Un punto de encuentro para las alternativas sociales

Dinero y fusiles «rehaciendo» a la sociedad argentina

Daniel Campione

ALAI AMLATINA, 23/03/2006, Buenos Aires.-  A treinta años del golpe de estado del 24 de marzo de 1976, una de las preguntas que debe plantearse es acerca de las razones que impulsaron a las FF.AA y sus aliados, no sólo a dar el golpe, sino a desarrollar el tipo de políticas que pusieron en práctica.   Sin duda una vía de comprensión se encuentra en el contexto mundial de la época. En los últimos años 60 y primeros 70, tocaba a su fin un cuarto de siglo signado en el mundo capitalista por el crecimiento económico sostenido, por la vía del desarrollo del mercado interno y los altos salarios. Los empresarios tenían obstáculos crecientes para seguir incrementando la productividad frente a sindicatos unificados y poderosos; y masas trabajadoras que habían aprendido a convertir los condicionamientos del "fordismo" en medidas para la defensa de sus intereses. La universalización de las prestaciones sociales comenzaba a ser vista como una amenaza para la rentabilidad de las empresas…  

El incremento explosivo de los precios del petróleo desencadenado por la "cartelización" de los proveedores tercermundistas del fluido, y el déficit de la balanza comercial norteamericana contribuyeron a hacer más complejo el panorama.   La segunda posguerra había sido marcada por sucesivas victorias de movimientos de liberación nacional, muchos de ellos definidos luego como socialistas; de China a Argelia, pasando por Cuba. Esa tendencia se había acentuado en los sesenta y primeros setenta (el que se sintetiza como el "Mayo Francés"), para culminar con un movimiento que si bien no desembocó en un proceso revolucionario triunfante, sacudió las bases políticas y culturales del orden social tradicional en el mismo centro del poder capitalista, y alentó una renovación en el campo de la izquierda mundial.  

Las usinas de pensamiento del poder mundial comenzaron a movilizarse buscando el sendero para una contraofensiva que sacara al orden capitalista de su situación de crisis cada vez más integral, de su pérdida de prestigio en todos los órdenes. Desde los teóricos militares que delinearon la estrategia de "guerra contrarrevolucionaria" poniendo énfasis en las batallas en el terreno de la cultura, pasando por las doctrinas económicas que sólo años después comenzarían a llamarse "neoliberalismo", y las concepciones de Samuel Huntington en cuanto a la necesidad de "restringir" los límites de la democracia de modo de socavar las bases de movimientos contestatarios, germinaba una respuesta que pretendía restaurar a pleno la vigencia de los postulados originales del capitalismo, al tiempo que infligir una derrota estratégica a quienes militaban por una revolución socialista.  

En América Latina se vivía ese momento histórico con particularidades y tiempos diferentes. En Chile y Uruguay; dos procesos que parecían marcar la posibilidad de una transición socialista por vía pacífica dieron lugar a golpes militares que triunfaron, sin enfrentar resistencias eficaces, e impusieron dictaduras sanguinarias. Las guerrillas de los 60′ habían terminado casi todas en derrotas sangrientas.  

En Argentina el proceso de radicalización estaba vigente, pero dando síntomas tanto de debilidad propia, como de la decisión y carencia de límites por parte de sus enemigos. La Doctrina de la Seguridad Nacional estaba alcanzando un nuevo estadio de aplicación, con EE.UU alentándolo, consciente del riesgo de catástrofe. El "estado de bienestar", las políticas dirigistas de tipo keynesiano, y más en profundidad, toda la organización "fondista" de la producción y el consumo empezaban a ser cuestionadas, aún en la versión precaria y periférica que habitaba a países como Argentina.  

Tampoco puede comprenderse la dictadura iniciada el 24 de marzo, sin tomar en cuenta sucesos desencadenados durante el gobierno anterior. Se marchaba a una confrontación cada vez más abierta entre proyectos diferentes; que se simplifican y radicalizan en la medida que el encarnado en José Gelbard y el propio Perón, de retomar la senda de crecimiento relativamente autónomo emparentada con el primer peronismo aparece como inviable y buena parte de sus sostenedores se pliegan a una perspectiva regresiva y represora. La "misión" Ivanissevich y el rectorado de Ottalagano en la UBA fueron, ya en 1974, el preámbulo de las políticas educativas y culturales de la dictadura. Los planes económicos de Celestino Rodrigo y luego de Adolfo Mondelli, señalaron el comienzo de los intentos de imponer la "economía de mercado", que Martínez de Hoz llevaría a cabo poco después, ya en dictadura. La Triple A y otras organizaciones paramilitares iniciaron una masacre de militantes populares que el decreto del presidente interino Luder disponiendo la "aniquilación" de los "subversivos" convirtió en política pública.  

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Llamamiento de Porto Alegre para las próximas movilizaciones

Pronunciamiento de los movimientos sociales

Los movimientos sociales, procedentes de todas partes del mundo, nos hemos reunidos aquí en el Foro Social Mundial. Construimos una gran alianza para crear una nueva sociedad, distinta a la lógica actual que coloca al mercado y al dinero como la única medida de valor. Davos representa la concentración de la riqueza, la globalización de la pobreza y la destrucción de nuestra planeta. Porto Alegre representa la lucha y la esperanza de un nuevo mundo posible donde el ser humano y la naturaleza son el centro de nuestras preocupaciones.

Formamos parte de un movimiento en crecimiento a partir de Seattle. Desafiamos a las elites y sus procesos anti-democráticos, representados en el Foro Económico de Davos. Venimos a compartir nuestras luchas, intercambiamos experiencias, fortalecemos nuestra solidaridad y manifestamos nuestro rechazo absoluto a las políticas neoliberales de la presente globalización.

Somos mujeres y hombres: campesinas y campesinos, trabajadoras y trabajadores, desempleadas y desempleados, pueblos indígenas y negros, provenientes del Sur y del Norte, comprometidos a luchar por los derechos de los pueblos, la libertad, la seguridad, el empleo y la educación. Estamos en contra de la hegemonía del capital, la destrucción de nuestras culturas, la degradación la naturaleza y el deterioro de la calidad de vida por las corporaciones transnacionales y las políticas anti- democráticas.

Al mismo tiempo, que fortalecemos nuestro movimiento, resistimos a la elite global, con el fin de mejorar la equidad, la justicia social, la democracia y la seguridad para todos, sin distinción alguna. Nuestra metodología y las alternativas constituyen un fuerte contraste a las políticas destructivas del neo- liberalismo.

Nuestra lucha se basa en la equidad entre mujeres y hombres. Al contrario, la globalización refuerza un sistema sexista, excluyente y patriarcal, incrementa la feminización de la pobreza y exacerba la violencia, donde las principales víctimas son las mujeres y niños.

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Argentina no puede ni debe pagar la deuda externa

AcciónDeudaExtJul03 * jgambina@rcc.com.ar

El FMI consideró adecuado el cumplimiento de los compromisos acordados con el gobierno argentino entre enero y agosto de este año, y habilita así el inicio de nuevas negociaciones para establecer un nuevo acuerdo por tres años. Allí se renovarán las cláusulas de ajuste fiscal establecidas a comienzo del 2003 y quizá agravadas. Si la meta fiscal requería un superávit de 2,5% del PBI, la intencionalidad del organismo internacional intentará acercarla a 4,5%, presionando a la disminución del gasto público y a una mayor apropiación de la capacidad de recaudación verificable en el último tiempo. Pero también reincidirá en fijar metas de cambios estructurales que agudizarán los problemas de fondo que sufre la mayoría de la sociedad argentina. En primer lugar la salida del "default" con inversores internacionales y la restauración de pagos a los organismos multilaterales de crédito. En segundo lugar la recomposición de las tarifas de los servicios públicos privatizados, congelados por la Ley de Emergencia desde comienzos de 2002 y prorrogada hasta fines del 2004. Tercero, la reestructuración del sistema bancario, incluyendo algunas de las tantas pretensiones de enajenar los subsistentes bancos oficiales. Además, las consabidas pretensiones de reforma tributaria y disciplinamiento fiscal de las provincias para asegurar capacidad estatal de pago a los acreedores de la deuda externa. Se debe sumar a ello la sempiterna demanda de seguridad jurídica para los inversores internacionales.

