A propósito de la invocación de la posición del Lenin sobre el derecho de autodeterminación

José Luis Martín Ramos

Recientemente, en un intercambio hecho público, Alberto Garzón respondió a Pau Llonch, que le echó en cara un texto de Lenin para recriminarle su rechazo a un referéndum unilateral y sin garantía, que él no estaba por las sagradas escrituras sino por el análisis concreto de la situación concreta. No es una respuesta inadecuada; invita a no caer en la patrística y menos cuando ésta se reduce al recordatorio descontextualizado de escritos supuestamente “canónicos”. Sin embargo, no hay porque no tomar en consideración el pensamiento y la acción de Lenin en su conjunto –no en la foto fija de un momento– como parte de la tradición de la izquierda, que no se ha de tomar como receta pero sí como experiencia acumulada. Lo malo del asunto es que a Lenin se le acostumbra, en esta cuestión, a recordar por una imagen fragmentada de la reflexión de un momento, entre 1913 y 1917, cuando en sus habituales polémicas políticas enfatizó de manera particular la consideración de que el derecho de autodeterminación significaba el reconocimiento de la igualdad de las naciones, en derechos, y por tanto también el de la constitución de una nación como estado independiente, separándose si era el caso de aquel al que hasta entonces había estado integrado.

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Leninismo

Georges Labica

Presentamos la traducción de la entrada “leninismo” preparada por el filósofo francés Georges Labica para el Diccionario Crítico del Marxismo, publicado en 1.982. En estas líneas Labica separa al verdadero Lenin, pensante y actuante, de posteriores e interesadas construcciones. Un texto imprescindible para un momento en el que necesitamos a un Lenin útil y no a un Lenin “utilizable”.

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¿Qué hacer?: la génesis del leninismo

Pepe Gutiérrez-Álvarez

       Con las teorías políticas existen numerosas dificultades, sobre todo si “se mueven”. Es gris mientras que el movimiento es verde, y si no avanzan, retroceden, así lo entendía Lenin lector de Hegel mientras se enfrentaba a los “leninistas” (Zinoviev, Kamenev, Stalin). Un estudio sereno de ¿Qué hacer? (1) nos demuestra que resulta una tentativa de resolver una dificultad no menor: luchar con todas las consecuencias con un Estado policiaco que no permite la creación de organizaciones socialistas estables.

       Los diversos escritos de Lenin sobre el debate organizativo en  la socialdemocracia rusa que le oponía a los mencheviques (con los que, empero, estaba de acuerdo en una oposición al “revisionismo” de Bernstein y sus acólitos rusos), se centran en el pe­ríodo 1900-1904, y dan lugar-particularmente- a dos obras, ¿Qué hacer? (1902) así como Un paso adelante, dos pasos atrás (1904). Se puede decir que en ambas Lenin que expresa una concep­ción teóricamente "centralista" del partido, lo que en su momento se entendió como un subrayado específico a la situación que el movimiento socia­lista vivía bajo el zarismo. ­

       Algunos estudiosos además han tratado de “explicar” esta opción remitiéndose a las “fuentes rusas del bolchevismo". Concretamente al maquiavelismo y al culto a los jefes propios de Netchaiev, así como al `sub­jetivismo’. de Pietr Lavrov, sin olvidar el jacobino­-blanquismo de Tkatchev, entre otros. No hay duda que dichas tradiciones del siglo XIX ruso -sobre todo estructura conspirativa del grupo terrorista Narodnaia Volia ("la voluntad del pueblo") fueron en uno de los marcos socioculturales de las teorías desarro­lladas en ¿Qué hacer?; no en vano, se inscribían bajo el mismo Estado policial. Es más, el propio Lenin lo reconoce. En algunos de sus escritos no oculta su admiración por el grupo Tierra y Libertad. Decía que se trataba de una ‘magnífica organización" "que debería servirnos a todos de mo­delo".  Poca gente sabe que los herederos directos de estas corrientes,  los socialrevolucionarios (o eseristas), aprobaron con fervor el centralismo de Lenin antes de 1905. Luego –sobre todo desde el tratado de paz de Brest-Litovk, ocasión en la que atentaron contra Lenin y Trotsky y asesinaron a dos comisarios del pueblo-  se hicieron acérrimos antibolcheviques. De ahí, a aceptar  estereotipos del calibre "Lenin igual Netchaiév", media un abismo. No conviene olvidar que las "fuentes" no explican gran cosa, sino que, por el contrario, piden ser explicadas. O dicho de otra manera, hay que demostrar por qué Lenin se inspiró, precisamente en el período 1901­-1904, en los esquemas centralistas de los conspiradores rusos del siglo XIX, abocados a acelerar una crisis que no llegaba.

