Un punto de encuentro para las alternativas sociales

La democracia ¿un gobierno del pueblo o un arma del poder?

Adriana López Monjardin

Declaramos que en este territorio gobierna y gobernarán siempre nuestras autoridades autónomas, porque a ellos los necesitamos, porque nos respetan, porque los conocemos y nos conocen, porque nos obedecen y los sabemos obedecer […] Nosotros que ya decidimos luchar, sabemos muy bien que nuestra lucha es justa y necesaria para todos los pobres, que aunque nieguen y lo renieguen, la lucha será para los hijos y su futuro, y es nuestra tarea ganarla, para dejarles un mundo más justo, que ahorita no hay, pero que estamos aprendiendo a construir. Por eso tenemos problemas y por eso luchamos. Ahorita para nosotros que estamos luchando, sólo nos queda la cárcel y la muerte, ahí lo demuestran las acciones de los poderosos ¿y ustedes hermanos? ¿Qué están haciendo? ¿Dónde están dirigiendo su lucha? Luchar junto al poderoso los llevará siempre a un camino más cómodo y menos cansado, sin tantos sufrimientos, pero luchar al lado del pueblo, hay muchos sufrimientos, tristezas y cansancios porque allí hay rebeldía y resistencia, pero con la esperanza de un nuevo amanecer de libertad, justicia y democracia.

Discurso de Claribel durante la manifestación en defensa del municipio autónomo Tierra y Libertad, 11 de mayo de1998.

La democracia es inseparable de la ética, la libertad y la justicia. Sin embargo muchas veces, a lo largo de su milenaria historia, ha sido degradada, restringida y aprisionada por los poderosos, que la esgrimen como un arma contra otros seres humanos hasta hacer estallar sus sentidos más elementales: cuando el ejército más terrible del planeta lanza bombas de fragmentación sobre el pueblo de Bagdad, envía misiles contra los periodistas y condena a una muerte lenta, dolorosa y prematura incluso a niños que todavía no nacen, al sembrar de municiones de uranio empobrecido los campos y los barrios de su patria.

En nombre de la democracia se libran y enmascaran todo tipo de batallas en todo el mundo. "La democracia sería una palabra muy pobre si no fuera definida por los campos de batalla en los que tantos hombres y mujeres combatieron por ella", dice Alain Touraine. Se trata de una palabra, una idea, una utopía cargada de significados. La historia de la ambigüedad y la polisemia del término (es decir, su capacidad para contener múltiples sentidos) es tan antigua como el concepto mismo. No obstante, sus significados no flotan libremente. Si bien flotan, naufragan y chocan entre sí, lo hacen atados a los intereses, los agravios y las esperanzas de muy variados pilotos y tripulantes.

Ya decía Aristóteles que la democracia es el gobierno del pueblo y suena bien siempre y cuando uno se olvide de que ese supuesto pueblo se reducía a un puñado de ciudadanos libres que creían tener el derecho de ser propietarios de otros seres humanos; de los que eran arrancados por la fuerza de sus pueblos, hablaban otras lenguas y vivían otras culturas: los esclavos, quienes no eran considerados como parte del pueblo ni tenían derecho a formar parte de la ciudadanía.

Desde entonces quedó abierta una interrogante sobre el sentido ético de la democracia y, desde entonces, la democracia ha servido tanto para liberar como para oprimir: para constituir ciudadanos guiados por la búsqueda de la libertad y la justicia y para armar y encubrir a los tiranos que esclavizan. Los pueblos han emprendido batallas en su nombre, buscando conquistar la autonomía y la libre determinación. Los poderosos han buscado reconstruir la opresión y la exclusión, simulando que siguen arropados bajo el manto prestigioso de la democracia.

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La multitud y la metrópoli

Toni Negri

Artículo publicado en el número 5 de la revista POSSE

1. “Generalizar” la huelga. Ha sido interesante observar, con ocasión de las luchas de la primavera y del verano del 2002 en Italia, cómo el proyecto de “generalizar” la huelga por parte de los movimientos de los precarios, de los obreros sociales, mujeres y hombres había parecido deslizarse de manera inocua e inútil a través de la “huelga general” de los trabajadores. Después de esta experiencia muchos compañeros que han participado en la lucha, han comenzado a darse cuenta que, mientras la huelga obrera “hacía daño” al patrón, la huelga social pasaba, por así decirlo, a través los pliegues de la jornada laboral global, sin hacer daño al patrón sino más bien a los trabajadores movibles flexibles. Esta constatación plantea un problema: el de comprender cómo lucha el obrero social, cómo puede concretamente destruir en el espacio metropolitano la subordinación productiva y la violencia de la explotación. Se trata de preguntarse cómo la metrópoli se presenta ante la multitud y si es correcto decir que la metrópoli es a la multitud como la fabrica fue a la clase obrera. De hecho esta hipótesis se nos presenta como problema. Ello no ha sido simplemente planteado desde las evidentes diferencias de eficacia inmediata entre luchas sociales y luchas obreras, sino también desde una cuestión mucho más pertinente y general: si la metrópoli es investida de la relación capitalista de valorización y de explotación, ¿cómo se puede, en su interior, aferrar el antagonismo de la multitud metropolitana? En los años sesenta y setenta a estos problemas, a medida que surgían en relación a las luchas de clase obrera y a las mutaciones de los estilos de vida metropolitanos, se le dieron varias respuestas, a menudo muy eficaces. Pronto las resumiremos. Aquí basta con subrayar cómo aquellas respuestas guardaban una relación externa entre la clase obrera y los otros estratos metropolitanos del trabajo asalariado y/o intelectual. Hoy el problema se presenta de manera diversa porque las varias secciones de la fuerza de trabajo se presentan en el híbrido metropolitano como relación interna e inmediatamente como multitud: un conjunto de singularidades, una multiplicidad de grupos y de subjetividades, que ponen en forma (antagonista) el espacio metropolitano.

