Barry Commoner, un científico con conciencia de especie y conocimiento del valor de la ciudadanía

Francisco Fernández Buey

El 25 de agosto de 2022 hará diez años del fallecimiento de Francisco Fernández Buey. Se están organizando diversos actos de recuerdo y homenaje y, desde Espai Marx, cada semana a lo largo de 2022-2023 publicaremos como nuestra pequeña aportación un artículo suyo para apoyar estos actos y dar a conocer su obra. Comenzamos con este artículo sobre el gran ecologista estadounidense Barry Commoner.

Publicación original:  mientras tanto, 50, 1992.
Edición y notas al pie de página de Salvador López Arnal.
Escrito fechado en marzo de 1992.

En Clásicos del Pensamiento Crítico, una colección que Francisco Fernández Buey (1943-2012) fundó junto a su discípulo, compañero y amigo Jorge Riechmann, se ha publicado recientemente Antología. Barry Commoner: ecología y acción social, Madrid: Los Libros de la Catarata, 2022 (edición de Jorge Riechmann e Iranzu Tellechea).

 

Pocas personas habrán influido tanto en los movimientos medioambientales de las dos últimas décadas como el biólogo y ecologista norteamericano Barry Commoner. Activista contra las armas atómicas ya en los años de la primera guerra fría, cuando más intensos y frecuentes fueron los experimentos nucleares en la atmósfera, Commoner empezó a publicar en 1958 un boletín, Nuclear Information, que en 1964 pasaría a llamarse Scientist and Citizen, embrión de lo que luego, ya en 1969, sería la revista mensual Environment, todavía en activo y una de las más antiguas publicaciones ecologistas de los EEUU. Esta misma evolución suya desde la protesta contra los experimentos nucleares con fines militares a la crítica del uso de la energía nuclear para la producción de electricidad[1] sintetiza muy bien lo que ha sido igualmente en Europa el paso del antimilitarismo de izquierda de los años cincuenta al ecologismo social de los setenta.

Bastante antes de la presentación de Los límites del crecimiento (1972), primer informe al Club de Roma, que popularizó la problemática medioambiental, Commoner era conocido ya en los EEUU de Norteamérica por un interesante ensayo titulado Ciencia y supervivencia (1966) en el que llamaba la atención acerca de los riesgos implicados en el complejo tecnocientífico contemporáneo y denunciaba la orientación cada vez más biocida de la civilización industrial bajo el capitalismo.

Ciencia y supervivencia fue uno de esos aldabonazos necesarios que conmueven a la opinión pública informada en el momento oportuno. Aquel libro, tan breve como sugerente, partía del análisis de uno de los acontecimientos sociológicamente más interesantes de la época: las consecuencias del célebre apagón que, inesperada e inexplicablemente, dejó sin luz a una parte considerable del territorio norteamericano y de Canadá, en noviembre de 1965. En Ciencia y supervivencia (que no sería traducido al castellano hasta muchos años después[2]) Commoner llamó la atención acerca de algunos aspectos preocupantes de las políticas tecnocientíficas en curso, un asunto que todavía ahora sigue siendo motivo frecuente de apasionadas controversias.

Ya en la primera de sus publicaciones más influyentes Commoner denunciaba el carácter infundado del optimismo tecnológico de los nuevos aprendices de brujo (científicos, técnicos, estadistas) en tiempos que renuevan sin cesar el mito de Fausto. Y lo hacía mostrado cómo la reducción al mínimo del tiempo necesario para pasar de la investigación pura a las aplicaciones tecnológicas hace aumentar considerablemente el riesgo de estas para las poblaciones. De ahí pasaba Commoner a la explicación de la magnitud de los accidentes y de la dimensión de las catástrofes tecnocientíficas en la década de la creencia ingenua en que todo está bajo control.

En la parte positiva de su argumentación, Commoner ha defendido la necesidad de interesar a los ciudadanos en el proceso de discusión y aprobación de las políticas científicas; afirma, en suma, la importancia que tiene democratizar la toma de decisiones acerca de unas políticas de investigación y desarrollo que una vez aprobadas difícilmente pueden ser revisadas o revocadas, debido al enorme coste de la inversión que ha sido puesta en juego. Una conclusión se impone: hay que replantearse la forma tradicional del proceder habitual por ensayo y error; romper con la inercia en los asuntos científico-técnicos, Y conviene hacerse también una pregunta: ¿existe, o puede existir, algún otro procedimiento metodológico mejor que éste[3]?