Por un lado están los reclamos del FMI, coincidentes con los acreedores externos y las clases dominantes que actúan en la Argentina, a quiénes solo les importa la recreación de condiciones para sus negocios. Nada les importa la problemática social derivada de esa voracidad concentrada en la acumulación de ganancias, riqueza y poder. Por eso les suena bien que el Financial Times pondere la "recuperación económica" de la Argentina, ya que ello genera mejores condiciones para cobrar "que hace un año". Del otro lado está el gobierno argentino y sus propósitos en materia de política económica. El presidente Kirchner le manifestó al ministro de economía francés que reclamaba por los intereses empresarios de Francia en nuestro país, que su preocupación eran 35 millones de argentinos. Eso supone anteponer las necesidades e intereses de la mayoría empobrecida, más del 50% de la población, y que vive "para y del" mercado interno, tales como los trabajadores, pequeños y medianos productores y empresarios, algo así como el 90% de la población. ¿Pero, esas necesidades insatisfechas de ciudadanos afectados por el desempleo, bajos ingresos provisionales o carencias de salud, educación e incluso crédito para la reactivación de economías regionales y desarrollo de pequeñas y medianas empresas y productores, se compadece con un superávit entre enero y mayo 2003 de 5.100 millones de pesos? La proyección para todo el año alcanza a los 10.000 millones. Es cierto que hasta mayo gobernó Duhalde y desde fines de ese mes inició su turno la gestión Kirchner, aunque claro, ambas administraciones con el mismo Ministro de Economía y encargado de negociar con acreedores y FMI.

Eso es lo que está en juego en las negociaciones con el FMI, y las autoridades argentinas deben optar por atender el pliego de condiciones del poder económico, o decidirse firmemente por resolver las necesidades socio económicas mayoritarias de la población. No se puede navegar en la indecisión de esa opción. El ejemplo es la salida de la convertibilidad. Se cambió el régimen cambiario pero se mantuvo la apertura de la economía facilitando la salida de capitales, estimada por el INDEC en más de 7.000 millones de dólares durante el 2002 y continuada en el presente año. Se afirma que las privatizaciones están para perpetuarse, ya que se revisan los contratos, pero si es necesario habrá nuevas convocatorias de privatización. La inserción internacional subordinada se confirma con el periplo por los países capitalistas desarrollados y los encuentros con sus presidentes y reafirmaciones de fe en el capitalismo y la posibilidad de construir un país normal o serio. Apertura de la economía, subsidiariedad del Estado e inserción mundial subordinada al capitalismo desarrollado fueron las banderas enarboladas por la dictadura genocida y lamentablemente sostenidas con vigencia constitucional.

Un camino alternativo supone modificar radicalmente las prioridades de política económica y colocar en primer lugar la demanda de empleo y reactivación del mercado interno. En ese marco, la deuda externa no debe ni puede pagarse. Los acreedores de la deuda externa pública de Argentina deberán aceptar que oportunamente asumieron un elevado riesgo voluntario con tasas de interés usurarias que nuestro pueblo no debe ni puede pagar. Es cierto que hay sectores populares que recibieron bonos compulsivos y son acreedores involuntarios y pueden ser afectados por una política de no pago de la deuda. Para esos casos debe resolverse un fondo especial financiado por los beneficiarios de grandes créditos pesificados y los principales apropiadores de la renta nacional en los recientes 90, e incluso desde el origen del "modelo", asociado al terrorismo de Estado. Deuda externa y crimen organizado desde el Estado son parte de una misma herencia a desterrar para superar la crisis argentina.

Buenos Aires, 27 de julio de 2003.

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Balance de un gobierno democrático y popular

Entrevista con Miguel Rossetto, vice-gobernador del Gobierno del Estado de Rio Grande do Sul (marzo de 2.000)

Llegando a la capital de Río Grande del Sur, el viajero mínimamente informado busca las señales, los detalles y expresiones del gobierno “democrático y popular” en este Estado brasileiro, las concreciones de una política “revolu-cionaria”. Caminando por las calles y plazas de Porto Alegre, uno encuentra realidades ya vistas, situaciones, incluso, peores a las de los países del llamado “Occidente” o “mundo desa-rrollado”. Por si fuera poco, en esos primeros días de marzo, era imposible no tener conocimiento de una pro-longada huelga de profesores de Secundaria por mejoras salariales.

Pep Valenzuela.- ¿Qué revolución es ésta? ¿Dónde y cómo se materializa el famoso presupuesto participativo (OP)? ¿Qué balance hacen ustedes de esta experiencia de algo más de un año en el gobierno del Estado?

Miguel Rosseto.- Nuestro grande y primer desafío, que fue en la Administración de Porto Alegre, donde ya gobernamos hace casi 12 años, es la experiencia de gobierno del PT más amplia, compleja y rica en Brasil. Tú vas a encontrar los resultados de esta gestión (administración) de izquierda cuando visites la ciudad, cuando visites una escuela municipal, un puesto de salud municipal; cuando encuentres las políticas de habitación, cuando convivas en los parques, con toda la recuperación del medio ambiente para la población, con todo un ambiente cultural distinto en la ciudad. El grande trabajo que nosotros realizamos en estos últimos años en Porto Alegre, fue preservar una referencia política de gestión pública radicalmente distinta del modelo de destrucción del Estado, de privatización del Estado, de concentración de renta y de poder político.

PV.- ¿Es eso posible en el marco de un país como Brasil, con un gobierno totalmente alineado con el modelo neoliberal y, peor, dependiente de los dictados del FMI y de los EE UU?

MR.- Es evidente que ese proceso en una ciudad, en un Estado como el nuestro, guarda enormes limitaciones en relación con el gobierno nacional. Por eso es importante y revolucionario lo que nosotros conseguimos comprobar: que es posible gobernar de una forma diferente. Es posible gobernar sin ampliación de la exclusión, sin ampliación de la concentración del poder económico, del poder político, sin ampliación de la violencia social en todos los sentidos. Tanto en Porto Alegre, como en Caxías y otras experiencias que estamos desarrollando.

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Francisco de Oliveira: «a política desapareceu»

