Un punto de encuentro para las alternativas sociales

El Odio

Manuel Delgado Ruiz

Hace nueve años, estas mismas páginas sirvieron de escenario para una polémica en torno a lo que el arquitecto Amador Ferrer había denominado, titulando un artículo suyo, “el inmerecido descrédito de los polígonos de viviendas” (El País, 14-10-1996), crítica a la crítica fácil contra las agrupaciones de bloques dominante en aquel momento y ahora. Aquella defensa de los bloques de viviendas no ignoraba sus innumerables defectos, como consecuencia de la pésima calidad arquitectónica de la mayoría de proyectos, pero subrayaba que la construcción de grandes conglomerados de pisos implicó, en un momento determinado, una definición de las expansiones urbanas que colocaba en primer término la cuestión de la vivienda social, un asunto que adquiría un protagonismo que nunca había tenido antes y que no iba a recuperar con posterioridad a su abandono como fórmula de actuación urbanística. Además, se destacaba también cómo la forma de agregación de las viviendas y la provisión de espacios para el encuentro –derivadas de la inspiración de esa tipología en los postulados del Movimiento Moderno– potenciaron expresiones de intensa vida colectiva, entre las cuales la movilización y la lucha. Una exposición inminente del artista sevillano Pedro G. Romero en la Fundació Tàpies, centrada en buena medida en Badia del Vallès, va a insistir en ese elogio de las concentraciones de bloques como ámbito que demuestra las virtudes del conflicto como fuente de cohesión social. En ese sentido, habría que considerar si entre los factores que determinaron el abandono del modelo de ciudades dormitorio no merecería figurar la evidencia de que este tipo de agregaciones humanas acababan constituyéndose en un núcleo de conflictividad difícil de fiscalizar políticamente y complicado de someter en cuanto experimentaba alguno de sus periódicos estallidos de insubordinación o insolencia. De hecho, el sistema de bloques implicaba una alternativa al amontonamiento de la clase trabajadora en determinados barrios antiguos o en centros urbanos, fáciles de cerrar con barricadas y desde los que los sectores más ingobernables de la ciudad podían hacerse fuertes y resistir los embates de la policía o incluso del ejército. Es bien sabido que fue esa tendencia de las clases trabajadoras europeas a encerrarse en barrios intrincados y convertirlos en fortines insurreccionales lo que justificó en buena medida las grandes operaciones urbanísticas de esponjamiento e higienización a partir de las últimas décadas del siglo XIX, de las que la de Haussman en París sería el paradigma, pero que tendrían también en Barcelona un ejemplo no menos elocuente. Ahora bien, la opción de llevarse a la clase obrera a los suburbios y alejarla de los núcleos urbanos comportó resultados imprevistos, entre ellos el permitir formas de convivencia que tampoco eran tan distintas de las del vecindario tradicional y repetir la capacidad del barrio popular de devenir foco de antagonismo social. Ahí cabría evocar el estudio de Manuel Castells –recogido en La ciudad y las masas (Siglo XXI)– sobre el grand ensemble francés por excelencia, el de Sarcelles, donde se estaban desarrollando luchas sociales de gran embergadura. La tesis de Castells es que lo que allí se registraba era una situación prácticamente idéntica a la que había producido el primer sindicalismo obrero a mediados del siglo XIX, en la medida en que los altos niveles de socialización que estaban experimentando las viviendas de masas descubrieron un conjunto de intereses comunes, en una unidad de vecindario que reprodujo las condiciones de concentración capitalista de producción y una gestión parecida a la que habían conocido las grandes concentraciones fabriles de la revolución industrial, los mismos elementos que estuvieron en el origen de los primeros sindicatos obreros. En el fondo, de lo que se trataba es de que por primera vez se estaba produciendo una percepción en clave de lucha de clases del significado del fenómeno urbano. Esa condición problemática de los polígonos de viviendas populares ha tenido distintas oportunidades para ponerse de manifiesto cerca de nosotros. Piénsese en el caso de lo que sin duda fue la mayor explosión de lucha vecinal que ha conocido Cataluña en las últimas décadas: la revuelta del barrio del Besòs a finales del 1990, en la que los vecinos se opusieron violentamente al proyecto de edificar en unos terrenos inicialmente destinados a equipamientos. Aquello, que la prensa bautizó como “la intifada del Besòs”, supuso la ocupación policial del barrio durante varios días y auténticas batallas campales en las que se vio a los vecinos lanzar bombonas de butano y frigoríficos desde los balcones contra los mossos d’esquadra y en la que se llegaron a disparar armas de fuego. Pero la prueba más cercana la tenemos en los hechos de estos días en la banlieu de París y de otras ciudades francesas, erupciones de rabia que los medios de comunicación catalogan como “violencias urbanas”, protagonizados por esa nueva clase obrera en buena medida alimentada por los flujos migratorios, cuyos jóvenes son victimas de la explotación, la precariedad laboral, el paro, el racismo y la ausencia de expectativas de futuro. Contamos con una película que refleja esa situación de una forma especialmente lúcida y que debería ser revisada justamente estos días para constatar la naturaleza crónica del fenómeno y su significado. El propio título de la película es ya la clave: “La haine” (“El odio”), dirigida por Mathieu Kassovitz en 1994 En resumen. Estamos viendo, en la devastación que conocen las periferias malditas de París, una de las razones que probablemente animaron a abandonar la opción de las ciudades dormitorio para atender la demanda de vivienda por parte de los sectores más vulnerables de la población: demasiado rencor junto. Hace unas semanas supimos en qué consiste la manera como en París se “soluciona” el problema de la vivienda de los nuevos vecinos pobres. Los 24 inmigrantes africanos muertos como resultado de dos incendios en inmuebles en mal estado en que vivían en el centro de la capital francesa dan cuenta de que allí se enfrenta la cuestión de la “vivienda social” igual que aquí: obligando a los nuevos miserables a vivir en hogares insalubres, inseguros, con frecuencia clandestinos, pero sobre todo dispersos. Como aquí, allí la consigna es disolverlos por entre los intersticios y agujeros de la ciudad, difuminarlos, enterrarlos en vida bajo la alfombra de ciudades limpias y afables. Cualquier cosa menos permitir que se agrupen en territorios desde los que atrincherarse; cualquier cosa menos permitir que se den cuenta de que son muchos y de que cualquier momento puede ser bueno para la venganza.