Durante los años de la «primavera ecologista» (1969-1973) Commoner tuvo un papel decisivo en la conformación de la conciencia popular sobre la crisis ambiental. Este influyente papel (no solo en los EEUU de Norteamérica, sino también en la Europa occidental y hasta en los primeros núcleos ecologistas, muy minoritarios, de la Unión Soviética) se ha debido a una particularidad tan rara como universalmente apreciada: la combinación en una misma persona de espíritu científico y de las convicciones del activista social.

Y se comprende. Commoner, que lleva treinta años trabajando en el Centro para el estudio de la biología de los sistemas naturales ubicado en un principio en la Universidad Washington de San Louis (Missouri) y más recientemente en el Queens College de New York, ha realizado estudios especializados acerca del impacto medioambiental de los distintos tipos de producción industrial, sobre los efectos de la dioxina en poblaciones animales y humanas, o en relación con la utilización de la biomasa vegetal y del alcohol etílico como fuentes de energía alternativa. Al mismo tiempo que profundizaba su investigación científica, Commoner ha seguido siendo uno de los más destacados críticos de la energía nuclear de fisión, fue hace años candidato a las elecciones presidenciales de los EEUU con el partido de los Ciudadanos[4] y, últimamente, ha asesorado desde su centro de investigación a los movimientos vecinales que luchan en favor de soluciones alternativas a la incineración standard de los residuos sólidos urbanos. Commoner se ha declarado partidario del reprocesamiento cuasiintegral de los desperdicios urbanos y ha participado tanto en la preparación de encuestas a este respecto como en experiencias ciudadanas que, en diferentes localidades norteamericanas, tratan de difundir dicho punto de vista.

Fruto de esta combinación de la actividad profesional, científica, y del activismo político-social durante los años sesenta y setenta son dos libros excelentes, en los que Barry Commoner se revela, además, como un insuperable divulgador de problemas científicos, o tecnocientíficos, nada fáciles de explicar al gran público (desde algunas de las implicaciones de la segunda ley de la termodinámica[5] hasta las insuficiencias teóricas de los que los economistas llaman «internalizar las externalidades» económicas).

Estos dos libros llevan por título El círculo que se cierra (1971) y La escasez de energía (1976), ambos traducidos en España por Plaza y Janés a finales de la década de los setenta[6]. En ellos Barry Commoner adelantaba, con tantas previsión como eficacia literaria, un interesantísimo e inquietante análisis de varios de los grandes problemas medioambientales cuya gravedad han acabado reconociendo la comunidad internacional y los gobiernos de los principales países industrializados.

Aunque, sin duda, no las suficientes para hacer cambiar el curso de las cosas, fueron muchas las personas sensibles que, entre 1970 y 1980, en EEUU y en Europa, tomaron conciencia, a través de estos ensayos de Commoner, de la importancia del fenómeno de la eutrofización[7] para nuestros lagos, o de las lluvias ácidas, o de la magnitud del efecto invernadero y de la dimensión de sus consecuencias futuras para el clima del planeta, o del peligro que representaban las centrales nucleares en funcionamiento, o del progresivo encarecimiento comparativo de la energía eléctrica de origen nuclear, o de las negativas consecuencias inmediatas de la habitual manipulación de los datos sobre el riesgo de las tecnologías duras con el fin de atenuar las preocupaciones y los miedos de la opinión pública.

Así pues, para muchos de nosotros, Barry Commoner ha sido en estos años un ejemplo vivo de científico representativo de la nueva manera de pensar que exigían los redactores del Manifiesto Russell-Einstein[8]: un profesional con conciencia de especie, atento al valor de la participación ciudadana en la planificación científico-técnica, con responsabilidad social.

Hacer las paces con el planeta

Tras Ciencia y supervivencia (1966), El círculo que se cierra (1971) y La escasez de energía (1976), títulos, todos ellos, publicados por Plaza Janés, acaba de aparecer en castellano (Barcelona, Crítica, 1992) el último libro de Barry Commoner: Making Peace whith the Planet, traducido como En paz con el planeta. Este título no debe llamar a engaño. No se trata, naturalmente, de la primera y feliz constatación de la existencia de un estado del bienestar económico-ecológico ya alcanzado, ya logrado; sino de la nueva expresión de un anhelo, eso sí, cada vez más compartido, y por más personas, a medida que van haciéndose patentes las manifestaciones negativas de la incipiente crisis ecológica. Se trata, pues, del creciente deseo ecopacifista de hacer las paces con el planeta, de un ensayo, en suma, que tiene tanto de analítico como de normativo. Y nos llega este libro de Commoner, muy oportunamente, en el preciso momento en que la comunidad europea discute sobre las medidas a adoptar en estos años para combatir el deterioro de la capa de ozono y se abre ya, en nuestro país, la polémica sobre las futuras plantas incineradoras de los residuos sólidos urbanos.