2. Anticipaciones teóricas. Entre los estudiosos de la metrópoli (arquitectos y urbanistas), ha sido Koolhaas quien nos ha dado, de manera delirante, hacia finales de los setenta, una primera nueva imagen de la metrópoli. Aludimos, evidentemente, a Delirious New York. ¿En qué consistía la tesis central de este libro? Consistía en dar una imagen de la metrópoli que, más allá y a través de las planificaciones (siempre, de manera más o menos coherente, desarrollada), vivía todavía de dinámicas, conflictos y superposiciones potentes de estratos culturales, de formas y de estilos de vida, de una multiplicidad de hipótesis y de proyectos sobre el porvenir. Se debía mirar esta complejidad, esta microfisica de potencias desde dentro, para comprender la ciudad. New York, en particular, era el ejemplo de un extraordinario acumularse histórico y político, tecnológico y artístico, de varias formas de programación urbana. Pero no bastaba. Era necesario añadir que la metrópoli era más fuerte que lo urbano. Los intereses especulativos y las resistencias de los ciudadanos imponían y arrollaban a un tiempo, las prescripciones del poder y las utopías de los opositores. El hecho es que la metrópoli confundía y mezclaba los términos del discurso urbanístico: a partir de una cierta intensidad urbana, la metrópoli constituía nuevas categorías, era una nueva maquina proliferante. La medida se desmesuraba. Se trataba pues, a un tiempo, de dar de la metrópoli, de New York, un análisis microfísico, que fuese al encuentro ya sea de los miles y miles agentes singulares, ya sea de las formas de represión y bloqueo que la potencia de la multitud encontraba. Es así que la arquitectura de Koolhaas se eleva a través de grandes medidas de convivencia urbana, que vienen luego revueltas, mutadas y mezcladas en otras formas arquitectónicas… Es una gran narración la que la arquitectura de Koolhaas expresa, la gran narración de la destrucción de la ciudad occidental, para dar lugar a una metrópoli mestiza. No es relevante (aunque útil para comprender) que en Koolhaas el desarrollo arquitectónico sea clasificado de manera funcional a las varias técnicas de la organización del trabajo de construcción. Lo que interesa es exactamente lo contrario: también a través de una corporativización industrial de los agentes de la producción, aquí se percibe cuanto ahora ya la metrópoli se organiza sobre niveles continuos aunque distorsionados, fieles al Welfare aunque híbridos. La metrópoli es mundo común. Es el producto de todos -no voluntad general sino aleatoriedad común. Así la metrópoli se quiere imperial. Los postmodernos débiles son golpeados por Koolhaas. Koolhaas anticipa efectivamente, buscando en la genealogía de la metrópoli, una operación que en el postmoderno maduro deviene fundamental: el reconocimiento de la dimensión global como más productiva y más generosa desde el punto de vista de las figuras económicas y de los estilos de vida. Este esfuerzo critico no es solitario ni neutralizante. Al contrario produce otra critica, la confiada al movimiento real. Por ejemplo, cuando nosotros introducimos elementos diferenciales y antagonistas en el saber de la ciudad, y hacemos de éstos el motor de la construcción metropolitana, componemos también nuevos enfoques del vivir y del luchar -comunes. Todavía un ejemplo entre otros: un propósito de metrópoli y colectivización. Esta vieja palabra socialista está ciertamente ya obsoleta y totalmente superada en la consciencia de las nuevas generaciones. Pero éste no es el problema. El proyecto no es el de colectivizar sino el de reconocer y organizar el común. Un común hecho de un patrimonio riquísimo de estilos de vida, de posibilidades colectivas de comunicación y reproducción de la vida y, sobretodo, del exceso de la expresión común de la vida en los espacios metropolitanos. Disfrutamos de una segunda generación de vida metropolitana, creativa de cooperación y excedente en los valores inmateriales, relacionales, lingüísticos que produce. Esta es la metrópoli de la multitud singular y colectiva. Hay muchos postmodernos que rechazan la posibilidad de considerar la metrópoli de la multitud como espacio colectivo y singular, resistentemente común y subjetivamnte maleable y siempre nuevamente inventada. Estos rechazos sustituyen al analista por el bufón o el sicofante del poder. De hecho nosotros hemos recuperado la idea de las economías externas, de las dinámicas inmateriales, los ciclos de lucha y todo aquello que compone la multitud. New York es postmoderna, en la medida en que ha participado en todas condiciones del moderno, y ahí ha, por así decirlo, consumado en la crítica y en la prefiguración de otro: el resultado es un híbrido, el híbrido metropolitano como figura espacial y temporal de las luchas, plano de la microfísica de los poderes.

3. Metrópoli y espacio global. Es Saskia Sassen quien, antes y después de cualquier otro, nos ha enseñado a ver la metrópoli, todas las metrópolis, no solo, desde Koohlaas, como un agregado híbrido e interiormente antagonista, sino como figura homologa de la estructura general que el capitalismo ha asumido en la fase imperial. Las metrópolis expresan e individualizan el consolidarse de la jerarquía global, en sus puntos más articulados, en un complejo de formas y ejercicio de comando. Las diferencias de clase y la programación genérica en la división del trabajo ya no se hacen más entre naciones sino entre centro y periferia, en las metrópolis. Sassen va a observar los rascacielos para sacar lecciones implacables. Arriba está el que manda y abajo el que obedece; en el aislamiento de los que están más alto está la conexión con el mundo, mientras en la comunicación de los que están más abajo, están los puntos móviles, los estilos de vida y renovadas funciones de la recomposición metropolitana. Por esto nosotros debemos atravesar los espacios posibles de la metrópoli, si queremos reanudar los trazos de lucha, para descubrir los canales y las formas de conexión, los modos en que los sujetos están juntos. Sassen nos propone observar los rascacielos como estructura de la unificación imperial. Pero al mismo tiempo insinúa la sutil provocativa propuesta de imaginar los rascacielos no como un todo sino como un arriba y un abajo. Entre el arriba y el abajo corre la relación de comando, de explotación, y por tanto la posibilidad de rebelión. Los temas de Sassen son recorridos nuevamente fuertemente, en Europa, en los años noventa, cuando, con alguna dificultad, todavía sin embargo eficazmente, algunas fuerzas antagonistas han comenzado a ver en la estructura de la metrópoli reflejarse las contradicciones de la globalización. De hecho, que fuesen rascacielos o no, de todos modos el orden global restablecía un alto y un abajo en la metrópoli, que era la de una relación de explotación que se extendía sobre el horizonte interno de la sociedad urbana. Sassen mostraba los lugares y las relaciones de la explotación y disolvía la multitud devolviéndola al ejercicio disperso de actividad material. De otra parte está el comando. Blade Runner deviene una ficción científica.

