El comunismo históricamente existente corre el riesgo de acabar reducido a un fenómeno de un determinado tiempo histórico, como pueda ser el anabaptismo, por poner un ejemplo simpático. Si deseamos que el comunismo perdure, si deseamos imponernos al aire del tiempo, necesitamos un comunismo bien temperado. Un instrumento que, en su quehacer cotidiano, en su código moral, en su cultura política, en su intento, no de ser un partido a parte, si no de ser conciencia del conjunto del movimiento (¡eso sí que es voluntarismo!) debería haber asimilado, contextualizado y asumido las lecciones de doscientos años de lucha.
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