Un punto de encuentro para las alternativas sociales

¿Entender a Foucault? Chomsky, la izquierda y el disparate ético

Josu Cristóbal De-Gregorio

¿Entender a Foucault? Chomsky, la izquierda y el disparate ético

Josu Cristóbal De-Gregorio

Rebelión

En un artículo publicado en Rebelión el pasado 27 de noviembre con el sugestivo título "Chomsky contra Foucault, 35 años después", su autor, Darwin Palermo, nos trae a la memoria un interesante debate que tuvo lugar en 1971 en la televisión holandesa entre el lingüista estadounidense Noam Chomsky y el filósofo francés Michel Foucault. Concretamente encabeza dicho artículo con estas palabras de Chomsky pronunciadas veinte años después del debate: “Nunca he conocido a nadie que fuera tan completamente amoral. Generalmente cuando se habla con alguien, uno da por sentado que se comparte algún territorio moral. Con él me sentí, sin embargo, como si estuviera hablando con alguien que no habitara el mismo universo moral. Personalmente me resultó simpático. Pero no pude entenderlo, como si fuera de otra especie o algo así”. Creo comprender la sensación que todavía en aquella época le produjeron a Chomsky las posturas radicales de Foucault, ya que efectivamente los dos pensadores habitaban universos éticos distintos. Pero con ser interesante esta cuestión, en lo que sigue me voy a referir al contenido del artículo del Sr. Palermo, ya que en el mismo se vierten, de forma ciertamente simplista, una serie de opiniones sobre el filósofo francés que, en el mejor de los casos, parecen producto de una auténtica ignorancia. Opiniones que, por cierto, se unen a la moda existente entre ciertos sectores de la izquierda, de descalificar in toto el pensamiento filosófico francés –parisino, dirían algunos- de la segunda mitad del siglo pasado. Intentando resumir las posiciones enfrentadas en el debate, Darwin Palermo acaba convirtiendo al bueno de Chomsky en una mala caricatura de sí mismo, con posturas que suscribiría hasta Benedicto XVI o el mismísimo George W. Bush: “Chomsky mantenía posiciones ilustradas razonablemente sensatas (matar y oprimir está mal, la igualdad y la libertad están bien… cosas así)”. Aquí termina la contribución al análisis de la figura del lingüista norteamericano, pues, como se verá a continuación, lo que le interesa de verdad es disparar sobre Foucault. En efecto, si tremendamente simplista es la interpretación sobre las palabras de Chomsky, directamente delirante es la interpretación que sobre la postura de Foucault vierte en su artículo, buscando con ello demostrar que la posición política del pensador francés, al contrario de las razonadamente ilustradas, es un auténtico disparate ético. Dice así: “El encuentro tiene interés porque pone de manifiesto la enorme distancia moral que separa a dos autores que supuestamente se movían en espacios ideológicos cercanos o, en otras palabras, muestra hasta qué punto las posiciones políticas de izquierdas no están reñidas con el más puro disparate ético”. Ya va quedando claro el campo de batalla: el razonablemente ilustrado Chomsky vs. el disparatado y chalado populista Michel Foucault (no lo digo yo, lo dice el autor: “Foucault se desmarcaba con ramalazos de chaladura populista”). Pues bien, entrando en el asunto, confieso que mi primera impresión fue que el Sr. Palermo no había entendido nada del debate en cuestión, pero tras revisar su artículo más bien parece que ni siquiera lo ha leído. Ruego que me disculpe por este atrevimiento, pero si no es así ¿cómo se explica que fundamente sus argumentos en una sola frase sacada del contexto del debate sin atender en ningún momento al desarrollo del mismo? La frase en cuestión era la siguiente: “MF: El proletariado no hace la guerra contra la clase dominante porque crea que esa guerra es justa sino porque, por primera vez en la historia, quiere hacerse con el poder (…). Cuando el proletariado toma el poder es perfectamente posible que ejerza sobre las clases que ha derrotado un poder violento, dictatorial e incluso sanguinario. Y no veo qué objeción se puede hacer a eso”. En primer lugar –y esto va para los bienpensantes-, parece claro que Foucault no expresa deseo alguno de que eso ocurra, ya que se limita a decir que es perfectamente posible, lo cual nadie puede negar absolutamente. Concretamente lo que se pregunta Foucault es si la posibilidad –ciertamente pensable- de la acción violenta, deslegitimaría la idea de Revolución. En segundo lugar, y más importante, si el Sr. Palermo hubiera prestado más atención al contexto del debate no le habría sido difícil percibir que la frase se enmarca dentro de la controversia más amplia que los dos pensadores mantuvieron respecto a los conceptos de naturaleza humana, justicia y revolución. En efecto, Chomsky, desde una posición ilustrada y humanista, defiende, con indudable buena fe, que toda visión de una futura sociedad justa debe estar fundamentada en un sólido concepto de la esencia de la naturaleza humana, concepto que proporciona su verdadera dimensión a la libertad y la dignidad. Por tanto deben de existir –piensa- ciertas cualidades humanas fundamentales sobre las que fundar una verdadera noción de justicia. Y es por ello que