4. Anticipaciones históricas. Pero las metrópolis de los rascacielos y del Impero otros las perciben sobretodo como lugares de lucha, que pueden revelar aspectos comunes y sobretodo pueden encarnar formaciones y organizaciones de resistencia y de subversión. El ejemplo que inmediatamente viene a la mente, a este propósito, es el de las luchas parisinas del invierno del ’95-’96. Estas luchas vienen recordadas porque en aquella ocasión los proyectos de privatización de los transportes públicos parisinos fueron rechazadas, no sólo por los sindicatos, sino por las luchas conjuntas de gran parte de la población metropolitana. Estas luchas, sin embargo, no habrían alcanzado nunca la intensidad y la importancia que tuvieron si no fuesen estado atravesadas, y ya primero de algún modo prefiguradas, por las luchas de los sans-papiers, sans-logement, sans-travail etc… Vale decir que el máximo de la complejidad metropolitana abre vías de fuga a toda la povertà urbana: es aquí que la metrópoli, también aquella imperial, se despierta al antagonismo. En los años setenta estos desarrollos y estos antagonismos habían sido anticipados: en Alemania, en los EE.UU., en Italia. El gran pasaje desde el frente de lucha de la fabrica a la metrópoli, de la clase a la multitud, ha sido visto y organizado, teóricamente y prácticamente, desde muchísimas vanguardias. “Tomemos la ciudad” era una parola d’ordine italiana, insistente, importante, arrolladora. Palabras similares atravesaron las Bürger-initiativen alemanas, pero también las experiencias de los okupas en casi todas las metrópolis europeas. Los obreros fabriles se reconocían en este desarrollo, mientras las dirigencias sindicales y las de los partidos del movimiento obrero lo ignoraron. La huelga del billete en los transportes, las ocupaciones masivas de casas, la toma de los barrios para organizar el tiempo libre y la seguridad de los trabajadores contra la policía y los recaudadores fiscales, etc… , en definitiva la toma de zonas de la ciudad, fue un proyecto (per)seguido con mucha atención. Estas zonas se llamaban entonces “bases rojas”, aunque frecuentemente no eran lugares, sino espacios urbanos, sitios de opinión publica. Alguna vez también sucedía que eran decididamente no-lugares: eran manifestaciones de masa que en movimiento recorrían y ocupaban plazas y territorios. Así la metrópoli comenzó a ser reconstruida por una alianza extraña: obreros de fabrica y proletarios metropolitanos. Aquí comenzamos a ver cuánto fue potente esta alianza. Junto a estas experiencias políticas estaba también otro y más amplio experimento teórico. Se comenzaba efectivamente, desde el inicio de los años setenta, a ver cómo la metrópoli no fuera sólo invadida por la mundialización a partir de la cima de los rascacielos, sino también como fuera así constituida desde las transformaciones del trabajo que estaban realizándose. Alberto Magnaghi, y sus compañeros, publicaron en los años setenta, una formidable revista (Quaderni del territorio) que mostraba, a cada número de manera más convincente, como el capital estaba invistiendo la ciudad, transformando cada vía en un flujo productivo de mercancías. La fábrica se encontraba, por tanto, en y sobre la sociedad: esto era evidente. Pero también era evidente que este investimento productivo de la ciudad modificaba radicalmente la lucha de clases.

5. Policía y guerra. En los años noventa que la gran transformación de las relaciones productivas, que invisten las metrópolis, llega al limite cuantitativo, configurando una nueva fase. La recomposición capitalista de la ciudad, mejor, de la metrópoli, se da en toda la complejidad de la nueva configuración de las relaciones de fuerza en el Impero. Ha sido Mike Davis quien, primero, nos ha dado una caracterización apropiada de los fenómenos característicos de la metrópoli postmoderna. La erección de muros para limitar zonas intransitables a los pobres, la definición de espacios para ghettos donde los desesperados de la tierra pudieran/puedan hacinarse, el disciplinamiento de las líneas de circulación y de control que tuvieran orden, un preventivo análisis y practica de contención y de persecución de las eventuales interrupciones del ciclo: hoy, en la literatura imperial, cuando se habla de la continuidad entre guerra y policía global, lo que se olvida decir es que las técnicas continuas y homogéneas de guerra y policía han sido inventadas en la metrópoli. “Tolerancia cero” deviene una parola d’ordine, mejor, el dispositivo de prevención que inviste estratos sociales enteros, también ensañándose con sus opositores o excluidos individuales. El color de la raza o el credo religioso, las costumbres de vida o la diversidad de clase, vienen, de vez en vez, asumidos como elementos que definen la zona represiva en el interior de la metrópoli. La metrópoli se construye sobre estos dispositivos. Como decíamos a propósito del trabajo de la Sassen, las dimensiones espaciales, anchura y altura, de los edificios y de los espacios públicos, están completamente subordinados a la lógica del control. Dónde es esto posible: donde en cambio el capital inmobiliario determina rentas demasiado altas para poder ser sometidas a instrumentos de control directo, a través de la aplicación de procesos urbanísticos pesados, el paisaje metropolitano está cubierto por redes de control electrónico, y recorrido, y excavado, por representaciones de peligro que televisiones o helicópteros diseñan. Dentro de poco sobre cada ciudad se condensaran aquellos instrumentos automáticos de control, aéreos sin piloto, clones policíacos que los ejércitos están normalmente utilizando en las guerras. Pronto las [restricciones] y las zonas rojas se instalarán sobre la lógica de los vuelos de control: el urbanismo deberá interiorizar las formas del control a partir de una globalidad aérea, presupuesta a la libertad de desarrollar espacios y sociedad. Es evidente que, describiendo esto, nosotros exasperamos algunas líneas de tendencia que están de todos modos limitadas y representan solo una parte del desarrollo metropolitano. Efectivamente, también aquí (como en la teoría de la guerra) la enorme capacidad de desarrollar violencia por parte del poder, la así llamada asimetría total, genera respuestas adecuadas: el fantasma de David contra la realidad de Goliat. Del mismo modo la planificación del control sobre la ciudad, la “tolerancia cero”, producen nuevas formas de resistencia. La red metropolitana es continuamente interrumpida, a veces destruida, por redes de resistencia. La recomposición capitalista de la metrópoli construye trazos de recomposición por la multitud. El hecho es que, para darse, el control debe el mismo reconocerse, o hasta construir, en los esquemas transindividuales de ciudadanía. Toda la sociología urbana, desde la Escuela de Chicago hasta nuestros días, sabe que incluso dentro de un marco de individualismo extremo, los conceptos y los esquemas de interpretación deben asumir dimensiones transindividuales, casi comunitarias. Es al desarrollo de estas formas de vida que el análisis debe aplicarse. Se descubren así, en la metrópoli, espacios definidos, localizaciones determinadas de los movimientos de la multitud. Determinaciones espaciales y temporales del hábitat y del salario (consumo), diseñan de nuevo los contornos de los barrios y a caracterizar los comportamientos de las poblaciones. La guerra como legitimación del orden, la policía como instrumento del orden –estas potencias que asumen una función constituyente en la metrópoli, sustituyendo a los ciudadanos y a los movimientos- no consiguen pasar. De nuevo el análisis de la metrópoli remite aquí a la percepción del exceso de valor que es producida por la cooperación del trabajo inmaterial. La crisis de la metrópoli es, pues, desplazada mucho más adelante

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La ocasión constituyente en Argentina: entre Marat y Virilio