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Le thé au harem d’ Archiméde

Carlos M. Gutiérrez.

¿Que está pasando en Francia?

El título de este artículo, que hace referencia al de una interesante película francesa de 1984, dirigida y escrita, con tono autobiográfico, por el francés nacido en Argelia Mehdi Charef, trata de apuntar y describir la clave de los acontecimientos que están sucediendo en los últimos días en Francia.

Las conmovedoras y duras imágenes del film nos muestran la historia de dos adolescentes, uno un inmigrante de origen magrebí y el otro de origen francés, que viven y luchan en esos auténticos ghettos de marginalidad y exclusión que fueron levantados en los años sesenta-hasta un total de 750 en toda Francia-, y que algunos llaman cités, y que han sido rebautizados, de modo ciertamente eufemístico, como "zonas urbanas sensibles".

En el pasaje más impactante de la ya antigua película se nos muestra la impotencia y la rabia del muchacho inmigrante al recibir toda la burla e incomprensión de sus compañeros de clase y de su propio maestro. El chico es interpelado por su profesor a escribir en la pizarra el Teorema de Arquímedes (Le théoréme d¨Archimede). Con mano temblorosa e insegura, el joven magrebí traza sobre el tablero la frase: "Le thé au harem d’ Archimede (El té en el harén de Arquímedes). Todo un signo de falta de integración cultural y fracaso del sistema educativo, y una clara muestra de cómo el repliegue en las propias señas culturales sirve como barrera y como defensa ante un entorno que se percibe como hostil y extraño.

En un momento en el que la prensa europea está usando parecidos métodos de descalificación a los que estamos habituados por estos pagos: vándalos, delincuentes, traficantes de drogas o radicales islámicos, no está de más recordar que éste fenómeno, la exclusión y la represión de los inmigrantes, pobres, por supuesto, no es nuevo en Francia ni en el resto de Europa. Las imágenes que nos han llegado por medio de la televisión en los últimos días nos mostraban como abigarrados policías, armados hasta los dientes, efectuaban auténticas razzias en las que se apuntaba directamente contra pacíficos vecinos que estaban en sus portales, ¿en este caso está "en suspenso" el sacrosanto derecho a la propiedad privada?, ¿para los pobres no rige el derecho de inviolabilidad del domicilio?. Las imágenes eran muy claras para todo el que tenga ojos y quiera ver, los elementos que determinaban hacia donde apuntaban los agentes sus armas eran muy claros: el color de la piel y la posición en la escala social.

