Un punto de encuentro para las alternativas sociales

Zapatismo o barbarie

Wu Ming

Ya han pasado casi diez años desde aquel famoso 1 de enero de 1994 (fecha del comienzo de la sublevación indígena en Chiapas), y parece superfluo reseñar los méritos históricos de los zapatistas, a quienes se reconoce de forma muy generalizada haber sido los primeros que, sobre el escenario mundial, han devuelto la voz a quienes sufren la globalización capitalista sobre su propia piel. Lo hicieron en plenos años 90 del siglo pasado, cuando Occidente aún se atiborraba de teoría y teología neoliberal, y caminaba uniformemente hacia la mayor recesión económica de la historia contemporánea.

También es innegable que, por primera vez desde hace muchos años, el EZLN ha sabido poner en marcha una estrategia comunicativa eficaz, adecuada a los tiempos, demostrando así que aunque no se posean grandes medios de comunicación de masas también se puede desafiar al adversario en este terreno, de una manera nueva, eficaz. Durante los últimos años, mucho se ha escrito y dicho sobre la genial guerrilla semántica y semiótica conducida por el EZLN, o sobre el “estilo” de la insurgencia zapatista.

No obstante, hoy podemos decir que la recepción dada a este patrimonio de intuiciones y experimentos, en buena parte asumido por el movimiento post-Seattle, no ha bastado para desentrañar realmente el nudo central y específico propio del zapatismo, con el cambio de paradigma político —antropológico, podría decirse— que representa.

Si bien la ferocidad de la globalización capitalista permanece, más que nunca, en el orden del día, por otra parte nos encontramos con que la toma en consideración de las formas y modos “zapatistas” de la política parece haber quedado en un segundo plano, pese a que durante los últimos tres años hemos asistido a la más evidente materialización concreta de estas intuiciones: hemos visto movilizarse sin tregua a la sociedad civil mundial, ese eficaz espectro retórico, pero hecho de sangre y carne; hemos visto a millones de personas moviéndose sin banderas, al margen de los aparatos, retomando en sus manos, con una óptica nueva, la propia vida y el propio destino colectivo, o al menos intentar hacerlo, conscientemente o no. En suma, hemos visto cómo se expresaba una posible política “desde abajo”.

El motor de este movimiento no han sido los viejos partidos, sino miles de asociaciones, comités, grupos, organizaciones, “perros” sin dogal, conectados en una red planetaria y capaces de dialogar entre sí pese a proceder de espacios políticos muy diversos. El motor ha sido su trabajo cotidiano y certero, que ha mantenido activas las energías y las mentes, y que ha producido sentido y conflicto en todos los rincones del planeta, más allá incluso de las grandes movilizaciones en las calles.

No se nos ocurre nada que pueda ser más “zapatista” que todo esto.

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La vida después de la muerte. La viabilidad del postcapitalismo

Jorge Beinstein

jorgebeinstein@yahoo.com

Las actuales turbulencias de la economía mundial forman parte de una crisis crónica iniciada a comienzos de los años 1970 una de cuyas expresiones más notables ha sido la tendencia de largo plazo a la caída de la tasas de crecimiento productivo global, en especial en los países centrales. La magnitud alcanzada por dicha crisis se combina con la declinación norteamericana ante la que no aparecen en el futuro previsible potencias de reemplazo; Japón lleva ya casi de tres lustros de estancamiento y la Unión Europea está acosada por el déficit fiscal, la desocupación y la asfixiante interpenetración económica con Estados Unidos. Este último mal también agrava la situación japonesa e impone dudas sobre la solidez de la emergencia china. A lo que se suma la inviabilidad económica de amplias zonas de la periferia, algunas de las cuales ya han colapsado o están muy próximas al desastre. El subdesarrollo ha dejado de ser desarrollo subordinado, caótico-elitista, complemento de las necesidades de los países centrales para convertirse en depredación de fuerzas productivas, aniquilamiento de poblaciones.

Esta es la imagen trágica que marca el comienzo del siglo XXI, telón de fondo de la reinstalación del debate sobre el postcapitalismo desprendido ahora de la ideología del progreso que lo había moldeado cien años atrás y que desapareció casi por completo luego del hundimiento paralelo del keynesianismo y del socialismo soviético. En plena euforia neoliberal los proyectos igualitarios (en primer lugar el socialismo) habían sido arrojados al museo de las ilusiones incumplidas de los siglos XIX y XX pero en el último lustro han ido reapareciendo con una fuerza inesperada, no como nostalgia de la URSS sino a partir de la constatación simultánea de su fracaso y del estancamiento decadente del capitalismo.