Nada es menos pasivo que una fuga. Nada es menos falto de creatividad que un escape absoluto. Nada menos irracional que una crítica social sin presupuestos. Argentina y su nuevo movimiento social, cuyo punto de inflexión fue el levantamiento de diciembre del 2001, vive una temporalidad kairológica, un tempo de ritmo y vivencia novísimo. La dimensión de la mutación rebelde es que no sólo se protesta a viva voz, sino, sobre todo, la gente defecciona de las reglas del sistema. Ya no mera “voice” (que exige una lealtad hasta el final) y si “exit”. Cinismo revolucionario con pasión por lo colectivo. Nueva praxis huérfana de teorías, que anula la reproducción del capitalismo. El grito “¡Qué se vayan todos!” es la gramática furiosa de la multitud. El movimiento se extiende saliendo y plegándose sobre sí mismo, modifica la arena de la contienda, anula la autonomía vacía de lo político. Instintivamente se opone con rabia a una farsa electoral vacía. El éxodo y revalorización de lo social, su puesta en escena, es una invención desprejuiciada, un “uso” de la imaginación constituyente que enloquece la brújula del enemigo, introduce caos en la maquinaria gótica del "Capital-Parlamentarismo". El éxodo ontológico de asambleas, piquetes, okupas, autogestión en fábricas, listas sindicales clasistas y servicios es una defensa que ataca, una estrategia indirecta de poder, una abundancia material y virtual (con gasto intensivo de Internet) que cristaliza en un nivel altísimo de antagonismo. Es Marat (la densidad social de la revolución francesa) más Virilio. Es 1793 en código binario. Es el valor y afecto del “cara-a-cara”, “sans-culotte” con la E-democracy de las redes. Es el “uso” micropolítico de la virtualidad y macropolítico de la calle. Se usa y abusa de redes informales, alternativas, impolíticas, a contracorriente de los flujos de la entropía del sistema. La nueva “Weltanschauung” es absolutamente negativa: la defección, el “exit” por sobre la “voice”, le otorga una expresión autónoma, anti-institucional, prefigurativa de nuevos niveles de comunidad y sociabilidad. Virtuosismo que construye día a día el nexo colectivo entre institución e historia. Se trata, de los que los vivimos en lo cotidiano, de la fundación de una verdadera “Comunidad” en la cual la potencia social, el contrapoder material, sean ya no mediación, ya no referencia, ya no representación, sino una verdadera función ontológica y constituyente de la multitud posfordista. "La multitud es más sabia y más constante que el Príncipe” es nuestro lema. Unidad constituyente del instinto social por sobre la forma política, el principio constituyente del movimiento como cerebro colectivo de la potencia social. ¿Una Oceana en el Sur? ¿Será la ocasión constituyente abierta en Argentina una hipótesis de la libertad futura?

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La política como resistencia

Arturo Anguiano

A Rosario Ibarra, precursora de la lucha por los derechos humanos en México,incansable y resuelta guerrera de la esperanza libertaria

La crisis como política

Se ha convertido en lugar común decir que la política está en crisis, que se desdibujan los contornos de lo político, que ha venido a menos la centralidad del Estado (y de la política) que se construyó durante la era del sistema de Estados-nación a través de un largo y complejo proceso histórico, y que en su lugar se impuso incuestionablemente la centralidad de la economía. Esto simboliza la preponderancia de los intereses particulares, puramente egoístas y parciales, es decir de lo privado, frente al bien común y lo público, o en otros términos, de lo individual frente a lo colectivo, del mercado sobre el Estado. La economía y la política parecen haber revertido sus relaciones tradicionales, quedando atrapada e incluso subsumida la segunda por el peso avasallador de la primera.

Esta situación sería resultado de la mundialización del capital, de la producción y del mercado impulsada en todo el mundo desde los años ochenta del siglo XX y que expresa la hegemonía alcanzada por el capitalismo neoliberal luego de la crisis mundial de la deuda y de la caída del Muro de Berlín. En el Norte como en el Sur del planeta, los procesos de reestructuración económica y social quedaron determinados por el fin de las regulaciones múltiples del Estado y el pretendido universalismo de un mercado libre de toda reglamentación, conduciendo no sólo a la crisis estatal, sino igualmente a la disgregación de las sociedades (entendidas en tanto comunidad) y a la descomposición de las formas de convivencia y acción que estaban en la naturaleza de la política(1). La mundialización capitalista, así, ha profundizado la crisis del conjunto de los paradigmas políticos predominantes.

Es significativo, entonces, que la crisis de la política devenga universal y que por todas partes pierdan credibilidad y eficacia las formas de representación, los actores políticos como los partidos y en general los procesos políticos y el entramado institucional del Estado, cuya legitimidad se erosiona.

La mercantilización y privatización de los distintos espacios públicos promovida por el neoliberalismo a ultranza (y su variante socialdemócrata), así como la estatización y confiscación de los mismos que implicaba el socialismo real, descompusieron el ámbito y la naturaleza de lo político. Los espacios de la política se pierden como los lugares del pensar y el hacer colectivos, socavando (o de plano anulando) las libertades sobre las que se sostienen y nutren.

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La política y la guerra: las hermanas siamesas del neoliberalismo

"En la época moderna el Estado Nacional es un castillo de naipes frente al viento neoliberal. Las clases políticas locales juegan a que son soberanas en la decisión de la forma y altura de la construcción, pero el Poder económico hace tiempo que dejó de interesarse en ese juego y deja que los políticos locales y sus seguidores se diviertan, con una baraja que no les pertenece. Después de todo, la construcción que interesa es la de la nueva Torre de Babel, y mientras no falten materias primas para su construcción (es decir, territorios destruidos y repoblados con la muerte), los capataces y comisarios de las políticas nacionales pueden continuar con el espectáculo (por cierto el más caro del mundo y el de menor asistencia).

En la nueva Torre, la arquitectura es la guerra al diferente, las piedras son nuestros huesos y la argamasa es nuestra sangre. El gran asesino se esconde detrás del gran arquitecto (que si no se autonombra "Dios" es porque no quiere pecar de falsa modestia)"(1)

La reciente intervención militar de los Estados Unidos y sus aliados en contra del pueblo Irak ha puesto a la orden del día la discusión sobre el significado de esta nueva forma de la guerra y de su importancia para redefinir la hegemonía dentro de los que se mueven en la esfera de la dominación capitalista.

Hace ya varios años Carlos Marx y Federico Engels explicaron lo siguiente: "La burguesía no puede subsistir sin revolucionar constantemente los instrumentos de producción y por lo tanto las relaciones de producción y con ellos, el conjunto de las relaciones sociales"(2). Pues bien, ahora bajo la agudización de la competencia y la omnipresencia de las trasnacionales en el poder directo de los diversos gobiernos, la guerra se convierte en el nuevo factor que busca sobredeterminar a todos los otros. La formulación actual sería: El neoliberalismo no puede subsistir sin revolucionar constantemente los instrumentos de producción y por lo tanto las relaciones de producción y con ello el conjunto de las relaciones sociales y para lograr todo esto se está utilizando a la guerra como elemento definitorio.