Cualquiera que simplemente tenga un mínimo de sensibilidad, verá claro, también, el paralelismo entre estas incursiones punitivas de los cuerpos de seguridad franceses, fuertemente penetrados de elementos fascistas y racistas, como en los casos italiano y español, y las que, hace bastante más tiempo, efectuaban las SS en los numerosos ghettos, fundamentalmente de Europa Oriental, a la caza de judíos, o también, a las más recientes expediciones de castigo que continúa llevando a cabo el ejercito israelí contra el pueblo palestino. En el caso de los ghettos de los años 40 y en el más actual del pueblo palestino existen muros en el sentido físico de la expresión, en la Francia y en la Europa actuales esos muros son seguramente, al menos, igual de infranqueables, aunque su visibilidad sea menor. Unos muros que se basan en la exclusión social y cultural, en una polarización social cada vez más acusada y en un moderno modo de exclusión espacial a través de la privatización y la precarización del transporte urbano y de la construcción de diversas barreras arquitectónicas.

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El comunismo condenado

Carlos Taibo

La Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa ha sido en las últimas semanas el escenario de agrias disputas sobre si convenía o no formalizar una condena de los regímenes llamados ‘comunistas’. Vaya por delante que todo me invita a concluir que hay razones sobradas para repudiar esos regímenes, protagonistas en el pasado de crímenes execrables, tanto en la URSS -y me ciño ahora al teatro europeo– como en sus satélites de la Europa central y balcánica. Agregaré, para dejar las cosas aún más claras, que me preocupan poco las discusiones relativas a si unos regímenes fueron más benignos que otros. Los crímenes deben ser condenados sean cuales sean los condicionantes comparativos que uno quiera invocar.

Aclarado lo anterior, hay que poner los puntos sobre las íes, sin embargo, en lo que se refiere a la presumible intención política y, en su caso, a la terminología comúnmente empleada por quienes están detrás de la iniciativa que nos ocupa. La tarea correspondiente reclama, como poco, cuatro precisiones que afectan a otras tantas cuestiones importantes.

La primera de ellas subraya lo que entre nosotros parece evidente: no puede colocarse en el mismo saco a los regímenes objeto de nuestro interés, por un lado, y a los partidos comunistas occidentales, por el otro. Fueren cuales fueren las dobleces de estos últimos –y las hubo, y muchas- parece fuera de discusión que configuraron instancias decisivas en la lucha contra los fascismos de entreguerras y en el derrocamiento de dictaduras de muy diverso corte.

No está de más recordar, por añadidura, que muchos de los militantes de esos partidos se dejaron la vida en ese empeño. Tampoco parece fuera de lugar la mención de que muchos comunistas disidentes se opusieron con coraje a los propios sistemas de tipo soviético.

Vaya una segunda consideración: mi percepción de siempre ha sido la que sugiere que es un craso e interesado error seguir etiquetando de ‘comunistas’ a lo que acabo de llamar, de manera más neutra, sistemas de tipo soviético. Y ello es así, en primer y marginal lugar, porque, aunque a menudo se olvide, esos sistemas rechazaron para sí la marca correspondiente: las más de las veces argüían que el comunismo era un objetivo final que se antojaba lejano. Mayor relieve tiene el hecho de que existen distancias alarmantes entre lo que una plétora de pensadores del XIX, con Marx a la cabeza, entendió que era el comunismo y la presunta concreción de éste en la Europa oriental del siglo siguiente. No nos engañemos mucho al respecto: si la idea comunista es muy anterior a los sistemas de tipo soviético -si así se quiere, es uno de los vectores siempre presentes en el pensamiento político occidental-, lo suyo es que convengamos que sobrevivirá también a esos sistemas, de la mano, acaso, de una crítica radical de lo que fueron.

Recelemos, en tercer lugar, de una palabra que aparece por doquier en estas discusiones:

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El racismo de Estado en Francia

Alain Vidal

De las leyes antiárabes a las leyes antijudías

El racismo de estado, de Jules Ferry al mariscal Petain.

El 28 de junio de 1881, Francia instituía oficialmente el racismo de Estado. Bajo la autoridad de Jules Ferry, entonces jefe de Gobierno, fue promulgado el Código del indigenismo. En aquella época, Argelia, formaba parte integrante del territorio de Francia, todos sus habitantes eran franceses. Con este Código, más de dos millones de franceses quedaron relegados "legalmente" al estatuto de sub-hombres.