la única razón para desear la Revolución es “creer, con razón o equivocadamente, que determinados valores humanos fundamentales podrían enriquecerse con este cambio de poder”. Foucault, mucho más escéptico y nominalista, mucho más crítico con los proyectos ilustrados humanistas, se muestra incapaz de proponer un modelo de funcionamiento social ideal, y advierte del riesgo de utilizar una definición de naturaleza humana o de justicia en términos retomados de nuestra sociedad o civilización. Para el pensador francés, “estas nociones de naturaleza humana, de justicia, de realización de la esencia humana, son nociones y conceptos que se formaron en el interior de nuestra civilización , en el interior de nuestro tipo de saber y de nuestro modo de filosofar, y, en consecuencia, forman parte de nuestro sistema de clases, y no podemos por tanto, por muy lamentable que esto resulte, servirnos de estas nociones para describir o justificar un combate que debería –que debe en principio- dar la vuelta completamente a los fundamentos mismos de nuestra sociedad”. Se trataría entonces de interpretar las luchas en términos de poder y no en términos de justicia, que pueden correr el riesgo de neutralizarlas. Lo cual no quiere decir en absoluto –como es posible que se piense.- que el sentido de las acciones no importe, sino que son éstas las que darán en cada momento y lugar la medida de la justicia de las luchas. “Más que pensar en la lucha social en términos de justicia, hay que poner el acento en la justicia en términos de lucha social”. Este es, en mi opinión, el sentido del debate que, como se podrá comprobar, tiene mucho que ver con las actuales controversias entre modernidad y postmodernidad. Pues bien, lo que le molesta al Sr. Palermo -y me temo que a muchos otros- es que Foucault se niegue a entrar en el juego de la definición de las esencias, de la libertad, de la justicia, y prefiera hablar de la inmanencia de las luchas y las resistencias. Tanto le molesta que cree salvarnos a todos del peligro, convirtiendo a Foucault en un chalado, en algo así como un mero apologeta de la violencia o del asesinato político. Por cierto, hasta el mismo Chomsky, en un momento del debate y ante las interpelaciones de Foucault, se ve obligado a reconocer que no es un pacifista contra viento y marea: CH: “No afirmo que el recurso a la violencia sea malo en todas las circunstancias”. No contento con todo esto, el Sr. Palermo continua disparando sus balas: “La cosa no pasaría de la mera anécdota si no fuera por el catastrófico efecto que tuvieron las tesis de Foucault y los suyos sobre parte de la izquierda durante los años ochenta, cuando mucha gente se cansó de tener razón sin que el mundo le hiciera el menor caso y prefirió prescindir alegremente del mundo. El resultado fue una auténtica debacle relativista que concluyó, no podía ser de otra forma, con una desbandada hacia la derecha (sin ir más lejos, Jiménez Losantos tiene el discutible honor de haber introducido en España la obra de Lyotard a principios de los años ochenta)”. Ya tenemos a un culpable del alegre y generalizado desencantamiento del mundo, de la muerte de la acción política. ¿Qué ceguera, qué densidad ideológica –o grado de ignorancia- puede llenar la pluma que escribe esas líneas? ¿Foucault neoconservador? Para salir de ese atolladero, al Sr. Palermo le habría bastado quizás con seguir leyendo atentamente otros párrafos del debate: MF: “Su pregunta es: ¿por qué me intereso tanto por la política? Para responder de un modo muy simple diría: ¿por qué no debería interesarme por ella? ¿Qué ceguera, qué sordera, qué densidad ideológica tendrían que pesar sobre mí para impedir que me interesase por el problema sin duda más crucial de nuestra existencia, es decir, la sociedad en la que vivimos, las relaciones económicas con las que funciona, y el sistema que define las formas habituales de relación, lo que está permitido y lo que está prohibido, que rigen normalmente nuestra conducta? La esencia de nuestra vida está hecha, en último término, por el funcionamiento político de la sociedad en la que nos encontramos. Así pues, no puedo responder a la cuestión de por qué me intereso por la política, únicamente puedo responder preguntándome: ¿por qué no debería hacerlo?… Lo que sería un verdadero problema sería no interesarse por la política”. Pero la cosa no queda ahí. Si pensamos que la intención del Sr. Palermo, en último extremo, era presentar el pensamiento foucaultiano como la penúltima muralla levantada por la burguesía contra las ansias revolucionarias, se entiende mucho mejor entonces que no haga mención alguna a estas otras palabras: MF: “No, no creo en absoluto que nuestra sociedad sea democrática. Si se entiende por democracia el ejercicio efectivo del poder por parte de una población que no está dividida ni ordenada jerárquicamente en clases, está perfectamente claro que estamos muy alejados de la democracia”. O si quiere convertirlo en un defensor del quietismo político, es normal que se olvide de estas otras: MF: “La verdadera tarea política, en una sociedad como la nuestra, me parece que es criticar el juego de las instituciones aparentemente neutras e independientes… En