Desde el 11 de septiembre, el gobierno de Bush, como fiel representante del poder de las trasnacionales, en especial las petroleras, pero también las vinculadas a la industria militar, han decidido utilizar esta acción terrorista para reorganizar la hegemonía mundial. Para lograr lo anterior han implementado una concepción de la guerra que, desde luego, tiene elementos de continuidad con otras guerras pretéritas, pero también tiene elementos nuevos que es indispensable clarificar. Aquí solamente abordaremos tres conceptos claves de la teoría de la guerra:

a) "La guerra es una continuación de la actividad política, una realización de la misma por otros medios"(3). b) "La guerra es la ausencia de la paz". c) La lucha es por "la paz perpetua"(4).

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La recuperación de la economía mundial y sus límites

Theotonio Dos Santos

Los principales institutos de análisis de la coyuntura mundial han aceptado el diagnóstico que acusa una recuperación más o menos sostenible de la economía mundial. Parece claro que la baja de la tasa de interés en Estados Unidos, Europa y Japón ha asegurado la vuelta a las inversiones en las bolsas y la alimentación de las empresas con recursos para retomar las inversiones. Al mismo tiempo, el aumento de los gastos públicos norteamericanos con la creación de un déficit fiscal colosal, sobretodo para los gastos militares y "antiterroristas" así como para la "reconstrucción" del Irak, ha generado un aumento colosal de demanda. Esta demanda aumentada se transforma en una demanda internacional y revierte hacia el sector externo produciendo un déficit comercial gigantesco, superior a los colosales déficits de los años de 1980.

Como se ve, la recuperación económica se apoya una vez más en colosales Alai-amlatina desequilibrios macroeconómicos y no en los equilibrios macroeconómicos que tanto recomiendan los economistas de orientación neoliberal. Aún cuando sean ellos quienes dirigen las políticas económicas, frente la imposibilidad de poner en práctica sus principios doctrinarios, inspirados en modelos "teóricos" totalmente falsos, se tornan "keynesianos" pragmáticos para poner sus economías en funcionamiento. Solo escapan de estos principios de acción, los economistas de las naciones dependientes, los cuales sí creen rígidamente en principios teóricos aprendidos en manuales de las universidades norteamericanas o en manuales del Fondo Monetario Internacional. Que se vea el caso de la política de establecimiento de la tasa de interés. Mientras la Reserva Federal de Estados Unidos (FED, por sus siglas en inglés) bajó la tasa de interés pagadas por el gobierno de este país, de reflejo universal, del 6,5 al 1,0% en menos de un año para detener la recesión norteamericana que era consecuencia, sobretodo, del irresponsable aumento de la misma tasa de interés realizado por el FED en el 2000, nuestros economistas locales afirman con aire de superioridad que las absurdas tasas de interés que imponen a nuestros países son un producto del mercado y no pueden ser bajadas irresponsablemente". Descubrimos así que las tasas de interés solo pueden ser aumentadas irresponsablemente… Se trata de un principio "científico" muy apreciado por los especuladores. La caída de las tasas de interés es un movimiento necesario en la economía mundial y hace parte de los factores de recuperación de la economía mundial que empieza a liberarse de la tiranía del sector financiero especulativo para retomar la dinámica productiva. Esto confirma nuestras tesis sobre el regreso de una fase a de los ciclos largos de Kondratiev a partir de 1994. Y confirma también nuestras previsiones sobre el carácter de corto plazo de la crisis de 2000-2002, así como nuestra denuncia de que la gravedad que asumió esta crisis era producto de las políticas equivocadas, conservadoras e interesadas del FED, expresadas sobretodo en el aumento de la tasa de interés para hacer "aterrizar" la economía norteamericana que estaría amenazada por una inflación que nunca vino ni vendrá a corto plazo pues nos encontramos claramente en una coyuntura deflacionaria. No era necesario, por tanto, un desequilibrio fiscal tan agudo, como el que generó la aventura militarista del gobierno Bush, para recuperar la economía norteamericana. Él se convierte más bien en un grave problema para la sana recuperación. Obliga, por ejemplo, a mantener una enorme deuda pública que llena los mercados financieros de títulos del gobierno norteamericano creando una peligrosa fuente de especulación financiera. El déficit afecta también la credibilidad del dólar, ya desestabilizada por el gigantesco déficit comercial de este país, aumentado por los nuevos gastos militares en el exterior y otros gastos que se hacen cada vez más pesados para una balanza de pagos marcada por situaciones negativas generalizadas.