Nesta edição, o Correio da Cidadania traz entrevista com o sociólogo da USP Francisco de Oliveira. Partindo das eleições realizadas dia 03 deste mês, ele explica como a convergência ao centro dos principais partidos deixou o eleitor sem opção. Neste processo, a política torna-se irrelevante, perante o triunfo do capital, e a democracia um sonho cada vez mais distante para os milhões de brasileiros. Correio da Cidadania: Quem saiu vitorioso nas eleições do dia 03? Francisco de Oliveira: Quantitativamente, foi o PT. O PSDB apareceu em segundo, enquanto PMDB continua com a maioria das prefeituras no Brasil. Só que do ponto de vista do espectro político, venceu o centro. CC: O que significa esse fortalecimento do centro? FO: Contraditoriamente, significa a desimportância da política. Política entendida como aquilo que é diferença, dissenso, não consenso harmonioso. É a política que desaparece com a vitória do centro. O PMDB já era centro há tempos, o PT que era esquerda e o PSDB que, no seu início, era centro-esquerda dirigiram-se para o centro. Quem perde é a política. Veja os arranjos para o segundo turno em São Paulo (SP). Todos buscam os votos de Paulo Maluf (PP), que fazia diferença até o pleito de 2000. Eles buscam um voto que simboliza os setores sociais que Maluf representava – uma certa concepção de mundo, de horror ao que é estranho, diferente; à direita, mas uma direita extremada, que não teve chance de transformar-se em fascismo. CC: Se quem perde é a política, quem ganha? FO: É o capital visto de uma forma bem abrangente: a prevalência dos interesses econômicos sempre se colocaram de fora da política. Essa é uma operação que foi se dando desde o início do capitalismo, o capital sempre esteve fora da política. Agora, a política atualiza está separação, portanto, quem ganha é o capital com o desaparecimento da política. CC: Isso quer dizer que a direita ganha? FO: Não propriamente a direita. Como disse José Dirceu, “a direita não existe mais”. Todos estão no centro. É apenas uma forma de localizar no espectro político clássico. Mas não é uma direita atuando como classe. O capital passa por cima dessas determinações. CC: Como está a situação do eleitor? FO: Ele está sem escolha. Está frente a duas siglas, dois simulacros de representação. Mas, de fato, ele não tem escolha. As diferenças que vão ser apontadas, por exemplo, na eleição de São Paulo (SP) são assim: “eu fiz os CEUs (Centros Educacionais Unificados, construídos pela prefeita paulistana Marta Suplicy)”, ao que o outro candidato responde, “mas quem vai aperfeiçoá-lo sou eu”. E ataca: “você não deu atenção à saúde (principal eixo da campanha do ex-ministro da Saúde José Serra)”. Ao que Marta retruca: “agora vou fazer o CEU saúde”. Quer dizer, não tem diferença alguma entre eles. CC: Isso atrapalha o caminho do Brasil em direção à democracia? FO: Compromete seriamente. Vejo cientistas políticos, como Fábio Wanderley Reis, se regozijarem com a reiteração das eleições. Com essa convergência para o centro, os partidos se tornam previsíveis. Fico espantado. Perde-se a capacidade de escolha. A política torna-se irrelevante. Não participo desse otimismo que se satisfaz com as formas. CC: Essa conjuntura aponta algo em relação às eleições de 2006? FO: Todos procurarão ocupar o centro, as diferenças de programa serão irrelevantes e a eleição passará a depender, como acontece nos EUA, do êxito da economia; se ela estiver bem, o Lula se reelege, se estiver mal, os tucanos podem voltar ao governo. Quer dizer, a eleição passa a depender da economia. O marqueteiro de Bill Clinton (ex-presidente norte-americano) disse, antes da primeira eleição do democrata, ao seu cliente – preocupado com outros assuntos – para prestar atenção à economia – “é a economia, estúpido, que decide a eleição”, afirmou. Vai passar a ser assim. Além, evidentemente, do poder das máquinas estatais que estarão nas mãos de cada partido. É isso que vai decidir quem ganha e quem perde, mas todos vão procurar ocupar o centro. CC: Num quadro político como esse, de que forma deve se comportar a esquerda? FO: Deve-se ocupar a cena partidária porque ela faz parte das instituições do poder. Essa é a razão principal. A esquerda deve insistir em diferenciar, quer dizer, tentar restaurar o dissenso como forma da política, separando-se dessa ampla convergência ao centro. Quais são as formas de se fazer isso? Não sei. Só a experiência histórica é capaz de criar novas formas. Mas é preciso ocupar esse lugar – embora a política tenha se tornado irrelevante enquanto lugar da disputa – pois as máquinas partidárias, agora à serviço do Estado, tocam na distribuição do excedente público e é preciso fazer isso ser repartido. No fim das contas, ao contrário do otimismo róseo que impera por aí, vivemos um momento muito negativo.

Fuente: Correio Da Ciudadania

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Primera vuelta de las elecciones municipales 2004: pérdidas y ganancias

La campaña

El carácter sui generis de la campaña electoral se debe no solo al hecho de que el Partido de los Trabajadores (PT) intervino por primera vez como gobierno y el Partido del Frente Liberal (PFL), como oposición, sino también a que el PT se presentó por primera vez con su nueva cara, la del gobierno de Lula, con su política económica conservadora. Esto se reflejó, por un lado, en la disminución de la participación de la militancia en las campañas, mucho más profesionalizadas que antes y, por otro, en la gran cantidad de recursos para los candidatos, tanto a las elecciones mayoritarias como a las proporcionales. Pero a pesar de esta nueva cara conservadora, resultado de las políticas del gobierno de Lula, fue significativa la actitud, prácticamente generalizada, de oposición de los grandes medios de comunicación a los candidatos del PT. En São Paulo, en particular, la preferencia por el candidato del Partido Social Demócrata Brasileño, PSDB (José Serra), y la hostilidad con la administración petista -que puso en práctica un buen programa de políticas sociales para las periferias de la ciudad- quedó manifiesta. Queda la impresión de que las élites tradicionales se identifican más directamente con los candidatos del PSDB y del PFL. Esto es, incluso con su nueva cara, el PT no gana la simpatía de esas élites, especialmente en el caso de las políticas municipales, donde no se incluye la política económica del gobierno de Lula -punto de apoyo de esas élites al gobierno federal-, pero se concentra en políticas sociales -en general prioritarias en los gobiernos petistas a nivel local. Ganancias del PT

Como era de esperar, para un partido que triunfa por primera vez en las elecciones presidenciales, el PT amplió enormemente los cargos municipales conquistados a nivel nacional. Esto sucedió anteriormente con el Partido del Movimiento Democrático de Brasil (PMDB) y con el PSDB y, por si solo, no representa ninguna novedad. El alcance de esta victoria del PT aún está por verse, conforme se realice la cuantificación, pero la previsión de multiplicar por cinco el número de alcandías, que ya fue corregida anteriormente, no será alcanzada. Sin embargo, en estados como Minas Gerais, donde la presencia del PT era localizada, ahora se extiende y en el total del país se puede multiplicar por tres el número de alcaldes del partido. El avance en las regiones más atrasadas del país, al centro y al norte -con triunfos en la primera vuelta en Rio Branco, Macapá y Palmas- es también significativo en un partido que, estando en el gobierno dispone de la capacidad de alianzas, de captación de líderes existentes y de promoción de las campañas mediante recursos. El PT que puede decir que salió triunfante en la primera vuelta es el PT de la mejor tradición del partido de administración municipal, que realiza buenas políticas sociales. Fue así que se obtuvo la reelección en la primera vuelta en Recife, en Belo Horizonte y en Aracaju. Incluso si en otras ciudades donde esas políticas fueron puestas igualmente en práctica, como Porto Alegre, Belém y Sao Paulo, la segunda vuelta se presenta con dificultades, particularmente en estos dos últimos casos. Una sorpresa favorable a la izquierda fue el paso de Luzianne Lins a la segunda vuelta en Fortaleza. Vencedora de la convención interna del PT, contra la voluntad de la dirección nacional del partido, que privilegió abiertamente en la campaña al candidato del Partido Comunista de Brasil (PCdoB), a quien deseaba que el PT apoye -a cambio del retiro de Jandira Fegali en Rio y el apoyo a Bittar-, ella superó en el resultado final al candidato del PCdoB -que comenzó liderando las encuestas- y llega a la segunda vuelta con buenas posibilidades de victoria. Para esto Luizianne contará con el apoyo del PT en su totalidad, del PCdoB y de los votos de sectores disidentes de las élites tradicionales. Perteneciente a una corriente de izquierda -Democracia Socialista-, ella contó con la participación de cinco ministros del gobierno de Lula, mientras otros dirigentes – entre ellos Genoino y José Dirceu- apoyaban al candidato del PCdoB, permitiendo quizás que el PT vuelva al gobierno de Fortaleza, después del gobierno traumático de Maria Luisa Fontenelle en 1985. Pérdidas del PT

