Entrevista a Alfredo Iglesias Diéguez sobre Faustino Cordón, el darwinismo, el materialismo y Josep Gibert (y II)

Salvador López Arnal

«A Josep Gibert le debo mucho más que mi formación científica. Le debo también, al menos en parte, una forma de entender y estar en el mundo.»

Alfredo Iglesias Diéguez (Vigo, 1966) es profesor de Geografía e Historia en el instituto Maruxa Mallo de Ordes (Galicia). Desde su juventud está vinculado a movimientos sociales, sindicales y políticos de izquierdas. Discípulo de Josep Gibert, con quien trabajó en Orce y Cueva Victoria desde 1984, algunos de sus temas de interés son la evolución humana, la historia desde abajo, la historia de la ciencia, la justicia social,…

Nos habíamos quedado en este punto. ¿Quién fue Chomín Chunchillos?

Chomín Cunchillos fue discípulo de Faustino Cordón, con quien trabajó entre 1985 y 1998, y uno de los principales exponentes de la teoría de las tres unidades de nivel de integración evolutiva; de hecho, es autor del libro que acabo de mencionar, en el que realiza una excelente exposición de la teoría de Faustino Cordón, introduciendo información procedente de su propia investigación, al proponer un modelo del origen de la vida a partir de la evolución molecular de donde procede las primeras proteínas o basibiones, explicada por mecanismos propios de la selección natural; así como un modelo de evolución de la célula (los vegetales son una asociación de células, no un nuevo nivel de integración evolutiva) y los animales.

Chomín Cunchillos, aunque era profesor de instituto en Madrid, estuvo vinculado en un primer momento a la Fundación para la Investigación de la Biología Evolucionista (FIBE), en la que trabajó con Faustino Cordón, y en el ICDI hasta su muerte, que tuvo lugar en el año 2015.

Asimismo, fue un extraordinario crítico del pensamiento determinista y holista, de los que hablaremos más adelante si te parece.

¿Quién fue Patrick Tort? Añado otra complementaria: ¿es conocida la obra de Cordón fuera de España?

Patrick Tort, preside el Institut Charles Darwin International (ICDI) y lleva desde los años noventa del siglo XX entregado a la edición crítica y en francés de la obra de Darwin. Con todo, aparte de ser bien conocido por esa actividad, la principal aportación de Patrick Tort a la teoría evolutiva darwinista es el concepto de ‘efecto reversivo de la evolución’, que se podría definir de la siguiente forma: la selección natural selecciona la cultura (a través de la selección de los instintos sociales), que se opone a la selección natural (debido a que se imponen un conjunto de normas y comportamientos antieliminatorios).

En cuanto a la segunda parte de la pregunta, la obra de Faustino Cordón tiene una cierta repercusión fuera de España, al menos si tenemos en cuenta tres aspectos:

• primero, el primer volumen de su Tratado evolucionista de biología ha sido traducido al inglés y al ruso;

• segundo, su obra fue objeto de difusión en el transcurso del congreso Pour Darwin (1997), dirigido por Patrick Tort; y,

• tercero, Les voies de l’émergence: introduction à la théorie des unités de niveau d’intégration, (2014), de Chomín Cunchillos, constituye una excelente introducción al pensamiento de Faustino Cordón y a su teoría de las tres unidades de nivel de integración evolutiva.

Supongo, de todas formas, que la obra de Faustino Cordón no está suficientemente difundida.

¿Conociste personalmente a Faustino Cordón? ¿También a sus discípulos?

Sí. Tuve el enorme placer de conocer a Faustino Cordón, a quien visité en la FIBE (y en una ocasión en su casa), entre los años 1995 y 1998. Fueron años de intensas conversaciones, algunas grabadas. Si a José Gibert le debo mi formación científica –digamos práctica–, Faustino Cordón me obligó a poner en orden todas mis lecturas teóricas, por lo que considero esas conversaciones muy fructíferas en lo que respecta a mi formación teórica.

Además, fue él quien me puso en contacto con Patrick Tort en el momento en que estaba organizando el congreso Pour Darwin (1997), en el que tuve el placer de participar como invitado con una ponencia encuadrada en la cuarta jornada, en la que se presentaban las diferentes líneas de investigación darwinistas.

También gracias a Faustino Cordón pude conocer a Chomín Cunchillos, una excelente persona con quien mantuve contacto hasta su muerte, y a Teresa Cordón, la hija de Faustino, con quien perdí el contacto a la muerte de su padre.