Los Árabes de los tres departamentos de Argelia serán sometidos a una legislación racial. Reina desde ese momento, un estado de excepción permanente. Este Código transformó arbitrariamente al árabe, en un siervo de la gleba imponiéndole tallas y corvéas. En esa época, políticos y eminentes juristas, se elevaron contra ese "monumento de monstruosidad jurídica », pero fue en vano.

Con Jules Ferry triunfa « un principio jerárquico y racial que destruye el propio concepto de humanidad y de universalismo » proclamado en 1789. Es, sin reconocerlo, una puesta en cuestión radical de las ideas de la Revolución consideradas por los republicanos moderados como peligrosas para los intereses de la burguesía para el poder, peligrosas para la grandeza ( la "grandeur") de Francia. Digno heredero del Código Negro promulgado bajo Colbert, el Código del indigenismo hace regla de la excepción, con el fin de mantener un estado permanente de miedo en una población presuntamente culpable de todos delitos presentes y futuros. Delitos y penas instituidos son competencia directa de la administración, al margen de cualquier injerencia judicial.

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El Sur es el norte

Frei Betto

ALAI-AMLATINA, 06/02/06, Sao Paulo.- El mundo anda

desnorteado, vocablo derivado de la brújula, cuya aguja apunta hacia el Norte. El modelo imperante es el capitalismo neoliberal, mercadocéntrico. Y para justificarlo el lenguaje hace peripecias retóricas, asocia democracia con “mercado libre”, crecimiento del PIB con desarrollo, especulación financiera con inversión.

Habitus tabagium, bucalis degenerium (el uso de la pipa deja la boca torcida) decían los romanos mucho antes de que Marco Polo les enseñe a preparar un rico ravióli. Es eso, de tanto repetir mentiras ellas acaban con aires de verdad. Como estas bien contadas mentiras: los italianos inventaron la pasta, Hollywood es la mayor productora mundial de películas, el mercado es libre.

Pregúntese si el mercado es libre a quien abre una panadería, una gasolinera o una fábrica de fósforos. El hecho es que vivimos bajo la dictadura del lucro exorbitante, a tal punto que el Presidente celebraba el haber erradicado la deuda de Brasil con el FMI, por un valor de US$ 15 mil millones de dólares. Mejor si hubiera pasado por encima de la deuda y destinado el dinero para pagar la deuda social. El valor corresponde a un poco más que el presupuesto anual del Ministerio de la Salud.

Los datos de la ONU revelan que la coyuntura mundial se agrava:

de 6,3 mil millones de habitantes, 4 mil millones viven bajo la línea de la pobreza, con un ingreso mensual inferior a US$ 60. ¿Donde está la salida?, pregunta el Foro Social Mundial, reunido en Caracas. Lux ex Oriente, decían los antiguos.

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Su herencia aquí debe ser creación, no copia

Diálogo con el sociólogo Michael Löwy, director del Centro Nacional de Investigación Científica (CNRS) en Francia y uno de los mayores especialistas en marxismo latinoamericano.