      Al entrar en este terreno, no se puede obviar que, primero: estamos hablando del periodo anterior a revolución de 1905. Segundo, que las teorías leninistas se insertan en un contexto social muy concreto. Por aquel entonces, como había mostrado la tentativa de un primer congreso (en 1898), la socialdemocracia era un grupo cerrado, y mi­noritario que comenzaba a plantear una alternativa de signo marxista a la mayoría populista. Era un cerebro con un cuerpo muy pequeño, y más que un movimiento social (como en Europa) estaba representada  por unos cuantos círculos pequeños de "revo­lucionarios profesionales", que comenzaban a relacionarse con un incipiente movimiento de masas. Tampoco que dicho movimiento era más bien de tendencia  "economicista"; trataba de vadear el enfrentamiento con el Estado  No es otra cosa lo que expresaban las peticiones que defendían los manifestantes del “Domingo rojo” (rojo de sangre) de 1905.Además de disperso, la socialdemocracia era una corriente bastante dividida (por razones múltiples, había por ejemplo una socialdemocracia hebrea, el Bund)…

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¿Hay que linchar a Lenin?

Pepe Gutiérrez-Álvarez

          El centenario del nacimiento del bolchevismo,  el cincuentenario de la muerte de Stalin (1953) o los ecos de la revolución húngara de 1956, por no hablar de las diferentes polémicas, por ejemplo en KAOS, pueden ocasiones tan buenas como cualquier otra para  volver a reconsiderar la posible vigencia de Lenin.

        Históricamente, Lenin fue  de  las  figuras  mayores del  Partenón  de  las izquierdas hasta 1989, y  actualmente duramente maltratada incluso desde la izquierda transformada, todo en aras de la “corrección política” impuesta por la restauración conservadora. Se puede decir que el derrumbamiento de sus (odiosas)  efigies se ha convertido  en uno de los emblemas de la época como daría fe (con la presencia de sus enormes estatuas erigidas tras su muerte por su instrumentalización "religiosa" efectuada por el estalinismo, ahora desguazadas a consecuencia del desplome del régimen soviético) fílmicamente La mirada de Ulises  (To Vlemma   tou Odyssea, Theo Angelopoulus, Grecia, 1995); al igual que antes, desde un ángulo muy diferente lo fueron, entre otros muchos (1), respectivamente, el retrato tan "providencial" de su llegada a la Estación de Finlandia tomado de las crónicas de John Reed desarrollado en Octubre ("Oktiabr",  S.M.  Eisenstein,  URSS,  1927, y que tanta impresión causó sobre varias generaciones o sobre mentes en principio tan excépticas como la de André Gide,  o desde un enfoque disidente su (presumible) llanto con ocasión de la intervención de los tanques rusos para  poner fin a la  "primavera  de Praga", imagen reproducida  La  Confesión  (L’Aveu,  C. Costa-Gavras,  Francia-Italia, 1979). Estas dos imágenes vistas desde la izquierda de Lenin resultarían actualmente "inaceptables" en los ámbitos del pensamiento único, no solamente en el conservador tradicional sin también en los códigos del socialiberalismo (2). 

      Al mismo tiempo en que se daban grandes pasos en la concentración de las riquezas en unas pocas manos, y se incrementaba el mal social,  se imponía una moda en la que las tentativas de alternativa al capitalismo (incluyendo las más recientes como la revolución sandinistas) aparecían como culpables de "totalitarismo", y Lenin ocupaba el lugar de Stalin, para personalizar toda la aventura revolucionaria del siglo XX, o sea no ya la deformación de un revolución, sino el carácter intrínsecamente perverso de ésta. En este tiempo "linchar" moralmente a Lenin se convirtió en una seña de identidad, no solamente de los anticomunistas sino también de buena parte de la "intelligentzia" instalada cuyo furor restauracionista llegaría hasta juzgar a los representantes de mayor del 68, de sospechosos de antiimperialismo trasnochados, cuando no sueño utópicos que (irreversiblemente) llevan al abismo totalitario.

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