Aunque también se insinúa la posibilidad del postcapitalismo bárbaro, retomando utopías nazis, en torno del proyecto de imperio militar, de ilusorio retorno al mundo antiguo (1), a formas próximas a la explotación tributaria o esclavista, en realidad exacerbación de un modernismo reaccionario que combina la tecnología más avanzada con visiones del mundo previas a la Revolución Francesa (2). El delirio colonial de Bush y sus halcones es un ejemplo de ello.

Desde del inicio del milenio, se han ido generando numerosos hechos políticos que podrían llegar a conformar próximamente la base de una nueva divisoria de aguas en el plano de la ideas. Frente a la agudización de la crisis y la aparición de la podredumbre militarista en Estados Unidos irrumpe una amplia variedad de rebeliones novedosas en los países subdesarrollados como la resistencia iraquí (inscripta en un movimiento más amplio de radicalización de los pueblos islámicos), las sublevaciones indígenas en la zona andina latinoamericana, los movimientos sociales de marginados como los piqueteros argentinos, o los Sin Tierra de Brasil, etc. Pero también la presencia de países de la periferia con distintos grados de autonomía respecto de Occidente (casos de Cuba, China, Vietnam. Venezuela…) que demuestran el fracaso de los vaticinios de hace tres lustros acerca de la inminente homogeneización neoliberal del planeta.

El debate aparece dominado por dos interrogantes decisivos: ¿ha entrado el mundo burgués en un proceso de decadencia?, ¿ existe capacidad humana real para superar esa decadencia?. La primera pregunta esta asociada al tema de la hegemonía del parasitismo financiero y en consecuencia al potencial de regeneración del capitalismo, la segunda al de la posible irrupción de masas insurgentes con fuerza cultural suficiente como para desatar el proceso de abolición de la modernidad occidental (3).

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Un relato corto

Eduardo Galeano

Hacía pocos años que había terminado la guerra de España y la cruz y la espada reinaban sobre las ruinas de la República. Uno de los vencidos, un obrero anarquista, recién salido de la cárcel, buscaba trabajo. En vano revolvía cielo y tierra. No había trabajo para un rojo. Todos le ponían mala cara, se encogían de hombros o le daban la espalda. Con nadie se entendía, nadie lo escuchaba. El vino era el único amigo que le quedaba. Por las noches, ante los platos vacíos, soportaba sin decir nada los reproches de su esposa beata, mujer de misa diaria, mientras el hijo, un niño pequeño, le recitaba el catecismo.

Mucho tiempo después, Josep Verdura, hijo de aquel obrero maldito, me lo contó. Me lo contó en Barcelona cuando yo llegué al exilio. Me lo contó: el era un niño desesperado que quería salvar a su padre de la condenación eterna y el muy ateo, el muy tozudo, no entendía razones

– Pero papá – le dijo Josep llorando – Si Dios no existe, ¿quien hizo el mundo?

– Tonto – dijo el obrero, cabizbajo, casi en secreto – Tonto. Al mundo lo hicimos nosotros, los albañiles.

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Pensar la decadencia. El concepto de crisis a comienzos del siglo XXI

Jorge Beinstein

jorgebeinstein@yahoo.com

1. El concepto

El concepto de crisis es extremadamente ambiguo, ha tenido múltiples usos, muchas veces contradictorios. A lo largo del siglo XX ha gozado de períodos de enorme popularidad en contraste con otros donde su existencia futura, como fenómeno social de amplitud y duración significativas, era casi descartada. Así ocurrió hacia finales de la era keynesiana, en los lejanos años 1960 y aún muy al comienzo de los 1970, en esa época el mito del estado burgués regulador, domesticador de los ciclos económicos, hacía que un economista prestigioso en esa época como Marchal señalara en 1963 que ‘en el estado actual de los conocimientos y de las ideas, una crisis prolongada sería imposible’ (Marchal J. M, 1963). Mientras que el premio Nobel de economía Paul Samuelson afirmaba poco antes de la crisis de 1973-74: ‘El National Bureau of Economics Research  ha trabajado tan bien que de hecho ha eliminado una de sus propias tareas principales, a saber: las fluctuaciones cíclicas’  agregando que ‘Gracias al empleo apropiado de políticas monetarias y fiscales, nuestro sistema de economía mixta puede evitar los excesos de los booms y de las depresiones y desarrollar un crecimiento sano y sostenido’ (Mandel E., 1978).

