Tsipras y sus colegas han venido repitiendo a quien quisiera entenderles que ni por asomo pensaban abandonar el euro.
De este modo, han renunciado a todo intento serio de negociar con la Europa real, no la Europa fantasmal que imaginaban. Si Syriza hubiera elaborado desde su acceso al poder un plan B de impago organizado y amenazado a la UE con aplicarlo, habría dispuesto de una baza de negociación. Si hubiera declarado que en caso de una prueba de fuerza retiraría a Grecia de la OTAN, hasta Berlín se lo habría pensado dos veces antes de imponer un tercer programa de austeridad. Sin embargo, para los cándidos de Syriza, esto era todavía más un tabú que la idea de un Grexit.
Ante un interlocutor carente de bazas y que alterna los ruegos con los insultos, ¿por qué iban a hacer las potencias europeas la menor concesión, sabiendo desde el principio que todo lo que decidieran sería finalmente aceptado?
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