Es necesario acordarse de que, desde la década del 1980, los Estados Unidos vienen acumulando una deuda externa colosal que pone en cuestión cada vez más la confianza en su moneda. Esta situación ha sido saneada hasta el momento a través de la entrada masiva de capitales del exterior para cubrir el déficit de su balanza de pagos. Pero es creciente la desconfianza en contra de los títulos de la deuda pública norteamericana y es creciente también el miedo a invertir en una moneda que está gravemente amenazada de desvalorización. Todo indica por lo tanto que la crisis del dólar y su brutal desvalorización deberá dominar el horizonte del sistema financiero internacional en los próximos quince años, es decir en el tiempo suficiente para que los países que hicieron sus reservas en dólares se desprendan de las mismas buscando de manera creciente el oro y otros mecanismos de defensa de sus activos, lo que incluye inclusive las nuevas monedas fuertes internacionales, particularmente el euro. En el caso asiático, la fortaleza del yen japonés y la resistencia de la China en devaluar el yuan apuntan a una lucha entre monedas en los próximos quince años que terminará necesariamente en una amplia devaluación del dólar y la pérdida definitiva de su ondición de moneda mundial. Es necesario señalar también que la fuerza que conserva el dólar en un cuadro tan desfavorable deviene de la importancia del déficit comercial norteamericano en la formación de la liquidez mundial. Los superávits comerciales de los exportadores a los EE.UU. alimentan de dólares los stocks de las reservas mundiales. Pero ese mismo déficit aumenta la debilidad del dólar a mediano y largo plazo. Los déficits fiscal y comercial fueron el principal instrumento para la recuperación del poder hegemónico de la economía norteamericana, después de la derrota del Vietnam y la crisis del dólar en 1973. Al mismo tiempo esta recuperación fue ayudada por los gastos en ciencia y tecnología orientados básicamente hacia la recuperación del poder militar norteamericano en el mundo y se basó en la entrada de capitales de todo el mundo para adquirir los títulos de la deuda pública de EE.UU. En la década del 90, estos capitales fueron atraídos sobretodo por la ultravalorización de la bolsa norteamericana. En los años 2003-4 no habrá intereses altos para atraer capitales y la valorización de la bolsa deberá ser limitada por el miedo de la desvalorización del dólar. No podemos esperar por lo tanto una recuperación extremamente sólida y poderosa. Nada que pueda compararse con los años dorados del post II Guerra Mundial. Pero tendremos los fenómenos fundamentales del crecimiento chino, hindú y asiático en general (incluyendo Siberia y las Coreas) que producirá una economía nueva en el mundo, una nueva frontera económica con creciente integración regional. Habría que agregar, sin embargo, otro elemento a este escenario. Se trata de la disminución del tiempo de trabajo necesario para producir los productos industriales lo que tiende a generar, ante la falta de una disminución de la jornada de trabajo correspondiente al aumento de la productividad, una drástica disminución de la mano de obra industrial. Es ridículo ver cómo se habla de una crisis de las previsiones sociales y de los gastos públicos en un momento en el cual la humanidad produce un excedente económico tan colosal. Es absurdo también constatar que, en esta fase de la historia humana aumentan tan fuertemente las poblaciones pobres del mundo. La única explicación para esta crisis irracional es la injusta distribución de los frutos del progreso tecnológico y científico en el mundo, patrocinada por una injusta distribución del ingreso en cada región y en cada nación y entre las regiones y naciones. Pero se trata también de una injusta distribución del ingreso entre los varios sectores económicos permitiendo que el capital financiero se apodere de la mayor parte de la riqueza generada en el mundo a través sobretodo de la intervención de los Estados nacionales que captan recursos de toda la población para transferirlos hacia el sector financiero a través de la negociación de unas deudas públicas colosales creadas nada más para favorecer el capital financiero mundial. Lo grave de esta situación es no solamente la debilidad de la capacidad de los Estados para atender las necesidades de las poblaciones. Es, sobre todo, la posesión de gigantescos excedentes por un grupo de intereses, defendidos por "técnicos" al servicio de los mismos, que imponen una corrupción generalizada dentro de las corporaciones privadas y sobretodo de la administración pública. El clima intelectual, moral y ético de esta sociedad solo puede ser el más negativo posible. La angustia de la lucha por la supervivencia se hace más penetrante cuando la violencia se convierte en el camino de la competición económica con la expansión de los negocios ilegales, las "gangs" de todo tipo y las formas de corrupción estatal y privada. La desesperanza y el cinismo que se desarrolla en este ambiente conduce a una filosofía del desánimo y del pragmatismo que ridiculiza el heroísmo y la voluntad transformadora que no logra convertirse en renta. Este es tal vez el efecto más brutal de este ambiente ideológico y cultural: nada se puede esperar de una humanidad que no cree en su poder de transformación, máxime cuando ella traspasa sus límites cada día con el avance de la ciencia y la tecnología, en una permanente y multifacética revolución.

* Theotonio Dos Santos es profesor titular de la Universidad Federal Fluminense. Coordinador de la Cátedra y Red sobre Economía Global y Desarrollo Sostenible de la UNESCO y de la Universidad de las Naciones Unidas (www.reggen.org.br). Su último libro es Teoría de la Dependencia: Balance y Perspectivas, Plaza & Janés.

Enviado por Alai-amlatina 23 de octubre del 2003

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Las lecturas de Marx en el siglo XXI

Robert Kurz

Sociólogo y miltante alemán, fundador del grupo Krisis. Ha escrito varios libros sobre el fin del fordismo y de la sociedad del trabaqjo abstracto. Este texto constituye la Introducción (páginas 13 a 48) del libro de su libro Marx Lesen, Frankfurt am Main, Eichborn, 2001. Fue traducido del original alemán al portugués y publicado en el segundo cuaderno de Critica Radical (Fortaleza, Ceará, Brasil). De aquí lo hemos tomado. Traducción del portugués: R. D.

Quien fue considerado muerto está más vivo que nunca. En su calidad de teórico activo y crítico, Karl Marx fue dado ya por muerto más de una vez, pero siempre consiguió escapar de la muerte histórica y teórica. Tal hecho se debe a un motivo: la teoría marxista sólo puede morir en paz junto con su objeto, o sea, con el modo de producción capitalista. Este sistema social, «objetivamente» cínico, desborda de comportamientos tan insolentes impuestos a los seres humanos, produce junto a una riqueza obscena e insípida una pobreza en masa de tal dimensión, está marcado en su dinámica de furia ciega por la potenciación de catástrofes tan increíbles, que su simple supervivencia hace que, inevitablemente, resurjan siempre temas y pensamientos de crítica radical. A su vez, el punto esencial de esa crítica consiste en la teoría crítica de aquel Karl Marx que, hace casi 150 años, analizara ya, sin ser superado, la lógica destructiva del proceso de acumulación capitalista en sus fundamentos. Sin embargo, al igual que para cualquier pensamiento teórico que sobrepasa la fecha de validez de un determinado espíritu del tiempo, también para la obra marxista vale lo siguiente: siempre se hace necesaria una reaproximación periódica que descubra nuevas facetas y rechace viejas interpretaciones. Y no sólo interpretaciones, sino también elementos de esa propia teoría ligados al tiempo. Todo teórico pensó siempre más de lo que él mismo sabía, y no sería serio llamar teoría a una teoría exenta de contradicciones. Así, no sólo los libros individualmente tienen su destino, sino también las grandes teorías. Entre una teoría y sus receptores, tanto adeptos como oponentes, se desarrolla siempre una relación de tensión en la que se manifiesta la contradicción interna de la teoría, a partir de lo cual, y sólo entonces, se generará conocimiento.

Marx y la última oda posmoderna a la «gran teoría»

En vez de volver a enfrentar el problema de la procesualidad histórica de la teoría social al final del siglo XX, el llamado pensamiento posmoderno sólo está interesado en silenciar la dialéctica entre formación de la teoría, recepción y crítica. Y precisamente la teoría marxista ya no es investigada en sus contenidos, ni analizada en sus condiciones históricas ni mucho menos corregida, sufriendo a priori un rechazo en su legítima pretensión de «gran teoría». Esta falsa modestia, que no es vista como tal sino sencillamente reprimida, respecto a la gran totalidad de las formas de socialización capitalistas, desciende a un nivel inferior de la reflexión teórico-social. La política del avestruz de un pensamiento reducido y desarmado de un modo tan espontáneo menosprecia el hecho de que no es posible trazar una separación entre la problemática de las denominadas grandes teorías y grandes conceptos y su objeto social real. La pretensión de querer abrazar el todo viene provocada sobremanera por la realidad social. En su existencia real, el todo negativo del capitalismo no cesa de actuar simplemente porque se lo ignore conceptualmente y porque ya no queramos mirar en esa dirección: «la totalidad no nos olvida», como bien se burló el inglés Terry Eagleton, teórico de la literatura.