En comparación con esas candidaturas, las que representaban más directamente al gobierno federal, sin defender mandatos existentes, pero marcando la presencia del gobierno de Lula, tuvieron los peores resultados. Fueron los casos paradigmáticos de Rio de Janeiro, de Salvador y de Ribeirão Preto -aunque en esta se defendía un mandato-. En estas tres ciudades fue determinante el hecho de que Jorge Bittar y Nelson Pellegrino representasen al gobierno federal, por haber ocupado cargos en ese gobierno y en el caso de Ribeirao Preto por tratarse del vicealcalde de Antonio Palocci. En la ciudad de Rio de Janeiro, Lula había obtenido su mejor votación en la segunda vuelta, con más del 80% de los votos. Jorge Bittar, que ocupa un cargo de secretario del gobierno de Lula, quedó en quinto lugar, con el 6% de los votos. Fue el peor resultado de la izquierda en toda su historia, ya que sumados esos votos a los de Jandira Fegali, suman 13%. El contrapeso puede venir de las probables victorias de Godofredo en Niteroi, vicealcalde que heredó el mandato e hizo un buen gobierno, y de Lindberg Faria en Nova Iguaçu, si consigue efectivamente perforar el bloqueo local y llevar, por primera vez al PT a una alcaldía importante en Baixada Fulmínense. Pero en su conjunto, la dirección que Bittar y Benedita dieron al PT en Rio llega a una situación límite, la del más bajo perfil en la ciudad desde que el partido surgió.

En Salvador, Lula había obtenido su segunda mejor votación en la segunda vuelta. Pellegrino, que fue líder del gobierno en la Cámara cuando las polémicas votaciones de la reformas de previsión social y tributaria, y había estado delante en la encuestas antes de la campaña, llegó en tercer lugar, sin lograr pasar a la segunda vuelta. Se quiebra así una trayectoria ascendente del PT en Salvador, que proyectaba una victoria en estas elecciones, antes de la nueva fisonomía del PT en el gobierno de Lula.

En Ribeirao Preto, incluso con la participación de Palocci, su sucesor llegó en tercer lugar. El gobernador de Mato Grosso do Sul, Zeca, por su parte, el más moderado de los dirigentes con cargo ejecutivo del PT, directamente identificado con el giro conservador del gobierno federal, también sufrió una grave derrota de su candidato a la alcaldía de la capital, donde perdió en la primera vuelta -marcando así un cuadro negativo para los candidatos que más directamente expresaron vínculos con el gobierno federal.

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Elecciones en Brasil

Las elecciones municipales que acaban de realizarse en Brasil revelan un avance poco espectacular del Partido de los Trabajadores de Lula. Esto se explica por la ausencia de una línea política coherente con la percepción popular de su programa y de su comportamiento político. Brasil desperdicia así una oportunidad excepcional para avanzar hacia un nuevo modelo político en América Latina.

Las elecciones municipales no reflejan necesariamente las tendencias nacionales. Pero cuando un partido de origen popular asume el gobierno, las elecciones locales tienden a reflejar la tendencia al cambio manifestada en esta oportunidad. En el Chile de Allende, por ejemplo, las elecciones municipales de 1971, elevaron del 33% al 51% la votación de la Unidad Popular. El pueblo chileno expresaba así su voluntad de cambio.

En el caso de Brasil postelectoral de Lula podríamos esperar un avance similar si el gobierno Lula demostrara la misma coherencia que Allende. Su política económica y la adopción de principios neoliberales en su plan social dieron señales negativas a la población, contrastando solamente con su política internacional, de carácter claramente progresista.

Al mismo tiempo, el comportamiento político del gobierno, al buscar alianzas demasiado amplias con fuerzas conservadoras reconocidas como corruptas, enajenaron importantes sectores del Partido de los Trabajadores y provocaron confusión en su base política de izquierda y de centro. De cualquier forma, provocó una enorme frustración en amplios sectores que apoyaron su propuesta de cambio social.

De esta forma, las elecciones municipales en curso están muy por detrás de lo que esperaba la dirección nacional del PT que llegó a anunciar la victoria del Partido en cerca de 800 a 1000 municipios del país que cuenta con cerca de 5700 municipios dispersos en 8,5 millones de kilómetros cuadrados. Para alcanzar este objetivo, el PT creó directorios locales o direcciones provisionales en casi todos los municipios del país. Sin embargo, según los datos de las elecciones realizadas el domingo 3 de octubre e inmediatamente computadas por sistema electrónico, el PT difícilmente alcanzará la victoria en 500 municipios en todo el país. Esto representa un gran avance en relación a cerca de 200 municipios que detentaba hasta antes de esta elección. Pero muy poco en relación a las aspiraciones del PT de convertirse en el mayor partido nacional.

Es necesario señalar, sin embargo, que los resultados de la primera vuelta realizada el 3 de octubre dan al PT cerca de 10 millones de votos, lo que le da la condición de partido más bien votado en el país. Empero su principal rival, el PSDB del derrotado Fernando Henrique Cardoso tiene cerca de 9 millones de votos y el PMDB obtuvo cerca de 8 millones de votos. El PT no tiene, por lo tanto, una mayoría suficiente para gobernar solo. No puede renunciar a la alianza con varios partidos para formar una mayoría parlamentaria razonable.

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La memoria del genocidio alemán

Publicado en Memoria 186 agosto 2004 | Prieto, Jimena A. | Reflexiones

“Historia monumental” llama Nietzsche, en la segunda de sus Consideraciones Intempestivas, al acto de rememoración que los pueblos hacen de su propio pasado; ya sea a través de monumentos nacionales o de conmemoraciones oficiales, en esencia, se trata de representaciones destinadas a reflejar un tiempo lejano, fijándolo inamoviblemente como fundamento mítico de la nación.

Mientras que la historia misma está marcada con el sello de lo irrepetible, la memoria colectiva de un pueblo se encarga de escenificar aquel tiempo digno de ser conjurado y elevado a heroico pasado nacional.

A pesar de lo oscuro de su historia, a principios del siglo XXI, Alemania ha logrado hacerse de una “historia monumental”. Podremos ver materializada esta empresa en el “Monumento Nacional a los Judíos Europeos Asesinados” que en octubre de este año comienza a construirse en el corazón de la nueva capital, Berlín. No deja de sorprender este momento cumbre de escenificación política, sobre todo al tener presente que la historia posterior al nacionalsocialismo se caracteriza por el peso de la propia culpa. Sin embargo, podemos entender la especificidad de este monumento al tomar en cuenta que toda conmemoración en torno al nacionalsocialismo lleva en su seno su propia negación. Ya sean recintos del recuerdo o fechas conmemorativas, estos espacios sólo pueden configurarse en términos opuestos a los que otras naciones celebran afirmativamente su propio pasado; Alemania recuerda sus propios crímenes, de ahí el carácter de luto como momento constitutivo de la memoria colectiva.

Este artículo, en el que se recorre la historia de Alemania desde el momento de su derrota, pretende dar una visión general del complejo proceso de formación de la memoria colectiva. Se necesitarán varios decenios para comprender que el genocidio no constituye únicamente una etapa de totalitarismo y criminalidad, sino una radical “ruptura civilizatoria”, que tiene lugar a mediados del siglo XX, en una nación que representa en su tradición humanística uno de los puntos más elevados del pensamiento ilustrado europeo. Se necesitará también el esfuerzo de una nueva generación para consolidar las bases de un proceso de saber cada vez más diferenciado en torno al genocidio. Una auténtica cultura de la memoria sólo será posible una vez que los jóvenes de los años sesenta exijan a la generación anterior la confrontación crítica y reflexiva con el pasado. El genocidio se convertirá entonces en objeto de saber popular, en el “Holocausto”, y comenzará a multiplicarse indefinidamente toda suerte de representaciones comerciales y artísticas, tanto en Alemania como en otros países. Un punto final de la historia de la representación del genocidio puede verse en la puesta en escena oficial del discurso de las víctimas, cuyo máximo monumento podrá ser visitado en 2004, en Berlín.