Pero antes de la primera guerra mundial en plena hegemonía del liberalismo y de la ideología del progreso (que muchos suponían indefinido) también era subestimada la idea de crisis, arrojada   al museo de antigüedades anarquistas y marxistas catastrofistas.  Pero el paraíso se derrumbó en 1914.

Y más recientemente en los años 1990, sobre todo en el segundo lustro, en pleno delirio bursátil, la prosperidad de Estados Unidos  solía ser presentada como el modelo del futuro, la matriz de un capitalismo que finalmente había logrado desatar una dinámica de crecimiento imparable durante un larguísimo período. Se nos explicaba que la revolución tecnológica hacia subir los ingresos y en consecuencia la demanda, incitando a más revolución tecnológica, aumentando la productividad laboral y generando nuevos ingresos, etc. etc. Pero el círculo virtuoso de las tecnologías de punta ocultaba al circulo vicioso de la especulación financiera que terminó por pudrir completamente a la mega fortaleza del capitalismo global. Ese frenesí neoliberal de los 90 fue bendecido en sus comienzos por personajes como Francis Fukuyama quien nos informaba que estábamos entrando no solo en una era sin crisis significativas sino en el mismísimo ‘fin de la historia’ (Fukuyama F, 1990).

Como es sabido el origen del concepto de crisis es muy remoto, si nos restringimos a la historia de Occidente suele ser situado en la Grecia Antigua, lo empleó Tucídides en ‘La guerra del Peloponeso’ para señalar el momento de decisión en la batalla pero también la evolución de la peste en Atenas atravesando ciertos puntos de inflexión, y por supuesto Hipócrates, anclando el tema en la medicina donde estuvo instalado con casi exclusividad durante muchos siglos en los que apareció tímidamente en algunas reflexiones sobre acontecimiento sociales.

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Immigrants en Lluita: L’anomalia o la Llei

“Papeles o muerte”. La consigna va recorrer des dels primers dies de febrer de 2001 tota la geografia estatal i europea. Arribava als suburbis i fàbriques il·legals, als edificis malalts d’hacinament on malviuen families senceres en el cor de les grans ciutats d’Occident. Removia les consciències i els cossos dels milers que protagonitzen l’èxode de la posmodernitat. Despertava els afectes narcotitzats pel fatalisme, els desitgos oblidats a la petita bossa de viatge.

Centenars d’immigrants sense papers havien decidit declarar-se en vaga de fam indefinida; havien decidit tancar-se en les Esglesies de Barcelona i d’arreu de l’Estat: reclamaven la seva existència com a persones. Marroquins, pakistanessos, indis, bangladeshis, sudamericans,…tots compartien un mateix objectiu: tornar a ser persones, tenir papers, existir davant de l’Administració de l’Estat per accedir als beneficis que concedeix el mutilat estatut ciutadà del immigrant resident.

Entorn d’una reivindicació justa s’articulà la solidaritat d’organitzacions socials i polítiques de tot tipus. Uns van sumar-se sense condicions, solidaritzant-se amb la seva lluita, fent seves les consignes del moviment autoorganitzat dels immigrants, integrant-se en l’espiral del col·lectiu que s’estava autoinstituint. D’altres van sumar-se creant una nova organització, empenyent per imposar uns nous criteris. Per aquests la vaga de fam havia de ser abandonada, la negociació havía de ser rogada, la consigna havia de ser canviada: la lluita fins ara havia estat inviable, utòpica, poc realista. Els immigrants havien d’aprendre a ser súbdits abans que ciutadans.

Al mes de maig de 2004, tres anys més tard, més d’un miler d’immigrants sense papers tornaven a irrompre als carrers de la ciutat al crit de “Per la regularització sense condicions”. Era el mateix subjecte, definit pel mateix problema, que tornava a resorgir de les misèries de les lleis migratòries. La situació era tràgica per uns i altres. Les diverses reformes legislatives i procedimentals implementades pel govern sortint no nomès havien condemnat a l’oblit a milers de sense papers, sinò que a més propiciaven la fallida de la mateixa condició administrativa, espùria i maltractada, sempre sota sospita, dels immigrants residents, convertint la renovació del seu títol d’integració en un humiliant laberint.