primer lugar porque el poder político cala mucho más hondo de lo que sospechamos: el poder cuenta con centros y puntos de apoyo invisibles, poco conocidos; su verdadera resistencia, su verdadera solidez se encuentran quizás allí donde no se piensa. Quizás no basta con decir que, tras los gobiernos, tras el aparato de Estado se encuentra la clase dominante; es preciso situar los puntos de actividad, los lugares y las formas bajo los cuales se ejerce esta dominación… Si no se es capaz de reconocer estos puntos de apoyo del poder de clase se corre el riesgo de permitirles que continúen existiendo y de ver cómo se reconstituye ese poder de clase tras un proceso aparentemente revolucionario”. Continuando con el artículo, resulta sumamente revelador el intento de relacionar a Foucault con el incombustible Jiménez Losantos, por medio de una inestimable e indirecta comparación con Lyotard. Insisto en que si se interesara un poco más en el pensamiento del filósofo francés se daría cuenta de que está más cerca, por ejemplo, de la teoría crítica de la primera generación de la Escuela de Frankfurt que del postmoderno Lyotard, como reconoce el propio Foucault en una de sus entrevistas. La cuestión es meter a todos los herejes en el mismo saco y aquí paz y después no precisamente gloria. Pero yendo más allá del debate, si que lo que necesitan algunos para acercarse a los malditos heterodoxos es tranquilizar previamente sus conciencias, sería interesante que dedicaran algún tiempo a hojear otros libros, en los que podrían tropezarse con opiniones que mitigarían mucho la tentación, si es el caso, de convertir al pensador de Poitiers en un furibundo antimarxista a lo Jiménez Losantos. MF: “Aun cuando uno admita que Marx está hoy en vías de desaparecer, no hay duda de que volverá a aparecer. Es lo que yo deseo […]. No tanto la recuperación, la restitución de un Marx auténtico sino, muy probablemente, el aligeramiento, la liberación de Marx de los dogmas de partido que durante tanto tiempo lo han aprisionado al mismo tiempo que transmitían y esgrimían lo que él dijo”. Hay que reconocer que el pecado de Foucault es haber mantenido actitudes mucho más radicales –en el sentido etimológico de la palabra- que las de ciertos izquierdismos dogmáticos y clarividentes. El pecado ha consistido en atreverse a problematizar nociones como naturaleza humana, justicia, libertad, democracia, construidas siempre desde una cultura o civilización determinada –en este caso, la sociedad burguesa-. Todo ello con el consiguiente escándalo de todos aquellos que se consideran capaces de pasear todas las mañanas por el afuera de nuestra civilización capitalista, y desde allí dibujar con total nitidez –como si de un pincel divino se tratara- los contornos de tales nociones, retornando así de nuevo a nuestro mundo con el rostro de la futura Revolución perfectamente delineado. Podría referirme a las miles de páginas que dejó escritas. Podría recordar las decenas de imágenes de los años setenta en las que es posible vislumbrar la calva del filósofo francés -entre otros grandes pensadores como Sartre- encabezando diversas manifestaciones y asambleas a favor de los inmigrantes, los presos, los estudiantes, los trabajadores. Podría hablar de su vida revolucionaria, de su compromiso anticapitalista radical, pero sería demasiado extenso. En definitiva, un pensamiento complejo, pero sobre todo militante y profundamente comprometido con las víctimas de un mundo enloquecido. Un pensamiento que veinte años después sigue inspirando en diferentes sentidos a numerosos movimientos sociales de feministas, homosexuales, anarquistas, presos, enfermos mentales, antiglobalizadores, etc, no merece este pelotón de fusilamiento. Ya sabemos que los pensamientos reaccionarios, incapaces de neutralizarlo, desean verlo morir por las balas de sus mismos compañeros de barricadas. Pero no les hagamos el juego. Las mismas barricadas que, a pesar de los malentendidos, él compartía con Chomsky, y en las que nos hemos encontrado Darwin Palermo y yo. En algo estoy de acuerdo con el autor del artículo. Coincido con él en que toda esta situación que nos ocupa va más allá de la mera anécdota. Pero no –como señala- “por los efectos catastróficos que para la izquierda ha tenido el pensamiento de Michel Foucault”, sino, muy al contrario, por los desastrosos efectos que se siguen de descalificar un pensamiento crítico revolucionario, por el simple hecho de que no se adapta como un guante a los rígidos marcos de un cierto pensamiento de izquierdas dogmático y decimonónico. Estoy seguro de que Darwin Palermo y yo nos seguiremos encontrando en aquellas barricadas levantadas contra la estupidez de la moral burguesa y las políticas neoliberales, barricadas como las de Rebelión, dicho sea de paso. Pero espero que sea construyendo en el futuro un pensamiento de izquierdas con mejores y más abiertos argumentos. Y en ese camino hay grandes pensadores que nos han aportado valiosas herramientas. ¿Olvidar a Foucault? Lo que no se puede olvidar es que para entender a un filósofo hay que tomarse la molestia de leerlo. * Josu Cristóbal De-Gregorio. Profesor de Filosofía del Derecho. UNED jcristobal@der.uned.es