Insisto en un punto ya comentado. Se habla en ocasiones de la lectura materialista del darwinismo. ¿En qué consiste esa lectura?

Partiendo de la ‘definición’ expuesta en la pregunta anterior, entiendo que son materialistas los discursos científicos libres de interferencias ideológicas de cualquier tipo: holistas (todo está estrechamente entrelazado en el universo, desde las partículas más elementales hasta nuestra conciencia), reduccionistas (todo está en nuestros genes) o concordistas (aquellas que defienden que la evolución y la Creación están en concordia).

En este sentido, ya que estamos hablando de este grupo de autores, tanto Patrick Tort, como Chomín Cunchillos o el propio Faustino Cordón, en alguna de sus obras realizaron algún tipo de crítica a los discursos que, en nombre de Darwin, legitimaban algún tipo de desigualdad o construían alguna distopía. Ahí están, por ejemplo, las denuncias al socialdarwinismo o a la sociobiología, o a las teorías holísticas y, por supuesto, a las teorías del ‘diseño inteligente’ y, en general, a todos los discursos que interpretan el hecho evolutivo de modo distorsionado.

¿Y qué tienen de malo las teorías holísticas, las cosmovisiones que sostienen que todo está estrechamente conectado en el universo?

Si no ando muy confundido, creo que fue Aristóteles quien sostuvo en su Metafísica que «el todo es mayor que la suma de sus partes». Si consideramos este postulado como el fundamento de un modo de entender las cosas en su totalidad, en su complejidad global, ya que solo así se pueden apreciar los procesos que interactúan entre las partes, en principio, nada que objetar. Es posible que ahora diga alguna incorrección epistemológica, pero con esa ‘definición’ tan genérica, supongo que el pensamiento de Spinoza o Marx serían holistas. ¿Acaso no fue Marx quién nos enseño a comprender la historia como un proceso en el que interactúan las diferentes partes de un todo?

No obstante, en la tradición evolucionista de la que venimos hablando, el holismo tiene unas connotaciones místicas peligrosas. Me explico. El fundamento del holismo evolucionista en general, y del antropológico en particular, se encuentra en la obra La evolución creadora (1907) de Henri Bergson, quien sostenía que la vida no podía reducirse a un conjunto de procesos físico-químicos mecánicos, sino que estaba sostenida por un ‘élan vital’, una fuerza invisible que dirige la evolución y el desarrollo de los organismos. Por otra parte, esta idea de ‘evolución creadora’ está recogida en el texto que funda el holismo: Holism and evolution (1926), de Jan Smuts.

Esta fuerza invisible serie la ‘conciencia’ que guía la evolución y que constituye el fundamento de toda la teoría finalista desarrollada por Teilhard de Chardin y continuada por Valeriano Andérez, Bermudo Meléndez y, sobre todo, por Miquel Crusafont, que identificó una ley fundamental que guiaba la evolución: la ley de la complejidad-conciencia, cuya línea de atajo, que unía el alfa (la Creación) con el omega (el reencuentro con Dios), culminaba en Homo sapiens.

Me voy a permitir un inciso personal antes de continuar.

Adelante con él.

Recuerdo que en 1985, cuando entré por primera vez en el Museo Paleontológico de Sabadell (hoy Institut Català de Paleontologia Miquel Crusafont), me impresionó un panel, que destacaba sobre cualquier otra cosa en la entrada del Museo, que ilustraba la teoría de la complejidad-conciencia de Crusafont, quien había muerto dos años antes. En ese momento el director del Museo era José Gibert; cuando lo destituyeron por razones políticas –para nada científicas–, el siguiente director tiró a la basura aquella ‘reliquia’ del pensamiento científico finalista. Supongo que la razón era que el signo de los tiempos apuntaba en otra dirección y ese ‘árbol evolutivo’ estaba errado. ¡Los museos también tienen que ser museabilizables y la historia de la ciencia tiene que tener un hueco en los museos!

Vuelvo al asunto. Partiendo de estas bases, el holismo evolucionista actual que remite entre otros postulados al ‘principio antrópico’, de John Barrow y Frank Tipler, o las teorías de Hubert Reeves, pretende explicar que todo en el universo está predeterminado para garantizar nuestra existencia o, dicho de otro modo, la vida inteligente –que es autoconsciente–, es el último peldaño evolutivo y posiblemente el objetivo del desarrollo del universo. Esta gente, hasta donde yo llego –conozco personalmente a un holista que es una persona absolutamente entrañable: pacifista, vegetariano…–, no habla directamente de Dios, pero tiene una conciencia absolutamente espiritual.