Afirmant que “la ciutadania es conquesta exercint-la” van entrar en la Catedral i en l’Esglesia del Pi, només per unes hores, amb el recolzament de les organitzacions i associacions que sempre els havien recolzat. No obstant, aquesta vegada quelcom havia canviat respecte a la situació del 2001. Les forces aparents dels immigrants havien minvat: els micos enjoiats de la política de pasadissos ja no estaven disposats a extendre mediàticament el discurs constitutiu de la lluita dels immigrants. Ja no hi eren els partits polítics i sindicats que en les lluites del 2001 s’havien sumat progresivament al moviment amb l’objectiu de desgastar al partit del govern i beure de les sinèrgies de l’autorganització. Els mateixos que havien escapçat el moviment del 2001 per canalitzar-lo cap a vies institucionals, els mateixos que havien fet prevaldre la negociació a la dignitat i el reconeixement, ara no admetien la negociació, ni la dignitat, ni el reconeixement.

QUÈ ENS HA PASSAT? AUTOORGANITZACIÓ I ANTAGONISME INSTITUCIONAL

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La Segunda Oleada de la Crisis

Robert Kurz

Una llamada "gran crisis" del capitalismo profunda, tal y como se manifiesta en el desmoronamiento estructural del conjunto del sistema de producción y reproducción, evoluciona siempre en diversas oleadas repartidas en el tiempo. Primero alcanza el centro industrial de producción de plusvalía, después los sectores subordinados como la circulación (comercio), los servicios y las infraestructuras estatales. Esto es así mucho más en una situación como la de hoy cuando la tercera revolución industrial al final lleva la "valorización del valor" a sus límites. Las industrias fordistas de producción de automóviles, de mercancías de "gama blanca" (electrodomésticos como frigoríficos, cocinas, máquinas de lavar, aspiradoras etc.) o de "gama marrón" (televisión, vídeo, Hi-Fi etc.) se agotaron ya hace mucho tiempo como soporte de la acumulación. Por eso, la racionalización microelectrónica, los despidos en masa y cierres socavan cada vez más la base de creación de valor (utilización de fuerza de trabajo, "capital variable") mientras que la capacidad de producción de bienes aumenta hasta dimensiones incomensurables. Pero no está a la vista una nueva base con suficiente capacidad de crear valor que signifique una nueva absorción masiva de fuerza de trabajo. En este aspecto, el sector de las tecnologías de información (IT) fue un fracaso, igual que el comercio por Internet. La ilusión de la sociedad de servicios sólo pudo surgir porque la segunda oleada de crisis en los sectores subordinados se hizo esperar. La fosa entre la creación real de valor y el consumo de mercancías o de servicios fue rellenado en primer lugar a través de dinero "aparcado" y de capital ficticio. A nivel del conjunto de la sociedad era, y aún es, sobre todo el endeudamiento estatal el que hacía de parachoques. De él dependen grandes cantidades de puestos de trabajo de los sectores secundarios; desde el servicio militar a las piscinas públicas, desde los aparatos administrativos a la enseñanza, desde la construcción de carreteras a la recogida de basura. Y todos estos ocupados compran bienes y servicios. Pero también el creciente endeudamiento privado en un primer momento produce poder adquisitivo. En cambio, quien tenga ahorros, empieza a gastarlos (y ahora por el "Hartz IV" [1] muchos incluso se ven obligados a ello). Finalmente, la generación del milagro económico se va muriendo poco a poco y deja herencias que de ahora en adelante también serán gastadas. Todos estos factores prolongan la capacidad capitalista de consumo más allá de la base real de creación de valor y dan origen a la ilusión óptica de que podría haber un capitalismo de circulación y de servicios sin trabajo industrial de masas. Pero la vida de segunda mano no puede durar eternamente. El endeudamiento estatal choca contra sus límites, igual que el privado. Tarde o temprano los ahorros se habrán gastado y las herencias se habrán agotado. Ahora ya la crisis empieza a alcanzar imparablemente las infraestructuras, la circulación y los servicios. Tanto las oficinas de correo como los teatros, así como guarniciones militares federales y talleres para discapacitados, trenes de cercanías como centros de terapia serán eliminados. Los bancos cierran sucursales y liquidan ramas enteras de negocios. Ya desde hace años el comercio al por menor está en decadencia. En este sentido la crisis aguda en Karstadt/Quelle[2] es una señal de alarma. Ya ha empezado la liquidación de bares de copas, igual que la de periódicos; hasta el turismo está en vuelo descendente. Los alemanes, campeones mundiales en compra de muebles, flaquean hasta en este sector: desde el comienzo de la presente década, un 10% de las empresas tuvieron que cerrar; sólo en 2003 el volumen global de ventas cayó un 12%, mientras, en competencia eliminatoria, surgen cada vez más nuevas superficies comerciales gigantescas. Junto con el espejismo de la sociedad de servicios se desvanece también la mezquina opción para grandes sectores de salarios de miseria. Todavía habrá alguna que otra "última comida del condenado a muerte" en forma de consumo endeudado, subvencionado o sacado de las reservas; pero en un futuro próximo expirarán las sobrecapacidades, estimadas en más del 50% en algunos sectores secundarios y terciarios. Ya Comenzó la reacción en cadena, la segunda oleada de la crisis está en movimiento. Original alemán DIE ZWEITE KRISENWELLE publicado en Neues Deutschland, 26.11.2004 Traducción al portugués: B.A. Traducción al español: Reinhart Pablo Esch