Este último libro de Commoner es, en primer lugar, un agudo balance crítico de las ocasiones perdidas, durante los últimos veinte años, para hacer frente a la crisis medioambiental. Pero es también, y sobre todo, un llamamiento esperanzado a la comunidad internacional, a los gobiernos y a las gentes, particularmente a las gentes, a los ciudadanos conscientes, a la opinión pública informada, en favor de iniciar un cambio de rumbo hacia una economía de paz, ecológicamente fundamentada, ahora que el costosísimo enfrentamiento de las últimas décadas entre EEUU de Norteamérica y la Unión Soviética ha terminado[9].

En el capítulo conclusivo de su libro Commoner ha calculado que una cantidad aproximadamente igual a la gastada por las grandes potencias en la producción de armamentos durante los últimos años de la década de los 80 es la que hace falta para propiciar una regeneración ecológica del planeta Tierra que dé, además, satisfacción a los mil millones de hambrientos[10] que hay en los países pobres de este mundo dividido. De modo que si esto se lograra en los próximos años, la enormidad de lo gastado en armas que ahora están siendo destruidas por obsoletas, sin haber sido usadas (felizmente), pasaría a la historia de la Humanidad como un nuevo capítulo del viejo cuento de furia y ruido contado por el imbécil de turno. Hacer las paces con el planeta supondría, por tanto, pacificar también la conciencia de la Humanidad.

El libro de Commoner está lleno de agudas sugerencias críticas y de notables propuestas de actuación. Una de estas sugerencias es la caracterización de la crisis medioambiental como resultado (imprevisto, inesperado) de un acoplamiento innatural, de un desencuentro o encontronazo, entre tecnoesfera y ecosfera: los procesos cíclicos, conservadores, homoestáticos y coherentes, propios de la ecosfera, chocan con los procesos lineales, innovadores pero ecológicamente desarmonizadores de la tecnoesfera creada por los humanos. Hay en esta caracterización una pretensión equilibrada de tres puntos de vista ecologistas que acentúan de manera unilateral el papel solo negativo de toda tecnología o que reducen la crisis ecológica a un problema de sobrecarga, por la explosión demográfica, en la base natural del mantenimiento de la vida sobre el planeta.

El análisis de Commoner se diferencia también de la queja ambientalista, tantas veces interesada, que culpabiliza de los desequilibrios en el medio ambiente al conjunto de la especie humana, a todos y cada uno de los individuos miembros de la misma. En paz con el planeta delimita culpabilidades y sabe a quien dirigirse a la hora de exigir responsabilidades. Precisamente por ello Commoner ha puesto mucho énfasis en aclarar la relación existente entre la crisis medioambiental y el dominio casi absoluto de la lógica del beneficio inmediato en las economías de mercado. Esto no quiere decir que en las economías planificadas a las que se dio el nombre de socialismo las cosas hayan ido mejor. Pero consolarse con una observación así, a estas alturas de la historia, sería consuelo de tontos.

Se puede sostener que hay incompatibilidad entre la lógica del beneficio generalmente adoptada por las empresas privadas (una lógica que en la época de la crisis de la cultura socialista y de la afirmación del neoliberalismo ha pasado a determinar también la actuación de las empresas públicas) y el mantenimiento de las constantes medioambientales, puesto que de las opciones tecnológicas posibles tiende a seleccionarse aquella que sea «más productiva» en el sentido capitalista de la palabra, esto es, que produzca beneficios económicos en el menor lapso de tiempo posible.

Commoner aduce a este respecto dos ejemplos igualmente concluyentes. El primero es un ejemplo de los años cincuenta, cuando la industria norteamericana, en un momento en el que se estaban desarrollando ya prototipos de automóviles ecológicamente más aceptables, impuso los modelos más grandes y contaminantes, con el consabido argumento de que «miniautomóviles son minibeneficios».

