. Recordemos las oposiciones simplistas mencionadas anteriormente que marcan el debate y que establecen una falsa equivalencia entre el anticomunismo y la energía verde; que sostienen que, para salvar el clima, hay que rechazar los vestigios de la modernidad industrial socialista y abrazar plenamente los mercados verdes. Mi investigación sobre la I+D nacional, así como sobre la producción, de tecnologías de energía renovable muestra que 1989 fue el punto final, y no el inicio, de estos avances en el sentido concreto de las capacidades de producción nacionales. Hoy en día, entre los mineros, las tecnologías renovables se perciben como importaciones destructoras de empleo, mientras que en su día representaban la promesa de la soberanía energética como vehículo para la generación de puestos de trabajo bien remunerados. ¡Es que Bulgaria fabricaba bombas de calor en la década de 1980! Hoy en día, esta tecnología es tan prohibitivamente cara que solo los ricos podrían permitírsela. Volver a examinar estas tecnologías me ayudó a abrir una nueva perspectiva en el debate: entre la arrogancia antiobrera de los liberales ecologistas, con sus «soluciones» tecnocráticas y basadas en el mercado para el colapso climático, y la obstinación negacionista del cambio climático que abunda entre los defensores del carbón, incluso en la izquierda. Mi libro también rezuma nostalgia por el pasado socialista, pero es una nostalgia por lo que Kosseleck denomina «futuros pasados» o, según otro concepto que me gusta, «futuros interrumpidos», que cuestionan el camino aparentemente inquebrantable y unidireccional hacia un futuro climáticamente neutro monopolizado por el neoliberalismo verde. Muestra algo sencillo: que instalar paneles solares no requiere la privatización y liberalización generalizadas de todo el sector energético, pero esta es precisamente la falsa conclusión lógica que prescriben los expertos «verdes» que dominan el debate. Salvar el clima no tiene por qué pasar por los canales habituales de generación de beneficios: es tan sencillo como eso. Sin embargo, esa es la única «solución» que nos han inculcado los liberales verdes y los capitalistas verdes, que no dudan en convertir incluso la crisis climática en una frontera más de la acumulación de capital.

RLD: La izquierda, al menos en nuestra parte del mundo, está tan lejos del poder que cualquier recomendación política carecería de destinatario; no obstante, me gustaría volver a la cuestión de la actual «transición verde» en Bulgaria y más allá: ¿hay algo que la izquierda pueda exigir o hacer, aparte de pedir una indemnización para los trabajadores que se quedan atrás?

JT: La izquierda, incluidos los grupos ecologistas radicales que han surgido en los últimos años —y que rompen con la ortodoxia liberal ecologista inspirándose en movimientos occidentales como «Fridays for Future» o «Extinction Rebellion»—, debería: 1) ¡leer mi libro! (Lo digo medio en broma) y 2) apoyar a los mineros en su lucha contra el «New Deal Verde», incluso cuando estos últimos puedan expresar opiniones políticas que ofendan el gusto de los urbanitas verdes de clase media. Llevo años intentando conciliar las diferencias entre lo «verde» y la «clase trabajadora» (que tienden a adoptar proporciones maniqueas en Bulgaria) y creo que el libro ofrece algunas orientaciones provisionales para salir de este cisma. No me hago ilusiones de que los mineros vayan a detener, y mucho menos a revertir, la embestida del capital verde, pero la historia no conoce una forma mejor de impulsar la agenda y los intereses de los trabajadores que las huelgas y las protestas de la clase trabajadora. Y, como he mencionado, su agenda no se reduce únicamente a sus puestos de trabajo, ya que defienden sistemáticamente el interés público al insistir en que la energía debe seguir siendo pública, al describir, por ejemplo, cómo la descarbonización afectará a los sistemas de seguridad social (que ya se encuentran bajo presión debido a la gigantesca economía sumergida, ¡un fenómeno exclusivo del sector privado!), al mostrarse casi inmunes a las recetas neoliberales de «desarrollo económico» a través de la financiación pública del sector privado, etcétera. Hay mucho que podemos aprender de ellos, a pesar de los constantes esfuerzos de los liberales ecologistas por presentarlos como un fósil (¡en ambos sentidos del término!) del pasado.

Jana Tsoneva es socióloga adscrita a la Academia Búlgara de Ciencias y preside KOI, un colectivo de investigación y editorial.

Fuente: Red Threads, 27 de octubre de 2026 (https://www.redthreads.media/p/back-when-people-dug-light-an-interview)

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