——————————————————————————– Notas del traductor: 1. Bajo este nombre se esconde un paquete de medidas de drásticos recortes sociales, recientemente aprobado por el parlamento alemán. 2. Cadena de grandes almacenes, más o menos comparable con El Corte Inglés; hace poco entró en una crisis aguda de liquidez.

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La descomposición

“Todas las tradiciones están gastadas, todas

las creencias anuladas, y no despunta una nueva

conciencia en las masas; es lo que yo llamo la descomposición,

es el momento mas atroz en la existencia de las sociedades”

Pierre-Joseph Proudhon

 

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¡El FMI está de fiesta!

Julio Gambina

jgambina@imfc.coop

El gobierno argentino anunció la cancelación de la deuda pública con el FMI por un monto de 9.810 millones de dólares. El pago se hará con recursos propios, provenientes de las reservas internacionales. La medida expresa la continuidad y profundización de la política que se venía aplicando en materia de endeudamiento externo desde que Néstor Kirchner asumió en mayo de 2003, privilegiando el pago a los organismos financieros internacionales. La Argentina nunca estuvo en default con estos acreedores internacionales, pues el compromiso con ellos fue siempre el riguroso pago, claro que pronunciando críticos discursos al FMI.

Teníamos razón cuando sosteníamos que la Argentina tenía recursos para hacer frente a las necesidades sociales postergadas. Anualmente se gastan 1.000 millones de dólares en financiar el plan de jefes y jefas de hogar para 1.700.000 personas. Ahora y en un pago se aplican recursos 10 veces más para cancelar acreencias con el FMI. Otros podrían haber sido los usos de ese dinero. Se prefirió pagar al FMI aún conociendo ampliamente las necesidades sociales insatisfechas en alimentos, salud, educación, vivienda, empleo, desarrollo local y productivo que hace a la calidad de vida deteriorada de una gran parte empobrecida del pueblo de la Argentina.

Se comunicó la medida en el mismo momento en que la Cámara de Diputados aprobaba el Presupuesto del 2006, donde se incluía una suma destinada al pago de la deuda y que ahora no tendría destino, pues el acreedor será satisfecho antes de finalizar el presente año. ¿Qué ocurrirá con esos fondos aprobados por los parlamentarios? ¿Se encargará el poder ejecutivo de su reasignación para el pago de otras acreencias, o tendrá otro destino? Más allá de los interrogantes, la realidad es que otra vez se pasa por alto la Constitución Nacional que sostiene que es el Parlamento el que debe “arreglar” la deuda.

¿Quién quería el desendeudamiento?