Entiendo por donde vas.

En este sentido, el holismo renueva el finalismo del siglo XX para transformarlo en una nueva teoría que, junto con la teoría del diseño inteligente y otras teorías concordistas, constituyen un nuevo intento de presentar lo que no es más que una creencia religiosa o mística como una teoría científica.

Me has hablado en alguna ocasión de tu teoría-conjetura de los tres niveles de acción. ¿Nos la puedes resumir?

Intentaré no salirme mucho de los marcos de la pregunta… Aunque sé que la primera parte de la respuesta va a parecer un rodeo prescindible. A pesar de eso, me arriesgo.

Mi aproximación al hecho evolutivo tuvo una motivación –aunque sea muy, muy, muy, indirecta– religiosa. Me explico: mi abuelo, que estuviera a punto de tomar los hábitos, fundamentaba su ateísmo en dos cuestiones: el origen biológico del hombre y la naturaleza exclusivamente humana de Jesús (recuerdo que tenía una explicación racional para todos los milagros). Fueron los paseos que daba con mi abuelo los que me hicieron desarrollar una verdadera pasión por la cuestión de los orígenes; no obstante, aunque la evolución biológica siempre me interesó, lo que realmente me interesaba era la evolución social y cultural. Por esa razón desde muy temprano realicé lecturas que me ayudaran a encontrar respuestas, incluso fue a una edad muy temprana cuando me vinculé a Gibert, mi maestro.

Durante mis años de formación académica pude acumular una ingente cantidad de conocimientos (complejos líticos, edades, lugares…), pero no había respuestas a esa necesidad ‘infantil’ de ‘explicarle a mi abuelo –que murió en 1990 con 82 años, yo en ese momento tenía 24 años–, que estaba seguro de que no había habido ningún tipo de intervención divina en la formación del género Homo. Recuerdo que un par de horas antes de su muerte, después de rechazar la presencia de un cura en su habitación, me preguntó: «Alfredo, ¿estás seguro de que somos descendientes de los Australopithecus?» A él le reconfortó la respuesta que le di, pero a mí no. Tenía que poder explicar el proceso de emergencia de nuestro pensamiento, de nuestro lenguaje, de nuestra capacidad de elaborar artefactos…, en definitiva, de la cultura, de forma materialista, en el sentido que llevo usando ese término. Fue en ese momento cuando José Gibert me propuso un proyecto de investigación que lo cambió todo: lo que pudo haber sido el análisis de un yacimiento más en el conjunto de yacimientos del Plio-Pleistoceno ibérico, acabo siendo una profunda reflexión a medio camino entre la filosofía de la ciencia y la historia de la ciencia que amplié con mi tesis de doctorado. Fue en esos años de investigación cuando conocí a Faustino Cordón, a Chomín Cunchillos y a Patrick Tort. Recuerdo que fue durante una conversación con Faustino Cordón cuando me surgió una respuesta materialista a la emergencia de la cultura. A partir de ese momento tenía dos cosas por hacer: terminar la tesis y ponerme manos a la obra en esa nueva investigación. La tesis la leí en 1998, a partir de ese momento me puse manos a la obra para buscar los fundamentos biológicos del psiquismo humano: pensamiento, lenguaje y elaboración de artefactos (así se tituló el tema que no llegué a defender en una oposición a profesor titular de universidad, fui un kamikaze, ya que no tenía ninguna vinculación con la universidad).

Ahora vamos a la pregunta. Hasta este punto todo era prescindible.

No lo ha sido, es muy interesante lo que has explicado.

La teoría-conjetura que te decía, se puede resumir de esta forma:

Los seres humanos, como animales sociales, existimos en un medio con el que interactuamos como sociedad de tres formas diferentes, los llamados niveles de acción:

• la percepción del medio, a través de los sentidos –cuyo órgano de recepción es diferente según el cuerpo de cada especie–;

• la intervención en el medio, es decir, las estrategias adaptativas relacionadas con la locomoción y la alimentación y la elaboración de artefactos, un conjunto de acciones que se manifiestan en el espacio, el tiempo y los cuerpos; y,

• la representación del medio, es decir, el pensamiento y el lenguaje.

En este sentido, el pensamiento y el lenguaje surgen como una representación del medio con el que los primeros representantes del género Homo interactuaban para sobrevivir como especies de una forma determinada por el cuerpo de cada especie.