Michael Löwy (Brasil, 1938) es uno de los principales investigadores sobre el marxismo latinoamericano a nivel mundial. Radicado en París, donde es director de investigaciones en el Centre National de la Recherche Scientifique (CNRS), ha escrito numerosos libros, entre los que destacan El pensamiento del Che Guevara, La guerra de los dioses. Religión y política en América latina y Redención y utopía. Ya ha sido traducido a más de veinte idiomas. Löwy visitó recientemente la Argentina, invitado a participar de un congreso internacional sobre Max Weber organizado en el Instituto Goethe. – —Actualmente se cumplen 25 años de la publicación de su libro "El marxismo en América latina" (1980). ¿Qué cambió y qué hay de nuevo en el marxismo latinoamericano durante este último cuarto de siglo? – —¡Cambió todo! El mundo latinoamericano actual es completamente distinto del que era en 1980. Cambió, por ejemplo, la apropiación creciente del marxismo por parte de grupos cristianos. En el año 1980 yo recién comenzaba a percibirlo. Hoy considero que la historia del marxismo en América latina durante los últimos 30 o 40 años tiene mucho que ver con la aparición de una corriente sociopolítica —yo la denomino cristianismo de la liberación— que utiliza el marxismo de manera muy decisiva. – —¿Registró esos cambios en la segunda edición que apareció en Brasil, en 1999? – —En la segunda edición actualizada incluí estos aspectos nuevos: la teología de la liberación, el Movimiento Sin Tierra (MST), los zapatistas, etcétera. Ahora estamos preparando una nueva edición que incorporará otros elementos. Hace un año fui a dar un curso a Brasil para cuadros del MST sobre el marxismo latinoamericano. Las personas que estaban allí, en su mayoría mujeres, me dijeron que les gustaba mucho mi curso, pero que tenía un defecto: no había mujeres en esa historia. Y yo tuve que autocriticarme. Ahora estoy preparando para la tercera edición la introducción de mujeres marxistas latinoamericanas, luchadoras y pensadoras, desde los años 30 hasta hoy. Uno siempre aprende con la gente de los movimientos sociales. – —En esa reconstrucción del marxismo latinoamericano usted destaca dos figuras: José Carlos Mariátegui y el Che Guevara. ¿Por qué los elige? – —Ellos encarnan los dos momentos más creativos del marxismo en América latina. Primero, la aparición del pensamiento marxista latinoamericano, el más creativo de esta historia. Mariátegui es su figura más original, innovadora y radical; planteó que el marxismo no debe ser aquí un calco y una copia de otras experiencias sino una creación heroica de los mismos latinoamericanos. Por eso, él hablaba de socialismo indoamericano. Afirmaba que el comunismo en América latina debe beber de la tradición del socialismo internacional, pero también de una tradición americana que proviene de la experiencia comunitaria indígena precolombina: las civilizaciones inca, maya, etcétera. El pensamiento de Mariátegui es de una originalidad increíble, de una creatividad inigualable. Debemos redescubrir a Mariátegui. Es el gran pensador de nuestra América hasta el día de hoy. – —¿Qué papel jugó la revolución cubana? – —Tras 25 años de predominio del stalinismo, con la revolución en Cuba vuelve a florecer el marxismo. El Che Guevara, que no es sólo "el guerrillero heroico" sino un pensador marxista de primera calidad, trató de reflexionar sobre la realidad latinoamericana: la importancia de las clases campesinas, la violencia en el conflicto social, la nueva subjetividad, el comunismo como una ética y también la búsqueda de un modelo de socialismo distinto de los países del Este. Al Che, la URSS le parecía muy discutible y la criticaba. A través de esa búsqueda de un modelo alternativo de socialismo específicamente latinoamericano, también él hizo un gran aporte a esta historia. – —¿Se superó el obstáculo del eurocentrismo que durante muchos años impregnó a algunas corrientes marxistas? – —El eurocentrismo deja oír su eco en Europa y en los Estados Unidos (en los Estados Unidos bajo otra forma), pero dentro del marxismo europeo, el marxismo de las "metrópolis" capitalistas, también existió siempre una vertiente internacionalista identificada con las luchas del Tercer Mundo y defensora de las luchas antiimperialistas. Desde sus orígenes con Marx, Lenin, Rosa Luxemburgo, etcétera, el marxismo siempre tuvo esa impronta de universalidad. Pero hubo tendencias eurocentristas bastante importantes, incluso en América latina. – —¿Por ejemplo? – —Para el caso argentino, Juan B. Justo. No existe nada más eurocéntrico que esa socialdemocracia de carácter colonialista. Cuando habla de los indígenas, lo que aflora en Juan B. Justo es el espíritu colonialista. El creía que el desarrollo de la Argentina y de América latina entroncaría con el evolucionismo europeo; creía que ese desarrollo derivaba de la lucha de la "civilización" contra la "barbarie". Más tarde, con el auge del stalinismo, vuelven a aplicarse de modo mecanicista los modelos europeos, ahora soviéticos, para América latina. Hoy existen en América latina vertientes menores que siguen siendo eurocéntricas, pero no tan sistematizadas como la socialdemocracia y el stalinismo. La tentación continúa, pero no es predominante. Sin embargo, el marxismo más rico, como el de Mariátegui o el del Che Guevara, nada tiene que ver con ese eurocentrismo. – —¿Cuál será, desde su perspectiva, el marxismo del futuro? – —El marxismo del futuro dependerá de su capacidad para integrar el aporte de los movimientos sociales, enriqueciéndose y radicalizándose. Eso implica integrar el aporte de los movimientos de mujeres, de los movimientos indígenas y campesinos, de los movimientos negros y de la cuestión del medio ambiente y la ecología. Desde mi punto de vista, el despliegue futuro del marxismo latinoamericano se dará —de hecho ya se está dando— mediante la integración de esos elementos con el objetivo de la transformación revolucionaria. Publicado en Clarín 21 de enero de 2006