Desde el gobierno se pretende instalar que se trata de una medida soberana y que quita la posibilidad de condicionamiento externo a la política económica local. Nos permitimos dudar de esa reflexión, ya que curiosamente los grandes deudores del FMI siguen el mismo camino. Cuando estalla la crisis argentina en el 2001 los grandes deudores del FMI eran Rusia, Turquía, Brasil y Argentina. Salvo Turquía, los demás cancelaron la totalidad de las acreencias con el organismo internacional, con Brasil y Argentina anunciando el pago con 48 horas de diferencia. Es mucha la casualidad de “estrategias soberanas” planteadas en simultáneo. Mejor es pensar que el FMI quería bajar la exposición financiera con esos grandes deudores y en rigor, era el mandato del principal accionista del Fondo: EEUU.

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De la precariedad laboral a la precariedad social

María Cecilia Fernández

Chainworkers, entrevistados por María Cecilia Fernández El movimiento obrero novecentista se organizaba en torno a la fábrica a través de espacios de agregación social y apoyo mutuo. La s del sindicato, pero paralelamente construía sociedades de resistencia. La producción capitalista era entendida no sólo como un problema económico sino al mismo tiempo social. La lucha contra el capitalismo significaba una lucha contra las formas de vida mercantiles, más allá de la reivindicación sindical y los derechos laborales. Actualmente, el proceso de valorización capitalista ha incorporado como fuerza de trabajo las capacidades cognitivas, comunicativas y afectivas de lo humano. Una de las dimensiones más dinámicas de la producción social es un tipo de fuerza de trabajo inmaterial. Operadores de informática, diseñadores de páginas web, publicistas, artistas, comunicadores sociales, son parte de la actual composición social del trabajo. Las nuevas formas del trabajo, en el marco del modo de producción postfordista, han puesto en discusión cuáles serían las formas de organización social que harían frente a la situación de flexibilidad, movilidad y precariedad laboral, pero también a las formas de vida que producen las relaciones sociales capitalistas. En Italia, el colectivo milánes Chainworkers lleva años trabajando sobre estos aspectos de la precariedad laboral y social. Chainworkers comenzó dirigiéndose a los empleados de las cadenas comerciales, lo que significó, por un lado, un acercamiento a la figura precaria emblemática de los años noventa: el empleado estilo McDonald´s, sin ningún derecho ni representación sindical, que no se percibe a sí mismo como trabajador en un sentido clásico; pero también, por otro lado, el colectivo abordaba estrategias de comunicación innovadoras con el objetivo no sólo de dar información sobre los derechos labores en situación precaria, sino también intentar crear formas de agregación y conflicto social más allá de la sindicalización. María Cecilia Fernández (MCF): ¿Qué análisis hacen de su primer recorrido? Frenchi (F): Al principio, al interior del movimiento toda la cuestión del trabajo venía expresada con retóricas que denotaban impotencia, pero no capacidad de intervención [“Stop al precariado”, etc.]. En nuestro caso, una de las características iniciales fue el odio a las cadenas de negocios, no como lugar de consumo, sino como instituciones. Pero éramos muy inocentes, porque pensábamos que la condición neoesclavista de los trabajadores de las cadenas comerciales sería una condición “no imitable”, y que se estaban creando zonas de marginalidad muy amplias entendidas como una cierta reproducción del mercado fordista. Pero estábamos equivocados: todo el mundo del trabajo tendía a esta condición neoesclavista. La precariedad, como concepto, surge en el 2002, al caer en la cuenta de que no es un nuevo subproletariado el que estaba naciendo, no era sólo un mecanismo laboral lo que estaba en juego, sino una nueva relación social más compleja entre vida y trabajo. MCF: ¿Cómo definen entonces precariedad social? F: Es un mecanismo de control, división del trabajo, repartición de los recursos humanos y selección que genera ganancias y plusvalor para las empresas, que muta y modifica su propia conformación. Este pasaje de la precariedad laboral a la precariedad social pone entre interrogantes nuestra capacidad de intervenir, y también cuestiona reivindicaciones que cuentan con un pasado muy fuerte: por ejemplo, las del movimiento autónomo italiano de los setenta, con su rechazo al trabajo y la reapropiación del tiempo; también el derecho a una vida digna a través de una serie de derechos civiles y sociales históricamente conquistados. MCF: ¿Qué significa para ustedes crear comunidad? F: Crear relaciones solidarias concientes con un fuerte vínculo relacional, capacidad de comunicación entre todos los sujetos que están en esta comunidad. Capacidad de generar una producción autónoma muy cooperativa, muy horizontal aun asumiendo la división de competencias, muy ligada a la capacidad innegable que uno reconoce en los demás. Comunidad de individuos solidaria y de amigos, pero sobre todo una comunidad en el momento en que logra producir y cooperar y darse sentido a sí misma. MCF: ¿Cualés son los planos de intervención de esta comunidad? F: Son muchos. Un primer plano es la autoformación colectiva. Estar en una comunidad es una situación que ya