Todos y cada uno de estos momentos reflejan una historia desgarrada entre la necesidad de olvido y la obsesión por recordar el pasado nazi, búsqueda histórica de absolución y de confrontación constante con la culpa alemana.

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Barbarie y modernidad en el siglo XX

Michael Löwy

La palabra "bárbaro" es de origen griego. Ella designaba, en la Antigüedad, a las naciones no griegas, consideradas primitivas, incultas, atrasadas y violentas. La oposición entre civilización y barbarie es, entonces, antigua. La misma encuentra una nueva legitimidad en la filosofía de los iluministas y será heredada por la izquierda. El término "barbarie" tiene, según el diccionario, dos significados distintos, pero relacionados: "falta de civilización" y "crueldad del bárbaro". La historia del siglo XX nos obliga a disociar esas dos acepciones y a reflexionar sobre el concepto -aparentemente contradictorio, más de hecho perfectamente coherente- de "barbarie civilizada". ¿En qué consiste el "proceso civilizatorio"? Como bien demostró Norberto Elias, uno de sus aspectos más importantes es que la violencia no es ejercida de manera espontánea, irracional y emocional por los individuos, sino que es monopolizada y centralizada por el Estado, más precisamente por las fuerzas armadas y la policía. Gracias al proceso civilizador, las emociones son controladas, el camino de la sociedad es pacificado y la coerción física queda concentrada en las manos del poder político. Lo que Elias parece no haber percibido es el reverso de esa brillante moneda: el formidable potencial de violencia acumulado por el Estado que, inspirado por una filosofía optimista del progreso, todavía podía escribir en 1939: "comparada con el furor del combate abisinio (…) o de aquellas tribus de la época de las grandes migraciones, la agresividad de las naciones más belicosas del mundo civilizado parece moderada (…), ella sólo se manifiesta en su fuerza brutal y sin límites en sueños y en algunos fenómenos que nosotros calificamos de ‘patológicos’".1 Algunos meses después de que esas líneas fueron escritas, comenzaba una guerra entre naciones "civilizadas" cuya "fuerza brutal y sin límites" es simplemente imposible de comparar con el pobre "furor" de los combatientes etíopes: tamaña es la desproporción. El lado siniestro del "proceso civilizador" y de la monopolización estatal de la violencia se manifestó en toda su terrible potencia. Si nos referimos al segundo sentido de la palabra "bárbaro" -actos crueles, inhumanos, la producción deliberada de sufrimiento y de muerte deliberada de no combatientes (en particular, niños)-, ningún siglo de la historia conoce manifestaciones de barbarie tan extensas, tan masivas y tan sistemáticas como el siglo XX. Ciertamente, la historia humana es rica en actos de barbarie, cometidos tanto por las naciones "civilizadas" como por las tribus "salvajes". La historia moderna, después de la conquista de América, parece una sucesión de actos de ese género: la masacre de indígenas americanos, el tráfico de negros, las guerras coloniales. Se trata de una barbarie "civilizada", esto es, conducida por los imperios coloniales económicamente más avanzados, acumulación del capital.2 En El Capital, Karl Marx era uno de los críticos más feroces de esos tipos de prácticas maléficas y destructoras de la modernidad, que para él están asociadas a las necesidades de acumulación capitalista. Especialmente en el capítulo sobre la acumulación primitiva, se encuentra una crítica radical de los horrores de la expansión colonial: la esclavitud o el exterminio de los indígenas, las guerras de conquista o el tráfico de negros. Esas "barbaries y atrocidades execrables" -que, según Marx, citado de modo favorable por M. W. Howitt, no tienen paralelo en cualquier otra era de la historia universal, en ninguna raza por más salvaje, grosera , impiadosa y sin pudor que ella haya sido"- no fueron simplemente interpretadas como ganancias y pérdidas del progreso histórico, sino debidamente denunciadas como una "infamia".3 Considerando algunas de las manifestaciones más siniestras del capitalismo, como las leyes de los pobres o los worhouses – esas "fortalezas de obreros"-, Marx escribe en 1847 este pasaje sorprendente y profético, que parece anunciar a la Escuela de Frankfurt: "La barbarie reaparece, pero esta vez ella es engendrada en el propio seno de la civilización y es parte integrante de ella. Es una barbarie leprosa, la barbarie como la lepra de la civilización". 4 Pero con el siglo XX, un límite es transgredido y se pasa a un nivel superior; la diferencia es cualitativa. Se trata de una barbarie específicamente moderna, del punto de vista de su etos, de su ideología, de sus medios y su estructura. Más adelante, volveremos a ese punto. La Primera Guerra Mundial inauguró esa nueva fase de barbarie civilizada. Dos autores, los primeros, dieron la señal de alarma en 1914: Rosa Luxemburgo y Franz Kafka. A pesar de sus evidentes diferencias, tienen en común el hecho de haber tenido la intuición -cada uno a su manera- de que en el curso de aquella guerra estaba por constituirse algo sin precedentes. Al usar una frase del orden "socialismo o barbarie", Rosa Luxemburgo en La crisis de la socialdemocracia, en 1915 (firmada con el seudónimo "Junius"), rompe con la concepción -de origen burguesa pero adoptada por la Segunda Internacional- de la historia como progreso irresistible, inevitable, "garantizado" por leyes "objetivas" del desenvolvimiento económico o de la evolución social. Esta frase está sugerida en ciertos textos de Marx o de Engels, pero es Rosa Luxemburgo quien le da esa formulación explícita y elaborada que implica una percepción de la historia como un proceso abierto, como una serie de "bifurcaciones" donde el "factor subjetivo" -conciencia, organización, iniciativa- de los oprimidos se torna decisivo. No se trata más de esperar que el fruto "madure", según las "leyes naturales" de la economía o de la historia, sino de actuar antes de que sea demasiado tarde. El otro término de la alternativa es un siniestro peligro: la barbarie. En un primer momento, ella parece considerar una "recaída en la barbarie" como "la aniquilación de la civilización", una decadencia análoga a aquella de la Roma antigua5. Pero luego se da cuenta de que no se trata de un "regresión" imposible a un pasado tribal, primitivo o "salvaje", sino más bien de una barbarie eminentemente moderna, de la cual la Primera Guerra Mundial brinda un ejemplo sorprendente, mucho peor en su asesina inhumanidad que las prácticas guerreras de los conquistadores "bárbaros" de fines del Imperio Romano. Jamás en el pasado tecnologías tan modernas -los tanques, los gases tóxicos, la aviación militar- habían sido colocadas al servicio de una política imperialista de masacre y agresión en una escala tan inmensa. Las intuiciones de Kafka son de una naturaleza totalmente diferente. Es bajo una forma literaria e imaginaria como él describe la nueva barbarie. Se trata de una novela titulada La colonia penal: en una colonia francesa, un soldado "indígena" es condenado a muerte por oficiales cuya doctrina jurídica resume en pocas palabras la quintaesencia de lo arbitrario: "la culpabilidad no debe ser jamás colocada en duda". Su ejecución debe ser llevada a cabo por una máquina de tortura que escribe lentamente sobre su cuerpo con agujas que lo atraviesan la frase "Honra a tus superiores". El personaje central de la novela no es un viajero que observa los acontecimientos con una hostilidad muda, ni el prisionero que no reacciona de ninguna forma, ni el oficial que preside la ejecución, ni el comandante de la colonia. Es la misma máquina. Todo el relato gira en torno de ese siniestro aparato (Apparat), que parece más y más, en el curso de la detallada explicación que el oficial brinda al viajero, como un fin en sí mismo. El aparato no está allí para ejecutar al hombre sino al contrario, el hombre está para la máquina, para proporcionarle un cuerpo sobre el cual ella pueda escribir su estética obra maestra, su sangrienta inscripción ilustrada con "muchos adornos floridos". El oficial mismo es apenas un servidor de la Máquina y, finalmente, él también se sacrifica a ese insaciable Moloch6. ¿En qué "máquina de poder" bárbara, en que "aparato de autoridad" sacrificador de vidas humanas pensaba Kafka? La colonia penal fue escrita en octubre de 1914, tres meses después de la eclosión de la gran guerra. Hay pocos textos en la literatura universal que presentan de manera tan penetrante la lógica mortífera de la barbarie moderna como un mecanismo impersonal. Esos presentimientos parecen perderse en los años de posguerra. Walter Benjamin es uno de esos raros pensadores marxistas que entiende que el progreso técnico e industrial puede ser portador de catástrofes sin precedentes. De ahí proviene su pesimismo no fatalista, pero sí activo y revolucionario. En un artículo de 1929, él definía la política revolucionaria como "la organización del pesimismo", un pesimismo en todas las líneas: desconfianza en cuanto al destino de la libertad, desconfianza en cuanto al destino del pueblo europeo. Y añade irónicamente: "confianza ilimitada solamente en IG Farben y en el perfeccionamiento pacífico de la Luftwaffe".7 Ahora bien, el mismo Benjamin, el más pesimista de todos, no podía adivinar hasta qué punto esas dos instituciones iban a mostrar, algunos años más tarde, la capacidad maléfica y destructiva de la modernidad.8 Puede definirse como propiamente moderna la barbarie que presenta las siguientes características: Utilización de medios técnicos modernos. Industrialización del homicidio. Exterminación en masa gracias a tecnologías científicas de