Read more

Contra el (hispánico) revisionismo histórico

Salvador López Arnal

                                                                                               

                        Contra el (hispánico) revisionismo histórico.

Bienestar insuficiente, democracia incompleta. Sobre lo que no se habla en nuestro país (BIDI). Vicenç Navarro

Anagrama, Barcelona, 2002, 216 páginas.

Read more

Movimiento antifascista. Polémica sobre espontaneismo, vanguardia y unidad

Carlos Gutiérrez, Gustavo Roig, Mariano Pujadas

4.- La revolución social, poesía de futuro. (Una respuesta a Gustavo Roig y a quién pueda interesar). Por Carlos Gutiérrez.

20N: República, autodeterminación, socialismo. Una propuesta política de organización y acción. x Mariano Pujadas – La Haine Reflexión acerca de las críticas que han surgido en sectores del activismo extraparlamentario sobre el lema de la manifestación del 20N 2006 que convoca la Coordinadora Antifascista de Madrid.

“Memoria Histórica para conquistar el futuro: República, Autodeterminación y Socialismo". No es un lema a la defensiva, no sólo se limita a denunciar las barbaridades cometidas ayer y hoy, a pedir juicio y castigo, a rechazar el modelo social y económico existente… algo que por cierto todxs compartimos. Además de rechazar, propone. Es una propuesta política (y, por tanto, con carácter ofensivo y de avance).

La Coordinadora Antifascista nos está obligando a pensar. Después de 2 años de intensificación de la lucha antifascista, de recuperación de la memoria histórica y de plantearse la continuidad de la lucha revolucionaria que las generaciones pasadas sostuvieron, ahora nos obliga fraternalmente a reflexionar sobre qué queremos, es decir, sobre la base de qué ejes continuamos el combate.

No hay por qué estar de acuerdo con los ejes que propone la Coordinadora Antifascista, pero si entendemos que se nos está “dejando tiradxs”, antes deberíamos preguntarnos cuál es nuestra propia propuesta política. Si no la tenemos, quizá deberíamos hacer un ejercicio de autocrítica. Si la tenemos, entonces deberíamos preguntarnos por qué no estamos siendo capaces de sacarla a la calle.

Pero el problema es que la Coordinadora Antifascista nos está dejando con las vergüenzas al aire. Nos está poniendo en crisis, obligándonos a mirarnos al espejo y preguntarnos: ¿hacia dónde camina nuestra lucha cotidiana?

Read more

Entrevista a Wu Ming sobre propiedad intelectual

Entrevista al colectivo de narradores Wu Ming sobre propiedad intelectual aparecida en la newsletter de la Asociación Italiana de Bibliotecas, Junio 2002 (traducida de Cheval)

¿Qué pensáis de la reciente ley sobre los derechos de autor que impide (también en las bibliotecas) la reproducción de más del 15 % de textos en el mercado? ¿Puede ser un modo efectivo de proteger a los autores y de favorecer el mercado del libro y la difusión de la lectura?

No. La difusión de la lectura se favorece permitiendo la difusión de los textos, no restringiéndola. Si uno no tiene los más de 20 euros que hacen falta para comprar un libro, no los tiene y punto. ¿Qué va a hacer, enterrar una moneda en el Campo de los Milagros? La prohibición de la reproducción va a afectar a un grupo de personas que las casas editoriales (como las discográficas) ya han perdido, por culpa de políticas miopes, del continuo incremento de los precios y de la caída constante de calidad. En el ámbito universitario, podemos pensar en los numerosísimos textos que forman parte de los programas, aunque son mediocres o incluso pésimos, sólo porque los ha escrito un amigo o un compañero de cuerda… Más en general, puede apreciarse que toda la legislación sobre los derechos de autor a nivel planetario es expresión de una mentalidad oligárquica y represiva, cada vez más reducida a defender los privilegios de lobbies obsoletos, multinacionales y potentados que campan sobre la apropiación indebida de lo que debería ser de todos.

¿Qué posibles soluciones alternativas encontráis?