El segundo ejemplo es de ahora mismo. Nos lo proporciona la controversia entre los movimientos ecologistas europeos y norteamericanos y las principales empresas fabricantes de los gases CFC[11], que han contribuido decisivamente al deterioro de la capa de ozono. Una vez más, también en esta oportunidad, a la hora de tomar medidas, que son ya urgentes y unánimemente exigidas por la comunidad científica, la lógica del beneficio privado (el derecho sagrado a la conservación del capital invertido) interfiere la racionalidad colectiva pidiendo, en este caso, tiempo para recuperar la inversión de capital, un tiempo que, a juzgar por las recientes comprobaciones sobre los efectos del agujero de la capa de ozono en plantas y animales de Groenlandia y de Chile, no tenemos ya, y que, por otra parte, no se suele pedir, en cambio, para experimentar suficientemente tantos productos como se lanzan al mercado alegremente, y cuyos efectos secundarios sufren luego las poblaciones más desfavorecidas o peor informadas.

Del análisis de ejemplos como estos, y de su antigua convicción según la cual hay que pedir tiempo antes de lanzarse a empresas megalómanas potencialmente peligrosas para los humanos y no después de la confirmación de las peores previsiones de aquellos científicos y técnicos que fueron más cautos, o más responsables socialmente, o menos proclives a la justificación del beneficio privado, Commoner saca argumentos para: 1) defender, contra la corriente (al menos en Norteamérica), una opción ecosocialista[12]; 2) criticar a fondo el concepto de riesgo mínimo medio, tan aplicado por estadistas y tecnócratas cada vez que hay que justificar determinadas tecnologías en discusión, desde las centrales nucleares a las incineradoras de residuos urbanos.

El capítulo dedicado a las incineradoras es particularmente pertinente. En paz con el planeta confirma que las primeras incineradoras de residuos urbanos en funcionamiento en EEUU arrojaron y arrojan al ambiente cantidades de dioxinas que pueden ser muy peligrosas para los humanos que las soportan. Reconocido lo cual es previsible ya una situación próxima en la que los países subdesarrollados y las regiones o comarcas subdesarrolladas de los países industrialmente desarrollados se convertirían en incineradoras de estercoleros generados por los principales países y zonas ricas.

Para que tal cosa no llegue a ocurrir, agudizando aún más las desigualdades actuales entre países y comarcas, habría que hacer las paces con el planeta, o sea, habría que empezar por hacer caso de Barry Commoner cuando propone el reprocesamiento cuasiintegral de los residuos urbanos, dedicar a la regeneración ecológica del planeta el total del porcentaje del PIB dedicado durante los últimos años a las armas y estudiar en serio la posibilidad de pasar a una utilización descentralizada de energías y tecnologías de transición, alternativas al petróleo y a la energía nuclear.

Las páginas dedicadas a la alternativa económico-ecológica y a la valoración de lo hecho hasta ahora por los movimientos medioambientales son, como, por otra parte, era de esperar, las más polémicas del libro. Primero, porque ya han sido escritas con tono polémico (al actualizar una vieja polémica con P. R. Ehrlich y otros autores que data de comienzos de los 70 o al criticar la dirección que ha ido imponiéndose en algunos de los principales movimientos ecologistas norteamericanos). Segundo, porque algunas de las propuestas alternativas de Commoner al uso de la energía nuclear, del petróleo y del carbón para los próximos años o al tipo de incineración de los residuos urbanos que se ha impuesto hasta el momento chocan por el momento con ciertas dificultades técnicas o socioeconómicas, o tienen que competir con otros proyectos alternativos, algunos de ellos pensados fuera de los EEUU de Norteamérica y menos condicionados, consiguientemente, por la problemática de aquel país.

En lo que hace a la orientación de la protesta ecologista actual, Barry Commoner piensa que hay que pasar del ambientalismo «blando», que se limita a poner el acento en el control de las energías y tecnologías contaminantes, a un ecologismo «duro», más atento a lo social y a las políticas en curso. La tarea, pues, de los movimientos ecologistas del momento no sería simplemente controlar, sino prevenir. Commoner pone mucho énfasis polémico en este punto estratégico, porque considera que limitarse a exigir el control ciudadano de la evolución y desarrollo de las políticas tecnológicas y de los sistemas energéticos ha resultado ya insuficiente en las décadas pasadas; solo ha servido para poner algunos parches y ayudar a mejorar relativamente el tipo de contaminación producida por los automóviles en las grandes ciudades.

La importancia que Commoner da a la previsión y a las actuaciones globales alternativas para evitar que una mejora cualitativa se pierda por el empeoramiento cuantitativo (por ejemplo, en el control de los gases de los automóviles y motocicletas tan limitado por el aumento del número de automóviles y motos de circulación) tiene, además, una consecuencia práctica nada despreciable: los movimientos ecologistas deberían preocuparse más de la fundamentación tecnocientífica de las propias propuestas alternativas, vincularse más estrechamente a los colectivos de científicos socialmente comprometidos o responsables y dedicar más tiempo al estudio.