de por sí te defiende. Entonces, hay un aspecto social, un aspecto de comunidad, un aspecto de comunicación, un aspecto lúdico, y también un aspecto de autorédito. Todo esto incluye varios factores: comunidad, socialización, formación, intervención política, relaciones preferenciales con algunos grupos, es decir una conciencia fuerte del territorio y de mecanismos que regulan este territorio. Esta es la comunidad que estamos creando. MCF: ¿En su experiencia, cómo ha tomado cuerpo esa idea de producción de comunidad y qué significa en la práctica el concepto de autorédito? Bombo (B): Mi formación profesional nació en un centro social, el Depósito Bulk en Milán. Allí logré algo que ni la universidad ni un puesto de trabajo hubieran podido darme. Siguiendo la filosofía Do it yourself (hazlo tú mismo) de los centros sociales, hice la formación profesional que actualmente aplico a mis trabajos: el discurso del free software (sistemas informáticos abiertos), la idea de compartir conocimientos, me permitieron no sólo acometer una reivindicación cultural, sino seguir trabajando en el sector de la informática con el objetivo no de producir mejor y ganar más, sino de manera alternativa a las propuestas del mundo comercial de la informática. Más tarde, comenzamos a pensar el Centro Social La Pérgola como un posible lugar para construir infraestructuras útiles para nuestro trabajo, así como para crear espacios de intervención en la ciudad: desde herramientas y espacio telemático hasta un lugar de alojamiento nocturno que fuera extremadamente accesible frente a la oferta en Milán, y de aquí nace la hostería autogestiva. Abrir una hostería nos metió en un proyecto que sobre la base del voluntariado no iba a funcionar, y que solucionamos creando puestos de trabajo que no siguen las reglas tradicionales, sino que consideramos un tipo de servicio social. MCF: Ustedes comenzaron en el 2001 manifestándose el 1 de Mayo, pero resignificándolo como el día de la precariedad. ¿Cuál es el objetivo y cómo se expresa esta intervención comunicativa? F: Unos años atrás, para nuestros gobernantes, hablar de precariedad estaba al límite del terrorismo. La MayDay sirvió como acto comunicativo para desarrollar una nueva conciencia. Con el San Precario, por ejemplo, hacemos subvertising [técnica de desvío y reapropiación del propio lenguaje de la publicidad para generar un efecto de sentido opuesto o diferente] sobre un tejido social que es muy católico. Aunque seamos laicos, en Italia hay un pasado popular ultra católico. El santo fue tomado de la cultura popular para insertarlo en una situación no religiosa. Y cada icono que está debajo de la imagen de San Precario indica los cinco ases de la no precariedad: debemos tener dinero, casa, relaciones afectivas y derecho a la comunicación y al transporte. MCF: ¿Cuál es la inserción de la figura del precario en el discurso sindical? F: No lo tiene, porque la precariedad es extorsión, chantaje, y difícilmente entendible a través de las formas sindicales clásicas. Hablando de la renovación en las formas de lucha, creemos que eso también implica renovación en las instituciones de la lucha, es decir del sindicalismo, el arte sindical y las acciones sindicales. Actualmente estamos construyendo los “puntos de San Precario”, que se coordinan en una red que llamamos biosindical. La concepción de biosindicato parte de la siguiente premisa: si la precariedad es social e invade toda nuestra vida, es obvio que nuestra acción sindical debe partir de cada uno de los puntos en que se desarrolla nuestra vida, internos y externos al lugar de trabajo. Los puntos de San Precario serán lugares simultáneamente de servicios legales, autoformación, comunidad solidaria y defensa. Serán todo lo que sepamos ir construyendo para que nuestras acciones de conflicto sean incisivas, golpeen a la empresa y a su imagen. Serán el intento de organizar una defensa, un contraataque. Al final, el individuo es precario porque no tiene acceso siquiera a la información que debería sobre las condiciones del propio contrato. Y, sobre todo, está aislado en relación a los otros en su lugar de trabajo. Necesitamos romper este aislamiento, crear comunidad. MCF: ¿Qué piensan de la lucha en el plano de los derechos laborales? F: Estamos convencidos de que la situación actual no puede ser modificada al interior del discurso político-judicial. La relación de precariedad social supera la relación legal-laboral y es directamente explotación, fuerza y potencia de la empresa sobre la vida de cada uno. Si llega a haber una modificación de las leyes laborales, será como siempre ha sido: gracias a la capacidad de crear conflicto y, sobre todo, de crear conflicto potente, fuerte e inteligente. A las leyes que se concretan las llamamos “amortizadoras”: reconocemos que doscientos euros más o menos al mes cambian la situación. Ahora bien, si ese dinero es el motivo para que no construyas una estrategia política que vaya más allá de los doscientos euros, caés en una monetarización de los derechos. Una estrategia política inteligente debe perseguir aumento salarial, redistribución, asistencia o subvención, pero sin perder de vista que el problema de la precariedad es cuando te llaman a medianoche para decirte “mirá que mañana tenés que trabajar” y vos ya habías hecho planes para ir a Lugano a visitar a tu familia.