En general, estamos por la libertad de reproducción. La libertad de reproducción no limita la venta en las librerías: se trata de circuitos distintos, enfoques distintos, soportes distintos. Lo experimentamos todos los días con nuestros libros, que llevan esta indicación: ‘Se permite la reproducción total o parcial de la obra y su difusión por vía telemática para uso de los lectores, siempre que no sea con fines comerciales’. Esta última precisión tiene además un significado político: el derecho convencional, de impronta liberal-burguesa, se construye alrededor de un sujeto que, si lo miramos con atención, es un sujeto abstracto, no arraigado en lo social: es el llamado ‘individuo propietario’, descrito como perennemente igual a sí mismo sin tener en cuenta el contexto. Nosotros en cambio creemos que existe una diferencia enorme entre los distintos sujetos, y por tanto entre los distintos derechos. Podríamos decir: la libertad de la que debe disfrutar el lector individual que quiere leer nuestro libro pero no tiene dinero para comprárselo y las exigencias que se le imponen a los grandes potentados económicos no están al mismo nivel. Para escribir una de nuestras novelas hacen falta tres años de trabajo durísimo, entre las investigaciones, la redacción, las correcciones y los cientos de presentaciones por toda Italia. No podemos consentir que los grandes tiburones de la industria cinematográfica o televisiva sean parásitos de nuestro esfuerzo y -sin pagar un céntimo- hagan una película a partir del argumento que hemos elaborado, ganen millones y refuercen su posición de predominio. En estos años, nos hemos dado cuenta de lo importante que ha sido esta decisión, incluso aunque algunos puristas del no-copyright nos han criticado, ignorando los riesgos de esta profesión y, en última instancia, ignorando que la sociedad está dividida en clases.

Estamos siempre buscando indicaciones y soluciones más concretas, satisfactorias y utilizables por otros. Mientras tanto, podéis dejar que fotocopien nuestras novelas y pasarles por la cara la indicación a los inspectores de la SIAE y a los agentes de la GDF.

Read more

Una crítica no matizada de la película «Salvador»

Salvador López Arnal

Respuesta a una crítica no matizada.

Txema Bofill ha explicado en “Los liberales asesinaron Puig Antich” las razones por las que no le ha convencido la película “Salvador” dirigida por Manuel Huerga y ha esgrimido algunas consideraciones sobre la reciente historia española y el algo manido tema de la memoria histórica y nuestra forma de aproximarnos a ella.

No pretendo comentar todas las afirmaciones de Bofill pero sí señalar, en cambio, aquellas que me parecen inconsistentes con uno de sus finalidades: la de restablecer una memoria histórica sin trampas, sin hacer pasar gato por liebre, buscando o aspirando a la veracidad y evitando decorar el paisaje histórico de forma que nuestra presencia en él tome un papel relevante y excelente, siempre excelente. Vayan, pues, a continuación estas aproximaciones de urgencia:

1. El título de su artículo –“los liberales asesinaron a Puig Antich”- es un despropósito (e incluso un insulto) como posteriormente intentaré mostrar. Más allá de ello, el tono de denuncia sin matiz con el que se refiere a la filosofía política liberal y a su praxis, por usar aquel término gastado pero entrañable, es inadmisible en mi opinión. Los liberales, como el ser, la izquierda o la vida, se dicen de muchas maneras, al igual que los anarquistas, marxistas o consejistas. Es cierto que Friedmann, el consejero de Kissinger y Pinochet (aunque no sólo) se las daba de liberal o incluso tal vez Bus se presenta como liberal-conservador, pero también Bertrand Russell era un liberal o entre nosotros gentes tan admirables por muchas razones como Ferrater Mora o Mosterín. Una cosa es querer ser más que liberales, como es el caso de muchos militantes políticos de izquierda, entre los cuales desearía incluirse, otra cosa es renunciar a todas las aportaciones normativas y prácticas de esa concepción. No veo qué problema existe en coincidir con un liberal en el principio de que todo ciudadano y ciudadana tiene derecho a ser tratado con dignidad e igualdad. La cuestión, efectivamente, es que de hecho no todos los ciudadanos son tratados así y en toda circunstancia, como ocurre diariamente en la mayoría de los centros de trabajo donde la dignidad y el respeto están en la papelera de los trastos inútiles por improductivos y poco “neoliberales”.

2. Aunque en ocasiones Bofill entrecomille, llamar “liberales” a los miembros del gobierno de Franco, responsables últimos, como él mismo dice no siempre de forma totalmente matizada, del asesinato de Puig Antich, es un uso descabellado y delirante de la noción. Una cosa es afirmar, como él afirma, que el gobierno de Arias Navarro fuera el gobierno “más liberal de toda la historia franquista” (la afirmación y la consideración política es suya, no mía) y otra cosa es que fuera un gobierno liberal en algún sentido significativo del término.

Read more

Las ideas socialistas

Pepe Gutiérrez-Álvarez

              Para la práctica totalidad de los movimientos sociales de la 2ª República, el socialismo era un ideal a inmediato y a largo plazo; algo por el estilo ocurrió con la izquierda antifranquista de los sesenta-setenta…sin embargo, esta percepción alternativa comenzó a cambiar en los años ochenta, y esto se hizo notar muy especialmente en el ámbito editorial. Como recopilador y divulgador pude darme de este cambio con la edición de un viejo proyecto titulado Diccionario biográfico del socialismo (Hacer, 1982) para el cual se habían preparado varias entregas más.