punta. Impersonalidad de la masacre. Poblaciones enteras -hombre y mujeres, niños y ancianos- son "eliminadas" con el menor contacto personal posible entre quien es el que toma la decisión y las víctimas. Gestión burocrática, administrativa, eficaz, planificada, "racional" (en términos instrumentales) de los actos de barbarie. Ideología legitimadora de tipo moderno: "biológica", "higiénica", "científica" (no religiosa ni tradicionalista). Todos los crímenes contra la humanidad, genocidios y masacres del siglo XX no son modernos en el mismo grado: el genocidio de los armenios en 1915, el llevado a cabo por Pol Pot en Camboya, aquel de los tutsis en Ruanda, etc., asocian, cada uno de manera específica, características modernas y arcaicas. Las cuatro masacres que encarnan de manera más acabada la modernidad de la barbarie son el genocidio nazi contra los judíos y los gitanos, la bomba atómica en Hiroshima, el Gulag estalinista y la guerra norteamericana en Vietnam. Los dos primeros son probablemente los más integralmente modernos: la cámara de gas de los nazis y la muerte atómica norteamericana contienen prácticamente todos los ingredientes da la barbarie tecnoburocrática moderna. Auschwitz representa la modernidad no solamente por su estructura de fábrica de muerte, científicamente organizada y que utiliza las técnicas más eficaces: el genocidio de judíos y gitanos es también, como observa el sociólogo Zygmunt Bauman, un producto típico de la cultura racional burocrática, que elimina de las gestión administrativa toda interferencia moral. Es, desde este punto de vista, uno de los posibles resultados del proceso civilizador en cuanto a racionalización y centralización de la violencia y como producto social de indiferencia moral. "Como toda otra acción conducida de manera moderna -racional, planificada, científicamente informada, dirigida de forma eficaz y coordinada- el Holocausto dejó atrás todos sus pretendidos equivalentes premodernos, revelándolos en comparación como primitivos, antieconómicos e ineficaces… Se eleva muy por encima de los episodios de genocidios del pasado, de la misma forma que la fábrica industrial moderna está muy por encima de la oficina artesanal".9 La ideología legitimadora del genocidio es también de tipo moderno, seudocientífico, biológico, antropométrico, eugenista. La utilización obsesiva de fórmulas seudomédicas es la característica del discurso antisemita de los dirigentes nazis, lo cual puede ser notado en sus conversaciones privadas. En una carta a Himmler en 1942, Adolfo Hitler insistía: "La batalla en la cual estamos comprometidos hoy es del mismo tipo que la batalla liderada en el siglo pasado por Pasteur y Koch. Cuántas dolencias tuvieron su origen en el virus judío… Nosotros no encontraremos nuestra salud sin eliminar a los judíos".10 En su notable ensayo sobre Auschwitz11, Enzo Traverso destaca, con palabras sobrias, precisas y lúcidas, el contexto del genocidio. No se trata de una simple "resistencia irracional a la modernización" ni de un residuo de antigua barbarie, sino de una manifestación patológica de la modernidad, del rostro escondido, infernal, de la civilización occidental, de una barbarie industrial, tecnológica, "racional" (del punto de vista instrumental). Tanto la motivación decisiva del genocidio -una biología racial- como sus formas de realización -las cámaras de gas- eran perfectamente modernas. Si la racionalidad instrumental no basta para explicar Auschwitz, ella es su condición necesaria e indispensable. En los medios de exterminio nazis, se encuentra una combinación de diferentes instituciones típicas de la modernidad: al mismo tiempo, la prisión descripta por Foucalt, la fábrica capitalista de la cual hablaba Marx, "la organización científica del trabajo", de Taylor, la administración racional/burocrática según Max Weber. Este último había intuido, de manera muy convincente, la transformación de la razón occidental en fuerza destructiva. Su análisis de la burocracia como máquina "deshumanizada", impersonal, sin amor ni pasión, indiferente a todo aquello que no es su tarea jerárquica, es esencial para comprender la lógica reificada de los campos de la muerte. Eso vale también para la fábrica capitalista, que estaba presente en Auschwitz, al mismo tiempo que en las oficinas de trabajo esclavo de la empresa IG Farben y en las cámaras de gas, lugares de producción de asesinados "en cadena". Pero la "solución final" es irreductible a toda lógica económica: la muerte no es una mercancía ni una fuente de lucro. Traverso critica, de manera muy convincente, las interpretaciones -inspiradas, en un grado u otro, por la ideología del progreso- del nazismo y del genocidio como producto de la historia del irracionalismo alemán (George Lucács), de una "salida" de Alemania por fuera de la cuna occidental (Jürgen Habermas) o de un movimiento de "descivilización" (Entzivilisierung) inspirado por una ideología "preindustrial" (Norbert Elias). Si el proceso civilizatorio significa, ante todo, la monopolización por el Estado de la violencia -como lo muestran, después de Hobbes, tanto Weber como Elias-, es necesario reconocer que la violencia del Estado está en el origen de todos los genocidios del siglo XX. Auschwitz no representa una "regresión" en dirección al pasado, a una edad bárbara primordial, pero es realmente uno de las caras posibles de la civilización industrial occidental. Constituye al mismo tiempo una ruptura con la herencia humanista e universalista de los Iluministas y un ejemplo terrible de las potencialidades negativas y destructivas de nuestra civilización. Si el exterminio de los judíos por el Tercer Reich es comparable con otros actos bárbaros, no por eso deja de ser un evento singular. Es necesario rechazar las interpretaciones que eliminan las diferencias entre Auschwitz y los campos soviéticos, las masacres coloniales o los progroms, etc.12 El crimen de guerra que tiene más afinidades con Auschwitz es Hiroshima, como comprendieron tan bien Günther Anders y Dwight MacDonald: en los dos casos, se delega la tarea a una máquina de muerte formidablemente moderna, tecnológica y "racional". Pero las diferencias son fundamentales. Inicialmente, las autoridades americanas no tuvieron jamás como objetivo -como aquellas del Tercer Reich- realizar el genocidio de toda una población: en el caso de las ciudades japonesas, la masacre no era, como en los campos nazis, un fin en sí mismo, sino un simple "medio" para alcanzar objetivos políticos. El objetivo de la bomba atómica no era el exterminio de la población japonesa como fin autónomo. Se trataba, sobre todo, de acelerar el fin de la guerra y demostrar la supremacía militar norteamericana frente a la Unión Soviética. En un informe secreto de mayo de 1945 al presidente Truman, el Target Comittee -o "Comité Blanco", compuesto por los generales Groves, Norstadt y el matemático Von Neuman- observa fríamente: "La muerte y la destrucción no solamente intimidarán a los japoneses sobrevivientes y los presionarán para aceptar la capitulación, sino también (como una ganancia extra) asustarán a la Unión Soviética. En síntesis, EU podría terminar más rápidamente la guerra y, al mismo tiempo, ayudar a moldear el mundo de posguerra" 13. Para obtener esos objetivos políticos, la ciencia y la tecnología más avanzada fueron utilizadas en centenares de miles de civiles inocentes; hombres, mujeres y niños fueron masacrados, sin hablar de la contaminación por las radiaciones nucleares de las generaciones futuras. Otra diferencia con Auschwitz es, sin duda, un número muy inferior de víctimas. Pero la comparación de las dos formas de barbarie burocráticomilitar es muy pertinente. Los propios dirigentes norteamericanos eran conscientes del paralelo con los crímenes nazis: en una conversación con Truman el 6 de junio de 1945, el secretario de Estado, Stimson, relataba sus sentimientos: "dije a Truman que estaba inquieto con ese aspecto de la guerra… porque yo no quería que los americanos ganaran la reputación de sobrepasar a Hitler en atrocidades" 14. En muchos aspectos, Hiroshima representa un nivel superior de modernidad, tanto por la novedad científica y tecnológica representada por la bomba atómica, como por el carácter todavía más lejano, impersonal, puramente "técnico" del acto exterminador: presionar un botón, abrir la escotilla que libera la carga nuclear. En el contexto particular y aséptico de muerte atómica entregada por vía aérea, se dejaron atrás ciertas formas manifiestamente arcaicas del Tercer Reich, como las explosiones de crueldad, el sadismo y la furia asesina de los oficiales de la SS. Esa modernidad se encuentra en la cúpula norteamericana que toma -después de haber pesado cuidadosa y "racionalmente" los pros y las contras- la decisión de exterminar la población de Hiroshima y Nagasaki: un organigrama burocrático complejo compuesto por científicos, generales, técnicos, funcionarios y políticos tan grises como Harry Truman, en contraste con los accesos de odio irracional de Adolfo Hitler y sus fanáticos. En el curso de los debates que precedieron a la decisión de lanzar la bomba, ciertos oficiales, como el general Marshall, manifestaron sus reservas, en la medida en que ellos defendían el antiguo código militar, o sea, una concepción tradicional de la guerra que no admitía la masacre intencional de civiles. Estos oficiales fueron derrotados por un nuevo punto de vista, más "moderno", fascinado por la novedad científica y técnica del arma atómica, un punto de vista que no tenía nada que ver con códigos militares arcaicos y que no se interesaba sino por el cálculo de ganancias y pérdidas, esto es, en criterios de eficacia político-militar15. Sería necesario agregar que un