La crítica posmoderna a la gran teoría, asimilada con gratitud por muchos ex marxistas como forma de pensamiento supuestamente aliviadora, no hay que remitirla a un pensamiento afirmativo y apologético en el sentido tradicional, sino más bien a la desesperación de una crítica social que está trastornada y que se sobresalta ante una tarea superior a su capacidad actual. Se trata de una evasión que sólo puede tener un carácter provisional: al final, el pensamiento crítico será implacablemente reconducido hacia el obstáculo que tendrá que superar. Y este obstáculo, ciertamente, es muy difícil de enfrentar, sobre todo porque el pensamiento marxista practicado hasta el día de hoy también está obligado a saltar por encima de su propia sombra. Se podría cambiar esta metáfora un tanto extraña por esta otra: el marxismo esconde en sus bodegas un cadáver que ya no puede permanecer así por mucho tiempo. O sea, tanto la contradicción entre la teoría marxista y su recepción a través del antiguo movimiento obrero, como las contradicciones en el interior de la propia teoría marxista registradas a fines del siglo XX llegaron a tal punto de madurez que ya no se puede concebir una reactivación o una reactualización de esta teoría dentro de los moldes en los que se ha hecho hasta hoy.

Después del siglo del movimiento obrero

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La militancia en la organización de nuevo tipo

Javier Elorriaga Berdegu

Los que estamos embarcados en la enorme tarea de construir una organización política de nuevo tipo, que se oriente bajo la idea zapatista de hacer política sin plantearse la toma del poder, que no acepte seguir las viejas reglas y calendarios de la clase política, que busca acompañar y no vanguardizar a nuestro pueblo en sus luchas, nos enfrentamos a un problema igual de mayúsculo que el demostrar que se puede hacer política sin aspirar o suspirar por el poder: la militancia dentro de esa organización que día a día se está construyendo, es decir, las relaciones sociales que se dan entre un grupo de compañeras y compañe- ros que han decidido trabajar y convivir juntos para lograr una serie de objetivos políticos. Sin una militancia también de nuevo tipo, es imposible hablar de una organización política que se quiere de nuevo tipo y por lo tanto de una práctica política consecuente con esta caracterización. Es por eso que en este artículo de Rebeldía quiero reflexionar un poco sobre la militancia en una organización de nuevo tipo.

Lo primero que podemos decir acerca de la militancia es que ésta tiene que ser asumida de una manera conciente y voluntaria por cada miembro de la organización política. Y aquí conciente y voluntaria significa comprender y aceptar no sólo los objetivos políticos de la organización, sino también, y fundamentalmente, la práctica política que cada militante de la organización debe de seguir. Y más cuando decimos que la organización que queremos construir, la queremos zapatista, es decir, una organización que basa "su acción no sólo de acuerdo a un análisis teórico, sino también y sobre todo, de acuerdo a lo que consideramos es nuestro deber". (SCI Marcos, El mundo: siete pensamientos en mayo de 2003).

Cuando decimos que queremos construir una organización de nuevo tipo, es porque pensamos que las formas organizativas que a lo largo de la historia se ha dado la izquierda para transformar la realidad, ya no funcionan como tales en el momento histórico que vivimos. No echamos por la borda todo lo que se ha hecho ni decimos que nada funcionó, no es que las demás organizaciones de izquierda sean malas o no sirva lo que hacen, es simplemente que pensamos que hay que construir de otra manera para que algún día la mayoría pueda decidir libremente su destino, por eso queremos intentar nuevas formas organizativas, por eso estamos construyendo una organización en específico y no queriendo reformar la práctica de las ya existentes. Igual nos equivocamos y nunca logramos lo que queremos, pero tenemos el derecho de intentarlo. Salirse de la lógica del poder, de su tablero y de su calendario, y a la par construir teniendo en mente que se está sembrando para que otros sean los que cosechen, sólo se puede hacer con humildad, paciencia histórica y la seguridad de que lo que estamos construyendo es correcto, aunque no se vean los frutos en el corto plazo. Seguramente el militante tendrá que oír a lo largo de su vida muchos "así no se puede", "por ese lado sólo te aíslas y no pesas políticamente", "la gente no te hace caso si no les planteas algo más concreto", "si no tienes una propuesta acabada para qué te va a escuchar la gente", "sin poder no cambias nada", etc. Por eso el militante tiene que estar muy conciente de que no sólo está luchando contra el actual sistema de explotación y exclusión, sino sobre todo de que tiene que luchar con otras herramientas y bajo otras reglas que las que el poder ha impuesto. Y en tanto que esas reglas apenas las está construyendo, muchas veces su actividad lo hará no sólo enfrentarse al Poder, sino a recibir las críticas más fuertes por parte de quien también está luchando, con viejas reglas y métodos, contra ese mismo poder.

Así pues, el militante se puede encontrar con que su forma política de actuar la mayoría de las veces no es entendida, ni compartida, por otros luchadores. Pero eso en realidad no debe causarle muchos problemas si su conciencia y la práctica política de su organización lo fortalecen en el trabajo diario. De hecho, las críticas las tiene que escuchar y analizar para no caer en la soberbia de pensar que todo lo que hace es correcto y no puede aprender nada de los demás, lo que lo alejaría poco a poco ya no de otras organizaciones, sino del pueblo mismo con quien debe estar siempre caminando hombro con hombro.

Pero aparte de estas razones, hay otra más por la que el militante tiene que estar muy claro del ca-mino que voluntariamente escogió. La construcción de una organización rebelde, que busca realmente ayudar a destruir el actual sistema de explotación y exclusión que vivimos, llevará a que tarde o temprano esos mismos miembros vivan no sólo las formas más directas de represión por parte del Estado, sino muchas presiones más del propio sistema político, económico y social en que dicha organización y sus militantes se mueven. A lo largo de la historia se ha demostrado que la represión abierta en sí no puede terminar con la rebeldía, siempre quedará alguna semilla y alguien dispuesto a cultivarla. No sucede lo mismo con otras armas que adquiere el sistema, tal vez menos directas, pero igual de destructivas a la larga y que, por lo menos en nuestro país, son las que han destruido a la mayoría de las organizaciones que buscaban cambiar de fondo las relaciones políticas, económicas y sociales: hablamos de cómo el sistema político se va refuncionalizando conforme el tiempo transcurre y cómo en esa refuncionalización va aplicando métodos de cooptación frente a quienes lo combaten, logrando así ir incorporando poco a poco a la oposición, primero en su práctica, y después en su conciencia, al sistema mismo, hasta quitarle toda posibilidad real de rebeldía y por lo tanto de transformación radical de la realidad. Engullirlas pues, sin necesidad de masticarlas. ¿No fue lo que logró el sistema político mexicano, con dos representantes que ejemplifican muy bien estas mismas caras del Poder, Reyes Heróles y Gutiérrez Barrios, uno con la guerra sucia, las torturas y desapariciones, el otro con la "legalización" de varios grupos políticos, en la década de los setenta y ochenta del siglo pasado? Represión e incorporación, igual de letales en sus objetivos contra la oposición al sistema.