               Aparecido en 1982, en una época en que esta editorial desplegaba una voluntariosa tentativa de edición y/o reedición de los clásicos protosocialistas, la coyuntura no dio para más. Un segundo volumen, Libertarios, libertarias que se paseó por media docena de editoriales, e incluso se anunció en los catálogos de una, pero finalmente fue considerado como un riesgo excesivo, y acabó su destino en un "cajón de sastre", con otras tentativas fallidas más.  Con ocasión de su presentación pública en Barcelona con la presencia de Josep Termes, éste me contaba que un ambicioso proyecto iluminado al calor de Nova Terra, y al calor del auge del PSOE, había acabado también en el limbo de los proyectos perdidos. Semejante auge sería a la postre fatal para otros proyectos similares, como el de la edición en fascículo Crónica y vida del socialismo (Ed. Acanto, Salamanca), que contaba con la colaboración de  un buen número de especialistas en la historia social española. Silverio Cañada también tuvo que cancelar una Historia del socialismo, igualmente en fascículo.

                 El paso siguiente de estas tentativas, verdadero canto de cisne de la expansión bibliográfica, socialista iniciada en los años sesenta, ocuparía el lugar las ofertas de los grandes almacenes o las librerías de segunda mano. Y es que el triunfo electoral del PSOE (como los de Miterrand, Soares, Craxi, y CIA) venía precedida por acontecimientos de clara significación regresiva como lo fueron, entre nosotros,  el simbólico "abandono" del marxismo a instancias de Felipe González y el 23-f que marcaba en oscuro los límites del proyecto social y democrático. Lo que habíamos vivido como una lucha por la libertad no era el comienzo sino un abuso, y nos tocaba andar para atrás cuando apenas sí habíamos comenzado a tirar hacia delante. Entrábamos en una nueva fase que bien se podía definir con una cita de alguien tan representativo del matrimonio franquismo-neoliberalismo, Vizcaíno Casas, y según la cual el socialismo no era la solución sino el problema. Una cita a la que podíamos añadir otras muchas otras, como aquella de Felipe González según la cual, la verdadera izquierda la representaban los empresarios emprendedores. La victoria electoral del PSOE, era la de la única izquierda posible, o sea la de una izquierda transformada, no practicante.

                Durante todo un período ulterior, la intelligentzia instalada se dedicó a pregonar no solamente el fin del comunismo (un ideal al que la URSS ni llegó a apuntar), sino también la descalificación del estatismo (la socialdemocracia del "Estado del Bienestar), por no hablar de los anarquismos o los izquierdismos de los mayos del 68, que entraban en un mismo saco. El fin de la historia era también el finiquito de cualquier atisbo de utopía. Por decirlo con palabras de Cioran, el paradigma del final del siglo XX era que confirmaba que no había donde ir, o sea que lasciate ogni speranza. Tribunalistas de todo tipo arremetían contra Trotsky que era comparado con el nazi disidente Rohm, el Che Guevara era descrito como un Rambo de izquierdas (Fernando Savater), Rosa Luxemburgo volvía a ser la sanguinaria. En un juego de malabares extraordinario cualquier referente revolucionario aparecía conectado con Stalin, Pol Pot o Ceacescu, a lo que se le podían añadir Lenin, y claro está, Hitler, a veces hasta Franco o Pinochet, en estos casos en una evidente muestra de ingratitud, ya que su contribución al neoliberalismo no tenía precio.  Establecida esta lógica denigratoria, la revisión histórica sentaba sus reales con ocasión del segundo Bicentenario de la Revolución Francesa, el discurso dominante ligaba a la izquierda jacobina e igualitaria con un Gulag que, además, poseía la virtud milagrosa de blanquear toda el historial de guerras coloniales o mundiales, de océanos de sangres ocultos en los que el egoísmo propietario quedaba libre de cualquier pecado que no fuera profundizar el abismo entre los ricos y los pobres.

                    Esta restauración conservadora no tuvo misericordia con ninguna ilusión igualitaria, y frente a cualquier logro revolucionario (Nicaragua, cono sur africano), colocó sus "guerras sucias" y su contra con la bendición papal y de los intelectuales arrepentidos. En esta batalla, la historia no podía quedar al margen., para llegar hasta Marx, descrito a través de sus malaventuras eróticas, para llegar sin piedad hasta Thomas Münzer, Savonarola, alcanzado hasta Cristo (Jean-Fronçois Revel, Ni Marx ni Jesús), o Platón, prohibido por la dictadura argentina. La finalidad de este proceso cuyos efectos devastadores en los países mayoritarios resulta aterrador, y que ecológicamente nos sitúa en un tiempo de límites (no respetados), en esto lares  no es otro que privatizar el Estado y desreguralizar toda la legislación laboral, o sea liquidar las conquistas sociales logradas por siglo y medio de historia del movimiento obrero, y plasmadas como un compromiso histórico tras la Segunda Guerra Mundial…Razones pues, más que sobrada,  aunque sea desde las estancias más modestas,  para tratar recuperar una aportación didáctica con la que dar a conocer y divulgar una idea que, bajo diversos ropajes es tan antigua como su otra cara: la injusticia social…