Recuerdo que con los datos que disponíamos en torno al año 2000, el paradigma clásico no explicaba bien surgimiento de la elaboración de artefactos, no digamos ya del pensamiento, el lenguaje o la conciencia… Nuestro primer trabajo –digo nuestro porque trabaje en ello con José Gibert–, fue ‘ordenar’ todos esos datos de acuerdo con nuestra propuesta metodológica… el resultado fue sorprendente, se aclaraban muchas cosas.

En todo este trabajo el papel de Faustino Cordón, así como el de Chomín Cunchillos y Patrick Tort, fue mostrarme los errores que subyacen al determinismo biológico, de los que yo ya era consciente, pero en esta ocasión me ofrecieron herramientas teóricas de las que no disponía antes.

Te cito: «En eso estuve entre 1998 y 2007, la muerte de Cordón, la marcha a París de Chomín y la muerte de Gibert, me dejaron sin fuerzas…» ¿Nos resumes de nuevo tu relación con Gibert?

A José Gibert lo conocí en un momento fundamental de mi vida. Era el año 1984, concretamente –recuerdo perfectamente el momento–, el 17 de mayo, en el transcurso de una conferencia que dio en el Museo Arqueológico Nacional (Madrid), al que acudí desde Vigo. Tenía 17 años y estaba estudiando 3º de BUP.

Aquel año participé en las excavaciones que dirigía en Venta Micena (Orce), me apunté en el primer turno para tener la posibilidad de renovar y poder estar más tiempo. Estuve con él desde el 4 de julio hasta finales de septiembre. Mi relación científica con él se mantuvo hasta el día de su muerte, en el año 2007; hoy aún sigo estando en el grupo de trabajo que de alguna manera intenta continuar su legado. De hecho, este año nos gustaría celebrar el 40º aniversario del descubrimiento del ‘hombre de Orce’.

A él le debo mucho más que mi formación científica, él me dirigió –al menos parcialmente– la tesis de licenciatura (1993) y mi tesis de doctoramiento (1998), le debo también, al menos en parte, una forma de entender y estar en el mundo.

¿Has podido recuperar esas fuerzas a las que antes aludías?

Es complicado. Siempre viví al margen de las instituciones científicas y universitarias, pero la presencia de Gibert me vinculaba a una institución científica y me permitía mantener un cierto nivel de investigación y de publicaciones en revistas científicas. Debo de ser uno de los pocos docentes no universitarios que publicó en Antiquity, Human Evolution o L’Anthropologie –por ejemplo– y que tiene capítulos en libros editados en la Princenton University, en la Oxbow Books o en la PUF –por poner otros ejemplos–, pero esas puertas creo que –tras la muerte de José Gibert–, las tengo cerradas; aunque estoy escribiendo unos párrafos para un artículo con los antiguos colaboradores de José Gibert para la revista de la Academia de Ciencias de China. A ver en qué queda.

Te interrumpo: me da que sí, que debes ser uno de los pocos profesores de enseñanza media que cuenta con ese tipo de publicaciones. ¡Enhorabuena! Lo ignoraba.

En los últimos años publiqué un pequeño artículo exponiendo mi teoría-conjetura en el libro homenaje a José Gibert, publicado en el año 2017, pero después de eso no volví a escribir nada. No obstante, sigo sumando pruebas por si en algún momento tengo la oportunidad de escribir algo con finalidad científica o divulgativa.

De todas formas, algún día me gustaría publicar una síntesis divulgativa de todo lo que llevo trabajando desde hace tiempo, de lo que esta teoría-conjetura es una parte. En cierto sentido, a veces pienso que tengo la obligación moral de publicar una historia social de la humanidad que nos libere de la tutela de los amos y de los dioses, no sé si me explico.

Te explicas muy bien. ¡Mucho ánimo para escribir esa historia social liberadora que muchos deseamos leer! ¿Quieres añadir algo más?

Creo que ya dije demasiado, por lo menos si tenemos en cuenta que el origen de esta conversación fue un correo, de apenas un párrafo, comentando una entrevista de Adrià Casinos.

Me ha gustado mucho responder a tus preguntas.

Muchas gracias, querido Salvador.

Gracias a ti, querido y admirado Alfredo.

 

 

Foto de portada: María Lería, Alfredo Iglesias Diéguez y José Gibert, en el ‘laboratorio de campaña’ en la cueva del Gato (Venta Micena, Orce). Créditos: Luis Gibert Beotas. Publicada en Rebelión.

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