cierto número de científicos que habían participado, por convicción antifascista, en los trabajos de preparación del arma atómica, protestaron contra la utilización de sus descubrimientos sobre la población civil de las ciudades japonesas. Una palabra sobre el Gulag estalinista: si bien tiene mucho en común con Auschwitz -campos de concentración, régimen totalitario, millones de víctimas-, se distingue por el hecho de que el objetivo de los campos soviéticos no era el exterminio de los prisioneros sino su explotación brutal como fuerza de trabajo esclava. En otras palabras puede compararse Kolyma y Buchenwald, pero no Gulag y Treblinka. Ninguna contabilidad macabra -como aquella fabricada por Stéphane Courtios y otros anticomunistas profesionales- puede negar esa diferencia. El Gulag era una forma de barbarie moderna en la medida en que estaba burocráticamente administrado por un Estado totalitario y colocado al servicio de proyectos estalinistas faraónicos de "modernización" económica de la Unión Soviética. Pero se caracteriza también por trazos más "primitivos": corrupción, ineficacia, arbitrariedad, "irracionalidad". Por esta razón, se sitúa en un grado de modernidad inferior al sistema de campos de concentración del Tercer Reich. En fin, la guerra estadunidense en Vietnam, el atroz número de víctimas exterminadas por los bombardeos, el napalm o las ejecuciones colectivas constituye, en varios aspectos, una interveción extremadamente moderna: fundada sobre una planificación "racional" -con la utilización de computadoras y de un ejército de especialistas-, moviliza un armamento muy sofisticado, usando tecnología de punta del progreso técnico de los años sesenta-setenta: napalm, herbicidas, bombas de fragmentación, etcétera. 16 Esa guerra no fue un conflicto colonial como los otros: basta recordar que la cantidad de bombas y explosivos lanzados sobre el Vietnam fue superior a la utilizada por todos los beligerantes durante la Segunda Guerra Mundial. Como en el caso de Hiroshima, la masacre no era un objetivo en sí, sino un medio político y, si bien la cifra de muertos es muy superior a la de las dos ciudades japonesas, no se encuentra en Vietnam aquella perfección de modernidad técnica e impersonal, aquella abstracción científica de la muerte que caracteriza a la muerte atómica.17 La naturaleza contradictoria del "progreso" y de la "civilización" moderna se encuentra en el corazón de las reflexiones de la Escuela de Frankfurt. En La Dialéctica del Iluminismo (1944), Adorno y Horkheimer constatan la tendencia de la racionalidad instrumental a transformarse en locura asesina: la "luminosidad helada" de la razón proyectista "acarrea la simiente de la barbarie". En una nota redactada en 1945 para Minima Moralia, Adorno utiliza la expresión "progreso regresivo" tratando de dar cuenta de la naturaleza paradojal de la civilización moderna.18 Entretanto, esas expresiones también son tributarias, a pesar de todo, de la filosofía del progreso. En verdad, Auschwitz e Hiroshima no constituyen para nada una "regresión a la barbarie" o, por lo mismo, una "regresión": no hay nada en el pasado que sea comparable a la producción industrial, científica, anónima y racionalmente administrada de la muerte en nuestra época. Basta comparar Auschwitz e Hiroshima con las prácticas guerreras de las tribus bárbaras del siglo IV para darse cuenta de que no tienen nada en común: la diferencia no es solamente de escala, sino de naturaleza. ¿Es posible comparar las prácticas más "feroces" de los "salvajes" (muerte ritual del prisionera de guerra, canibalismo, reducción de cabezas, etcétera) con una cámara de gas o una bomba atómica? Son fenómenos enteramente nuevos, que no serían posibles fuera del siglo XX. Las atrocidades en masa, tecnológicamente perfeccionadas y burocráticamente organizadas, pertenecen únicamente a nuestra civilización industrial avanzada. Auschwitz e Hiroshima no constituyen "regresiones": son crímenes irremediable y exclusivamente modernos. Existe entretanto un dominio específico de "barbarie civilizada" en la que se puede efectivamente hablar de regresión: se trata de la tortura. Como destaca Eric Hobsbawn en su admirable ensayo de 1994, Barbarie: una guía para el usuario: "A partir de 1782, la tortura fue formalmente eliminada del procedimiento judicial de los países civilizados. En teoría, no era más tolerada en los aparatos coercitivos del Estado. Un preconcepto contra esa práctica era tan fuerte que la misma no podría retornar después de la derrota de la Revolución Francesa que la había abolido… Puede sospecharse que en los reductos de la barbarie tradicional que resisten al progreso moral -por ejemplo, las prisiones militares u otras instituciones análogas- la tortura de hecho no desapareció…" Ahora, en el siglo XX, bajo el fascismo o el estalinismo, en las guerras coloniales (Argelia, Irlanda, etcétera) y en las dictaduras latinoamericanas, la tortura es empleada de nuevo a gran escala.19 Los métodos son diferentes -la electricidad substituye al fuego y los torniquetes-, pero la tortura de prisioneros políticos se tornó en el curso del siglo XX una práctica rutinaria -e igualmente oficial- de regímenes totalitarios, dictatoriales y también, en ciertos casos (las guerras coloniales), "democráticos". En ese caso, el término "regresión" es pertinente, en la medida en que la tortura era practicada en innumerables sociedades premodernas, y también en la Europa de la Edad Media y durante el siglo XVIII. Una metodología bárbara que el proceso civilizador parecía haber suprimido en el curso del siglo XIX retornó en el XX, bajo una forma más moderna -desde el punto de vista de las técnicas-, pero no menos inhumana. Considerar la barbarie moderna del siglo XX exige el abandono de la ideología del progreso lineal. Eso no quiere decir que el progreso técnico y científico sea intrínsecamente portador de maleficios ni tampoco lo inverso. Simplemente, la barbarie es una de las manifestaciones posibles de la civilización industrial/capitalista moderna o de su copia "socialista" burocrática. Tampoco se trata de reducir la historia del siglo XX a sus momentos de barbarie: esa historia conoce también la esperanza, las sublevaciones de los oprimidos, las solidaridades internacionales, los combates revolucionarios: México, 1914; Petrogrado, 1917; Budapest, 1919; Barcelona, 1936; París, 1944; Budapest, 1956; La Habana, 1961; París, 1968; Lisboa, 1974; Managua, 1979; Chiapas, 1994. Esos fueron algunos de los momentos fuertes -y también efímeros- de esa dimensión emancipadora del siglo. Ellos constituyen preciosos puntos de apoyo para la lucha de las generaciones futuras por una sociedad humana y solidaria. Notas 1 Norbert Elias, La Dynamyque de l´Occident, Calmann-Lévy, Paris, 1975, pp. 181-190. Una referencia al combate abisinio suena extraña en el momento en que Etiopía combatía por su libertad contra la invasión colonial del fascismo italiano, portador de una pretendida misión "civilizadora". 2 Norbert Elias, La civilisation des moeurs, Calmann-Lèvy, Paris, 1973, p. 280. 3 Marx, Le Capital, vol. I, p.557-558,563 4 Marx, "Arbeitslohn", 1847, Kleine Ökonomische Schriften, Berlin, Dietz Verlag, 1955, p. 245 5 R. Luxemburgo, A crise da social-democracia, 1915. 6 Kafka, In del Strafkolonie, Erzählung und kleine Prosa, N. York, Schocken Books, 1946, pp. 181-113. 7 W. Benjamin, "O surrealismo. O último instante de inteligência européia", 1929, en Mythe et violence, Paris, Letras Novas, 1971, p. 312. 8 Recordemos que el gran trust químico IG Farben no solamente utilizó mano de obra esclava en Auschwitz, sino que también produjo el gas Zyklotron B, que servía para exterminar las víctimas de los campos de concentración nazis. 9 Zygmut Bauman, Modernity and the Holocaust, London, Polity Press, 1989, pp. 15 y 28 . 10 Citado por Zygmunt Bauman, obra citada en nota precedente, p. 71. 11 Enzo Traverso, L’Histoire dèchirèe. Essai sur Auschwitz et les intellectuels, Paris, Cerf. 1997. 12 Sobre ese asunto, remito a la excelente contribución de Enzo Traverso "La singularidad de Auschwitz. Hipótesis, problemas y derivaciones de la pesquisa histórica", Pour une critique de la barbarie modernes. Ecrits sur l’histoire des juifs e de l’antisémitisme, Lausanne, Ed. Page deux, 1997. 13 Citado de los archivos históricos recientemente abiertos al público en Barton J. Bernstein, "The Atomic Bombings Reconsidered", Foreign Affairs, febrero de 1995, p. 143. 14 Ib., p. 146 . 15 Sobre las reservas de Marshall, cf. Barton J. Bernstein, nota 13, p.143 . 16 De hecho, es enteramente racional si "razón" significa racionalidad instrumental, aplicar la fuerza militar norteamericana, los B-52, el napalm y todo el resto en Vietnam "bajo dominación comunista" (claramente una "causa indeseable") como un "operador" para transformarlo en "causa deseable". Joseph Weizenbaum, "Computer Power and Human Reason", en From Judgemente to Calculation, S. Francisco, W. H. Freeman, 1976, p. 252. 17 Otras guerras coloniales tuvieron lugar en el siglo XX ( Indochina, Argelia, Africa colonial portuguesa) pero ninguna alcanzó el grado de modernidad de la de Vietnam. En comparación parecen arcaicas, primitivas. 18 T. W. Adorno, M. Horkheimer, La Dialectique de la raison, Gallimard, Paris, 1974, p. 48, y T. W. Adorno, Minima Moralia, Payot, Paris, 1983, p.134. 19 E. Hobsbawn, Barbarism: An User Guide. On History, Weidenfelds and Nicholson, London, 1997, pp. 259-263 . Michael Löwy, brasileño, sociólogo e investigador del Consejo Nacional de Investigación Científica (CNRS) de Francia y autor, entre otros, de Sublevación de melancolía: el romanticismo de contramano con la modernidad. Traducción, Elena Raimondi; colaboración, María Elena Saludas .