Read more

Entrevista político-filosófica a Antoni Doménech

Salvador López Arnal

Junio-Julio de 2003

Pregunta 1.- Está a punto de publicarse un estudio tuyo, largamente esperado, cuyo título, no sé si provisional, es El eclipse de la fraternidad: una revisión republicana de la tradición socialista (Barcelona, Crítica, en prensa). Hasta donde sé, el libro es, en buena medida, una larga reconstrucción histórica, centrada sobre todo en el período 1848-1936, con calas hacia atrás (hasta las Repúblicas del mediterráneo antiguo) y hacia delante (hasta nuestros mismso días). ¿Qué motivos te han llevado a dar tanta importancia a la historia, en vez de limitarte a escribir un libro más bien filosófico-sistemático sobre la “fraternidad?¿Y cómo definirías el concepto de fraternidad”?

Respuesta a la P1.- No se puede definir el concepto de “fraternidad” en términos de condiciones necesarias y suficientes. Y no –o no sólo— porque se trate de un concepto vago, o nebuloso, o particularmente amorfo. Sino porque, como todos los conceptos filosófico-políticos –también los de “libertad” o “igualdad”—, es un concepto esencialmente histórico. Fue la cabal comprensión de eso, y mi vieja insatisfacción con el modo con que se hace ahora filosofía política en la vida académica, lo que me llevó, al comienzo, a planear una larga introducción histórica a un libro concebido inicialmente, en efecto, de manera más filosófico-sistemática. Luego, con el paso de los años –este libro ha sido gestado, con algunas interrupciones, durante más de una década—, la “introducción” fue creciendo hasta convertirse en un enorme material con vida propia, del que el libro presente no es sino una parte.

Pregunta 2.- Por las partes del manuscrito que he visto, el libro tiene una punta muy visible de actualidad política. ¿Cómo encajas la “Revisión republicana de la tradición socialista”, esa larga mirada histórica y retrospectiva al pasado, con las cuestiones candentes para la izquierda de hoy?

Respuesta a la P2.- Creo que el pasado, visto crítica y autocríticamente, contiene lecciones políticas que la izquierda viva de hoy no puede permitirse seguir ignorando. Porque lo cierto es que el pasado ha sido sistemáticamente falseado u ocultado, tanto por una izquierda derrotada y desnortada, como por el tradicional partido del olvido y la sepultura de la memoria que son las fuerzas de la conservación. Sea como fuere, yo he tratado modestamente de seguir en mi libro el consejo de Walter Benjamin: “encender en el pasado la chispa de la esperanza presente”. Consejo, dicho sea paso, que Benjamin reservaba sólo para los historiadores “penetrados de la idea de que tampoco los muertos están a salvo del enemigo victorioso”.

Read more

¿Ontología?

Josep Traverso

            El 13 de Noviembre del año pasado, el amigo Joaquín Miras escribía un correo dirigido a Salvador López Arnal felicitándolo por la edición del libro de Manuel Sacristán Seis Conferencias que había corrido a su cargo. Lo felicitaba por el libro y le proponía discutir sobre algo que aparecía en una de las conferencias del citado libro, la dedicada a Lukács (Sobre Lukács), pensar sobre un “asunto que ya hace mucho me ronda por la cabeza y que ha vuelto a planteárseme otra vez ahora”, el tema en cuestión es la ontología y sobre si “se necesita tal artefacto para reconocer la objetividad”.

            Joaquín parece compartir la idea expresada por Sacristán en dicho libro, en el sentido de la no necesidad de un “artefacto ontológico” para reconocer y conocer la objetividad aunque la substitución que Sacristán propone de la ontología por la ciencia le parece peligrosa y deficiente en cuanto podría justificar la presencia de técnicos (élites) interpuestos entre nosotros y la realidad. Acaba Joaquín proponiendo para este reconocimiento de la realidad un estatus parecido a la “doxa”, un saber inmediato, contingente, “oportunista”, el sentido común gramsciano.

            Que yo sepa, el envite de Joaquín no tuvo respuesta, él mismo parecía predecirlo afirmando “que el tema está aún lejos del sentir de los políticos y los filósofos”. Comparto esa extrañeza con dos matizaciones, la primera referente a que “el lugar filosófico” donde Joaquín propone discutir ha sido centro del pensar de algunos de los grandes filósofos del siglo XX y una segunda matización que propone sacar rendimiento de esa lejanía, en el sentido  que ya expresa algo de lo que somos en este momento. Me ha parecido interesante escribir estas notas aunque sólo sean un comentario sobre la conferencia ya citada porque también creo fundamental, en estos momentos, abrir de verdad ese debate proponiendo cuestiones concretas sobre lo cotidiano, sobre lo político que despejen el terreno, porque no puede ser de otra manera, y no cerrarlo anticipadamente en la divergencia expresada por los partidarios de la “intuición oportunista” por una parte y los “tecnólogos ontológicos” por otra.