Al abordar el tema del estudio en el seno de los movimientos y organizaciones ecologistas actuales, Commoner está pensando preferentemente en una opción que es objeto de controversia tanto en los EEUU de Norteamérica como en Europa, la relativa al tipo de descentralización industrial y administrativa requerida por la reorientación ecológica de las economías. En este punto se muestra partidario de la descentralización, que favorece la corrección de gigantismo industrial imperante en las últimas décadas así como la puesta en práctica de renovadas agriculturas biológicas; pero considera, en cambio, como una exageración ideológica la dirección que están adoptando los movimientos ecorregionalistas o biolocalistas al postular la modificación de las fronteras existentes con criterios solo ecológicos.

Por lo demás, al discutir con P. R. Ehrlich (The Population Bomb, New York, Ballantine, 1968 y The Population Explosion, New York, Simon and Schuster, 1990) así como aquellos autores de orientación neomalthusiana que ponen el acento en resolver prioritariamente los problemas demográficos de los países pobres, Barry Commoner declara con mucha fuerza que hay ya tecnologías (aunque poco usadas hasta hora) compatibles con la tutela de la ecoesfera y con la posibilidad de alimentar el total de la población mundial. A partir de estas tecnologías alternativas, y con los fondos que antes se gastaban en una demencial carrera armamentística, debería ser posible, según Commoner, crear un sistema productivo que pueda crecer y desarrollarse en armonía con el ambiente; un sistema, en suma, que produzca alimentos lo suficientemente abundantes como para cubrir las necesidades de seis mil millones de seres humanos, con máquinas eficientes, transportes rápidos, casas decorosas y energías limpias.

Tampoco ignora Commoner cuantos obstáculos político-sociales y cuántos prejuicios culturales habrá que superar para lograr hacer realidad un sistema así. El primero de estos obstáculos (explícitamente tratado en el capítulo de conclusiones) es lo que él mismo llama «el horror de los norteamericanos al socialismo». Making Peace with the Planet está escrito entre 1989 y 1990. Dos años después, cuando aparece la traducción castellana, seguramente habrá que lamentar, con Commoner, que ese obstáculo no sea ya solo norteamericano.

Notas

[1] Francisco Fernández Buey, junto con Manuel Sacristán, Antoni Domènech, Víctor Ríos, Eduard Rodríguez Farré y oros amigos y amigas, fue un activista del CANC (Comité Antinuclear de Cataluña).
[2] Un pequeño lapsus del autor. Fue publicado en enero de 1971.
[3] Sobre estas temáticas, Francisco Fernández Buey, La ilusión del método. Ideas para un racionalismo bien temperado, Barcelona: Crítica, 1991 (edición de bolsillo, con nuevo prólogo del autor, en Crítica, 2004).
[4] Citizens Party, elecciones presidenciales de 1980, 233.052 votos.
[5] Véase «Un poquito de física, un poquito de matemáticas, un poquito de economía política», segundo capítulo del clásico de Jorge Riechmann, El socialismo puede llegar solo en bicicleta, Madrid: Los Libros de la catarata, 2022 (edición revisada y ampliada), pp. 73-116.
[6] Editados respectivamente en castellano en 1973 y 1977. La escasez de energía es el título en español de The Poverty of Power.
[7] Proceso de contaminación de las aguas en lagos, balsas, ríos, embalses, etc, proceso provocado por el exceso de nutrientes en el agua, principalmente nitrógeno y fósforo, procedentes mayoritariamente de las actividades humanas.
[8] Texto redactado por Bertrand Russell y apoyado por Albert Einstein, firmado en Londres el 9 de julio de 1955. http://istas.net/descargas/escorial04/material/dc01.pdf
[9] El autor escribe después de la desarticulación de la Unión Soviética.
[10] Se calcula entre 720 y 811 millones de personas sufrieron hambre en 2020 en todo el mundo, unas 161 millones más que el año anterior. Una buena parte de la diferencia entre la cifrada citada por FFB y las cifras actuales (que de nuevo se incrementan) está en el haber de la República Popular de China.
[11] Los gases clorofluorocarburos, clorofluorocarbonos o gases clorofluorocarbonados son gases derivados de los hidrocarburos saturados obtenidos mediante la sustitución de átomos de hidrógeno por átomos de flúor y/o cloro principalmente. Son los gases que destruyen la capa de ozono.
[12] Así se definirá el autor en ocasiones. También como ecocomunista.

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