El camino es pues muy difícil para el rebelde. Es por eso, precisamente por eso, que quien decida militar en una organización de nuevo tipo, rebelde, que esté dispuesta a no jugar en el tablero del poder, tiene que estar muy conciente de que será, más que un actor político, un sembrador de semillas, es decir, que los frutos de su rebeldía y de su lucha tal vez no los llegue a ver, que no hay recompensa pues, más que la satisfacción del deber cumplido. Y eso se puede decir muy bonito, pero si no se tiene plena y concientemente asumido, es sumamente difícil cumplirlo día a día en el trabajo que implica construir una organización política que no lucha por el poder, pero sí por "iniciar, seguir, acompañar, encontrar y abrir espacios para algo y para alguien, nosotros incluidos." (SCI Marcos, El mundo: siete pensamientos en mayo de 2003).

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¿Puede ser verde la teoría? Sí, siempre y cuando la vida no sea gris

Sergio Rodríguez Lascano

"En nuestras reflexiones teóricas hablamos de lo que nosotros vemos como tendencias, no hechos consumados ni inevitables. Tendencias que no sólo no se han convertido en homogéneas y hegemónicas (aún), sino que pueden (y deben) ser revertidas.

Nuestra reflexión teórica como zapatistas no suele ser sobre nosotros mismos, sino sobre la realidad en la que nos movemos. Y es, además, de carácter aproximado y limitado en el tiempo, en el espacio, en los conceptos y en la estructura de esos conceptos. Por eso rechazamos las pretensiones de universalidad y eternidad en lo que decimos y hacemos.

Las respuestas a las preguntas sobre el zapatismo no están en nuestras reflexiones y análisis teóricos, sino en nuestra práctica. Y, en nuestro caso, la práctica tiene una fuerte carga moral, ética. Es decir, intentamos (no siempre con fortuna, es cierto) una acción no sólo de acuerdo a un análisis teórico, sino también, y sobre todo, de acuerdo a lo que consideramos es nuestro deber. Tratamos de ser consecuentes, siempre. Tal vez por eso no somos pragmáticos (otra forma de decir "una práctica sin teoría y sin principios")…

Nosotros sentimos que nuestro deber es iniciar, seguir, acompañar, encontrar y abrir espacios para algo y para alguien, nosotros incluidos…

Quienes son parte de ese recorrido y de quien hace el inventario, pueden descubrir cosas que quienes suman y restan en los escritorios de las ciencias sociales no alcanzan a ver, a saber, que importan, sí, el caminante y su paso, pero sobre todo importa el camino, el rumbo, la tendencia. Al señalar y analizar, al discutir y polemizar, no sólo lo hacemos para saber qué ocurre y entenderlo, sino también, y sobre todo, para tratar de transformarlo.

La reflexión teórica sobre la teoría se llama "Metateoría". La Metateoría de los zapatistas es nuestra práctica"(1). Subcomandante Insurgente Marcos

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Una aproximación al ecosistema de la nueva fuerza de trabajo

Ángel Luis Lara

En la fase del motor informacional los cuerpos funcionan como signos: la tarea fundamental consiste en homogeneizar el espacio-tiempo social y en someter a los cuerpos a un sistema de transformaciones que aseguren su óptima intercambiabilidad, su perfecta circulación. Jesús Ibáñez

Introducción

Las nuevas realidades del trabajo y del empleo están atravesadas en nuestros días por el fenómeno de la precarización. Cada vez más la fuerza de trabajo actual aparece tendencialmente definida en términos de precariado: sujeta a una fuerte temporalidad e inestabilidad en el empleo, a una desprotección manifiesta en las relaciones laborales y a una incertidumbre constante. Una nueva fuerza de trabajo intercambiable en cuanto a las tareas, inmaterial en cuanto a los contenidos y flexible en cuanto a las prestaciones, que se mueve en la cuerda floja de un escenario conformado paulatinamente por las transformaciones a las que hemos asistido en las dos últimas décadas: procesos de reestructuración de los mercados de trabajo y de los estatutos de empleo, así como modificaciones sustanciales de los procesos productivos.

El presente artículo se propone un viaje al territorio de los trabajadores precarios y de los procesos políticos de constitución de su universo laboral. Transformación de la lógica económica hegemónica, medidas legislativas concretas, dinámicas de gobernabilidad y control social, naturaleza de la actividad laboral, estatutos de empleo y relaciones entre los diferentes ciclos y temporalidades inscritas en los espacios de las relaciones salariales que el precario habita: estas son las coordenadas por las que se mueve la cartografía de la realidad de los procesos de precarización del trabajo y el empleo en los que está obligada a habitar la fuerza de trabajo contemporánea. Las cifras son del Estado español, el fenómeno, pensamos, es tendencialmente global. Un mínimo acercamiento a ellas es el propósito que anima el presente texto.

Entre la flexibilización sistémica y la reestructuración de las relaciones laborales

El ecosistema del precariado se encuentra marcado por una reestructuración de las relaciones sociales que tiene su origen en la década de los años setenta y en la emergencia de una nueva racionalidad económica que se materializa plenamente con el desarrollo de las políticas de corte neoliberal a partir de los años ochenta. Según esta nueva racionalidad económico-social el objetivo más importante de las políticas económicas es el control permanente del crecimiento del coste del factor trabajo y de los gastos del Estado, definiendo el crecimiento de ambos elementos como el origen del aumento conjunto de la inflación y el desempleo. Exactamente al contrario que en la etapa de hegemonía del modelo de racionalidad keynesiana, la lógica que permea este razonamiento es la de la preeminencia e independencia de la oferta. Desde este punto de vista, la constitución de la oferta como principio de realidad y su privatización se convierten en las referencias obligadas de un orden social en el que absolutamente todas las relaciones se sujetan a la racionalidad económica. La única política económica posible es aquella que tiene como propósito básico la flexibilización empresarial de las rigideces en la fijación del precio de los factores que intervienen en el mecanismo productivo y la plena restitución al mercado de la función de asignación de recursos.

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