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Globocolonización

Frei Betto

La ONU divulgó un retrato estremecedor del mundo en que vivimos: el documento "La encrucijada de la desigualdad". Somos seis mil trescientos millones de habitantes en esta nave espacial llamada planeta Tierra. Apenas mil millones de ellos, ciudadanos de los países desarrollados, acaparan el 80% de la riqueza mundial.

La ONU divulgó un retrato estremecedor del mundo en que vivimos: el documento “The inequality predicament” (La encrucijada de la desigualdad). Somos seis mil trescientos millones de habitantes en esta nave espacial llamada planeta Tierra. Apenas mil millones de ellos, ciudadanos de los países desarrollados, acaparan el 80% de la riqueza mundial.

En las últimas cuatro décadas la renta per cápita de los países más ricos casi se triplicó. Entre los más pobres sólo creció un 25.94%. De 73 países con estadísticas confiables, entre 1950 y 1990 creció la desigualdad en 46 países, en 16 se mantuvo estable, y sólo se redujo en 9.

Imagine todos los bienes de consumo del mundo. Ahora piense que el 86% de ellos quedan en manos del 20% solamente de la población mundial. Y el 20% de los más pobres del mundo se reparten apenas el 1.3% de esos bienes.

El mundo está repartido en más o menos 240 naciones. Vea la diferencia entre los 20 países más ricos y los 20 más pobres. Los primeros usan el 74% de las líneas telefónicas, mientras los demás sólo el 1.5%. Los 20 más ricos consumen el 45% de la carne y del pescado ofrecido por el mercado, y los 20 más pobres apenas el 5%. En materia de energía, los 20 países más ricos consumen el 58%, en tanto que los 20 más pobres sólo el 4%. Respecto al papel, el 87% de la producción queda en los 20 países más ricos, y el 1% en los 20 más pobres.

En cuatro décadas la renta de los 20 países más ricos casi se triplicó: alcanzó en el 2002 el nivel de US$ 32,339 por persona. En los 20 países más pobres creció sólo el 26%, para llegar a los US$ 267.