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El problema és què fer i com fer-ho.

Joan Tafalla

En la meva opinió els documents presentats poden ser aprovats sense cap tipus de problema. Contenen elements d’anàlisi interessants, amb els que coincideixo força i d’altres en que coincideixo menys. Però és indiferent allò que aprovem com a document polític o les millores que es podrien fer a aquests documents via esmenes, via debat.

El problema que tenim no és de programa. Tenim superàvit de programa, sobretot si ens atenem a les forces que tenim per a aplicar-lo. El problema que tenim no és de document polític. Podríem posar una fàbrica de documents polítics. El problema no és simplement d’organització de la subjectivitat política. La crisi del moviment comunista a l’estat espanyol i arreu fa molt anys que dura. No es tracta, simplement, d’una crisi de direcció, no es tracta, simplement, d’una crisi d’organització. Si fora així, qualsevol “avantguarda” dotada de la “veritable ciència marxista” ja hagués ocupat l’espai a força de voluntarisme. Per exemple, el PCC o el PCPE. Per exemple, el PRT.

Encara que de crisi de direcció i de crisi d’organització n’hi ha. Però és una crisi subsidiària d’un problema major: la crisi de subjecte social. No reconèixer que el tema essencial es la crisi de subjecte social, el canvi radical d’aquest subjecte, la seva metamorfosi absoluta, significa equivocar-se de forma greu en allò que és el més important: el què fer. Allò més important ara no és què escriure, si no què fer i també, com fer-ho.

Tronar-se a equivocar en això significa seguir posant el carro davant dels bous, significa equivocar-se de nou en l’apreciació del moment, que no és encara de construcció política si no de re- constitució de classe, per tant d’acumulació de forces, de lluita ideològica y cultural, de construcció de noves formes de socialització. Vull dir que no cal estar organitzats? Qui afirmi que jo dic això em difama gratuïtament. I hi ha gent que ho està fent.

La classe obrera industrial ja no és allò que era en els anys seixanta y setanta. La classe obrera, el proletariat ha canviat radicalment. Les úniques lluites obreres industrials que veiem són lluites defensives quan no resignades, de negociació dels tancaments, de les indemnitzacions, de les pre- jubilacions. El tèxtil català tanca tot, sencer, o gairebé, en el silenci, i això canvia les nostres ciutats i la nostra societat: de la ciutat- fàbrica passem a les metròpolis com a reservori de força de treball. El Sabadell, Terrassa, Igualada, Mataró que coneixíem ja no són els mateixos. Tanca el metall: tanquen la UH a Sabadell, i la AEG a Terrassa. Empreses del metall que varem ser el bressol de tota una generació del moviment obrer i popular dels barris.

Quan els xinesos ens venguin els seus cotxes magnífics, moderns, a preus d’ entre 3000 i 6000 € on quedarà la SEAT i la seva industria auxiliar? Així mateix, quines possibilitats reals tenim d’intervenir en aquesta lluita des de fora? Amb la simple impressió que les nostres fulles “han estat ben acollides”?

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