            Vamos ahora  a la conferencia Sobre Lukács que parece estar en el origen de toda esta cuestión, se trata de una conferencia pronunciada por Sacristán a finales de abril de 1985 en la librería Leviatán y ante un auditorio mayoritariamente joven y revolucionario. Seguramente, la categoría que predomina en la disertación es ambivalencia, “lo que Lukács nos deja es muy ambivalente”, así, por ejemplo, se constata en el terreno político, junto a su independencia como intelectual su excesiva flexibilidad, su estar “demasiado atento a las necesidades de disciplina del momento.” La conferencia acabará centrándose en aquello que Sacristán considera más interesante, el último Lukács y especialmente su pensar político que corresponde a la segunda mitad del decenio de los sesenta, Lukács murió en el verano del 71; abundan las referencias al libro Conversaciones con Lukács de Abendroth, Kofler y Holz, que recoge el pensamiento del autor en esta misma época.

            Referente al tema que separa a Sacristán de Lukács, la necesidad de una ontología, aquel afirma que, en las conversaciones citadas, “Lukács no se olvida de poner fundamentos filosóficos a lo que va a decir políticamente y el principal fundamento filosófico que pone aquí, en esta entrevista, y luego en esa Ontología póstuma, es afirmar que hay que poner un fundamento ontológico a la política y a la ciencia social en general.”[1]

            Esto vendría a significar que sin negar la lucha de clases, sin negar el posicionamiento de las clases, Lukács afirma una objetividad existente e irrenunciable. Sacristán refleja claramente la ambivalencia con la que juzga el legado del filósofo húngaro; “al decir que tiene que haber un plano ontológico en el pensamiento marxista yo comprendo que Lukács está defendiendo que tiene que haber un criterio de objetividad para examinar las cuestiones teóricas y científicas. Pero, en lo que me separo de él, es que a mí me parece que después de la Edad Media y terminado el poder, la tiranía de la teología cristiana sobre la filosofía, no hay por qué considerar que la base objetiva ha de ser ontología. Basta con decir que ha de ser ciencia empírica, ciencia real, sin necesidad de ir a una metafísica para fundamentar.”[2]

Read more

Nación y clase

Diego Guerrero

Desde luego ya no está de moda el “análisis de clase” de los fenómenos sociales, pero sorprende que nunca se haya hecho uso de él, que yo recuerde, para analizar un fenómeno tan actual y relevante como el del nacionalismo moderno en España. Muchos pensarán que un análisis de este tipo ya no tiene lugar porque pertenece a un pasado intelectual que ha sido desechado por la historia, pero podría ser que este punto de vista ganara relevancia en un futuro no lejano. ¿Acaso piensa alguien en serio que la caída del Muro de Berlín, de la que tanto se usa y abusa en los últimos tiempos, ha supuesto ya el fin definitivo del pensamiento comunista y socialista de tipo transformador, es decir el que aspira a contribuir a la superación del capitalismo?

Nadie duda de que los partidos socialistas y comunistas, se entiendan o no como puras reminiscencias históricas, se han adaptado a una convivencia complaciente con el sistema capitalista actual. Nadie duda de que son ellos en muchos casos los primeros que han renunciado al análisis de clase, como tampoco se puede dudar de que el lector de cualquier periódico serio de nuestro país pueda sorprenderse con el uso de una supuesta “antigualla intelectual” como la que aquí se propone. Pero quizás no se trate de una herramienta tan anticuada como parece, al menos para entender algunas de las claves ocultas en el debate actual español sobre cuestiones, llamémoslas, nacionales.

Los antiguos internacionalistas históricos (socialistas, anarquistas, comunistas) tenían claro que los contenidos eran más importantes que las formas. Por eso, siguiendo a Marx o a Bakunin, consideraban que en el fondo daba poco más o menos lo mismo (aunque no desconocían otras diferencias menores) tener una monarquía como sistema de gobierno que una república. O que el Estado que, junto al capital, contribuía a oprimirlos llevara a cabo una política económica y social más o menos avanzada, siempre que estuvieran dentro de los límites, para ellos insuperables, que restringían su capacidad de maniobra dentro del sistema. Ellos hablaban de que la forma de gobierno no afectaba al contenido esencial de las relaciones económicas y sociales, porque, mientras éstas siguieran siendo capitalistas, no satisfarían nunca sus aspiraciones últimas de transformación social. Y cosas de este tipo, lo mismo pueden leerse en los escritos de Pablo Iglesias que en los de Federica Montseny o Andreu Nin.

Read more