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José-Amalia Villa se ha ido

Gregorio Morán

La Vanguardia, 04/02/200

La verdad es que no sé ni dónde nació. ¿En Madrid, en Gijón, en México, en Salamanca? Quizá en alguna de ellas porque eran las ciudades que siempre recordaba como vinculadas a su vida, de aquellas que tenía historias para contar y que aparecían difuminadas en una memoria en la que cada recuerdo era una muesca en carne viva. Para un puñado de gentes fue la representación de la coherencia, de la dignidad y de ese valor cívico que se ha ido achicando en el país conforme todos nos hicimos iguales o muy parecidos en el ejercicio de ventilación de la memoria. Seis personas la despedimos en un flamante cementerio de Madrid, La Paz, sarcástico nombre para incinerar a una persona que vivió en guerra con el destino, un lugar de esos donde la ciudad pierde su nombre, bordeando una carretera antaño frecuentada por cazadores de conejos, la de Colmenar. Un sitio apropiado para convertir en ceniza a una mujer que peleó por cambiar la vida con esa rara elegancia de los que están nimbados por la discreción. José-Amalia Villa fue una mezcla de símbolo y leyenda, o para mejor decir, primero fue leyenda, y el tiempo y la dignidad, que no suelen ir parejos, la fueron convirtiendo en símbolo. Pertenecía a una cofradía de ciudadanos insólitos, orgullosos de sí mismos en un sólo punto que los distinguía del común: habían pasado por todo y no eran alérgicos a nada, salvo a la estupidez. Un ejercicio de salud mental que tiene un costo demoledor en soledad y aislamiento. Había recorrido tantas cárceles, había aguantado tanta bobería con pretensiones universales, había conocido a tantos hijos de puta masculinos, femeninos y neutros, que con el tiempo y la sordera acentuada se rodeó de un blindaje humano hecho de carácter bronco, respuestas inequívocas y un desdén olímpico por todo lo que significara notoriedad y salseo. "Lo peor de las prisiones de mi época – me dijo un día- es que nunca estabas sola para poder llorar". Así que José-Amalia Villa tardó mucho en llorar y eso deja huella cuando la vida te ha dado tantos motivos para hacerlo. Lo consiguió en la de Segovia, prisión fría con notoriedad en tiempos donde no había recinto carcelario que no recordara al camposanto. Y fue gracias a una huelga de hambre, la primera que se recordaba en una cárcel de mujeres. Sucedió en 1949 y el hecho de que las recluyeran en celdas de castigo en condiciones infrahumanas se tradujo para ella en algo que nunca olvidaría; al fin estuvo sola para poder llorar sin que su dignidad se afectara. Lo afirmaba secamente con una frase muy suya: "No podía darles la satisfacción de verme llorar; ni a las carceleras ni a mis compañeras de celda". Y en verdad que tenía mucho que llorar. La detuvieron dos veces, lo suficiente. Se dio la particularidad, digna de la época, que fue su propio padre, un masón cobarde hasta la infamia, el que la denunció por su participación como enfermera en el ejército republicano. Voluntaria de excepción en tiempos en los que una señorita de buena familia como ella no se echaba al frente con un mosquete. La primera detención fue breve pero decisiva. La dejó dos secuelas que condicionaron su vida. La más evidente, la sordera. La manta de hostias que le aplicaron, en presencia de su padre, le provocaron perforación del tímpano. Tenía 21 años recién cumplidos. La casualidad hizo que en ese edificio – hoy museo y antaño centro de miserias, que se llamaba Dirección General de Seguridad, Puerta del Sol, kilómetro cero- compartiera celda con otra señora bien, que había estudiado en Salamanca con Unamuno, mal casada con un sobrino de Ángel Ganivet y que como él acabaría sus días en suicida. Se llamaba Matilde Landa y había vivido la Guerra Civil como compañera del italiano Vittorio Vidali, el legendario e inquietante Comandante Carlos de las Brigadas Internacionales, que moriría como respetado senador comunista en Trieste. El encuentro de José-Amalia con Matilde en la misma celda de la DGS marcará el resto de su vida. Convertida en un muñeco roto por las torturas y acuciada por la presión moral de estar detenida con una niña de apenas nueve años, Matilde Landa no tiene otra salida que confiar en su vecina de celda. No era difícil, José-Amalia Villa era de las que dejaban huella a primera vista. El caos de las últimas semanas de la Guerra Civil en Madrid, con el golpe de Casado y la incompetencia manifiesta de sus líderes, dejó al Partido Comunista en situación tan precaria que delegaron la secretaría general del Partido en Matilde Landa. Apenas si sobrevivió unos días en la clandestinidad imposible de aquel Madrid recién reconquistado. Y ahora estaba allí, contándole a una compañera de detención lo inmediato que debía hacer para informar que todo, es decir, lo poco que había, se había ido al demonio. José-Amalia Villa, esa muchacha que gustaba más de Mozart – ¡pobre, qué año te espera!- que de Beethoven, que leía a Romand Rolland y a Gorki, que le preocupaba la eternidad como a Unamuno, que admiraba al Ortega y Gasset anterior a la República, que hablaba francés de corrido, que tenía un padre masón y rico, y un hermano donjuán y socialista, se encuentra en el brete de tener que decidir si hacerse comunista. ¡Vaya escena! Dos mujeres jóvenes en una cochambrosa celda de la DGS metiéndose en la ciénaga sucia que deja la guerra y tratando de recuperar lo que ya está perdido para siempre. Allí se convirtió en militante José-Amalia Villa, y salió e hizo lo que había que hacer y pocos se atrevían. Y un buen día, perdonen el sarcasmo, se le acercó un tipo al parecer de mediana estatura y unos ojos vivos. Arrollador en su capacidad de atraer, de seducir y de mandar. Pasaría a la historia, es un decir, como Heriberto Quiñones, el personaje más ignorado y secreto de toda la historia del comunismo en España. Aún se desconoce su nombre verdadero y su origen, fuera de una supuesta procedencia de Besarabia, entonces territorio disputado entre Rumanía y la Rusia soviética. Lo único cierto es que se trataba de un hombre de la Komintern, la III Internacional Comunista, que había trabajado en Polonia, Francia, Sudamérica y España, donde se detecta su presencia a partir de 1931. Pasa por asturiano, con documentación impecablemente falsa. Será responsable del comunismo español en la clandestinidad durante el año 1941 y dejará una huella imborrable de talento político y de valor físico, porque no huyó, sino que asumió sus responsabilidades hasta el final. Un final atroz, torturado por la policía franquista, que solicitó la ayuda de la Gestapo y que le dejó con la columna vertebral quebrada. Lo fusilaron atado a una silla en las tapias del cementerio del Este, en Madrid, un día espantosamente frío junto a dos de sus ayudantes en la dirección del PCE, Luis Sendín y Ángel Cardín. Lo del día frío no es literatura. Lo recordaba José-Amalia Villa porque oyó los disparos desde la vecina cárcel de mujeres, entonces en Ventas, junto a la emblemática plaza de toros madrileña. Había vivido con él apenas nueve meses, los suficientes para una pasión tan acendrada que se mantendría durante toda la vida, con una fidelidad a su memoria que conmueve. Ella pasaría unos diez años de cárcel desde su detención en diciembre de 1941 y viviría otra escena que también marca: enterarse de que la dirección del Partido Comunista español, en el exilio, ha denunciado a Heriberto Quiñones como un agente inglés infiltrado.Lo conocían todos los dirigentes, lo habían tratado Dolores Ibárruri y Santiago Carrillo y Fernando Claudín. Pero eran tiempos en los que lo mejor era buscar un chivo expiatorio, inventarse un traidor que cargara con tantos fracasos. En la misma cárcel de Segovia, donde lograría al fin estar sola y llorar, también le correspondería a José-Amalia Villa transcribir el documento en el que los tres líderes del comunismo español, Pasionaria, Carrillo y Claudín, acusaban a Heriberto Quiñones, el que había muerto con la columna destrozada gritando: "Viva la Internacional Comunista" , de "carroña infiltrada en el partido". Cuando José-Amalia salió de la cárcel siguió siendo la que era, y jamás quiso cruzar una palabra con aquella chusma que había sido capaz de quitarle a un valiente lo único que tenía, la dignidad de un revolucionario. Murió el jueves de la pasada semana, sola, como había vivido, atendida en sus cuidados por un puñado de amigos incombustibles. En los últimos meses de vida se fue despidiendo de todo; un buen restaurante, escogí Sacha y lo probó todo; un museo, y la volvieron a El Prado; un paisaje, y la llevaron al Guadarrama; una conversación, y estuvieron atentos a sus palabras. Ella hubiera querido morir antes, pero el destino no lo permitió. Hace ya veinte años le dediqué Miseria y grandeza del Partido Comunista de España y le puse unos versos de Luis Cernuda, como si fueran la joya que nunca hubiera aceptado de sus amigos: "Si renuncio a la vida es para hallarla luego, conforme a mi deseo, en tu memoria". Cuando nos vimos la última vez, hace unos días, me pidió dos cosas: que estuviera en su incineración y que no escribiera este artículo.