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El «totalitarismo», una teoría política qué no tiene la aprobación de todos

Anne Morellinos

La historiadora Anne Morellinos transmitió este texto en reacción a los extractos de la introducción del Libro negro del comunismo publicado en el número 31 de La Revista Aide- Memoire, p. 5) leer <http: // www.territoires-memoire.be/am/affArt.ph p? Artid=313>.

Hoy lo políticamente correcto es amalgamar nazismo y comunismo, englobándolos en una categoría " pardo roja " que los programas de historia, por ejemplo, exigen a los profesores estigmatizar designándolos como los "totalitarismos".

Estos regímenes aborrecibles tendrían en común normas severas y ideológicas, la ausencia de libertad de expresión realmente disidente, el control del aparato judicial y policíaco, un régimen de partido único y el aparato dirigente poderoso. Habrían tenido entre otras cosas la pretensión de ser – cada uno – el único régimen que puede aportarle la felicidad al grupo al cual se dirigían.

Además de que podría ser un ejercicio intelectualmente saludable preguntarse si el Congo colonial, o el liberalismo (dicho más llanamente el capitalismo) no responden a estos criterios de "totalitarismo"[1], es interesante anotar que este término invadió el espacio público y que se puso tan de moda que casi no nos interrogamos sobre su función política. Pero esa función es evidente. Se trata, tras 1989 de "demostrar" cualquier intento de poner en causa el capitalismo es, en potencia, criminal y puede llevar sólo al fascismo.

Aquellos que mantienen esa proposición política pretenden pues, difundir la idea de una igualdad total entre comunismo y nazismo o, como lo dicen hábilmente, entre fascismo rojo y pardo, quien no se adhiere a esta condena de los principios como de las prácticas del comunismo será tachado en seguida como “negacionista ". Antiguos comunistas arrepentidos, cómo Stéphane Courtois o Annie Kriegel, esuvieron entre los defensores más feroces de esta teoría del totalitarismo. Sin duda, ellos tenían que demostrar tanto de encarnizamiento en la defensa de esa igualdad en la medida en que debían demostrar que se habían desprendido totalmente de su amor juvenil para reintegrarse a la honorable sociedad de los investigadores políticamente correctos.

“El libro negro del comunismo”, dirigido por Stéphane Courtois, es el arquetipo de la explotación de este concepto. Pretende probar por la "revelación" de los crímenes del comunismo que éste es criminal por naturaleza, y justificar así la teoría política del totalitarismo.

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