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¿Debemos Leer “El Capital” de Marx?

José Valenzuela Feijóo

Podemos suponer que en los comienzos del nuevo milenio, un hombre medianamente culto tendría que haber leído a Shakespeare, su Hamlet, su Macbeth o su Romeo y Julieta. También, que alguna vez leyó y recitó eso que escribiera el gran poeta:

“Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero.

Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido.”

O de lo que escribiera otro poeta, cuando empezaba a padecer el mal de la ceguera: “Esta penumbra es lenta y no duele; / fluye por un manso declive / y se parece a la eternidad. / Mis amigos no tienen cara, /las mujeres son lo que fueron hace ya tantos años, / las esquinas pueden ser otras, / no hay letras en las páginas de los libros./ Todo esto debería atemorizarme, / pero es una dulzura, un regreso.”

El primero fue comunista y nacido en el cono sur, hacia el lado del Pacífico: hablamos de Neruda. El segundo, también fue del cono sur, nacido en el lado opuesto, el del Atlántico, y fue también muy reaccionario: hablamos de Jorge Luis Borges.

De manera similar podemos y debemos suponer que se ha leído a Tolstoi, a Balzac, a Juan Rulfo, a Enrique Heine y a Bertold Brecht. Al Sartre de “Los caminos de la libertad” y de tantas obras teatrales memorables. Como bien se ha dicho, leer a estos autores va más allá del placer estético. También, nos permite profundizar en el conocimiento del ser humano, enriquecernos con esa experiencia de dolores y alegrías, infamias y noblezas.

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